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Pedro Garfias

Yo te puedo poblar, soledad mía,

Miliciano muerto

 

Entre España y México

SONETOS

I

II

III

IV

     Yo te puedo poblar, soledad mía,

igual que puedo hacer rocas y árboles

de estas oscuras gentes que me cercan.

 ¿Cómo, si no, llevar sobre los hombros

la ausencia? El ágil viento me conoce

y ayuda en mi trabajo: cada día

cuelgo del monte nuestro cielo limpio,

planto en el lago nuestra rubia era

y el ancho río de corriente pródiga

vacío lentamente...

 Allí donde los pinos y los álamos,

donde la encina sólida y el roble

el claro olivo de verdor de plata,

y sobre el culto césped

el triunfo de la espiga.

El sol muy en lo alto, fatigando

el  aire con sus alas,

en  el cenit su vuelo detenido.

   Cómo su gracia y limpidez los ojos

me abrasan con su luz... No lo soñara

la torpe mano que me arrebatara

mi blanca Andalucía.

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Miliciano muerto

Qué dulce muerte le dio

la bala que lo mató.

Le vi sobre la trinchera

derribado

con el fusil empuñado.

Tiernos paisajes en flor

le fluían a los ojos

que la muerte no cerró.

Yo vi en sus ojos su vida.

Vi su niñez espantada,

su juventud desolada

sin una interrogación.

Y vi sus días iguales.

Y vi su resignación.

Qué dulce muerte le dio

la bala que lo mató.

Le sacudieron los vientos

rebeldes el corazón.

Con el fusil en la mano

y en la garganta un clamor

salió a defender su tierra,

la que nunca poseyó

La muerte le ha derribado

con brusquedad de ciclón

Camarada miliciano:

la bala que te mató

se fue cantando la gloria

de un hombre que se salvó.

Porque has muerto por el pueblo

¡qué dulce muerte te dio

la bala que te mató!

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Entre España y México

Qué hilo tan fino, qué delgado junco

-de acero fiel- nos une y nos separa

con España presente en el recuerdo,

con México presente en la esperanza.

Repite el mar sus cóncavos azules,

repite el cielo sus tranquilas aguas

y entre el cielo y el mar ensayan vuelos

de análoga ambición nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas;

guárdanos en tu frente derrumbada,

conserva a tu costado el hueco vivo

de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces,

sobre la densa y poderosa espalda

de este mar, con los brazos ondeantes

y el latido del mar en la garganta.

Y tú, México libre, pueblo abierto

al ágil viento y a la luz del alba,

indios de clara estirpe, campesinos

con tierras, con simientes y con máquinas;

proletarios gigantes de anchas manos

que forjan el destino de la patria;

pueblo libre de México

como otro tiempo por la mar salada

te va un río español de sangre roja,

de generosa sangre desbordada.

Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,

y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

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I

Por el costado de la tarde aquella,

curvo y suave como tu mejilla,

fui resbalando hasta la pura estrella

que hoy en el pecho de mi noche brilla.

Fui pájaro, fui viento, fui centella.

Surqué las horas con ligera quilla

y contemple la huella de mi huella

como un álamo roto de la orilla

Remonté la corriente decidido.

Luché furioso con sus sordas olas.

Vencí. No más seré de lo que he sido.

Hincada mi raíz en su costado

quiero quedarme con mi noche a solas

como en un caserón abandonado..

 

 

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II

Mi sueño allá y aquí la lluvia larga

y estas piernas que ya no me obedecen

y estos bramidos hondos que me crecen

del corazón como una yerba amarga.

Mi pecho aquí y allá la cordillera

que abre en dos _cierra en dos_ nuestras vidas

y el pasmo de estas nubes convertidas

en llanto vertical sobre mi era.

En el silencio de tu voz me pierdo

y siento el puño de la linde eterna

trizar mi frente de cansado león.

Llenan la noche el viento y tu recuerdo.

Bajo la misma ruda mano tierna

tiemblan el árbol y mi corazón.

 

 

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III

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can, siempre despierto.

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz, moldeo, esculpo, acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

 

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IV

Ahora que el cielo sorbe la llanura

y el sol detiene absorto su carrera

veo mi vida como loca esfera

girar de día claro en noche oscura.

Pesa la noche su montaña dura

sobre el regazo de la rubia era

y en vano busco antigua primavera

que encendía la sombra y su espesura.

La arena gris de lo pasado, ciega

mi mirar que se afana enfebrecido

en ver aquello que ni el eco nombra.

Y en cuanto la memoria se me niega

sigo mirando lo que hará el olvido

vencida luz a la insaciable sombra.

 

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