Relatos

Antonio Martínez Menchén

Poemas

Andante

Inquisidores

Partida al ataerdecer

Punto y contrapunto

Morgazo

Expediente de cierre

La nieve

Plaza de Ópera

El colchón

La iniciación

El viejo

Torito

La vecina

En el descansillo

El alemán

Cuando vuelva pa

Serapio

 

Llora hoy mi corazón tierno ...

El dolor que me agobia ...

Canciones

La lluvia

 La Carta otorgada

En todos los cementerios...

 

Ensayos

Pulsa en cada apartado para leer ensayos de AMM:

 Hechos I

Hechos II

 Palabras

 Estudios literarios

 

Cuentos, trabalenguas y adivinanzas de la tradición oral española (estudio, actividades y textos  grabados. En colaboración con Jesús Felipe Martínez)

                                                                                                Andante
     
Dio un portazo y, en tres zancadas, llegó hasta el balcón. Apoyó la cara en los cristales. Una llovizna helada y menuda caía sobre los cientos de automóviles aparcados, sobre los cientos de automóviles que, en su apresurado marchar, levantaban cortinas de agua mugrienta. Taladrando la cortina de lluvia, la mirada se detuvo en los plomizos muros de la casa de enfrente. Aquella visión gris y humo, aquella visión húmeda y sucia agudizó su malestar... «¡Qué odioso tiempo _pensó con rabia_, qué odiosa ciudad!»
      Faltaba aún para el ocaso pero, en el cuarto, reinaba la penumbra. Se apartó del balcón, volviendo hacia la puerta con intención de dar la luz. Antes de llegar al interruptor, tropezó con el sillón colocado junto a la mesa de camilla y se derrumbó en él, renunciando a su anterior lnt nto. Se restregó los ojos, como si intentase borrar una imagen molesta. Pero no era en los ojos, sino en los oídos, donde aquella molestia estaba. Un ruido monótono, sordo y continuo ... Un ruido que, en su oscura insistencia, acaba por borrarse, como el continuo goteo del grifo desajustado sobre la pila de agua sucia el cual, casi siempre por repetido, olvidamos, pero que a veces golpea nuestros nervios en una insoportable tortura. Un ruido sordo, monótono, continuo, apagado, golpeando en sus nervios. Ésta es la molestia: su ahogado y continuo sollozar.
      Le sacudió un latigazo de irritación que encendió una oleada de ira. Una ira que no podía descargar gritando, golpeando, que tenía que tragarse, destrozando sus nervios... Sin embargo _y la voz interior era un lejano y tímido lenitivo_ hace todo lo posible para que no la oiga, para no molestarme ... Allí en la penumbra, en el sillón junto a la camilla, está, no obstante, viéndola. Tendida
boca abajo sobre la cama de matrimonio, su cabeza hundida en la almohada. el cuerpo sacudido por rítmicos estremecimientos, la mancha húmeda de sus lágrimas extendiéndose sobre la blancura del almohadón ... Sí; eso es lo que ve, sentado en la penumbra, aunque sus ojos sigan clavados en la gris humedad y en el sucio plomo de la casa de enfrente ...
      Intenta borrar la imagen. Sus ojos vagan por el cuarto, su cuarto, deteniéndose en los objetos familiares. Una estantería llena de libros, de viejos libros, ediciones baratas compradas en puestos, en librerías de lance. Una estufa de butano _es fea, horriblemente fea; un chisme espantoso que sólo sirve para proporcionar jaquecas, para marearnos_. Una destartalada máquina de escribir sobre una vieja mesilla rodante. Una radio de los años cuarenta, de la que aún teme que se escape La vaca lechera o los finos requiebros de Bobby Deglané. Y las paredes recubiertas completamente de pósters, de retratos, de páginas de revistas, de recortes de periódicos. El desnudo a triple página del Playboy es contemplado por los aterrados ojos de unos niños de Vietnam; junto a la desesperada cabeza de Kafka, los forgendros; Sartre mira un gran póster del Che y, sobre  otro cartel que incita a hacer el amor y no la guerra,  revolotea la picassiana paloma de la paz ... Pósters políticos, fotografías de los inmortales, imágenes de mujeres desnudas. Y todo: los pósters, las fotografías, los desnudos, la máquina de escribir, la horrible estufa de butano, la radio de los años cuarenta; la estantería repleta de libros desncuadernados libros mugriento s, la desvencijada
camilla, el viejo e incómodo sillón, todo parece patinado de ruindad y de tristeza ...
      Bañados en la luz gris de la tarde fría, los objetos, los familiares objetos de su cuarto, se le han vuelto de pronto intolerables. ¡Hay en ellos tanta pobreza, tantas y tantas horas de vida monótona y vulgar, tal testimonio de aguda y desesperada frustración...! «Odio este cuarto _piensa_. Odioeste cuarto, esta casa, esta ciudad, este maldito y estúpido país...»
      Si pudiera huir. Si pudiera huir de todo; huir de aquella ruindad, de aquel cuarto de eterno estudiante, de aquella vida oscura y monótona ... Es tan triste, tan deprimente, esta ciudad gris y sórdida bajo la lluvia fría. Cierra los ojos. Nombres rutilantes de ciudades llenan su imaginación: Ámsterdan, Londres, Estocolmo, París. Ciudades desconocidas, en las que nunca estuvo, o que tan sólo ha pateado confusamente en una corta y precipitada semana.
      La ciudad soñada se ha concretado ahora en una imagen... Una calle indefinida, abstracta; un puente sobre un ancho río; un dédalo de portuarios callejones al anochecer. Y él; él que pasea por aquellas calles, por aquellos puentes, por aquellos oscuros callejones; que pasea la mano apoyada en la cintura de una hermosa mujer, una mujer que, como las calle de la evocada ciudad, tiene rasgos abstractos y difusos, en los que tan sólo se perfilan algunos detalles concretos: la melena larga y sedosa, la estatura aventajada, etalle esbelto, los senos altos y firmes, la cadera rotunda, la piernas largas y robustas, toda esa serie de rasgos característicos que configuran el estereotipo de la joven extranjera, que configuran el estereotipo de la exaltación del sexo y la libertad...
     Yentretanto, tras la puerta cerrada, continúa el sofoado, monótono y desesperante sonido de los sollozos... Ahora en su imaginación los rasgos difusos de la abstracta joven extranjera han dejado lugar a los rasgos concretos de su mujer. En esta nueva representación todo es real, brutalmente real. ¡Con cuánta nitidez ve los párpados enrojecidos, la nariz convulsionada en un grotesco moqueo, las lamentables arrugas de la comisura de los labios! ¡Con qué claridad le presenta la memoria la pechera ya un poco fofa, ya un poco fondona y grasienta, temblando gelatinosamente en la  agitación de los sollozos! Qué fea, qué horriblemente fea se pone cuando llora ... No hay nada más grotesco, más repugnante que una mujer cuarentona en plena crisis de llanto. Sí; esa mujer que está llorando sobre  el lecho matrimonial, que le está haciendo el pobre chantaje de  las lágrimas; esa mujer es una mujer vieja que  ya nada le dice, que tan sólo le causa desagrado. Sus manos pueden  recorrer los senderos mil veces recorridos, pueden tocar los  lugares de su cuerpo mil veces tocados, sin que ese  acto, ya simple rutina, encuentre la menor excitación o placer. Esas caricias sólo sirven para comprobar que esas carnes han perdido su mórbida tersura; ahora ya todo es más flácido y, allí donde engañosamente las curvas se han hecho más rotundas, más opulentas, sólo hay grasa, celulitis ... El cuerpo que un día le excitó con su calor, con su prieta redondez, hace ya tiempo que perdió su atractivo con el trato continuado, con el paso ruinoso de los años. Persistir aún en ese trato, en ese íntimo contacto, es sólo una estúpida costumbre, una necia mentira ...
      ¡Cómo odia a esa mujer! ¡Cómo odia a esa vieja grotesca que está en la alcoba sollozando...! ¿Pero es, en realidad, odio esa desazón que ahora siente, ese irritado malestar..? Allí,sentado en la oscuridad de su cuarto, piensa que ella tiene también ese aire pobre, ese aire vulgar de cosa antigua, de cosa humilde y pasada de moda que tienen todos los muebles, todo el piso, toda la casa. Sí; todo es aquí humilde y sórdido; todo tiene un tono sombrío en este piso, en esta casa, en este viejo barrio de un viejo Madrid
galdosiano... El portal, con su cuchitril donde eternamente fisga la bruja de la portera. La escalera oscura, con crujientes escalones de madera por los que, de noche, desfilan procesiones de cucarachas. Las paredes mugrientas, desconchadas. El patio interior, lóbrego y angosto, cruzado por tendederos de donde cuelgan desteñidas prendas femeninas puestas a secar ... Todo desesperadamente sórdido, como un hospicio, como una prisión.
      Una prisión ... Una prisión en la que se siente atado a una mujer a quien no quiere; una mujer mayor, ya en el inicio de la decadencia cuando él aún se encuentra en plena juventud ... ¿Cómo puede estar atado a una mujer así? Se lo ha gritado mil veces: (y ahora recuerda que fue eso lo que desencadenó sus sollozos) «¡Vete!¡Vete de una vez! Si no te interesa seguir, si no te intereso tal como soy, te vas y santas pascuas ... Cada uno por su lado y tan amigos. ¿No ves yo? Yo ni te retengo, ni pretendo atarte, ni
me meto en tu vida. Yo no te pido cuentas de si entras o sales, de si te acuestas con uno o con mil...» Eso es cosa tuya, compréndelo ... Estas cosas, entre personas civilizadas, son de la exclusiva incumbencia de cada uno ... (Con qué fidelidad la memoria reproduce las palabras, la escena completa ... La está viendo de nuevo, apoyada contra la pared, retorciendo las manos, temblándole todo el cuerpo con las convulsiones del llanto ...) «Pero tú no puedes meterte en mi vida como pretendes hacerlo. Tú no puedes restringir mi libertad, poner freno a mis sentimientos. Tú no puedes impedir que yo me enamore de otra persona, una persona con quien me siento física y mentalmente mucho más identificado que contigo. Una persona más acorde con mis inquietudes, con mi ideología, con mi edad.» (Ella no dice nada, no replica ni argumenta; simplemente llora. Su pechera, ya un poco fofa, ya un poco grasienta, se agita convulsivamente con el llanto; la nariz le tiembla en un ridículo moqueo; su boca, deformada por las arrugas que los sollozos le abren en la comisura de los labios, es la de una máscara lamentable y grotesca.) «Te lo he dicho mil veces. No es la primera vez que ocurre ni, por supuesto, será la última. Yo soy un ser libre. Tengo la libertad de abrirme a nuevas sensaciones, a nuevos sentimientos y afectos. Por otra parte, esto es lo natural; lo absurdo es pretender, como tú pretendes, limitar la capacidad del desarrollo sentimental de un ser por la simple firma de un contrato. Entonces, o aceptamos esto tan sencillo y natural y seguimos como hasta ahora, pero sin coartarnos nuestra mutua libertad, o lo dejamos de una vez. Pero sin melodramas ni folletines, por favor...»
      ¿Por qué no podrá apartar estas palabras?, ¿por qué una y  otra vez se le hacen presentes, agudizando su depresión, su malestar? Ahora el cuarto está en completa oscuridad. Su mirada se mantiene clavada en la fangosa claridad de los cristales empañados de lluvia, mientras en sus oídos persiste el ahogado, monótono, continuo y taladrante chapoteo de los sollozos. ¡Dios santo, es insoportable! Insoportable como el tormento de la gota. Siente que van a perforarle el cerebro, que sus pobres nervios
van a saltar, rotos de una vez... «Tendría que ponerme a trabajar _piensa_, ponerme a escribir... Pero, ¿cómo  puede uno concentrarse en un trabajo creador, los nervios alterados por estas miserias, por estas estúpidas ruíndades..? Estoy hundido. Hundido en esta casa, en este ambiente miserable y vulgar, en estos dramas baratos. Acabado... Sí, acabado; definitivamente me ha liquidado esta mujer... Y lo bueno es que ni se da cuenta, ni se da cuenta de lo que está haciendo conmigo, de hasta qué punto me está estrangulando. Para ella vivir es trabajar como una estúpida en un trabajo alienante y mal pagado sin otro horizonte que copiar a máquina interminables series de estupideces, tomar a media mañana el café con otras como ella, comentar las necedades de la televisión. Y el hogar, la miserable seguridad de su casa y de su marido. Su marido, quien tendría que estarle agradecido, porque a fin de cada mes trae las miserables pesetas que nos permiten seguir gozando de los placeres de este maldito cuchitril. Su marido, que cada vez que desea respirar un poco de aire, que cada vez que desea asomarse a la calle para ver la vida, para vivir y poder expresar en una obra lo que vive y siente, tiene que sufrir este tormento de sus dramas de serial, de sus reproches neuróticos ...»
      ¿Qué puede hacer, qué puede hacer ahora para calmarse, para acabar con esta desesperante irritación? Podría salir, salir al aire, lanzarse a la calle, pasear para desahogarse, para templar sus nervios... Pero con ese maldito tiempo húmedo y frío, ¿dónde ir? Meterse acaso en un cine ... Pero siente que no tiene ganas de cine, que no tiene ganas de nada, ni siquiera de buscar a Irene, de ir a acostarse con la dichosa Irene, de la que ya también se está cansando...
      Sí, es cierto. Debe confesarse que Irene comienza a cansarle. Empieza a sentir indiferencia por ese cuerpo joven que hace unos meses era el compendio de todas las delicias. Empieza ya a cargarle su conversación sabihonda de niña bien, hecha de lugares comunes, de latiguillos culturales a la moda. «Es curioso _piensa_; hace sólo unos meses charlar con ella era una experiencia única. Creía que esta muchacha me enriquecía, me libraba de mi asfixiante entorno; su amor suponía mi completa realización, el logro de mi total libertad. Sin embargo, su charla ahora me parece tan necia y vacía, me importa tan poco como los chismes de la oficina y los problemas caseros con que me agobia mi mujer. Esta pobre tonta ha ido a hacerme la escena precisamente cuando la otra historia está a punto de liquidarse ...»
      Un barniz de conmiseración, de ternura, ha recubierto la imagen de la mujer que, al otro lado de la puerta, sigue sollozando. Después de todo, piensa, esa pobre está loca por mí. Sentado en la oscuridad, ve con su imaginación unos ojos que ya no son los ojos enrojecidos por el llanto,sino unos ojos húmedos de amorosa ternura, de esa conmovedora entrega que humedece los ojos de un fiel perro. Su imaginación le presenta a su mujer levantándose de la cama sigilosamente, evitando hacer el menor ruido, andando cuidadosamente para no despertarle. La ve salir en las mañanas frías, pequeña y humilde, envuelta en su viejo y raído abrigo, en busca de ese corto sueldo con el cual, mal o bien, van tirando los dos. Y piensa que no debió haber malgastado casi todo el dinero del mes con esa boba, esa niña bien de la que ya se está cansando. ¡Pobrecilla, al menos en eso tiene razón...! Si no fuera tan tonta, si fuera algo más comprensiva, menos tradicional... Pero después de todo, es pedir demasiado. Es lógico que no le comprenda, que no pueda comprenderle... Ella es así, oscura y vulgar; oscura y vulgar como ese cuarto, como esa casa, como ese ambiente en que se consume.
      La irritación mitigada momentos antes por la falaz trampa de la piedad, ha vuelto a dominarle. Esa humildad, esa entrega amorosa de la mujer, esa tierna mirada de perro con que hace unos instantes se la imaginaba, conmoviéndose casi como un necio, es tan sólo un lazo, un lazo para atraparle, para tenerle reducido; un lazo con el que le estrangula día a día. Sí, todo lo que le da: sus cuidados mimosos, el pobre sueldo, el cuartucho en que viven, son únicamente monedas para comprarle. Y él, como un
idiota, está vendiendo su vida por esas pocas monedas e incluso se siente agradecido y obligado. ¡Agradecido y obligado! Ha renunciado a una vida libre, a una vida fructífera y creadora por esas miserias... «Tengo treinta y siete años _piensa_, y no he hecho aún nada; nada que valga realmente la pena. Y no haré nada, no conseguiré crear nada importante, mientras no rompa todo esto, mientras no me libre de esta casa, de esta mujer; mientras no me suelte de esos lazos con que me tiene sujeto, esas trampas
de su interesada ternura, de su interesado desprendimiento, de sus interesados y odiosos sollozos...»
      Los malditos sollozos. Siente que no puede resistir más ese gemir cada vez más débil, cada vez más sofocado, pero continuo, continuo e insoportable como la gota que cae y cae hasta horadar la piedra. No puede resistir más. La ira le sofoca hasta congestionarlo. La cabeza le va a estallar. Debe acabar con ellos como sea. Dejar de oídos de una vez...
      Se levanta y, a todo volumen, conecta la radio. Pero las oleadas musicales son tan atronadoras que, aun a pesar suyo, reduce algo el volumen. Vuelve a su sillón. Con irritación, con furia, clava la mirada en los cristales empañados por el agua. Distraídamente, sigue la peripecia de los violines. Alguna vez ha oído esa música, pero ahora no puede decir lo que es; ni siquiera se siente capaz de aventurar un autor. Aquella ignorancia, aquella nueva limitación, agudiza su malestar. Pero poca a poco, sentado en la penumbra, se va dejando ganar por aquellos armoniosos sones que han apagado los sollozos de su mujer; y, casi insensiblemente, aquella armonía en que se está sumiendo va calmando sus irritados nervios como una ducha cálida y relajante.
 
      Lejos quedan los tiempos en los que un joven y ya casi olímpico Goethe, se dignó admirar al hombrecito de la peluca y el espadín. Una pintura nos lo conserva, tal como el poeta le vio. La espada, la rizada peluca, la larga casaca llena de encajes, las medias de seda que cubren las piernecitas colgantes en el sillón, ridículamente lejanas del suelo. La florida y absurda moda con que le viste su época, hace aún más irreal esa figurilla sentada ante el clavecín. No es un ser humano, sino un muñequito; uno de esos bibelots inseparables de las cajas de música, de las doradas tabaqueras, de los retorcidos y complicados relojes, de las figuritas chinescas, de las porcelanas de Sevre y Sajonía; de los muebles con dorada moldura, de las grantinadas arañas de titilante y finísimo cristal; de los angelotes y amorcillos regordetes y rosados revoloteando por los techos, de las paredes tapizadas en seda roja, de las verjas con ornamentos inspirados en los dibujos de Linneo; de todo aquel retorcimiento decorativo e ingenuamente exótico, que constituye el arte de un siglo capaz de aunar la frialdad de la razón con el refinamiento hedonista del vivir... Una figurita de porcelana que hace deslizar sus finos dedos sobre el clavicordio. Un perrito sabio, delicado y admirable, ante el cual las damas sonríen con una ternura casi maternal y cuyas extrañas habilidades causan el regocijo de estos omnipotentes amantes de lo raro y exótico: fieras de lejanos países; maravillosas noches árabes; jugadores, aventureros y libertinos; adivinos, magnetizadores
y nigromantes; enanos, gigantes y hermafroditas ... Un docto monito capaz de descifrar las más complicadas partituras; un fenómeno cuyas ágiles manos consiguen arrancar las más dulces notas a todo clavecín con las teclas cubiertas por el chal de una emperatriz. Un adorno más de esos lujosos salones donde se amontona el oro, la plata, el cristal, la porcelana china y sus europeas imitaciones, las sedas, las cornucopias y los espejos; donde ellos, la sal de la tierra, gustan de exhibir todo lo que es caro y lujoso,
todo lo que es exótico o raro; todo lo que pueda servir, aunque sólo sea por unos instantes, a su despectiva curiosidad o a su orgullosa presunción ...
      Lejos quedan los tiempos de su niñez errante y prodigiosa. Podemos vede aún en un nuevo retrato, el de Della Croce. Toca el piano a cuatro manos, con Nannerl. Al fondo, Leopoldo con su violín. Todo es serio, puritano, en el cuadro. Él es un hombre de cara pálida, de nariz aguileña, labios finos y mirada fija, melancólica. Leemos la fecha del retrato y calculamos su edad: ¡Catorce años! Ese hombre de mirada fija, ese hombre que no parece viejo, pero cuya edad tampoco podríamos precisar, tiene...¡catorce años! ¿Qué tiempo es el suyo, cómo transcurren los años para él; qué se hizo de su adolescencia? Hay un brusco salto de aquel muñequito sentado al clavecín, a este adulto, que a cuatro manos, toca el piano con su hermana mayor. Un salto brusco y doloroso sobre la adolescencia, sobre la juventud. ¿Qué se hicieron de ellas?
   Corren los años. Ahora, en París, cuán distantes quedan los días en que actuó en Versalles ante el rey y la Pompadour. Llueve en París... ¡Cómo le desagrada esta ciudad de cielo triste, de gente indiferente; esta ciudad que le ignora, esta ciudad donde se siente tan solo! En un hotel humilde y frío, su madre espera mientras él va de salón en salón buscando un protector, mendigando un concierto, solicitando el encargo de esa ópera que nunca llega. ¡Qué triste, qué indiferente y frío es París! Es aquí, en esta ciudad en que empieza ya a fraguarse la tempestad que arrumbará el antiguo régimen, donde encontrará a su fiel y ya casi  constante amigo: el dolor. El dolor de la ausencia de la amada, engrandecida su figura por el forzado alojamiento. El dolor de esta constante humillación de rogar, de pedir un puesto en este cerrado mundo musical que se le niega, olvidado ya de sus precoces triunfos. El dolor de las largas horas en la soledad del hotel, junto a la madre que poco a poco se va consumiendo, hundiéndose en la penumbra de la muerte... Es la madrugada del cuatro de julio. Enrojecidos sus ojos, junto al lecho que durante tantos días ha velado, comienza a escribir: «Mi querido padre y señor, tengo una desagradable y triste nueva para usted. Mi querida mamá está muy enferma». Y tras acabar esa carta, empieza una nueva en que dará cuenta de lo que verdaderamente está ocurriendo en el mezquino cuarto de un hotel de París: «Llorad conmigo, amigo mío. Hoy es el día más triste de mi vida. Mi madre, mi querida madre, ya no existe. Dios la ha llamado para sí». Es su larga noche solitaria, su noche de dolor... Dos meses después, hundido y derrotado, dejará París. Vuelve, vencido, a postrarse a las plantas de su señor, el príncipe arzobispo, quien le hará comer con los mayordomos y los cocineros, colocándolo en su verdadero puesto, el de criado; el puesto que, en un momento de loco orgullo, quiso abandonar. Vuelve vencido, derrotado, con la amargura de sentirse olvidado por la ciudad que le aclamó de niño; con el dolor de la muerte de su madre; con el dolor de la muerte del primer amor, esa ilusión en flor que recordará toda su vida, destrozada en Munich por un recibimiento distante, de hielo. Vuelve vencido, desilusionado, doliente, para dar al arzobispo, a
los nobles y señores, la música que le piden. Una música amable, delicada, ligera en la que, saltando un siglo, puede escucharse, como en un eco de soterrada tristeza, algo que los poderosos de su tiempo le quieren negar: su derecho de ser una persona, un hombre que vive y siente y que, libremente, desea dar en su obra a los demás el testimonio de esa vida y de esos sentimientos.
      Salzburgo. Maestro de concierto y organista de corte. Menos que un camarero, pero también más que un cocinero en la jerarquía protocolaria de su gentil señor, el príncipe arzobispo. En este verano del 79, mientras compone su Sinfonía Concertante, está ya consumiendo el vigésimo tercer año de su breve vida.
      Un tema muy simple inicia el andante. Pero su simplicidad es una simplicidad diamantina, la de la total pureza, clara, serena como la primera mañana del mundo. Hay algo en este tema que entrelazan viola y violín, algo indefinible, que nos lleva a esa región de los sueños olvidados, esa región que, inútil y desesperadamente intentamos rememorar, pues presentimos contiene la felicidad más pura y la más completa belleza. Pero, ¿si ésta es la soñada región de la dicha y la hermosura, por qué ahora, cuando
recita el tema el violín, le cruza ese llanto desgarrado, esa oscura sombra de la desesperanza y el dolor? La viola, serena, consuela ese llorar, pero también rompe esa pura forma primera que, aún traspasada de dolor, el canto del violín conservaba. Y es ella quien comienza a desvelamos el secreto: No es por un soñado paraíso por lo que llora el violín; llora _de ahí el desgarramiento de su llanto_, porque ese paraíso que, en su perfecta brevedad, fue real, ya es tan sólo un paraíso perdido.
      Perdido ... El andante se desliza, triste y majestuoso como el río a cuyas aguas arrojaron los despedazados miembros de un dios. Pero los restos de ese dios están presentes a todo lo largo del lento y sereno correr de las aguas. A veces parece que van a juntarse, que van de nuevo a componer su primitiva figura. Viola y violín, en largo diálogo, se esfuerzan en la imposible restitución. ¡Qué hermosos son sus esfuerzos, qué hermosos y dolientes! De pronto, quedamos suspendidos. Un nuevo tema, una nueva forma, aún no lograda, surge ante nosotros. Surge y se pierde, borrada por ese continuo fluir que nos habla del dios despedazado. El nuevo tema, reaparece. Sabemos que es un fruto del primero, que ha nacido de sus miembros esparcidos. Sin
embargo, esta pura, nueva armonía, se contrapone a la anterior. Siendo las mismas, son opuestas. Las aguas de este tiempo concordado en sonidos armónicos, transcurren cada vez más lentas, más serenamente tristes. Las cuerdas, en su apasionado diálogo, multiplican las citas de aquella hermosura primordial. El alma siente esa vaga melancolía que nos llena al rozarnos una olvidada vivencia de nuestra infancia. Nunca volverá. Pero vuelve. Los dispersos, los despedazados miembros que el lento río arrastra, se están uniendo. Serena, sombría y melancólica, la viola; desgarrador el violín, reconstruyen la indecible hermosura del dios. Un dios aún más bello que aquel primero de diamante y luz. Un dios dígnífícado por el dolor y por la muerte. Viola y violín lloran por el paraíso que, ahora sí, sabemos definítivamente perdido. Mas aún no ha concluido el andante. Con toda su triste majestad el segundo tema se yergue, para cerrarlo. Al fin podemos ya reconocer su figura. No es la hija, sino la madre eterna y primigenia... Con un gesto solemne, un ademán de infinita ternura, de infinita piedad, Ella, la Reina de la Noche, inclinándose sobre el hijo muerto  y envolviéndolo en su manto, nos lo está arrebatando para siempre ...
      Alegres son los días gentiles del Rondó, alegres y efímeros. En 1782 desposa a Constanza Weber, la hermana menor de Aloísa, su primer amor, su primer desengaño... No hay entusiasmo ni pasión en el retrato que de ella nos traza. Una muchacha de rostro vulgar, ni guapa ni fea; una mujer tierna, de vivos ojos negros, sin genio para la música ni inteligencia brillante, pero con buen sentido para el hogar... Una buena esposa y una buena madre a la que ama y por la que es locamente amado. ¿Cómo puede él negarse a la ternura, negarse a quien le ofrece amor? Con ella vive días felices, días en los que su natural alegría, la jovialidad
campesina tan frecuente en sus cartas y que, a veces, aflora en su música, se manifiesta en una ronda de bailes, de fiestas, de devaneos. Lejos ya de Salzburgo, libre al fín de la odiosa tiranía de Colloredo _el orgulloso arzobispo a quien recordamos porque tuvo el triste privilegio de humillarle_ goza de las mieles de la libertad pero también comienza a gustar las hieles de la pobreza. Su música triunfa, pero no da dinero. Tiene nombre, mas no fortuna. Constanza no es tan mujer de su casa, tan buena administradora
como pensó... En cuanto a él... ¿qué sabe de esas cosas? Da lecciones, conciertos; abre suscripciones para sus obras... Y, mientras aumentan las deudas, viven alegremente, danzan... Frágilesy efímeros son los gentiles días del Rondó...
      Primavera de 1786... Tras un triunfal estreno, el público vienés rechaza la ópera más bella que jamás se ha escrito. Su triunfo en Praga no curará su melancolía. Hijos que nacen, hijos que mueren en alucinante sucesión. Deudas. Abandona la corte imperial, que tan hostil se le muestra en busca de mejor fortuna. Triste despedida de su mujer y de su hijo. Aquella mujer ni guapa ni fea, aquella hermana menor de su primer e ilusionado amor; aquella mujer oscura, sin talento; aquella mujer siempre grávida de hijos que en seguida mueren, se agiganta con la ausencia, colmando de ternura su corazón amable. Sus cartas se llenan de expresiones dulzonas que nos hacen irónicamente sonreír. «Mujercita de mi corazón... Parece que hace ya un año que estoy lejos de ti...» «Buenas noches, ratoncito mío... Duerme bien ...» Nonadas, tonterías de enamorado, de mozo de comercio que escribe a su modistílIa... Vuelta a Viena. Vuelta a las deudas que se hacen cada vez más onerosas, más difíciles de saldar, más agobiantes.
Vuelta a la lucha con un público que hoy le acepta y mañana le olvida. Vuelta a los hijos que nacen, a los hijos que mueren. Constanza, cada día más enferma, tiene que ir a Baden_Baden. Celos de vulgar enamorado. Y gastos. Y más deudas. Lecciones de piano, obras de encargo, subscripciones que no se cubren... Miseria, sordidez... Está cansado, se sabe próximo a morir. Pero compone. Compone lo que le encargan, lo que le piden; compone para poder mal vivir. Y, por un milagro que nadie ha podido explicar, todo cuanto sale de su mano, aunque a veces no responda a sus deseos, son absolutas obras maestras. Tan geniales que,
como muy bien expresaría dos siglos más tarde un gran poeta español, si alguno alguna vez nos preguntase qué es la música, responderíamos: la música es él.
      Desconectada ya la radio y encendida la luz, sentado ante la máquina de escribir, mira los cristales. Ha entrado la noche. Llueve... Qué triste es la lluvia, piensa. Triste como esa música tan hermosa que ha estado oyendo y cuyo autor no puede reconocer. Sí, también en su monotonía melancólica, es hermosa esa continua llovizna que está limpiando la ciudad y hace que el asfalto brille como el charol bajo la luz de las viejas farolas... Allí, en la soledad de su cuarto, mirando los negros cristales en los que el agua repiquetea, él también está entristecido, dulce y melancólicamente entristecido. Sus ojos recorren los pósters, los retratos, las páginas de revistas que llenan las paredes. Contempla la atormentada cabeza de Kafka, el bello desnudo de mujer, la grácil paloma de la paz. Con sus aterrados ojos, le están mirando los niños del Vietnam. ¡Cuánto dolor, cuánta injusticia y dolor en el mundo! Su corazón se ha llenado de ternura, de amor, por ese injusto, por ese anónimo suftimiento... Cómo ama a todos los pobres, a todas las víctimas, a todos los inocentes sacrificados... Cómo le gustaría poder expresar en un cuento, en un poema, la ternura que experimenta ante ese dolor, ante ese generalizado sufrir... Hay en él algo que está a punto de aflorar, de tomar forma. Imprecisas figuras vagan por su imaginación. Si pudiera concretadas, si pudiera darles vida; si consiguiera plasmarlas en una obra, un poema o, mejor, una novela que fuese un gran fresco poético donde se reflejara todo lo que en este momento siente ... Una obra maestra que transmitiera al mundo su emoción, que lo conmoviera, que lanzara su nombre a los cuatro vientos; que hiciera aparecer su triste y hermosa cabeza junto a la de Faulkner, junto a la de Kafka, junto a las de Sartre y Joyce en las paredes de todos esos múltiples e idénticos cuartos donde sueñan hombres anónimos...
      Sentado ante la máquina de escribir, ante el folio en blanco, sus ojos continúan clavados en la negrura del cristal  contra el que repiquetea la llovizna fría... Pero esos ojos no ven la ventana, no ven la destartalada estufa de butano, no ven la radio de los años cuarenta, no ven la estantería repleta de libros de ocasión. Esos ojos persiguen una imagen confusa, una imagen que, aun cuando parece muy próxima, permanece inalcanzable. Persiguen las palabras capaces de expresar la música dulcísima que suena en su interior; esa música hecha de amor, de piedad, de ternura.
      Al otro lado de la puerta, hace tiempo que cesaron los sollozos.

ir al índice

                                                                                      

Inquisidores
     
En aquel tiempo la tierra era rica en boniato y abundannte en chicharro el vinoso ponto. Desiertos estaban los bailes, colmada de fieles la Casa de Dios. En aquel tiempo corríamos nosotros, los niños, al reclamo del bélico clarín para seguir, brazo en alto, la solemne ceremonia de izar y arriar bandera. También brazo en alto jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, saludaban en los cines a los acordes del himno nacional, febriles los ojos de Imperio. En aquel tiempo España era heroica, mística y austera... Corrían los
días, triunfales días, del año de gracia de mil novecientos cuarenta y tres.
     

       Toni y Manolo, amigos del alma, se encuentran codo a codo amarrados al mismo pupitre. Ellos, con los otros treinta galeotes de segundo de bachillerato, se hunden dulcemente en el sueño de una común esperanza: monsieur Bernard, el profesor de francés, está enfermo. Esta alada noticia transmitieron los de tercero, que han perdido su clase. Por tanto, es posible que también para ellos esta clase, la última del día, se evapore, no tenga lugar ...; por tanto, es posible que en vez de estar amarrados al odioso pupitre, al duro banco de madera, hasta esa atroz hora de las siete y media de la tarde, puedan lanzarse como libres vencejos a la calle ahora mismo, a las seis, cuando aún hay luz, cuando aún es de día...
      Febrero ... Al otro lado del ventanal, un sol mezquino declina tras las tapias del cementerio. Los árboles que jalonan el camino de arena ascendente, desde la carretera al altozano donde se asienta el camposanto, balancean sus ramas desnudas, espectrales, a impulso del helado viento que baja de Siete Picos y La Mujer Muerta. Invierno. Un crepúsculo hético se anuncia en el cielo lechoso. Arrastra el viento la nieve sucia, pisoteada y deshecha. Las ramas parecen sacadas de una botella de anís escarchado. Al
otro lado de los cristales sólo hay frío y tristeza.
      Mas para los niños aquel yerto campo es el edén, la maravillosa isla de coral. Si pudieran salir, si pudieran sentir en sus mejillas la vivificante bofetada del aire helado... Si alcanzasen la dicha de aquella hora de regalada libertad... De un momento a otro, sueñan, se abrirá la puerta y el padre inspector entrará para anunciar que, no pudiendo venir el profesor de francés, hoy no tienen la última clase y pueden irse: «¡Hala_dirá abriendo los brazos, con su gesto campechano de hombre sanguíneo_, ya estáis
trotando! ¡A la calle!».Esto es lo que todos sueñan y esperan, sentados en sus pupitres, mientras miran a través de las vidrieras el campo desolado.
      Al fin se abre la puerta; pero no es monsieur Bernard ni el padre inspector quien entra, sino _¡oh, inesperada aparición!_, el padre Maximino.
      Tiene el padre Maximino la cabeza redonda como una manzanita y cual manzanitas son sus mejillas, suaves rosadas. Los ojos del padre Maximino son azules como las flores  del nomeolvides. Su boca es pequeña, de labios gordezuelos; boca de pez. También las manos son pequeñas y gordezuelas.
      Variadas son en el colegio las actividades del padre Maximino. En primer lugar imparte a los de cuarto las clases de Preceptiva Literaria, ya que el padre de la mirada azul y las mejillas sonrosadas es poeta. Vésele con frecuencia, durante los recreos, pasear abstraído en la búsqueda del esquivo consonante. Con dos libros fatigó hasta ahora las imprentas y dio esplendor y brillo al renombre de  la Congregación. Adentrose con el uno por las sendas de lo divino; con el otro por el de las heroicas gestas de la Patria. El numen del padre Maximino, que al dirigirse a Cristo y a su dulcísima Madre remeda humildades franciscanas y místicos deliquios del Carmelo, al cantar las gestas heroicas se torna épico y viril, ebrio de sangre y gloria. Natural es que, con tales aficiones y aptitudes, sea el encargado de enderezar los pasos de los alumnos por el estrecho y florido camino de la poesía.
      Mas la poesía es sólo una actividad ancilar en el padre Maximino. Él profesa, ante todo, la Santidad. Su alma es una pura llama de amor viva. Su espíritu, cuasi celeste, anégase en visiones místicas. Arde en el dulce fuego de los Sagrados Corazones y sueña en los niños, sus niños, ardiendo y abrasándose en ese fuego con él. Para ello los organizó en la congregación de Infantes de María, congregación a la que acudieron en masa los jóvenes escolares, incitados por el señuelo de unos equipos de fútbol con vistosas camisetas; equipos que la ardiente imaginación del director espiritual bautizó con los heroicos nombres de Sagunto, Numancia, Covadonga, Clavijo, Otumba y Lepanto. Todos los caminos pueden llevar al Señor y el padre poeta ve en los alegres y vistosos uniformes flores, flores celestes; y es él, él mismo, quien cuida con amoroso anhelo esas rosas, claveles, lirios y margaritas para que eternamente florezcan en el huerto celestial; él quien conducirá a los treinta galeotes a seguro puerto, pese a las tormentas del Maligno.
      Que es, sin duda, quien ha insuflado en los citados galeotes ese bufido de desencanto con que saludan la inesperada presencia del santo varón. ¡Adiós rosadas ilusiones de fumarse la última clase! ¡Adiós al tan deseado asueto! Por el aula comienza a correr, producto de velados labios, un profundo bordoneo. Algunos, sin duda los de alma más empedernida, patean al abrigo del pupitre.
Toda la clase se llena con la música de Satán.
      Como ausente, tras cerrar la puerta del aula, el padre sé dirige a la ventana. Aumenta la sonora protesta, pero el director espiritual parece no oírla. Junto a los cristales, se ha ensimismado en la contemplación del melancólico paisaje. Sobre las tapias del cementerio ondulan las copas de los cipreses, bañados en una luz mortecina y difusa. Transcurren los minutos. Amortiguado el barullo, los niños, enmudecidos, observan entre curiosos y expectantes al pastor de almas, persistente en su muda contemplación.
Por fin, el padre Maximino, separándose de la ventana, vuelve su rostro hacia los niños. Tiene los ojos anegados de lágrimas.

       En la clase se ha hecho un silencio profundo, angustiado. Todas las miradas se han clavado en aquellos ojos azules de nomeolvides llenos de una pena infinita, en aquellas lágrimas que, lentamente, se deslizan por las rosadas mejillas del padre Maximíno. Flota en el ambiente un inconcreto malestar que pone un nudo en las gargantas y deja en la boca un sabor amargo. Parece como si, bruscamente, el bullicio, la alegría, la luz que tan sólo hacía unos minutos llenaba aquella clase, se hubiesen extinguido; parece como si la noche hubiera caído de improviso. Tomando conciencia de esta brusca oscuridad, el sacerdote
se dirige a la llave de la luz y enciende la bombilla que cuelga del techo.
      El padre Maximino se ha sentado tras la mesa del profesor, alzada sobre una tarima de madera. Sus ojos, aún  velados por las lágrimas, recorren la chiquillería silenciosa. Al fin comienza a hablar.
      _Hijos míos, perdonadme. Perdonad que no haya podido contener mi tristeza _la voz del sacerdote tiembla, ahogada por una profunda emoción_, pero cuando hace unos minutos entré aquí y os vi alegres, traviesos, revoltosos, llenos de vida; cuando después me dirigí a la ventana y vi, allá enfrente, el cementerio, ese triste cementerio al cual miráis desde aquí sin temor, indiferentes, porque estáis ya acostumbrados a su presencia, porque pensáis no es para vosotros y sus tumbas no aguardan
vuestros infantiles cuerpos; cuando después de escuchar vuestras risas miré esos cipreses, esos centinelas de los pobres cuerpos que allá, a sus pies, se pudren comidos de gusanos, la angustia que desde anoche me ahoga ha estrangulado mi corazón y me ha llenado de lágrimas los ojos. Porque yo sé _la voz del padre Maximino se eleva ligeramente_, porque yo sé que uno de vosotros, no sé cuál, pero uno de vosotros puede, si el Señor no le toca con su divina gracia, si el Sagrado Corazón de María no escucha
mis fervientes oraciones, yo sé que uno de vosotros puede muy pronto, acaso esta misma noche, morir y condenarse por toda la eternidad.
      El sacerdote ha interrumpido su discurso. Incorporándose, se vuelve hacia el Crucifijo que cuelga de la pared, sobre la mesa del profesor, presidiendo la clase, y _las manos juntas por las palmas, los pulgares apoyados en el pecho_, parece entregado a profunda y devotísima oración ...
      Al otro lado de los cristales la oscuridad va adueñándose del mundo. Pueden aún verse los árboles, los castaños y algarrobos que jalonan el camino del cementerio, los cipreses balanceando sus altas copas a impulso del viento invernal; pero sus siluetas, en la penumbra, se han bañado de un opresivo misterio.
      Como si las vieran por primera vez, Tony y Manolo miran la masa confusa de las tapias del camposanto. Miran las negras copas, esbeltas y temblorosas, de aquellos árboles que recuerdan el tiempo de Pasión, los encapuchados de Semana Santa, los silenciosos frailes del Parral. Un frío de angustia y miedo les estremece. Sí, es el cementerio, el lugar donde un día, acaso muy pronto, acaso, como dice el padre, mañana mismo, llevarán sus cuerpos sin vida para hundidos en la oscura soledad de una tumba.
      Las miradas de los niños van y vienen del padre, sumido en silenciosa oración, al cementerio erguido amenazadoramente
a quinientos metros de la ventana. Algún cuchicheo, algún conato de risa, quiere romper la tensión, intentando ahuyentar el miedo que las palabras del fraile volcaron sobre la clase en bruscas paletadas. Vano intento. El miedo está allí, invisible pero real, como una sombra espesa y viscosa que no puede disipar ninguna risa furtiva.
      El padre Maximino ha terminado su plegaria. Baja del estrado y de pie, a menos de un metro de la primera fila de pupitres, los ojos perdidos en la lejanía, reanuda su plática.
      _He tenido un sueño ... Aunque no, no era un sueño. Mi cuerpo estaba en la cama, pero mi alma, libre de ataduras, vagaba lejos de aquel cuerpo hundido en esa muerte  de cada día que es el dormir, y veía con los ojos verdaderos, los ojos del espíritu, un paisaje real.
      »Un sendero desolado, sembrado de piedras, se alargaba hacia una oscura montaña. La soledad de aquel sendero se animó con una figura que caminaba, acercándose. De pronto me estremecí en un escalofrío. Aquella figura solitaria era la figura del Sagrado Corazón de Jesús. Y ante aquella figura yo temblé con un temblor no comparable a nada de este mundo. No era miedo, queridos niños, no. No era el miedo lo que provocaba aquella sensación. Y sin embargo, sólo podréis haceros una idea de esa sensación imaginando esa rigidez, ese frío que nos cala hasta los huesos y nos paraliza y agarrota cuando nos sentimos presa de un terror pánico. Imaginando ese terror que sentiríais si, perdidos durante toda la noche en un oscuro bosque, llegase a vuestros oídos el triste son de las campanas tocando a muerto y vieseis surgir de pronto, rompiendo la oscuridad, una blanca figura evanescente. Pues bien, ese frío del terror pero multiplicado por mil, por un millón, yo lo sentía ante la presencia amadísima de Cristo; ante ese Jesús que, con un ardiente corazón circundado de espinas, junto a mí se alzaba...
      Parece como si ese frío, ese soplo helado de la divina presencia descrito por el padre Maximino, llenara toda la clase; como si la temerosa lobreguez del bosque estuviera allí, al otro lado de los cristales tras los que se adivina la copa de los cipreses mecidos por el viento. Los niños cruzan sus miradas. Quieren sonreír para animarse, para quitar importancia a aquellas palabras, para disipar aquella tristeza caída sobre el aula antes bulliciosa y esperanzada. Cruzan miradas y sonrisas que significan: «Vamos, ya está el padre Maximino con sus historias». Pero todo es inútil. Aquel intento de aliento mutuo, de complicidad defensiva ante el miedo y la tristeza originados por las palabras del director espiritual, no surte efecto, fracasa.

      _Y este frío sobrenatural es el que me producía la presencia del Juez Soberano. Porque el dulce Corazón de Jesús había clavado en mí una mirada dura y acusadora, una mirada terrible: la mirada del justo juez frente a los réprobos en el valle de Josafat. Sentí mi corazón desfallecer, sentí temblar mi cuerpo y doblarse mis piernas. Caí de rodillas y, balbuciendo, pude al fln decir: «Señor, Jesús mío, ¿en qué te he ofenfíido? ¿qué pecado cometí para que así me condene tu terrible mirada?».
      »Yo temblaba arrodillado ante Jesús. Durante unos minutos, permanecimos en silencio. De pronto, el Corazón de Jesús me habló. Se dirigió a mí con estas estremecedoras palabras: «Pastor, ¿qué has hecho de mi rebaño; qué has hecho de mis niños?».
      »Un escalofrío de terror volvió a azotar mi cuerpo al escuchar las palabras de Jesús, aquel Jesús que no era ya el divino impaciente que todos los días nos espera humilde y manso en el Sagrario, sino el juez justísimo, ímplacablemente severo que nos condena por toda una eternidad. Y este justo juez preguntaba por el rebaño que me había confiado. Preguntaba por vosotros, mis niños. Pensé en vosotros ... Os vi marchando, puros y angelicales, hacia el comulgatorio los primeros viernes de mes... Os vi marchando camino del cielo... Y sin embargo era por vosotros por quien el Señor me preguntaba en tono acusatorio y severo ... Pude, sobreponiéndorne a mi terror y a mi congoja, decir al Señor: «Qué han hecho mis niños, Jesús mío...? ¿No son ellos buenos
y puros? ¿No marchan camino de la gloria celestial?».
       »El Señor no me contestó. Permaneció en silencio durante unos momentos interminables. Después con gesto majestuoso y solemne, extendió su brazo en dirección a la tierra. Y entonces, en un milagro, la tierra se abrió ante mí y yo, niños queridos, vi algo que la lengua humana no puede describir. Vi en aquella sima angosta abierta a mis pies, retorciéndose en una espesa y mefítica humareda, las formas espantosas de los demonios que atormentan las almas de los condenados. Y mi vista bajaba y bajaba por la horrenda sima y era como si yo mismo descendiese por ella; como si mi cuerpo entero, todo mi ser, siguiendo a mi mirada, se precipitase en el ponzoñoso abismo hasta lo más hondo del terrible báratro.
      »Y era allí, en lo más profundo del abismo, donde me encontré ante una espantosa construcción. Una angosta celda levantada, en lugar de con ladrillo, con bloques de hierro al rojo blanco. Una pequeña construcción sin puertas, sin ventanas; cuatro paredes ardientes sin otro hueco ni abertura que el de un ladrillo, uno solo de aquellos hierros abrasadores que allí, en el suelo, junto a la pared, esperaba para completar la aterradora mazmorra.
      Hizo una pausa el padre Maximino. El viento, al otro lado de las ventanas, dejaba oír su lamento desgarrado. Los niños, silenciosos, temblaban bajo el azote del soplo invernal que, colándose entre los cristales, les calaba hasta los huesos. Se había ido la luz; uno de esos cortes tan frecuentes en aquella época de restricciones. Pero esta vez no se ha organizado el barullo que solía acompañar a tales accidentes. Todos están en profundo silencio, pendientes de la voz del fraile que, en un tono ligeramente enronquecido, reanuda su relato.
      _¿Cómo podré explicar, queriditos míos, lo que sentí a la vista de aquel calabozo de fuego construido para encerrar en él un alma durante toda una eternidad ...? Mis temblorosas piernas no podían sostenerme. Quería hablar, pero la voz se helaba en mi garganta. Mis ojos intentaban apartarse de la horrorosa prisión, pero seguían prendidos en ella, fijos, subyugados como el pajarillo que, aterrado, no puede apartarse de la serpiente que le va a devorar. No sé cuánto permanecí allí, temblando de frío, contemplando aquella celda de fuego. Por fin la voz del Señor, del tierno y dulce Corazón de Jesús, vino a sacarme de mi contemplación ensimismada, pero sin disipar mi miedo, pues aquella voz seguía siendo la del eterno juez, terrible en su Justicia ...
      Tras unos nerviosos parpadeos, la bombilla ha vuelto a lucir. El director espiritual está muy pálido. Sus ojos brillan alucinados. Pasea durante unos momentos de un lado a otro de la clase. Podría cortarse el silencio. De pronto, un grito rasga aquel silencio; un grito tremendo que debieron oír hasta los de séptimo, al otro extremo del edificio.
      _Un pecado _ha gritado el padre_ un solo pecado mortal más, y la celda se habrá concluido. Y un alma, un alma infantil, el alma de uno de vosotros _y mientras la mano extendida del padre señalaba el fondo de la clase, su mirada recorría, terrible, todas y cada una de las mesas_, el alma de uno de vosotros ocupará la maldita prisión hasta que, al son de las trompetas del último día,
la tierra vomite el cuerpo condenado que irá a unirse a aquella alma en pena para ocupar eternamente la celda de fuego. Porque esa celda es la que, pecado a pecado, ha construido uno de vosotros. Pecado a pecado ... Y Dios nuestro Señor, en su divina sabiduría y bondad, otorga a cada ser humano, a cada alma, la posibilidad de un número determinado de ofensas, más allá del cual no hay perdón ni redención. Y he aquí que uno de vosotros está a punto de agotar ese número concedido por Dios... Si no
se arrepiente, si no destruye con su confesión esa celda que él mismo ha construido; si, por el contrario, peca una vez más, ese pecado será la última pieza, el bloque ardiente que falta para cerrar la celda y, tras una muerte repentina, pasará a ocupada para siempre ...
      »Ahora,queridos míos _la voz del sacerdote se había vuelto tierna y susurrante_, yo os pido que recordéis esa sensación que habéis tenido alguna vez al rozar con vuestra mano el tubo de una estufa encendida o la placa de la cocina; o si tocasteis una llama, o cayeron sobre vuestra piel unas gotas de agua o aceite hirviendo que salta chisporroteando de una sartén. ¿Recordáis esa sensación de escozor insoportable? ¿Verdad que no hay dolor comparable al de una quemadura? Pues bien; imaginad ahora
vuestra mano sobre uno de esos bloques enrojecidos al blanco por el fuego infernal; ese fuego que, según los Santos Padres, causa una quemazón tal que, a su lado, la causada por el fuego de la tierra semeja un baño de agua tibia. Y pensad también que esa sensación estuvo producida por un contacto brevísimo, el tiempo de un parpadeo. Pero imaginad que ese dolor, terrible, insoportable, pero insignificante junto al de ese bloque enrojecido por el fuego del infierno, dura siempre, ¡siempre!, ¡siempre!
¡Cesará el mundo, se apagarán el sol y las estrellas y tan sólo habrá comenzado ese dolor sin fin!
      »Hijos míos, ¿os podéis figurar el terror infinito que me embargó cuando supe que aquella infernal prisión estaba destinada a uno de vosotros; podéis imaginar la angustia de mi corazón, que tanto os ama, ante aquella atroz verdad revelada por el propio Corazón de Jesús? Pensaba en vosotros, en mis tiernos, mis amadísimos infantes a quienes creía en el camino de la salvación,
ajeno, ¡ay de mil, a que uno estaba a un paso de la condenación eterna.
      »¿Cómo podía ser posible? Yo os veía confesar, marchar hacia el Sagrario casi todas las semanas. Ni siquiera alguno de los más tibios, de los más reacios, se había alejado de los sacramentos lo suficiente para poder cometer los cientos y cientos de pecados que la celda ardiente ponía ante mis ojos. Pude, venciendo mi terror, decirle a Jesús: «Señor, conozco a mis niños. Oigo sus confesiones todas las semanas ...», «Confesiones sacrílegas _me interrumpió_. Ellos, sí, se acercan al confesionario; se acusan
ante ti de sus pecados y luego, sacrílegamente, se acercan también al comulgatorio. Sacrilegio, porque, ¿entre estos pecados de que se confiesan, se acusan de sus lecturas?»
      Hay una larga pausa. El padre Maximino recorre con su mirada todos los asientos de la clase. Y cada niño siente posadas sobre él aquellos ojos azules de nomeolvides, aún húmedos de lágrimas de dolor y reproche. Aquella mirada es un frío estilete que cala hasta el corazón, que llega hasta lo mas profundo de la conciencia.
      _Las lecturas ... No, no había pensado en las lecturas. Sin embargo, hasta mí habían llegado noticias, rumores, de que algunos de vosotros, descuidando la devoción y el estudio, mataba su tiempo ¡y su alma! con la lectura de libros prohibidos. Hasta mí habían llegado rumores que yo, insensato, desatendí. Y aquella celda de condenación era el fruto de mi culpable confianza.
      »San Ignacio de Loyola exige en los reglamentos de la compañía que todo jesuita debe consultar sus lecturas con el superior; y tan sólo podrá leer los libros autorizados por aquél. Y esto lo hacen hombres formados, llenos de gracia y sabiduría, quienes sin embargo deben ajustarse en sus lecturas a los consejos de sus directores. Pero vosotros, niños inexpertos, maleables a todas las influencias, sin recursos para defenderos de las acechanzas de Satán, os entregáis alegremente a la lectura de libros, de novelas que son como esas flores que, bajo su hermosa apariencia, bajo esa apariencia encantadora de la fantasía y la aventura con las que aprisionan la imaginación infantil, ocultan el áspid venenoso del pecado, de la lujuria, de las doctrinas librepensadoras y ateas que, insensiblemente, van emponzoñando vuestras almas.
      »Vosotros, a diferencia de los sabios religiosos, os creéis capacitados para entregaras a la lectura sin ningún consejo ni guía; sin consultar a vuestro director espiritual que, apartando el trigo de la cizaña, os podría decir: «Hijo mío, no leas ese libro; aparta ese libro de ti; quémalo porque bajo sus rosadas mentiras, bajo los embrujas con que arrastra vuestra imaginación, se oculta el pecado. Y ese pecado es un ladrillo de fuego con el que vais fabricando la espantosa cárcel donde vuestra alma y, tras la resurrección de la carne, vuestro cuerpo, aullarán de dolor y desesperación toda la eternidad».
      Tras los empañados cristales de las ventanas, unas lucecitas temblorosas y lejanas rompen la profunda oscuridad que rodea al colegio. La clase, fría y desabrida, parece llena de esa tristeza de noche invernal, de oscuro yermo descampado. Se acerca el fin de la jornada. Para los externos, la hora de salir; para los internos, el refectorio y los dormitorios helados. Pero, antes de acostarse, unos y otros deberán aún hacer las tareas del día siguiente.
      Queda muy lejos la alegría esperanzada de hace sólo una hora. Un sentimiento de miedo y culpa ha reemplazado a aquella alegría en el ánimo de los niños. Y el padre sigue hablando ...
      _ Yo sé, yo sé que alguno de vosotros se entrega a la lectura de Emilio Salgari, un autor que no sólo salpica sus obras de situaciones lascivas, sino que es antiespañol y, por eso mismo, anticatólico; pues todo aquel que está contra España está también contra Dios y su Iglesia.Y aún más; sé que hay incluso quien guarda en su casa y lee y presta a otros niños obras de dos autores malditos, dos impíos masones que arrastrarán con ellos al infierno a todos sus lectores; pues son unos réprobos excomulgados y todas sus obras están en el Índice de los libros prohibidos, por lo que quien lee una de esas obras, es más, quien tenga en su
poder, aun sin leer, una de esas obras repudiadas por la Santa Madre Iglesia, peca mortalmente y es arrojado de su seno; y no se le perdonará su pecado hasta que, arrepentido, lance lejos de sí el libro maldito y confiese su culpa. Pues bien, yo sé que alguno de vosotros tiene en su casa, en su cuarto, junto a su lecho, allí donde están las estampas de los Sagrados Corazones, profanándolas con su presencia, novelas de Julio Verne y Alejandro Dumas; novelas que como todas las de estos dos impíos masones, excomulgados por la Iglesia, están en el índice. y yo sé que alguno de vosotros no sólo tiene esos libros que causarán la perdición de su alma, sino que, instrumento de Satanás, presta los libros malditos a otros niños a los que también arrastra a la
perdición. Y yo, en fin, sé que alguno de vosotros está en el camino de la condenación eterna por su afición a las perversas
lecturas; y que mientras no se aparte de esas lecturas, mientras no arroje lejos de sí la causa de su pecado, no podrá encontrar el camino de la gracia; y ese niño, ese infante de María que ahora me está escuchando, muy pronto, acaso antes de este domingo, acaso mañana, morirá y penará en su celda de fuego toda la eternidad.
      Había sonado el timbre anunciador del fín de la clase. A través de la puerta y de las ventanas, desde los pasillos, desde el patio, llegaban los gritos, las carreras, las risas de los que abandonaban el colegio. Pero los niños de segundo están quietos, silenciosos, sin atreverse a rechistar. Ahora el padre Maximino, la barbilla clavada en el pecho, permanece mudo, meditando. Da un breve paseo y, parándose de nuevo en el centro del pasillo que corre de la puerta a la ventana entre el estrado del profesor y la primera fila de pupitres, se dirige a los niños con meloso acento.
      _Niños queridos, niños de mi corazón. Tengamos piedad de ese compañero nuestro que está a punto de condenarse. Recemos todos por él. Elevemos nuestro corazón a la Santísima Virgen María, madre nuestra, para que interceda ante Dios nuestro Señor a fin de que a ese niño, a este infante de María, le alcance la divina gracia. Arrodillaos, y, con esta intención, rezad todos conmigo:
Dios te salve reina y madre ...

      El jueves resultó un buen día para la obra de salvación. Los padres de Manolo habían salido y podían disponer del hermoso patio de la casa. Más de una vez, aprovechando la libertad que les daba el disponer de aquel patio sin vigilancias fastidiosas, habían celebrado batallas y asedios a castillos recortables terminados con el incendio de la fortaleza. El fuego no les iba a detener.
Toni llevaba las dos únicas obras de su precaria biblioteca: un cuadernillo de la serie de Dick Turpin, titulado Quien a hierro mata..., y una novela maldita, Miguel Strogoff, el correo del zar.

      La aportación de Manolo era mucho más consistente. Tenía varias novelas de Doc Savage y de La Sombra. Kazan,
perro lobo y Baree, hijo de Kazan. De entre los malditos, Salgari contribuía con El capitán Tormenta y El león de Damasco. Como piezas maestras del proceso, dos novelas que siempre se había considerado incapaz de leer, aunque múltiples veces ojeara sus grabados: Los hijos del capitán Grant y Veinte mil leguas de viaje submarino.
      En  la inmensidad del patio, los libros formaban un montoncito deleznable. Manolo lo contempló con desánimo.
      _Son más bien pocos ...
      Toni miró a Manolo con cierta perplejidad. ¿Qué más podía hacerse?
      _Ven _dijo Manolo.
      Un indeciso Toni siguió a un decidido Manolo hasta el cuarto de estar. Mesa de camilla, alfombra, visillos, sillas con respaldo y asientos de rejilla, un viejo trinchero y una librería con cerámicas, relojes parados, ceniceros, tabaqueras y, en dos de sus estantes, libros.
      El primero de los estantes con libros contenía una serie de novelas de Ricardo León, encuadernadas en rústica. El segundo, obras de José María de Pereda, en piel, y un diccionario enciclopédico abreviado. El padre de Manolo, militar y santanderino, era muy consecuente en sus aficiones literarias.
      Manolo tomó al azar una brazada de tomos en rústica, ante el horrorizado asombro de su amigo. Dio el montón a Toni y, durante unos instantes, su mano revoloteó sobre los tomos en piel. Se detuvo, indecisa, y al fin se retiró mientras explicaba:
      _Creo que este autor es muy religioso.
      Salieron al patio. Con los nuevos refuerzos, el montón de libros apilados tenía una cierta entidad. Manolo sacó de su bolsillo una caja de fósforos. Tras algunos intentos fallidos, consiguió aplicar la llama a un tomo de Doc Savage, puro papel sin defensa de pastas de cartón. Segundos después se elevaban alegres, agitadas por el leve viento, las llamas de una hermosa fogata.
      Durante unos instantes contemplaron el fuego. De pronto, tras lanzar un aullido, Manolo comenzó la danza guerrera. Toni le siguió.
      Ya en el camino de la salvación, lejos del infierno tan temido, los dos jefes indios danzaban y aullaban en torno a las llamas purificadoras en que se consumían Casta de hidalgos, Cristo en los infiernos, Roja y gualda, Humo de rey y ¡Desperta, ferro!
 

 

ir al índice

                                                                                           Partida al atardecer
      
 Sonaba la campanilla como risa de niña. Primero concentrada en un punto, allá, debajo del montante de vidrios trapezoidales, rojos, ámbar, verde botella, azul de plomo; más tarde extendiéndose, alargándose, corriendo a lo largo del pasillo, estrecho y sombrío, con menudos pasos de ratón ... Al fin se apagaba ... Y entonces no era ya un ratón risueño y multicolor, sino un ratoncito oscuro y silencioso quien volvía. Abría la puerta. Vestida de negro, pequeña y delgada, el pelo blanco recogido en un rodete en lo alto de la cabeza ... Sonreía tímidamente, como si en la comisura de sus delgados labios recogiese los últimos resscoldos de una vieja ternura que se hubiese consumido, ardiendo sin objeto. Sonreía avivando aquellas cenizas y hablaba con una voz extrañamente apagada, con una voz baja y opaca que no rompía el silencio, sino que parecía surgir del silencio; no extraña a él, no antitética, sino hecha de su misma sustancia, de tal forma que, al escucharla, uno creía ver el recuadro gris, el pequeño recuadro que faltaba en aquella extensión uniforme formada al extinguirse el son argentino de la campanilla, en aquella
amplia lámina pulida y tersa como el acero; uno creía ver aquel recuadro de sus «buenas tardes, señorito Luis», encajándose
en aquella lámina tersa y bruñida del silencio, completándola ...
      Los rojos que tapizaban las paredes del largo y angosto pasillo se habían apagado, consumido. La seda había perdido su tersura y ahora, lejos de todo orgullo, de toda inútil vanagloria, se ceñía a la pared dejando entrever la áspera dureza del muro sustentador, cual esas carnes marchitas que traslucen los huesos. Al fondo, el perchero, en cuya luna danzaban como peces exóticos las luces del montante, sostenía la negrura del bonete, la teja y el manteo del canónigo. Era allí, tras el perchero, donde el pasillo se doblaba en ángulo recto; y el lado por el que ahora caminaba, apagados los pasos por el mullido de la alfombra,
mostraba los ojos ciegos de aquellas puertas siempre cerradas, clausuras de estancias que él nunca había visto pues sus pasos, tarde tras tarde, le conducían hacia aquella claridad abierta al final del pasillo; el cuartito anegado por la torrentera de luz que se volcaba a través de la cristalería del amplio balcón junto al cual, cubierta su pobre armadura por el oscuro paño de las faldillas, la mesa pequeña y redonda sostenía la alterna simetría _blanco y negro de los escaques_ del tablero.
      _Don Frutos, ya está aquí Luisito.
      La voz de don Frutos le vino de muy lejos... Estaba con su padre y miraba desde su pequeñez, con aterrorizado asombro, aquella mole enorme, gigantesca, vestida de negro; aquellos enormes pies que surgían debajo de la sotana como dos gigantescos escarabajos; miraba a aquel sacerdote, grande como una montaña, pesado y macizo como un oso; de manos peludas que balanceaba perezosamente; de cara redonda y ojos redondos, ocultos tras unas redondas gafas, y boca que se redondeaba como la
de  un pez para sonreír y después dejar escapar una voz que modulaba unas palabras ya olvidadas, mientras que a ella, la voz surgida de la boca pequeña y redonda de aquel gigante bonachón y pesado, jamás podría olvidarla ... Era como si dentro de uno de esos fantoches de casi dos pisos de alto que sacan por la feria de San Juan, una niñita pequeña, tan pequeña que apenas supiera hablar, gritase con su voz fina y chillona. Y aquella voz, fuera de su natural contexto, unida, salida de aquella figura gigantesca, llenaba a quien la oía de tal asombro que ya, por mucho tiepo que pasara _olvidadas las palabras, las situaciones_ habría de recordada siempre ...
      _Espera un poco Luísito, hijo. Espera; aún no he terminado. Justina, prepárale entre tanto la merienda.

      Y si la voz de Justina parecía fundirse en el silencio, la de don Frutos lo taladraba, rayándolo como rayaba la infinita pureza del azul el zigzagueo de los vencejos, raudos y chilladores. El grito de los pájaros se superponía al de los niños que jugaban al fútbol en el enlosado de la catedral. Había pasado junto a ellos y, como tantas tardes, le habían gritado al verle pasar un: «¿Juegas,Luisito?»,invitación que él había rechazado con un movimiento de cabeza mientras continuaba su camino, serio, casi solemne en su traje negro, negros los zapatos, los calcetines altos, los pantalones cortos, la camisa ligeramente descotada. Y su silencio y su luto solemne apagaba, reducía, el tono burlón de la voz de aquel otro que había gritado: «Déjalo, prefiere jugar con don Frutos al ajedrez», haciéndola rodar a sus pies como una mellada flecha.
      Desde el balcón podía ver el enlosado donde jugaban los niños y la base de la torre de la catedral. La torre tenía el color de la corteza de pan poco hecha, y aquella visión parcial le robaba, disminuyéndola, una parte de su esbelta armonía. Tan sólo una vez había subido a lo alto de la torre, al campanario. La plaza Mayor con su kiosco de la música, allá, en lo hondo, pequeña y recogida, era de una ternura indefinible. Viéndola sintió como una punzada en el corazón. Lo recordó porque ahora había vuelto a sentir aquella punzada de melancolía. No sabía por qué. Abajo jugaban los niños a la pelota, correteando sobre las amplias losas de borradas inscripciones bajo las que un día reposaron obispos y canónigos. Desde lo alto de la torre, como negros dardos, rasgando el silencio con su grito agudo, se lanzaban en picado los vencejos. El azul de la tarde de verano se había adensado, ya próximos los primeros esplendores del crepúsculo. Apoyó la frente contra los vidrios del balcón y cerró los ojos. Lentas y graves, las campanas de la catedral comenzaron a desgranar una hora interminable.
      _Luisito, aquí tienes el chocolate. Mira, los picatostes están calientes, recién hechos.
      Volvió a la mesa. El rito de todas las tardes, el tazón de chocolate con picatostes estaba allí. También, sobre la cómoda, se hallaba aquel paquete que casi no se atrevía a mirar, limitándose, al final de la partida, a esperar que don Frutos le dijera: «Luisito, no te olvides ese paquete. Es para Elenita», Tomaba el envoltorio y, murmurando un «muchas gracias», la cabeza baja, seguía a ]ustina por la penumbra del largo pasillo hasta la puerta de la calle.
      Sí, era Elenita quien jubilosa y alegre abría el paquete, quien pregonaba cantarinamente su contenido: «Mamá, mamá, mira; hoy han puesto dos chuletas de cordero; y huevos duros, y queso, y pan ...». La madre, sentada en la camilla, continuaba en silencio su costura. Cosía y cosía, los cansados ojos azules prendidos en el ir  y venir de las puntadas, sin brillo, casi sin vida. Al fin dejaba de coser. Una leve luz alumbraba por un instante sus ojos, su boca. Tomaba el paquete y distribuía su contenido para la cena.
      Una vez, de pasada, había sorprendido las palabras de Justina que hablaba con el canónigo. «Hoy la he visto, señor, a ella, tan señora, en la cola del Auxilio Social con la escudilla en la mano. Me dio una pena ...» Al ver al niño se interrumpió bruscamente, confundida. Siguió de largo, como si no hubiera escuchado nada, como si aquellas palabras no significaran nada para él. Hacía ya mucho tiempo que, si no vencido, al menos se había familiarizado con la vergüenza, esta era ya como una prenda vieja de vestir que se lleva sobre el cuerpo, que apenas se nota, aunque a veces una mirada, una sonrisa de otro nos hace reparar en su existencia y, entonces, se sufre. Por eso aquellas palabras oídas al azar no le herían; tan sólo le entristecían profundamente.
      _ Termina, termina la merienda, Luis. Tranquilo. No corras, no te atragantes por mi causa.
      Pero las ávidas miradas que el canónigo dirigía al tablero desmentían sus palabras.
      _Si ya he terminado, don Frutos. Podemos empezar.
       Mientras justina retiraba la bandeja, don Frutos abría el cajón de la cómoda y sacaba el estuche de ajedrez. Eran unas viejas piezas de hueso, grandes y pesadas. Las blancas tenían un sucio matiz amarillento. Las negras también habían perdido su brillo, y su oscura opacidad recordaba la de la sotana del canónigo.
      _Hoy no puedo perder, Luísito, no puedo perder.
      La voz de don Frutos, aquella voz de niña chillona, se había hecho ligeramente más grave, más profunda. Sus ojos, velados de tristeza, vagaban por el cuarto, pasando de una cosa a otra, sin detenerse, sin pararse en nada. Era como si, aunque mirara, nada viese. Como si buscase algo más allá de la cómoda, del reloj de pared, de los retratos, de los cuadros que colgaban de los muros ...
      Presentó al niño sus dos manos cerradas. Éste tocó ligeramente la izquierda.
      _ Bien, bien; esto empieza bien. Hoy me tocan las blancas. Siempre es bueno disponer de la salida.
      Ordenaban las figuras sobre el tablero. Encima de la cómoda, colgado en la pared, el viejo reloj de péndulo esparcía su lenta, solemne canción.
      _ El ajedrez es una forma peculiar de lógica. Una lógica que tiene sus propias leyes pero que no por ello responde a mecanismos distintos de otras formas, como las del lenguaje o las matemáticas. Quienes mejor juegan son hombres como tu padre, cerebrales y fríos. Tú mismo juegas bien, porque tienes una mente lógica. Por eso destacas en matemáticas y latín, a pesar de lo mal que lo enseñan esos benditos frailes.
      Poco a poco, el fondo del cuarto se oscurecía. Y aquella oscuridad le iba llenando de tristeza. Recordó a su padre. Aún muy niño, le había enseñado a jugar al ajedrez. Era extraño saber, sentir, que ya no volvería a jugar, que ya no volvería a verle nunca... Y era extraño, todavía más extraño, cómo le iba llenando el olvido; cómo se iban borrando su rostro, sus manos, su figura entera;
oscureciéndose insensiblemente tal como se oscurecía aquel cuarto, poco a poco, lentamente; borrados sus ojos, su pelo, sus grandes y finas manos...; borrándose de su vida...
      _Hoy no puedo perder, Luisito. Acaso no gane, pero eso no importa demasiado. Lo que importa es no perder.
      Aquella voz de niña, aquella voz chillona que rasgaba el silencio mecido por el golpeteo del reloj, se clavaba en su pensamiento, sacudiéndole como un latigazo. Fuera gritaban los vencejos, los niños que jugaban al fútbol en el enlosado. Pero aquellos ruidos parecían estar en otro plano. Pasaban junto a él sin rozarle, peces furtivos que se se mueven tras las paredes de su acuario. Era sólo aquella voz, aquella voz aguda del canónigo la que, rompiendo la pared protectora, se clavaba en su melancolía, desgarrándola dolorosamente.
      Vencía el verano. Pronto serían los días dorados de un otoño dulce y corto, más dulce por efímero. Pronto aquella luz melancólica, de uva en sazón, melada como el albillo, se quebraría en las vidrieras del colegio, haciéndole soñar. Después la sucia lluvia y la lenta nieve de los días invernales. Las largas horas de nieve y luz mate pasadas sobre el Cornelio Nepote, sobre La guerra de las Galias.
      Era don Frutos quien le había conseguido una beca en aquel colegio de religiosos. Él lo sabía, como también sabía la suspicacia con que le miraban los frailes. Distinto de los demás alumnos, sin participar apenas en sus juegos durante los recreos, distante y triste en la seriedad de su traje negro; superior en las clases, pero sin que esa superioridad se tradujese en menciones honoríficas, en premios que en el fondo despreciaba ... «Su padre era un hombre extraordinariamente inteligente», decía don Frutos; y el padre José, mirando al niño silencioso y retraído al que halagaba el gigantesco sacerdote, había replicado: «Sí, pero la inteligencia, en determinadas personas, en determinadas circunstancias, puede resultar peligrosa, extremadamente peligrosa ...».
      Blancas y negras evolucionaban entre tanto en el tablero. Don Frutos había trazado una cuidadosa estrategia defensiva, un ir y venir de los peones, alfily caballo de su ala izquierda hasta llegar al enroque. Ahora sus piezas lentamente procuraban maniobrar en el tablero para dominar la zona central, pero sin descuidar la defensa de aquella muralla tras la que el rey se guarecía, amedrentado.
      Don Frutos jugaba tenso, concentrado. Cada jugada la pensaba largamente, contrastando con la descuidada rapidez con que el niño efectuaba sus movimientos. A veces la mano que iba a efectuar el movimiento quedaba, dubitativa, en el aire, pendida sobre la figura que no se atrevía a tocar. La tensión de la duda hacía temblar los labios del canónigo. De vez en vez sacaba el pañuelo para enjugarse el sudor, para limpiar los cristales de las gafas. Y cuando al fín, tras múltiples vacilaciones, el anciano sacerdote había efectuado su jugada, mientras el niño pensaba la suya, don Frutos, tomándose un respiro en la tensión, hablaba y hablaba ...
      _¿Sabes, Luisito, que yo también jugaba de níño al ajedrez con un sacerdote? Era el cura de mi pueblo _la mirada de don Frutos se perdió en el vacío, como si mirase más allá de los muros de la habitación_. Ya hace años de ello, hijo, ya hace años ... Tú no sabes cómo era eso, cómo era mi pueblo en aquellos tiempos Una aldehuela... Cuatro casuchas perdidas en la sierra .
      Luisito había realizado su jugada. La mano de don Frutos cayó distraídamente sobre un peón y lo movió con aquella suave delicadeza que ponía en todos sus gestos y que, como la voz, tan vivamente contrastaba con la pesadez de su persona.
      _Allí ya se sabía, si un chico salía listo, si destacaba en la escuela, ¡hala!, al Seminario. Y los padres, unos pobres labradores, en mi pueblo todos eran pobres, encantados con ello...
      El niño, en silencio, pensaba la jugada mirando disimuladamente por el balcón. La tarde, en la que el azul ya había palidecido, caminaba a su fin. Desde su asiento no podían verse los celajes del crepúsculo, aquella lujuria del atradecer que alcanzaba todo su esplendor desde la barandilla del parque del alcázar, sobre el fondo del río y las tierras rojizas salpicadas de amarillos retazos; y el pueblecito al final de la cuesta en la que, mediada, como tomándose un descanso, reposaba la vieja iglesia de los Caballeros del
Templo; y el monasterio gótico sobre la alameda del río ...
      _En realidad yo apenas me he movido. Terminé el seminario y me metí en un curato, también allí perdido, en la sierra. Era como si volviese a mi pueblo. Después vine aquí, donde había estudiado de niño, donde me había ordenado. Y eso es todo. De la sierra aquí; de aquí a una aldea de la sierra ... Eso ha sido mi vida...

 Fuera había cesado el gritar de los niños, y las mil campanas de iglesias y conventos dejaban en la calma del atardecer su llamada cristalina y melancólica. El canónigo había parado en su charla. La tristeza de sus palabras se perdía en aquel tono chillón de su voz, como se pierde el dolor en la pintarrajeada cara de un payaso. El niño, pensativo, maniobraba sus piezas procurando abrir brecha en aquella muralla defensiva que el anciano sacerdote había elevado en torno a su rey. Sacrificó un peón, buscando una mayor movilidad para su alfíl. El canónigo miró al niño, y se concentró largamente en su jugada de réplica.
Brillaba en sus ojos una luz desconfiada y temerosa. Dudó varias veces antes de decidirse a volver a la zona defensiva el caballo de rey, que había adelantado en un tímido ataque. Sus ojos, llenos de una extraña e intensa angustia, se clavaron en el niño. Sacó su pañuelo y se enjugó el sudor de la frente. Luego, mientras su pequeño antagonista pensaba la jugada, volvió a hablar. Y en el fondo de aquella voz infantil y chillona resonaba como un eco de conmiseración y súplica.
      _Sí, Luisito. Yo me he movido muy poco. Siempre aquí clavado. Ni siquiera he ido a Madrid, con tenerlo tan cerca. Por eso cuando tu padre, jugando al ajedrez tal como estamos tú y yo ahora, me hablaba de su vida, de sus viajes; de las ciudades extranjeras que había visitado, de la gente inteligente e importante que había conocido, yo me sentía como si fuera un niño, a pesar de ser mayor que él, y, créeme, le envidiaba. Yo no he conocido nada; ni gentes, ni ciudades ... Casi podría decir que no he vivido...
      El fondo de la estancia se había llenado de penumbra. Tan sólo allí, junto al balcón, una luz plateada y tibia bañaba la mesa, el tablero, los jugadores ... El niño, esperando el movimiento del canónigo, miraba la cómoda oscura y solemne con su armario de cristal en el que se guardaban las botellas de licores dulzones, la cristalería opaca y vieja. Miraba el reloj inglés moviendo indolente su dorado péndulo. Miraba el jarrón de rosas agonizantes colocado sobre la cómoda, entre los dos retratos: la anciana, destacando apenas el sepia de su manto, el blanco marfileño de su rostro, de un fondo tenebroso; el niño, vestido de seminarista,  dentro de un óvalo circundado de estrellas. Miraba  los cuadros: un Jesús señalando su corazón coronado de espinas; un purgatorio de amarillas llamas en las que aquellas  almas, blancas y delgadas como gusanos, extendían sus brazos a una Virgen impasible y lejana. Todo bañado en aquella penumbra que lentamente se iba adueñando del cuadro. Todo triste, marchito, sin vida.
      _Y sin embargo, yo sigo viviendo. Jugando aquí, al ajedrez; jugando contigo mientras tantos murieron... _Hizo una pausa. Hablaba en un tono más grave, menos chillón de le lo que en él era habitual, como si bajando la voz hasta casi hacerla inaudible le diera un toque de seriedad, apagando los gritos de aquella niñita risueña que dentro de su corpachón gritaba y gritaba. Hablaba con los ojos bajos, clavados en el tablero, evitando la mirada del niño.

       _ Yo mismo pude morir. Si hubiera seguido allí, en aquel pueblo de la sierra, me habrían fusilado como fusilaron al cura
que me sustituyó. Porque, ¿sabes?, es lo que pasa en la guerra. Se mata sin razón, porque se está a un lado o a otro; sin preguntarse cómo son, cómo son en realidad las personas... Si aquí, en Segovia, no hubiera triunfado el alzamiento, me habrían matado a mí en lugar de a... _Se interrumpió bruscamente. Durante unos segundos, con los ojos bajos, guardó silencio. Después, mientras sus dedos tomaban la reina, murmuró para sí_ ¿Quién tiene la culpa de que ocurran estas cosas, quién tiene la culpa ...?
      Luis miró al tablero. El canónigo le había ofrecido el cambio de dama. De aceptar, se habría liquidado la partida. Unas cuantas jugadas más, inútiles, sin otro objeto que un rápido cambio de fichas y alguno de los dos propondría las inevitables tablas. Se sentía cansado, cansado de aquella partida de ajedrez; cansado y deprimido ... Al otro lado del balcón el largo crepúsculo de verano, que desde allí no podía ver, estaría llegando a su fin. Se fijó en don Frutos. Estaba extrañamente sudoroso y pálido, las manos y los labios temblones, la mirada perdida pero, al mismo tiempo, clavada en él con una expresión angustiada, con una expresión de temor y súplica, de acongojada e intensa súplica.
      _Paseos _pensó_. Así es como lo llamaban. Dar el paseo. Fusilado en las tapias del cementerio, al amanecer.
      Con un movimiento brusco, casi inconsciente, movió su reina rehusando el cambio.
      Ahora el canónigo jugaba en absoluto silencio. Se había acentuado su palidez y sus ojos, sin brillo, perdidos en la lejanía, semejaban los ojos de un ciego. Movíanse las fichas blancas y negras sobre el tablero mientras la penumbra se adueñaba del cuarto y menguaba el recuadro de luz junto al balcón ..Hacía tiempo que se habían apagado los sones cristalinos de las campanas, los chillidos de los vencejos, los gritos de los niños que jugaban a la pelota en el enlosado de la catedral. El hondo silencio tan sólo lo rompía el golpear monótono del péndulo que, incansablemente, marcaba el transcurrir de los minutos, de las horas ...
      _Jaque mate.
      La voz del niño sonó fría, sin expresión. Después sus ojos, clavados en el canónigo, relampaguearon en un vivo parpadeo. Fue sólo un instante, como deslumbrado por aquello que, de pronto, había ocurrido en el momento de anunciar su victoria. Permaneció unos cuantos segundos  inmóvil .Al fin, levantándose, se dirigió al balcón y apoyó la frente en los cristales.
       Le  hubiera gustado tanto sentir frío en la frente ... Pero los cristales aún permanecían tibios de sol. Había ya  oscurecido. El enlosado de la catedral estaba desierto. Viejas, abandonadas tumbas de obispos, de canónigos ... La torre era una masa confusa, amenazadora ...
      _Y sin embargo, no tengo miedo _pensó_. Debería sentir miedo, pero no lo siento. Ni miedo, ni tristeza, ni remordimiento. Es curioso, pero no siento nada. Y debe de ser así. Aunque él lo sabía; lo sabía desde que comenzó a jugar. Por eso buscaba las tablas. Por eso me ofreció el cambio de dama. Me ofreció el cambio, y yo lo rechacé. Eso es todo...
      Separó la frente de los cristales. Se dirigió a la cómoda y cogió el paquete, el paquete de Elenita, y lo guardó en su bolsillo. Miró por última vez el tablero de ajedrez y, con una voz ligeramente temblorosa, gritó:
      _ Justina, Justina, venga usted enseguida. Creo que don Frutos ha muerto.

 

ir al índice

PUNTO Y CONTRAPUNTO

   Formaban  mis padres una pareja de lo más dispar. Papá era brusco y fuerte como un toro. Cuando en el verano descendía del camión en camiseta desmangada yo admiraba sus brazos membrudos y musculosos, cubiertos de tatuajes recuerdos de su servicio militar en África. Mamá, por el contrario, era una rubita menuda, dulce y suave, que cantaba además como los mismos ángeles.

     Soy gran aficionado a la ópera, de ahí que entre mis discos figuren, comenzando con una venerable reliquia de la Melba, casi todas las grandes divas que nos han dejado el registro de su voz. Pues bien, ninguno de estos prodigiosos ruiseñores me ha causado la impresión que me causaba la voz de mamá.

     Claro que la memoria es infiel y por entonces tenía pocas referencias comparativas. Nosotros, por no tener, no teníamos ni radio: así que sólo contaba con las coplas de mamá y las vecinas. Alguna vez, a través de la ventana entreabierta, escuchaba la voz que salía de un receptor, pero siempre la escuchaba de una manera incompleta y borrosa. También algún que otro sábado me llevaba papá a casa de un compañero suyo para que, en la vieja Telefunken, siguiésemos el concurso de «Fiesta en el Aire». Ese era todo mi bagaje musical.

     En «Fiesta en el Aire» los participantes se agrupaban por géneros. Papá prefería el flamenco, donde triunfaban siempre quienes la emprendían con medias granaínas preñadas de gorgoritos y floreos. Yo me quedaba con un joven dotado de un chorro de voz con el que atacaba _intervenía en varios géneros_ romanzas de zarzuela, jotas navarras y una canción tirolesa en la que, tras una cascada de tirolirolirolíes, nos informaba que «su caballo le miraba con la persistencia de mujer fatal». Cantaba muy bien _como que se llevó varios premios_; pero lo de mi madre era otra cosa.

      Mamá entonaba canciones de la Imperio y la Piquer, así como tangos y romances. Como los tangos y romances tenían unas letras tristísimas eran mis predilectos, pues no sé por qué siempre he tenido querencia por las cosas tristes.

     El día que pescaba unas anginas __lo que ocurría una vez cada mes_ era un día de fiesta mayor; y ello no sólo por quedarme en cama sin ir al colegio, sino porque cuando mamá entraba en mi cuarto para darme un toque de vinagre en las amígdalas, yo me ponía tan quejica que, al final, ella se sentaba a la cabecera de mi cama y acababa cantando para consolarme.

     Una tarde en que entonaba el romance de La pobre Adela _una copla tan lúgubre que, hacia su mitad, siempre se me saltaban las lágrimas_ papá, entrando en el cuarto de improviso, nos sorprendió. Tras miramos un momento, dijo:

     _Tú sigue, sigue así, mujer, que verás como acabas haciendo de este niño un mariquita.

     Mis padres salieron de la habitación discutiendo. Yo me quedé de piedra. Jamás se me había ocurrido que mi gusto por las canciones de mi madre pudiera acarrearme consecuencias tan funestas. Porque de lo que estaba muy seguro era de que eso de convertirse en mariquita era lo peor que podía ocurrirle a un niño. Así que, para evitar la tragedia, decidí cortar por lo sano. Cuando al mes siguiente llegaron las anginas, no solicité las canciones de mamá.

     Dos años después cruzábamos toda la familia el Depeñaperros para instalamos en una pequeña ciudad castellana con un río muy grande y un frío más grande todavía.

     Como llegamos a mitad del verano, lo del frío no lo notamos aún. Sí notamos que en el colegio los nuevos tienen  el mismo recibimiento que las gallinas en corral ajeno. Pero nosotros supimos afrontar la situación.

     Puntos principales del comité receptivo eran dos hermanos a quienes, por la color del pelo, llamaban los zanahorias. Dos gallitos de roja cresta.

     Fue el más pequeño quien rompió las hostilidades. Tuvo el hombre la envidiable fortuna de ir a tropezar con Pepote. Pepote era mi hermanito menor. Cómo sería la criatura que papá, tan poco dado a admirarse por esas cosas, le contemplaba de vez en vez con admiración y asombro al par que exclamaba: «¡Pero es que este niño las caga cuadrás!»

     Así que en cuanto el zanahoria menor comenzó a cacarearle, Pepo te le largó tal guantada que le puso la cara del revés. Entonces decidió intervenir el zanahoria mayor. Seguro que Pepote no hubiera necesitado ayuda, pero yo pensé que, por correspondencia de edad, aquel me tocaba a mí. Salí airoso del lance y a partir de entonces los andaluces, como nos llamaban, gozamos del debido respeto.

     Habíamos ganado una batalla, pero ¡ay!, todavía faltaba mucha guerra. No contábamos con el general invierno. Acaso por no estar acostumbrados a sus rigores, hizo estragos en nosotros. No habían comenzado todavía las nevadas cuando nos invadieron los sabañones. A mí se me pusieron las manos que apenas podía empuñar el lápiz, y aunque los entendidos decían que se curaban con orines, por mucho que me las orinaba no sanaban las grietas. Claro que lo de Pepote fue aún peor. Malo maldito yo podía andar; pero mi hermano, a más de tener las manos hechas una pena, no podía dar un paso.

     Para ir a la escuela adoptamos un método ingenioso. Pepote se cargaba a la espalda las dos carteras y yo, a mi vez, cargaba en las mías con mi hermano. Y así, con el hermanazo a cuestas y arrastrando los pies, iba al colegio como Cristo camino del calvario.

     Cuando los zanahorias advirtieron nuestra inutilidad total, vieron abrirse el cielo. Nos aguardaban en una plazoleta, sentados en un pilón  de cuyo caño colgaban cristalinos carámbanos. Cuando llegábamos, empezaba la función. Tras unos escogidos insultos para abrir boca, venían los correazos, los golpes con la regla y la cartera, y la lapidación con  bolas de nieve endurecidas que guardaban en sus frías entrañas algún que otro canto. A mí me descalabraron tres veces. A Pepote, cinco.Los otros niños contemplaban la somanta con cierta compasión pero sin atreverse a intervenir. Algunos nos incitaban a que se lo contásemos a don Lápiz, el maestro. Pero nosotros nunca hemos sido chivatos.

     Y así día tras día. En cuanto llegábamos a la dichosa plaza, los hermanos se encaminaban jubilosos hacia nosotros. Pepote los recibía mentándoles sus muertos, expresión desconocida por aquellos lugares antes de nuestra llegada pero que pronto gozó de general aceptación. Yo, más estoico, aguantaba en silencio.

     Pero una mañana descubrimos gozosos que, aun cuando no había acabado el invierno y el cielo amenazaba nieve, nuestros sabañones estaban casi curados. éramos ya capaces de cerrar las manos y, lo que es más importante, Pepote podía andar.

     Salimos a la calle. Para probar sus recuperados pies, mi hermano ensayó una torpe carrerita. Marchaba delante de mí, alegre como unas Pascuas. Estábamos llegando a la plazuela fatídica, cuando le dije:

     _Ven, Pepote, que te tome a cuestas.

     _Para qué, ¿no ves que puedo andar?

     _Pareces tonto. Podemos andar, pero aún no podemos correr deprisa.

     Aunque algo cerrado de mollera, mi hermano comprendió.

     Así que entré en la plaza con el hermanito a cuestas, cara de sufrimiento y arrastrando los pies. Como todas las mañanas los zanahorias, que ya esperaban en la fuente, se encaminaron hacia sus víctimas. Estaban casi a nuestro lado cuando nos tiramos sobre ellos sin darles tiempo a huir.

     Yo, con el mayor, estuve moderado. Me limité a sacudirle tres cates aunque, eso sí, con el primero le empavoné un ojo. Pero Pepote, fiel a su condición, se cebó. Cuando por fin llegó el carbonero, sacado de su tienda por los gritos, no podía creerlo. Con un puntapié separó a mi hermano de su víctima llamándole asesino y poniendo así fin a la masacre.

     A la tarde siguiente se presentó en nuestra puerta el padre de los zanahorias con los dos cuerpos del delito, preguntando por papá. Éste, muy calmoso, salió a recibirlo.

     _Y bien _dijo el hombre señalando las caras de las criaturas_, ¿qué les parece esto?

     Tras contemplarlos, deteniéndose particularmente en la estampa del menor, respondió mi padre:

     _¡Horroroso!

     _Pues los causantes de este horror son sus hijos. ¿Tiene usted algo que decir?

     _Sí. Que esto es lo que ocurre cuando uno se cobra en un día la deuda acumulada durante tres meses.

     _¿Qué?

     _Sí, hombre. ¿No lo sabía? Durante tres meses todos, lo que se dice todos los días y aprovechando que ellos no podían casi moverse, sus hijos han estado zurrando a los míos. Así que ayer éstos se cobraron la deuda. Han hecho mal. Yo le aseguro que el próximo año se la cobrarán poco a poco, durante toda la primavera, en vez de en una sola sesión.

     El hombre, mohíno, se fue sin rechistar. Yo estaba asombrado. Así que papá sabía lo de la zurra diaria y se había estado callado sin comentar nada, sin decir ni mu. ¡Hay que ver cómo era mi padre!

     Cuando nuestros enemigos se hubieron alejado, papá, con gesto severo, nos dijo:

     _Me parece bien que mis hijos sepan portarse como hombres. Pero, y esto Pepín va sobre todo por ti, una cosa es comportarse como un hombre y otra como una bestia. Que no vuelva a repetirse.

     Fue entonces, cuando en un tonto impulso, dije a mi padre:

     _¿Verdad, papá, que me he portado como un hombre? ¿ Verdad que no soy ningún mariquita?

     Papá me miró con asombro. Luego exclamó:

     _Pero qué idioteces dices. Cómo iba a ser mariquita un hijo mío.

     _Entonces, si me pongo malo, ¿dejarás que mamá me cante?

     Volvió a contemplarme en silencio y, tras un encogimiento de hombros, se alejó. Y hoy, después de tantos años, aún me queda la duda de si en aquel encogimiento de hombros mi padre aceptaba mi proposición, o tan sólo se limitaba a expresar ese sentimiento de profundo desánimo que tiene todo padre cuando un día, antes o después, reconoce la total imposibilidad de poder influir en el destino de su hijo.

(Una infancia perdida)

 

PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS DE PROTAGONISTA INFANTIL

ir al índice

MORGAZO

Entré en el fútbol de mano del rosa rosae y el teorema de Pitágoras; pasado el tiempo, abandonaría a Euclides y al latín, pero desde aquellos lejanos días he guardado para el fútbol la más constante de las fidelidades.

En aquel entonces la vida era un continuo formar filas. Nosotros lo hacíamos al reclamo del silbato del padre inspector. Ni los domingos escapábamos a aquella disciplina castrense. Formábamos por la mañana, en el amplio patio del colegio, tantas filas como cursos y en orden de colocación inverso al de estatura, facilitando así el recuento de los asistentes a la misa dominical. Ya en la capilla, también en ordenada fila, abandonábamos nuestros bancos y, los ojos bajos, las manos juntas a la altura del pecho, nos dirigíamos al altar para recibir la eucaristía, obedientes a los mandatos de un interiorizado silbo. Y por la tarde, un domingo de cada dos, volvíamos a formar en el patio para después encaminamos jubilosos, pastoreados por el padre, hacia el campo del Peñascal pues todos y cada uno de los alumnos del colegio éramos socios de la Gimnástica, cuyo recibo se nos incluía en el de la mensualidad escolar bajo. un, apartado que respondía al curioso enunciado de «Deportes, cine y juegos».  

Eran, aquellos, tiempos de gloria para el fútbol segoviano, tiempos en que el equipo de la vieja ciudad competía con el Salamanca, la Burgalesa y el Real Valladolid en la recién creada Liga de Tercera División. Soñando con holgados triunfos la grey estudiantil, bajo la atenta mirada de nuestro Quirón celoso de que no se colasen !a cabras entre las ovejas, cruzaba la puerta dorada. Pero antes de llegar a ésta ya nos había alcanzado el penetrante olor de embrocación proveniente de la ventanilla de los vestuarios donde se preparaban los héroes. Los más enterados _aquellos con hermanos mayores_ nos informaban sobre la causa y razón de aquel olor: les estaban dando masaje. Para mí aquella palabra _masaje_ se ornaba con un halo sobrenatural. Aquella palabra y aquel aroma intenso y dulzón me trasladaban a un mundo mágico, a un mundo de alquimistas, de elixires de eterna juventud, de cultos bárbaros y paganos hechos de extraños conjuros y de cruentos sacrificios a los terribles y viriles señores de la guerra.

 De aquellos dioses nuestro favorito indiscutible era Morgazo. Jugaba de delantero centro, el puesto ideal. Al saltar al campo,  andar, al correr, Morgazo sacaba extraordinariamente el pecho; y  aquel sacar el pecho de Morgazo constituía nuestra admiración y nuestra meta.  Todos, todos, nosotros intentábamos imitarle. Pero, ¡que diferencia! ¿Como osábamos comparar con aquel ariete nuestro pecho ruin? Sobre todo yo, desnutrido y enclenque mequetrefe... Cuando a solas, en mi casa, procurando andar como él, aspirando una bocanada de aire y distendiendo los pectorales me cruzaba con un espejo, el mundo se quebraba a mis pies. Pero, cerrando los ojos, negaba la evidencia y soñaba,.. Sí, algún día sería como él. O, mejor aún: no es que sería como él; es que ahora, ahora mismo, yo era él; yo no era yo, era Morgazo.

 Jugábamos al fútbol y todos aspirábamos a la maravillosa metamorfosis; pero tan sólo unos pocos la alcanzaban. Eran los buenos,  los ágiles, los veloces, los que sabían para lo que sirve una pelota entre los pies, los que lograban el alto honor de jugar en centro del ataque... Sí, tan sólo unos pocos,  los elegidos, conseguían el milagro del cambio de identidad.

_Ahí te va, Morgazo, remata _le gritaba al afortunado el que centraba una de aquellas pelotas de la posguerra que, a las dos horas de jugar con ella, perdida su forma esférica, se transformaba en un raro objeto prismático con todas sus caras ligera y simétricamente curvadas. Y mientras yo, de portero, le contemplaba  envidioso  y entristecido, el agraciado con la maravillosa metamorfosis ensayaba el remate de chilena tan infructuosamente como nuestro héroe.

Porque Morgazo tenía un sentido dannunziano del balompié. Hijo de su tiempo, despreciaba el pedestre utilitarismo y  una y  otra vez se entregaba al gesto heroico, a la inútil belleza, a la hazaña inalcanzable. Su juego, aparte de aquel correr  airoso y viril, braceando y sacando pecho, era una continua persecución del talonazo acrobático, de la tijereta a la  media vuelta, del vuelo en picado para  el cabezazo imposible. Es cierto que casi  nunca alcanzaba su objetivo y  los  mayores, incomprensivos como siempre, renegaban de aquel derroche espectacular tan parco en goles. Pero nosotros no oíamos sus voces. Prendidos en aquellas altísimas gestas, suplíamos con nuestra imaginación los fallos y  allá, en el recogimiento de nuestros cuartos, transformábamos en goles irrepetibles aquellos remates malogrados por un destino injusto y cruel.

Pero si yo, desmañado con el  cuero, me  hallaba muy lejos de Morgazo en  el campo de fútbol, sin embargo gozaba  de un privilegio vedado a todos los otros: el demiurgo era mi vecino. Milagrosamente, frente a  mi modesta casa se alzaba un palacio encantado, una pensión especializada en futbolistas y toreros. Estos, raras aves de paso, nos deslumbraban solo de tarde  en tarde,  cuando, luciendo sus multicolores ternos alquilados, salían del portal para tomar el viejo taxi que los conduciría a la plaza. Pero los futbolistas, más sedentarios y  constantes, eran los continuos polarizadores de mi atención.

Destacándose como un sol entre los planetas menores, Morgazo ocupaba el centro del grupo, arrastrando todas las miradas. Vestido con un resplandeciente traje azul eléctrico, luciendo una corbata de fantasía de ancho lazo, haciendo repiquetear en la calle sus  relucientes zapatos de altos tacones, nada más abandonar la pensión concentraba una nube de chiquillos que le seguían gritando su nombre. Él reía y charlaba con sus compañeros y, de vez en cuando, se volvía gritando ¡hala, largo de ahí!, haciendo con los dos brazos ese amplio ademán con el que las aldeanas oxean las gallinas. La turba infantil paraba un instante para enseguida reemprender la persecución del grupo. Y Morgazo, haciendo un gesto de impotencia y resignación, continuaba charlando con sus compañeros, su cara cruzada por una ancha sonrisa, braceando airosamente y sacando su atlético pecho en una profunda inspiración en la que aspiraba no sólo el aire sino también el cielo azul, las palomas y vencejos que lo cruzaban, los caserones y palacios, las iglesias y conventos, la catedral, el alcázar y el acueducto, los hombres y mujeres que cruzaban las empinadas calles...; aspirando, en fin, la totalidad de la ciudad con sus dos mil años de historia.

Desde el ventanuco yo seguía su airoso caminar con una admiración y entrega que jamás habría de volver a sentir por nadie. Aquella vecindad me acercaba al héroe, posibilitando de alguna manera la soñada identificación; esa identificación que era el primer deseo que me asaltaba cuando, hundida la cara entre las manos, me arrodillaba en el banco tras comulgar; deseo sin embargo jamás formulado, pues algo impreciso me hacía unir aquella petición con un pecado oscuro y terrible que haría de mi comunión un horrendo sacrilegio...

  Hace años, en una de mis visitas a Linares, mi padre me llevó a un bar situado junto al mercado. Era un local pequeño, un cuartucho ocupado casi enteramente por la barra. Me entretenía mirando las fotos de toreros colgadas en la pared cuando la voz de mi padre, apartándome bruscamente de aquella realidad, me llevó a un mundo de brumas en el que lentamente iba aflorando como un espejismo una ciudad irreal, difuminada e imprecisa, pero que de una manera paulatina iba tomando forma, volumen, consistencia.

Y mientras en aquel bar caldeado por el terrible sol veraniego de mi pueblo sentía de pronto en mis mejillas el viento helado del Guadarrama; mientras me invadía una lacerante tristeza que tan sólo podía relacionar vagamente con algo ya vivido; mientras surgía de pronto, sobre un montón de nieve endurecida, apartada tan sólo hacía unas horas por los obreros del terreno de juego, el niño cubierto por su capote _una manta con una abertura para la cabeza, dos para los brazos, dos más pequeñas, un poco más abajo, para poder guardar las manos ateridas_ y oculta casi toda la cara por el pasamontañas, miraba asombrado a aquel hombre que, obediente al mandato de mi padre _«Anda, Morgazo, pon dos cañas»_, colocaba los espumantes vasos sobre el mostrador.

Sí, era él. Más tarde, respondiendo a mis preguntas, mi padre me lo confirmaría. Había llegado a Linares el año que el equipo ascendió de la Regional a Tercera. No jugó más de tres partidos. Pasó a la reserva. El año siguiente jugó en Regional, en el Bailén. Después entrenó a unos juveniles, trabajó en diversas cosas, lampando, viviendo a salto de mata. Por fin, hacía un par de años, consiguió montar con otro aquel tabernucho. _Un buen hombre _concluyó mi padre. Pero antes de que me contase todas aquellas cosas, yo, nada más oír su nombre, nada más mirarlo, sabía que era él: Morgazo... Ahora vestido con una mugrienta camisa vaquera, con el pelo blanco, cargado de espaldas, adiposo, la cara surcada de arrugas...

Y me imaginé todos aquellos años: peregrinando de club en club, rodando de pensión en pensión; rodeado de compañeros de los que cada vez se siente, conforme pasa el tiempo, conforme envejece, más lejano; perdida aquella ilusión juvenil que le hacía intentar una y otra vez el remate acrobático mientras se sentía Mundo o Mariano Martín, lo mismo que nosotros, al intentar a nuestra vez la pirueta, nos sentíamos Morgazo.

         Volví otro día. Venciendo mi natural timidez, le pregunté:

_¿Usted vivió en Segovia?

_¿Segovia...? _Perdida la mirada, permaneció durante unos momentos sin contestar.

_Sí _insistí_. Hace mucho tiempo... Más de veinte años... Jugaba con la Gimnástica...

Permaneció con la mirada perdida, Mientras nos servía las cañas, contestó al fin:

_Sí. Uno ha pasado por tantos equipos, que ya casi ni los recuerda...

Le miré a los ojos. En aquella mirada acuosa, desvaída, en vano buscaba un cielo azul cruzado por alcotanes  y vencejos; en vano las plazuelas resonantes de griterío  infantil; en vano un airoso caminar, braceando y sacando el pecho. No había nada en ella. Ni nostalgia, ni duelo por el fracaso y la derrota.  Estaba allí, como un árbol, arraigado en el presente, sin añorar nada. El  dolor, la añoranza, eran únicamente míos. Era yo quien únicamente lloraba.  Yo, Morgazo...

PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS DE BOXEO Y FÚTBOL

ir al índice

Expediente de cierre

      Me despierta el silbido del calentador. El reloj, de esfera fosforescente, marca las siete y media. De nuevo cierro los ojos…Durante unos minutos _o segundos, ¿quién podría decirlo?_ creo dormir… El chorro del grifo del lavabo me vuelve a la realidad

      Pienso que se está bien aquí, en el cálido nido de la cama, frente a la fría hostilidad de la luz borrosa, de esa neblina de día invernal enseñando su  feo hocico al otro lado de los cristales…Pero oigo correr el agua del lavabo…Y ese sonido es, para mí, como una pantalla cinematográfica  que me permite ver toda la escena… Él está en camiseta, chapoteando en el agua fría que deja correr para lavarse en el mismo chorro, abierto el desagüe para que no se llene el lavabo. Ahora resopla, mientras se frota violentamente con la toalla para avivar la circulación de la sangre y entrar en calor. Ha cesado el ruido del agua caliente. Se está afeitando. Moja la brocha en la bacinilla de agua templada y comienza a frotarla en la barra cilíndrica del jabón. Hace muchos años, en su cumpleaños, me presenté con una maquinilla eléctrica. Al día siguiente estaba otra vez en el comercio, devolviéndola… Ahora tiene la cara cubierta por esa crema de inmaculada blancura, que tanto me impresionaba   de niña, y comienza a abrir en aquella homogénea superficie nevada, en aquella inviolada estepa ártica, amplias sendas con la navaja barbea. Se frota la arrugada piel con esa piedra rosa, esa extraña piedra que yo siempre unía a tesoros ocultos. Pone en la palma de la mano un chorro de loción y, suavemente, se restriega las mejillas, el cuello y la barba. Puedo sentir el olor, el olor de  mi niñez, el hermoso olor de los hombres, el olor de mi padre…Ya ha terminado; pronto oiré su voz, pidiendo a gritos el desayuno. Tengo que levantarme.

        Recuerdo la felicidad  de los primeros días, la felicidad humilde y maravillosa de levantarme pasadas las nueve; la felicidad de despertarme pronto, condicionada por el  hábito de toda mi vida para, en lugar de levantarme, permanecer en la cama tibia pensando: no tengo prisa, no tengo que estar en  pie a las siete y media para prepararle el desayuno, para disponer todas las cosas antes de las ocho, su hora de salida; no tengo prisa, puedo seguir aquí, en esta dulzura cálida, puedo aún dormir una hora más, una mágica y celestial hora... Sí; recuerdo, como un sueño, la felicidad de aquellos primeros  días en  que podía levantarme pasadas las nueve porque él también permanecía en la cama, porque él tampoco tenía que salir... Recuerdo aquella pobre y humilde dicha, tan breve, tan lejana...

      En fin, cada uno tiene su sino. Por supuesto, Mary y Lucía vienen frecuentemente; rara es la semana que faltan. ¡Y qué dulces, qué cariñosas durante sus visitas! Todo es papá, papá... "Papá, ten cuidado con lo que comes. Papá ¡ese tabaco! Pero cómo le pones otra taza de café, hija; luego así anda él con la tensión..." Resulta casi conmovedor verlas así, tan buenas hijas, tan maternales...Después, claro, que si el marido, que si los hijos..., se van. Y aquí nos quedamos. Él y  yo. Yo, la gruñona, la del mal carácter, la del genio tan fuerte que por eso, sin duda, te quedaste soltera; la hermana mayor, la que se hizo cargo de todo cuando murió mamá y aún sigue igual, haciéndose cargo de todo...Sí; él Y yo... La hija con su padre...

      Casi adormilada me pongo las medias, los zapatos, la bata. Entro en la cocina, caliento el café con leche y le preparo la tostada. Dejo la bandeja en la mesa del comedor, mientras le oigo zascandilear por el despacho arreglando sus papeles. Bajo a la calle a por el periódico. En estas pequeñeces, se va casi una hora. Dentro de nada, el bueno de Liborio estará llamando al timbre.  

       En el fondo, no me quejo. Al menos sé que no está solo, aunque a veces me angustia pensar que un día seré yo la que posiblemente estaré sola, completamente sola. Pero después de todo, fui yo quien elegí. Aunque, bien pensado, tampoco elegí nada. Murió mamá y yo dejé los estudios, ¿para qué iba a terminar la carrera?; ocupé el lugar de la madre, me hice cargo de la casa, y aquí estamos. Las cosas vinieron así, no hay que darle más vueltas. Sólo que, pienso, todo podía ser algo mejor, más fácil...

      No son aún las nueve, cuando un discreto timbrazo anuncia la llegada de Liborio. Liborio es pequeño, sonrosado, con la cabeza redonda como un garbancito. Liborio sonríe como pidiendo perdón, anda y mira como pidiendo perdón... Liborio viste siempre de gris oscuro, con chaquetas de deshilachadas mangas. Los puños y los cuellos de sus camisas vocean a los cuatro vientos que no hay, que no ha habido nunca una mujer en su vida…Hoy, como la mañana es fría, Liborio oculta mejor esa soledad con una bufanda que le tapa una buena parte de la  boca. Liborio, sonriendo, levanta hacia mí sus oscuros ojillos de pájaro, y pregunta:

      _¿Está ya don Juan en su despacho?

      Sí; no son las nueve pero don Juan espera ya en su despacho la llegada de Liborio.

Este golpea tímidamente la puerta. La voz de papá, aún fuerte, aún seca y utoritaria,

gruñe: "¡adelante!". Me alejo hacia la cocina; sin necesidad de verla la escena que se repite casi todos los días, surge ante mí.

      Papá, de forma brusca, gruñe un "¡a buenas horas llega usted, Liborio!".

      "Aún no son las nueve, don Juan". Papá se sulfura: "Bueno, bueno, Liborio; no tengo ganas de comenzar la mañana discutiendo con usted". Calla el hombrecito pero, mirando fijamente a mi padre, saca su grueso reloj de bolsillo, lo examina ostentosamente, mira a mi padre sin decir nada, le da cuerda y lo vuelve a guardar en el bolsillo del chaleco. Mi padre, parapetado tras su gran mesa de despacho, se ha sumergido en unos legajos y parece ignorar la presencia de Liborio. Este cuelga el abrigo y la bufanda en el perchero y toma asiento en la mesa pequeña situada junto a la pared de la derecha de la entrada, a la izquierda de mi padre, colocado en el fondo. Reina el silencio durante un rato, un silencio que rompe papá diciendo algo como "porque no sé si sabrá que tenemos mucho trabajo..." Liborio, entre tanto, ha sacado una petaca de cuero llena de picadura y un librito de papel de fumar _y yo me pregunto dónde pueden encontrarse aún esas cosas_, lía un cigarrillo delicadamente, casi con mimo, y lo fuma despacio, muy despacio, afirmando en el sencillo acto la legitimidad de su derecho. Mi padre masculla que las cosas no salen, se atrasan; los expedientes se amontonan, esto no puede seguir así...,lanzando a Liborio una mirada, más que enojada, irónica; una mirada que encierra toda una pesimista concepción del mundo y de sus posibilidades de cambio. Impávido, Liborio soporta las miradas de mi padre mientras consume su pitillo, mientras detenta su derecho. Después, abre el portafolios que hay sobre la mesa, toma unos papeles, saca del bolsillo interior de su americana una estilográfica  _una vieja Parker que compró Dios sabe cuándo, y que ningún bolígrafo del mundo podrá desterrar_  y da comienzo a su trabajo de cada día...

      Mientras, yo continúo con el mío... Bajo a la calle. Paso por la panadería, la carnicería, la tienda de ultramarinos. Voy de una tienda a otra, escuchando distraídamente el parloteo de las mujeres, las amas de casa, mis iguales... Escucho su cháchara y, a veces, yo misma tomo parte de ella... Esperando que nos despachen la fruta, la carne,  el pescado, hablamos de cómo está la vida, de cómo ha subido todo, de cómo tal o cual cosa es cada día más cara y peor y ya no se puede vivir... Hablo de estas cosas que son las mismas de las que hablamos ayer, las mismas de las que hablaremos mañana. Mecánicamente, participo en los ritos de este pequeño mundo, el mío, tan distinto de aquel que en mi juventud deseé. Y entre tanto, puedo imaginar lo que ocurre en este otro mundo pequeño, cerrado y repetido; en ese mundo ritual del despacho de mi padre.

      Papá examina un expediente. Sus ojos cansados pasan sobre la apelmazada prosa administrativa, sin captar del todo su sentido. A veces el sueño, calladamente, como un ladrón, le asalta traicionero. Durante unos instantes, sus ojos se cierran. Una brusca cabezada le saca de su sopor. Mira, casi aterrado, a Liborio, temiendo haya podido sorprender ese pasajero momento de debilidad... No; parece que no... Liborio intenta vanamente concentrarse sobre una larga suma de guarismos que no acaba de cuadrar. Papá dice algo como: "Mire, Liborio, tiene que prepararme una recopilación de los reglamentos de precedencias de ordenación de autoridades y corporaciones"; o bien algo corno "Liborio, haga el favor de traerme el pliego de cláusulas generales para contratos de estudios y servicios técnicos del departamento"; o, más simplemente: "Mire, Liborio; aquí tenemos otra carta de los Crevillente. Es intolerable que este asunto siga rodando por ahí”. Y Liborio abre el cajón de su mesa, saca un montón de carpetas  verdes atadas con cintas rojas, revuelve papeles de diversas formas y tamaños _papeles mecanografiados, reintegrados, firmados y sellados; instancias que acaso sean de hace dos años, o de hace diez, o veinte, o treinta; solicitudes cuyos firmantes posiblemente hace lustros alcanzaron su objeto o, sin alcanzarlo, se dieron por vencidos, resignados; solicitudes firmadas por gente que, quizá, hace años ya murieron…Y repasando aquellos papeles, contesta alguna de aquellas cartas, redacta un oficio dirigido a algún organismo puede que ya extinguido, y después de ordenar minuciosamente el portafolios, pasa todo a la firma de papá…

      Subo la escalera con la compra cuando me cruzo con Liborio. Sí; son las once de la mañana. Un nuevo rito acaba de cumplirse. Después de consultar su reloj, como todas las mañanas desde hace treinta años, dice a papá _no es una pregunta, sino una aseveración__: "Don Juan, ¿puedo salir a tomar el café?" Y don Juan, como todas las mañanas, gruñe: "Sí, Liborio; pero no se duerma usted. Ya sabe el atraso que tenemos..." Y el hombrecito, embutiéndose en su abrigo y bufanda, sale.

      Al cruzarnos en la escalera, me saluda con su tímida sonrisa. Ahora en el bar de la esquina, goza de las delicias del café de la media mañana. Le lleva su buena media hora el consumir la minúscula taza, media hora que papá aprovecha para devorar el ABC que yo le entré y que se había apresurado a guardar en su cajón. Lee, tranquilo al principio, más nervioso, atento al menor ruido, como colegial que hojea una novela aprovechando la salida del profesor, conforme se acerca la hora del probable regreso de Liborio. Y cuando el timbrazo de la, puerta le anuncia la posible vuelta de su subordinado, se precipita a guardar el periódico en el cajón, poniendo esa cara entre resignada y escéptica que tan sólo se alcanza tras muchos años de servir a la administración, ya muy al tanto de sus tristes entresijos. Liborio entra; papá mira al reloj y, después, al administrativo con esa tristeza resignada e irónica que dice más que cualquier discurso sobre el destino de este desdichado país y la incorregible irresponsabilidad de sus hijos. Y Liborio, como todas las mañanas, sosteniendo con estoicismo heroico la mirada de la gorgona, refunfuña por lo bajo algo sobre la imposibilidad de hacer nada con la penuria de recursos humanos del Departamento. Después, cada uno vuelve a su tarea.

      En la cocina, preparo la comida y la cena. Es el fin de mi diario trabajo. Esta tarde saldré con Enriqueta, con Pepita, con Charo... Seguramente iremos a sentarnos para tomar el té con pastas en una de esas raras cafeterías que aún no ha descubierto nuestra despendo lada juventud. O puede que no. Con suerte, Charo habrá sacado entradas para algún teatro, una de esas maravillosas comedias mundanas que tanto le gustan y de las que invariablemente sale diciendo: "Chica, es muy divertida, no me lo negarás; si no fuera tan verde..." A lo que Enriqueta, siguiendo el juego, añadirá que esto es ya una desvergüenza, y no sabe dónde vamos a llegar...; mientras yo guardo silencio, acostumbrada como estoy a tragarme mis comentarios... Sí, como casi todas las tardes, mientras papá está en el casino, saldré con Charo, con Pepita, con Enriqueta... (Y qué viejas, qué ajadas que están; qué viejas estamos, Dios mío...) Saldré con ellas y me pasaré la tarde pensando que estaría mucho mejor en mi casa, leyendo; (pero no puedo estar siempre encerrada, tiene que darme el aire, tengo que salir). Nos sentaremos en una cafetería... O iremos al teatro, o al cine, a esa sesión que ellas siguen llamando "del vermut", lo mismo que en los años cuarenta, para volver a eso de las diez, tomar con papá una cena ligera y, tras ver un rato la televisión, irnos a la cama...

     

       Son casi las doce de la mañana. La hora en que papá, mirando el reloj, se lamenta ante Liborio de que ya apenas le queda tiempo para visitar al Interventor, o al Jefe del Departamento de Recursos, o al Subdirector General de lo Contencioso; que ya casi no le queda tiempo para ver a cualquiera de esas altas y misteriosas  personalidades con quienes, en turnos cada día distintos, despacha todas las mañanas del año... Apresuradamente, toma su sombrero y su gabán y sale a la calle. Liborio espera unos minutos, inclinado sobre sus papeles. Después, va a su abrigo y coge del bolsillo el ABC. Sabe  que dispone de una larga hora bien cumplida para entregarse a una lectura tranquila y plácida, sin ningún sobresalto. Porque durante ese tiempo, don Juan, sentado en la mesa del café en el que hace un rato su administrativo dio largas a su cortado, realiza su consumo de alcohol con esa fruición que proporciona el saltarse todas las normas médicas y todas las admoniciones filiales. Después pasea calle abajo, buscando el sol, hasta llegar al cuchitril de libros viejos de don Braulio _judío y masón según papá_ a quien sin embargo visita todas las mañanas, pues les une el común amor al género chico y a los dimes y diretes de aquellos gloriosos tiempos que van de la Restauración al Alzamiento. Con acritud, con hostilidad, desde posturas que jamás podrán encontrarse, discuten sobre cualquier hecho de aquel periodo, aportando cada cual en apoyo de sus antagónicas tesis un repertorio de datos nimios y de anécdotas semidesconocidas realmente admirable. Durante casi una hora, masón y ultramontano hablan de los tiempos idos, de los políticos y saineteros muertos. Por último don Braulio sacará un tomo polvoriento que mi padre hojea y comenta largamente, para, tras una larga discusión sobre el precio, cargar al fin con él y así engrosar su extravagante biblioteca.

      La una de la mañana. Papá ha vuelto a sentarse en su imponente mesa de despacho. Tras concentrarse un momento en la lectura de uno de esos papeles que siempre hay sobre su mesa, saca un cigarrillo y, dirigiéndose a Liborio con voz afable dice: “Oiga, Liborio, he visto hoy en el ABC..."  Ha llegado el momento en que, durante una hora, señor y siervo, olvidadas todas las categorías, todas las murallas levantadas por la estructura de cuerpos y escalafones, pasan revista a los acontecimientos diarios con esa plena satisfacción a la que sólo se accede desde una total identidad de ideología; desde una comunión plena en los juicios, costumbres y valores. Y así, en un acorde perfecto que se extenderá hasta las dos y media, don Juan y Liborio ponen epílogo a su jornada administrativa.

       _Hasta mañana, señorita Isabel... Con su tímida sonrisa, con sus pasitos menudos, con su gabán gris y su gruesa bufanda que cubre el mal planchado cuello de su camisa y oculta su soledad irremediable, el hombrecito se va... Sonrío, respondiendo a su humilde despedida. Sonrío con una ternura que seguramente él no sabe captar. Quiero a este anciano pequeño y ridículo; quiero a este hombre a quien, salvo su madre, posiblemente ninguna mujer quiso nunca.

      Era una niña cuando le vi por primera vez. Recién llegados a Madrid, alquilamos esta casa de la que ya nunca habría de moverme. Un día, no sé por qué, fui al Ministerio, al despacho de papá. Una pepona con acné, de gruesas pantorrillas cubiertas de medias negras, afeada por uno de aquellos uniformes con los que, en la inmediata posguerra, nos disfrazaban a las alumnas de los colegios de monjas: bandas rosas, bandas azules, bandas blancas. Medallones de hijas de María. Pías mojigangas sobre la hipocresía maliciosa de nuestros trece años... Miradas de complicidad, secretitos al oído, risitas tontas. Así era yo; así entraría yo en aquel gran edificio lleno de guardias y de ujieres, al lado de mi padre, recio e imponente,  un funcionario importante. Y allí, en una mesa pequeñita, en un cuartito adosado al gran despacho de papá, estaba él. "Mira, Isabelita, este señor es Liborio..." Entonces le vi por primera vez... Un hombre de la edad de papá, pero ya empequeñecido, ya menudo e insignificante, ya con la marca de la vejez.

       Sin necesidad de volver a verlo, de tratarlo, me fui familiarizando con él, como todos los de casa. Era nombre constante en nuestras comidas, cuando papá hablaba y hablaba de ese mundo suyo de expedientes, de papeles; ese mundo en el que el inútil de Liborio, el desastre de Liborio, ocupaba un lugar destacado. De creer a papá, aquel funcionariete era capaz de dar él solo al traste con todo el país. Afortunadamente allí estaba él, velando para enmendar sus errores, para remediar sus catástrofes... Sin duda, debido a esa necesidad de vigilarlo, siguieron juntos. Pasaba papá a una nueva dependencia, y con él Liborio, su cruz. Corrieron los años, y en nuestra casa Liborio seguía presente. A veces, muy de tarde en tarde, volvía a encontrármelo. Cambiábamos sólo unas pocas palabras. Yo era para él una persona extraña, lejana; para mí, casi un familiar...

      Recuerdo el día del entierro de mamá. La casa llena de gente que entra, que sale. Sobreponiéndome al dolor, me hago cargo de todo, pongo un cierto orden en aquel caos. Papá, tan grande, tan imponente, se ha derrumbado; moviéndose como un autómata, recibe inclinaciones corteses, estrecha manos, se deja estrujar en ostentosos abrazos... Cansada, asqueada y dolorida, deseando que todo acabe y de una vez me dejen sola, voy y vengo por la casa. De pronto, en un rincón, casi perdido, me topo con él, el hombrecito vestido de gris, con su corbata negra. Con ese gesto suyo humilde, con ese gesto de pedir por todo perdón, me tiende la mano. No dice nada. No necesita decir nada. Yo sé que, de todo aquel protocolario carnaval, la única persona que realmente comparte mi dolor es él...

      Murió mamá y las hermanas se casaron. Seguimos en esta casa que ya era demasiado grande para papá y para mí. Papá ya no hablaba tanto en la mesa. Los últimos diez años pasaron como un sueño. Sin damos cuenta, llegó la jubilación. Un día fui al Ministerio, acompañándole para resolver un trámite de habilitación. Allí encontré a Liborio. "Buenos días, señorita Isabel". "Buenos días, Liborio. Qué ¿usted no se jubila?". "Sí, señorita, el mes que viene, el mes que viene".

      Eran aquellos días maravillosos en que permanecía en mi cama hasta bien pasadas las nueve. Pero una mañana todo acabó. Llamaron a la puerta, y allí estaba él. "Buenos días, señorita IsabeL." Antes de poder contestarle, ya estaba papá gritando: "Pase, pase a mi despacho, que se nos hace tarde..." Salió a las dos y media. Papá no dio ninguna explicación, pero a la noche, como de pasada, me dijo: "Sabes, mañana vendrá Liborio a las nueve..." En efecto, llegó a las nueve y, cuando se iba a las dos y media, se despidió con su sonrisa humilde: "Hasta mañana, señorita Isabel..."

      Lo comprendí de golpe... No tuve necesidad de ninguna aclaración, no tuve necesidad de atormentar a mi padre, obligándole a perderse en explicaciones embrolladas. Fue como un relámpago. Vi el ritual, la ceremonia con que querían exorcizar al tiempo y a la muerte. Los mismos actos, las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos papeles y expedientes... No; no existía la jubilación, la segregación dolorosa y humillante... Sólo hubo un cambio de destino; un cambio más de los muchos que habían tenido durante casi cuarenta años... Pero ahora, el nuevo despacho estaba en nuestra casa...

      No sé cómo empezaría todo. Sería un encuentro casual. Un hablar de los asuntos de apenas hacía un semestre. Una referencia a un expediente inconcluso. Un decir, como de pasada, "podía usted pasarse por mi casa a echar una mano". O ni siquiera eso; acaso un simple ademán, un cambio desolado de miradas...

      Papá me llama. Algo necesitará de mí. Soy su hija, quien le cuida y vela por él. Pero este hombrecito que vendrá mañana a las nueve es para él algo más, mucho más que yo. Lo comprendo muy bien; acaso, por eso, me siento tan sola...

      A veces, por las noches, a pesar mío, imagino el fin de la historia. ¿Quién de los dos será el primero en faltar? Quisiera tener a papá aún mucho tiempo; y aun cuando sé que, si Liborio muere, él vivirá muy poco y sus días finales serán muy duros para mí, deseo que esto sea lo que ocurra. Me aterra sólo imaginar la angustiosa soledad que habría en su mirada cuando, vestido de gris con su corbata negra, perdido en el último rincón, me tienda, humilde y silencioso, su temblorosa mano.

ir al índice

La nieve

Cuando volvió en sí tardó algo en hacerse cargo de la situación. Se encontraba en una hoya profunda, abierta por el estallido de una granada. Le dolía la frente, junto a la sien, y cuando se la tocó notó que tenía un coágulo de sangre seca. Yacía sobre las raíces de un árbol arrancado por la explosión, y pensó que al caer en la hoya arrojado por la fuerza de la onda expansiva, era con aquella raíz con lo que se había golpeado.

Tras dos días de batalla el enemigo se dispersó batiéndose en retirada. Oyó el cañoneo más al norte y se dijo que él tenía que ir hacia allá para unirse con las fuerzas que le habían dejado atrás en su ciega persecución. Se levantó y tras algunos esfuerzos consiguió salir de la hoya. Estaba aterido y cubierto de nieve; la nieve menuda que, agitada por el viento en furiosos torbellinos, se clavaba en su rostro como agujas de fuego.

No habría andado un kilómetro siguiendo el ruido del cañoneo, cuando escuchó unos débiles gemidos que surgían tras unos arbustos. Se arrojó al suelo y, arrastrándose, con el fusil preparado, se aproximó hacia ellos. Tendido boca arriba, con los brazos en cruz, yacía un soldado.

A la débil luz del anochecer, por el uniforme y el pañuelo rojo y negro, que era un enemigo. Estuvo a punto de disparar, pero un quejido débil le detuvo. Inclinándose sobre el caído, comprobó que era muy joven, casi un niño. También comprobó que tenía todo el muslo izquierdo desgarrado por la metralla.

Aquella cara aniñada le recordó a su hermano Enrique. Se sentó junto al herido, rasgó con la bayoneta el borde inferior de su capote, y procedió a vendarle el muslo fuertemente para contener la hemorragia. Pensaba que era inútil, pero sin embargo ponía toda su atención en aquel vendaje.

EL herido gemía débilmente. Para entretenerlo, le dijo:

_Eres casi un niño. ¿Cómo es que estás aquí? Seguro que eres un voluntario.

Y como el herido no contestara, continuó:

_Valiente tonto. Yo, en cambio, estoy aquí porque me obligaron, porque llamaron a mi quinta. De cuando si no me iba a haber metido en esta guerra de mierda.

Cuando terminó el vendaje, había entrado la noche. Continuaba la nevasca. Se escuchaba, ya algo lejano, el cañoneo, y más cerca el largo y lúgubre aullido de los lobos.

Cuando se incorporó, el muchacho le agarró por la parte inferior del pantalón, y le suplicó débilmente:

_No me dejes así. ¡Mátame! ¡Pégame un tiro, pero no me dejes aquí para que me devoren los lobos!

Por un momento se mantuvo erguido, indeciso. Por fin inclinose y, cogiendo con cuidado al herido, se lo echó a la espalda.

_Agárrate fuerte _le dijo_, agárrate a mi cuello.

Comenzó a caminar con el muchacho a su espalda. El peso no le agobiaba demasiado. Antes de la guerra, cuando trabajaba de peón agrícola y de vez en cuando era arrojado al paro y al hambre, para sobrevivir se lanzaba a la caza furtiva, y más de una vez había tenido que caminar por el monte varias leguas con un marrano o un venado a las espaldas. Aquel muchacho no pesaba más. Lo peor era el frío y la borrasca.

La nieve le venía de frente, cegándole. Si volviese la espalda a la ventisca caminaría mejor, pero la única salvación era marchar hacia el norte, guiado por el lejano cañoneo.

El pecho le pesaba, ahogándolo, y las piernas, entumecidas, se movían rígidamente, como si fueran de palo, marchando sin alzar apenas los pies del suelo. El herido abrazaba fuertemente su cuello, agravando la sensación de ahogo. Notó que sus brazos se habían vuelto rígidos y que le estrechaban como un dogal de madera.

Escuchaba el cañoneo cada vez más lejano y esparcido. Andaba y andaba progresivamente más lento. Ahora apenas sentía sus piernas. Dio un traspié y cayó boca abajo, con el muchacho a sus espaldas.

Hizo un leve esfuerzo para levantarse, pero desistió. Ahora se sentía envuelto por un aura tibia y dorada, por una dulce sensación de somnolencia que pesaba sobre sus párpados.

Había cesado la ventisca y la nieve caía en grandes copos mansos. Así continuaría cayendo durante toda la noche.

(De Veinticinco instantáneas y cinco escenas infantiles)

PULSA AQUÍ  PARA LEER RELATOS AMBIENTADOS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

ir al índice

  PLAZA DE LA ÓPERA

    Ya bien entrada la noche fría de octubre eran pocos quienes aún rondaban en la plaza de la Ópera, a las espaldas del Teatro Real. Se había despejado la entrada principal, que en aquella noche de gala había llenado la plaza de Oriente de carrozas, carruajes y coches de alquiler y allá, en las traseras, tan solo estaban los cocheros de algunos simones sin servicio y algunos randas trasnochadores que se agrupaban en torno al fogón de la castañera y el puesto de azucarillos y aguardiente para, por fuera y por dentro, matar el frío.

Destacaban en aquella concurrencia dos caballeros bien trajeados que tampoco presentaban la pinta característica del señorito calavera. Uno, ya entrado en años, era grueso, coloradote. El otro, algo más joven, alto y fuerte, moreno, de espesas cejas y ojos negros de mirada profunda. Ambos pidieron dos copas de aguardiente y, mientras bebían, prestaban atención a las palabras que el dueño del aguaducho dirigía a uno de los cocheros.

      _Pensarás lo que quieras _decía_ pero yo fui un buen barítono y canté en teatros muy principales de España e incluso del extranjero. Precisamente esta ópera, Un ballo in maschera, fue crucial para mí. En La Fenice se la escuché al genial Battistini, y eso me marcó. Estaba obsesionado con aquel papel, y en mi interior resonaba  continuamente  la voz del rey de los barítonos. Un año después la canté en Zaragoza. Mientras cantaba, seguía escuchando por dentro la voz de Battistini. Y de pronto, se quebró la mía. Ese fue el fin. Y es que si uno mira fijamente al sol, se quema los ojos.

       Los concurrentes escuchaban con sonrisa incrédula. También sonreía el caballero moreno que había pedido otra copa, pero en aquella sonrisa, más que burla, había ternura. El del aguaducho, molesto con el cochero, dijo:

      _¿No me crees? Ahora verás.

      Y con una voz débil y algo vacilante, pero bella, comenzó a cantar:

        Eri tu che macchiavi quell'anima

        La delizia dell' anima mía:

        Aquí tuvo que interrumpir su canto por un ataque de tos. Bebió un poco de aguardiente e hizo un gesto de des_ ánimo, como si se diera por vencido.

        El caballero moreno apoyo un momento la mano sobre su hombro. Después chocó en un brindis su copa con la suya. Dejó la copa sobre el mostrador y separándose un poco, continuó el aria:

         Che m'affidi e d'un tratto esecrabile

         L 'universo avveleni per me

         Era una voz dulcísima y potente. Un cálido chorro de plata líquida que endulzaba la noche, llenando la plaza entera.

Traditor! Che compensi en tal guisa

Del amico tuo primo la fe!

O dolcezze perdute! O Memorie

d'un amplesso che l'essere india!...

         Se habían abierto varias ventanas asomándose a ellas los vecinos. Al aguaducho se acercaban apresurados algunos transeúntes. También se aproximaba el sereno que, al estar junto a él, golpeó el suelo con su chuzo.

        Entonces el aguador, saliendo de su puesto, sujetó el brazo del sereno mientras le decía:

      _Silencio, gallego, y prostérnate. El gran Titta Ruffo está cantando ahora para nosotros, los pobres...

(Veinticinco instantáneas y un prólogo)

PULSA AQUÍ PARA  LEER RELATOS REFERIDOS A VAGABUNDOS

ir al índice

    EL COLCHÓN

     _ Y la culpa, señor cabo, la tiene esta mujer, que tuvo que empeñarse en que el abuelo nos acompañase a la boda de su sobrina. Y mira que yo le dije que su padre no estaba para bodas, pero ella arre que arre y hasta que no vio al viejo encaramado en el carro no paró. Y no crea usted que el trayecto es un paseo, que son casi ocho horas bajo la solanera.

     »Sí, señor cabo, abrevio, pero es que tengo que ponerle en los antecedentes para que usted comprenda. El caso es que el viejo, que nunca ha sido morigerado, se hartó de comer y de beber; así que cuando a la mañana siguiente me lo encontré tieso, no se crea que me llevé ninguna sorpresa, no señor.

     » Y ahora viene la otra manía de esta mujer, la de que a su padre había que enterrarlo en su pueblo. Y por más que yo le decía que eso no podía ser, que debíamos enterrarlo donde había muerto, ella con su perra de que su padre tenía que reposar en donde había nacido y pasado toda su vida. Y yo que aquello no podía ser, que si era necesario para el traslado hacer una serie de trámites y llenar un montón de papeles. Y entonces fue cuando saltó ella con que ni trámites ni papeles; que lo único que había que hacer era envolverlo en el colchón.

    »Sí, ya sé que eso no está bien, que no se puede llevar un muerto por ahí de cualquier manera. Pero qué quiere que le diga... Usted no sabe cómo es esta mujer, machaca y machaca. Además el cadáver estaba bien envuelto,  primero  en una manta y luego en el colchón, que no había quien lo notase...

    »Total que nos pusimos en camino. Llevábamos cinco horas bajo el sol, cuando pensé, y ésta sí que fue mi culpa, que podíamos detenemos junto al río para comer y refrescarnos. Metimos el carro en una arboleda y nosotros fuimos hasta el río, apenas cincuenta metros más abajo. En ningún momento perdimos el carro de vista, pero el caso es que cuando volvimos, se habían llevado el colchón.

    » Y esto es lo que vengo a denunciar, señor cabo: Que nos han robado el colchón. Tiene que haber sido una partida de gitanos que siempre anda rondando por allí, pero asegurar no puedo asegurarlo. El colchón no creo que pueda recuperarlo, y bien que lo siento porque era un colchón de matrimonio nuevecito. Pero lo que sí quiero es que quede constancia de que dentro iba el cadáver de mi suegro. Y como esos desalmados en cuanto lo descubran lo dejaran tirado por ahí, repito que quiero que quede constancia de lo que pasó para que cuando aparezca no tenga yo que cargar encima con el muerto...

PULSA AQUÍ PARA LEER UN COMENTARIO DE ESTE TEXTO

ir al índice

LA INICIACIÓN

         Que uno vaya de niñas la primera vez, porque cuando se está en la mili un hombre debe conocer mujer, y se encuentre con que la moza que va a iniciarle  es su propia hermana, es algo que sólo me ha ocurrido a mí. Y lo mejor es que cuando me entró en su cuarto y comenzó a desnudarse no la conocí, pues aparte de los años transcurridos, aquella tía rubia y pintarrajeada  poco tenía que ver con la muchacha morena que yo guardaba en mi memoria. Pero el caso es que desde el principio la encontré un no sé qué familiar que me hizo permanecer quieto, mirándola embobado. Y ella, que tampoco me había conocido, y mal podía conocerme, pues yo era un crío cuando se fue, me dijo: "Vamos, desnúdate. ¿O es que te doy miedo?" Y fue por la voz por lo que la conocí, y más cuando se quitó la combinación y vi en su muslo derecho aquel antojo que tenía y del que decía mi madre que menos mal que le había salido en la pierna y no en la cara. Entonces ya no tuve la menor duda, así que me acerqué a ella y le dije: ¿Es que no me conoces, Amparito? Y ella, crispando la boca como la crispaba cuando se ofendía, replicó: "Qué dices tú de Amaprito. Yo soy Rosa". Mas sin hacerle caso, insistí: "¿Pero es que no me conoces, Amparo? Soy tu hermano Teo."

        Entonces ella dijo "Teo"  mientras me tomaba la cara con las dos manos y me miraba fijo, fijo. Después me dejó y se sentó en la cama y allí permaneció inmóvil su tiempo. Y aunque no soltaba ni una lágrima yo sabía que estaba llorando por dentro. Y era igual que la tarde aquella tan lejana en que se fue. Ella sentada, inmóvil, sin decir nada, sin moverse, mientras le gritaba mi hermano Alejandro. Sin decir nada, pero llorando por dentro.

        Lo curioso es que padre también estaba callado. Y era Alejandro, mi hermano mayor, quien hacía todo el gasto. Y ahora, viéndola allí medio desnuda y sentada en la cama, recordaba aquella escena tan lejana como si fuese ayer.

          _Vamos _gritaba_ di quién ha sido para que cumpla. ¿No quieres decirlo? Se habrá acostado la muy zorra con medio pueblo o con algún casado y por eso se empeña en callar. Menos mal que madre ya no vive para verte. Pero si sigues así, sin decir quién fue, ya sabes lo que te espera.

         Le esperaba lo que a todas las mozas de mi pueblo que quedan preñadas y no tienen a nadie para responder. Irse. Nunca más supimos de ella ni nadie volvió a pronunciar su nombre.

         Y ahora estaba allí, sentada en la cama medio desnuda y llorando por dentro. De pronto se levantó y, acercándose, fue y me dijo: "¡Ay, Teo! Mi Teo ya es un hombre. Un hombre que se dedica a ir con malas mujeres para gastarse el dinero y pillar lo que no tiene."

         Y cuando le contesté, y aún no sé por qué, que era la primera vez que iba a una casa, me preguntó que si nunca había estado con una mujer. Denegué con la cabeza. Entonces ella acarició mis cabellos y dijo como  para sí: "Con quién mejor que con la propia hermana."

         La aparté de un empujón. Pero ella, con una sonrisa triste, me dijo: "¿Por qué no con el hermano, si antes ya lo hice con el padre? " Y al ver mi gesto de asombro, susurró. "Claro, tonto. Por eso estaba tan callado padre, y yo tenía que callar también."

PULSA AQUÍ PARA LEER  RELATOS RELACIONADOS CON LA INICIACIÓN ERÓTICA

ir al índice

EL VIEJO

      Generalmente en el patio no nos mezclábamos los políticos con los comunes, pero yo me saltaba la regla cundo veía al viejo perorando ante un círculo de novatos.

      La verdad es que el viejo tenía prestancia. Tenía prestancia aun en la cárcel, con su traje raído y su camisa sucia, pero siempre bien aseado y afeitado. Alto, delgado, con el pelo blanco y unos ojos oscuros y melancólicos, con el atavío adecuado aquel viejo bien podría haber salido de un cuadro del Greco.

      Y luego estaba su habla, pausada y cuidadosa, como escuchándose a sí mismo...Aquel hablar tan distinto de la balbuciente jerga de los jóvenes chorizos a quienes se dirigía de una manera despectivamente paternal.

      _Porque comer _decía_ lo que se dice comer, es algo que vosotros ignoráis. Estoy abrir boca unos camarones o unos percebes con un buen Alvariño. ¿A que vosotros no sabéis lo que es eso? ¡Qué vais a saber! ¿Sabéis lo que es un hígado de ganso trufado, graso, aromático y tan suave que se deshace en la boca? ¿Y una lubina a la sal?  Aunque, hablando de pescados, sin despreciar el salmón a la parrilla, ni el rodaballo, ni unas cocochas con una salsa bien ligada, para mí no hay nada como una cazuelita de angulas en su punto. Pero, claro, vosotros de todo esto, ni idea...Y para qué os voy a hablar de la terrina de becada, de las codornices asadas en pimientos morrones, del faisán a las uvas de la pularda en chaud_froid o de la langosta a la americana. Por no mentar cosas menos sofisticadas, pero tan deliciosas como un chuletón de ternera de Ávila o un cordero lechal bien asado. En fin, para qué seguir. Como vosotros no tenéis ni idea de lo que es todo esto, ni siquiera al hablar yo ahora de ello se os puede hacer, como a mí, la boca agua.

       _No te rías. ¿Tú te crees que yo no he comido esas cosas? Pues te voy a decir que las he comido muchas veces y que las volveré a comer. No soy millonario, no. Soy un pobre como vosotros. Pero la diferencia está en que yo tengo un traje. ¿Sabéis lo que es eso? No, tampoco lo sabéis. Vosotros creéis que un traje son esos pantalones vaqueros y esas camisas blancas mugrientas estampadas con el letrero de "Universidad de Berkeley". ¡Universidad de Berkeley!  A la vista salta vuestra Universidad...No, un traje es un traje.  Un terno oscuro, de pura lana inglesa y unos zapatos italianos y una camisa de seda impecable y una corbata a tono, elegante y discreta, y el correspondiente sombrero. Si, no te burles: el sombrero sello de señorío, hoy desterrado por esta ola de vulgar mediocridad que nos invade.

       >>Así que, como os digo, yo tengo un traje. Y además del traje, tengo otra cosa que vosotros no tenéis ni tendréis jamás: señorío, prestancia, saber estar...En otras palabras: ser un perfecto caballero.

       >> Por eso, este caballero cuando dentro de un mes cruce esa puerta, tras descansar durante unas semanas y pasear y tomar el sol, un buen día se pondrá su traje y bien afeitado y perfumado cogerá un taxi y se dirigirá a un cuatro o cinco tenedores que haga más de dos años que haya visitado o que no haya visitado nunca. Y allí elegirá cuidadosamente el menú, comentando con el camarero la carta de vinos y encargando los más apropiados para el caso, porque no en vano uno tiene práctica y sabe de estas cosas. Y durante un par de horas comerá y beberá lenta y pausadamente, degustando como se merece la ocasión. Y tras los postres, mientras le sirven el café, llamará a la cerillera y le comprará un buen puro sin reparar en el precio, pues un día es un día. Y saboreará el habano con su copa de Napoleón o de Carlos I, pues ambos emperadores me van. Y mientras sacude la última ceniza llamará al camarero y le dirá en voz baja: "Por favor, sin escándalo, sin alterar ni molestar a los demás clientes: ¡Llame a la policía! " "¿Qué dice, señor?", me responderá el perplejo camarero. "Lo que ha oído. Que llame a la policía. Que no tengo ni chapa." Entones el camarero se entrevistará con el maitre, y éste vendrá a mi mesa, y yo pacientemente le expondré las mismas razones. Y al fin, convencido y resignado, telefoneará a la policía y se presentarán al cabo de un rato dos buenos amigos que me dirán risueños. "¿Pero tú otra vez, Manolito?" Y saldré entre ellos del restaurante,  y tras cambiarme de ropa con su amable permiso, regresaré otra vez aquí para disfrutar durante una temporadita del rancho que nos proporciona el Estado.

(Veinticinco instantáneas y un prólogo)

 

PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS SOBRE PRESOS

ir al índice

TORITO

    Aquel domingo, tras el partido de fútbol había boxeo. Cuando se lo conté a mamá, protestó.

    _No sé _dijo_ cómo los frailes os llevan a esa brutalidad.

    _Si boxea Torito... Es de mi colegio. Como vivía con los frailes, yo creía que él también lo era, pero Alejandro me desengañó:

    _Tú eres tonto. Es un hermano lego. ¿ Lleva acaso sotana? Además, siempre está trabajando en la huerta. ¿ Y tú has visto a los frailes trabajar?

    Sí, Torito siempre estaba trabajando en la huerta. Cuando entrábamos en ella para recoger alguna pelota que habíamos echado tras la tapia que la separaba del campo de juego, allí lo encontrábamos. Nos admiraba la facilidad con que cargaba los sacos.

    _Éste _dijo un día el padre Jesús_ es capaz de matar un pollino de un guantazo.

    Como tenía tanta fuerza, todos pensábamos que Torito podría ser boxeador. Y ahora iba a boxear. Tras levantar el ring al final del partido, saltamos todos al campo. Alejandro y yo nos pusimos en primera fila.

    El combate inicial era de aficionados. Boxeaba un chico de séptimo que iba al gimnasio de don Andrés y un alumno de la Academia Militar. Alejandro me dijo que aquella pelea no valía nada pues boxeaban con guantes de entrenamiento que marean, pero no hacen daño. Además ése, añadió señalando al del colegio, es un manta. Mi hermano Gerardo le ha achantado más de una vez.

    Aunque los del colegio animaron mucho, el combate fue aburrido. Apenas se pegaron. Al final dieron nulo.

    El segundo, de profesionales, ya era otra cosa. Peleaba Gascón, que había sido campeón de España, contra El Vallecano.

    Gascón lucía un flamante batín rojo. En cambio El Vallecano llevaba un gastado albornoz azul. Era calvo y parecía muy mayor.

    Un señor que estaba detrás de nosotros comentó a su compañero.

    _¡Vaya combate que nos han preparado! Menudo tongo.

    En el primer asalto Gascón comenzó a bailotear en torno a su contrario al tiempo que alargaba de vez en vez su brazo izquierdo, tocando con su guante la cara de su rival.

   _Fíjate qué juego de piernas y cómo puntea _me dijo Alejandro que entendía mucho porque su hermano Gerardo compraba todos los días el Marca.

   Aunque parecía que aquellos golpes de Gascón no hacían daño, sí debían de hacerlo, pues cuando acabó el asalto El Vallecano tenía toda la cara colorada y sangraba un poco por una ceja.

   El segundo asalto comenzó como el anterior, con Gascón bailando sobre la punta de los pies y tirando golpes con su izquierda. De pronto uno de esos golpes de izquierda fue seguido por uno de derecha. El Vallecano cayó al suelo. El árbitro se acercó y comenzó a contar. Apenas había contado tres o cuatro cuando se levantó el boxeador alzando su brazo derecho. Entonces, desde su rincón, tiraron una toalla.

   _Abandono _me aclaró Alejandro mientras el señor de atrás le decía a su vecino que aquello había sido un tongo.

   El tercer combate era el fetén, el de Torito. Cuando apareció, todo el campo comenzó a gritar animándolo.

    Torito boxeaba contra el hijo de Gascón. Éste, como su padre, vestía un resplandeciente batín rojo y llevaba el pelo peinado con gomina. Torito vestía un viejo albornoz blanco. Cuando se despojaron de sus batines todo el mundo pudo ver que el lego era el doble de ancho que su rival.

   _A ese pollo _le comentó su compañero al señor de atrás que había dicho lo del tongo_ le descuajaringa nuestro paisano de un guantazo.

   _Bah _contestó el otro_. No es oro todo lo que reluce demasiada berza conventual.

    Empezó la pelea en medio de un griterío de ¡anda Torito! Éste tiraba tortazos con la derecha y la izquierda, lo mismo que nosotros cuando nos pegábamos, pero no alcanzaba ninguno a su rival que bailoteaba sobre sus pies al par, que como hacía su padre, alargaba el brazo golpeando la cara de Torito que, al fin del asalto, ya tenía un ojo a la virulé. El segundo fue lo mismo. El nuestro venga a tirar tortas sin dar ni una, y el Gascón baila que te baila y pega que te pega. El público ya casi no gritaba, y cuando acabó el asalto Torito tenía el ojo empavonado cerrado por completo.

   Ante la desilusión de todos el tercer asalto continuaba igual pero, casi al final, uno de los tortazos de Torito alcanzó al jovencito que se derrumbó como un saco.

   Mientras el árbitro iniciaba la cuenta, todos empezamos a saltar y a gritar. Sobre la algarabía se alzó una voz poderosa que gritó exultante: «¡Éstas son las hostias que dan los de mi pueblo!»

   Pero antes de terminar la cuenta, el caído se levantó. Todos creíamos que Torito lo iba otra vez a tumbar, pero Gascón se agarró a él, y aunque el árbitro los separó volvió a agarrarse. Entonces sonó la campana.

    En el descanso Gascón padre mojó con agua la cara de su hijo y le dio aire con una toalla, mientras le decía algo que no pudimos escuchar.

    Empezó el último asalto. Todo el campo gritaba a Torito que le rematase ya, pero su contrario bailoteaba de nuevo y los tortazos  de Torito se perdían en el aire. Y ahora Gascón, además de golpearle en la cara con la izquierda, también le golpeaba en el estómago. Finalizado el asalto Torito, jadeante, apenas se podía mover. Tenía los brazos bajos y el otro le pegaba una y otra vez en la cara, que la tenía cubierta de sangre. Yo sentí un calambre en el vientre, como si tuviera ganas de vomitar.

   Acabó el combate. El árbitro alzó el brazo de Gascón Junior quién a su vez, alzó el de Torito abrazándolo. Todos empezamos a aplaudir. Antes de irnos, pude escuchar cómo el señor de atrás le decía a su compañero.

   _Le ha dejado hecho un santo Cristo. Y es que, hasta para ser boxeador, hay que ser inteligente.

   Unos días después, al pasar a la huerta a coger una pelota, encontramos a Torito. Estaba cavando, y aún mostraba en su cara algunas huellas del combate.

   _Pudiste ganar, Torito _dijo el Alejandro_. Si el tercer asalto dura algo más, lo tumbas.

   Él no contestó, limitándose a sonreír con su sonrisa bondadosa y bobalicona.

   Entonces, no sé por qué, a mí se me ocurrió decir:

   _Es que, para ser un buen boxeador, hay que ser inteligente.

   Sonrió de nuevo. Después, dejando la azada en el suelo y apoyando sus manazas sobre nuestras cabezas, dijo:

   _Claro. Por eso yo seguiré siempre aquí, cavando...

 

ir al índice

                                                                                                   La vecina
     
De la nueva casa lo que más le desagradaba era el portal. El piso de la segunda planta, donde vivían, era un piso más de casa pobre; pero aquel portal con su pila en el rincón y su retrete moruno y la puertecilla siempre cerrada frente a la escalera, le produjo nada más verlo una penosa impresión de sordidez.
      Cierto mediodía, cuando regresaba de clase, se encontró al fin con la vecina del cuartucho situado frente a la escalera. Al verla le dio un vuelco el corazón. Aquella viejecilla que salía del tabuco era uno de los pobres que buscaban calor y limosna en el pórtico de la iglesia de su colegio.
      A partir de entonces vivió con el temor de que alguno de sus compañeros viera entrar o salir de su portal a la vecina. Más tarde, cuando madre tomó la costumbre de bajar un vaso de leche a la viejecita, temblaba al pensar que ésta, cuando entrase en la iglesia, le dedicara una sonrisa, un saludo, un gesto cualquiera de reconocimiento. Pero la anciana permanecía en su rincón, con los ojos fijos en el suelo, como si no viese el tropel de niños que cruzaba frente a ella. Y él experimentaba un sentimiento de alivio que se tomaba en angustioso temor cuando, junto con otros compañeros, se aproximaba al portal de su casa.
     Una tarde, al regreso del colegio, se sorprendió al ver la puertecilla abierta y que en el cuartucho había un hombre y una mujer joven hablando a voces. Cuando entró en su casa su madre disipó su sorpresa diciendo:
      _ La viejecita, la pobre señora María, ha muerto esta noche. Por la mañana me extrañó ver la puerta entreabierta, y entré. Estaba tendida en su cama, ya fría. Se ve que no tuvo fuerza para cerrar la puerta y la dejó entornada.
      Yo misma la he tenido que amortajar.
      _¿Quiénes son los que están en el cuarto?
      _Son sus hijos. Nunca, desde que vivimos en esta casa, habían aparecido por aquí, pero no sé cómo se enteraron de su muerte. Me dio tanta vergüenza viendo lo que hacían que me subí. Se peleaban por los cuatro trastos que tenía la pobre y rebuscaban por todos los rincones por si guardaba algún dinero. ¡Son peores que cuervos!
      Al bajar por la mañana, aún estaba abierta la puerta de la viejecita. Cuando entró en la iglesia, no pudo dejar de mirar el rincón, ahora vacío, donde ella se sentaba.
      Recordó lo que le había contado su madre de los hijos, y pensó que cómo podía ser la gente así...
      Cuando regresó, la puertecilla estaba cerrada.
      _¿Ya no están ...? _preguntó a su madre.
      _No _le respondió_. La enterraron esta mañana. Fue un entierro de caridad, en el carromato de los pobres.
      Se asomó a la ventana. Lucía el sol, y a él le pareció que aquél era un día radiante, que aquella luz dulce como la miel se le metía por dentro borrando su angustia, sus temores, bañándole en su serena alegría. Su vecina, la vieja mendiga, ya no podría avergonzarle.
 

ir al índice

                                                                                          En el descansillo
     
Ahora, cuando me levanto, se hace la dormida aunque yo bien sé que no duerme, que me está vigilando. Al principio no. Enseguida me la armaba, conque si estaba loco y lo que iba a decir el vecindario si me veía, como si a mí me importara lo que el vecindario pueda decir. Pero luego, viendo que todo era inútil, desistió. Y ahora, cuando me levanto, se hace la dormida aunque yo bien sé que está muy despierta, gimiendo y suspirando.
      Y si me salgo no es porque la tenga inquina como cree, sino porque la niña no quiere entrar. Si se lo dijera, le iba a doler, y por eso me callo. Pero a veces me dan ganas de decirle que yo salgo porque si no la niña no entra, porque sólo desea verme a mí y no a ella, porque es a mí a quien quiere y a ella nunca la ha querido, o al menos no la ha querido como a mí.
      Además yo sé cuándo tengo que salir. Estoy en la cama, a veces ya dormido, y de pronto se hace como una luz en la cabeza que me dice: «Esta noche va a venir». Entonces me levanto y si hace frío me envuelvo en una manta, salgo al descansillo y me siento delante de la puerta. Y allí me estoy, a oscuras, esperándola.
      Al principio sí eran un apuro los vecinos. Cada vez que se encendía la luz de la escalera sentía un sobresalto y deseaba que el ascensor no se detuviera en mi planta. Porque, cuando se detenía, ya estaban las preguntas de que qué hace usted ahí, o de es que se encuentra usted enfermo; y yo me callaba sin miradas siquiera, pero como insistían acababa por decirles: «Por favor, estoy bien, déjenme en paz, por favor». Pero ahora ya se han acostumbrado y entran en su piso como si no repararan en mí.
      Así que me siento bien abrigado y tranquilo, esperando que venga. A veces en la espera me da por pensar. Y siempre me viene a la cabeza aquel día y cómo el médico cuando vino dijo que era la garganta, y por la tarde empezó a dar gritos por el dolor de cabeza y estaba abrasada de fiebre y el cuerpecito lleno de manchas rojas. Y a poco de llegar al hospital salieron para decirnos que había muerto. y pienso en todo esto mientras estoy esperando a oscuras, sentado delante de la puerta. Y lloro otra vez, pero ahora ya no lloro como entonces sino que mis lágrimas son unas lágrimas dulces y tranquilas porque sé que ella ha de venir.
      Viene y se acurruca junto a mí, y yo la envuelvo en la manta para que no tenga frío. Y le pregunto por preguntar, pues de sobra sé su respuesta, si no quiere entrar en casa y ver a su madre. Pero ella niega con la cabeza, apretándose más a mi. Y hace bien, pues su madre no la quiere como yo la he querido, y hasta sería capaz, la muy tonta, de ponerse a gritar de miedo. Así que permanecemos los dos juntos, sentaditos en la oscuridad. Y otra vez siento la tibieza de su piel, suave como una rosa, y el olor
a tierra húmeda de su pelo. Y mi pecho se llena de ternura al tener de nuevo junto a él a mi pequeña, mi hijita...


.

ir al índice

                                                                                              El alemán
    
  _Seguro que es alemán.
      Desde luego no podían deducirlo por el uniforme, tan roto y polvoriento que no dejaba adivinar su traza original. Por su cara ancha y sonrosada y el rubio de los cabellos, sí presentaba un aspecto germánico. Aunque también podría ser polaco, o checo, o cualquier cosa. Cualquier cosa menos español.
      Estaba tendido en la tierra, rodeado por los seis hombres que le contemplaban mientras dejaban descansar en la tierra los mosquetones. Una mancha roja teñía la pernera del destrozado pantalón. Juan se sentó a su lado y, tras examinar la pierna, dijo:
      _Mal aspecto tiene esto, amigo. En cuanto te descuides, ya tienes la gangrena.
      _Seguro que es alemán _repitió Felipe_. ¿Doislan... tú doislani?
      _¡Ya, ya! _exclamó el hombre mientras se le iluminaban vivamente los ojos.
      _Veis como es alemán.
      Juan le estaba limpiando la herida con tintura de yodo. Debía tener la pierna muerta, porque no hizo ningún signo de dolor.
      _Pero lo que importa saber _terció Eugenio_ es si es de los nuestros o de los otros.
      _Cualquiera sabe _replicó Felipe_. ¿Tú comunista o fascista? _le interrogó_. ¿Qué eres tú? ¿Estás con Hitler y Franco o con la República?
      Allá a la izquierda, como a unos diez kilómetros, comenzaron a tronar los cañonazos.
      _Y esos que suenan _terció Paco_ ¿con quién están, con Franco o con la República?
      Llevaban ya tres días perdidos desde que la ofensiva rompió sus líneas separándolos del batallón. Los disparos les indicaban dónde estaba el frente, pero no quiénes eran los suyos.
      Juan sacó un paquete de picadura. Lió un pitillo, arrojó el paquete vacío al suelo y, tras una chupada, le puso al alemán el cigarro entre los labios.
      _Bueno, amigos _dijo_, es hora de seguir. Por la diferencia entre el resplandor y el sonido de los disparos calculo que en hora y media estaremos allí.
      _¿Pero y si son los otros? _objetó Paco.
      _Mala suerte. ,
      _¿Y con éste que hacemos? Seguro que también se ha perdido durante la ofensiva. Pero con esa herida, no puede ni moverse.
      Juan sacó del macuto una botella con un resto de coñac y la acercó a los labios del herido, que bebió ávidamente.
      _Coño _gruñó Felipe_, el tabaco es tuyo y puedes hacer el buen samaritano, pero el coñac es de todos y lo necesitábamos.
      Juan no contestó. Arrojó al suelo la botella vacía y emprendió la marcha.
      _Pero _insistió Felipe_ ¿qué hacemos con éste?
      En un rápido movimiento Juan se volvió y disparó al alemán. El tiro le alcanzó en plena cabeza.
      _¡Pero qué has hecho! _exclamó Felipe_. ¿Y si fuese de los nuestros?
      _ Entonces es que también él, como a lo peor nosotros, tuvo mala suerte.


 

ir al índice

                                                                                        Cuando vuelva papá
      Al ir a dormir, mamá nos contaba cuentos. Ahora ya no. Ahora, por culpa de Elenita, sólo nos cuenta lo de cuando vuelva papá.
      Fue Elenita quien empezó, pues una noche, después de cenar, preguntó: «Mamá ¿qué ocurrirá cuando papá vuelva?», «Cuando vuelva papá _respondió mamá_ te esconderás debajo de la cama.» «¿Y que dirá papá?» «Pues papá preguntará que dónde está su niña que no sale a recibirlo.» «Y tú dirás ... _saltó Elenita_ que me han robado los gitanos.» «Sí, eso es lo que diré. Y entonces papá encaminándose hacia la puerta, gritará: «Ahora mismo me voy a buscar a mi niña.» «¿Yqué harás tú?», preguntó mi hermana. «Pues yo _respondió mamádiré: «No seas tonto que todo ha sido una broma, que tu niña está aquí.»  Y tú saldrás de debajo de la cama, y papá te cogerá en brazos y te dará muchos besos y luego se sentará en su butaca y teniéndote sobre sus rodillas te cantará esa canción que siempre te cantaba para dormirte». «¿Y me traerá algo? _interrumpíó mi hermana.» «Pues claro, tonta, cómo no te va a traer. Te traerá un muñeco llorón, y una casita de juguete, y una cocinita con todos los cacharritos para que juegues a las comiditas.» «Y a mi hermano, ¿qué le traerá a mi hermano?» «Pues a tu hermano le traerá un patinete y un balón y un libro de cuentos.» «Y entonces _dijo Elenita_ todos estaremos muy contentos y seremos muy felices.» «Sí,hija mía, todos seremos muy felices.»
      Y éste es el único cuento que, por culpa de Elenita, ahora nos cuenta mamá antes de irnos a dormir. Siempre con las mismas palabras, con las mismas preguntas y respuestas que la primera vez, pues si cambia algo mi hermana se enfada y tiene que volver a ser como entonces. Esto es lo que cuenta una y otra vez, pues mi hermana quiere que lo repita hasta que al fin se queda dormida. Entonces mamá la toma en sus brazos y la lleva a su cama. Y yo me acuesto junto a ella mientras mamá pasa a su
habitación para acostarse en la cama grande donde antes se acostaba con papá. Pero muchas veces, antes de dormirme puedo escuchar cómo mamá está llorando, llorando despacio, pero interminablemente. Llorando como lloraba el día en que llegaron aquellos hombres con fusiles y cogieron a papá y lo subieron en un camión y se 1o llevaron sin que desde entonces lo hayamos vuelto a ver.

ir al índice

                                                                                                 Serapio
      
Y bien me sé yo que el Serapio siempre ha tenido pocas luces y que es más bien flojo y algo ido, pero no por mala ley sino porque cada cual es como es y él nació así.  Y tampoco sé yo si es que nació así o le hemos hecho así entre todos, empezando por padre, que desde el principio le tuvo mala voluntad. Porque bien mirado él no tuvo la culpa de que madre muriese en el parto sino que fue su mala estrella, esa mala estrella que le acompañó al nacer y de la que ya no pudo desprenderse. Pero a padre se le puso entre ceja y ceja y yo creo que en el fondo bien que deseaba que la leche de cabra con que le criaron se le volviera tósigo y reventase. Pero no reventó, sino que mal que bien fue saliendo adelante aunque eso sí, algo desmedrado y fifirichi, porque no es lo mismo criarse con leche de cabra que con la teta de la madre.
      Él no es que valga mucho; a decir verdad vale bien poco. Pero padre tampoco le ha ayudado y siempre le ha tratado mal. No es que le pegase, porque padre no es de los que pegan, pero hay cosas que duelen más que los golpes. Y esa manera que tiene padre de reírse de él y hacerle de menos yo sé que ha ido minando al Serapio y acentuando su hosquedad y esa forma de ser suya, siempre taciturno y con la mirada perdida, como si estuviese en las Batuecas. Y es que para padre todo lo que hace está mal
hecho y yo no digo que esté bien, pero tanto machacar y machacar no puede llevar a nada bueno y hasta una gota tras otra y tras otra acaba por horadar la piedra.
     Y esto ha sido así desde niño, que bien me acuerdo cómo se reía cuando Serapio de chico se ponía a ordeñar la cabra y ésta, cuando la colodra estaba medio llena, soltaba su cagada en la leche. Y después, ya algo mayor, cuando iba con las ovejas y dejaba que se metiesen en el sembrado, ya teníamos a padre pregonando que ni para pastor servía: y así siempre.
      Todo tiene un límite. Por eso hoy, cuando delante de Justino y el Agapito, padre empezó con que si él araba tres hazas mientras su hijo araba una, estalló mi hermano y dijo que si él no araba más y más derecho que mi padre se la cortaba. Así que de la discusión pasaron a los hechos y ocurrió lo que tenía que ocurrir, que fue padre quien aró más y mejor. Y mientras mi padre hacía reír a Justino y al Agapito a costa de mi hermano, éste, mohíno y cabizbajo, se fue sin decir palabra hacia el cueto y ésta es la hora en que, a pesar de haber anochecido, sigue sin aparecer.
      Estábamos terminando la sopa cuando se abrió la puerta de golpe y Serapio se detuvo un momento en el umbral. Al verle con la azuela en la mano, me levanté temiendo que fuera a matar a padre. Entonces fue cuando me di cuenta que toda la parte delantera de su pantalón estaba enrojecida. Soltó la azuela, avanzó tambaleándose hasta la mesa y tiró dentro del plato de padre un pingajo sanguinolento. Era su hombría. Antes de desplomarse, aún pudo gritar: «Téngala padre, es suya. Usted me la ha ganado».

ir al índice

poesías

                              

              Llora hoy mi corazón tierno y doliente

 

y llora por la dicha que da el llanto,

por ver el lloro transformarse en canto

¡oh gemir cantarino de la fuente!

Y siente que el llorar va, dulcemente,

envolviéndole en tierno y claro encanto

que adormece el dolor que, mientras tanto,

surge en el corazón pujante, ardiente.

Dolor que no es de ahora, que ha nacido

al sentir que lanzaba en su latido,

con la sangre vital, también su vida.

Y el corazón, preñado de temores,

quiere llorar, por nada, por las flores...

y cantando este llanto, ver si olvida.

 

ir al índice

El dolor que me agobia es ya muy viejo,

es el que da el morirse lentamente,

sin estridencias...¡ oh dolce far niente

de este largo morir  cara al espejo!

Y estoy muriendo aquí mientras bosquejo

un verso melancólico y doliente;

mientras, vana aventura de la mente,

pongo en rima el dolor de que me quejo.

Y estoy muriendo aquí, sin un aullido,

sin que mi sangre exalte su agonía

en protesta feroz, desesperada...

Sin novedad heroica...En un latido

apagado y vulgar que, día tras día,

me empuja inexorable hacia la nada.                   

ir al índice

                                                 

 

Canciones

 

 Atardece ...En mi cuarto se desangran las rosas.

En el cuarto en penumbras, en un jarro azulado

un manojo de rosas se va tornando muerto.

Lentamente su sangre brota y brota, mecida,

por el tic_tac monótono de un reloj grande y viejo.

Atardece...en la sombra la más dulce agonía:

Un perfume liviano y un desmayo de pétalos.

                   

           

¡Ha florecido el sol en el camino!

El sol en el camino es ya cristal y nieve.

Campánula de alegre mirar

¡qué alegre tu mirar de amanecida!

Campánula, mi alma espera tu latir celestial.

Rompa la miel añil de este cielo el tañir

cristalino, argentino, de tu cáliz de nieve.

Mediodía gentil en el camino.

Blancor humilde y breve.

¡Flor del espino!

            

 

Era, amor,

sobre los trigos en flor,

mi carne un rojo clavel.

Ahora, los trigos segados

mi carne, jazmín ajado

sigue soñando con él .

¡ Ay, amor!

¡ Ay, clavel !

                    

 

Y ahora llueve...Gris fino en las mejillas

de una tarde de otoño que enfermó de improviso.

Gris nostalgia en los ojos azules de una niña

blanca y débil _sonrisas entre un toser cansino_.

Y ahora llueve...Chabolas goteantes,

gris de fango, _traperos a la orilla del río_.

De la  tierra se eleva un perfume de vida

y en el cielo aletea la esperanza de un lirio.

 

Campo de Marte..... Vagan los fantasmas

de olvidados guerreros.

La pluma real del indio...El oriflama

de la proeza idílica y sangrienta...

Éramos niños...Tristes fantasías

de una marchita historia.

Cuando el verano despojaba al río

de su veste de sierpe congelada,

cuerpos desnudos, saltos, zambullidas...

Grecia ya rota, roto ya Alejandro.

Invisible chicharra trepanaba

el erial silente y ardoroso...

La cizaña, los cardos, los lampazos,

  resecada miseria...            

 

Y muy cerca también, bajo el profundo

azul y azul, iglesias y palacios,

acueducto sin agua, caserones,

desfile de cadetes caballeros,

pardos seminaristas, negros frailes,

levítica ciudad, colegio umbrío,

mes de las flores, sexto mandamiento,

Historia Universal, Gloria de España,

traducción de latín, racionamiento,

tercer año triunfal...Campo de Muerte...

ir al índice

                                                 

LA  LLUVIA

 Llueve. Llueve en el campo...Ya son grises

los agrios amarillos de los secos rastrojos,

los patatares verdes, que, junto a los trigales

tendidos, al pobre brindan monótono alimento.

Llueve...Llueve en el campo, y el cielo de Castilla

tiene un color hermano al de la llana gleba.

Y el aire es una masa de gris constante y frío,

uniforme atonía que une el cielo y la tierra.

Una yunta de bueyes mansamente camina,

húmeda mansedumbre que sufre el agua mansa.

El hombre que los guía, en un capote envuelto,

se pierde, oscuro barro que en el barro se hunde

en el gris sucio...Llueve en el campo...Llueve..

 

 Llueve...Llueve en el río. Corazón fugitivo

que late largamente con mil saltos de peces.

Agua turbia y fangosa, gris movedizo y sucio,

antes claro camino que el cielo reflejaba.

Como un jardín soñado, en su espejo temblaban

los álamos y chopos que pueblan sus riberas

y la lluvia ha borrado aquel parque fingido,

mientras se inclina el sauce como un perro mojado

y los chopos y álamos, tristemente desnudos,

se agrupan y tiritan...Llueve en el río...Llueve...

 

 Llueve...Llueve en la urbe. Y el asfalto anticipa

un Iris que las casas taparán en el cielo,

y mil patios se limpian con el agua tranquila

y las calles calladas juegan a ser arroyos

y lánguidos paraguas lloran lutos extraños

y la gente se agrupa en los anchos portales.

 

Llueve ...Llueve en la urbe. Sobre fuentes radiantes

coronadas con mármoles de dioses mitológicos,

sobre las anchas losas de las cuadradas plazas

jalonadas por viejos faroles melancólicos,

sobre parques cuidados con un  marchito esmero

de un pasado Versalles, flor de la geometría,

sobre avenidas largas, con el grito ondulado

de las rojas serpientes de las luces de neón,

sobre avenidas largas, con la melancolía

esférica y humilde de tranquilas acacias,

sobre avenidas largas, donde los automóviles

con sus ojos anfibios rompen el gris informe,

sobre plazas pequeñas y humildes, cual las viejas

que en ellas toman, lentas, el dulce sol de invierno,

sobre blancos palacios y polícromos cines,

sobre el brillante vidrio de los escaparates,

sobre los vertederos, en donde las cloacas

se abren plenas de un agua fangosa y turbulenta,

sobre los vertederos, donde ratas inquietas

se amontonan, hinchadas y grises como fango,

sobre tristes chabolas, que en lejanos suburbios,

se amontonan, hinchadas y grises como ratas,

sobre tristes chabolas y plazas y palacios

y calles asfaltadas, llueve en la urbe...Llueve.

 Llueve...Llueve en el mundo.  En el mar gris de acero,

en el mar gris de acero y azul de las tormentas,

en las playas crujientes de mariscos podridos

y en espesos pinares de un azul ceniciento,

en pequeñas ciudades provincianas dormidas

_lluvia en turbión, furioso barbotear de las gárgolas_,

en pequeñas ciudades provincianas dormidas

_lluvia tranquila y lenta y cansada y monótona_,

en aldeas perdidas en la seca planicie,

en aldeas desnudas y solas como niños,

en las grandes ciudades y en los puertos oscuros,

en estaciones viejas, grises y abandonadas,

en selvas tropicales, como un bosque furioso

que se desploma trágico sobre el bosque dormido,

en iglesias ruinosas y aislados cementerios

como una humilde muerte sobre la humilde tierra.

 ¡Oh la lluvia, la lluvia! ¡La lluvia sobre el mundo!

Lluvia rauda y furiosa, o tranquila y eterna.

Solo algo gris y lento que baja gota a gota,

que baja gota a gota como algo gris y lento,

como algo gris y lento que baja eternamente,

que baja eternamente, largo y viscoso beso.

¡Oh la lluvia, la lluvia, la lluvia sobre el mundo!

La lluvia sobre el mundo, la dulce y triste lluvia:

como surcos o álamos eternos y constantes,

como lágrimas grises o como grises días.

Tiempo, tiempo tranquilo, tiempo tras los cristales,

tiempo que se desliza insensible y cansado,

tiempo que se desliza, la mano en la mejilla,

insensible y cansado, lluvia tras los cristales.

Huida gris y lenta de días melancólicos

como un agua continua que baja gris y lenta.

Sobre el campo y las calles y la vida que fluye,

como días iguales y grises y constantes,

en el campo, en la calle, en el río que fluye

igual gris y constante, llueve en el mundo...Llueve...     

                

ir al índice

 LA CARTA OTORGADA

 La Reina, llena de ardores

 abraza al palafrenero.

 El mozo, gallardo y fiero

 le enchufa de mil amores

 su descomunal madero.

Y al sentirse taladrada

 por la dicha enajenada

 chillando como un marrano,

 exclama en su calentura,

 perdida toda mesura :

¡VIVA EL PUEBLO  SOBERANO!

 

ir al índice

En todos los cementerios

de Nebraska, Wisconsin y Ohio,

los jóvenes muertos tendrán coronas de flores

con recuerdos de Mamy, tía Ketty y la adorada Molly.

Pero algunos jóvenes muertos

no están en Nebraska, Wisconsin ni Ohio:

yacen en una tierra ignorada,

aunque muy nombrada por los periódicos.

Ninguna corona de flores

con cariñosos recuerdos hay en sus tumbas ;

por otra parte, no hay ninguna tumba,

pues todo lo borra el monzón.

 Cual delicadas mariposas

hasta Nebraska, hasta Wisconsin  y hasta Ohio

llegan los telegramas concisos

notificando el triste suceso.

Y llega también la medalla

y la mención especial que comunica

a Mamy, tía Ketty y la adorada Molly

que su niño murió heroicamente.

Papá y los demás veteranos

pensarán que es el peso de la gloria.

La gloria que conlleva ser

bastión de la libertad.

 Y Johnny, el hermano menor,

al ver en la tele los bravos comandos,

imagina que alguno de ellos

es su muchacho perdido.

Y sueña en el día aún lejano

que él también logrará la honra

de ser en tierras extrañas

bastión de la libertad.

Y mientras Mamy, tía Ketty y la adorada Molly

miran con nostalgia las fotos,

papá se enjuga una lágrima

al ver cómo alza la Bolsa.

Después de todo, es lo importante,

y bien pensado tampoco es tan grave

que falten flores en alguna tumba

de Nebraska, de Wisconsin o de Ohio

 PULSA AQUÍ PARA LEER POEMAS SOBRE HECHOS O PERSONAJES HISTÓRICOS

ir al índice

PULSA AQUÍ PARA ACCEDER A UN RELATO COMENTADO POR EL AUTOR

AQUÍ PARA LEER UN CUENTO SUYO COMENTADO

AQUÍ PARA LEER UNA CRÍTICA A SU TRILOGÍA LA PLAZUELA DE SAN JUSTO

AQUÍ PARA  UNA CRÍTICA A SU ANTOLOGÍA DE RELATOS ESPEJOS DE SOLEDAD

 Y AQUÍ PARA  UN  ESTUDIO SOBRE ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN

 

IR AL ÍNDICE GENERAL