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lírica de la cultura Baroja y la crisis del canovismo La tierra de Alvargonzález en la poética de Antonio Machado La crítica literaria en España La estrella, la virgen y la cestita en el río
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(T.S. Eliot)
El 26 de septiembre de
1888 nace T. S. Eliot. Su abuelo, Rvdo. William Creenleaf Eliot, funda
la Universidad de Washington. Su padre se gradúa por dicha
Universidad. Su madre, Charlotte Chauncy Stearns, procede de la
sociedad de Boston y es una mujer culta y refinada que realiza
algunos trabajos de crítica histórica.
Los primeros poemas de
Eliot pueden fecharse entre 1907 y 1910. Son poemas publicados en la
revista universitaria ya mencionada The Harvard Advocat y su
difusión no rebasa la de un reducido cenáculo literario. Poemas
destinados exclusivamente al club de literatos de los que el propio
poeta forma parte, tienen, desde su nacimiento y por su propia
esencia el destino de la «mínima_minoría» a los que muy bien podían
estar dedicados. Veamos uno de ellos:
La tarde de invierno se asienta: Las seis.
Los cabos consumidos las sucias miajas de las hojas marchitas que hay a nuestros pies y los diarios de los solares; el chubasco aporrea rotas persianas y cacharros. En la esquina hay un cabriolé cuyo caballo vahariento patalea ... Y entonces se encienden los faroles (1).
Ya que hemos citado a Frost y Sandburg, desarrollemos comparación
para mejor individualizar a Eliot en esta primera muestra de su
lírica. Robert Frost emplea un tono coloquial. Su poesía parece una
poesía dicha en voz baja, casi para sí, recreándose en el tono
reposado
y tranquilo. Esta poesía es casi un soliloquio, un soliloquio que
nos
muestra al poeta en su intimidad, junto al fuego de su chimenea
campesina,
gozando del sabor de su pipa, mientras evoca Ia belleza de las
cosas humildes, de las cosas de todos los días que conforman la paz
idílica de su mundo. Porque Frost está siempre presente en el
poema,
y las emociones que el poema evoca son las emociones del poeta; del
poeta que, huyendo de una civilización ciudadana, vuelve al campo a
buscar un orden en el que pueda sentirse, como escritor y como ser
humano, plenamente logrado. No obstante su lenguaje coloquial, su
sencillez y su falta de «lirismo», Frost _por su proyección
subjetiva en el poema, por su arraigado liberalismo y por su vuelta a una
naturaleza
campesina_, es un poeta romántico.
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En 1915 y en la revista Poetry, Eliot publica su primer poema
importante:
«La canción de amor de Alfred Prufrock». El poema tampoco
tuvo mayor repercusión, limitándose su difusión al conocimiento
de unos cuantos centenares de lectores de la revista.
no soy un profeta, lo cual carece de importancia ... Indudablemente estas son voces nuevas. Hay un tono de interrogación metafísica que va mucho más allá del lenguaje coloquial del poema y de las preocupaciones vulgares de su héroe (un hombre_ya no joven, «ligeramente calvo», que no se atreve a declararse a una mujer). Sobre esta triste cuotidianidad vulgar, el poema arratra al lector a algo no tan vulgar ni real, a algo oscuro y misterioso. Además, está la imagen, con su brutal fuerza pictórica, de la cabeza sobre una bandeja; la cabeza del protagonista y la del profeta que vivió hace veinte siglos y que, de pronto, se confunden, saltando sobre el tiempo y el espacio, abriendo al lector un haz de posibilidades asociativas que trascienden a este poema concreto para llevarle a otras producciones literarias de diversas épocas.
(... y hubiera valido la pena, después de todo, después de las tazas, la mermelada y el té, entre las porcelanas, entre algunas conversaciones nuestras hubiera valido la pena iniciar el asunto con una sonrisa, haber estrujado el universo dentro de una pelota para hacerla rodar hacia una pregunta abrumadora, y decir: «Yo soy Lázaro, que viene de la muerte, que regresa para contártelo todo, te lo diré todo ... » Si una de ellas, preparando un cojín para su cabeza, dijera: «No es eso, de ninguna manera, lo que quería decir;
no es eso, de ninguna rnanera.»)
Otra vez el tono insustancial que trasciende para tomar un sentido
más velado, más misterioso y trágico. Lo que se dice en una reunión
social son, de pronto, casi sin cambiar el timbre de la voz,
palabras
escatológicas. Y además hay aquí un nuevo elemento. Ya no es una
imagen la que nos lleva a obras externas al poema. Son palabras
externas
al poema las que se enquistan en éste, incorporándose con tan
perfecta simbiosis que el lector no sabe cuándo habla Eliot o cuándo
hablan voces extrañas ...
(¿Me peinaré el pelo hacia atrás? ¿Me atreveré a comer un durazno?
De nuevo aquí las referencias culturales se objetivan en imágenes
luminosas. Estas sirenas que peinan las blancas cabelleras de las
olas,
estas doncellas coronadas de algas rojas y pardas, son una puerta
que
se abre ai lector, incitándole a seguir por caminos que le
conducirán
lejos del poema. Caminos que le conducirán a otros poemas, a otros
poetas, separados a veces por milenios, pero que, al conjuro de
Eliot,
toman una vida tan real, tan actual, como la del héroe gris que
arrastra su tedio por las calles de esta gran ciudad contemporánea. |
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En el 1922 Eliot dirige la revista literaria The Criterion, que se
publica y distribuye en Londres. El primer número contiene trabajos
de Sainsbury, Dostoievski, Sturge Moore, May Sinclair, Hermann
Hesse,
Valéry, Larbaud, y un poema de Eliot de 434 versos, denominado
«The Waste Land» («La tierra baldía»). En el año 1923 se hicieron
separatas del poema, con notas. Es ésta la edición más conocida del
poema.
En este párrafo, Hauser ha señalado precisamente cuál es el origen de la inspiración del poeta. El propio poeta, por otra, nos pone sobre este camino en una de sus notas _la preliminar_ a «La tierra baldía». Dice así:
Vemos, pues, que son dos libros, dos libros en principio muy separados del ámbito poético puro, los que según propia confesión del
autor pueden tornarse como un primer germen del poema. Sin embargo,
este alejamiento del ámbito poético de las dos obras fuente es más
aparente que real. La rama dorada se plantea el tema de la evolución
de las creencias mágicas y religiosas en el hombre _sobre todo
en el hombre histórico_, partiendo de los ciclos agrícolas, y los
consiguientes
ciclos de las estaciones. Pero estas creencias se han visto
inmediatamente expresadas en forma de mitos, y han sido precisamente estos mitos la fuente más fecunda de
la poesía. En un relato breve de época no demasiado alejada del poema de Eliot, Anatole France
ensaya una vulgarización de las ideas de Frazer aplicada a los
cuentos
populares infantiles, muy distinta de la significación que estos
mismos
cuentos adquieren en la interpretación de Freud, aunque por otra
parte en estrecha relación. Por otra parte, el libro de miss Weston
aplica también la ideología de Frazer a un tema concreto _la leyenda
del santo Grial_, venero de una rica producción poética. |
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Todo este cuerpo de la cultura sirve para sostener una anécdota
insustancial. Una visión triste y gris del Londres moderno, en la
que
se entrecruzan las preocupaciones de un comerciante de pasas al
pormenor,
de una mujer casada que no desea tener hijos y que discute con
otro sus problemas de alcoba y las ventajas e inconvenientes del
abono,
una mecanógrafa que se acuesta con un empleadillo del tres al cuarto; las damas nocturnas del Támesis; una hechadora de cartas ... y
las imágenes vulgares, los objetos y escenarios de estas vidas: la
calleja
de las ratas; el ratón deslizándose blandamente entre los hierbajos;
las botellas vacías, papeles de sandwichs, pañuelos de seda, cajas
de
cartón, colillas u otros testimonios de las noches de estío del
dulce Támesis;
la dentadura postiza, las píldoras para abortar, la estufa sobre
la que se prepara un almuerzo de latas de conservas; las
combinaciones
puestas a secar fuera de la ventana, las medias, zapatillas, camisas y sostenes que se amontonan confusamente sobre el diván que por la
noche sirve de cama; el gramófono en el que suena el cansado disco
del tedio, la música de los días iguales «de esta música _que_ se
deslizó
junto a mí sobre las olas» y que, ¡ay!, no es la música de Ariel,
aunque el verso interpelado una por un momento ese oscuro cuarto,
esa triste historia con la maravillosa isla en que vive su amor
Fernando,
príncipe de Nápoles ...
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Esto no debe extrañamos en Eliot, forma parte de su estética.
Una serie de citas de sus ensayos lo aclara cumplidamente: «La
poesía
genuina puede comunicarse antes de ser comprendida.» Y en otro
párrafo, en uno de sus ensayos sobre el Dante: « yo recomiendo en
la primera lectura del primer canto del infierno preocuparse por la
identidad del leopardo, el león o el lobo. Lo que debiéramos
considerar
no es tanto el significado de las imágenes como el proceso inverso,
el que condujo a un hombre que tenía una idea a expresarla en imágenes.» Y en otro pasaje: «Para un poeta, alegorías equivale
a imágenes visuales claras. La alegoría y la metáfora no armonizan.
Y en otro pasaje del mismo ensayo sobre Dante, escribe Eliot :
Y en otro pasaje, fundamental desde el punto de vista de la comprensión de la estética de Eliot :
He transcrito literalmente esta larga cita de Eliot, a riesgo de ser prolijo, porque considero que es sumamente esclarecedora de su propia estética. Insistiré con otras dos citas, también, de su ensayo sobre Dante.
Finalmente, la que sirve de colofón al ensayo.
Creo que de esta serie de citas podemos ya deducir algunos principios estéticos, que nos ayudarán a comprender «La tierra baldía» y la poesía de Eliot en general. Procuraré, dentro de su complejidad, enunciar estos principios lo más esquemática y sencillamente posible.
Eliot se mantiene fiel a estos principios. Su poesía es una poesía a la que se podría aplicar perfectamente las conclusiones que él mismo establece al hablar de la poesía de Dante, la _a su entender_ poesía por antonomasia. Tras las alegorías de «La tierra baldía»; tras la leyenda del Santo Grial y los ritos mágicos de vegetación; tras la confusión de lo pretérito y lo presente, de lo distante espacial y culturalmente, queda la convicción firme de esa unidad, de esa universalidad de la poesía capaz de sobrevivir a toda decadencia, de florecer en toda sequedad, de renacer de toda destrucción. Más que la dicotomía Eros_Tanatos es la de la Muerte_Resurrección la que llena el poema. Aunque bien mirado, ambas dentro del poema se confunden y forman una sola. |
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Tras «La tierra baldía», la poesía de Eliot sigue girando en torno a
los mismos temas y empleando técnicas similares. Aunque algunos
poemas
como «Los hombres huecos» o «Miércoles de Ceniza» _donde es
evidente la referencia a nuestra literatura mística, especialmente,
San
Juan de la Cruz_ alcanzan una especial brillantez, voy a pasarlos por
alto en este análisis para detenerme únicamente en «Los cuatro
cuartetos».
Naturalmente,
hay que tener muy en cuenta el especial sentido que para Eliot tiene
la palabra Cultura. Desde luego, no es aquel que tiene para un
Gordon
Childe, pongamos por ejemplo. No es aquella serie de elementos de
los
que se vale el hombre para satisfacer sus necesidades, o, precisando
aún más, la especie humana para pervivir. Los rasgos materiales de
una cultura, primordiales para un arqueólogo o un antropólogo, tienen
menos importancia para Eliot que una cierta concepción
espiritualista
y, sobre todo, la forma en que esa cierta concepción espiritualista
se ha
expresado. Esto es Io que le permite aislar determinados rasgos de
diversas épocas culturales __es decir, de épocas muy distintas en
cuanto
a la forma de organización de la sociedad humana y medios de los
que estas organizaciones se valen para satisfacer sus necesidades_
y, haciendo abstracción de ellos, considerarlos como una unidad cerrada
y total que es su unidad «cultural». Este es el sentido que para
Eliot
tiene la cultura; y las personas que participan de esta misma
concepción
son las élites a las que en su cita anterior hace referencia y de
las que depende, según dicha cita, la continuidad cultural. Su obra
toda participa de esta concepción y Los cuatro cuartetos vienen a
ser una amplia alegoría sobre el sentido de la mencionada afirmación
con que se despide de los lectores de The Criterion.
Las palabras se mueven, la música se mueve
Esta era una manera de expresarlo _no muy satisfactoria_
Eliot ha partido en «Los cuartetos» de dos citas de Heráclito,
tomadas de «Los fragmentos de los presocráticos» de Diels. La concepción
del
tiempo heraclitana y las consiguientes concepciones del tiempo en la
filosofía, principalmente las de Pascal y Bergson, son tema de «Los
cuartetos». El enigma del tiempo puede ser superado. Poesía,
Metafísica,
Teología, son tres caminos que pueden conducir a esta superación.
Esta es, en extracto, una esencia de «Los cuartetos». |
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Hay una consideración del tiempo que podríamos añadir a las diversas
concepciones que el poeta filósofo T. S. Eliot considera. Es la
del tiempo como obra del hombre. Es la del tiempo histórico. El
hombre,
como agente de su propio futuro, y el presente del hombre como
consecuencia inexorable del quehacer de otros hombres, que le han
antecedido. Esto podría originar una serie de curiosas
consideraciones,
aporías, divagaciones místicas, y paradigmas más o menos
paradójicos.
Pero vamos a dejar de lado todo esto y a limitarnos al hecho de que
la poesía, como obra humana, no es sólo lo que el hombre _un
hombre_
quiere. Que la poesía como obra humana está también condicionada
por este quehacer del hombre a través del tiempo, que es la
historia.
Y más tarde resume:
La concepción espiritualista de T. S. Eliot no está puesta tan lejos
de la sociedad pragmática y materialista, de «La tierra baldía», que
él
tan vigorosamente rechaza. Aunque puede que este rechazo no sea
tan vigoroso y que exista en el fondo un grado de aceptación mucho
mayor de lo que él mismo pudo suponer. (Cuadernos Hispanoamericanos, nº 21. Julio de 1967) |
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NOTAS (1) Traducción de AGUSTÍ BARTRA (2). Traducción de V. GAOS. (3) Al analizar los cuartetos se ha segudio el enssayo de CURTIUS sobre ELIOT. |
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BAROJA y LA CRISIS DEL CANOVISMO Cuando en el 1900 un medico de veintiocho años publica su primera obra literaria, el orden canovista acaba de sufrir la prueba que marcará el principio de su fin. La muerte ha impedido a su creador contemplar el hundimiento definitivo de los últimos restos del gran imperio, lo que, sin duda alguna, preveía. El novel, aunque ya no joven escritor, tenía dos años cuando Cánovas ponía en marcha el mecanismo de su restauración. Tres años después de que el viejo político cayese en un atentado anarquista, se inicia una dilatada obra novelesca que iba a estar indeleblemente marcada por aquel sistema instaurado casi cuando vino al mundo nuestro autor. Nacido en los inicios del canovismo, nacido a la literatura poco después del gran desastre que iba a dar nombre a una generación de la que es una de las más representativas figuras; publicado su primer libro bajo la impresión de un hecho sangriento _hechos y héroes de la idealista destrucción, tan constantes en toda su obra_, a lo largo de su fecunda vida don Pío Baroja nos repetirá, como en una pesadilla, el retablo inmóvil de aquella España que lo vio nacer como hombre y como escritor. Y cuando definitivamente muerto, aquel orden, aquel sistema, aquella España de su juventud hayan dejado paso a otro orden, a otro sistema, a otros hechos y catátrofes, el escritor, la cabeza vuelta al pasado, continuará clavado en las imágenes de aquel retablo con la inmovilidad dolorosa de una estatua de sal. Esta inmovilidad de la Historia es, hasta cierto punto, la misma que el orden canovista pretendía. Tras más de medio siglo de movimiento frenético y confuso, de agitación violenta y catastrófica, Cánovas pretende parar aquella turbulencia, aquella orgía de violencias y de pronunciamientos mediante un estable mecanismo que permita la reconstrucción del país. Pero Cánovas confía muy poco en las posibilidades del país. No cree en el pueblo español, ni en su ejército, ni en su aristocracia. Ni siquiera en la burguesía, su propia clase, a la que considera necesario empujar, porque ella por sí sola no sería capaz de ponerse en marcha.
Cincuenta años más tarde Pío Baroja, por boca de uno de sus héroes novelescos, el Fermín de Los visionarios, expresará el mismo pesimismo y, consecuentemente, propugnará una parecida solución. "¿Qué comunismo vamos a tener nosotros _objeta a un médico marxista que cree en la revolución popular, en las masas_ en un país donde nadie acude con puntualidad a las citas, donde no hay posibilidad de cooperación ni de colaboración y donde, no los niños, sino las personas mayores van echando las cáscaras de naranjas en las aceras, sin pensar que el que venga atrás puede resbalarse y matarse?" Y tras esta declaración pesimista sobre las posibilidades de un pueblo inferior, unas líneas después expondrá la posible solución. "Quizá _dirá don Fermín_ con el tiempo aparezca algún grupo de jóvenes inteligentes y escogidos que conquisten el poder y hagan las reformas necesarias del momento, sin dejarse llevar por utopías ni por sentimentalismos". El ideario de Fermín no parece muy distinto del de Cánovas. La única y fundamental diferencia es que Cánovas era un profundo liberal, un convencido legalista y, en último término, un demócrata, aunque de la democracia tan sólo conservase la letra, la máscara legal. Fermín, desengañado ya de cualquier liberalismo, de cualquier formalismo legalista, de cualquier escarceo demócrata, deja atrás aquellos sentimentalismos y utopías y propone sin disimulos ni ambigüedades el golpe de estado, la dictadura. Los doce primeros años del escritor son, como señala Eugenio de Nora, los que van a darnos lo más valioso y perdurable de su dilatada carrera. Las obras maestras de Baroja (las trilogías de La lucha por la vida y La vida fantástica, las novelas vascas y aventureras _Labraz, Zalacaín, Shanti Andía_ y sobre todo esas cimas del arte barojiano que son El árbol de la ciencia y César o nada) van a producirse en este período. A partir de aquí Baroja se repetirá, se copiará a sí mismo; nos dará reiteradamente los mismos motivos, las mismas situaciones, pero sin que alcance, salvo. en raras ocasiones, la altura lograda en aquellas obras. En los cincuenta largos años que dura su fecunda carrera, los diez primeros son los esenciales, los definitivos. Parece como si en los cuarenta restantes nada esencial hubiese cambiado en el escritor y en el mundo del escritor. Y es, sin embargo, en los años inmediatamente siguientes a ese periodo cumbre en la producción de Baroja, cuando el gran cambio comienza a producirse. El orden en que había nacido, el orden canovista de la Restauración, que mal o bien, con claudicaciones y desengaños, con desastres como el del 98, con crisis como la del catalanismo, había, sin embargo, conseguido mantenerse (ya sin otro fin, sin otra ilusión que el de su propio mantenimiento, el de su propia vacía pervivencia, perdida toda esperanza de renovación y de reforma) ese orden, por una serie de acontecimientos desarrollados, sobre todo de 1914 a 1920, va a hundirse definitivamente. Con ello, quedaba cerrada una etapa de la Historia de España. Baroja nos ha dado en esa primera etapa de su producción su visión de la España canovista. Ciertamente este testimonio ha estado acompañado por algunas escapadas a un pasado histórico y aventurero, por el que nuestro autor siente una atracción especial. Pero el testimonio de su época es lo más esencial en este primer momento de su obra. Este testimonio se presenta ante todo como un testimonio de frustración personal. Es esta frustración la que informa al héroe típico barojiano. El hombre marcado por una sociedad represiva y levítica, ahogado por el medio rastrero y vulgar, de pequeños filisteos y hampones; el hombre que aspira a elevarse sobre todo esto y a cambiar el desdichado país en que le ha tocado vivir o, al menos, a cambiarse a sí mismo, para encontrarse al final condenado al conformismo o a la muerte, es el hombre barojiano. Y este hombre (el Fernando Ossorio de Camino de perfección; el César Moncada, de César o nada; el Andrés Hurtado, de El árbol de la ciencia), es, naturalmente, Baroja, o, al menos, el primer Baroja, el Baroja aún con ilusiones de sus primeros años de escritor. Pero este hombre es también el símbolo de un sistema que, buscando propiciar el cambio, estableció el inmovilismo; que desconfiando de la mediocridad y rapacidad del ambiente, se entregó a los mediocres y a los rapaces; que queriendo abrirse al exterior, se cerró en sí mismo definitivamente, y que ofreciéndose como un camino de perfección y de salvación, se transformó en la vía de la decadencia irremediable. Posiblemente el sistema y el héroe de la ficción barojiana sufren el mismo error fundamental: la total desconfianza en los demás, el pesimismo absoluto en la masa que le rodea, unido al sentimiento elitista más exacerbado de sí mismo. Ya hemos dicho que Cánovas no cree en el pueblo, ni en la Iglesia, ni en la burguesía, la aristocracia o el ejército. En el fondo, Cánovas sólo cree en sí mismo. Todo su sistema se basa en esta creencia: todo tiende a limitar al máximo cualquier obstáculo a su propia acción. El héroe barojiano, parte del mismo sentido elitista y de la misma desconfianza. Los Ossorio, los Hurtado o los Moncada parten siempre del sentimiento de su propia superioridad. De ahí la infiexibilidad de sus juicios. De ahí el desprecio de la masa y consiguientemente del socialismo o la democracia. "Fernando se olvidó de que era demócrata (¿pero era realmente demócrata o tan sólo formalmente el héroe de Camino de perfección?; ¿ y Cánovas.. ?) y maldijo con toda su alma al imbécil legislador que había otorgado el sufragio a aquella gentuza innoble y miserable, sólo capaz de fechorías cobardes." Y un poco más tarde el mismo personaje exclama: "Mi tío es especialista en vulgaridades democráticas. Mi tío es republicano. Yo no sé si existe alguna cosa más estúpida que ser republicano; creo que no la hay, a no ser socialista y demócrata" (Camino de perfección). A lo largo de toda su obra, los héroes de Baroja abundan en parecidas opiniones. Podíamos suponer que eran expresiones de los personajes de ficción y no opiniones del escritor. Pero el 14 de abril de 1899 Baroja escribe un artículo sobre la democracia. Y en este artículo encontramos una serie de juicios y conceptos que son prácticamente los mismos que después encontraremos en sus héroes de ficción (1). Estos juicios de Baroja sobre el socialismo y la democracia, conceptos que, ciertamente, nuestro autor no diferencia con claridad en el mencionado artículo, serán repetidos en términos muy similares por la larga nómina de personajes que nos dará en su fecunda carrera. Y en todos ellos está patente ese elitismo, esa desconfianza hacia el gobierno del pueblo por el pueblo, que en el fondo anima al sistema canovista. Porque Cánovas podrá establecer una democracia formal, podrá levantar un mecanismo democrático, pero en la realidad empleará todos los recursos posibles para falsear el libre juego de esta democracia, para obstaculizar su auténtico desarrollo, sustituyendo a los representantes del pueblo, libremente elegidos por una casta de políticos burgueses que no representarán otros intereses que los de su propIa clase: la oligarquía. Ciertamente Baroja tiene razón al reírse de la representatividad de la democracia. Dada la democracia que el conoció, la democracia canovista, sus suspicacias e incluso sus sarcasmos están justificados. Pero lo que falta a Baroja es un análisis en profundidad que le descubra el porqué de esa falta de representatividad, que le revele las razones de esa burda farsa política en que había devenido el sistema demócrata liberal del canovisrno. Fallará también al tomar esta democracia española como arquetipo universal de cualquier democracia posible. Pero donde su fallo se nos presentará como más trágico es en ese intento, por una parte, de peculiarización, y por otra, de generalización trascendente, a que tan dado ha de mostrarse. Es esa generalización de considerar la avaricia, el pillaje, como consustancial a la naturaleza humana, lo que imposibilita cualquier progreso social, porque el oprimido de hoy será indefectiblemente el déspota de mañana. Y ese peculiarismo, que hace del español un pueblo diferente _el que tira las cáscaras de naranja en las aceras, es el que impedirá, según los mantenedores de este peculiar concepto, que en él puedan funcionar sistemas e instituciones que se muestran eficaces en otros pueblos de la Tierra. A lo largo de su vida el frustrado héroe barojiano chocará con una serie de obstáculos que son consecuencias del sistema sobre el que se ha montado la restauración. La miseria moral es una consecuencia de la miseria política, y aunque Baroja no establezca la relación de una forma directa y apriorística _lo cual, a mi modo de ver supone uno de sus méritos como creador literario_ esta relación se va presentando al lector informado de una forma concluyente. Pero al describir estos obstáculos, el novelista nos está trazando un vívido cuadro de las condiciones socioeconómicas y políticas de la época. Ciertamente, tampoco en esta descripción se sigue una rigurosa exposición dialéctica. El cuadro, en cuanto literario, es subjetivista y se nos presenta de una manera dispersa. Algunos aspectos, como el caciquimo, son tratados detalladamente. Otros, como las relaciones subyacentes entre la política y las estructuras económicas, no se señalan con la misma claridad. Pero el cuadro del marco político de la Restauración en esta primera obra barojiana, aun presentado como telón de fondo de la frustración moral de sus héroes, es lo suficientemente vivo para que se nos presente como sumamente válido. |
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César o nada es, sobre todo en su segunda parte, una de las novelas en que este fondo político se presenta de una manera más ordenada y consciente. Acusado de prefascista, César Moncada tiene rasgos ideológicos _comunes, por otra parte, a una gran mayoría de héroes barojianos_ que corresponden a la personalidad fascista_autoritaria, pero carece del último rasgo diferenciador del fascismo: el encauzamiento de esa agresividad autoritana, de esa personalidad irracionalista y mítica, como fuerza de choque al servicio de un capitalismo amenazado.Y aunque el propio Baroja recoge esta acusación sin rechazarla del todo (2), César se nos muestra más bien como un autoritario ingenuo que, bajo una capa de pragmatismo y maquiavelismo oportunista, oculta al idealista y frustrado héroe barojiano, fácil víctima de la cazurrería y brutalidad de la inmóvil España negra. Ciertamente que ya en Roma nuestro héroe no se desenvuelve muy brillantemente. Dotado de una sabiduría financiera un tanto gratuita e imprecisa, aparece como un intrigante de medio pelo que en ningún momento consigue engañar a la sutil clerecía, que él tanto desprecia. El hombre de acción se traduce en la práctica en un desahogo verbal un tanto acerbo. Al final, su ideología se concentrará en un reformismo progresista que, por lo insustancial y aislado, no puede llevar a otro resultado que al del espléndido cierre de la obra, tantas veces citado, del Castro Duro dormido en el polvo. Pero como telón de fondo de su frustrado héroe, Baroja nos traza una panorámica de lo que había llegado a ser el sistema canovista. Perdida toda diferencia ideológica y real entre los partidos turnantes, la vida política es una confusa mezcla de arribismo y mediocridad. «La política española es como un estanque: un trozo de madera fuerte y densa se va al fondo; un pedazo de corteza o de corcho o un haz de paja se queda en la superficie . Hay que disfrazarse de corcho.» Pero ese mundo mediocre y vacío de los políticos de Madrid aparece al servicio de los auténticos señores: la oligarquía de la España agraria, la estructura caciquil. Don Calixto y don Platón Peribáñez, enemigos en el poder, unirán sus fuerzas cuando sus privilegios se vean amenazados por la acción reformista de César. El cacique es el terrateniente, el usurero, el representante de esa burguesía enriquecida por la desamortización de Mendizábal, que, paradójicamente, se ha refugiado en la religión y cuenta con el auxilio de esta religión para conservar sus privilegios. La justicia, a nivel municipal o comarcal, está a su completa disposición por el simple mecanismo democrático del que es pieza esencial. Las diferencias políticas se reducen a querellas por el botín de los poderes caciquiles, sin que estas querellas lleven a la autodestrucción, porque el turno de partidos asegura siempre una cierta estabilidad en la rapiña. Junto a estos oligarcas, representantes de las fuerzas vivas del canovismo, el resto del mundo político aparece como una grotesca comparsa. El librero republicano, los libertarios, el Círculo Obrero, son presentados con su carácter de protesta inútil, de eternos perdedores en aquella farsa inmodificable y preestablecida. Porque el diputado será siempre un servidor del cacique de turno, sin que la calificación de conservador o liberal tenga otro valor que el de una abstracción formal de servidumbre. En César o nada, la elección dcmocrática se presenta como la brutal farsa en que había degenerado el sistema electoral en la segunda etapa de la Restauración. El falseamiento electoral manejado desde Gobernación, en el que aún se pretende conservar una apariencia de legalidad, ha degenerado en una especie de lucha tribal, en la que el matonismo y la violencia física, apoyada por las propias fuerzas del orden, juegan el papel más importante. En estas circunstancias es como César Moncada pierde su representación de Castro Duro.
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El año 1914 marca el fin de aquel optimismo que había producido el triunfo de la revolución industrial. El orden burgués se ve sacudido por la primera guerra, fruto obligado de sus contradicciones. España, que no ha realizado la revolución burguesa_liberal que el orden canovista pretendía, se ve al margen de la contienda, pero no por ello libre de sus implicaciones. El año 19l4 es el auténtico principio del fin del sistema político de la Restauración. Los dos grandes acontecimientos internacionales, la guerra europea y la revolución rusa, sacudirán profundamente nuestro país. Junto a estas convulsiones externas, la evolución interior, la evolución de las estructuras económico_sociales harán ya imposible la pervivencia de aquel orden político, que había perdido hacía ya mucho tiempo la posibilidad de adaptarse a las necesidades que aquellos cambios implicaban. La gran guerra y posteriormente la revolución del 17 convulsionaron aquella charca inmóvil que era la España de caciques y oligarcas, de políticos rapaces y curas ultramontanos, que constituye el marco de la primera novelística barojiana. Las contradicciones latentes en la España de la Restauración se agudizan ante el impulso de los acontecimientos exteriores. Como señala Juan Antonio Lacomba (3), «todas y cada una de las estructuras del país se modificaron ante el impulso demoledor; la tremenda presión exterior acentuó las deformaciones existentes, creó otras nuevas y fue, en definitiva, factor esencial del futuro desenvolvimiento hispano». Para poder gobernar sin obstáculos, para mantener el orden y la quietud y para mantener al ejército alejado del gobierno, Cánovas se entrega a la oligarquía terrateniente. Si en España hubiésemos sido dados a representar a los partidos por símbolos gráficos, como ocurre en Norteamérica, los conservadores de la Restauración muy bien podrían haberse distinguido por un olivo, y los liberales, por una espiga de trigo castellano. Entregar el poder real a la oligarquía agrícola no es el mejor medio de realizar la revolución liberal. De ahí que esa revolución apareciese ahogada en el principio y que en España, tras la apariencia de un régimen parlamentario, continuaran existiendo unas estructuras feudales. Pero la guerra del l4 precipita, como hemos dicho, una crisis incontenible. Aunque la neutralidad española lleva aparejada una notable prosperidad económica, ésta es más bien pasajera y representa sólo el antecedente de una aguda depresión. El mercado agrícola, que por la demanda exterior experimenta una aguda alza de precios, al tener que reducirse a un mercado interior, sobre todo por el bloqueo de los submarinos alemanes, acaba en una grave crisis cerealista, que tendrá una importante repercusión social. Esta repercusión se reflejará, por una parte, en un movimiento migratorio del campesinado a la ciudad y una consiguiente expansión del proletariado urbano; por otra, en un alza de precios que llegará a ser intolerable y precipitará el intento de la revolución social.
También la neutralidad tiene su repercusión en la
industria con el boom
industrial, que llevará a la concentración
monopolista. El desar La nueva articulación de los partidos políticos y sobre todo la concentración ciudadana, que dificulta el manejo electoral tradicional del canovismo, acaba con el sistema del turno de partido, ya muy debilitado desde las diferencias y rivalidades personales de los líderes liberales y conservadores en el 1909. La guerra, por otra parte, con la división de germanófilos y aliadófilos, polariza la conciencia política del país e introduce la división dentro incluso de las capas medias, que la Restauración, en su atonía ideológica, había procurado mantener en armonía y unidad. Finalmente, la guerra acentúa la frustración del ejército y consiguientemente precipita su propia concienciación como estamento destinado a jugar un papel de primera línea en los destinos nacionales. El resultado de todo ello es lo que Juan Antonio Lacomba ha estudiado bajo el nombre de la crisis española de 1917. Los tres intentos revolucionarios: el del ejército con las juntas Militares de Defensa, el de la burguesía con la Asamblea de Parlamentarios y el proletariado con la huelga general de agosto fueron los hechos que, juntamente con la guerra de Marruecos, acabaron definitivamente con el sistema de la Restauración. La dictadura de Primo de Rivera iba a abrir un período de transición, que desembocaría en una crisis con la que se abriría una nueva época. |
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¿Cómo ve don Pío Baroja este período? ¿Cómo refleja la obra del escritor que tan fielmente, tanto a nivel documental como a nivel de testimonio de frustración personal, había reflejado en su primera obra la estructura social, política y ética de la España de la Restauración, los nuevos condicionamientos que van a suponer el fin de aquel sistema? Si observamos su producción en los años comprendidos entre el principio de la crisis (1914) y el que corresponde al final de la Restauración, el de la dictadura de Primo de Rivera, vemos que ésta se reduce a una novela del mar, totalmente alejada de la realidad españolá, El laberinto de las sirenas, publicada en 1923, y a los trece primeros títulos de Ia serie de Aviraneta, que, aunque concebida como crónica histórica, suponen un refugio en el pasado, ya que la Historia en este caso corresponde a la época anterior a la Restauración. Solamente La sensualidad pervertida está ambientada en la época correspondiente a la vivida por el escritor. Pero esta novela supone una repetición más del héroe frustrado barojiano, que tan bien había desarrollado en su primera etapa (4). Es curioso que a lo largo de toda su carrera, únicamente en el período comprendido entre los años 14 y 23 Baroja se despreocupe completamente de los acontecimientos contemporáneos. Parece como si en ellos el escritor no encontrase nada digno de novelar y se refugiase en un pasado histórico y aventurero, en la biografía de un hombre de otra época, que, sin duda, nuestro autor veía mucho más propicia que la en aquel momento vivida para desarrollar el héroe de acción constituyente de uno de sus ideales narrativos. Sin embargo, como hemos señalado antes, son precisamente esos años en los que Baroja se refugia en el pasado, años cruciales en la historia de España y en la historia universal. La guerra europea y la revolución rusa han originado una producción narrativa de todo tipo que desmienten esta falta de interés novelesco que aparentemente la época tiene para Baroja. Precisamente en el 1912 publica una novela, El mundo es ansi, en que retrata el tipo de hombre que va a hacer la gran revolución del 17: el intelectual ruso refugiado en el extranjero, más concretamente en Ginebra.
Pues bien, este hombre, según Baroja, no es
precisamente un héroe ni un modelo de hombre de acción.
Con su sobria rotundidad, el escritor nos va trazando el retrato de estos
estudiantes:
«Entre los hombres
abundaban los tipos melenudos y extrañ Baroja nos daba este cuadro en el 1912. Cinco años más tarde, algunos de aquellos ilusos exaltados dirigían el asalto del Palacio de Invierno. En 1932 Baroja publica una trilogía, La selva oscura, en la que pretende dar una impresión de conjunto de las conmociones de estos últimos años. En esta trilogía Baroja pretende, según propia confesión, darnos una visión de los disturbios y posibles transformaciones de la vida española, vistos a través de gentes humildes, salidas de un caserío vasco. El período de tiempo del que Baroja piensa darnos su visión es demasiado extenso y preñado de acontecimientos; por otra parte, la unilateralidad del enfoque _la gente de los caseríos vascos_ no favorece la clara interpretación de los hechos. En realidad, en las tres novelas, los últimos años de la Restauración son tratados con menos detenimiento que los sucesos de la Dictadura y de la II República. En La familia de Errotacho, en su primera parte, trata de los años correspondientes a la Gran Guerra y cómo se vive ésta en un caserío fronterizo, el de la familia de los Larreche. Relato aventurero, de pequeños espionajes y contrabando, aclara poco el impacto que en la España neutral causó el conflicto europeo. Posteriormente nos narra un intento de loca sedición anarquista en Vera y su cruel y absurda represión. En esta parte el autor vuelve a darnos su versión novelesca de los anarcosindicalistas y descarga su fobia contra Alfonso XIII y el militarismo. En El cabo de las Tormentas, tras un relato sobre la sublevación de Jaca, nos cuenta una historia del pistolerismo en Cataluña en la época de Martínez Anido. La última parte está destinada a relatar los acontecimientos correspondientes a los movimientos callejeros de los primeros años de la República. También en los años de la República se ambienta la tercera parte de la trilogía, Los visionarios. Vemos, pues, que Baroja, en los años que corresponden a la gran crisis de la Restauración, se refugia en una narrativa no testimonial, y cuando posteriormente pretende hacer una crónica histórica contemporánea, trata aquella época de una manera superficial y anecdótica. Ninguno de los grandes acontecimientos que marcan el fin del viejo régimen es comprendido por Baroja. Baroja no nos habla de la profunda división que la guerra europea introduce en la política nacional; no tiene en cuenta para nada los fenómenos fundamentales de las Juntas Militares de Defensa o de la Asamblea de Parlamentarios; no se da cuenta de la nueva fuerza revolucionaria que se expresa en una huelga general, tan distinta de la tradicional violencia individual de los anarquistas. Baroja se queda sólo en lo superficial, en lo novelesco. Es este carácter novelesco el que le hace acercarse a los pistoleros anarquistas. «El anarquismo _dice en El cabo de las Tormentas_ es algo absurdo y patológico, pero es literario, pintoresco y gracioso dentro de su barbarie; en cambio, el republicanismo y el republicanismo liberal_se refiere a Fermín Galán_ es algo muy manoseado, muy burgués, muy pobre. Un pronunciamiento es, naturalmente, una cosa cuartelera.» El individualismo rebelde y agresivo de Baroja se siente atraído por esa forma de rebeldía individual extrema que es el anarquismo. Pero el pequeño burgués intelectual, que también es nuestro autor, no puede, desde el punto de vista de la razón, hacer otra cosa que condenarlo. En su última época, cuando la edad y la ferocidad de los acontecimientos históricos han exacerbado su conservadurismo pequeño burgués, dirá en Las veladas del chalet gris: «Eran tiempos en que el anarquismo, tendencia político_social, que ofrecía una mezcla bastante rara de misticismo y criminalidad, estaba de moda, cosa que no puede sorprender a los que en otro orden de ideas han visto la vida del cubismo, del surrealismo y ahora del existencialismo, que, si no producen crímenes, no dejan de ser orientaciones no menos absurdas ni menos seguidas por gentes fantásticas y alocadas.» |
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Baroja no podía ver el nuevo giro de los acontecimientos. Él seguía mirando desde el prisma de su juventud, el de aquella España de la Restauración, que había reflejado en sus primeras novelas. No podía comprender que aquel proletariado madrileño, aquellos golfos y artesanos que había reflejado en La lucha por la vida, poco a poco, por la evolución industrial del país y los movimientos migratorios, se había transformado y un nuevo proletariado y una nueva estructura social iban a precipitar la crisis. Tuvo hacia los militares el sentimiento, mezcla de desprecio y resentimiento, que caracterizó a los intelectuales y a las clases medias liberales de su época. Y los militares, tras el derrumbamiento del 98, reaccionaron ante aquel sentimiento y ante aquella situación en que les había colocado el canovismo, pidiendo una posición y un respeto que el sistema les negaba. Despreció a la burguesía, y tampoco supo ver la evolución de la España burguesa. Por eso, cuando todas estas fuerzas precipitaron el fin de un sistema caduco,él permaneció en silencio.
«No varían las maneras de ser de las personas porque varíen las instituciones», dirá este nuevo héroe en El cabo de las Tormentas. Y el propio Baroja, en Ideas y ejemplos, se expresará en forma similar: «Porque las instituciones son lo externo; el mal no está en ellas; el mal está mucho más adentro. El mal está en que la vida política de los partidos, hasta aquellos de los que parecen más puros, descansa, se sostiene sobre una base enorme de vividores, de chanchulleros y de chantajistas. Cada diputado representa, por lo menos, unos cuantos matones, unos cuantos bandidos, unos cuantos explotadores, y lo menos malo que podía representar es unos cuantos caciques, y esto no ha de variar porque cambie la forma de gobierno.» A partir de aquí es inútil toda acción. Baroja está marcado por el mundo de la Restauración y no será capaz de trascenderlo. Su pesimismo integral va transformándose en un conformismo de hecho. El hombre es así: todo crueldad, barbarie, ingratitud. «El mundo es ansí.» ¿Qué puede, pues, hacerse... ? El cambio es imposible. El cambio, ni siquiera es deseable. Ya en 1899, en unas palabras dedicadas a Maeztu, decía: «Por más que llame bufo al desaliento, el desaliento existe, o algo peor: la indiferencia; por más que sueñe con otra España, la otra España no vendrá, y si viene, será sin pensado ni quererlo, por la fuerza fatal de los hechos. Ni los vizcaínos, ni los catalanes, ni Costa con sus asambleas harán nada más que dejarnos un poco de ruido, el que produce un cohete al estallar en el aire ... ... Es más: el día que esa nueva España venga a implantarse en nuestro territorio, con sus máquinas odiosas, sus chimenea, sus montones de carbón, sus canales de riego; el día que nuestros pueblos tengan las calles tiradas a cordel, ese día emigro, no a Inglaterra o a Francia ..., a Marruecos o a otro sitio donde no hayan llegado ésos perfeccionamientos de la civilización.» Pero, al menos en aquella época, sus héroes novelescos desmentían estas palabras del escritor. Después no; después serán héroes pasivos, que ya nada buscan porque ni siquiera vale la pena buscar. Cada vez más encerrado en sí mismo, el escritor se refugiará en el pasado, asustado ante un presente que no comprende; despotricando contra la literatura y el arte moderno, contra la sociología, contra el socialismo y el existencialismo; buscando los viejos tipos de la España de su juventud entre aquellos restos del Madrid viejo, que tanto amó; refugiándose en la nostalgia de los pueblos perdidos, de los paisajes duros y agrestes de este país, que él supo describir, con su prosa escueta y descuidada, con una belleza y perfección pocas veces lograda en nuestras letras ... Baroja ha quedado marcado para siempre por el mundo de la Restauración. Pero si la novela, en su visión luckasiana, es la historia de una búsqueda degradada en un mundo también degradado, nadie como Baroja ha expresado esta época en la relación dialéctica entre sus héroes y su mundo. Porque era un producto de aquel sistema, no supo salir de él, no supo contarnos su agonía. Para él la Historia se había inmovilizado en aquel orden que tanto despreciaba. Hasta en esto la coincidencia entre el mundo novelístico y el mundo real fue perfecta ... Y significante.. |
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NOTAS (1)« ¡Oh la democracia! Es la palabra más insulsa que se ha inventado. Es como la pirueta del cómico de mi pueblo; la mayoría no sabemos ni lo que es democracia ni lo que significa, y, sin embargo, nos sugestiona y nos hace efecto ... » «La otra democracia, de la que tengo el honor de hablar mal, es la política, la que tiende al dominio de la masa, y que es un absolutismo del número, como el socialismo, es un absolutismo del estómago»; «yo creo que el pueblo no ha mandado nunca, ni en los tiempos más revolucionarios, y que tampoco mandará en el porvenir. ¿Que tiene representantes o delegados que mandan por él? Riámonos de eso. Es la farsa más estúpida que se ha inventado.» «A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras, ha dicho un socialista, y esta fórmula sería lógica como ninguna si la Naturaleza fuera también equitativa y justa. Pero la Naturaleza ha hecho también sanos y enfermos, fuertes y débiles, talentudos y bobos, como la sociedad ha hecho también ricos y pobres, nobles y plebeyos. Tan respetable y tan execrable es una justicia como otra...«A pesar de todo, para el progreso de la especie, sería mejor abrir el campo a la energía de los fuertes ; pero, actualmente al menos, no se ve que la democracia sea como una comadrona de genios ... » «Otras de las convenciones _a mi modo de ver, fatales_ de la democracia y del socialismo es la de supeditar y subyugar al individuo en beneficio de la sociedad y del Estado.» «Desconfío de los demócratas y socialistas pobres; creo que si fueran ricos, no serían dernócratas.» (Contra la democracia, 15_4_1899. Obras Completas de Pío Baroja: Ensayos,pp. 862 a 864, t. VIII. Biblioteca Nueva, 1951.) (2) «De Roma, pues, saqué la tesis para un personaje inventado, parecido al tipo fascista, no para defenderlo, sino para exponerlo, como lo dice en las páginas de ese libro. No podía tener esto novedad, pero Giménez Caballero dice que era como una anticipación del fascismo, y un italiano me mandó un folleto en el cual se protestaba que se me atribuyese a mí la invención de esa teoría política autoritaria. La tesis de mi novela era como un supuesto político y novelesco que se podría sentir en un pueblo como Roma, pero nada más. Yo no iba a ser patrocinador ni defensor de ninguna teoría política.. (Ensayos. Ciudades de Italia: Roma.) (3) JUAN ANTONIO LACOMBA: La crisis española de 1917. Editorial Ciencia Nueva. Madrid, 1970. 4) La leyenda de Jaun de Atzate es un ensayo poético novelesco, publicado en 1922, en que se trata una serie de mitos y temas vascongados. Es obra un tanto aparte en la producción de don Pío Baroja. (Cuadernos Hispanoamericanos, nº 266_67. Julio_Septiembre de 1972)
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LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ EN LA POETICA DE ANTONIO MACHADO
El 22 de febrero de 1939 muere en el hotel
Bougnol_Quintana, de Collioure, lejos de la alta paramera, de
los olivos cenicientos, del claro huerto donde madura el
limonero, don Antonio Machado, el más entrañable de los poetas
españoles contemporáneos. Unos días antes, como tantos de los
vencidos, había atravesado la frontera por Cervere. Era el final de
la más trágica expresión que puede tomar la lucha fratricida: la
Guerra Civil.
Y termina Machado, en una nota a las consideraciones de Mairena: «Juan de Mairena no alcanzó el reciente debate sobre «poesía pura», en el cual no fue D'Alembert, sino M. De la Palisse, quien dijo la última palabra: poesía pura es lo que resta después de quitar a la poesía toda su impureza.» Gedeónico, habría comentado Mairena, «porque para eliminar de cuanto se vende por poesía la ganga o escoria antipoética que lo acompaña, habría que saber lo que no es poesía, y para ello saber, anticipadamente, lo que es poesía. Si lo supiéramos, señores, la experiencia sería un tanto superflua; pero no exenta de amenidad. Mas verdad es que no lo sabemos y que la experiencia parece irrealizable ». Así habla Mairena, aunque con alguna anterioridad defina la poesía como diálogo del hombre con el tiempo, y llama «poeta puro» a quien logra vaciar el suyo para entendérselas a solas con él, o casi a solas. Pero esto _añadimos_ es una aproximación, no una definición de esencias inmutables. Puede que ante versos como
Pequeño,
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Creo que para saber si
Machado consideraba o no erróneo el camino que supone La Tierra de Alvargonzález, nos conviene, antes
que perdernos en suposiciones personales, canalizar los diversos
juicios que sobre la poesía hace el Machado posterior a 1917. Las
prosas del poeta nos brindan un material, si no demasiado abundante,
sí bastante uniforme dentro del tono irónico y paradójico que
caracteriza esta última parte de su obra.
Pienso que un gran poeta como Cernuda está en su derecho de no
gustar de otro gran poeta, como es Machado, en virtud de los
postulados de su propia poética; de la misma manera que Machado, en
virtud de su propia poética, podría no gustar de los poemas de
Cernuda, lo mismo que no gustaba de los de esos grandísimos poetas
que fueron Góngora y Quevedo. Lo que, repito, me parece aventurado
es afirmar que Machado no gustaba de uno de sus poemas, por el
simple hecho de que dicho poema no esté de acuerdo con la estética
del comentarista, aun correspondiendo plenamente con el concepto
que, de lo que debía ser la poesía, tenía el propio Machado.
Ha quedado clara la preferencia de Machado por el romance:
intentemos desmenuzar los motivos.
(dice la monotonía
Es esta monotonía de la cantinela del romance lo que le da esa impresión de temporalidad definitiva. Pero lo temporal está no sólo en su estructura, sino en su propia historia. Forma derivada de la primera manifestación literaria castellana, forma adoptada por el pueblo, en razón de su sencillez y naturalidad, es también propia de las tierras que iban a constituir el núcleo aglutinante de lo español. Están, pues, unidos al nacimiento de nuestra lengua y de nuestra historia. Y es esto lo que da una nueva dimensión a la temporalidad del romance: La temporalidad histórica, que viene a enriquecer este sentido de temporalidad intrínseca de su estructura que antes hemos señalado. |
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Pasando ya al análisis de La Tierra de
Alvargonzález, una vez señalada la coherencia de esta idea de
construir un nuevo Romancero dentro del pensamiento de Machado,
vamos a señalar sus principales rasgos y su relación con los
más característicos temas y motivos del autor.
Siendo mozo Alvargonzález,
La hermosa tierra de España
la redonda loma cual recamado
escudo, de A
orillas del Duero; o _también de A orillas del Duero_ ese
fantasma errante «de un pueblo que ponía a
Dios sobre la guerra» . Otras veces _Por tierras de España_
será el «arquero / la forma de un inmenso
centauro flechador», el que se presenta como numen
sanguinario y fiero de estos campos. Y no sólo el campo: ríos y
ciudades tienen también este carácter épico. El Duero «traza
/ su curva de ballesta, en torno a Soria»: Soria será «una
barbacana / hacia Aragón en castellana tierra ... »
¡Oh tierras de Alvargonzález,
Cuando el asesino labre
Los
hombres pasan. La vida es como un sueño junto a una clara fuente.
Pero como las primaveras se suceden a las primaveras, los hombres se
suceden a los hombres. Y esa fugacidad de la vida, ese pasar de la
alegría de la boda, del soñar la figura rosada y risueña del primer
hijo, a las aguas profundas de la muerte, choca con ese otro
misterio de lo eterno humano que, como el viejo crimen bíblico, a lo
largo de los tiempos, a través de los hombres y los hombres,
permanece inmutable. Y otra vez Machado engarza lo particular, la
propia visión lírica individual, con esa visión colectiva de la
patria, tan propia del 98. |
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La visión que Machado tiene de
este pueblo español no es precisamente idílica. «Si
_dirá_ de las ciudades pasamos a los
pueblos, y de los pueblos a las aldeas y a
los campos donde florecen los crímenes sangrientos y brutales,
sentimos que crece la hostilidad del medio, se agrava el encono de
las pasiones y es más denso y sofocante la atmósfera de odio que se
respira».
Feliz vivió Alvargonzález
El numen de estos campos es
sanguinario y fiero
Está en la sala familiar,
sombría,
También Miguel, el menor de los Alvargonzález, el viajero, que
partió a lejanas tierras, vuelve un día a la tierra pobre y
ensangrentada.Largos años de exilio, largos ringleros de españoles
arrojados de su patria por sus ideas o por su hambre, parecen volver
con él. Machado hará que la tierra maldita, la tierra estéril de los
asesinos, vaya a sus manos. El viajero echó _al fin_ raíces en su
propia patria.
En la tierra en que ha nacido
«La tierra de Alvargonzález (Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 104_107. Octubre 1975_Febrero 1976)
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LA CRITICA LITERARIA EN ESPAÑA
ualquier intento de teorización sobre la crítica literaria exige una limitación previa. Es preciso determinar desde un principio el concepto sobre el que vamos a tratar, ya que con este término se recogen realidades objetivas que si bien pueden tener una serie de factores comunes, tienen a su vez otros tan claramente diferenciadores que el más elemental criterio de ordenación nos llevará a trararlos como realidades diferentes. Indudablemente se hace crítica literaria cuando se reseña cualquier novedad editorial en un periódico o revista. Pero también se está haciendo (y éste, desgraciadamente, es el caso más frecuente de la crítica española en relación a los escritores nacionales), cuando deja de reseñarse, dando lugar a lo que podríamos denominar crítica por omisión. Junto a esto, entra a su vez en el amplio cajón de sastre que es el concepto de crítica, el extenso y documentado artículo dedicado a una obra o a un autor con independencia de que sean o no novedad editorial; y el grueso volumen con nutrida bibliografía sobre alguno de los múltiples hechos culturales que configuran ese amplio y no muy claramente determinado «universo del discurso» que designamos con el genérico nombre de lo literario. Hasta aquí, y sin salimos del mundo de la letra impresa, hemos hecho ya referencia a fenómenos lo suficientemente heterogéneos para que nos obliguen a una previa acotación a la hora de estudiarlos. Pero es que el mundo de la letra impresa no agota el universo de la crítica. Pues esa información periodística _incluyendo en ella la omisión a la que nos referimos anteriormente_cabe hacerla a través de la radio y de la televisión; y, finalmente, el simple comentario oral, ante uno o varios auditores, sobre una obra o un autor, ¿no puede ser también considerado como crítica? De esta breve enumeración podemos ya deducir algunos criterios de clasificación previa. Podríamos distinguir, en primer lugar, de acuerdo con el medio empleado para transmitir el mensaje crítico, entre una crítica impresa y otra no impresa. En segundo lugar, si tomamos como referencia el hecho cultural sobre el que la crítica recae, distinguiremos entre una crítica de novedades editoriales, y una crítica intemporal; finalmente, si nos atenemos a la extensión, podríamos dintinguir entre la reseña, el comentario, el estudio y la obra universitaria o académica. Por supuesto que estas clasificaciones no son excluyentes. Por el contrario, existe entre ellas una relación de intersección. Y si quisiéramos simplificar tomando los rasgos pertinentes comunes, podríamos reducir la clasificación a la de crítica impresa-no impresa y, en relación con la primera, a la de reseña periodística-estudio académico. Hasta ahora nos hemos estado limitando a la crítica como un hecho objetivo. Pero este hecho objetivo es el resultado del trabajo de una persona. Cabría por tanto plantearse la clasificación desde el punto de vista del autor, es decir, del crítico. Esto sin duda nos llevaría a una serie de ordenaciones tan variadas como pintorescas. Desde el método con que el autor se aproxima a la obra, hasta la tipología del crítico literario, pasando por una serie de aspectos intermedios, las posibilidades de clasificación pueden ser casi tan numerosas como las de las obras que se pueden reseñar. No me resisto, sin embargo, dada la imposibilidad de abordar las ricas implicaciones taxonómicas del tema, a la tentación de citar una de estas clasificaciones: la que, en función de la relación crítico-creador establece Eliot en su artículo «Criticar al cririco». En primer lugar _dice Eliot_ está el crítico profesional: el crítico cuya crítica literaria es su título principal, y quizás único, para la fama. Es el supercrítico, ya que suele ser el crítico de alguna revista o periódico y la ocasión de sus artículos suele ser la aparición de un nuevo libro. Generalmente _añade Eliot_ es un escritor fracasado, aunque a continuación se apresura a precisar que no siempre, citando la excepción confirmadora de la regla. En segundo lugar coloca al crítico con fervor. Su papel no es el de superjuez, sino el de abogado de obras a veces olvidadas e injustamente menospreciadas. Este noble y raro individuo amplía el ámbito de lo literario. En tercer lugar aparece el académico y teórico. Generalmente acota el campo de su trabajo y hace gala de una paciente y laboriosa erudición. Finalmente distingue Eliot al creador que, como actividad secundaria, realiza también crítica literaria con cierta continuidad y solvencia. Aunque Eliot parte de una clasificación en base a los críticos, no puede evitar que al final entre en ella elementos que más bien corresponden a los criterios objetivos a que antes hicimos referencia Ciertamente, aunque sería divertido y sugerente, aquí no podemos detenernos en la tipología del crítico, como tampoco en las posturas estéticas en que la crítica se sustenta. Nos limitaremos a esbozar unas breves notas sobre la función u objetivo de la crítica literaria para ver seguidamente cómo cumple estos objetivos entre nosotros. En un magnífico libro que recomiendo a nuestros críticos _«Hombres e ideas»_, el sociólogo americano Lewis Coser examina el papel de los intelectuales desde la caída del antiguo régimen a nuestros días. Por supuesto toda aproximación a la función de la crítica literaria deberá partir de la base de que, sea cual sea esta función, se trata de una función intelectual; y que dicha función intelectual se mueve dentro de las premisas generales que han fijado el papel de los intelectuales en el afianzamiento del orden burgués liberal en el que está encuadrada nuestra cultura. Al enfrentarse con el desarrollo de la literatura a partir del siglo XVIII, Coser constata que ésta ha estado condicionada por la necesidad de romper con una concepción que presuponía los esquemas del antiguo régimen, y por la imperiosa necesidad de la creación y captación de un nuevo público lector; público que, por supuesto, comulgaría con los autores en la necesidad de un nuevo orden, aunque a veces ni autores ni público tuviesen esto claro a nivel de sus particulares opiniones y creencias. Para decirlo de una forma más clara: Balzac podrá añorar el antiguo régimen, pero Balzac necesita para producirse como tal Balzac del orden burgués que ideológicamente tanto le repugna. De ahí que, en la objetividad de la obra, Balzac está siempre a favor de ese orden. Y el lector de Balzac, con independencia de que se trate de un menestral o una gran duquesa, está siempre jugando el papel de público, papel completamente ajeno al que unos siglos antes hubiesen tenido en un mundo donde la literatura se desarrollaba de acuerdo con las leyes del mecenazgo. Aparece, pues, en este desarrollo del pensamiento liberal, el crítico literario como nexo entre el autor y el nuevo público. Más aún, el crítico literario es el instrumento principal para la extensión de este nuevo público lector. Coser señala cómo esta relación del autor y el nuevo público se realiza a través de medios que cada vez se van ampliando más. Desde el Salón Rococó, pasando por el Club y el Café, hasta llegar a la Prensa hay un proceso de paulatina democratización y extensión de la crítica. Del círculo reducido y selecto, se racaba en la amplitud de la letra impresa. No es con voluntarismos como se consigue una gran literatura. Los autores no brotan por arte de magia. Son el resultado de una serie de factores muy variados, pero entre los cuales el nivel medio cultural y la existencia de un mercado suficientemente preparado resultan esenciales. Y el papel de los medios de comunicación, en la formación de este medio cultural y este mercado, es a su vez primordial. Naturalmente, para conseguir estos objetivos, las grandes revistas de opinión a las que se refiere Coser y el periodismo en general, tenían una vocación mayoritaria. En ningún momento pretendían reducir su influencia a un cenáculo de iniciados. En ningún momento defendían un arte esotérico, una literatura de grupúsculos y capillas. Su lenguaje estaba acorde con el del público a quien se dirigían. Con independencia de que sus críticas y comentarios estuviesen más o menos orientados por su particular ideología política, su intención era influir en el mayor número de lectores y divulgar el mayor número de obras. En contraste con este tipo de comunicación, señala Coser que a principios del siglo XX, precisamente cuando la prensa ha alcanzado una mayor difusión y poder, surge un fenómeno periodístico completamente opuesto en sus premisas y funcionamiento al de las grandes revistas y periódicos que a finales del XVIII y durante casi todo el siglo XIX contribuyeron en gran medida a la creación de un público lector y al desarrollo de las literaturas nacionales: este fenómeno es la revista minoritaria.
Este orgullo de saberse únicamente dignas de la atención de un pequeño grupo de iniciados, es común a dos publicaciones tan dispares como las que Coser estudia. The Masses se monta como órgano de agitación social, muy influido por la ideología más o menos socializante, que agrupa a autores como Sherwood Anderson, Vachel Linsay, Carl Sandburg y William Carlos Williams. Por el contrario, The Little Review era beligerantemente formalista y experimental y en ella colaboraron casi todos los profetas de la ruptura literaria de nuestro tiempo: Eliot, Pound, Yeats, Aragón; el propio Joyce publicó allí su Ulisses ... Sin embargo, muchos de los colaboradores de The Masses también lo fueron de The Little Review, lo que nos indica que era el elemento común _el saberse dirigidos a una minoría, el saberse portadoras de un mensaje que no podía comprender el filisteo consumidor de la gran prensa_, lo más característico de ambas. La pequeña revista tiene, como la prensa del XIX, la misión primordial de servir de nexo entre el autor y su público. Pero sabe que este público, dado el espíritu de ruptura del autor que patricina, es necesariamente minoritario. Si triunfa, ese autor, al ensancharse su público, pasará a ser tema de la gran prensa y dejará de interesar a la pequeña revista que seguirá en su incansable pesquisa de descubridores de nuevas Adántidas, y en el cultivo de esos dos mil fieles que harán a su vez posible el que esos intrépidos argonautas puedan navegar. Si la gran prensa es esencial para la existencia de una literatura nacional, la pequeña revista es el elemento revulsivo que impedirá que esa literatura se anquilose. |
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Me he detenido en un tema que en un principio podría parecer ajeno a las intenciones e intereses de este Congreso, porque pienso que nos permite afrontar desde una posición objetiva la situación de la crítica en este país, sin perdemos en denuncias impulsivas y pormenorizadas. Ciertamente, la situación de la crítica en España es la más propicia para que un escritor español se desfogue en este tipo de denuncias. Para evitarlo me he demorado en este cuadro sociológico que posibilita proceder con distanciamiento y objetividad. Si examinarmos la situación de la crítica en España, vemos que este cuadro general de una gran prensa destinada a una amplia mayoría con una finalidad divulgadora (divulgadora, por supuesto, de una literatura nacional), una prensa minoritaria combativa, desmitificadora y alumbradora de nuevos valores, formas y horizontes, no se da dentro de nuestro entorno. Muy por el contrario, la gran prensa nacional se plantea el fenómeno literario con un criterio elitista y beligerante que es más bien el propio de las pequeñas revistas de vanguardia. Estas, a su vez, resultan penosamente conservadoras al acatar con humilde sumisión los valores y esquemas puestos en candelero por las publicaciones mayoritarias. Vamos a olvidar por un momento _aunque nos resulte difícil_que el logrero Esteban Losteau es un personaje desgraciadamente familiar en las covachuelas de nuestras grandes publicaciones. Vamos dar de lado la frecuencia con que éstas se convierten en mandarinazgo donde pequeños grupúsculos defienden sus intereses _su territorio_con el mismo celo que los lobos de De la Fuente. Vamos a correr velo sobre las relaciones y servidumbres que determinadas publicaciones periódicas tienen con determinadas editoriales. Vamos, sí, a dar de lado todo esto, porque con ser triste, no creo que sea exclusivo en nuestro país. Lo que sí pienso resulta excesivo es el planteamiento esotérico y exótico que en nuestra prensa mayoritaria tiene el fenómeno literario. La decidida intención de mantenerse al margen tanto de la producción nacional (y entiendo por producción nacional la realizada en cualquiera de las lenguas de nuestras diversas nacionalidades por cualquiera de sus ciudadanos), como de su propio público.
No es necesario
esforzarse para demostrar esto. Basta con un vistazo muy por
encima de las publicaciones de gran tirada, para darse cuenta
del mínimo lugar que en ellas ocupa la actualidad literaria española.
Nuestros
críticos son
impenitentes
viajeros en el espacio y en
el
tiempo, pero casi
nunca encuentran
un minuto
para detenerse en el aquí
y el
ahora. Algunos
se defenderán diciendo que no merece
la
pena detenerse en tierra tan mezquina. Pero a estos Esteban
Lousteau (y empleo conscientemente ese nombre al referirme a los
que son capaces de ampararse en tales argumentos: mandarines tan
grávidos de orgullo
como menguados de obra) les diré que difícilmente puede haber
obra cuando
no hay público;
y que
malamente puede haber público
cuando a las obras
mejores o peores que se publican,
En cuanto a su vocación esotérica, su firme voluntad de dirigirse a una minoría, a un cogollito, resulta también evidente. No se precisa de una investigación sociológica para poder asegurar que, ni un cinco por ciento de los lectores de cualquier periódico español, se detiene en su suplemento literario. Y ello porque ni por los temas tratados, ni por el lenguaje con que estos temas se tratan, estos suplementos van dirigidos a los lectores normales de esos periódicos, los que se detienen en la información nacional e internacional, en los sucesos, en los deportes, en los espectáculos. No; esos lectores son tan despreciados por la escogida minoría que hace los suplementos como los propios autores nacionales. Ellos escriben en una jerga para iniciados (sin nada que ver con el lenguaje vulgar del resto de la publicación ¡tan ordinaria...!); escriben sobre ellos mismos y sus amigos, y sobre los temas que les interesan a ellos y a sus amigos. Ellos se dirigen a los elegidos y no _faltaría más_ a las cien mil personas que compran su periódico. Cien ya es multitud ... Mas la responsabilidad principal de esta situación no está en los críticos. Puede que los críticos de nuestros periódicos fuesen buenos para las revistas minoritarias (aunque para ello tendrían que echarle a su crítica no sólo mayor profundidad de la que acostumbran, sino, sobre todo, mayor audacia: descubrir nuevos talentos, abrir camino a nuevos autores o formas es algo más difícil y arriesgado que loar las novedades de hace medio siglo ya _clásicos con apabullante bibliografía_ o seguir sumisos las modas de hace unos lustros en París); para lo que desde luego no sirven es para críticos de diarios o revistas de gran tirada, dado lo autolimirado de sus propósitos ... Sin embargo, repito, la responsabilidad creo no está en ellos, sino en los propietarios y directores de nuestros grandes medios de comunicación que, al permitir que lo literario dentro de estos medios se reduzca a una tertulia de amigos dirigida a otros cuantos amigos, demuestran una vez más el absoluto desprecio que nuestras clases dominantes han sentido siempre por la cultura en general y la literatura en particular. De espaldas a la misión de la gran prensa, que, como señalamos anteriormente, tanto ha contribuido al desarrollo de las literaturas nacionales y a la progresiva captación de un público lector, en este país, donde estadísticas recientes demuestran que más de la mitad de la población no compra un sólo libro al año, la clase dominante propietaria y directora de nuestras grandes publicaciones permite que el tratamiento de la cultura en general y de la literatura en particular se haga bajo un prisma elitista, con un lenguaje críptico y con una complaciente autoconciencia de que el lector normal que compra y lee el resto de las secciones de la publicación, no va a leer ésta jamás. Y son no sólo los empresarios privados sino el propio Estado, con medios tan importantes para la acción cultural como la televisión, quien, sin embargo, adopta en esto la misma postura de la iniciativa privada. Sin duda, una buena manera de contribuir a paliar la penuria cultural del país, penuria de la que el Estado y las clases dominantes son igualmente responsables. Pero acaso haya que pensar _y esto es lo más grave_que esta responsabilidad es algo consciente y voluntariamente asumido. Sólo así se explica este desprecio que impide a los responsables de nuestros grandes medios de comunicación exigir a los encargados de sus páginas culturales la profesionalidad que exigen, no sólo a los encargados de las de información política nacional o internacional, sino a los de deportes, toros o espectáculos; actividades todas ellas que, sin duda, son consideradas mucho más serias e importantes que la literatura por los rectores de nuestros medios de comunicación públicos y privados, ya que a sus responsables les exigen que informen sobre ellas de una forma continuada, ponderada e independiente, al margen de intereses privados o criterios de amistad o cabildeo, procurando por otra parte que las noticias de la actualidad nacional tengan prioridad sobre aquellas protagonizadas por participantes extranjeros. Naturalmente, junto a esto poca importancia vamos a dar a que nuestras escasas revistas minoritarias sean eco sumiso de los criterios de esta gran prensa de restringida y elitista vocación. Ciertamente que estas revistas pueden tener una importante misión en el desarrollo de una literatura nacional: la de abrir nuevos caminos o alumbrar nuevas figuras; misión que, por supuesto, no van a cumplir estas revistas revolucionarias tan conservadoras en lo literario, pues se limitan a seguir los caminos trillados y a loar las figuras consagradas. Pero repito que esto para mí es mucho menos importante, pues sin la existencia de una amplia capa culta y conservadora, poco puede dar de sí las minorías avanzadas y experimentadas. Olvidamos con frecuencia que una cultura es, ante todo y sobre todo, la existencia de una amplia capa de población suficientemente cultivada e inquieta; una población de lectores habituales y conscientes que demandan una amplia producción de obras de estimable calidad. Empleo el adjetivo estimable de forma intencionada. Nuestros críticos se mueven entre dos extremos: La obra genial o el bodrio detestable; al parecer no hay término medio. Pero olvidan que la obra genial se produce muy de tarde en tarde, que a veces pasa un siglo sin que se produzca y que, cuando se produce, son muy pocos los contemporáneos que la detectan y, entre éstos, muy raramente se encuentra un crítico. No; una buena literatura nacional no es la que está compuesta por unos cuantos genios, sino por un numeroso grupo de escritores dignos, dominadores de su técnica, lo suficientemente variados para que puedan llegar a las más variadas gamas de lectores y lo suficientemente conocidos para que su esfuerzo no se pierda en el vacío. Numerosos autores dignos arropados por un numeroso público digno es, a mi entender, el ideal de una nación con buena salud cultural. Lo otro: el genio surgido milagrosamente en un páramo de analfabetos, no deja de ser un hecho patológico. Y es a partir de este convencimiento y de la conciencia de que los grandes medios de difusión públicos y privados tienen un papel primordial que cumplir en el logro de esta buena salud cultural, según nos demuestra el estudio de su desarrollo histórico, desde el que me dirijo a los participantes de este Congreso para someter a su consideración las siguientes conclusiones sobre el papel de la crítica en España. |
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Conclusiones
2. La crítica de los grandes medios de difusión debe estar al servicio de la producción nacional (y entendemos por producción nacional la que realiza cualquiera de sus ciudadanos en cualquiera de sus lenguas). Debe difundir primordialmente esta producción en lugar de, como hasta ahora, silenciada o relegada a un segundo plano para dedicarse a difundir otras producciones lejanas en el espacio o en el tiempo. Debe de denunciar el colonialismo cultural impuesto por muchos de nuestros editores, en vez de cooperar a dicho colonialismo. 3. La crítica de los grandes medios de difusión debe estar al servicio de toda la producción nacional. Esto excluye la actual servidumbre a determinadas empresas editoriales o a determinadas relaciones de amistad o afinidad grupal. Sabemos que todo crítico tiene derecho a sustentar y defender una determinada ideología o una determinada estética. Pero este derecho no puede ir contra la necesidad de objetividad que impone cualquier información ni permite beligerantes y exclusivistas impropias de medios destinados a influir en amplísimas capas de receptores de las más variadas ideologías y gustos. 4. La crítica de los grandes medios de difusión, en cuanto crítica predominantemente informativa, debe ser ponderada y serena, tan lejos del insulto cama del desatado panegírico. Una cosa es criticar, señalar defectos o virtudes, y otra esa agresividad que muchas veces encontramos dirigida generalmente contra los más indefensos y débiles: los primerizos que no pertenecen al círculo de amistades o influencias de quien lo juzga. Cualquier creación literaria, mejor o peor, es un trabajo humano y como tal, digno de respeto. Ningún nivel de impericia justifica el escarnio o el insulto. En la situación actual de las letras españolas, el mero hecho de intentar escribir merece una consideración y un respeto que los críticos deberían ser los primeros en reconocer. Y éstos no deben olvidar que, en todo caso, su propio prestigio vendrá determinado por el prestigio de la literatura de la nación de la que también ellos son súbditos.
(Ponencia en el Primer Congreso de Escritores de España. Almería, febrero de 1979) |
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La estrella, la virgen y la cestita en el río (Nacimiento e infancia del héroe)
Pues bien, este cuento comienza refiriendo cómo tres hermanas (modistas en varias de las versiones españolas) se encontraban de cháchara en una ventana, fantaseando lo que harían si casasen con el rey. Las dos mayores prometen cosas más bien grotescas (hacerle una chaqueta del tamaño de una nuez o unos pantalones del tamaño de una avellana); pero la pequeña asegura que si se casara con el rey le daría tres hijos, cada uno con un lucero en la frente. El rey, que ha escuchado la conversación con las hermanas, se desposa naturalmente con la más pequeña. Cuando está en la guerra, su mujer cumple la promesa dándole los tres hijos, que vienen al mundo con su correspondiente lucero (en algunas versiones los niños nacen en partos sucesivos, pero en otras, las más genuinas, el parto es múltiple). Las hermanas, envidiosas _la suegra, en otras versiones_, arrebatan los recién nacidos a la madre y, tras sustituirlos por cachorros de animales, los arrojan al río en una cestita de mimbre o en una urna de cristal. Son recogidos por un jardinero, hortelano o guardabosques que los cría como si fueran sus propios hijos. El resto de! relato _superación de pruebas mediante auxiliar mágico, reconocimiento y castigo de los autores de la fechoría, de acuerdo con la estructura que señala Propp para el relato maravilloso_ queda fuera de lo límites que hemos fijado al presente trabajo. |
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Nos detendremos en el principio. Los tres hijos _concretamente dos niños y una niña_ producto de este parto múltiple, vienen al mundo portando cada uno un lucero en su frente, hecho extraordinario que aparece también en otros varios cuentos populares, entre los que podríamos citar, a título de ejemplo, Estrellita y algunas versiones de La bella durmiente del bosque La señal mágica es una función, concretamente la catalogada con el número 17 de las que según Propp forman la estructura del cuento maravilloso, y puede servir para facilitar otra función, la número 27 o función del reconocimiento. La señal puede ser algo que se entrega al héroe, o más frecuentemente una marca que se le imprime en e! cuerpo. Como ya hemos señalado, esta señal va a permitir reconocer al héroe frente al falso héroe, aunque también puede cumplir otros cometidos. Por ejemplo, en el conocido cuento de Blancaflor o La hija del diablo, el héroe a quien el diablo le ha propuesto elegir entre sus tres hijas, que permanecen con la cara oculta, para tomar a la elegida por esposa, reconoce a su amada al palpar el dedo al que falta la yema, perdida cuando dejó caer una gota de la sangre de la misma durante el descuartizamiento al que la sometió para salir triunfante en una de las pruebas. En otros cuentos el reconocimiento se lleva a cabo porque el héroe tiene su cabello cortado. Tanto en una como otra señal puede verse una referencia al acto ritual de intercambiar la sangre o el cabello que supone una transmigración de las almas de los celebrantes en el matrimonio ritual, pues tanto el cabello (recordemos el caso de Sansón) como la sangre, según nos refiere Propp en su obra Las raíces históricas del cuento, son uno de los asientos del alma. Pero como en el rito una de las partes representa una figura del más allá, el ritual viene a significar la admisión del iniciado en la comunidad de los muertos. De ahí la frecuencia de los pactos de sangre a lo largo de la literatura popular o culta, aunque posteriormente, con frecuencia, el intercambio de sangre es sustituido por el hecho de beber en una misma copa. De este último ritual nos ofrece un bello ejemplo la literatura en torno a Tristán e Iseo, aunque aquí, sin que se olvide el acto ritual iniciático del ingreso en el más allá que tan maravillosamente subrayó Ricardo Wagner, la referencia histórica más próxima es la de la admisión del esposo extranjero en el clan de la esposa durante el matrimonio matrilineal, tal como señala Frazer. Pero en el cuento al que me estoy refiriendo, la peculiaridad se encuentra en que la señal de nacimiento nos viene dada desde el principio. A veces esta señal impuesta al principio, es decir, en el momento del nacimiento o en la niñez del héroe, va a servir para el reconocimiento posterior de éste no en un reino extranjero, sino en su propio reino del que fue expulsado en su niñez: tal es el caso de los tobillos taladrados de Edipo. Mas no ocurre así en el cuento que nos ocupa, pues la señal con que los niños nacen no va a servir para un reconocimiento posterior. Podría parecernos una señal sin función, gratuita, si no pensáramos que su función consiste precisamente en indicar el carácter excepcional de estos niños. En el tipo de cuento que estamos examinando, la señal es un lucero en la frente. Hay otros relatos populares o míticos en que la señal es un resplandor dorado o una marca de oro impresa en alguna parte del cuerpo. Vamos a examinar tanto una como otra de estas señales. El oro se nos presenta en el folklore y en la mitología como uno de los signos del más allá. Una de las características de los dioses celestes es el fulgor, un fulgor de oro. Tanto Varuna como Zeus o Mitra se distinguen por su aspecto dorado. Y dentro de la mitología bíblica, recoge Robert Graves que Shashmal es una sustancia divina que, de acuerdo con el primer capítulo de Ezequiel, proporciona el ígneo resplandor del trono y el semblante de Dios. La versión griega de los Setenta _añade Graves_ traduce Shashmal por electrón, que en griego guarda estrecha relación con Elector, un nombre del sol, y viene a significar "brillante con luz dorada", y de aquí, electrum, una aleación de oro y plata. Pero _termina en su nota Graves_como la asociación del rayo con el poder de Dios es antigua, Ezequiel acaso considere a este divino Shashmal dorado como la fuente del rayo.
Pero el oro no es tan sólo símbolo de divinidad, sino indicativo del más allá, del otro mundo. De oro son las manzanas que crecen en el Jardín de las Hespérides; de oro es el vellocino que van a conquistar los Argonautas y de oro es la escala que Dante ve en el cielo de Saturno y que lleva hasta la esfera celeste para conducir las almas al Paraíso: dentro al cristallo che 'l vocabol porta cerchiando il mondo, del suo chiaro duce sotto cui giacque ogni malizia morta, di color d'oro in che raggio traluce vid'io uno scaleo eretto in suso tanto, che nol seguiva la mia luce.
Por eso aquellos que tienen un origen divino o una vinculación con el más allá, lucen un color dorado o presentan oro en su cuerpo. Así es dorado el color de Hércules y toda la estirpe de Helios, dice Dieterich en Nekya _citado por Propp_, «se reconoce fácilmente por el brillo de sus ojos que irradia del rostro como un rayo de sol»: y el mismo Pitágoras aduce como prueba de su divinidad el que sus piernas sean de oro, según refieren sus discípulos en su deseo de deificarle. Sea por su relación con el sol, o porque su color recuerda al fuego que conduce las almas al reino del más allá, o a la sangre _otro de los símbolos del viaje escatológico, como demuestra el hecho de la pintura roja con que se embadurnan los muertos en el neolítico_, el color dorado es color que indica vinculación con los dioses astrales y el más allá. De otra parte, muerte y divinidades astrales aparecen frecuentemente relacionadas en la historia de las religiones. Así, a partir del Imperio Medio, se establece una estrecha relación entre Ra, divinidad solar, y Osiris, divinidad de los muertos, y el faraón se identifica tanto como hijo de Ra como Horus, el hijo de Osiris y heredero de su reino terreno. Por eso, frecuentemente, en el folklore o en la literatura mítica el héroe viene al mundo marcado con un resplandor dorado. Pero en el cuento al que nos estamos refiriendo los niños no aparecen con esta seña, sino con un lucero en la frente. En realidad, éste es un caso similar al anterior. Nos encontramos con una referencia al reino de los muertos y a las divinidades astrales. Vamos a examinarlas brevemente. |
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El lucero supone no un resplandor dorado, sino diamantino. El cristal y, por supuesto, el más noble de todos ellos, el diamante, es también un símbolo del más allá. Hay allí palacios de cristal, puertas de cristales, árboles cuyos frutos son piedras preciosas. Cuando Gilgamesh en su viaje iniciático llega al mar y avista a la princesa marina, ésta se encuentra en un jardín cuyos árboles dan frutos de cristal purísimo de los más variados colores. Y cuando Aladino entra en la cueva donde se encuentra la lámpara maravillosa, se topa también con un jardín cuyos frutos son diamantes y otras piedras preciosas. Asimismo en la literatura gaélica, el héroe siempre realiza el viaje al más allá en un barco de cristal _como Lanzarote, como Amadís_ y también son de cristal el palacio de la Tierra Afortunada y los frutos que dan los árboles de sus maravillosos jardines. La primera acepción que da el Diccionario de la Lengua Española de la palabra lucero _derivada de luz_ es la de «el planeta Venus al que comúnmente llaman la estrella de Venus». Venus, la estrella más brillante del firmamento, la estrella que refulge con una luz diamantina, es el lucero por antonomasia, y su nombre nos evoca a Luzbel, Lucifer, el ángel caído que era el más brillante y refulgente de todos los brillantes y refulgentes espíritus que cantaban la gloria de Dios. Aquí es preciso referimos a lo que cuenta Robert Graves en Los Mitos hebreos. Según una versión rabínica que refiere el nacimiento de Caín, Eva yació con Samael, la serpiente que la convenció para que ella y Adán comiesen los frutos del árbol del conocimiento en lugar de los del árbol de la vida. Samael es un derivado de Shernal, una divinidad siria que se identifica con el planeta Venus. De otra parte, la Serpiente tentadora se identifica con el ángel caído Helel ben Safar (Lucifer, hijo de la Aurora), es decir, el planeta Venus, la estrella de la mañana. Es indudable que tanto Shemal como su derivado Shamael proceden de la diosa babilónica Ishtar, procedente a su vez de la sumeria Innana. Ishtar, diosa de la guerra y el amor, de la vida y de la muerte, se identifica con Venus, y toma hasta cierto punto el papel de la Gran Madre, la Diosa Blanca de la cultura matriarcal que predomina durante el neolítico por las márgenes del Mediterráneo. Su culto llega a ser el más importante en Babilonia, superando incluso al de los demás dioses astrales y el del dios local Marduk. De esta manera, la caída de Lucifer vendría a encuadrarse en esa larga pugna entre deidades masculinas, señores del trueno y de la guerra, propios de una civilización patriarcal, nómada y pastoril, contra la gran diosa señora del amor y la procreación, propia de la sociedad matriarcal y agrícola a la que la anterior viene a sustituir.
Se ha dicho que estos relatos están influidos por el del propio nacimiento de Jesús, pero lo cierto es que guardan estrechas referencias con otros relatos anteriores al del nacimiento del Cristo, tal como el de Ciro el Grande por Herodoto o el de Horus en el mito de Osiris. Lo cierto es que el hecho de una estrella que anuncia un nacimiento extraordinario, con los consiguientes celos del rey que procura deshacerse del recién nacido, la puesta a salvo de éste y su infancia oculta en un lugar recóndito o lejano y, posteriormente, el cumplimiento de un destino extraordinario que confirma los prodigios que anunciaba la estrella, es un tema muy abundante en la mitología y el folklore universales. Pero creemos que este tema es una derivación posterior del tema original, en el que la señal extraordinaria, tal como en nuestro cuento, aparece impresa en el propio héroe. |
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Pero pasemos a otros aspectos de nuestro relato. De acuerdo con los deseos que expresa la doncella, los niños no sólo nacen con un lucero en la frente sino que, en efecto, son tres, dos niños y una niña. Aprovechando que el padre se encuentra en la guerra, sus malvadas tías _o abuela, en otras versiones_ sustituyen a los niños por cachorros de animales, se deshacen de ellos arrojándolos al río en una cesta, y comunican al padre que su mujer ha tenido un parto monstruoso, lo que originará la ira de éste que, a su regreso, castigará a su esposa encerrándola en una cárcel.
Estamos ante otro motivo muy frecuente
en la mitología
y en el
folklore.
Por citar
un ejemplo,
tomemos el
de
«El
caballero
del
Cisne»
tal
como se recoge
en La gran
conquista de Ultramar.
El
principio
de
«EI
caballero
del
cisne»
en esta versión
hispánica
es casi idéntico
al de ese
«Castillo
de irás
...
» que me
narraba mi madre, salvo
la diferencia
de que no son tres, sino
siete
los
nacidos, y que
en
lugar
de con el
lucero
en
la
frente nacen con un collar
de
oro en torno
de
su cuello.
Por lo demás, también estos niños son arrojados
al
río, también
se comunica
al
padre que en lugar
de siete niños
han
nacido siete podencos,
y también
la madre es aprisionada
como pena de su culpable
parto.
Culpable,
sí, porque cuando se descubre
la
intriga de
la
abuela
malvada
que
sustituyó_
las
cartas del
rey _un
episodio novelesco,
sin
duda
yuxtapuesto
posteriormente al
relato mítico
original_,
la
abuela se defiende
acusando de adulterio
a
la
mad Es una creencia comúnmente admitida que llega hasta la Edad Media, que el parto múltiple es un parto adulterino. De ahí que todos estos episodios de abuelas o tías que se deshacen con intrigas de los recién nacidos, nos parezcan posteriores al relato original. Pensamos que en éste es el propio padre quien rechaza a los hijos como frutos del adulterio. Y ello no sólo porque el parto sea múltiple _esto tan sólo nos pone sobre la posible pista_, sino ante todo porque la señal sobrenatural que acompaña al recién nacido, le da a conocer que este niño no es suyo, que no puede ser el fruto de un simple mortal. Nos dice Eliade en su Tratado de Historia de las Religiones que «la creencia de que el nacimiento de los gemelos presupone la unión de un mortal con un dios, y sobre todo con un dios del cielo, está muy difundida»; y cita el ejemplo de los acvins indios, de los dióscuros, de Hércules e Ificles, de Anfión y Zetos, y de Dardanos e Iason en apoyo de esta tesis. Pero volvamos, de manos de Robert Graves, a la literatura rabínica. Según la Vita Adae et Eva, libro apócrifo de origen judío del siglo I antes de Cristo, como el rostro del niño Caín brillaba con una luz intensa, Eva supo que Adán no era su padre, y «en su inocencia exclamó: ¡He tenido un hijo varón con Yahvé». Mas no era Yahvé, sino Samael, la serpiente, el auténtico padre de Caín. Con independencia de que el relato rabínico pretenda explicar con esta paternidad la introducción del mal en la estirpe humana, hay dos hechos que merecen la pena destacar. El brillo sobrenatural del rostro de Caín, y la paternidad de una serpiente. Una vez que se ha realizado el fratricidio, Dios va a señalar a Caín con una marca. Hay diversas versiones sobre la marca con que Dios señaló a Caín, pero una de ellas mantiene que esa marca es un cuerno en la frente. Un cuerno en la frente ... ¿Pero qué clase de cuerno? ¿No se tratará de un cuerno dorado? ¿ Y este cuerno dorado, en lugar de ser la señal con la que Dios marca al fratricida _producto de un parto múltiple, es decir, de un parto adulterino según la tradición_, no será más bien la señal con que este niño viene al mundo, la que indica el carácter extraordinario de su paternidad, la que hace exclamar ingenuamente a su madre que ha tenido un hijo de un dios y no de un simple mortal? Porque si el resplandor dorado nos remite a la divinidad y el más allá, el cuerno se nos presenta como indicativo de un antecesor totémico. Esta referencia animal _no humana_ concuerda perfectamente con la otra cara del mito: la de que el verdadero padre no es su padre mortal, ni tampoco el Señor del trueno y la montaña, sino Samael, la Serpiente, el primitivo dios totémico . |
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Y es aquí donde entra en danza la serpiente. Tanto en su forma directa, como en su mítica transformación en dragón, la serpiente ocupa un lugar destacado en el relato popular y en la historia de las religiones. En las cosmologías primitivas, la serpiente o dragón representa con frecuencia el caos primigenio. Este caos primigenio amenaza destruir el orden del mundo y sólo un dios que se enfrenta vencedor al monstruo podrá evitar que todo vuelva a sus confusos orígenes. Es así como surge el mito folklórico de la lucha del héroe y el dragón. Aparece ya en Sumer y será desarrollado por los acadios con la lucha de Marduk y Tiamat. En Egipto, cada mañana, el Faraón, reencarnación del dios solar, rechaza a la serpiente Apofis, el caos primordial, sin lograr nunca aniquilarla; algo, después de todo, muy lógico dentro del sentido cíclico que los egipcios tienen de una creación unida inseparablemente a la destrucción en una rueda interminable, ya que el propio Atum fue en un principio la serpiente y, según El libro de los Muertos, cuando el mundo vuelva al estado caótico original, Atum se convertirá de nuevo en serpiente. Entonces el eterno ciclo comenzará una vez más. En Ugarit es Baal quien se enfrenta a la serpiente Yat, representante del caos y de la muerte. Asimismo en el ceremonial judío, según señala Eliade, se produce «a la vuelta del año (Ex 34,22», la lucha entre Yahvé y el monstruo marino Rahab, y la victoria de dios sobre las aguas, ceremonia que renueva anualmente la creación del mundo.
Va a ser Propp en Las raíces históricas del cuento quien fijará la evolución de la serpiente de acuerdo con la evolución histórica de la sociedad. Esta evolución supone de una parte la conversión de la serpiente de un ser acuático en un ser ígneo, trasladándose del agua al fuego y pasando, en la mitología, de representante de las aguas primordiales, tal como vimos anteriormente, a la representación de un ser astral, como ocurre en el caso de Satán. De otra parte, la evolución será de la serpiente engullidora, a la serpiente raptora y fornicadora de mujeres, la serpiente como símbolo fálico. Ya hemos señalado en este segundo papel a Satán como seductor de Eva; podríamos citar dentro de la antigüedad clásica, y para limitamos a un ejemplo, al rapto de la hija de Deméter por Pitón. Pero el que la evolución no es uniforme sincrónicamente ni paralela nos lo demuestra la pervivencia de serpientes acuáticas engullidoras de doncellas, como en el mito de Andrómaca y Perseo que tendrá su proyección renacentista en la Orca del Orlando furioso. De todas formas, al establecer la relación de la serpiente con el fuego, no podemos por menos de señalar también su relación con ese fulgor dorado o cobrizo al que hicimos referencia anteriormente, y consiguientemente con ese mundo de la muerte que tanto el oro como el fuego representan. Pero el sacrificio por el fuego supone ante todo una purificación para alcanzar la vida eterna. Es el previo paso por la muerte para lograr la inmortalidad, tal como queda claramente especificado en dos episodios paralelos de los mitos de Isis y Deméter. El paso por el fuego es un rito purificador durante la ceremonia de la iniciación. A este respecto, bañarse en la sangre de esa serpiente ígnea que es el dragón (Sigfrido), tiene el mismo significado. Y la serpiente muere (cambio de piel), para renacer de nuevo. Ella es la que, engañando a Eva, comió el fruto del Árbol de la Vida. Así pues, y de acuerdo con lo dicho hasta aquí, tenemos:
En los ritos de iniciación, el joven es introducido en la casa del bosque que tiene la forma de una boca engullidora. El joven es engullido para salir, nacer de nuevo, tras los ritos iniciáticos, convertido en adulto. Es el nacimiento tras la muerte. El rito viene a responder a la fase 1, la de la serpiente engullidora. Pero junto a esto, Propp señala la existencia de las hermanitas del bosque, muchachas que sirven a los jóvenes iniciados, y que dentro de la casa donde se efectúan los ritos pueden tener trato sexual con los oficiantes, revestidos de pieles de animales, sin que esto les impida posteriormente contraer matrimonio con hombres normales de su tribu ni se considere que aquella aventura en la casa de los misterios implique la pérdida de su virginidad. Estamos aquí en el tercer supuesto: el de la serpiente fálica, el del antepasado totémico. La posesión totérnica de la mujer podría considerarse desde un doble aspecto. Primero tendríamos que considerar el carácter sagrado de la mujer debido a la influencia que se le atribuye en la fecundidad de la tierra. Esto lleva consigo la sacralización del acto sexual, lo que presupone la necesidad de que intervenga en el mismo un poder ultraterreno, un agente a su vez sagrado. Naturalmente, el fruto de esta unión es un fruto también sacralizado, un fruto que va a influir en el feliz desarrollo posterior de la reproducción y la fecundidad y va a convertirse en símbolo de un nuevo renacer tras la muerte. En segundo lugar, y como consecuencia de este carácter sacro de la mujer, surge el tabú de la virginidad, el peligro de la primera noche. De ahí que la virgen se considere peligrosa y que entre los pueblos primitivos se proceda a la desfloración por el chamán disfrazado de animal totémico de la doncella, en íntima relación con lo que indicamos anteriormente. De ahí que el hecho tan frecuente en la mitología y el folklore del hijo nacido de una virgen, venga a significar que ese héroe es el resultado de la unión de una doncella mortal y un ser del más allá. Las relaciones sexuales de la doncella del bosque no se consideran relaciones humanas. Por eso, cuando esta misma doncella las mantiene con un varón normal, éste debe considerarla como una virgen ya que ni sus relaciones sexuales ni los hijos que puedan éstas originar se consideran en el mismo plano que las iniciáticas. En cuanto a que el héroe nazca con una señal extraordinaria, tal como sucede con el lucero en la frente en el caso de nuestro cuento, o que su nacimiento vaya acompañado de fenómenos celestes, sólo hace que reforzar el carácter de su concepción excepcional. Pero vemos que tanto en nuestro relato como en la leyenda de «El caballero del cisne», según la narra La gran conquista de Ultramar, la madre del héroe es encerrada en una prisión. El encierro de la doncella en una torre o prisión es un motivo ampliamente repetido tanto en el mito como en el relato popular. También aquí podemos fijar una evolución histórica. En primer lugar se nos presenta este encierro como un rito iniciático, bien en la cabaña para la iniciación femenina, bien en la cabaña de los varones como hermanita del bosque. En segundo lugar, aunque en este caso no supone necesariamente un período histórico posterior, tendríamos este encierro como consecuencia del tabú protector de los peligros que amenazan a las personas sagradas, tal como señala Frazer. En tercer lugar, y aquí sí que nos encontramos en un período histórico posterior, el encierro es una medida para la protección del marido una vez establecido el sistema patrilineal, evitando la posible descendencia de otros hombres. Finalmente este último motivo va a tomar un carácter abstracto. Estamos ya ante el concepto de la honra, primordial en la literatura teatral de nuestro siglo de oro. Ya tenemos, pues, algunas claves para la correcta lectura de nuestro cuento. Una doncella, antes de su unión con un hombre normal, ha engendrado un hijo de un ser de el más allá, o lo que es lo mismo, ha tenido un héroe. Bien el padre putativo, no muy conforme con papel de Anfitrión, bien las mujeres de su entorno, se deshacen de la criatura, expulsándole del clan. Es aquí cuando nos encontramos con el tercer elemento que vamos a examinar en este relato: el de la cestita en el río. |
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Hemos visto cómo los niños son arrojados al río dentro de una cesta. Mas no perecen, sino que los recoge un jardinero, o un leñador en otras versiones, en resumen, un hombre silvestre, y los cría y educa en su retiro .del profundo bosque. Nos encotramos frente a otro tema fundamental del relato folklórico, ampliamente repetido tanto en el cuento popular como en la mitología. De una forma u otra, el héroe abandonado en las aguas y criado por un ser selvático va a aparecer con diversas variaciones, algunas ya alejadas novelescamente del esquema original, en los casos de Moisés y Sargón, en un episodio del Mahabarata y, posteriormente y ya dentro de un tratamiento más literario, en el ciclo artúrico _caso de Lanzarote_y en su derivación posterior, la novela de caballería, con Amadís de Gaula. Pero estamos ante dos episodios independientes, aunque frecuentemente unidos en una secuencia. Estos son, en orden inverso al de su unión secuencial, el del niño abandonado en el bosque y criado y educado por un ser selvático, y el del niño arrojado en una cestita al río. El abandono del niño en el bosque es, dentro de la estructura que Propp propone para el cuento maravilloso, una fechoría equivalente al rapto. Pero el bosque es, ante todo, un lugar de iniciación, frontera y entrada en el más allá, en el reino lejano. El adolescente es conducido a lo profundo del bosque para someterse a los ritos de iniciación, ritos que significan la entrada en el reino de la muerte para posteriormente renacer a una nueva vida. Este carácter del bosque como puerta del más allá va a ser recogido por la literatura. Lo encontraremos en Las metamorfosis de Ovidio, en La Eneida, en la selva oscura en medio de la que se encuentra Dante al principio de su Divina Comedia y en el bosque donde buscan sus aventuras los caballeros del rey Arturo. Pero este episodio de abandonar al niño en el bosque va acompañado frecuentemente por el hecho de que el niño abandonado es cuidado por un animal. En el cuento popular se repite el motivo del niño que es conducido al bosque para ser asesinado por un verdugo que, al final, tiene compasión de él y presenta a quien le dio la orden bien las ropas teñidas con la sangre de un animal (José), bien el corazón del animal como sustitución engañosa del corazón de la víctima. Posteriormente el niño abandonado en el bosque es cuidado o directamente por un animal. o por un hombre vinculado al bosque (leñador, montero), o por una anciana que tiene su cabaña en lo más profundo del bosque. Todo este episodio hace una referencia muy directa a los ritos de iniciación y el héroe del relato es un arquetipo del héroe iniciático. En los ritos de iniciación el niño es llevado al bosque por los chamanes o parientes. El sentido de que esta conducción es una partida hacia la muerte queda bien explícito en los llantos y duelos que hacen los parientes del iniciado, similares a los de la muerte verdadera. De otra parte, en la iniciación uno de los ritos es el del descuartizamiento simbólico del falso muerto; de ahí el motivo folklórico de presentar el corazón o los ojos del niño conducido al bosque, sustituidos novelescamente por los de un animal, ya que se considera tanto los ojos como el corazón órganos donde reside la vida. El motivo del descuartizamiento va a pasar del rito iniciático a la mitología, y así nos encontramos con el motivo del dios descuartizado que luego vuelve a nacer. Tales serían, entre otros, los casos de Osiris, Adonis y Zagreo. Pero estos héroes, sin perder su carácter de arquetipos iniciáticos, se van a convertir en dioses de la vegetación y, dado el ciclo vegetal de vida y muerte, en dioses de los muertos. El tema del héroe cuidado y educado en el bosque por un ser silvestre, es también un motivo iniciático. En la cabaña iniciática, el niño se va a encontrar bajo la dirección de hombres disfrazados de animales. A veces este disfraz es incompleto, dando así origen al mito de los centauros educadores o del minotauro. Otras veces, el animal se presenta como educador y cuidador. Frecuentísimo en todas las mitologías, el tema del niño criado por animales va a llegar hasta nuestros días con relatos tan populares como los de El libro de la selva o Tarzán de los Monos, que podrían considerarse, sobre todo el primero, como libros iniciáticos. En muchos relatos, entre ellos el cuento que nos ocupa, el educador ya no es un animal, sino un hombre relacionado con el bosque y los animales. Nos encontramos aquí con una derivación del tema original. derivación que resulta aún más lejana conforme se aleja de su primitivo esquema, tal en los casos en los que quien acoge al niño es un hortelano o jardinero.
Pero en nuestro cuento los niños llegan al bosque porque han sido arrojados en una cestita al río. Ya hemos señalado anteriormente la frecuencia con que este motivo aparece en la mitología. Freud, partiendo del mito de Moisés, interpreta al río y, más en general, al elemento acuático, como el líquido amniótico. El río vendría a ser en este caso el seno materno y, de acuerdo con esta teoría, Moisés sería hijo ilegítimo, de ahí su ocultamiento, de la hija de! faraón. Desde otra perspectiva, Frazer considera que el motivo folklórico del niño arrojado al río procede de una prueba de legitimidad, una ordalía. El recién nacido que suscita dudas sobre su legitimidad es arrojado al agua. Si se hunde es prueba evidente de que se trata de un hijo bastardo; si se mantiene a flote, prueba con ello su legitimidad. En el caso que nos ocupa, la tesis de Frazer vendría a reforzar nuestra interpretación de que el esposo terrenal de la virgen duda de la legitimidad de los niños, tanto por tratarse de un parto múltiple como por sus señales de nacimiento. La ordalía da un resultado positivo. Los niños son legítimos en cuanto que han sido concebidos por un ser no mortal, que no empaña por ello la virginidad de la madre. Pero, aparte de esto, hay una tercera tesis sobre la cestita en el río que también resulta plenamente aplicable a nuestro cuento y que, aunque formando por motivos narrativos una secuencia distinta y enlazada con la que vimos anteriormente del abandono en el bosque, viene a darle la misma significación: se trata de la interpretación ritual. Señala Propp cómo el motivo de arrojar el niño al río en una cesta, odre o caja de cristal es una derivación del rito iniciático del engullimiento por la serpiente al que ya nos referimos anteriormente. Se trata, pues, del engullimiento por el animal totémico de un héroe destinado, tras este viaje a través del reino de los muertos, a renacer para realizar la conquista del nuevo reino. Pero el motivo primordial va a sufrir una transformación. La serpiente o pez o animal totémico engullidor va a transformarse primero en piel de animal; posteriormente en una simple cesta, aunque a veces, como en el caso de la urna de cristal, el material de su construcción remita al significado auténtico del mito. Apoya esta interpretación la costumbre de muchos pueblos primitivos de envolver a los difuntos en pieles de animales para su viaje al más allá. Cuando el que debe ser trasladado es un vivo, se produce la transposición y el vivo debe también ser envuelto en una piel de animal, es decir, debe entrar, como el muerto, en el vientre del animal totémico. Pero, conforme se aleja el mito original, van incorporándose elementos novelescos. El viajero ya no sólo debe estar envuelto en la piel del animal, sino que necesita un auxiliar _serpiente alada, pájaro, caballo mágico_, para efectuar el viaje. En Las mil y una noches tenemos varios ejemplos de transposición. Citemos el de uno de los relatos más claramente iniciáticos, el de El tercer calenda hijo de rey. Viajará al palacio mágico de las cuarenta doncellas, envolviéndose en una piel de carnero que transportará el ave rock. Después será un mágico caballo alado el que le servirá para realizar el camino de vuelta. Uno de los ritos de fertilidad consistía en arrojar a una muchacha al río del que dependía la fertilidad de la tierra. Como ocurre frecuentemente en los ritos, éste puede sufrir una inversión o una transposición. Como inversión, nos encontraríamos con el motivo folklórico de la doncella salvada de la serpiente acuática; como transposición, estaríamos ante el motivo de la cestita en el río. Así, pues, el motivo del héroe en el tonel, la caja o la cestita, se nos presenta como una derivación tanto de los ritos funerarios donde el muerto se envuelve en pieles de animales para incorporarse al antecesor totémico, como en su derivación, el ritual de iniciación de los cazadores. Más cercano al motivo original se encuentra el mito del héroe viajero dentro del pez (Jonás). Pero el tótem puede ser también un vegetal. De aquí podría originarse el mito de Osiris encerrado en un tamarindo y arrojado al río del que surgirá convertido en un dios. Una derivación de este último mito pueden ser el del arca que libra del Diluvio a un héroe fundador de una nueva humanidad. Hemos examinado ya los motivos esenciales de nuestro cuento. Un ser sobrenatural fecunda a una doncella que tiene un hijo marcado con una señal divina. Este héroe tendrá que desaparecer del mundo, sometiéndose a los ritos de iniciación, es decir, a la muerte, para emprender posteriormente el viaje que le conducirá a la conquista del reino lejano. Pero este viaje iniciático ya no va a ser objeto de nuestra atención. Y ello porque pensamos que lo esencial del cuento popular, aquello donde el cuento denota su clara vinculación con el rito, está en e! nacimiento y la infancia del héroe. Aunque el viaje iniciático es el núcleo del cuento maravilloso, como señala Propp, este viaje se describe de forma simbólica, es decir, repitiendo los ritos que ya hemos mencionado al hablar de la serpiente engullidora, el bosque y el río. Lo que jamás aparece en el viaje del cuento maravilloso es la peripecia unida a un espacio o a un tiempo real, y mucho menos la caracterización psicológica del personaje, ya que este personaje es un héroe, un dios o un semidiós y, por tanto, carece de psicología. Es precisamente la entrada de estos elementos, el paisaje, el tiempo real, la psicología, lo que transforma el mito en novela. Por eso la Odisea, aunque parte del mito, es ya novela, literatura. Pues aquí, junto a numerosos restos míticos, encontramos ya personajes y paisajes reales, usos y costumbres, y un tiempo que transcurre modificando el ritmo de la vida humana. Aquí ya no importan tanto el nacimiento y la infancia del héroe, como la conquista del reino lejano, en este caso el propio reino perdido. La entraña del relato va a ser la peripecia del viaje, aunque una gran parte de estas peripecias sigan aún relacionadas con los viejos mitos. Es algo que perderán ya casi totalmente sus herederas, la novela bizantina y la novela inglesa del XVIII, novelas cuya trama la constituye un viaje, pero que aprovechan el viaje para realizar un reflejo de la vida real. De ahí se pasará al espejo a lo largo del camino de la novela realista, que junto a esta herencia de la novela itinerante, recogerá en parte esa otra herencia del viaje interior que conduce a la propia identidad, legado de la novela de aprendizaje a partir de Wilhelm Meister. Pero este viaje interior conducirá, en la novela moderna, a ese girar en torno a un laberinto que, muertos ya definitivamente los antiguos héroes, los antiguos mitos, sólo desembocará, como en el caso paradigmático de Kafka, en la angustia de nuestra propia nada. (Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 516. Junio de 1993) |
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