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NOVENTA MINUTOS DE
REBOTICA
CRÓNICA DE UN PARTIDO DE FÚTBOL ENTRE BASTIDORES
Todos
los oficios del mundo tienen su rebotica, su trastienda. Algunos, los
más antiguos o los más perfectos _el del platero, el del cirujano, el
del mago_, son todo rebotica y, a la vista del público, sus oficiantes
hacen mangas y capirotes, y de tripas corazón. Otros, más modernos o aún
no tan decantados _el del bisutero, el del poeta, el del
prestidigitador_, distinguen todavía entre cuartito de estar y sala de
recibo, entre taller y escaparate, entre camiseta y camisa.
El fútbol es un oficio moderno, rico, pujante y con rebotica; un oficio
tan joven, tan áureo, tan arrollador y con tantos pasillos como la
aviación, la radio o las organizaciones pacifistas. Cuando envejezca y
se perfeccione, cuando ya esté con un pie en la tumba, todo él será
rebotica y los partidos ya no habrá que jugarlos ni que disputados;
entonces será llegado el momento en que, en los banquetes de
confraternidad, ya nadie se levantará a decir que no hubo vencedores ni
vencidos, frase que sólo podía justificarse en los tanteos de 5-0 para
arriba, como los que les hacíamos a Portugal, aún no hace mucho.
Entonces, los discurseadores de la hora del café y del puro alzarán la
voz para congratularse ya de haber superado aquellos tiempos ominosos en
que veintidós hombres tenían que reventarse para que cincuenta mil se
divirtiesen.
Pero mientras llega la hora de la superación... ¡Caray, mientras llega
la hora de la superación!
El escritor, que en su vida había escrito una sola línea sobre deporte,
se echó al bolsillo su "Pase a los vestuarios" _algo así como el
salvoconducto de la rebotica, el sésamo ábrete de todas las puertas
cerradas_ y enfiló a pie, paseo de la Castellana arriba, el camino del
estadio de Chamartín, donde había de jugarse el partido Atlético de
Bilbao-Real Madrid. Son las tres y media de la tarde. En los vestuarios
_la caseta de aquellos tiempos en que, según las crónicas, se llevaban
los palos al hombro_ aún no hay nadie; la piscina, las duchas, los
largos bancos, las perchas están aún, aunque ya por poco tiempo, vacíos.
Un señor con bombín cruza un pasillo y uno ensaya su mejor sonrisa.
_How do you do, Mr. Keeping?
_Yo no soy Mr. Keeping, caballero; yo soy el marqués de la Valdavia.
_ Usted perdone.
Luego resultó que tampoco era el marqués.
Otro señor que parecía alguien, pero que después resultó que no era
nadie, se nos acercó, oficioso.
_ Mr. Keeping está con la gripe.
_¡Vaya por Dios!
_No, no se preocupe, ya parece que está mejor. ¿Quiere usted que le
presente a Albéniz, el segundo entrenador?
_No, muchas gracias; yo quería un inglés.
_No se apure, los de Bilbao tienen otro que está también muy bien.
_¡Ah!¿Sí?
_Sí, señor; la mar de bien.
El inglés del Atlético es un señor que no habla ni una palabra de
español, y el escritor que, como todo el mundo, cuando algún extranjero
no le entiende, le grita creyéndose que, además de inglés o alemán, es
sordo, enronquece en el interrogatorio.
_¡Vaya campo! ¿Eh?
_¡Oh!
¡ Beautiful!
_¿ Le gusta Madrid?
_j Oh!
¡ Beautiful!
_¡Vaya! Oiga, ¿quién cree usted que va a ganar?
_ ¡ Oh ! ¡ Beautiful!
_Pues muy bien y muy agradecido a sus amables declaraciones.
_¡Oh! ¡Beautiful!
_Sí, sí; ya entiendo.
Después se encuentra con Hernández Coronado y la cosa cambia. El inglés
del Atlético, que no sabía español, tampoco debía de saber demasiado
inglés.
El partido empieza. En la pecera del palco presidencial, el general
Millán Astray, el canario Molowny, recién operado, un señor de Bilbao
que se llama Isasi y que canta los goles, sin equivocarse, antes de que
se produzcan; Hernández Coronado y el cronista, miran para el campo.

Lo que pasó en el campo ya lo saben ustedes. Llega el descanso y vuelta
a los vestuarios. Hernández Coronado no está nada optimista.
_En este partido vamos a perder la Liga.
_No, hombre; a lo mejor en el segundo tiempo da la vuelta.
_¡ Pché!
Los jugadores toman café puro muy caliente. A Azcárate le han partido
una ceja. A Panizo también le han dado un golpe.
_Oiga, ¿qué llevan debajo de la camiseta?
Palliño mira al cronista con un extraño mirar.
_ Nada; la piel.
En el segundo tiempo viraron las tornas y la cosa se puso mejor para el
equipo de casa. Con empate a dos goles, faltando cinco minutos para
terminar el partido, el cronista vuelve a la rebotica. El tercer gol le
coge en los pasillos. Hernández Coronado está impasible. A los treinta
años de fútbol, verdaderamente, ya se deben desatar los nervios en muy
pocas ocasiones. La gente está desbordada, enloquecida. Unos se
revuelcan por el suelo, otros pegan patadas a las paredes y otros se
abrazan entre grandes gritos. Un guardia tira su gorra al aire; está tan
contento, que empieza a sacudir porrazos a diestro y siniestro. Esto de
la alegría popular es algo muy misterioso. El cuarto gol se produce
estando el cronista en los vestuarios. ¡ Menos mal!
Al minuto o minuto y medio empiezan a llegar los jugadores blancos (los
críticos ingeniosos les llaman "merengues", que, como salta a la vista,
es bastante original), y muy poco después hacen lo mismo los de la
listada camiseta rojiblanca (a quienes los críticos ingeniosos llaman
"colchoneros", lo que tampoco está nada mal, o "leones de San Mamés", lo
que es también muy nuevo).
El vestuario del Real Madrid no tiene ya mucho interés: abrazos,
sonrisas y ¡ahs! de alivio.
En el del Bilbao tres jugadores discuten a gritos hasta que el directivo
señor Zabala los manda callar, gritando más que ellos. Ni un soto
comentario, por parte de nadie, contra el Madrid.
_Están en un gran momento y van camino de campeones.
El inglés se peina en silencio.
El árbitro, en su cuarto, está en calzoncillos y camiseta. Así, en paños
menores, parece mas joven.
Hace ya un cuarto de hora que el partido acabó y, afuera, los guardias
siguen luchando a brazo partido con los que quieren colarse. Bien
mirado, hay vocaciones de abordaje más fuertes que el tiempo o que el
amor. .
Una señora gorda rueda por unos desmontes. Su marido, con la ayuda de
dos o tres voluntarios, la iza a la superficie.
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