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Deseando morir,  estoy rendido...

Al cisne

Epigrama

El segundo Claramonte

Entremés del Comisario contra los malos gutos

Entremés de La castañera.

Deseando morir, estoy rendido

a esta vida inmortal con quien peleo,

mal se me cumplirá ningún deseo

si el de morir aún no se me ha cumplido.

Yo, de la muerte pretensor, perdido

de mi solicitud el tiempo veo,

si no es que como tal vida poseo

en ella viene lo que yo he pedido.

Oh muerte, tantos años pretendida,

que has de venir después de haber gastado

en esta pretensión toda la vida.

Entonces poco te estaré obligado,

pues vendrás perezosa y divertida

más que por mí para cumplir el hado.

 

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AL CISNE

Ave de nieve que rompiendo espumas

de ese cristal lascivo donde cantas,

las cándidas espumas que levantas

son igual competencia de tus plumas.

No es bien que cuando mueres lo presumas,

porque tu vida empieza en lo que cantas,

que a tus méritos propios te adelantas,

para adquirir las alabanzas sumas.

Cantando con espíritu del cielo,

 te despides del orbe de la tierra:

que allá premio a sus méritos previenes.

Mas si es tu voz un cielo acá en el suelo,

lo por nuestro daño se destierra,

que en ella misma lo que buscas tienes.

 

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EPIGRAMA

 

Si antes que sepa juntar

 las letras, al niño que es

 hijo mayor del marqués

le enseñan a galantear,

Camila, no lo desdores,

calla y baja la cabeza,

que hasta ignorar es grandeza

y mérito en los señores.

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por llenar más presto el vaso,

no fue al monte del Parnaso

por agua, sino a Belmonte;

ya en soberbia es Rodamonte,

porque en Belmonte le han dado

el estilo más rodado;

y pudiéranlo excusar

que él tiene para rodar

una bola en cada lado.

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Salen Alejandro el Comisario y Marcelo. Alejandro vestido con capa y gorra de letrado 
y una vara de juez en la mano. 
 
Alejandro. 
Soy comisario del divino Apolo 
contra los malos gustos de la gente. 
 Marcelo. 
Traéis la comisión muy dilatada , 
que apenas hallaréis buen gusto en nada. 
Alejandro. 
Ya el alguacil, mi amigo, se ejercita 
en buscar delincuentes. 
 Marcelo. 
 ¿Vuestro amigo 
llamáis al alguacil? Grande fineza, 
y si os mortificáis, suma pobreza. 
 Alejandro. 
Empecemos la audiencia, que ya viene. 
 Marcelo. 
Bien lo dicen, señor, tan grandes voces, 
que ningún alguacil viene callado. 
 Alejandro. 
 Es por autorizar la diligencia 
 y hacer del servicial en mi presencia. 
 
Entran el Alguacil, Fabricio y Don Teodoro. 
 
Don Teodoro. 
Yo soy muy caballero. 
 Fabricio. 
 Gentil bruto. 
Quitad el muy, quedaos con caballero, 
y seréis caballero verdadero. 
 Don Teodoro. 
¡Cómo!, ¿que a mí me prendan por mal gusto, 
y que por mí se empiece la visita? 
Alejandro. 
Porque la solemnice vuestra grita. 
 Don Teodoro. 
¿Que yo tengo mal gusto ? 
 Alejandro. 
 Al caso, al caso. 
Referid vuestro gusto y sed muy breve, 
porque siquiera en esto le tengamos: 
a difícil principio os obligamos. 
 Don Teodoro. 
Mi gusto es levantarme a medio día 
y ver nacido al sol, y muy nacido: 
nunca verle en pañales he querido. 
Doy en mi cuello al rostro sepultura, 
por no facilitarme a los vulgares; 
como a más de las tres, y muchas veces 
me admiro que aun entonces no he comido, 
mas tengo mayordomo prevenido. 
Ceno con las risadas de la aurora, 
y a veces hago cena sus risadas , 
que, para cena, son poco pesadas. 
Retiróme a la cama, y blandamente 
me entrego al sueño sin pensar en cosa. 
 Alejandro. 
Suma bestialidad , pero dichosa. 
 Don Teodoro. 
En decir pesadumbres tengo gusto, 
y más que no en decillas y en hacellas, 
aunque no todas veces salgo dellas. 
Gusto siempre de andar en coche, en silla, 
que tengo pocas luces de jinete; 
hablo adedre descuidos ignorantes, 
dando a entender que estoy muy divertido, 
que aun desto quiero hacer caballería. 
 Alejandro. 
Bien pocas veces hablaréis adedre: 
esto por natural en vos se quede. 
 Don Teodoro. 
ítem más. 
 Alejandro. 
Qué, ¿aún os queda otro pecado? 
 Don Teodoro. 
Advertid si este gusto es regalado. 
Si tengo alguna deuda, que sí tengo, 
que está en la platería mi linaje, 
aunque tenga más oro que los Ingas, 
nunca pagué sin ser ejecutado; 
que yo pago las décimas con gusto, 
porque de ser importunado gusto. 
 Alejandro. 
Dime, hombre, si tienes al oído 
algún demonio ejecutor de engaños 
que te aconseja tan perversos daños. 
¿Este llamas buen gusto, éste es deleite? 
¡Qué de penalidades has contado! 
¿Quién se acomoda a ser tan desdichado? 
Ministro, el mi alguacil, oíd, sea luego: 
a las galeras le llevad de Apolo, 
que aun tendrá puesto al remo menos pena 
que aquella a que su estrella le condena. 
 Don Teodoro. 
A galeras jamás llevan los nobles. 
Alejandro. 
 Mal habéis nuestra audiencia conocido: 
aquí no hay más nobleza que buen gusto. 
 Don Teodoro. 
Si aquí no se platica otra nobleza, 
sin duda estoy con voz en gran bajeza. 
 
Vanse el Alguacil y Don Teodoro.
 
Alejandro. 
 ¿Qué os parece del bárbaro? 
 Marcelo. 
 Me admira. 
¡Líbreme el cielo de un error tan necio!, 
que si él no me tiene de su mano, 
por gusto será de mí tirano. 
 (Entran el Alguacil y el Maldiciente) 
¿Otro viene a visita? 
 Maldiciente. 
¡Gentil cosa, 
pretender censurar el gusto mío 
y ser legislador de mi albedrío ! 
 Alejandro. 
¿Quién sois? 
Maldiciente. 
El mejor gusto de la corte. 
Alejandro. 
¡.Oh, qué poco lo habéis encarecido! 
 Maldiciente. 
¿Pues yo me acuso del? No le consiento. 
 Alejandro.
 Vaya de gusto. 
 Maldiciente. 
 Vaya norabuena. 
Mi gusto es no tener en nada gusto 
de cuanto hacen o dicen otros hombres, 
y aun me ofenden las flores y las luces. 
Murmuro yo de Abril las galas bellas, 
y censuro el ornato en las estrellas. 
Cuanto se representa en los teatros , 
sin saberlo imitar, lo escandalizo, 
que me precio de ser escandaloso. 
 Alejandro. 
Decid: ¿pretendéis gajes por gracioso? 
Hablad de veras. 
 Marcelo. 
 Él se está burlando. 
 Maldiciente. 
¡Vive Dios, que de veras voy hablando! 
Alejandro. 
Hombre, vete a vivir entre los áspides; 
vomita tu veneno con las sierpes, 
y no quieras , cual falso cocodrilo, 
emponzoñar la corte con tu estilo. 
¿No vives despreciado y miserable? 
 Maldiciente. 
Antes muchos me aplauden y hacen fiesta. 
 Alejandro. 
¡Que se haga aplauso a lengua tan molesta!... 
 Maldiciente. 
Sígueme gran cortejo de mozuelos, 
que dicen que hablo mal con muy buen gusto, 
y juran que no hay gusto más suave. 
 Alejandro. 
 ¡El diablo que lo enseña, te lo alabe! 
 Alguacil. 
 ¿Qué hemos de hacer deste hombre peligroso, 
pues son peligros todas sus razones? 
 Alejandro. 
Échale a un muladar, para que vea 
cuan bien en tal lugar su lengua emplea. 
Dime: y a todos esos tus oyentes, 
¿sueles corresponder agradecido? 
 Maldiciente. 
Mas en ellos mi lengua se ejercita, 
de sus costumbres bien asegurada, 
que hablar mal, con verdad, aun más me agrada. 
 Alejandro. 
¿Cómo todos perdonan tu semblante? 
¿Cómo en él no han plantado muchas cruces 
si a tan vil ejercicio te reduces? 
 Maldiciente. 
¿Cómo han de castigar lo que es gracioso 
y que j^a está por gusto recibido? 
 Alejandro. 
 El juicio he de perder. ¡Que gusto sea 
ocupación tan vil, tan baja y fea! 
Échale una mordaza a este blasfemo, 
y pintalde una lengua entre unas llamas 
en un escudo, y sirva allí de aviso: 
volad , que aquí es pecado el ser remiso. 
 
Vanse el Alguacil  y el Maldiciente.
 
Marcelo. 
Muerto me deja este hombre. 
 Alejandro. 
 A mí corrido, 
de no haberle a más pena condenado. 
 Marcelo. 
¡Qué de agua que sudas por la frente! 
 Alejandro. 
Si tuve cerca el fuego de la envidia, 
forzoso fué sudar con tanto fuego, 
y aun estoy por decirte que me abraso. 
 Marcelo. 
No levantes la voz: escucha, paso. 
;Quién viene aquí? 
 Lisonjero. 
 Un hombre de buen gusto. 
 
Entran el Alguacil y el Lisonjero
 
Marcelo. 
Háceos el alabaros sospechoso. 
 Lisonjero. 
Por lo menos mi gusto es venturoso. 
Yo todo soy panal, yo todo almíbar, 
y mucho más con gente poderosa; 
aun a lo irracional, hablo suave, 
que a un perro dije ayer que parecía 
hijo de la canícula del cielo; 
y con ser más sangriento que apacible, 
dio perdón general a mis zancajos, 
que hablar bien aun excusa estos trabajos. 
Como a lo irracional, a lo insensible, 
suelen ser agradables mis razones, 
porque pasando yo por una casa, 
cuyo edificio amenazaba ruina, 
la solía decir tierno y sonoro: 
"¡0h milagro del tiempo! ¡Oh gran materia 
de alabanza a las plumas generosas! 
Si los siglos pasados te alcanzaran, 
con voces de metal te celebraran." 
¿Perdí este sacrificio? No, por cierto; 
porque un día aguardó a que yo pasase, 
y tendiendo su máquina en el suelo, 
cogió a muchos debajo de sus redes, 
que el buen lenguaje aun le oyen las paredes. 
 Alejandro. 
Vos tenéis muy mal gusto. 
 Lisonjero. 
 Desto como. 
 Alejandro. 
Pues no le llaméis gusto, sino oficio, 
que a tenerlo por gusto fuera vicio. 
 Lisonjero. 
Demás de que me valen mis aumentos, 
tengo tan gran deleite en este estudio, 
que me salgo, si me hallo falto de hombres , 
a buscar a las plantas, y les digo 
infinitas lisonjas, cada día, 
sin mayor interés que hacer mi gusto. 
 Alejandro. 
 ¡Jesús, Jesús! ¡Tenedme, extraño susto! 
 Ser uno por oficio lisonjero, 
 y hacer de los oficios pan y carne, 
 debe disimularse en la pobreza; 
 mas hacerlo por gusto, es gran vileza. 
 ¡Oh vil lisonjerón! ¡Oh torpe ingenio!, 
 yo te condeno a muerte. 
 Alguacil. 
 ¿Cómo a muerte , 
si al maldiciente le dejaste vivo? 
 Alejandro. 
 El crimen deste es caso más esquivo; 
tal vez un maldiciente pone miedo 
y enmienda la república de vicios, 
porque hace con su lengua sacrificios; 
pero el halago vil de la lisonja 
humilla magistrados, rompe leyes 
y ensordece las almas de los reyes. 
¡Muera por el delito! 
 Marcelo. 
 Sólo quiero... 
 Alejandro. 
 Di, que daré a tus ruegos grato oído. 
 Marcelo. 
 Que por esta vez quede perdonado, 
si no del todo, en menos castigado. 
 Alejandro. 
 Conmútole la pena en que se case 
con una dama muy desvanecida, 
y en ella emplee todas sus lisonjas 
hasta dejarla dellas satisfecha. 
 Lisonjero. 
 Eso es llevarme a muerte más estrecha. 
Mandasme un imposible, y así quiero 
entregarme a los filos del acero. 
 Alejandro. 
 ¿Cómo que se ha excusado a tales bodas? 
¡Vive el cielo, que tiene ingenio raro! 
Por hombre de buen gusto le declaro: 
agora sí sois hombre de buen gusto. 
 Lisonjero. 
 En mi vida traté con juez más justo. 
 
Vánse el Alguacil y el Lisonjero.
 
Alejandro. 
 Démonos prisa: ¿no viene más gente?; 
que un comisario no ha de estar ocioso, 
pues trabaja el salario en su servicio: 
que es dar malas costumbres al oficio. 
 Entran el Alguacil y el Lindo. 
 
 Alguacil. 
Aquí traigo... 
Lindo. 
No trae, que yo me vengo. 
¿Quién pudiera traerme a mí forzado, 
si el propio sol me mira con agrado? 
¡Yo sí que tengo gusto peregrino! 
Como nací tan bello, no desprecio 
del cielo sacro tan hermosos dones, 
y así adoro mis propias perfecciones; 
traigo espejo portátil: ved si miento. 
 (Saca un espejo.) 
 En él suelo mirarme a cada paso, 
y digo, vuelto al cielo: «Tú has querido 
tener retrato en mí muy parecido.» 
¿Cómo no han dicho aquí? Dios le bendiga.
Mas como no son damas, no me espanto, 
que ellas, como me miran con deseo, 
hacen de bendiciones grande empleo. 
Todo mi gusto pongo en que se pierda 
una mujer por mí; notable gusto 
es escuchar sus lágrimas y quejas, 
y estar yo entre su fuego muy helado, 
que entonces suelo ser muy mesurado. 
 Alejandro. 
Si no es mi comisión contra los locos, 
¿para qué vino este hombre a mi presencia, 
perdiendo en vano el tiempo de la audiencia? 
 Lindo. 
Tengo perrillos yo, tengo muñecas, 
y también regalillos y abanicos; 
antojadizo soy y melindroso, 
con no pequeña parte de hazañero; 
digo señora madre , y otras cosas 
que me parece a mí que son donosas. 
 Alejandro. 
¿Cómo ser hazañero has confesado? 
¡Más tienes de bellaco que de loco! 
 Lindo. 
No me deleito en ese gusto poco: 
desmáyome muy bien cuando yo quiero, 
hago visajes, la color retiro, 
y al fin suelo volver con un suspiro. 
 Alejandro. 
Dadle a la corrección de los muchachos, 
el mi amado alguacil. 
 Alguacil. 
 ¡Grave castigo! 
 Alejandro. 
No repliquéis, haced lo que os digo. 
 Alguacil. 
Bien le pudiera echar vuseñoría 
condenación que fuera pecuniaria. 
 Alejandro. 
Muy a lo alguacil habéis hablado: 
¡vaya por vos en costas condenado! 
 
 Vánse el Lindo y el Alguacil.
 
 Marcelo. 
Parte pido en las costas. 
 Alejandro. 
 Ya fué tarde. 
Pedid con desvergüenza y osadía, 
que el pedir no es acción de gente fría. 
 Marcelo. 
Yo, señor... 
 Alejandro. 
¿Qué? 
 Marcelo. 
Soy hombre recatado 
y hago de mi persona mucho precio. 
 Alejandro. 
Gentil prenda me dais de que sois necio. 
 Marcelo. 
Este es mi gusto. 
 Alejandro. 
Bueno, ¿tenéis gusto? 
Marcelo. 
Pues qué, ¿soy yo de mármol, soy yo robre?
Yo tengo un gusto muy acreditado. 
 Alejandro. 
Bueno, en mi comisión habéis pecado: 
decid , decid , quizá tendremos presa. 
 Marcelo. 
Yo gusto de romper del mar las ondas 
en galera veloz, y cada día 
descubrir nuevas tierras y ciudades, 
que me sé yo pagar de novedades. 
Que me hagan la salva los clarines, 
al tiempo que a la aurora, me da gusto; 
y aunque el pan coma lleno de gusanos, 
con él engordo y buena sangre crío, 
sólo porque ejecuto el gusto mío. 
En ninguna ciudad puedo estar quieto 
con la curiosidad de ver más mundo, 
que en esta parte mi delito fundo, 
porque habéis de rodear toda la tierra. 
En esta comisión os voy sirviendo, 
que así mi inclinación feliz consigo 
cuando los pasos desta audiencia sigo. 
 Alejandro. 
Y viendo tanto mundo, ¿habéis hallado 
algo con que pasar vejez dichosa? 
 Marcelo. 
Nunca mi inclinación fue codiciosa. 
 Alejandro. 
Porque ministro sois de nuestra audiencia, 
os amonesto que mudéis de gusto, 
y advertid que soy recto y que soy justo. 
 Marcelo. 
Señor... 
 Alejandro. 
No más. 
 Marcelo. 
 Una palabra sola. 
 Alejandro. 
Con vuestra relación estoy marcado. 
¡Ofrezco al diablo gusto tan aguado! 
¿Tan burlón es el mar, tan apacible, 
que os fiáis de sus ondas cada día? 
¿Por qué buscáis ciudades donde hay mapas. 
Si allí las hallareis tan bien fingidas, 
y más hermosas , pero más mentidas , 
¿creéis vos que hay más mundo que esta corte? 
Esa calle Mayor es todo el mundo, 
donde se sabe todo y miente todo, 
porque también es mapa deste modo. 
Entran el Alguacil y la Cochera. 
 
Alguacil. 
Una cochera traigo. 
 Alejandro. 
¿Cómo, hermano? 
 Alguacil. 
Una mujer, señor, decir debiera: 
mas es tan dada a coche, que es cochera: 
así el lugar la llama por mal nombre. 
 La cochera. 
Por el bueno diréis, ministro malo; 
no tengo yo más gusto ni regalo. 
En coche me engendró la madre mía, 
y si a ser natural se vuelve todo, 
que mucho, sí, a querelle me acomodo. 
 Alejandro. 
Decidnos vuestro gusto. 
 La cochera. 
 Coche, coche: 
el coche pido a Dios de cada día, 
como otras el pan. 
 Marcelo. 
¡Gran fantasía! 
 La cochera. 
Del sol he recibido esta doctrina. 
En coche sale el sol, y en él se pone, 
y así los coches son para las damas, 
pues como el sol, tenemos luz y llamas. 
No quiero yo más gala que ir en coche: 
él es mi mercader, él es mi sastre; 
y al fin un salteador de los poblados, 
que a sus ruedas les ata por despojos 
atrevimientos de lascivos ojos: 
el coche a mí me sabe a lo que quiero. 
Es músico, es galán, es obediente; 
tanto, que rueda para darnos gusto. 
¿Qué no sabe guisar un coche diestro, 
si hasta los gustos del amor sazona? 
Al fin, señor, un coche es gran persona. 
Cierto que a un coche de una amiga mía 
le había de laurear si yo pudiera, 
corona de laureles le pusiera. 
Conserve Dios los coches en España, 
pues que también hay ejes en el cielo, 
sino es que acaso mienten los poetas 
y es la luna y el sol gente pedestre. 
 Alejandro. 
La razón deste gusto nos la muestre. 
 La cochera. 
Por andar dando vueltas todo el día. 
 Alejandro. 
Pues yo os lograré bien la fantasía. 
Ministro... 
 Alguacil. 
¡Gran señor! 
 Alejandro. 
 Llevalda luego 
a que dé muchas vueltas a una noria, 
pues que sólo en voltear pone su gloria. 
 La cochera. 
Apelo al mismo Apolo, pues él sabe 
lo que es andar en coche. 
 Alejandro. 
 No he podido 
negar la apelación. 
 Marcelo. 
 Mucho ha sabido. 
(Vanse el Alguacil y la Cochera.) 
Si a todas las que tienen este gusto 
las castigara así vuseñoría, 
anduvieran las norias ocupadas, 
y ellas aun no prudentes ni enmendadas. 
 Entran el Alguacil y  la Alcahueta. 
 
 Alejandro. 
Escuchad esas voces... 
 La alcahueta. 
 ¡Ay, señores! 
Qué, ¿hay quién infame el gusto bueno mío? 
 Alejandro. 
¿Quién es esta mujer? 
 Alguacil. 
 Un monstruo al mundo: 
un gusto peregrino y prodigioso, 
que le debe saber cualquier curioso. 
 La alcahueta. 
Yo soy tan tierna en años como miras, 
comisario de Apolo, dios modorro; 
digo, el dios que reparte las modorras: 
escúchame risueño y no te corras. 
 Marcelo. 
¿Han visto el desenfado y el despejo? 
 La alcahueta. 
Son partes importantes de mi oficio; 
por eso las venero y acaricio. 
Al fin , pudiendo yo ser la primera 
en los gustos de amor, porque mis años 
aún no me han predicado desengaños, 
mensajera de amor soy, y recibo 
deleite en estos pasos diligentes, 
sin serles sospechosa a muchas gentes, 
que, como es disonante de mis años 
el cargo de tan nobles embajadas , 
apenas son de nadie maliciadas: 
y soy (no lo creeréis), yo soy... 
  Alejandro. 
 ¡Qué enfado! 
Di lo que eres, mujer, aunque demonio 
te llames, que no es falso testimonio. 
 La alcahueta. 
Yo soy doncella. 
Marcelo. 
¿Qué? 
 La alcahueta. 
 Yo soy doncella. 
Alguacil. 
¿Doncella y alcahueta? ¡Caso raro! 
 Marcelo. 
¡Esto es prodigio ! 
 Alguacil. 
 Yo por tal le tengo. 
 Alejandro. 
Aunque callo, gran cólera prevengo. 
¿Doncella y alcahueta por oficio? 
¡Del demonio nació tal maestría 
por disfrazar en falsa fullería! 
 La alcahueta. 
Al fin yo me deleito en persuasiones, 
encendiendo los ánimos helados, 
y en dar cuidados donde no hay cuidados. 
 Alejandro. 
Habrás ganado un monte de dinero. 
 La alcahueta. 
No me lleva interés, es gusto mío. 
 Alejandro. 
¡Notable perdición, gran desvarío! 
Condénote a doncella eternamente. 
 Alguacil. 
La sentencia no es fácil de cumplilla. 
 La alcahueta. 
Yo quiero obedecella y consentilla. 
 Alejandro. 
¡Todo soy fuego, todo soy infierno, 
que esta mujer me deja casi loco! 
 Marcelo. 
No digas casi, porque dices poco. 
 Alguacil. 
¿Ha de ser la sentencia ejecutada? 
 Alejandro. 
Sí, porque hembra que gasta este lenguaje, 
acabe emparedada en doncellaje. 
 Voces de dentro. 
 ¡El comisario muera, muera, muera!... 
 Alejandro. 
¿Qué es esto? 
 Alguacil. 
El pueblo todo amotinado, 
porque dicen que el gusto siempre es libre. 
  y que no ha de rendirse a vil censura, 
que el censurar el gusto es gran locura. 
 
Dentro. 
 ¿No muere el comisario? 
 Alejandro. 
 ¡Oh santos cielos, 
arrojaré la vara y el oficio, 
que no quiero morir, y el populacho 
en sus resoluciones no da plazo! (Váse.) 
 
Entran todos. 
 ¿Adonde están el juez y sus ministros? 
 Alguacil. 
¡Huyamos! 
 Marcelo. 
Aún no sé si ya podremos. 
 
Huyen, entrándose y volviendo a salir.
 
Alejandro. 
¡Ay. que nos siguen! 
 Todos. 
¡ Mueran ! 
Alguacil. 
 ¡Vive Apolo, 
que, según anda el pueblo temerario, 
que cobramos en piedras el salario! 

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 FIGURAS : 
 Juana. 
 Lucía. 
 Lacayo. 
 Sastre. 
 Zapatero. 
Boticario. 
Músicos. 
  
Salen Lucía y Juana. 
 
Lucía. 
Seas, Juana, a la corte bien venida. 
 Juana. 
Y tú, amiga Lucía, bien hallada, 
que me verás de estado mejorada. 
 Lucía. 
Admirada me tiene en gran manera 
verte ya dama , si antes castañera. 
 Juana. 
 ¿No vengo muy en ello? 
 Lucía. 
 Y tan jarifa 
que el despejo a la vista satisface. 
 Juana. 
 Estos milagros el amor los hace. 
Este palmo de cara, amiga mía, 
dio a un mercader tal guerra y batería, 
que, apoderado amor de sus entrañas, 
pudo sacarme de vender castañas. 
Díjome su pasión, su amor; creíle: 
brindome con Sevilla, y yo seguile. 
Llevome, y al pasar Sierra Morena 
troqué la Juana en doña Magdalena. 
Diome vestidos, joyas y dineros, 
finezas de galanes verdaderos; 
que rama que se paga de parola 
vivirá triste , sin dinero y sola. 
Yo, que supe llevarme con mi amante, 
rompí galas, campé de lo brillante; 
no perdí la ocasión, logré las uñas 
que fueron de su hacienda las garduñas. 
 Lucía. 
¿Y en qué paró el empleo? 
 Juana. 
 ¿En qué? Embarcose 
a las Indias, dejome y acabose, 
pero con gentil mosca. 
 Lucía. 
 Eso me agrada. 
 Juana. 
Quiso gozo, estafele, y no fue nada. 
Heme vuelto a Madrid desconocida, 
de castañera en dama convertida; 
que por amores no soy la primera 
que de baja subió a mayor esfera. 
Tengo mi casa así bien alhajada; 
soy bien vista, aplaudida y visitada, 
y porque de casarme tengo intentos 
llueven en esta casa casamientos; 
y éstos de todo género de gentes. 
 Lucía. 
No hay duda que te sobren pretendientes. 
 Juana. 
Hoy estoy para cuatro apercibida 
de quien soy con cautela pretendida: 
un boticario, un sastre, un zapatero 
y un lacayo apetecen mi dinero ; 
mas todos sus oficios me han negado, 
y que tienen hacienda han publicado. 
 Lucía. 
Gatazo quieren darte. 
 Juana. 
 No en mis días. 
Hoy he de contrastar sus fullerías, 
y en la proposición del casamiento 
verás que, sin salirme del intento, 
les declaro su estado y ejercicio, 
con más los adherentes del oficio , 
hasta salir con mi intención al cabo. 
 Lucía. 
Tu ingenio admiro, tu despejo alabo. 
Sale el Boticario. 
 
Boticario. 
¿Está en casa la luz que el orbe dora, 
que es en su parangón fea la aurora? 
 Juana. 
Sea vuesa merced muy bien venido. 
 Boticario. 
A mis dos ojos las albricias pido, 
pues, llegar a mirar tanta hermosura. 
¿Vivo en vuestra memoria por ventura? 
¿Merezco ser consorte en este empleo 
dedicado a las aras de Himeneo? 
 Juana. 
 Señor Gandul, ya es tanta su frecuencia, 
que ha venido a apurarme la paciencia, 
y a que llegue a decirle que es mi intento 
que hable en su sazón del casamiento; 
que estar tratando del tarde y mañana , 
a la más inclinada la desgana. 
No en moler y molerme se desvele, 
que parece almirez en lo que muele. 
 Boticario. 
(¿Qué es esto de almirez, si lo ha entendido? 
Pero el símil sin duda lo ha traído.) 
 Juana. 
Amor, señor Gandul, es como pildora. 
 Boticario. 
(¡Esto es peor!) 
 Juana. 
 Que anima al desganado 
a que la tome viendo lo dorado. 
 Boticario. 
Mucho toca en botica aquesta moza. 
En balde ya mi calidad se emboza. 
Mas pienso que sin duda se ha sentido 
de que yo alguna joya no ofrecido. 
Señora, ya he entendido lo dorado. 
Me pesa de no haber adelantado: 
una joya os ofrezco
Juana. 
 Bien lo entiende. 
Con eso que me ofrece más me ofende , 
señor Gandul, pues sabe el casamiento, 
viniendo a ser unión de corazones, 
parece a boticarias confecciones: 
diversas calidades ven perfectas 
en bocados, trociscos y tabletas; 
mas si amor en consorcios no es muy casto, 
parecerá pegado como emplasto. 
Franco ha de ser, sin menguas; no publique 
que es amor destilado de alambique; 
porque la voluntad nunca le toma 
si no es puro como agua en la redoma ; 
y al dicho, si no quiere su carátula 
que se lo desliemos con espátula. 
 Boticario. 
Aquí no hay más que hacer; voime corrido. 
 Juana. 
¿Váse? 
 Boticario. 
Sí, poi-que me han conocido. (Váse.) 
 Juana. 
¿Qué te parece, di? 
 Lucía. 
 Que va de suerte 
que no tratará más de pretenderte. 
Sale el Sastre. 
 Sastre. 
Mil norabuenas les daré a mis ojos 
porque han llegado a ver esa lindura 
que el non plus ultra es de la hermosura; 
que esa gala, ese garbo, ese prendido, 
flechas doradas son del dios Cupido, 
y yo despojo suyo que, postrado, 
estoy de ese donaire asasteado. 
¿Acaba vuesa merced de resolverse 
y al castísimo yugo someterse? 
Que como la respuesta ha dilatado , 
ando de su belleza más picado. 
 Juana. 
¡Picado!... ¿Es con cincel ó con puntilla? 
 Sastre. 
(Esto va malo: el juego es de malilla , 
o ya los filos por picarme aguza.) 
 Juana. 
 ¿Es mosqueado o es escaramuza? 
 Sastre. 
(Quiero disimular.) Picado muero. 
 Juana. 
Pues entiérrenle encima del tablero. 
Señor Zaldívar, voy a lo importante: 
Vuested me ofende por pesado amante. 
 Sastre. 
¿Por qué? 
 Juana. 
Direlo, pues, que lo pregunta. 
Mil veces esta calle me pespunta , 
y es porque vuesarced está con gana 
de verme como en percha a la ventana; 
pero yo , con clausura recogida , 
quisiera estar en un dedal metida, 
porque tengo vecinas tan parleras 
que cortan más que pueden sus tijeras. 
Deje este casamiento, por su vida, 
o se le hará dejar un sastricida. 
 Sastre. 
¡Vive Dios que es bellaca socarrona! 
Ya tiene conocida mi persona. 
Aquí no hay más que hacer: licencia pido. 
 Juana
 ¿Váse? 
Sastre. 
Sí, porque ya me han conocido. 
 
Váse y sale el Zapatero. 
 
 Zapatero. 
Prospere y guarde el cielo esa belleza, 
admiración de la naturaleza. 
 Juana. 
Sea vuesa merced muy bien llegado. 
 Zapatero. 
¿Vuesa merced de mí no se ha acordado? 
¿Hase resuelto en este casamiento? 
 Juana. 
Direle a vuesarced mi pensamiento. 
Cualquier mujer que aspira a este contrato 
anda a buscar la horma a su zapato. 
 Zapatero. 
¿Horma dijo, y zapato? Soy perdido. 
Sin duda que mi oficio le ha sabido. 
 Juana. 
 Y yo le busco , porque tengo estima 
en un novio sin serlo de obra prima; 
que si veo mozuelas baladíes 
 que se quieren alzar en ponlebíes, 
mejor podré emplearme en un velado 
que esté en groserías desvirado; 
que la naturaleza (no se inquiete) 
también desvira sin tener trinchete. 
 Y así, señor Galbán, busco marido 
de solar, no solar tan conocido 
como el de vuesarced, que tengo dote 
para que no ande oliéndome a cerote. 
 Zapatero. 
¡Por Dios que me sacude y que es discreta ! 
 Juana. 
Vuelva su solio. 
 Zapatero. 
¿A cuál? 
 Juana. 
 A la banqueta. 
 Zapatero. 
 Sin responderle nada me despido. 
 Juana. 
¿Váse? 
 Zapatero. 
 Sí, porque ya soy conocido. 
 
Vase y sale el Lacayo. 
 
Lacayo. 
El cielo le maldiga y remaldiga 
a quien al verla no la da una higa. 
 Juana. 
 Aqueste, amiga mía, es el lacayo. 
 Lacayo. 
¿Viose entre flores más airoso el Mayo, 
ni el céfiro que peina los jardines? 
 Juana. 
¡El céfiro los peina! Pues ¿son crines? 
¿No dirá que las flores almohaza? 
 Lacayo. 
(¡Vive Cristo que ha olido la trapaza! 
 Ya en la empresa que intento me desmayo, 
que esto huele a saber que soy lacayo.) 
 Juana. 
¿Qué piensa, diga? 
 Lacayo. 
 Pienso en mi cuidado. 
Juana. 
No piense vuesarced, que harto ha pensado, 
y esto sin dar cuidado a pensamientos. 
 Lacayo. 
(¡Ya escampa!) 
 Lucía. 
Ya penetra tus intentos. 
Juana. 
Penetre. Porque más no me congoje, 
yo le diré quién es, aunque se enoje. 
¿Qué tiene vuesarced, que está suspenso? 
 Lacayo. 
¿Qué ha de tener quien rinde al amor censo? 
 Juana. 
¿Tanto ama? 
 Lacayo. 
Es mi fuego tan sobrado, 
que el corazón me tiene medio asado. 
¿Ha visto un tostador, donde hay castañas, 
que ostenta por resquicios las entrañas, 
y éste, sobre un alnafe acomodado, 
está siempre de brasa rodeado, 
y contino le soplan con ventalle 
sin el aire que pasa por la calle? 
Pues este corazón, enternecido, 
al dicho tostador, tan parecido, 
sufre de amor tal fuego, que se abrasa; 
y este tormento, por amarte pasa, 
más fijo siempre en esta pena fiera 
que en una esquina está una castañera. 
 Juana. 
(Lucía amiga, aquesto va perdido.) 
 Lucía. 
(¿Cómo?) 
 Juana. 
(Que el socarrón me ha conocido.) 
 Lacayo. 
Piquela y repiquela. 
 Juana. 
 ¡Oh picarote! 
Lacayo, 
Y este pique y repique traen capote. 
Ya vuesarced, señora, me ha entendido. 
¿El camino difícil está llano? 
 Juana. 
Digo que eres mi esposo. Esta es mi mano. 
 Lucía. 
Bueno lo vas pasando, por mi vida. 
 Juana. 
Pues ¿qué he de hacer, si soy ya conocida? 
 Lacayo. 
Los músicos traía , prevenidos , 
con tres lacayos todos conocidos. 
Salgan con las vecinas y bailemos, 
y estas alegres bodas celebremos. 
Baile. 
 
Una niña hermosa 
 que subió el amor 
 de tostar castañas 
 a más presunción; 
 para casamiento 
 galanes juntó, 
 y entre cuatro amantes 
 escogió el peor. 
Oigan , tengan , pasen , 
escuchen y den atención, 
que hoy se juntan la almohaza y el tostador. 
 La que con donaire 
de los tres fisgó, 
en el cuarto halla 
tretas de fisgón. 
Lacayo profeso 
por marido halló, 
la que para dama 
hace aprobación. 
Oigan , tengan , pasen , 
escuchen y den atención, 
que hoy se juntan la almohaza y el tostador. 
Castañeras que estáis en Madrid, 
venid, venid, venid a la fiesta, 
pregonando castaña cocida enjerta. 
Lacayitos de almohaza y mandil, 
venid, venid, venid a la boda 
pregonando miseria con calzas rotas. 
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