|
El
piano se abría en un rincón de la sala
casi en sombras. Se
adivinaba el teclado como una enorme
dentadura blanca y sobre
él el
brochazo, menos blanco, de los papeles
de música dispuestos en el atril. La sillería
enfundada, los grandes cuadros religiosos
colgados con severo cordón negro, la araña
bízantína de vidrio y metal, la consola
dorada de estilo dudoso, El piano, que ahora daba la impresión escalofriante de un monstruo acechando con sonrisa sádica en el misterio de la sala, era el alma de la casa, un espíritu paradójíco que animaba el vetusto edificio encalado, de gran portal y panzudos balcones, y expandía por la pequeña plazuela provínciana tan pronto un perfume de religíosidad impregnada de morbosos misticismos como la blasfemia lírica de un bailable sensua1 hediendo a pecado. Todas las fibras sentimentales de la varia gama del corazón encontraban en él fidelísimo intérprete. A veces la liviandad rayaba en sadismo, y eran tan claros los matices, tan pronunciada la torpe expresión de sus impurezas, que el liquen de la fuente y los árboles secos de la plaza sentían como un estremecimiento y recordaban, melancólicos, las dulces nupcias de la última primavera. Entonces las campanas de la próxima catedral dejaban caer sus recriminaciones sobre la plazuela gris, recordaban las excelsas voluptuosidades de la virtud y asfixiaban, bajo una lluvia de flores de bronce, las guirnaldas paganas que tejiera el alma neurótíca del piano. Pero esto ocurría pocas veces, de tarde en tarde. Generalmente, el arte, el buen arte, purificaba como un fuego sagrado las entrañas del monstruo, cuyas voces diluían en el ambiente de la plazuela un raro prestigio señorial. Aquella tarde fue el mago germánico, hermano de Goethe en el arte de las sutilezas espirituales, fue Beethoven quien llamó a las puertas del alma de Marta. Sola toda la tarde, habiéndose marchado su hermano de excursión científica con sus compañeros del profesorado del Instituto y algunos alumnos, sintió que la soledad del interminable día de invierno pesaba demasiado sobre sus melancolías, y buscó un sedante en el piano.
|
|
M de aquella juventud no muy lejana, tan lamentablemente estéril en los vergeles del amor. Marta era soltera. Llevaba su solte ría con la misma indiferencia inconsciente que a los diez y ocho años, pero en sus ojos ardían momentáneamente remembranzas de una engañosa dulzura llena de crueldad al revivir aquel poema de sus lejanos amoríos en el que plasmara el milagro de sus sueños quinceañeros llenos de azules esperanzas. Conservaba la esbeltez y la pureza de líneas de sus veinticinco años, sazonada por una ausencia total de afectación, de coquetería que la hacía doblemente ínteresante. Dejándose suavemente acariciar por las sombras, no quiso encender la luz. Recorrió el teclado con unos arpegios, hizo una pausa y comenzó con Beethoven. La mano derecha rimaba lamentos suaves, etéreos, de arpa, mientras la izquierda fingía una desesperación cruenta en acordes que eran, al vibrar en la sala, sollozos ahogados. Agrupábanse las sombras sobre el piano. Marta creía ver en ellas la efigie gentil de la condesita Guicciardi. Siguió tocando. Terminó el adagio con una frase sombría, una frase cualquiera indescifrable: el dolor sufríéndose a sí mismo en la obscuridad sin cielos ni horizontes de un corazón. Después vino el alegreto: «Una flor entre dos abismos», que dijo Listz. En el «presto» surge una pasión dulcemente, sin impetuosidades: se acentúa poco a poco y estalla después en rugidos de desesperacíón y de impotencia. con fuertes acordes desordenados, convulsiones espirituales, gemidos salvajes. Los motivos se repelen, chocan y surgen como chispas luminosas que se funden en arpegios para terminar con una explosión de ira en dos acordes finales. Marta, fatigadísima, se llevó las manos al rostro. Lloraba. En la lejanía del recuerdo brillaba otro poema desvanecido en a la desesperanza de otro renunciamiento. Fuera de la realidad, latentes en su vida las convulsiones impotentes de aquellos acordes, a nada atendía más que a su dolor. No oyó llegar a su hermano por el pasillo ni abrir la puerta de la sala . _Pero, mujer, ¿estás a obscuras? ¡Si es ya de noche! Cuando yo digo que estás a loca ... Encendió la luz y, como la viera llorar, preguntó extrañado: _¿Por qué lloras, Marta? Contestaron los sollozos y la salmodia de la lluvia en los cristales. (Tomado del nº 34 de la revista Lecturas del año 1924) |
|
No pudo disputarle las preferencias de la niña ni siquiera al mastín, al fiero mastín que arrastraba su cochecillo por las avenidas del huerto. Un día _ ella se lo dijo_ supo que le quería. _A ti te quiero tanto como al perro, pero el perro es más bueno que tú porque no se enfada si juego contigo, y a ti te sabe mal que juegue con él. Era verdad. Por eso un invierno, mientras ella desde el colegio de la ciudad le encargaba que lo cuidara, él meditaba ladinamente el modo de hacerlo desaparecer. Fue un crimen horrendo. Con el cuchillo que los pastores guardaban en la alacena del redil, lo degolló. Después, atole una piedra al cuello y lo arrojó a la rinconada del río, donde había mayor profundidad y. por lo tanto, menos probabilidades de que el cadáver fuera hallado. No supo nunca definir aquel sentimiento que le hacía ruborizarse cada vez que la señorita le dirigía la palabra. Aquel sentimiento que le encolerizaba cada vez que ella requería los servicios de cualquier otro criado de la casa, cada vez que alguien le ensillaba el caballo, le limpiaba las bridas bruñéndolas tan bien como él, haciéndolo todo con tal cuidado que la señorita no se daba cuenta de que no era Antoñazas el que la había servido. Quería haber sido siempre el criado insustituíble, acompañar a la señorita en sus juegos, ser como la sombra inseparable de la señorita; pero no podía conseguirlo. Y ese afán llenaba todas sus aspiraciones, vivía en todos sus pensamientos. Consiguió en algunas épocas ser el criado preferido, pero nada más. Un día llegó de otras tierras el señorito, que usaba olores tan finos como los de la señorita. Después, lo que tenía que suceder: la boda. Apenas hacía tres meses. Ayudó a las mujeres en la faena de exornar la casa. Con la misma señorita Julia estuvo disponiendo la capilla para la ceremonia. Llevó al breve recinto sagrado los aromas del jardín en la flora exuberante de mayo. Junto a la novia, volvía a sentirse el mismo de siempre, pigmeo, torpe, azorado. Cuando le miraba, no sabía. dónde meterse. Recordaba ahora que, al ir a recibir de sus manos un jarrón, lo dejó caer y se hizo añicos. Ella no pudo reprimir la frase: _ ¡Qué desmanotado! ... Y él se puso lívido y echó a temblar. Aquello le hundía más y más en los abyectos fondos del desprecio. Era un desmanotado, era verdad, pero..., ¿por qué había de decírselo la señorita Julia? Recordaba igualmente que en su inmovilidad confundida no atendía a la señorita. Y que cuando se dió cuenta de que le alargaba un ramo de flores tan de prisa quiso cogerlo que atenazó la breve mano ducal y, queriendo enmendar el yerro, retiró prestamente la suya, velluda y áspera, como si la de la señorita quemase. Había recibido entonces una tremenda sensación de inferioridad, la misma de aquellos días remotos en que, después de una ausencia de varios meses, llegaba ella del internado y le saludaba con la divina merced de una mirada y de una sonrisa. Ella le había tildado con el remoquete de Antoñazas un día _ uno de tantos días felices _ en que comentando la anología de edades extrañábase la nena de la diferencia de estatura, de las proporciones gigantescas del mozo. Rió, enorgullecido, la ocurrencia de la señorita y la divulgó hasta conseguir que todo el mundo le llamara por el apodo. Otra vez _ ¡ con qué fiebre de hiperestesia saboreaba la evocación!_ regresaba de pasear a caballo, con el abuelo. Los animales, siempre «muy seguros», sintiéronse una vez retozones, y en una cabriola imprevista el que montaba Julia dio en tierra con su jinete. Desmayose. El abuelo gritó, pidió auxilio, y Antoñazas, que acudió el primero, llevó en sus brazos, hasta casa, el cuerpo divino de la señorita. Después hubiera querido morir. Había sido demasiada felicidad para volver de nuevo a la realidad de los acerbos imposibles. Cuando vio por vez primera a la señorita, después del accidente, se puso colorado hasta las orejas. Hubiera querido que le tragara la tierra. ¿Por qué? El mismo no lo sabía, no lo supo nunca hasta que llegó el día de la boda, de la separación inevitable. ¡Qué horas aquellas! Nunca lo hubiera creído. Era el día del Corpus. El cielo ponía sobre la aldea un dosel damasquino. Habían barrido las calles, la plaza, y los mozos alfombraron el pueblo con brazadas de hojarasca traídas de los álamos de la ribera. Triunfaba en la gloria primaveral de la mañana un penetrante perfume que salía de la tierra recién regada y de los tiestos de albahaca en flor. Antoñazas andaba por la casa como un beodo. Le latía en las sienes la plenitud enervadora de la naturaleza en celo. Los recuerdos felices evocados por la imagen de la señorita Julia se fundían con la furia ignescente del sol, con la explosión cegadora del cielo limpio y luminoso, con el olor húmedo de las hojas de la alameda. de la tierra mojada y de los geranios floridos. A media mañana, las tres campanas de la torre comenzaron a voltear. Era un diluvio de notas metálicas que azotaban el aire, hacían vibrar las ideas dentro del cerebro y conmovían el pavimento bajo los pies. Se había puesto Antoñazas sus mejores ropas, y sin embargo, ni se asomó al umbral. Estuvo todo el día en los graneros, sentado sobre un montón de mazorcas de maíz. Igual que aquella noche, Marieta había subido a buscarlo para que bajara a comer. Había ternasco y buen vino de Somontano. El mozo la hizo salir con cajas destempladas. ¡Cómo sonaban las campanas! Todo el mundo hablaba a gritos porque la algarabía del campanario apagaba las palabras a media voz. En esos gritos, en esa algarabía musical, en las ropas nuevas de las gentes, en las calles regadas, en el sol de oro fecundador y ardiente, en el cielo azul, en la festividad solemne del día, que se antojaba revestido de oros litúrgicos y velos de incienso, encontraba la cifra sangrienta de su desventura. El loquear de las campanas le exasperaba, pero no era una sobreexcitación nerviosa traducida en activídad, sino el derrumbamiento físico y moral ante la catástrofe inevitable de cuanto constituía el único objeto amable de existencia. ¡Crueles campanas del Corpus! La diafanidad de sus voces metálicas era un sarcasmo impío. Celebraban su dolor y con él hacían motivo regocijante de fiesta en la jocunda vesania del día. A la crueldad del renunciamiento se unía el dolor, lacerador, de la burla. A media tarde, cuando el vecindario llenaba la plaza aguardando la hora de procesión, se oyó el trepidar metálico del auto. Los señores se iban. Adivinó, por alguna frase oída a medias, que la servidumbre se despedía de la señorita entregándole cada criado un ramo de flores y deseándolele «mucha felicidá». Después creyó oír pronuncíar su nombre. La señorita preguntaba por Antoñazas. El mozo tembló. Era su voz cristalina, inconfundible, como la aquellas campanitas de plata que tocaba el acólito en la misa fastuosa de Pascua. Contuvo el aliento ... Nada. El ruido del motor que se alejaba, extinguiéndose a poco en las estridencias luminosas del campanario. Pasaban las horas. En todo él sentía como una bienhechora anestesia. Lo único que en el maremágnum de sus confusas ideas le recordaba el dolor del momento era la jocunda greguería de las campanas del Corpus. Aletargado, con mil inciertas ideas en el cerebro, a nada atendía más que a la realidad cruenta de su desventura. Oyó, lejanas, las canturias de la cofradía de Jesus, y después, al atardecer, mudas ya las campanas, el tabletear de una cigüeña en la veleta de la torre. Bajó las escaleras tambaleándose. Marieta le vió salir y le llamó. El mozo se encogió de hombros y siguió su camino. A sus espaldas oyó, impasible, el suspiro de siempre: _¡Ay, Jesús! Salió al campo y anduvo, mecánicamente, hasta las canteras lejanas. En un ribazo dejó transcurrir las lloras, desde que el sol se hundió por detrás del río, como un fabuloso aerostato de oro y fuego, hasta bien avanzada la noche. Entonces volvió al pueblo. Al pasar frente a la taberna, le llamaron: _ ¡Antoñazas! ... Una copa ... ¿ Quiés una copa? Entró. Alguien se le acercó, obsequioso. _Vaya este trago por los novios. Antoñazas cogió el vaso y, gallardamente indignado, lo estrelló contra la pared. Después salió, |
|
II En la llanura inmensa fingían los trigales un oleaje rubio, inquieto y palpitante. El cielo lucía su azul incandescente de agosto y reía el sol sobre el paisaje pletórico de luz. Primero fueron unas ráfagas caldeadas que rizaron las mieses y llevaron a las sienes de los segadores olorosas caricias de primavera con fragancia de abril y de trigo maduro. Después, un vellón argentado flotando en la lejanía, como un portentoso ice-berg perdido en el océano de añil. Miguel sentenció desde el flanco donde los agavilladores ataban los haces: _Malos barruntos trae esa nube. La legión de dalladores siguió en su faena. Alguno levantó el rostro hacia el cielo, comprobó la afirmación del mayoral y volvió, indiferente, a oscilar la dalla a derecha e izquierda con un ritmo magnífico. Los filos de acero cortaban los tallos a compás, produciendo un rumor de sedas rasgadas. Cada segador tenía en la línea toda la heroica majestad de los viejos apólogos helenos. En la paz de la tarde soñaban las cígarras su leyenda de holganza. Era su canto onocorde como un angustio «etcétera» puesto por la naturaleza al calor de la hora. El ice-berg adquiría proporciones fabulosas. Sus contornos, heridos oblícuamente por sol, tenían malévolos fulgores de nácar. _¿Traerá piedra?_ preguntábase el mayoral, Pronto salió de dudas. La nube se extendía rápidamente bajo la bóveda azul. Antoñazas se lo hizo notar, afirmando que la tormenta era inminente. Gran parte de la llanura había perdido sus matices estivales _ oro y verde _ y aparecía sumida en la sombra. Tenía aquel flotante vellón tan extraño poder de elasticidad, que a poco puso sobre el paisaje una tupida cortina de lino. Las rachas huracanadas desgreñaban los álamos del río y erizaban los trigales. Era el escalofrío medroso ante los primeros síntomas de la catástrofe. En el camino, la tierra se arremolinaba, mugiendo quedamente sus rebeldías. Iba y venía el perro del mayoral, inquieto, oteando el peligro, y el rucio enhiestaba las orejas queriendo prever las torvas intenciones de Júpiter. _Apa, a ver si rematamos el bancal. La afanosa guerrilla de dalladores redoblaba sus esfuerzos. En cada golpe de guadaña tumbaba una fanega de trigo. Antoñazas quedábase rezagado al extremo de la laboriosa mesnada. Se le vió luchar con su propia impotencia y, por fin. claudicar deteniéndose y descansando sobre el palo de la dalla su torso de atlante. _¡El grandísimo badanas! _ objetó el mayoral para sus adentros. Y después, en voz alta: _¡Ven aquí, adüyame a enganchar! El mozo obedeció. Cuando llegó junto al mayoral, quiso disculparse, pero Miguel no le oía. _¡Ahí va ese tirante! El primer trueno conmovió la llanura. Los segadores se detuvieron y consultaron al mayoral con una mirada. _ ¡ A plegar! A poco, otro trueno bronco y dilatado. Cayeron las primeras gotas. Enganchada ya la carreta, se pusieron en marcha bacia Ainal. Iban por grupos. Antoñazas, Juan, Francho y Elías, los cuatro criados fijos de la casa, formaban, discretamente, corro aparte. Los otros, por su condición nómada y su indigencia, pertenecían a una categoría inferior. En el horizonte zigzagueó la rúbrica pavorosa de la ira divina y restalló el rayo. _P'al amo _ comentó un montañés. _ ¡Aguaaa! _ gritó otro. Lejanas, sonaron las campanas de la aldea. Antoñazas, sin saber por qué, se estremeció. Bajo el palio grisáceo del cielo urdían con rimas de bronce el más bello poema patriarcal. Abaciales, ungidas en santidad, llamaban a los fieles a la oración. Había que aplacar las iras de Dios. Ajenos a la tormenta, arrastrando cansinamente las notas, cantaban los guadañadores una tonadilla absurda: «Ya vienen los segadores, mira, de segar de Cinco Villas. mira ...»
Caían las gotal anchas y ruidosas. La tierra, sedienta, las absorbía con avidez y devolvía un vaho caliginoso y acre. En las tablas del carro sonaban como en un parche de tambor, y en las hojas de las guadañas con un sonido cristalino, de acero. La caravana seguía su camino. « ...de segar de Cinco Villas, míra.»
|
|
III Había cesado la tormenta y la noche envolvía la aldea en su albornoz constelado. Llegaron al pueblo y penetraron en la casa de labor. Sobre el dintel de la gran puerta plateresca campeaba el escudo de los Foces. Se tumbaron aquí y allá, sobre el empedrado, cara al techo. Ofrecía el patio un aspecto tétrico de aguafuerte. En la paredes, hasta cuatro candiles de gas, encerrados en polvorientas linternas, vertían sus livideces sobre los rostros de los segadores. Eran cincuenta hombres caídos con un gesto mortal de inercia. Por sus bocas entreabiertas jadeaba la vida en un alentar uniforme. En sus facciones el sudor ponía un barniz verdinegro de mármol antiguo y sus brazos desnudos tenían el brillo de las viejas molduras de bronce. Antoñazas, con los otros críados, entró en la cocina. Acomodose en la cadiera y echó al fuego una brazada de ramas secas. Iba empapado. La camisa se le pegaba a la piel, acusando una recia musculatura de Hércules. Trajinaba presurosa la criada, revistando las ollas donde acababa de cocerse el rancho de la tarde. _¿Habéis tenido mucha agua? _ preguntó Antoñazas, por decir algo. _Figúrate. Pa coger un pasmo... Los otros hacían pasar de mano en mano una bota de vino. Marieta, malhumorada como siempre que de dirigirse a Antoñazas se trataba, comentó: _ ¡Lástima! ... Hierba mala ... Antoñazas calló. Sabía que, de continuar, irían a parar a lo de siempre. Rara habilidad la de aquella mujer para sacar a colación el tema del querer. Desde que entró en la casa, a los once años, no le dejaba parar a sol ni a sombra. Y eso que ... por falta de desdenes no sería. _¿Sabes que ha habido carta? _ preguntó ella dando a la pregunta todo el carácter de una revelación. _¿De quién? _ inquirió el mozo, despiertos de improviso sus cinco sentidos. _De los señores. ¡Y que mandan expresiones para ti! Antoñazas, incrédulo, salió disparado hacia el patio. _¿Hay licencia? Don Joaquín de Foces, señor de Ainal, con su representativa barba blanca y el prestigio heráldico de su voz de trueno le hizo pasar. Antoñazas, ya en el despacho, se arrempitió de su decisión. Era injustificable, insaudita. No podía menos de extrañar al señor aquel interés por lo que pudiera decir una carta que a él, en definitiva, nada debía importarle. Subrayaba su hablar inconexo sonriendo en un ingenuo alarde de afabílidad. Pero su sonrisa no encontraba eco cordial en el anciano, y esto le desconcertaba. Don Joaquín escuchaba con atención sin cejar en su característíca pose de serieedad. Antoñazas daba vueltas al enorme pavero, concentrando en las manos toda su nervosidad, El señor habló, por fin. Efectivamente, habían escrito. No sólo habían escrito, sino que llegaban al día siguiente. _¿Que vienen? _Mañana por la mañana. En el auto. Esgrimía en la diestra el breve pliego, lleno de renglones manuscritos. Con una seña le invitó a que se sentara. _¿Ves? Aquí dicen algo que te interesa. El señor quiere llevarte con ellos de ayuda de cámara. ¿Qué te parece? Tendrás que afinarte, porque así, en bruto, no está bien ... Con esa pinta de esquimal... ¿Entiendes? ... Con el índice, don Joaquín señalaba una palabra. _Ahí está. Miraba el lugar indicado con ojos febriles, de suprema sorpresa. Quería que en sus retinas quedara grabado eternamente aquel término, con la crucecita de la"t", el garabato nervioso de la "ñ". ¡Y qué bien olía la carta! Tenía la fragancia de los veinte años de la señorita Julia . Pero lo otro ... lo de ir con ellos... De improviso, intentando ocultar dificultosamente su emoción, salió. _A la paz de Dios. Fue un incomprensible arranque súbito. Don Joaquín le vió marchar, extrañado. ¡Demonio de chico!...¡Qué prisa le corría ir a comunicar a la servidumbre la distinción de que le hacían objeto los señores! En los balcones del escritorio volvía a redoblar la lluvia. ¿Otra vez tormenta? Fuera, en el pasillo, creyó el anciano escuchar un sollozo. Salió. _ ¡Antoñazas, muchacho!... No contestaron. Vio huir vertiginosamente una sombra, esquivando los reflejos inquisitorios de una linterna de petróleo que dibujaba dos triángulos luminosos en la pared |
IV Incorporados en el suelo, recibían su pitanza de uno en uno, requebrando a la. moza que les servía. Marieta contestaba, desenvuelta y procaz. Su orgullo de mujer bella tenía fácil perdón para todas las audacias. Terminada la refacción de los dalladores, dispuso la de los criados de la casa. En la amplia cocina, sobre una mesa forrada de cinc, colocó dos ollas descomunales. Entregó después a cada cual su cuchara de madera. Uno cortaba el pan con su navaja, feroz navaja digna de la más sangrienta leyenda de rivalidad amorosa. Interrogó Marieta, extrañada: _¿Y ese?
_No te se
perderá,
moceta
_ dijo uno.
_Quedría llevarlo cosido en las sayas_ añadió otro. La moza protestó: _¿ Queréis callar? ... ¡Los muy ... , El mozalbete de la feroz navaja echó también su cuarto a espadas: _Anda a buscarlo, mujer. En la cuadra lo toparás. _¿También tú? Anduvo nerviosa por la cocina haciendo que hacía, y por fin se decidió a ir en su busca. Llegó a la cuadra. Tumbado sobre un montón de paja lo encontró, hundidos los ojos en las cuencas sombrías, congestionado el rostro. _¿Qué haces aquí? Vamos a almorzar. El mozo no quería almorzar. _¿ Qué tiens? No era nada. Cansancio. Todo el día dallando con el sol en la nuca. Pero aquello pasaría. AI día siguiente estaría bueno. _Pos sale a almorzar _ insistía ella. _¡Pa qué! Amorosa, le puso la mano en la frente. Quemaba. Antoñazas le rogó: _Anda, Marieta... Veste. La moza le miró, enamorada y compasiva. Después salió y, ya fuera, suspiró, compungida, desde lo más hondo del alma: _¡Ay, Jesús! |
|
v Amanecía. Detrás de las cumbres lejanas un volcán ignorado eructaba amapolas de luz. El mayoral daba prisas: _¿Rematas, o qué? La moza: ultimó el aprovisionamiento de las alforjas. Arrastrando penosamente un pellejo de vino, advirtió: _¡Uy, Dios!... ¡EI vino que gastan! _Y más qu'en hubiera. No le hagas alforja a Antoñazas, que no viene. _¿Yeso? _ preguntó la moza. _Van a llegar los señores y tendréis faena a manta. Antoñazas salía en aquel instante de la cuadra. Venía ojeroso, desencajado. Miguel, dirigiéndose a sus segadores, como un capitán a su mesnada,ordenó: _¡Apa! Que ya espunta el sol. Marcharon. La casa quedó silenciosa, vacía. Resonaban en el empedrado del patio las abarcas de Antoñazas como en un panteón. Salió a la plaza. El aguacero de la tarde anterior había lavado las calles, los muros encalados, y en la atmósfera dejó una fresca limpidez de cristal. Reconoció, en la fragancia ozonizada del aire, el mismo aroma diabólico de la mañana del Corpus. Sentía el mismo desasosiego molesto y una extraña fuerza invisible le oprimía el pecho. Volvió a entrar en el patio. Desde la cocina le daba instrucciones Marieta: _Hemos de arreglar el cuarto de los señores, Ya puedes subir al gabinete de la señorita, sacar la consola vieja y llevar el espejo grande de abajo. Después iré yo. El mozo subió al cuarto de la señorita Julia. Había en el gabinete tibiezas femeninas. Los primeros besos del sol iban a fingir arabescos sobre la cubierta de seda azul. Al acercarse a la cama, creyó percibir el mismo perfume que llevaba la señorita el día que se desmayó. Era el cuadrante recubierto de blondas que conservaba el aroma de la breve testa femenina, el olor de los cabellos color miel, de los hombros color de trigo maduro. Acercó su rostro a los encajes para aspirar mejor, para sentir el roce de aquellas sedas que acariciaran tantas veces la piel de la señorita. Y al inclinarse viose reflejado en el espejo que presidía el frontero tocador: sus facciones, renegridas por el sol y el sudor; sus ojos hundidos en un cerco cárdeno, bajo las cejas hirsutas y la pelambrera lacia y polvorienta. Tuvo vergüenza de sí mismo. Enhiestose, retiró sus manazas de oso, grandes y velludas, que había apoyado en el lecho, y comenzó, sumiso, a cumplímentar las indicaciones de Marieta. Horas después, el sol vertía, casi perpendicularmente, su saña incendiaria. Auxiliada por el mozo, Marieta ultimaba los detalles de exorno del gabinete. Dispuesta la amplia cama, renovados los visillos, cepillados los cortinajes y los breves tapices de los muros, cambiada el agua de la benditera, sólo faltaba que los señores llegaran y animaran el cuarto con su presencia. Marieta no le quitaba ojo al mozo. En su silencio, en su gesto laxo, adivinaba el decaimiento total de sus energías. Al echar al gabinete el ultimo vistazo, volvió a preguntarle: _¿Qué tiens, Antoñazas? _ ¡Qué quiés que tenga! Desde la puerta, la moza le invitó a bajar, pero Antoñazas se quedaba un instante aun. _Veste, que yo baxo deseguida. Se fue ella. En la escalera encontró a don Joaquín. Se había vestido cuidadomente un terno negro, y en la corbata estampada _ ochocentista corbata, en la triunfaba una flora fabulosa, de pesadilla_ lucía, con el viejo escudo solariego, su ejecutoria de hidalguía. _¿Todo listo? _Sí, siñor. _Hoy es día grande, día de júbilo. ¿Y Francho? ¿Y Juan? ¿Han marchado al monte? _No, siñor, _Los señores están para llegar de un momento a otro, y hay que recibirlos dignamente. Antoñazas, Francho y Juan, suban a la torre, y en cuanto vean el automóvil de los señores, que echen las campanas al vuelo. _ Juan y Francho ya están en o campanar. _Bueno, pues que suba Antoñazas también. El mozo bajaba en aquel instante. Extraviada la mirada, vacilante el paso, incierta la voz al dar los güenos días. Dirírase que huía. Recibió la orden.
Fuera estalló,
como un castillo de fuegos de artificio, la policromía
musical de
las campanas
lanzadas a bando. El vejo,
entusiasmado, contagiado por la
alegría dominguera de las notas de bronce, reía.
_¿Oís las campanas? Igual que el día de la boda; suenan a fiesta gorda. No domingo, sino a fiesta gorda, a Pascua, a Corpus. ¿Verdad, Antoñazas? _Verdad, siñor _ balbució el mozo, marchando escaleras abajo. _Vamos, Marieta _ repetía el señor._Vamos a ver cómo ha quedado el gabinete. Llegaron arriba. La moza iba delante. De pronto se detuvo y aguzó el oído. Creyó oír, a través de la algarabía de las campanas, un alarido de dolor. Vertiginosamente, en alas de una cruel sospecha, de un infausto presentimiento, bajó al patio. Suspiró: _¡Ay, Jesús! Fuese a las cuadras y llamó en todas direcciones: _ ¡Antonio! ... ¡Antoñazas! .. Contestaba el loquear de las campanas. Salió a la plaza. Al pie de la torre se arremolinaba la gente en torno a algo dísforme y sangrante. Miró al campanario. Sólo estaban Francho y Juan. Con la evidencia de lo irremediable, lo adivinó todo. Corrió con los brazos en cruz, poniendo el alma entera en sus clamores: _¡Antonio!...¡Antoñazas! ... Cuando salía, desorbitados los ojos, mesándose las greñas, deshecha en llanto, bajaba don Joaquín. _Pero, hija, ¿qué es eso?... ¿Estás loca? _ ¡Antoñazas, señor, Antoñazas! . _¿Qué dices?...¡Pero muchacha ! Las campanas instrumentaban, en la paz de la mañana, sus júbilos de bronce. Marieta, entre lágrimas y gritos, desgarraba con los dientes un pico de delantal, y don Joaquín se maravillaba, íncornprensívo. A través del estruendo del campanario lanzó su nota aguda la sirena del auto de los señores. Fue, en la diafanidad matinal el chirrido de un portentoso diamante rayando el lapizlázuli altísimo del cielo de agosto.
(Tomado del nº 37 de la revista Lecturas del año 1924) |
|
El encanto de la tarde. tibia reposaba en la paz del patio como en un panteón. Era también una paz blanca, de deseos apagados, de anhelos y esperanzas inánimes, envueltos en un sudario de místico renunciamiento. El sol de diciembre vertía su luz amarilla en el claustro, recortaba los arcos de la blanca crujía románica y penetraba por las celosías en un ansia inefable de purificación. ~ En los claustros latía siempre un aleteo de rezos a media voz, interrumpido a veces por la algarabía luminosa de la campana conventual. El silencio era blanco, como las tocas de las hermanas y la cal de la columnata encargada de absorber la luz cenital del pequeño patio interior del asilo. Entre las losas alfombradas de liquen surgía el jaramago enfermo de melancolía.
Pero en la
parte posterior
del edificio, aquellas galerías superpuestas, sabiamente
orientadas
hacia poniente
para recoger
el buen sol
de las
tardes de ínvíerno,
se destruía la leyenda que vertía el silencio en el patio
interior, en la iglesia, en el presbiterio...
Era la jocunda greguería
de los gorriones que
habían establecido
su feudo en el jardín cuidado por
las monjas
y
en la
huerta cultivada por los asílados.
Todas las tardes, momentos antes de ponerse el sol, se congregaban los pájaros en aquellos jardines y reñían serias colisiones por el disfrute de los agujeros de la fachada para alojamiento nocturno. BIas lo tenía bien observado. Primero buscaban por los árboles desnudos de la huerta la pitanza y después comenzaba la conquista de los dormitorios. Surgían entonces gorriones de todas partes, disparándose como flechas hacia los muros del convento en una algarabía ensordecedora. En estos momentos cantaban de otro modo que los gorriones usuales de las alamedas: daban la sensación de que reían en largas carcajadas de burla, satisfechos del dominio absoluto que ejercian en el asilo, llevando impunemente su libertad a los mayores extremos del libertinaje. Blas lo justificaba. Sabían los muy truhanes que los viejos no podían castigarles. Un espantajo habían puesto en medio de un cuadro de plantío, pero demasiado se echaba de ver que era una cruz de palo con la primera levita que la tarasca francesa inventó allá, por los años mil. Convencidos los invasores del engaño, profanaban el severo porte diplomático del muñeco convirtiéndolo en evacuatorio. Así tenía de nevados los hombros esqueléticos y aquellos brazos abiertos desesperadamente en un terrible acceso epiléptico. Cierto que el monaguillo salía casi todas las tardes con una esquila descomunal y desfilaba por todos los senderos, hacíéndola sonar estrepitosamente, pero ¡quién hace caso de cencerros! Sin trabas ni recato, los gorriones invadían el tejado, los claustros y la huerta, vertiendo en la transparencia de la tarde una lluvia discordante de notas y colores, confetti y rosas de papel, sobre el fondo ocre del cielo. |
|
Blas, sentado junto a una coiumna de la galería, se dejaba envolver en la caricia del sol y rememoraba la historia de su pobre vida vulgar, en la que las desgracias se habían ido acumulando como si cada una llamara a las demás con un extraño poder de atracción. En sus setenta y tantos años había vivido todos los infortunios. A los veinticinco creyose feliz, resuelto el problema de la existencia con un empleo que consideraba vitalicio, en una oficina particular, a la que dedicó sus escasas energías de hombre que todo lo cifra en la laboriosidad. Suplía sus escasos recursos intelectuales con una voluntad férrea para el trabajo. Era servicial, discreto, y eonsiguió el afecto de su principal, con cuya protección realizó la primera ilusión de su vida fundando un hogar feliz con la mujer buena y no muy bella en quien adoró desde su infancia.
Transcurrieron dos años de dicha. La felicidad culminó con el
encanto de la paternidad. Tuvieron una hija. Después, al poco
tiempo, la esposa fiel, en cuyos ojos había encontrado la
alegría inefable de vivir, murió. Desesperado, buscó y
encontró algún consuelo en el cariño de la hijita. Puso en ella
todos sus amores. Abandonó a sus amigos y se recluyó,
desconfiando del mundo, en un dulce destierro. No quería restar
al trozo de su alma el
más
pequeño de sus afectos. Solo, sin parientes que compartieran su soledad, concentró en la hija todas sus ilusiones, y pasado algún tiempo creyó haber reconquistado la felicidad, la ansiada paz interior, que creyera perder para siempre Un día faltó el trabajo... Y otro día _¡día aciago que acabó de decidir el desequilibrio de su vida!_ se desvaneció la gran ilusión de su existencia. Su hija perdiose por amor y huyó de su padre, confundiéndose avergonzada en la caravana de las pecadoras. Purgó en la abyección su pecado de amor, como tantas otras. Desde entonces sintió que la voluntad, aquella voluntad de la que tantas hiciera alarde, le abandonaba.¿Acaso la vida merecía ya la pena del más fuerzo? Por negarle le había había negado hasta la oportunidad de perdonar a su hija. ¡Y él la hubiera perdonado! ¡Lo hubiera olvidado todo en aras de su inmenso amor de padre! Pero el destino era cruel y se solazaba estúpidamente con su desgracia. No quería, por tanto, rendirle ya el tributo del más pequeño esfuerzo. Más de una vez, en su desesperación, pensó en el suicidio, pero desistió siempre. Despreciaba demasiado la vida para que pudiera temerla. Y fue viviendo de la compasión de los que le rodeaban, hasta que alguien, llevado de un noble sentimiento de caridad, consiguió recluirlo en el asilo. Allí, con el cultivo del alma en la religión de Cristo, el anciano se sintió renacer. De su vida pasada, que era como una lejana y obscura pesadilla, le quedaba en el alma el sedimento de aquel gran amor paternal. Pensando en ella aquella tarde como tantas otras, sintió que sus ojos se le inundaban de lágrimas. _¡Ah, si su madre hubiera vivido! La campana pequeña y revoltosa, pegada mílagrosamente al techo del claustro, comenzó a tocar oración. Blas, instantáneamente, se alegró. Ahora subiría sor Ignacia de la Cruz, joven y rubia como hija. También su edad vendría a ser igual y en cuanto al genio, despierto y vivo, era copia fiel del de Ana. Había comenzado a sentir por la hermana el mismo cariño paternal que le hizo feliz contemplando en tantas veladas familiares a su hijita mientras llenaba recibos de encargo, a tanto el centenar. Y al mismo tiempo que florecía en su alma este nuevo sentimiento, la obsesión de la hija desventurada se iba convirtiendo poco a poco en una melancolía suave, como si hubiera muerto antes de pecar y él mismo hubiera vertido flores en su tumba. Llegó sor Ignacia. Sorprendió al anciano fumando y comenzaron los regaños, unos regaños suaves que acariciaban el alma _¡Ea, venga ese cigarro! Con uno después de las comidas basta. ¿ Te parece que toses poco? ¡Jesús mío! ¡Vicioso! Introducía su manita breve, ducal, en bolsillos de Blas y sacaba un puñado de colillas. _¡Uf, qué asco! Estás en pecado mortal por desobedecer. Mañana te confiesas o no me vuelves a mirar más a la cara, que yo no quiero tratos con condenados. La vocecita aguda y transparente vibraba en el claustro, bajaba al jardín y se fundía con el parloteo de los gorriones. Blas quería hablar, pero las lágrimas le nublaban la vista y la voz se le anudaba en la garganta. |
|
A medida que transcurrían los días, la presencia de sor Ignacia iba reemplazando la dolorosa ausencia de su hija. Se sentía dominado por una felicidad risueña que alegraba la desolación de su vejez. Tuteaba a la hermana con gran alborozo de ella y alguna oposición de la madre, anciana y severa, que se escandalizaba de todo, cuando ésta le llamó la atención, contestó la sor: _¡Por Dios, madre! ¡Si se va del mundo, el pobrecito! Y la madre, dispuesta fácilmente a cambiar de criterio, consintió. Blas era dichoso, desvanecido el recuerdo de su vida anterior en el calor de aquella paz conventual hecha de abnegaciones y afectos puros. Espejismos de la vejez le hacían creer a veces que Ignacía era su hija.. Le había contado a la hermana su historia, y cuando opuso algunos reparos al llegar' al episodio de la pecadora, que no se atrevía a narrar, exclamó ella: -¡Bah! ... ¡No importa...Precisamente escogí la orden de la Caridad porque, de todas las monjas, son las menos beatas. Si llamaba a la hermana por el nombre de su hija, sor Ignacía sentía un regocijo infantil, emocionándose levemente al reconocerse objeto de las ternuras paternales del anciano. Recordando todas estas cosas _remembranzas de oro en el erial de su vida_ BIas creía en la bondad de la existencia. Ignacia era su hija; en la otra no había que pensar. Quería recordar que murió una tarde de otoño, siendo todavía buena. Lo otro era una alucinación, una pesadilla, un capricho de la fantasía que gusta de martirizarnos. Sí: la hermana era su hija buena, enviada por el cielo para que sembrara de paz sus últimos días. Bien lo merecía después de setenta y seis años en los que la vida se gozara en su martirio con una voluptuosidad de vampiresa. Como todos los días en que el cielo le hacía la merced de un rato de sol en la galería alta, aquella tarde saboreaba los últimos rayos, fijos los ojillos grises en la lejanía y apoyado el. mentón en el cayado. Y, como todos los días también, llegó sor Ignacia de la Cruz al toque de oración, pero esta vez radiante de júbilo, con una noticia que la hacía enloquecer de alegría: _¿No sabes? Me han destinado al profesorado de las Paúlas, a Zaragoza. Mañana me voy. Y después, conmiseratíva, añadió:
Blas la miró abriendo mucho sus ojos sin brillo. No contestaba. ¿Estaba seguro de lo que había oído? Sí, sí... Sor Ignacia se marchaba; y se marchaba sonriente y contenta. No era la hija buena devuelta por Dios para sembrar de paz sus días últimos. No, no lo era. Cuando la monja le ofreció el brazo para bajar al ofertorio, dijo, haciendo un alarde de serenidad: _No, ya bajaré solo. Vete, que yo voy en seguida. En cuanto desapareció, apoyó la frente en la vuelta del cayado y suspiró. Las lágrimas enturbiaron más sus turbios ojos grises. El Sol huía del claustro. Doraba tan sólo un capitel y amenazaba volar de un momento a otro a aquellas nubecillas que se incendiaban en el horizonte. Sentía el viejo un frío extraño que le llegaba a la médula. Lo mismo que desaparecía aquel sol de diciembre que confortara su pobre cuerpo algunas horas antes, se iba para siempre, para no volver, el rayo de luz que proyectó sor Ignacia en su alma, llenando de una dulce y santa alegría el diciembre helado de su vida. Sus días serían ya una anticipación del sepulcro, con sus mismas sombras y su mismo frío denso y terrible. Se levantó y comenzó a marchar trabajosamente, repitiendo en alta voz la frase: _¡Dios mío!...Se va, y se va contenta ... Al escucharse a sí mismo en la soledad del claustro, sintió que las sienes le latían con violencia y tuvo que apoyarse en la pared para no caer. (Tomado del nº 42 de la revista Lecturas del año 1924)
|