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Francisco Villaespesa

Quedó en mis manos...

Palpitante de angustia...

La sabiamano...

¡Cantares de Andalucía..!

Los jardines de Afrodita

III

IV

V

Caracolas marinas

Quedó en mis manos un jirón de encaje;
te escapaste de mí como una sombra,
mas al huir, se te enredó el ropaje
y rodaste de espaldas por la alfombra.

Te curvé bajo el yugo de mis brazos,
y de mis dientes la caricia ruda
rasgó cendales y deshizo lazos,
hasta dejar tu castidad desnuda.

Y allí, sobre la alfombra, entrelazados,
las sombras como hiedras agitadas,
nuestras bocas rampantes y lascivas.

confundidos en un bárbaro grito,
resucitamos el antiguo mito
del amor, en las selvas primitivas.

 

 

 

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Palpitante de angustia y de terror te veo.

Ya en tu carne has sentido los dientes del Pecado,

y en medio de las lúbricas traíllas del deseo

tu pudor se defiende como un ciervo acosado.

 A veces, en un ímpetu te vuelves irritada,

y tu violencia aplastada y tu coraje hiere,

y en otras, lacrimosa, suplica tu mirada

con el dolor de un alma que de dolor se muere.

 Pero, defensa inútil. Llegará el caballero,

y hundirá en tus entrañas virginales, su acero,

y morirás bañada entre tu sangre ardiente...

 Y entregará tu cuerpo, en medio de la plaza,

a la salvaje y ávida lujuria de la gente,

¡cual sangriento trofeo de su bárbara caza!

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La sabia mano a cuyo tacto ardiente
vibra la carne como un instrumento,
prolongó la agonía del momento
en una languidez intermitente…

¡Oh, el cálido contacto de tu frente!
¡Oh, tu dorso desnudo y opulento
echado sobre mí, como un sediento
sobre la superficie de una fuente!

Mis besos perfumaron el vacío
de un húmedo y mortal escalofrío…
¡Y bajo tu melena estremecida

en un áureo manojo de serpientes,
sentí sangrar y sucumbir mi vida,
entre el canibalismo de tus dientes!

 

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¡Cantares de Andalucía!...

Qué bien rima la guitarra

las sonrisas de Sevilla,

los suspiros de Granada

con el silencio de Córdoba

y la alegría de Málaga!

 Almería sus amores

sueña al pie de su alcazaba.

 Jaén se adormece a la sombra

de un olivo y de una parra...

 Huelva, la heroica y altiva

Adelantada de España,

sueña con un Nuevo Mundo

en el seno de otras aguas.

 Y Cádiz, la danzarina,

baila desnuda en la playa,

más blanca en sus desnudeces

que las espumas más blancas.

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LOS JARDINES DE AFRODITA

III
H
ay rosas que se abren en selvas misteriosas
y mustias languidecen, nostálgicas de amores,
sin que haya quien aspire sus púdicos olores…
¡Hay almas que agonizan lo mismo que esas rosas!

Las mariposas tienden sus alas temblorosas
y en alegría loca de luces y colores,
ebrias de amor expiran en tálamos de flores…
¡Hay vidas que se acaban como esas mariposas!

“¡Oh, púdicas vestales! ¡Oh, locas meretrices!
¿Quiénes son más hermosas? ¿Quiénes son más felices?”
los hombres preguntaron, en una edad lejana,

a un Fauno que en las frondas oculto sonreía…
Hace ya muchos siglos…Y en la conciencia humana
el Fauno, a esa pregunta, sonríe todavía.

 

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IV
S
oy un alma pagana. Adoro al dios Bifronte
y persigo a las ninfas por las verdes florestas,
y me gusta embriagarme en mis líricas fiestas
con vino de las viñas del viejo Anacreonte.

¡Que incendie un sol de púrpura de nuevo el horizonte;
que canten las cigarras en las cálidas siestas,
y que dancen las vírgenes al son del sistro expuestas
al violador abrazo de los faunos del monte!

¡Oh, viejo Pan lascivo!… Yo sigo la armonía
de tus pies, cuando danzas. Por ti amo la alegría
y las desnudas ninfas persigo por el prado.

Tus alegres canciones disipan mi tristeza,
y la flauta de caña que tañes me ha iniciado
en todos los misterios de la eterna Belleza!

 

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V

El cisne se acercó. Trémula Leda
la mano hunde en la nieve del plumaje,
y se adormece el alma del paisaje
de un rojo crepúsculo de seda.
La onda azul, al morir, suspira queda;
gorjea un ruiseñor entre el ramaje,
y un toro, ebrio de amor, muge salvaje
en la sombra nupcial de la arboleda.
Tendió el cisne la curva de su cuello,
y con el ala —cándido abanico—,
acarició los senos y el cabello.
Leda dio un grito y se quedó extasiada...
y el cisne levantó, rojo, su pico
como triunfal insignia ensangrentada.

 

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  CARACOLAS MARINAS

  Escucha cuando estés entristecido,

en el silencio de tus noches solas,

estas maravillosas caracolas

que de remotas playas he traído.

 Y oirás, entre el tumulto de las olas,

cantar a las sirenas, en tu oído:

¡Ni bálsamos ni jugos de amapolas

producen un tan inefable olvido!

 Te irás adormeciendo a sus canciones

soñando con nereidas y tritones ...

Y si algún día tu soñar despierta,

 en la playa verás, bajo una palma,

la desnudez de una sirena muerta,

¡de la sirena que murió en tu alma!

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