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De pie y con los brazos bien abiertos y extendida la diestra a no secarse, haznos cruzar la vida pedregosa _repecho de Calvario_ sostenidos del deber por los clavos, y muramos de pie, cual Tú, y abiertos bien de brazos, y como Tú, subamos a la gloria de pie, para que Dios de pie nos hable y con los brazos extendidos. ¡Dame, Señor, que cuando al fin vaya rendido a salir de esta noche tenebrosa en que soñando el corazón se acorcha, me entre en el claro día que no acaba, fijos mis ojos de tu blanco cuerpo, Hijo del Hombre, Humanidad completa, en la increada luz que nunca muere; ¡mis ojos fijos en tus ojos, Cristo, mi mirada anegada en Ti, Señor!
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Dulce contento de la vida mana Voy al destierro del
desierto oscuro, Voy a esperar de mi
destino la hora; PULSA AQUÍ PAREAA LEER POEMAS DEDICADOS A LOS OJOS DE LA MUJER
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Ha empezado a echar flores la pradera, blancas, rojas, moradas y amarillas. En el verde _es un suelo que hace cielo_ parpadean ¡estrellas! margaritas... Ojos a tierra me paseo al paso, siento el desacierto _¡misteriosas brisas de allende la niñez!_ y en el entierro sueño, en el sueño _¡maternal caricia!_ que en el regazo de la madre tierra engendró el alma que en mi carne vibra. Ha empezado a echar flores mi conciencia blancas, rojas, moradas y amarillas... ( Cancionero, 21_IV_1928)
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Humilde flor del brezo, que te callas el rezo
de la
vida fugaz; con el cielo, su frente se te dobla riente el Dueño de la Paz. Por ser menor cualquiera te toma de bandera en su seno el Señor; tú eres en su regazo el centro del abrazo con que encienda al Amor. La magnolia orgullosa a tu lado no es cosa para el Supremo Juez; achicar su grandeza con tu rica pobreza con tu gran pequeñez. Sin aroma ni viso guardas del paraíso prístina plenitud; eres la flor divina, virtud de la doctrina, doctrina de la virtud. PULSA AQUÍ PARA LEER POEMAS SOBRE ÁRBOLES/FRUTOS
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No, no es
Gredos aquella cordillera;
son nubes del confín, nubes de paso que de oro viste el sol desde el ocaso; sobre la mar, no roca: bruma huera. Gredos, que en la robusta primavera de mi vida llenó de mi alma el vaso con visiones de gloria que hoy repaso junto a esta mar que canta lagotera. ¡Aquel silencio de la innoble roca lleno de gesto de cordial denuedo! ¡Aquel silencio de la inmensa boca del cielo, en que ponía sello el dedo del Almanzor! ¡En su uña al paso choca. y se rompe la sierra de remedo! |
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Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes.
Piedrahita
del Duque, Barco de Ávila, Torreón de Alba, Salamanca dorada, Soledad de Ledesma, Fermoselle ceñudo, mi entrañado Duero cantando en las entrañas de Portugal y España. Portugal, cuna de ensueño, purgatorio de almas. Portugal, Portugal, la mar, la mar, la mar sobre la mar, bajo la mar el cielo! bajo el cielo, sobre el cielo el alma! ( Cancionero, 13_III_1928)
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Salamanca,
Salamanca,
académica palanca de mi visión de CastilIa. Oro en sillares de sotode las riberas del Tormes; de viejo saber remoto guarda recuerdos conformes. Hechizo salmanticensede pedantesca dulzura; gramática de] Brocense, Bordón de literatura. ¡Ay mi CastilIa latinacon raíz gramatical, ay, tierra que se declina por luz sobrenatural!
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Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes. Piedrahita del Duque, Barco de Ávila, Torreón de Alba, Salamanca dorada, Soledad de Ledesma, Fermoselle ceñudo, mi entrañado Duero. Cantando en las entrañas de Portugal y España Portugal, cuna de ensueño, purgatorio de almas. Portugal, Portugal, la mar, la mar, la mar, sobre la mar, bajo la mar el cielo! bajo el cielo, sobre el cielo el alma! ( Cancionero, 13_III_1928) |
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1 N oche de orilla del río,chopo ceñido de estrellas, santo silencio que sellas la quietud del albedrío. R esbalar de las edadespor el recuerdo infinito sin llegar jamás al hito de las sumas soledades P az desnudada de guerra,agua que fluye durmiendo, cielo que velas teniendo lecho de amor en la tierra, II El verdor de la verdina de la hondura del regato se estremece con recato cuando la luz campesina que el agua cuela la roza con la sombra de las flores tronchadas, muertos amores, que la corriente a la poza arrastra; lumbre del agua, espejo de las honduras del verde y de las alturas, de la luz que el verde fragua. III A quel escobar serranode escueto pardo verdor donde se arregla el Señor un refugio soberano. N i chista grillo, ni balaoveja, ni grazna grajo, ni canta el agua en regajo ni se alza zumbido de ala. C állase al cielo la escobajunto al desnudo berrueco y entre las cumbres el eco en el silencio se arroba. (Becedas,20_26_VII_1930. ) |
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Dorium_Duero_Douro. susurrando romaceros.
sueña
con el Urbión altanero;
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No un manojo, una manada es el fajo del fajismo; detrás del saludo, nada, detrás de la nada abismo |
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Soli, solitaña: Vete a la montaña. Dile al pastor que traiga buen sol para hoy y pa mañana, pa toda la semana. Canto infantil bilbaíno
Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta portada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento noroeste que se filtraba por la calle como por un tubo, y formando a la entrada como un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio de la calle; hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros; hablaban otra vez, iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro.de la boca abierta de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes, y en todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y los libros de don Roque. Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones, buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y más tibiamente fría. Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en filas, a la vista del transeúnte; al otro lado, una confitería oliendo a cera. Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita, paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro viscoso que brilla un momento y luego se borra. Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre Solitaña, era de por ahí, de una de esas aldeas de cborierricos o cosa parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había sido larva joven, si es que lo fue algún tiempo, ni se sabía a punto cierto cómo se casó, ni por qué se casó, manque se sabía cuándo, pues desde entonces empezaba su vida. Se deduce a priori que le trajo de la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies mayores. Al andar se balanceaba un poco.
Su
mujer, Rufina de Bengoechebarri y
Goicoechezarra, era también de por ahí, pero aclimatada en Artecalle:
una ardilla,
una cotorra y lista como un demonio.
Domesticó a su marido, a quien
quería por lo
bueno.
¡Era tan infeliz Solitaña!
Un bendito de Dios, un ángel, manso como un cordero, perseverante
como un perro, paciente como un borrico. El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque. La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima, y con balcones de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse: sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era tan húmeda que salía moho en las paredes. Solitaña subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible temblaba de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras. Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del día; se levantaba a las seis; a las siete bajaba a la tienda; a la una comía; cenaba a eso de las nueve, y a eso de las once se acostaba, se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como un caracol, se disipaba en el sueño. En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas. Todos los días rezaba el rosario, repetía las Avemarías como la cigarra y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los orá por nobis de la letanía; siempre, al agnus tenían que advertirle que los orá por nobis habían dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los' domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír medio amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangas las repetían con él, a coro, orá por nobis, orá por nobis. Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí! Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y solemne: _Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo ... La Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero ... Solitaña sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más adelante: _Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria ... Solitaña le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva: _Una limosna, piadoso caballero ... Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules, acurrucado en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde posaban las moscas. Dos ochavo s más. Un joven cojo pedía en vascuence, y a éste Solitaña le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a.campo, verde como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío, gusto a borona. Era una evocación que le hacía oír en el fondo de sí mismo, y como salidos de un fonógrafo, cantos de mozas, chirridos de carro, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar de pájaros, algo que reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como polvo amasado con la humedad de la calle y de la casa. Solitaña y el mostrador de la tienda se entendían y se querían. Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo sucio. De cuando en cuando, el chinel, adelantando alternativamente las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca. Fue en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina; « a refrescar un poco la cabeza _decía su mujer_, a estirar el cuerpo, siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: «Roque, vete a dar un paseo; toma el sol, hombre, toma el sol, y él nada». A los tres días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que quería es encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor de cabeza y hacían que circulara por todas sus venas la humedad y la sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical: eran como los movimientos para el reumático. «Mamarro, más que mamarro _le decía doña Rufina_, pareces un topo.» Solitaña sonreía. Otro de sus goces, además del de medir telas y los orá por nobis, era oír a su mujer que le rema. ¡Qué buena era Rufina! Venía alguna mujer a comprar. _Vamos, ya me dará usted a dieciocho. _No puede ser, señora. _Siempre dicen ustedes lo mismo; ¡es usted más carero ... ! Lo menos la mitad gana usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho ... ! _No puede ser, señora. _¡Vaya!, me lo llevo ... ¡Tome usted ... ! _Señora, no puede ser ... _¡Bueno!, lo será ... ; siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo ... _No puede ser, señora. _Pues bien; ni usted ni yo; a diecinueve. _No puede ser ... Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o pagaba los veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque tampoco cedía, daba razones, discutía, ponderaba el género; en fin, hablaba. Pero para los aldeanos no había como él: paciencia vence a paciencia. La tienda de Solitaña era afortunada. Hay algo de imponente en la. sencilla impasibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente buenos atraen. Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal, se acordaba del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la cocina cuando dormitando con las manos en los bolsillos calentaba sus pies junto al hogar, donde chillaban las castañas, viendo balancearse la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos de su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de su patria y vive feliz y aclimatado en tierra extraña. Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban a merendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer tranquilamente a casa, sintiendo circular dentro del alma todo el aire de vida y todo el calor del sol. Una vez fueron en tartana a Las Arenas; nunca había visto aquello Solitaña. ¡Oh!, los barcos, ¡cuánto barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A Solitaña le gustaba el monótono resuello de la respiración del monstruo; ¡qué hermoso acompañamiento para la letanía! Al día siguiente, viendo correr el agua sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar; pero allí, en su tienda, se palpaba a sí mismo. Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había bailoteo, y era de ver a Solitaña agitando sus piernas torpes y zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué risas! Bebía algo más que de costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer. Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, Solitaña era siempre el mismo; tenía en la mirada el reflejo del suelo mojado por la lluvia; su espíritu había echado raíces en la tienda como una cebolla en cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios. Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, bizcar, bizcar, según él decía, alegre y dicharachero, que contaba siempre escenas de caza y de limonada, otro que cada ocho días narraba los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año 41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de estos tiempos de impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la otra guerra y se murmuraba si saldrían o no otra vez al monte los montaraces. Solitaña, aunque carlista, era de temperamento pacífico, como si dijéramos, hojalatero. Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso, pensando siempre en lo último que había dicho el que había hablado el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que le pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y se volvía a _su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo dejaría Solitaña la badila, que manejaba tan bien como la vara, y con la cual revolvía el fuego mientras los demás charlaban, y luego, tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al arrullo de la charla. Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los liberales; ¡duro con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido, porque fue carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraba, y el carlismo, apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas. El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran blancos como negros, y en una limonada nadie se acuerda de colores; por lo demás, él bien sabía que sin religión y palo no hay cosa derecha. Hablaban de una limonada. _¡Qué limonada! _decía el que vio los fusilamientos de Zurbano_, ¡pedazos de hielo como puños navegaban allí ... ! _Tendríais sarbitos _interrumpió el viejo, siempre tan guapo_, ¡en la limonada hacen falta sarbitos ... ! Sin sarbitos, limonada fachuda; es como tambolín sin chistu. Cuando están aquellos cachitos helados que hacen mal en los dientes, entonces ... _Unas tajaditas de lengua no vienen mal... _Sí, lengua también, pero sobre todo, sarbitos; que no falten los sarbitos ... Solitaña se sonreía, arreglando el fuego con la badila. _A mí ya me gusta también un poco de merlusita en salsa ... _volvió el otro. _¿Con la limonada? Cállate, hombre; no digas sinsorgadas... Tú estás tocao ¿Merlusa en salsa con limonada? A ti sólo se te ocurre . _Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa ... ; la de Bermeo, se entiende; nada de merlusa de Laredo; cada cosa de su paraje; sardinas de Santurse, angulitas de la Isla y merlusa de Bermeo ... _No haga usted caso de eso _dijo el cura_; yo he comido en Bermeo unas sardinas que talmente chorreaban manteca; sin querer se les caiga el pellejo ... Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos ... ! _Bueno, hombre, pues ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a su tiempo; luego los caracoles, después el besugo ... Hisimos una caracolada poco antes de entrar Zurbano el año ... _Ya te he dicho muchas veces _le interrumpió el viejo siempre tan guapo_ que tú no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y, sobre todo, te vuelvo a desir, y no le des más vueltas, que con la limonada sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa le dises que es un arlote barragarri ... Si me vendrás a desir a mí ... _Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa ... _Entonces no sabes comer como Dios manda. _¿Que no sé? _Bueno, bueno _interrumpió el cura para cortar la cuestión_, ¿a que no saben ustedes una cosa curiosa? _¿Qué cosa? _Que los ingleses nunca comen sesos. _Ya se conoce; por eso están tan coloraos _dijo el viejo guapo_, porque en cambio se sampan cada chuleta cruda y te pasan cada sapalora ... _Esos herejes ... _empezó doña Rufina. Y venía rodando la conversación a los liberales. Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina y su marido; contaban el dinero cuidadosamente sacando sus cuentas; luego, con una vela encendida registraban todos los rincones de la tienda; miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos; echaban la llave y se iban, a dormir. Solitaña no acostumbraba a soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la inconsistencia, arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía los vidrios de la ventana. Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba a la tienda en invierno entre las sombras del crepúsculo matutino. El Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba levita negra, guantes también negros, chistera negra que guardaba desde el día de la boda, e iba con bastoncillo negro a pedir para la Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba en hombros, y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena de letanías con sus quinientos sesenta y dos orá por nobis. ¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima; era padre y toda la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Eso en él era cosa rara; apenas se le vio besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con delirio. |
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Su hijo fue a estudiar Medicina. La madre le acompañó a Valladolid; a su cargo corría todo lo del chico. Cuando acabó la carrera pensaron por un momento dejar la tienda; pero Solitaña sin ella hubiera muerto de fiebre, como un oso blanco transportado al África ecuatorial. Vino el terremoto de los Osunas; y cuando las obligaciones bambolearon, crujió todo y cayeron entre ruinas de oro familias enteras, se encontró Solitaña una mañana lluviosa y fría con que aquel papel era papel mojado, y lo remojó en lágrimas. Bajó mustio a la tienda y siguió su vida. Su hijo se colocó en una aldea, y aquel día dio don Roque un suspiro de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir las escaleras que temblaban bajo sus pies, y sentir la lluvia, que azotaba las ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada. Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el viático, y cuando el sacerdote empezó la letanía, el pobre Solitaña, con la cabeza hundida en la almohada, lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles orá por nobis, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba entonces como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió; su hijo le lloró el tiempo que sus quehaceres y sus amores le dejaron libre; quedó en el aire el hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de Solitaña voló a la montaña eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre había vivido a la sombra, que nos traiga buen sol para hoy, para mañana y para siempre. ¡Bienaventurados los mansos! |
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EL SENCILLO DON RAFAEL CAZADOR Y TRESILLISTA
Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas,
deslizándose sobre el recuerdo muerto de aquel amor Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era providencialista; es decir, creía en el todo_poderío del azar. Tal vez por creer en algo y no tener la mente vacía. _ ¿Y por qué no se casa usted? _ le preguntó alguna vez con la boca chica su ama de llaves. _ ¿Y por qué me he de casar? _ Acaso no vaya usted descaminado _ Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. _ ¡Y cuando menos se piensa! _ ¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en ello... _¿Cuál? _ La de poder morir tranquilo ab infesta to. _ ¡Vaya una razón! _ exclamó el ama, alarmada. _ Para mí la única valedera _ respondió el hombre, que presentía no valen las razones, sino el valor que se las da. |
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Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas. El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que me ha deparado el destino!, pensó. Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó quedamente varias veces. _ Aquí traigo esto _ le dijo al ama de llaves. _ ¿Y eso qué es? _ Parece un niño. _ ¿Parece sólo? _ Lo dejaron a la puerta de la calle. _ ¿Y qué hacemos con ello? _ Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo! _¿Quién? _ Los dos. _¿Yo? ¡Yo, no! _ Buscaremos ama. _ ¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello! _ ¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no! _ En fin, usted manda. Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera que acababa de dar a luz un niño muerto. _ Como nodriza, excelente _ le dijo el médico _ , y como persona, ya ves, un desliz así puede ocurrirle a cualquiera. _ A mí no _ contestó con su sencillez característica Don Rafael. _ Lo mejor sería _ dijo el ama de llaves _ que se lo llevase a su casa a criarlo. _ No _ replicó Don Rafael _ , eso tiene graves peligros; no me fío de la madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia.Y no hay que darle disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un dolor de tripas. Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a que el gallo ronda. _ ¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito? _ le preguntó la señora Rogelia. _ Como hijo mío. _ Pero, ¿está usted loco? _ ¡Qué más da! _ ¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen sus verdaderos padres?... _ Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así podré morir tranquilo ab intestato, pues ya tengo quien me herede forzosamente. La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo bautizar y registrar al niño como hijo suyo dio que reír a la vecindad y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que avenirse y concordar con el ama de leche. Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso paseando al nene para callarlo. _ Es hermoso como el sol, señora Roglia. Y tampoco hemos tenido mala suerte con el ama, me parece. _ Como no vuelva a las andadas. _De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un bausán de marca mayor a quien ya aborrece... _ No se fíe usted..., no se fíe usted... _ Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una pobrecilla... _ Hasta que vuelva a tener ocasión. _ Digo que lo evitaré _Pues como ella quiera... _ ¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad, la verdad es que... _ Sí, me la supongo. _ ¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!
Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse
desde un principio con el crío como si fuese su madre misma. El
padre putativo y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos
lados de la cuna, contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando
éste hacía como que mamaba. _¡Lo que ese hombre! _ decía Don Rafael. Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos, iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear. _ ¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol mío! _ exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le entendiera. Callábase a esto Don Rafael. Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres, cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía, siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo. Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y mecíasele aquel canto...que viene el cocóóóóó...con el susurro de las aguas de debajo de su corazón... a llevarse los niños... que iba también durmiéndose...que duermen pocóóóóó...entre las blandas nieblas de su pasado... ¡ah, ah, ah, aaaaah! _ ¡Qué buena madre hace! _ pensaba. Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don Rafael: _ Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso? _ ¡Ya ve usted, Don Rafael! _ y se le encendía leve, muy levemente el rostro. _ ¡Sí, tienes razón, ya lo veo! |
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Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su mismo cuarto. «Pero señorito _ dijo ella _ , cómo quiere usted que yo duerma allí...» «Pues muy sencillo _ contestó él, con su sencillez acostumbrada _ , ¡durmiendo!» Porque para aquel hombre todo sencillez , era sencillo todo. Por fin el médico dio por salvado al niño.
_ ¿Sabes una cosa?_ le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al niño que sonreía en floración de convalecencia. _ Usted dirá _ contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope. _Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del mismo hijo, nos casemos y asunto concluido. _ ¡Pero, D. Rafael! _ y se puso en grana. _ Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos... El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos _ ¡qué más da! _ aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan. Y fueron en lo que en lo humano cabe _ ¡y no es poco! _ felices, y tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir tranquilo ab intestato, por tener ya quienes forzosamente le heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo! |
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Era extraordinario
el cambio de carácter que sufrió mi amigo. El joven jovial,
dicharachero y descuidado, habíase convertido en un hombre
tristón, taciturno y escrupuloso. |
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Era lo que se llama un investigador. Buscaba el misterio de la vida, que lo es de la muerte, ya que ese misterio no es sino la linde misma en que ambas se unen, acabando aquélla, la vida, para empezar ésta, muerte. Y buscaba ese misterio por el camino de la ciencia, como si ésta resolviese misterios, cuando más bien los suscita. De cada problema resuelto surgen veinte problemas por resolver, se ha dicho. Y también el océano de lo desconocido crece a nuestra vista escalamos la montaña del conocimiento.
Dedicose a disecar células armado de los más potentes microscopios,
y el misterio de la vida, que no es sino la misma vida conocida, no
aparecía por parte alguna. Quiso, con la química llegar a la entraña del
átomo, del último elemento material, y se sorprendió haciendo geometría
fantástica. Y acabó por dedicarse a la paleontología y a la exploración de
las cavernas de los más antiguos restos del hombre.
Descubrió un día una nueva caverna a orilla del mar. Penetró en la
cueva y escarbando dio con una hacha de sílice sujeta, como a mango, a un
hueso de animal antediluviano, y allí grabado una svástica. Movido ya de un misterioso empuje, fuera ya de sí y como loco, echó a andar siempre hacia lo más alto, cuesta arriba. Y así llegó al pie de Gredos. Era el invierno. Las cumbres del espinazo central de España, de sus vértebras sobre el corazón, estaban sepultadas bajo la nieve. Y aquella nieve parecía tirar del hacha de sílice, de la piedra de rayo. ¿No era más bien el cielo? Emprendió la ascensión. El viento le cortaba la cara y le atenazaba el corazón. La subida era terrible. Más de una vez, desalentado, resollando, sintió el abatimiento del vencido y pensó en volverse y renunciar a aquella suprema investigación. Pero la piedra de rayo tiraba de él. Quería tentar el último experimento, ir hasta donde aquel misterioso impulso se le llevara. Vio que iba dejando una huella de sangre en la nieve. Y donde la gota de sangre caía horadaba la nieve, calando hasta la roca. Falto de aire, ahogándose, miraba al cielo, océano de aire libre y azul. El corazón le martillaba la cabeza como si fuera un yunque; cada latido lo sentía en las sienes como un martillazo de crucifixión. Y miraba de cuando en cuando, en los breves descansos, la svástica como a una empresa. ¿Qué querría decir allí, en aquella prehistórica hacha de sílice, aquel símbolo del Sol del que le habían enseñado que salió la cruz? ¿Era un signo de la muerte? Medio muerto, llegó a la pingorota del picacho del Almanzor. No se podía subir más. Se tendió allí, cara al cielo, y se puso a resollar. Era como si el aire le penetrase por entero, como si cerniera en medio de él, como si su corazón fuese un misterioso meteoro que lo mantuviera en el cielo. Sentía un sueño tremendo, un sueño que le daba miedo, miedo de no despertar de él. Pero se durmió. No soñó nada. Y al despertar encontrose con mucho más sueño, un sueño que era como hambre y sed de reposo, inacabables. Era como la fatiga de todos los siglos que habían pasado, como si sobre él pesara el cansancio del trabajo todo de la creación. «No hay futuro bastante para mi descanso», pensaba, «la eternidad es corta para mi hambre de sueño»... Sintió de pronto una punzada y un sobresalto en el corazón. Allí tenía, junto a él, la piedra de rayo, que seguía empujándole hacia arriba. Pero ¿cómo iba a subir más? ¡No era posible! ¡Si pudiese elevarse como los buitres y las águilas por encima de las crestas de la montaña! «Me moriré aquí», pensó, «rendido por este sueño enorme, y los buitres me devorarán y me llevarán así más alto.» Y luego se dijo: «¡Ya desvarío! » La piedra de rayo seguía empujándole hacia arriba. Se puso en pie. Cogió la piedra en una mano y dio un salto. Es que pensó, ¡desgraciado!, si la piedra le levantaría por los aires, si acaso fuese un talismán para poder volar sin alas sobre las cumbres de las montañas y perderse por encima de las nubes. No fue más que locura. El salto le hizo caer sobre el picacho y quedar maltrecho. Y la piedra seguía empujándole al cielo. De pronto le entró como una revelación; empuñó la piedra y con la fuerza toda que le quedaba lanzola al cielo. Y le hirió la vista un rayo, un rayo que brotó del cielo azul, el rayo de la piedra. Era que sangraba el cielo. Porque era sangre, verdadera sangre, sangre luminosa, divina que, cayéndole en los ojos, le cegó. Y es que vio crecer el Sol hasta cubrir el firmamento entero y cuanto había bajo de él hasta envolverle. Y al ver que el Sol lo llenaba todo y que no había sino luz, pura luz encontrose en las tinieblas. Ya ciego vio las tinieblas de Dios. Cayó del picacho a un montón de nieve. Y sintió que la nieve se derretía bajo de él, de su fiebre, y que iba ahogándole con su cuerpo ensangrentado. Y que el sueño le ganaba las entrañas. A la vez se le derretía el miedo a la muerte. Sólo echaba de menos quien le curara, quien brizase aquel su último sueño. Recordaba las monótonas canciones con que tantas veces su madre le brizara los sueños de la inocencia. 0 cuando se dormía con una oración cantada en la boca. Entonces del poso de la infancia de su alma brotó el Padrenuestro, canturreado como se lo hacían cantar en la escuela, y sólo al acabar él <venga a nos el tu reino», sepultado en la nieve de la cumbre pelada, entregó su aliento al Señor. Al lado suyo yacía la piedra de rayo. PULSA AQUÍ PARA ACCEDER A UNA ANTOLOGÍA DE RELATOS DE PERSONAJES MÍTICOS, DE MAGIA, FANTASÍA O CIENCIA FICCIÓN |
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¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque, eso sí, para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de Anastasio, nada como la vida humana.
Arrastraba el pobre Anastasio una
existencia lamentable, sin estímulo ni objetivo para el vivir, y cien
veces se habría suicidado si no aguardase, con una oscura esperanza a
prueba de un continuo desengaño, que también a él le llegase alguna vez
a visitar el amor. Y viajaba, viajaba en su busca, por si cuando menos
lo pensase le acometía de pronto en una encrucijada del camino.
Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal ni en la ciencia, ni en el arte, ni En la acción pública. Y leía el Eclesiastés mientras esperaba la última experiencia, la del Amor. Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, aquí encontró menos aún que en todas partes huella alguna del amor. Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero, y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si pretendiese endiosar el apetito de comer. Un poema sobre la digestión es una blasfemia. No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y releyó la leyenda de Tristán e Iseo, y le hizo meditar aquella terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: A mulher fatal. «¿Me sucederá así? _pensaba_. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos lo espere y crea, la mujer fatal?»_Y viajaba, viajaba en busca de la fatalidad esta. «Llegará un día _se decía_ en que acabe de perder esta vaga sombra de esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez sin haber conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni puedo ya vivir!, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dio en pesimista. Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado. Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él, Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed mágica; en todo él palpitaba un destino terrible. Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose: «¿Para qué todo esto?». Era una tarde serena de tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya, se desprendían de los árboles e iban, envueltas en la brisa tibia, a restregarse contra la hierba del campo. El sol se embozaba en un cendal de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y fuese al comedor de la fonda, lleno de maletas. Sentóse distraídamente y esperó que le trajesen la sopa. Mas al levantar los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales, tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún. Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo frío le desasosegaba. Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahído. Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le acercó y, con voz seca, sedienta, ahogada y temblona, le cuchicheó al oído: _¿Qué le pasa? ¿Se pone mala? . _¡Oh, nada, nada; no es nada...; gracias...! _A ver... _añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para tomarle el pulso. |
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Fue entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron. _Está usted febril... _suspiró él balbuciente y con voz apenas perceptible. _¡La fiebre es... tuya! _respondió ella con voz que parecía venir de otro mundo, de más allá de la muerte. Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del corazón, que le tocaba a rebato. _Es una imprudencia ponerse así en camino _dijo él, hablando como por máquina. _Sí, me quedaré _contestó ella. _Nos quedaremos _añadió él. _Sí, nos quedaremos... ¡Y ya te contaré; te lo contaré todo! _agregó la mujer. Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el coche, sentados uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y fue contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente la mima. También ella viajaba en busca del amor; también ella sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional para engañar el tedio de la vida. Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo el pasado se borraba de sus memorias y vivían como un presente eterno, fuera del tiempo. _¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria! _le decía él. _¿Y para qué, Anastasio? _respondía ella_. Es mejor así, que no nos hayamos visto antes. _¿Y el tiempo perdido? _¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscamos, en anhelamos, en deseamos el uno al otro? _Yo había desesperado ya de encontrarte... _No, pues si hubieses desesperado de ello, te habrías quitado la vida. _Es verdad. _Y yo habría hecho lo mismo. _Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante... _¡No hables del porvenir, Anastasio; bástenos el presente! Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía. Nos hemos encontrado, y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas? _Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan... _Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta. Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar. _¿Tiemblas, Anastasio? _¿ Y tú también, Eleuteria?
_Sí, temblamos los dos. _¿De qué? _De felicidad. _Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla. _Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros. Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida, hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas, forzó la puerta. Encontráronlos en el lecho, juntos, desnudos, y fríos y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del corazón. _¿Pero los dos? __exclamó el fondista. _¡Los dos! _contestó el médico. ;' ' _¡Entonces eso es contagioso...! _y se llevó la mano lado izquierdo del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el cuarto por si acaso. No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí los llevaron al cementerio y, desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte, el único que sobre su tumba llora. El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso increíble _nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía_, llegó a una profunda conclusión de carácter médico-legal, y es que se dijo: «¡Estas lunas de miel.! No se debía permitir que los cardíacos se casasen entre sí». PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS RELACIONADOS CON LA INICIACIÓN ERÓTICA |
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a Dios que iba, por fin, a concluírsele aquella vacua existencia de soltero y entrar en una nueva vida, o más bien entrar en vida de de veras! Porque el pobre Vicente no podía tolerar más tiempo su soledad. Desde que se le murió la madre vivía solo, con su criada. Esta, la criada, le cuidaba bien; era lista, discreta, solícita y, sin ser precisamente guapa, tenía unos ojillos que alegraban la cara, pero… No, no era aquello; así no se podía vivir. Y la novia, Rosaura, era un encanto. Alta, recia, rubia, pisando como una diosa, con la frente cara a cara al cielo siempre. Tenía una boca que daba ganas de vivir el mirarla. Su hermosura era todo esplendor de su salud. Eso sí, una cosa encontró en ella Vicente que, aunque ayudaba a encenderle el deseo, le enfriaba por otra parte el amor, y era la reserva de Rosaura. Jamás logró de ella ciertas familiaridades, en el fondo inocentes, que se permiten los novios. Jamás consiguió que le diese un beso. “Después, después que no casemos, todos los que quieras”, le decía. Y Vicente para sí: “¡todos los que quieras!... ¿No es éste un modo de desdeñarlos? ¿No es como quien dice: para lo que me va a costar?...” Vicente presentía que sólo valen las caricias que cuestan. ¿Le quería Rosaura? ¿Es que de veras le quería? ¡Era tan terriblemente discreta! ¡Estaba tan sobre sí! Toda su preocupación parecía no ser otra que la de hacerse valer, la de hacerse respetar. Y a ellos parece les movían más aun los consejos de su madre, de la futura suegra de Vicente, una matrona insoportable con sus pretensiones aristocráticas. Delante de la buena señora no se podía hablar de las dos terceras partes de las cosas de que merece hablarse; delante de ella no se les podía llamar a las enfermedades por su nombre. Y era ella, sin duda; era aquella madre profesional que le decía a Rosaura: “Hija mía, hazte respetar.” Ella, por su parte, pareció no haber conocido sino el respeto de su marido, del padre de Rosaura, que se murió de aburrimiento.
Estaba ya encima el día de la boda. Ignacia, la criada de había dicho a Vicente: _Señorito, aunque usted se case, yo seguiré en la casa… _¡Pues no faltaba más Ignacia! _Pero, ¿y si la señorita quiere traer otra?... _No, no lo querrá. _Qué se yo… Y la pobre chica se quedó pensando que no habría de ser compatible con aquella señorita tan aseñoritada. Todo estaba dispuesto para el día de la boda, cuando he aquí que la víspera se cae Vicente del caballo y se rompe una pierna. El médico dijo que no podía levantarse por lo menos en un mes. En casa de la novia el accidente causó irritación. ¡Ahora que estaba dispuesto ya todo, hecho todo el gasto! –exclamaba la señora. _La cosa es bien sencilla –dijo el padrino de Vicente_; va la novia a la casa del novio y se casan allí… _¿Cómo?—exclamo la señora_. ¿Estando él en cama? _Naturalmente; no veo dificultad alguna en que se verifique una boda hallándose acostado uno de los contrayentes. Pueden muy bien darse las manos y los votos. Y como la muchacha ha de quedarse luego allí… _Mi hija no va casarse a casa del novio, y menos hallándose él en cama y con la pierna rota… Rosaura pensaba en tanto que acaso su novio se quedase cojo para siempre. El pobre Vicente sufrió más aún que con la rotura de su pierna con la conducta de su prometida. Fue a visitarle sí, pero como por compromiso. Esperaba que hubiese accedido a que se casaran desde luego, o que, por lo mismo, hubiese ido a servirle de enfermera. Y así se lo insinuó. _¡De enfermera!—exclamó la señora madre_, ¡pero ese hombre está loco! ¿Qué idea tendrá de mi hija? Ir una muchacha soltera a cuidar a un soltero, aunque sea su novio formal y en las condiciones de éste, que se ha roto una pierna. ¡Qué indelicadeza de sentimientos!... En fin, hay cosas que si no se maman… No le quedó al pobre Vicente otro recurso y otro consuelo que la pobre Ignacia. La chica redoblada de solicitud y cariño. Hacíale curas, y se las hacía con una casta serenidad, como una sacerdotisa. Vicente procuraba no quejarse. Y de hecho, cuando la pobre criada le renovaba los vendajes o le arreglaba la postura de la pierna, no parecían sus manos ni aun manos de mujer, sino manos de ángel por lo suaves. _Qué largo va esto, Ignacia… _Tenga paciencia, señorito, que dice el médico que va a quedar como nuevo, sin cojera alguna, y la señorita Rosaursa le espera… _Me espera…, me espera… _Ayer la volví a encontrar y me estuvo preguntando con mucha solicitud por usted… _Preguntando…, preguntando… La curación fue más rápida de lo que los médicos habían supuesto. Muy pronto pudo levantarse Vicente, apoyando en un fuerte bastón, y dar algunos pasos por la casa. Y mandó decir que estaba dispuesto a ir así a la iglesia, a casarse. La futura suegra le contestó que no había prisa, que era mejor esperar que estuviese repuesto del todo. Por fin, se fijó para un nuevo plazo la boda. Los médicos aseguraban que para entonces Vicente andaría solo, sin bastón y como antes del accidente. Pero el pobre hombre se sentía triste. Aparecíasele la boda como un sacrificio. Era hombre de palabra. Tres días antes del nuevo señalado para el sacrificio se le presentó Ignacia, y toda confusa, ruborosa, como nunca la había visto, y le dijo: _Señorito, siento tener que decirle… _¿Qué? _Que yo me voy de la casa—y se echó a llorar. _¿Cómo que te vas? _Sí; como el señorito va a casarse… _¿Pero no quedamos en que te quedarías tú de criada nuestra? _Quedamos, sí, en eso usted y yo; pero no ella, no la señorita… _¿Qué? ¿Te ha dicho algo? _No, no me ha dicho nada; pero sé de fijo que no podremos estar mucho tiempo juntas… _¿Y por qué? _Porque le ha cuidada yo al señorito en su enfermedad, yo y no ella… _¿Y eso que tiene que ver? _Sí, tiene que ver. Yo sé lo que me digo. Ella, una señorita, y una señorita que iba a casarse con usted, de quien está usted enamorado, ella no podía… no debía venir a cuidarle, mientras que yo… _Sí, tú eres la criada. _Eso. Bajó la cabeza, ensombreciéndosele, Vicente, y al poco rato la levantó, fijó sus ojos claros en los ojos claros de su criada, y lentamente le dijo: _Tienes razón, Ignacia; comprendo tus razones, o mejor, tus sentimientos, y participo de tus temores. Mi novia, mi futura esposa y tú seréis incompatibles en esta casa. Aunque no fuese más te echaría su señora madre, la de la delicadeza de sentimientos. Y tienes razón; ella, la que se hizo respetar, no pudo, no debió venir a cuidarme; eso era menester tuyo, de la criada. Y tú lo has cumplido con una devoción que no sé si encontraré en ella cuando… sea mi mujer. Sois incompatibles, y como yo no quiero separarme de mi enfermera, renuncio a ella, a Rosaura, y me caso, pero… contigo…¿Lo quieres? La pobre chica se echó a llorar. Y se casó Vicente; pero se casó con su enfermera, con la que nunca soñó en ello por respeto al amor, al grande y callado amor a su amo, a aquel amor sencillo y recogido, que hizo de sus manos de fregadora las de ángel para manejar como con plumas la pierna rota de su amo. Y la señora madre de Rosaura, la ex futura suegra de Vicente, se quedó diciendo a su hija por vía de consuelo: _No has perdido nada, hija mía; siempre sospeche de la ordinariez de sentimientos y de gustos de ese sujeto… |
CARTAS
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Sr. Don Federico Urales Mi muy estimado amigo: Ante todo mil gracias por la atención que ha prestado a mi artículo en Vida Nueva, «¡Muera Don Quijote!» y por el interés que demuestra hacia mí. Que no caiga en el vacío lo que predica es lo que todo escritor debe desear. Usted en su «Crónica» opone, siguiendo la general costumbre, a Don Quijote, Sancho, dejando vislumbrar que a un explícito ¡muera Don Quijote! ha de corresponder un tácito ¡viva Sancho Panza! Y no es así, por lo menos en mi modo de ver las cosas. Bien claro escribí al final de mi artículo: «¡Muera Don Quijote para que renazca Alonso el Bueno!» Todo lo de generoso, todo lo de noble, todo lo de cristiano que había en Don Quijote arrancaba de aquel honrado Hidalgo Manchego, que mereció por sus virtudes ser llamado el Bueno, y todo lo que en él hubo de violento y bárbaro, todo lo pagano del caballero andante se debió a su condenada lectura de aquellos libros de caballería, que, trastornándole el juicio, le hicieron creer en su invencible brazo y confiarlo todo a la fuerza las armas. Así cometió tantos atropellos con gente inocente e indefensa. Creyó en el bárbaro Juicio de Dios, en la ley de la espada. En lo de borrar todo el pasado bárbaro, sea de aquí o de allí, tiene usted razón. No me ha pasado nunca por las mientes creer que la Historia de España sea más bárbara que la de los demás pueblos. Hay que renunciar a los libros de caballerías de la historia que nos trastornan el juicio, y reducirla a su papel y oficio. Lo eterno de la historia, su sedimento estable, el legado que no por las guerras, sino a pesar de ellas nos deja, lo lIevamos dentro. De lo que en su «Crónica» atañe directamente a mí, poco he de decir, por la sencilla razón de que yo no debo importar a nadie más que a mí mismo, pues soy yo, y no otro, quien de mí ha de dar cuenta. Usted parece lamentar el que después de haber andado yo ejerciendo de Quijote haya empezado a descubrir en mi interior a mi Alonso el Bueno, al que vivifican las locuras de aquél. Y pasando a otra cosa: hace usted bien en renegar de los Sanchos que obran pensando en ganancias, aunque Sancho el Bueno, como su amo le llamaba, llevaba por debajo de su codicia una fe robusta en Don Quijote, fe que le dio esperanza en alcanzar la ínsula. ¿Qué hubiera hecho Don Quijote sin Sancho? ¿Y qué supone más fe: meterse en aventuras por propia locura, o seguir a un loco siendo cuerdo, sin desengañarse, a pesar de ver a ojos claros sus desvaríos? Mas hace usted bien en renegar de los Sanchos que piden ahora la paz por razones sanchopancescas: todos los que invocan la ruina de la riqueza pública, la bancarrota de la Hacienda y otras razones parecidas. No es lo peor de la guerra los daños que en vida y haciendas causa; lo peor de ella es que mantiene el pecado original de salvajismo, que provoca impulsos de odio, que fomenta el bárbaro sentimiento del honor pagano. ¡Paz, paz! La predican muchos, muchos la piden, otros la razonan. Hay Congresos de la paz, asociaciones internacionales para acabar con ella, publicistas que la combaten, escuelas que la anatematizan. Pero en este movimiento en contra de la guerra, que las gentes sin fe creen un mal necesario, ¿quiénes se mueven con actos positivos, con heroísmo cristiano, llegando hasta el martirio? ¿Quiénes son los que en silencio, sin ruido de disputas ni teorías de escuelas, oponen a la guerra una heroica resistencia? Son los cuáqueros en los países anglosajones, los nazarenos en Austria, los menonitas y los dukhobortsi en Rusia; son otros de la misma índole. Los cuáqueros han sufrido el martirio antes que armarse en guerra; los nazarenos sufren prisión durante el plazo usual del servicio militar; a los menonitas se les computa por trabajos forzados en obras públicas; doce mil dukhobortsi, perseguidos por el Gobierno ruso, se disponen a abandonar el Cáucaso, emigrando en masa antes que pecar contra su fe. Y a todos estos les mueve la fe religiosa. Piden la paz en nombre de Cristo, no de Mercurio, ni siquiera de Minerva. Es decir que mientras los sentimientos meramente humanitarios y las convicciones progresistas no pasan de propaganda oral y escrita contra la guerra, y hasta la toleran provisionalmente, es fe religiosa lo que lleva a los hombres al martirio antes que faltar al claro, limpio y terminante ¡no matarás!, que no pueden empañar casuísmos farisaícos. ¡No matarás! Precepto claro, limpio, terminante, voz de lo divino que hay en la conciencia humana, estrella polar de la trabajosa ascensión del pobre linaje humano a la Verdad. Es cosa que apena ver como los que más sistematizan el duelo entre individuos son los que más exaltan las virtudes de la guerra, siguiendo a aquel monstruoso De Maistre, que hizo su apología. Entristece, por otra parte, ver que los que no dejan caer de sus labios las palabras libertad y progreso tampoco callan en su cantilena de la honra nacional lavada en sangre. Se oye por un lado pregonar la monstruosa leyenda de aquella cruz que apareció en un campo de batalla con la inscripción: in hoc signo vinces, se oye por dentro exaltar a Napoleón, que dicen llevó a sangre y fuego la libertad, la igualdad y la fraternidad por Jena, Austerliz y Marengo, sembrados de cadáveres. Todos son unos, y a unos y a otros les causan compasión risa esos pobres y ridículos cuáqueros, nazarenos, menonitas, dukhobortsi y otros locos de remate por fanatismo. Y aquí tiene usted explicado lo que constituye el nervio de «Crónica». Aquel cristiano viejo de Alonso Quijano se volvió loco con el paganismo de los libros de caballerías, e hizo una monstruosa mescolanza de su fe de acuerdo con su ideal de loco, de Cristo con Dulcinea, de la caridad con el honor. Por esto al decir: ¡muera Don Quijote! digo: ¡Viva Alonso el Bueno! El tema es casi inacabable; la fuerza de atención, limitada. Como si Dios me da tiempo he de continuar en una u otra forma, por ahora basta. Suyo afectísimo. Miguel de Unamuno. |
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Mi estimado señor Palma: Conocía a usted por diversos escritos suyos _las Tradiciones peruanas, en especial_ y lo estimaba en mucho. Vea, pues, si me habrá sido bienvenida su obra de Papeletas lexicográficas. La anterrotula usted así: «dos mil setecientas voces que hacen falta en el diccionario»... ¡Si no fueran más! Me dedico, como tal vez sepa usted, desde hace años a la lingüística de los idiomas neo-latinos; explico en esta Universidad la cátedra de filología comparada del latín y castellano _que estaría mejor llamar Gramática histórica de la lengua española_ y cada vez me arraigo más en mis convicciones en punto á lenguaje. Muchos extranjeros se lamentan de no encontrar un inventario de la lengua española, es decir, un registro de 1as voces todas usadas por escritores y por el pueblo en las distintas regiones. El pecado original de la Academia es aspirar a ser una autoridad que define lo que es bueno y lo que es malo, y no una corporación que investigue el lenguaje. Tan absurdo me parece que niegue entrada a un vocablo usado en extensa región, como el que una Academia de Ciencias naturales rechace a un insecto porque no lo conoció antes. Dice usted, señor Palma, en su libro, que soy el más fecundo de los neólogos. Puede ser; pero esto arranca del ideal que me he formado del idioma. No riqueza, sino fecundidad hay que pedirle. Un idioma no tiene tantas o cuantas voces sino todas las que hagan falta, siempre que la forme uno con arreglo a su índole propia y al modo de composición y derivación normal. Los prefijos y sufijos los tenemos para algo. Y no se diga que a las veces se inventa palabras inútiles, pues producida la dualidad de forma, al cabo se produce dualidad de significado. La palabra juerga que va entrando en circulación, es huelga pronunciada a la andaluza, y tienen ambas muy distintos significados. Con los llamados dobletes (derecho-directo, estrecho-estricto, hastío- astidio, lidiar-litigar, etc., etc.) se enriqueció el castellano. Paréceme que a usted le ha llamado la atención la cantidad de voces nuevas que empleo. Pues bien, muchas las formo con arreglo al espíritu formativo de la lengua misma (metafisiquear, chirigotizar, gramatiquería, fulanismo, etc., etc.), y su legitimidad se basa en que las entiende todo el que las lee. Pero hay otras, las más, que las tomo del pueblo, y que son usuales y corrientes no ya sólo en esta provincia, sino en el antiguo reino de León. Tales son, por ejemplo: mejer (revolver, mezclar), garullo (pavo macho), cogüelmo (colmo), enfusar (embutir), retuso (rehacio, retraído), etc., etc. Y las hay curiosas. El retuso es latín, participio de retundere y el enfusar, un verbo principal, (infusare de infusus, participio de infundere) por el tipo de osar (ausare, de ausus), cantar, cantare (de cantus) hurtar furtare, de furtus), etc., etc. Otras son voces científicas a las que extiendo el empleo, como anabolismo. Tres son, pues, las fuentes de enriquecimiento: 1.º La analogía o formación de nuevos derivados al modo de las ya existentes. 2.° Los dialectos y hablas populares, en cuanto no se aparten de la índole general del idioma. 3.° La generalizaón de términos técnicos. He repasado su libro y le dedicaré artículo en La Lectura, revista mensual de Madrid. Con ocasión de su libro, ampliaré mis teorías lingüísticas sobre neologismos. Gracias, pues, por haberme ofrecido coyuntura para ello. Y ya que me ha venido a los puntos de la pluma la voz coyuntura ¿por qué, teniendo descoyuntar, no hemos de tener coyuntar o encoyuntar y envencijar, ya que hay desvencijar? Mil gracias, señor Palma por las benévolas referencias que a mi persona atañen en su libro. Me interesa mucho todo lo que se refiere al movimiento literario de los países americanos de lengua española. Del que más sé, es de la Argentina, y luego de Venezuela. Cualquiera noticia que me proporcione acerca de tal movimiento en el Perú _la república de más abolengo, la más tradicional_ se la agradeceré muchísimo. De la patria de usted sólo conozco al señor Maúrtua y al señor Prada de quien por cierto hace tiempo que nada sé. Me felicito de que el envío de su libro sea origen de una relación que me será provechosa y muy grata. Desde luego que se le ofrece como amigo su afmo. S.S. Miguel de Unamuno. (PULSA AQUÍ PARA LEER TEXTOS DE RICARDO PALMA) |
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Sr. D. Benito Pérez Galdós Ante todo mi más cordial enhorabuena porque oigo decir que va usted mejorando de su vista, mi querido amigo y maestro. Y mi enhorabuena también por la laboriosidad y brío juveniles que a sus años conserva cuando tantos otros muchos más jóvenes y que han trabajado menos decaen. Siga usted dándonos ese ejemplo y ese consuelo. Y ahora a mi pleito. El cual es que tengo escrita desde hace cerca de un año una tragedia: Fedra, con el argumento mismo de las de Eurípides y Racine, sólo que modernizado, cristianizado y puesto en la época actual. Es una tragedia en que he tendido a la máxima sencillez; el número de personajes, tres principales (Fedra, su marido e Hipólito, hijo de éste y entenado de aquella) y tres accesorios; la misma decoración _que puede ser de cualquier casa_ en los tres actos y nada de episodios. Trajes los de la calle. Quisiera llevarlo al Español a ver si en la temporada que va a empezar me lo ponen y por eso le escribo a usted. Dígame, pues, si se la envío a usted ahí, o a Madrid, o a otra persona. Creo haber hecho una obra de pasión, sin doble fondo ni intención didáctica alguna y con un máximo de concentración de frase y un mínimo de retórica. Usted lo juzgará. Ya sabe usted, mi querido maestro y amigo, que soy un profesor de lengua y literatura griegas _no me atrevo a decir un helenista_ y este es un ensayo de renovación y modernización de los viejos temas. Y este del amor irresistible de la madrastra por su hijastro es el primero que me tentó. Supongo que estará usted lleno de compromisos para el Español, mas espero que haya un hueco para mí. Otro día de otras cosas. Y ya sabe cuan de veras es su amigo, su admirador Miguel de Unamuno. (PULSA AQUÍ PARA LEER TEXTOS DE GALDÓS) |
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Salamanca, 15 de febrero de 1916 Sr. D. Francisco de Cossío Qué le he de decir, amigo mío, de su artículo? Que aquí, para inter nos, estoy conforme en general con usted. Gozo fama de cínico, pero aún guardo como buen vizcaíno, mi hipocresía. Mi artículo de El Imparcial, fue, en cierto modo, un alegato propio. Iba allí a definir mi actitud y en cuanto a mis compañeros de egolatría acaso les dejé un poco al descubierto. Yo no he sido, no soy de la generación del 98; creo que no soy de ninguna generación en ese sentido. Y ellos los otros, no me han contado en su cofradía nunca. He arado solo, demasiado solo acaso! Como que hoy siento la soledad. En el fondo nunca hice migas con ellos. Es usted, sin embargo, algo injusto. Ne quid nimis. Ni tanto ni tan calvo. Insisto en que yo, por lo que a mi hace, descubrí la personalidad. No la mía; la de todos. Y le aseguro que a los maduros cuando yo era joven, aun a los mejores, no les sentí personalidad. Nuestra literatura es terriblemente impersonal. Parece que los más escriben como por deber u oficio. Se hacen escritores y no son hombres que escriben. Zorrilla se creía de oficio poeta. Conocí y traté a Núñez de Arce, a Pereda, he tratado a Galdós, a otros. Pero lo que se decirle es tan cínicamente desnudo que prefiero dejarlo para cuando nos veamos. Sí, lo de Azorin diputado por Cierva es verdad. Pero ... Dejémoslo. Y Baroja, qué le voy a decir? Tampoco yo puedo con esos diálogos que empiezan: _«Ola Pedro! _y tú, Juan?» para acabar «pst! Bah!». Tanta materia conjuntiva hace un estilo atrozmente cirrótico. Y luego una filosofía de estudiante de medicina, no de médico siquiera, y menos de fisiólogo o patólogo. No, no quiero ceder a la tentación que contestar a su nuevo artículo. Me temo a mí mismo. Hay cosas que no se pueden decir. Los que hayan adivinado que me las atribuyan luego que yo me muera Me parece bien esa labor iconoclástica. ¡ Que se nos discuta a todos! Yo, ya lo sabe usted, encantado con que se me discuta. Más, mucho más, con que se me elogie como se ha elogiado a Azorín, a Valle y a Baroja. No quiero llegar a ser un valor indiscutido que es un valor entendido. Cuando nos veamos, se lo repito, le diré más. Acabo de hacer para Sunma y realmente conmovido una cosa en recuerdo del pobre Rubén, con quien fuí, en su vida, desdeñoso en extremo. ¡Cómo ablandan los años el corazón! Adiós. Sabe que es su amigo Miguel de Unamuno |
Sr. D. F. Villaamil Secretario de «El Sitio» Adjunto, mi estimado señor, lo que me piden para Galdós. Lo he escrito en una hoja de igual tamaño y de papel lo más parecido al que venía marcado. (Aunque cierta variedad en ellos le hará más pintoresco al album.) Que ese homenaje al maestro Galdós resulte digno de éste y digno de ese mi Bilbao y de esa mi Sociedad «El Sitio» _el primer hogar de mi inteligencia civil_ es lo que desea Miguel de Unamuno
Yo no puedo hablar con claro sentido crítico de la obra literaria de don Benito Pérez Galdós. Esa obra entra, en su parte que estimo mejor, en la formación del subsuelo de mi fantasía. Por encima de mis recuerdos de niñez, entre los que descuellan las memorias sagradas del sitio de Bilbao, en la capa de la mocedad de mi mente está el fruto de mis lecturas de las primeras novelas de Galdós. Ellas me nutrieron la imaginación preparándomela para obra propia y ellas, además, obrando sobre mi visión directa del heroísmo de mi pueblo natal contribuyeron a liberalizarme. El chicuelo que a sus diez años de edad presenció, subido en un banco del Arenal de Bilbao, la entrada de las tropas liberales liberadoras, en su villa, e12 de mayo de 1874, sorbió más tarde, cinco o seis años después, en Doña Perfecta, en Gloria, en La familia de León Roch, en otras obras galdosianas, la esencia del liberalismo español. No puede, pues, juzgar serena y desapasionadamente la obra literaria de su maestro. Lo que sí quiero decir aquí es que si creo dejar a mi querida villa, a mi entrañado bochito, algún monumento perenne _perdóseme o nó la arrogancia!_ en mi novela histórica Paz en la Guerra, donde vivirá para siempre con el alma de mi mocedad el alma liberal del heróico Bilbao de la lucha por la libertad civil, esa alma que Galdós encerró también en su Luchana, y ojalá que mi obra pueda ir unida a la obra del maestro! Pues mi novela se la debo en gran parte a don Benito Pérez Galdós. El fué uno de los que más, con sus obras, me nutrió y calentó la fantasía para que llegase a escribir, cuando abandonaba mi terruño _esa mi obra_. Obra que, en un cierto sentido _no hablo de su mérito literario ni pretendo medirme con nadie pues los hombres somos respectivamente inconmensurables_ es una novela más galdosiana, un episodio nacional como nos enseñó a hacer el maestro. Salamanca, abril de 1916 Miguel de Unamuno |
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Al Sr. D. Marcelo Rivas Mateos ¡Gracias a Dios! Ya hay una autoridad oficial, el director general de primera enseñanza, que le declara la guerra al Epítome de Gramática Castellana de la Real Academia de la Lengua. ¡Ya era hora! Los disparates de ese Epítome son muchos. Entre los más gordos, recordamos ahora el de decir que en castellano todos los monosílabos son agudos, desconociendo que los hay, como las preposiciones, átonos proclíticos; aquello otro de confundir el condicional _v.gr.: supiera_ con el potencial _sabría_,bajo la en castellano bárbara denominación común de pretérito _que no lo es_ imperfecto de subjuntivo; como falta de lógica lo de clasificar las irregularidades de los verbos, etc., etc., etc. Pero lo más grave de ese Epítome es lo grave de casi todos nuestros libros de texto, es lo grave de nuestra enseñanza, es el vicio radical y cardinal y capital _porque ese vicio es a la raíz y gozne y cabeza_ de nuestra pedagogía corriente. Este vicio es el clasificacionismo, es la manía de clasificar por clasificar, sin fin ulterior. Diríase que se padece aquel error fundamental de la filosofía mecanicista de Spencer; el error de que conocer es clasificar. Con lo que se le quita al conimiento su origen intuitivo. Para esos señores, la inteligencia humana no es más que un casillero cuyas casillas hay que ir llenando, y no una tabla rasa. Y la pedagogía es a modo de una colección de moldes de quesos de todas formas y tamaños. Mas como no hay leche, leche de intuición, no es posible hacer quesos. El vicio fundamental del Epítome y de casi todos los textos de nuestras escuelas y el de nuestra enseñanza es el de enseñar a clasificar sin fin ulterior. Diríase que el fin de la ciencia es catalogar el universo para devolvérselo a Dios en orden. ¿Qué aprende el niño con aprender que a tales vocablos les llaman sustantivos y a los otros adjetivos y así los demás? Fundamentalmente, nada: nada más que palabras. Y palabras que no tendrá que usar muchas de ellas. ¿Es que por no saber que a había tenido se le llama pluscuamperfecto no ha de aprender a usarlo? En el catecismo de la doctrina cristiana se les enseña a los niños, como si no lo supieran sin eso, que los sentidos corporales son cinco: ver con los ojos, oír con los oídos, tocar con las manos _o comn los pies_, gustar con la boca y oler con las narices. Y bien, ¿qué tiene que ver esto con la doctrina cristiana, con la moral o con el dogma católicos? Lo mismo podría decir que el olivo da aceitunas, y le encina bellotas. Pero aún hay más, y es que tomándolo de los estoicos, dice que las virtudes cardinales son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza: ¡Muy bien! Supongamos que es así, que sean cuatro y no tres _si reducimos la templanza a prudencia_ o cinco, si le añadimos otra _sea la equidad o la misericordia_. Pero ¿es que con eso aprende el niño a ser prudente, o justo, o fuerte, o templado? En la Geografía se les enseña que, según la posición respectiva que ocupan en el globo como habitantes respecto a otros, se les puede llamar antecos, periecos, metecos o antípodas. Y en su vida volverán a oír hablar de antecos, ni de periecos, ni de metecos _como no sea esto último en otro sentido, en un sentido político_, porque aunque se les puede llamar así, no hace falta llamarles, ni con aprender eso se aprende nada. En Geometría se les enseña el disparate de que las líneas pueden ser rectas, curvas, mixtas y quebradas. Las curvas se diferencian tanto entre sí como cualquiera de ellas de una recta _a la que se podría considerar como un caso de una curva; v.gr.: una circunferencia de radio infinito_; la circunferencia, la elipse, la parábola, la hipérbole, el epicicloide, la espiral, etc. La llamada línea mixta no es tal línea, sino una sección de recta que se une a una sección de curva, y la quebrada no es línea, sino secciones de rectas unidas entre sí. Y a una consecución continua de secciones de curvas _segmento de circunferencia unido a otro de parábola o de elipse o de lo que sea_, ¿cómo le llamarán? De este error fundamental de no estudiar la ley genética, la fórmula de las verdaderas líneas _que si no son cerradas, como lo es la circunferencia, han de suponerse infinitas, no confundiéndolas con sus secciones_, viene el que en los manuales de Geometría para uso de los maestros se llame espiral a una que no lo es, y si, sólo semicircunferencias, que al partir de una van uniéndose y con radio doble la una de aquella a que se unió primero. Y se da el caso de que el maestro, no ya el niño, suele ignorar que la más pequeña sección de una curva, curva cualquiera, no puede coincidir en todos sus puntos con la más pequeña sección de otra curva cualquiera, por pequeña que se la suponga. Verdad es que tampoco sacan un concepto claro de la inconmensurabilidad y del infinito. Y esto es fundamental, mientras que aquello de recta, curva, mixta y quebrada no es más que perder el tiempo en aprender vaciedades, cuando no disparates. En Historia de España se les enseña todo aquello de iberos, celtíberos _¡menudo lío!_, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos _¡¡¡con la lista de sus Reyes!!!_, árabes, etc., y debajo de eso no se pone nada, absolutamente nada. En la llamada Historia Natural _que no es tal Historia_ ... , aquí más vale no hablar. Aquí el clasificamiento llega al delirio. Y luego no hay un niño que salga sabiendo qué parte de la pata del caballo corresponde al talón del hombre, y cuál otra de la rodilla, y dónde están los cinco dedos en la pata del buey, con qué dedo pisa el caballo y ni siquiera que su pezuña corresponde a uno de nuestros dedos. ¡Pero clasificaciones, sí! ,sí! Y mal hechas, por supuesto. La cuestión es clasificar. Si alguien, al entrar en mi despacho, se encuentra con que tengo las sillas numeradas: 1,2,3,4 ... , o alfabetizadas: a, b, c,d... , pensará que soy un hombre muy cuidadoso y metódico; si luego al preguntarme para qué las numero o alfabetizo y si ha de tomar la silla 1,2 ó 3, o la a, la b o la e, le contesto que es igual y que las catalogué no más que para catalogarlas, pensará, y pensará bien, que soy un mentecato. Pues de mentecatadas de estas se compone mucha parte, pero mucha, de nuestra pedagogía y de nuestra enseñanza pública. Y luego para enseñar esas cosas del Epítome, y lo de prudencia, justicia, fortaleza y templanza _y aquí se queda todo_, y lo de antecos, periecos, metecos y antípodas, y lo de ta, curva mixta y quebrada, y lo de iberos, y celtas, y celtíberos, y fenicios, y cartagineses y godos ... , y etc.; para enseñar estas cosas, el señor Andrés Manjón y otros señores se les ocurrió aplicar el juego de la rayuela y el del corro y otros juegos, y jugando aprenden los niños las mismas vaciedades, las mismas tonterías que aprendían sin jugar. Y no quieren entender los maestros que en pedagogía lo que importa es lo que se ha de enseñar y no cómo se ha de enseñarlo, y que enseñar jugando puede parar en jugar a que se enseña. Y que lo mismo da aprender puras clasificaciones, clasificaciones como fin, jugando que sin jugar. Y hay en los altos puestos administrativos de la enseñanza quienes se entusiasman de esta vana pedagogía manjoniana, en la que todo el viejo vicio del clasificamiento _escurrieja de las postrimerías de la escolástica_, lejos de corregirse, se agrava. Hemos de volver a insistir sobre esto. Mas antes de concluir, un ruego al señor director general de primera enseñanza, ya que le vemos tan bien dispuesto. Suprima de una vez de los ejercicios de oposiciones a escuelas ese bárbaro ejercicio de llamado análisis gramatical, modelo de mazorral clasificacionismo, ejercicio que ni ideado aposta para embrutecer inteligencias. -Que se acabe, por Dios, de una vez aquello de: «En el párrafo que nos ha tocado en suerte hay doce palabras monosílabas y ocho bisílabas y cinco polisílabas ... », y lo de clasificar las sílabas en puras mixtas y de juego duplo y qué sé yo qué más! ¡Que se acabe esa barbarie de una vez! La ciencia no consiste en catalogar el universo _y además, mal_ para devolvérselo a Dios en orden; es decir, numerado y alfabetizado. Suprímase de una vez ese bárbaro ejercicio, de la más hórrida escolástica del siglo Xl, ejercicio que nada prueba, como no sea la degradación mental a que han sido sometidos los que tienen que hacerlo, y sustitúyasele con otro de redacción libre. Escriban los opositores un relato, un cuento, una leyenda, lo que sea, y así se verá si saben su lengua y la manejan correctamente, y no con esas grotescas clasificaciones y esa broza de lo que llaman análisis gramatical. Hay que curar a los futuros maestros de la peste del clasificacionismo, de la triste manía de numerar o alfabetizar las cosas, como haría un coleccionista monomaníaco. Algo de filosofía no vendría mal para esto. Hay que acabar con las sílabas de juego duplo y los pluscuamperfectos, y con las virtudes cardinales, no mas que de nombre, y con los antecos y periecos y etcétera, y recta, curva, mixta y quebrada, y con iberos y celtas y demás puros nombres vacíos, y hay que enseñar. Y si no hay moldes, se hace el queso a mano. Esas clasificaciones ni siquiera facilitan nada. Miguel de Unamuno |
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Salamanca, 25de octubre de 1923 Sr. D. Juan Alsamora Gracias amigo mío, por su carta. De la actitud del alabardero Maetzu no hay que hacer mucho caso. Ahora se empeña en que masculinidad es lo mismo que virilidad, sin percatarse de que son machos, pero no varones (viri) el toro, el caballo, el carnero, el gallo, el garañón, el verraco, y...Primo de Rivera, el autor de aquel vergonzoso manifiesto dictado por las más bajas pasiones. Usted sabe cuán enemigo he sido de los que se llaman nacionalistas, el de esa Cataluña, el de mi Vasconia, el de Galicia, pero el decreto contra ellos es obra de gentes que odian la inteligencia. Tenía razón Ventosa y Calvell. Así no se hace la unidad española. Y vea lo de Alba. Así como en Francia se les llama dreyfussards a quienes ni eran del partido de Dreyfuss _el capitan judío no le tenía_ ni simpatizaban con él ni aún le creían inocente pero se revelaban contra el bárbaro sentido castrense de enjuiciamiento así habrá que defender a Alba de esa jauria de trogloditas y beocios, que le persiguen no por ladrón ni traidor, sino por inteligente. No sabe usted cómo están ejerciendo la censura esos pobres oficiales analfabetos por desuso debido a la deseducación cuartelaría y dementalizados por la ordenanza. Esto es una vergüenza. Se acabará por pedir a gritos que vuelvan los ya desacreditados políticos de la política que llaman del antiguo régimen. Todo menos estos señoritos de casino militar, peliculeros y espectaculosos, que no piensan sino en componerse ante el Kodak o en perseguir tobilleras. Por mi parte me ratifico en lo que dije la última vez que en el Ateneo de Madrid y es que mejor un Gobierno como el de la difunta concentración _¡y cuidado que era malo!_ pero sin el rey que no creo compuesto por los de enfrente con el rey por pantalla. Mejor Alba sin el rey a Llaneza con el rey y no digo Lerroux porque este ni con él ni sin él. Pero ahora urge afirmar la inteligencia, del libre examen, la libre crítica, el derecho a discutido todo _incluso la patria ¡claro!_ ante estos no bárbaros sino majaderos, que quieren hacer de su mazorral patriotería una religión dogmática e inquisitorial. ¡La Razón salve a España! Le saluda. Miguel de Unamuno |
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Hendaya, 15 de febrero de 1927 Srs. Jorge Guillén, José Bergamín, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Federico García Lorca y Rafael Alberti Recibo, amigos míos, su carta pidiéndome alguna colaboración para un homenaje a Góngora con motivo del tercer centenario de su muerte. Y no debo dejarles sin respuesta _que es algo más que contestación_ habiendo sobre todo entre ustedes quien, como Bergamín, me es acreedor de respuesta epistolar que le debo y reconozco mi deuda. No parece que me pidan ustedes un trabajo sobre Góngora, lo que me sería en conciencia moral literaria poco hacedero. No puedo decir que le conozca. El gongorismo me lo veló siempre impidiéndome el deseo de llegar a él. Porque Góngora era, seguramente, él, Góngora y no gongorista, ya que todo (dio)ista es un otro que sí mismo y presumo que Góngora era él mismo. Pero no he tenido ocasión de com-prender ni menos de con-sentir a Góngora. Lo leí, algo deprisa y flojamente y como por cumplir un deber de poeta español, en Tudanca, en casa de nuestro bonísimo José María de Cossio, pero se me escapó y no logré con-geniar con él, con Góngora. Sigue, pues siendo para mí un desconocido _nihil cognitum quin praevolitum_ y hoy es el día en que no puedo decir de él nada que no sea decir del gongorismo que podríamos llamar oficial o tradicional _ya que la tradición se hace oficio_ y esto no lo quiero. Me dirán ustedes, mis buenos amigos, que puedo enviarles cualquier otra cosa, una poesía mía o cosa así, para comulgar con todos ustedes en un homenaje a un espíritu poético excelso, aunque me sea desconocido en especie. Tendrán ustedes razón, pero en esa fecha del 24 de mayo ¿estará ya pura esa ex-España? ¿podrá el espíritu en ella expresarse libremente? Y digo esto porque la innoble censura que ahí se ejerce traspasa del orden meramente político. Y esto aunque yo crea que este es un orden supremo. Por lo que a mí hace me he propuesto desde hace algún tiempo y en virtud de experiencias íntimas de mi destierro, limitar mi contribución a la obra de la cultura española ahí, en esa ex-España, a lo estrictamente necesario que me imponga la dura necesidad del pan de mi familia, a obra de esclavo. Tengan en cuenta, además, que mi vida universal y persecular está dolorosamente suspensa por mi vida local y cotidiana y que la repugnante realidad histórica concreta en que todos los españoles dignos de nuestra españolidad nos consumimos me veda tomar parte en ciertas fiestas. Quiero guardar el luto en cuanto pueda. ¿Enviarles, por ejemplo, alguna de las poesías que me han brotado de la anacoresis de este rincón fronterizo? No debo a esa triste tierra en que bajo cuerda se persigue la difusión de mis obras puramente literarias y en que se llegó a procesar a un dignísimo profesor de una Normal por recomendar a sus alumnos la lectura de mis Recuerdos de niñez y de mocedad. No tengo ojos para mirar el resplandor de Góngora _véalo o no bien_ mientras ese consabido M. Anido _encarnación y símbolo de la innoble chusma pretoriana_ y su infame Compañía _los más infames lo viles ministros asistentes y sus ministriles_ sigan saqueando y envileciendo a la que fue mi patria y acaso vuelva a serlo. Todo mi esfuerzo ahora ha de concentrarse en otra obra. Ni tengo corazón para diversiones. Harto tristeza es que el duro oficio de ganarme la vida de cada día me obligue alguna vez a ciertas transacciones! Y ustedes, algunos de quienes son servidores asalariados del Estado hoy prostituido, lo saben tarmbien como yo. Y presumo, acá en mis ensueños metafísicos, que el espíritu de Góngora me lo agradecerá más que otro tributo. No me es lícito celebrar a ningún espíritu de la España eterna mientras el ruin inespíritu de Primo de Rivera siga mandando y deshonrando el santo nombre de mi patria. Saben.. en todo caso, cuan su amigo es Miguel de Unamuno PULSA AQUÍ PARA LEER TEXTOS DE GÓNGORA |
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Sr. Spiros Melas Atenas Acabo de leer, mi querido amigo, sus dos crónicas ApoMuhMoueuMata Ihfou del 11. En aquélla dice usted que el régimen democrático de España prohibió las espectaculares procesiones de la Pasión. No es así. No han sido prohibidas aunque deberían haberlo sido y no por las autoridades civiles sino por las eclesiásticas. Y de hecho sucedió hace dos años aquí, en Salamanca, que un vicario capitular _hacía de obispo_ les negó el permiso para sacarlas a unos comerciantes que se lo pedían para atracción de forasteros y despacho de mercancías y fomento de hoteles. Les dijo que para eso organizaran una capea o novillada como festejo de feria. Como esas paganísimas e irreligiosas procesiones de Semana Santa en Sevilla, escándalo de buenos creyentes. Algún arzobispo las quiso suprimir pero el pueblo las habría sacado. Este año, en esas procesiones de Sevilla _a que ha asistido un ministro sevillano, ni católico ni creo que cristiano_ se ha dado el caso de salir de debajo del paso de la Macarena un obrero encapuchado diciendo: «soy comunista pero al que falte a mi Virgen le mato». Y se siguió una ovación popular. Claro es que el pobre hombre ni sabe lo que es comunismo ni lo que es religión cristiana. Es un caso de esa terrible dementalidad fetichista y materialista que rinde culto a Marx o a Lenin y a la Virgen de su parroquia sin saber nada de ellos. Fue Lenin el que repetía que la religión es el opio del pueblo. Toda religión, sí, la cristiana y la marxista, que lo es. El pueblo necesita para poder vivir poder dormir _y soñar_ (la vida es sueño) y para ello opio. Opio deísta u opio ateísta ¿qué más da? Pues pobres hombres que somos ¿quién nos librará de nuestra pobre humanidad? Lo peor es que todo esto se está ahora aquí complicando un estado de ánimo de «a quién le pego?». «Qué es eso?» me preguntará usted. Y paso a explicárselo recordando una de sus últimas crónicas en que nos hablaba de esos pobre sujetos cargados de armas y que como algo han de hacer provocan una reyerta en cualquier taberna, entre soldados de infantería y otros de marina, por ejemplo. Y llego al caso. Celebrábase en un lugar de una provincia próxima a esta una capea o novillada y hallábase en un asiento de tendido, contemplándola, un buen hombre, al parecer, solo entre la muchedumbre. Ciudadano tranquilo y sosegado, sereno de cabeza, sentado en su asiento, con una larga vara entre las piernas, comiendo lomo con pan y bebiendo vino de una bota mientras miraba, sin que nadie le molestara, el espectáculo. De pronto surgió cerca de él una riña, trabáronse de palabras y luego de manos unos «aficionados» y al advertirlo nuestro pacífico ciudadano, a quien nadie le tocaba, pareció como despertar de un sueño y sacudirse del opio de 1a capea; se irguió en pie, echó al suelo lomo y bota de vino, levantó el brazo enarbolando la vara, hizo con ésta un molinete al aire y exclamó mirando amenazador al cielo: «a quién le pego?». Situación de ánimo análoga a la del nazareno comunista de la procesión de Sevilla. Y así estamos aquí, en «a quién le pego?» desde el fetichismo mágico pagano hasta el fetichismo mágico católico, desde la barbarie comunista hasta la barbarie fascista, que apunta ya. Pero pura emoción religiosa como la de los aldeaoos bávaros de Oberammergaun en 1634? Ni pura emoció relucionaria _religiosa también_ en los otros. «A quién le pego?» Los unos quieren que haya un dios que condene a sus enemigos; los otros no quieren que haya Dios ninguna _a lo más un anti-Dios_ mas dudo que haya entre ello quien crea de veras que le hay ni que no lo hay. (Ya sabe usted ateo que cree que no hay Dios y hay ateo que no cree que le haya. Y son dos cosas diferentes.) Me preguntaba una vez un pobre tonto: «pero usted cree todavía que existe Dios?». Al preguntarme: «pero usted cree todavía que existe Dios?» quiso acaso preguntarme: «pero usted cree que todavía que existe Dios?», Y hube de responderle: «Para contestar a eso tendríamos antes que ponemos de acuerdo sobre tres términos: 1.º, qué entendemos por Dios, y esto nos pediría tanto tiempo, tanto! En siglos no se ha aclarado ello. 2.°, qué entendemos por existir, que tampoco es cosa tan fácil. Y 3.° qué entendemos por creer, y como en esto último no es posible que lleguemos usted y yo a un acuerdo, vale más que hablemos de otra cosa o mejor que no hablemos de nada. Para qué?» Y basta de cosas en el fondo congojosas. Voy a hacer que le envíen a usted dos de mis obras teatrales, La Venda, en un acto, y Raquel desencadenada, en tres. Las creo, sobre todo para empezar, más apropiadas que Fedra, por ejemplo. Y también, para que usted la vea, El Otro. Le hago saber que le escribo esta desde la cama, en mi casa, a que me ha tenido sujeto durante diez días un ataque de reúma artrítico. Somos, pues, hasta en esto compañeros. Mas hoy he podido salir un rato a la calle y me siento ya muy aliviado. Alivio igual y ánimo y salud y fe le desea su verdadero amigo Miguel de Unamuno
P.D. Es curioso. Escrita esta carta y antes de echarla al correo leo su carta del 11. Me dan ganas de comentársela, pero ... Solo que la religión es el opio del pueblo, sí, incluso la religión _que lo es_ marxista. Hay religión deista y religión atea. Las dos son opio. Hay quien cree que no hay Dios y quien no cree que hay Dios, que no es lo mismo. Pobres hombres que somos ¿quién nos librará de nuestra pobre humanidad? |
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Salamanca, 23 de noviembre de 1936 Sr. D. Esteban Madruga Rector de la Universidad Ahí le envío, mi muy querido amigo, por mano de mi hija Felisa las llaves del departamento de la antigua rectoral en que se queda la librería que fue mía y hoy es de la Universidad pues que a ella _a que tanto debía_ se la cedí. Cuando pueda traer lo libros que me quedan en Hendaya se los cederé también ya que este era uno de de mis fmnes propósitos y no soy de los que se vuelven de ellos. Tengo aquí dos o tres libros de la Biblioteca de la Facultad de Letras. Diga a su Decano que se digne mandar un bedel que los recoja y los guarden allí. Y que si no voy yo mismo a llevarlos _lo he hecho ¡claro está! muchas veces_ es por que he decidido no salir ya de casa desde que me he percatado de que el pobrecito policía esclavo que me sigue _a respetable distancia_ a todas partes es para que no me escape _no sé a donde_ y así se me retenga en este disfrazado encarcelamiento como rehén no se de qué ni porqué ni para qué. Nunca pude creer que la inmunda falanjería _hija, en gran parte, del miedo servil de los cuitados_ pudiese llegar a tanta abyección y no quiero seguir. Ya sabe usted cuanto y cuan bien le quiere y ahora le compadece quien fué su compañero leal y fué y es y seguirá su amigo para siempre Miguel de Unamuno |
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Salamanca, 1 de diciembre de 1936 Sr. Dn. Quintín de Torre en Espinosa de los Monteros Ay, mi querido y buen amigo, qué impresiones me despierta su carta y en qué situación! Empiezo por decirle que le escribo desde una cárcel disfrazada, que tal es hoy esta mi casa. No es que esté oficialmente confinado en ella pero sí con un policía _pobre esclavo!_ a la puerta que me sigue a donde vaya a cierta distancia. La cosa es que no me vaya de Salamanca, donde se me retiene como rehén no sé de qué ni para qué. Y así no salgo de casa. La razón de ello? Es que, aunque me adherí al movimiento militar no renuncié a mi deber _no ya derecho_ de libre crítica y después de haber sido restituido _y con elogio_ a mi rectorado por el gobierno de Burgos, rectorado de que me destituyó el de Madrid, en una fiesta universitaria que presidí, con la representación del general Franco, dije toda la verdad, que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, que no se oyen si no voces de odio y ninguna de compasión. Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray! Resolución: que se me destituyó del rectorado y se me tiene en rehén. En este estado y con lo que sufro al ver este suicidio moral de España, esta locura colectiva, esta epidemia frenopática _con su triste base, en gran parte, de cierta enfermedad corporal_ figurese como estaré. Entre los unos y los otros _o mejor los hunos y los hotros_ están ensangrantando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo a España. Si, sí, son horribles las cosas que se cuentan de las hordas llamadas rojas, pero y la reacción a ellas? Sobre todo en Andalucía. Usted se halla, al fin y al cabo, en el frente, pero, y en la retaguardia? Es un estúpido régimen de terror. Aquí mismo se fusila sin formación de proceso y sin justificación. A alguno porque dicen que es masón, que yo no sé que es que es esto ni lo saben los bestias que fusilan por ello. Y es que nada hay peor que el maridaje de la dementalidad (sic) de cuartel con la de sacristía. Y luego la lepra espiritual de España. el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia. Tremendo hubiera sido el regimen bolchevista, ruso o marxista_como quiera llamársele_ si hubiera llegado a prevalecer pero me temo que el que quieren sustituirle, los que no saben renunciar a la venganza, va a ser la tumba de 1a libre espiritualidad española. Parece que los desgraciados falangistas empiezan a reaccionar y a avergonzarse, si es que no a arrepentirse, del papel de verdugos que han estado haciendo, pero la hidrófoba jauría inquisitorial ahulla más que nunca y me temo que una gran parte de nuestra juventud caiga en la innoble abyección en que han caído las juventude de Rusia, de Italia y de Alemania. Me pregunta usted de que le diga lo último que he publicado. Lo último fue El hermano Juan y San Manuel Bueno. Esto último es, creo, lo más íntimo que he escrito. Es la entrañada tragedia de un santo cura de aldea. Un reflejo de la tragedia española. Porque el problema hondo aquí es el religioso. El pueblo español es un pueblo desesperado que no encuentra su fé propia. Y si no se la pueden dar los hunos, los marxistas, tampoco se la pueden dar los hotros. Esos dos libro nose los puedo procurar desde aquí ni sé donde los encontrará. Cuando se tome Madrid en Madrid acaso. Y lo que me suscita su mención a aquel libro _un poema_ en que canté al Bilbao de nuestra otra guerra civil. Que aquella si que fué civil. Y hasta doméstica. Esta no; esta es incivil. Y peor que incivil. Por ambos lados, por ambos lado. Y luego por ambos lados a calumniarse y a mentir. Yo dije aquí, y el general Franco me lo tomó y reprodujo, que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana. Lo ratifico. Pero desgraciadamente no se está siempre empleando para ello métodos civilizados, ni occidentales ni me cristianos. Es decir, ni métodos civiles ni europeos. Porque África no es occidente. Nuestro Bilbao! nuestro pobre Bilbao! Ha visto usted cosa más estúpida, más incivil, más africana, que aquél bombardeo cuando ni estaba preparada su toma? Una salvajada; un método de intimidación, de aterrorización, incivil, africano, anticristiano y ... estúpido. Y por este camino, no habrá paz, verdadera paz. Paz en la Guerra titulé a aquel mi libro poemático. Pero esta guerra no acabará en paz. Entre marxistas y fascistas, entre los hunos y los hotros, van a dejar a España inválida de espíritu. Cuando nos metimos unos cuantos _yo el primero_ a combatir la dictadura primero-riberana y la monarquía lo que trajo la república no era lo que fué después la que soñábamos; no era la del desdichado frente popular y la sumisión al más desatinado marxismo y al más necio pseudo-laicismo _aquellos imbéciles de radicales socialistas!_ pero la reacción que sé prepara, la dictadura que se avecina, presiento que pese a las buenas intenciones de algunos caudillos, va a ser algo tan malo; acaso peor. Desde luego, como en Italia, la muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del hombre. Hay que leer las sandeces de los que descuentan el triunfo. Aquí me tiene usted en esta Salamanca, convertida ahora en la capital castrense de España anti-marxista, donde se fragua la falsificación de lo que pasa y donde se le encarcela a uno en su casa por decir la verdad a aquellos a quienes se adhirió y en una solemnidad en que llevaba la representación expresa del caudillo del movimiento. Basta. Necesitaba este desahogo. Reciba un abrazo de su amigo y co-bilbaino. Miguel de Unamuno |
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Salamanca, 13 de diciembre de 1936 Sr. D. Quintín de Torre Acabo de recibir, mi querido amigo y co-bilbaino, su nueva carta y quiero contestarle arres (sic) y sin dejar que se me enfríe el ánimo. Me dice usted que su carta, como todas las que escribe ahí, van abiertas, que así se lo recomiendan y es por la censura. Lo comprendo. Yo, por mi parte, cuando escribo calculo que esa censura puede abrir mis cartas, lo que naturalmente _usted me conoce_ me mueve a gritar más la verdad aquí se trata de disfrazar. Le agradezco las noticias que me dá, pero en cuanto a eso de que los rojos _color de sangre_ hayan sacado los ojos, el corazón y cortado las manos a unos pobres chicos que cojieron no se lo creo. Y menos después de lo que me añade. Su «esto es cosa cierta» lo atribuyo, viniendo en carta abierta y censurada, a la propaganda de exageraciones y hasta mentiras que los blancos _color de pus_ están acumulando. Sobre una cierta base de verdad. Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. Tranquila? Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justifición. En cuanto al caudillo _supongo que se refiere al pobre general Franco_ no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror de retaguardia. Deja hacer. Esto, lo de la represión de retaguardia, corre a cargo de un monstruo de perversidad, ponzoñoso y rencoroso, que es el general Mola, el que sin necesidad alguna táctica, hizo bombardear nuestro pueblo. Ese vesánico no ha venido _al revés euqe Franco_si no a vengar supuestos agravios de tiempo de la dictadura primoriberana y a satisfacer los odios carlistas de los que en las anteriores guerras civiles se ensañaron con nuestro Bilbao. Ahora, sobre la base, desgraciadamente cierta, de lo del Frente Popular, se empeñan en meter en él a los que nada con él tuvieron _tuvimos parte_ y andan a vueltas con la Liga de los Derechos del Hombre, con la masonería y hasta con los judíos. Claro está que los mastines _y entre ellos algunas hienas_ de esa tropa no saben ni lo que es la masonería ni lo que es lo otro. Y encarcelan e imponen multas _que son verdaderos robos- y hasta confiscaciones y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno. (Claro que los jueces carecen de juicio, estupidizados en general por leyendas disparadas) y «esto es cosa cierta» porque lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad _uno de ellos discípulo mío_ y a otros. Últimamente al pastor protestante de aquí, por ser. .. masón. Y amigo mío. A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo. Que pretendió que yo diera un certificado de buena conducta a quien creerá usted? A Martínez Anido, el mesánico. Qué cándido y que lijero anduve al adherirme al movimiento de Franco, sin contar con los otros, y fiado _como sigo estándolo_ en este supuesto caudillo. Que no consigue civilizar y humanizar a sus colaboradores. Dije, y Franco lo repitió, que lo que hay que salvar en España es la «civilización occidental, cristiana» puesta en peligro por el bolchevismo, pero los métodos que emplean no son civiles, ni son occidentales sino africanos _el africano no es, espiritualmente, Occidente_ ni menos son cristianos. Porque el grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano. Eso es militarización africana pagano-imperialista: y el pobre Franco, que ya una vez rechazó _si bien tímidamente_ aquello de Primo de Ribera de «los de nuestra profesión y casta», refiriéndose a la oficialidad de carrera, que no es el ejército, como el clero no es la Iglesia, el pobre Franco se ve arrastrado en ese camino de perdición. Y así nunca llegará la paz verdadera. Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán. Lo que le digo desde ahora es que todos los buenos y nobles y patriotas españoles inteligentes, que sin haber tenido nada que ver con el Frente Popular, están emigrados no volverán a España. No volverán. No podrán volver como no sea a vivir aquí desterrados y envilecidos. . Esta es una campaña contra el liberalismo no contra el bolchevismo. Todo el que fue ministro en la Repúblicapor de derecha que sea, está ya proscrito. Hasta a Gil Roble _figúrese, a Gil Robles!_ le tienen desterrado. Unos días que pasó aquí, en su pueblo, hace poco, tuvo que estar recluido en casa de un amigo. Como yo estoy recluido en la mía. Y basta. Haga usted de esta carta el uso que le parezca y si el pobre censor de esa quiere verla que la vea y si le parece, que la copie. Pobre España! y no vuelva a decir «¡arriba España. este se ha hecho ya santo y seña de arribistas. Reciba un abrazo de Miguel de Unamuno |
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[a José Manuel de Santiago Concha] Miguel de Unamuno, rector que fue hasta hace poco Universidad de Salamanca, a cuantos no les sea desconocido y tengan en algo su obra ruega en bien de España _si es que puedo ahora tomar su nombre_ que ayuden a Don José Manuel de Santiago Concha, marqués de San Miguel de Hijar, en la empresa que ha tomado a su cargo para dar a conocer en el extranjero nuestros valores y lograr aún apoyo para nuestro enderezamiento y que salgamos de la situación en que desgraciadamente nos encontramos. España necesita ser más y mejor conocida . Y quien esto escribe que ha hecho tanto por darla a conocer, no puede ni debe dejar de apoyar la empresa de dicho Señor. Me temo que bajo la dictadura de Franco lo que menos se permita sea la franqueza. Lo que dominará será la molienda. |
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