índice

El encuentro

M. Lanoy

El muerto

Gentes al margen

El encuentro

     "Más allá de las manos —se dijo mirándose las suyas— está el mundo, lo ajeno, lo extraño." Las escondió en los bolsillos del pantalón y estiró las piernas. El sol calentaba la vieja pana de que iba vestido. Las gruesas botas cubrían insolentemente toda su mirada. Movió los talones en el suelo y comenzó a martillar rítmicamente sobre la arenilla del paseo.

    "Jardín Azaña, ese es el nombre que le corresponde. A él se le ocurrió la idea y comenzó a hacerlo. Cuando empezó la guerra ya estaban construidos los muros de contención y las plataformas." Miró alrededor sin apoyar la vista en ningún ser humano. "Está bien. Ha quedado hermoso y noble."  Siempre al fondo la suave medida de la Sierra, el paisaje habitado de Madrid, con sus evocaciones —Velázquez, Goya— aunque, sobre todo, las propias emociones de cada vida. Las alturas de Guadarrama, a medida del hombre, contrastando con las formas gigantes y deshumanizadas de los Andes, cerca aun de su retina, le hacían pensar en una especie de fondo creado para encajar un estilo, un sistema de pensamiento, un modo de vivir —otra vez Velázquez y Goya, pero también el Madrid del asedio— todo a nivel humano: "a un alto nivel humano".

     "Y el sol..." Se revolvió en el banco, encogió las piernas, sacó las manos de los bolsillos y las volvió a mirar. "Dulce el sol que calienta la sangre como un buen vino." Se pasó el dorso de la mano sobre la boca, contento de notar su gran bigote lacio y la aspereza de su barba sin afeitar. Sabía que en su barba aparecían rosetones de pelos blancos y que en el bigote ambos colores se mezclaban con un amarillento de esparto. Eso, y además el color curtido, y también la ropa, y el pelo cortado casi al rape, y la gorrilla de de visera... más los años pasados, ¿quién podía reconocerle? "Un paleto" (se reía por dentro) "Bien trajeado con su correspondiente pringue en el cuello de la chaqueta y en la boca de los bolsillos. Me faltan esos surcos cruzados en la piel del pescuezo. Por algunos detalles alguien podría sospechar. Pero ¿cuándo? ¿Mañana? Mañana ya no estaré aquí."

    Alzó la vista y vio la zona nueva deslomándose a la izquierda. Pensó en lo oculto tras los árboles del Parque. "La Universitaria es una obra que muchos se atribuyen, pero que se debe al espíritu de la Residencia del Centro de Estudios Históricos de la corriente renovadora de la Universidad. Como este arte de ahora, de las construcciones oficiales del régimen, es el pensamiento de la otra España, de la de fuera, el que lo impone. Porque los que se han quedado aquí no quieren estar quedados, sino también en marcha y se embeben en las líneas de lo que era el desarrollo natural de las cosas, aunque cojeen de Felipes IV y V."

     Tocó la pana, apoyando las manos en las rodillas: "Paleto, qué sabes tú de Felipes. Algún día escribiré esto, es cómico, y, además, me reiré de los que se burlan de los intelectuales, porque es más fácil dejarse caer con el cubo vacío que subir de continuo el cubo lleno. Sí, intelectual, ¿y qué? Mis manos saben aferrarse a las armas y mi cuerpo duerme bien al raso. Puedo permitirme el lujo de pensar en los Felipes y aun, si me quedara hasta el domingo, visitar el Museo del Prado, con cara bobalicona, pero acompañado de mi fantasma de otros años, que conoce todos sus rincones desde el tiempo aquel en que el deseo de saber inundaba hasta sus horas de sueño.”

     “No he venido a divagar”, se repitió extrañándose de sentirse contento y jovial. Hubiera comenzado a reír por nada, con el mínimo pretexto, por ejemplo, con don Nicanor tocando el tambor, que iba acercándosele con su esquemática composición de plumas y cartones. "Cuando yo era chico, don Nicanor tenía cara de pasta y sombrero de copa." Se reía mirándolo, y el vendedor sonreía primero y se alejó después. No era posible que aquel paleto riera así sólo por don Nicanor. Sería por otra cosa, porque estuviera chalado o fuera un tipo raro. Lo mejor era seguir adelante, hacia los niños, que no pueden buscarle compromisos a uno.

     "Todos andáis huyendo hasta de vuestra sombra." Sintió ganas de levantarse y comenzar a pasear para hacer tiempo. Pero ¿alguien ha visto pasear a algún campesino? O trabaja o se sienta, o se para junto a una pared. No pasea nunca. Lo hacen sólo los que buscan alguna idea y no los los que ya tienen hecha la idea de que el mundo es así y no cambia tan fácilmente. “Cuando creyeron... cuando creíamos...” Se quedó en su banco y siguió esperando. Era imposible que en un día como aquel no saliera a tomar el sol por allí, y estaba frente a su puerta.

     Le falló lo de los bolsillos. Iba a subir a su casa con un par de botijos al brazo para así tratar de verla. No pudo prepararlo con el aspecto natural, y si no era así —un burrillo a la puerta, la carga abundante, el grito cantado— se notaría algo raro y cualquier sorpresa rompería sus planes. Ella no debía suponer nada. Pocos días antes mandó a Francia la carta que sería reexpedida desde América. Para ella seguía aún allí, y por ningún motivo debía creer que era un hombre a quien se trataba de dar caza.

     Hasta la prensa extranjera ha dejado de hablar de los que siguen batiéndose, ni siquiera para llamarlos bandidos. Llevaba ya seis meses organizando y orientando el movimiento. El último golpe salió perfecto. Los dos condenados a muerte escaparon en la noche sin dejar trazas. Ya estarían allí. El iba a cambiar de emplazamiento, se iba a la zona H, como él la llamaba sobre el mapa, después de su principio de organización. La zona B quedaba en buenas manos.

     Miró otra vez las suyas y se aseguró que no eran sospechosas: curtidas, rudas, machacadas. "No quiero manos de señorito" dijo en Francia antes de entrar, y comenzó a trabajar en la construcción y a revolver el mortero con ellas. Después martillaba, cavaba tierra, remaba. Se fue cayendo en ampollas la piel fina y salió la piel más gruesa y resistente. La palma era ahora dura y el brazo sólido. "Ella cree que me paso la vida escribiendo. Le mandé algunas cosas publicadas allá en América. Pero de pronto se me secaron las ganas de escribir. Era una frivolidad escribir sin referirse al tema de siempre, al que está dentro de nuestra vida entera, y éste ha pasado ya de moda."

     Cerró las manos y contempló satisfecho el vigor del puño cerrado. Le gustaban sus manos ahora más que antes. Las sentía como la verdadera expresión del hombre cabal. Pensó en sus ojos y los supuso más grises, rodeados de las arrugas de la edad, subrayadas por la defensa blanca de la piel oculta al sol. "No me reconocerá, no puede reconocerme." Este pensamiento le tranquilizó, aunque en seguida empezó a malhumorarse por la idea de que tal vez no saliese de casa aquella tarde: su única tarde de Madrid, reservada por él a todos los demás compromisos, para conseguir aquel encuentro.

“¿Y si él tampoco la reconociera?” Recordó sus últimas fotos, vieja ya, bien vieja la que aun se defendía matronil, la última vez que la viera, quince años atrás, antes de que la guerra los separase. Había sido alta su madre, alta y erguida; bien plantada por el orgullo interior de que su esfuerzo levantaba la familia, manejando el salario paterno con escrupuloso cuidado para que no faltase nada, para que el hijo haga sus estudios, aunque la mayoría del peso del hogar lo soportara ella con su trabajo. Lavar los lunes, lejía los martes, aclarar los miércoles —y en la noche el misterioso conjuro del añil, que brota de su mano izquierda moviéndose en el agua del gran barreño—, tender los jueves, planchar los viernes, aseo general y cambio de ropa los sábados y... vuelta a empezar. Además, la limpieza de la casa, la compra, la comida, y coser, repasar y... siempre de buen humor... ¿se quejaría alguna vez? El padre, ya muerto, lo sabría, que lo que es él y sus hermanos nunca la oyeron la menor lamentación. Aun ahora escribía todo me lo hago con mis manos. Ella y sus manos... sus manos siempre quebradas por la tarea, rojas a veces, pinchado el índice con la aguja...

     ¿Y si no venía? Subiría él a la casa con cualquier pretexto. No podía marcharse sin verla. De la casa no había bajado ninguna mujer de su edad, del aspecto que debería tener. ¿Y si no estaba en la casa, si había salido a ver a alguien, a su hermana, a alguna vieja amiga?

     Un hombre pinturero, de bigotes repintados, sin apenas pestañas y mirar despectivo, se sentó junto a él, sin olvidarse de marcar la distancia en el banco. Se apoyaba en un bastón y llevaba un sombrero cuidadosamente planchado, aunque la cinta tenía inundaciones de grasa, “Aquí está un jubilado, un pobre tonto, que consiguió ser jefe de algún negociado y aun cree que hay que saludarle.” Se dejó llevar de un impulso y tocó la visera de la gorra.

     —Buenas tardes.

     El hombre arqueó las cejas y respondió entre dientes, apartando la mirada.

     —Buenas.

     “Galdós. Sí, también Galdós. No sólo Velázquez y Goya. Quiso seguir importunando al vecino.

     —Usted perdone. ¿Cómo se va de aquí a la plaza de las Ventas?

     —Pregúntele a un guardia.

     —¡Ah! Creí que era usted de Madrid.

     —Soy de Madrid, pero no el Zaragozano.

     A él mismo le hizo gracia la salida y sonrió, desarmando su pose huraña. Humanizado ya, pensó que se habían roto las distancias y que no importaba hablar con aquel palurdo.

     —Mire, va usted allá —le indicó la plaza de España—, y al pie de ese edificio tan alto hay una boca del metro. Pregunte allí: llegará en seguida.

     Tosió, después movió la dentadura postiza, sacó un periódico del bolsillo y se puso a leer.

     “La audiencia de su majestad ha terminado. Pobre hombre, con sus hijos perdidos a saber por dónde, porque esa es la realidad.” Seguramente aquel hombre también sabía de cartas de América, o de rincones del mapa de España, sin cruces ni nombres, donde estaría parte de su sangre: “Esta es la edad.”

     Fue entonces cuando pasaron las dos mujeres. Venían de la izquierda y se encaminaban hacia la casa. Habían estado allí. ¿Desde cuándo? Pero ahora iban andando despacio, cogidas del brazo. Eran la madre y doña Petrita, la madrina, más vieja que ella, ayudándose con un bastón. La reconoció por la nariz, siempre gruesa, que ahora ocupaba la mayor parte del rostro. Su madre era una mujercita sumida, con los ojos casi cubiertos por el peso de los párpados.

     Hablaban las dos, y la voz grave de Petrita sonaba más fuerte. Llegaban junto al banco. ¿Qué haría? ¿Qué diría para que se cruzaran sus miradas? ¿No sería mejor callar, evitar el riesgo?

     Le latía recio el corazón, y su cuerpo iba encogiéndose débil, infantil, al borde del sollozo o del grito. “Esto es más fuerte que lo que tú pensabas” —se decía paralizado.

     Y su nombre sonó en la voz grave de Petrita:

     —¿Irse a América? ¡Cosas de Eugenio! Pues sí que es allá, en la esquina...

     Como un lazo que amarrara aquel instante había saltado su nombre junto a ellas, junto a él, cortándole el aliento. Su madre alzó la voz —claro—. Petrita era algo sorda.

     —¡Pues sí! Él es capaz de arreglarlo, y ahora con los aeroplanos se llega en seguida.

     —Buenas estamos ya para aeroplanos...

     Jugaban a las evocaciones, a las fantasías sobre el hijo, o ahijado ausente. Se inventaban su mundo, como él mil veces había supuesto el de ellas. Quizá en los hombres de la edad que el tendrá habrán tratado de ver cómo sería él ahora, así como suele él hacerlo cuando vislumbra alguna anciana de la edad que podría tener mi madre.

     Ya iban de espaldas, curvadas las dos, más alta la madre, más firme en su andar, viéndosele unas medias gris oscuro sobre los tobillos torpes. Petrita, halduda como siempre, arrastrando por el suelo el ruedo de su falda.

     Y entonces sus manos se levantaron, insumisas, como en un grito mudo y desgarrado. Querían abarcar el horizonte y el tiempo, y encerrar para siempre aquel instante. No veía más que las dos siluetas y el minuto luminoso y azulado que se llevaba en su corriente implacable aquel fugaz encuentro. El cuerpo se desprendía tras las manos ansiando correr, palpitar en el único posible último abrazo, pues “¡no la volveré a ver más!, ¡¡no la volveré a ver más!!, ¡¡¡no la volveré a ver más!!!”

¿Lo decían sus labios? El corazón sí que golpeaba al ritmo de los acentos de esa frase.

     Multiplicó sus energías para recoger aquellas manos delatoras y agarrotarlas en los muslos, no sin un fuerte estremecimiento. Y atrevióse a respirar profundamente para no desfallecer.

     El vecino del banco le observaba por encima de los anteojos con un gesto lleno de recelo y sobresalto. Sintió deseos de acercarse a él, contarle su secreto. Ya sus ojos lo decían en la ternura que irradiaban. Su rostro había perdido el brillo del sol y, pálido ahora, era mucho más joven., mucho más fino, como si todo su aspecto rural, tan preparado, se hubiera desprendido indicando su verdadero carácter de disfraz.

     El jubilado miraba con espanto creciente. Una extraña inquietud lo agitó y, recogiendo el periódico sin dejar de mirarle, se levantó con premura, balbuciendo con voz que el miedo apresuraba.

     —¡Yo no le conozco a usted! ¡Yo no le he visto nunca!

     Y el tamborcillo de don Nicanor repicaba entre sus dientes.

 

IR AL ÍNDICE

M. Lanoy

 

     Le conocía de vista desde mucho tiempo antes. Solía verlo delante de la puerta de la antigua oficina de Teléfonos, a la entrada de la calle de Alcalá. En aquella parte se juntaba mucha gente, debido a lo estrecho de la acera y a que existían dos cafés muy frecuentados: el Colonial y el Universal. Eran los tiempos en que todas las tardes se exhibía en una de las ventanas del Universal el popular rostro de Vicente Pastor, ya retirado, pero que conservaba en Madrid un prestigio similar al de un buen alcalde a quien hay que agradecer cierto tono de la ciudad.

     El hombre a que me refiero estaba de pie junto a la puerta de Teléfonos, esperando algo, pero no presente ni futuro, sino algo que pasó y de lo que él viene a contemplar el recuerdo. Llevaba sombrero flexible, de ala ancha y blanda, sobre una melena canosa que se ensortijaba al final. Tenía un rostro sonrosado, de ojos azules, plácidos, temerosos. La barba, florida, completaba su estampa a lo Alfonso Daudet. Su gesto habitual consistía en tomar entre los dedos de la mano izquierda algunos mechones de junto al labio y rizarlos insistentemente. En cuanto a su traje, hay que decir que no desmerecía del aire de su persona. Una chaqueta usada, correspondiente a modas ya pasadas, y unos estrechos pantalones oscuros, rayados, sobre zapatos amarillos o negros, de puntera aguda.

     Lo catalogué como paisajista. Era indudable que aquella persona tenía que salir de cuando en cuando con la caja de pinturas y un caballete a pintar los alrededores de la ciudad. No era el tipo de pintor de estudio, algo más vanidoso, como obispo de la pintura. A él le tenía que agradar sentirse solo y pintar por el placer de recoger un instante en el lienzo. Lo que él viera, lo que a él le agradara, y pintarlo sólo para él. De ahí ese aire pensativo, interior, solitario. Estaba en la ciudad porque hay que saber gustar el movimiento de las gentes, sentir que cada uno que pasa acelera nuestros pensamientos, los arrastra y dirige en miles de direcciones, excita nuestro espíritu y da contenido a nuestras horas. El sitio que escogía era bueno: la gente se atropellaba por ahí. Se entraba y se salía en Teléfonos a resolver algún recado urgente, grave. A dar una señal inequívoca de presencia en los años en que las comunicaciones telefónicas o telegráficas sólo se reservaban para momentos de extrema necesidad.

     En el invierno se le veía con un gabán ajustado o con capa española. En el verano, algunos días se ponía zapatos blancos con punteras y talón de color. No cabía equivocarse; paisajista era y paisajista íntimo. Por muchas exposiciones que visitase, no lo encontraba en ninguna de ellas, pero eso no desdecía mi seguridad. Tal vez un día muriera aquel hombre y se supiera que se perdió un gran maestro. Tal vez era tan tímido que no sabía trajinar a los directores de círculos de arte y otros organismos que realizan exposiciones. Pero lo que me importaba más que otra cosa era verlo allí todos los días, al atardecer, siempre con igual atuendo y con los mismos gestos. Era de esos hombres que encierran el sentido de una ciudad y de una hora. Verlos desaparecer equivale a una catástrofe de la que uno cojea el resto de sus días.

     Cuando llegó la guerra no tuve tiempo de saber qué le había pasado. Ni supe si seguía acudiendo al lugar de costumbre o si se amedrentó y escapó para siempre. Tenía yo muchos deberes que cumplir, y en lugares alejados del centro de la ciudad. Año y medio después, ya firme el frente de Madrid, fui llamado para atender a la censura de la prensa extranjera. Eran días nerviosos y la curiosidad internacional por nuestra capital sitiada obligaba a los enviados especiales a registrar los momentos de peligro, que ya se hacían monótonos. Un bombardeo de aviación, un cañoneo de la ciudad provocaban a los apresurados corresponsales a una actividad febril, disputándose las máquinas de escribir y los minutos de adelanto en el uso del teléfono. En mi primer día de trabajo tuve mucha tarea, bajo la mirada colérica de los periodistas, a quienes toda dilación les parecía enfadosa. Al fin todos tuvieron su conferencia, gritaron por el hilo su escrito y partieron con igual apresuramiento hacia otras fuentes de información o tras las copas de aperitivo de algún bar que conservase aún buenas bebidas.

     La oficina quedó en silencio y me puse a revisar prensa extranjera. Fumaba lentamente en mi pipa las colillas de cigarrillos consumidos antes.

     Entonces llegó mi superior a presentarme otro corresponsal.

     —Pase usted —le decía en la puerta.

     Desde la sombra del pasillo penetró en mi habitación el paisajista. No era otro, no podía serlo, pues no se pueden encontrar dos seres iguales. Estaba algo pálido, y por las puntas de la barba le ascendían blancas llamaradas. Me lo presentó:

     —Monsieur Lanoy, corresponsal de "X" (aquí el nombre de un diario francés).

     Le saludé con afecto, como cumpliendo un acto que no tenía más remedio que haberse producido en algún momento de nuestra vida.

     —Monsieur Lanoy viene todas las tardes a esta hora para poder enviar tranquilamente su papel.

     —Muy bien, estoy a sus órdenes.

     Cuando se marchó el jefe, M. Lanoy sacó de su bolsillo unos papeles escritos a máquina en las tres copias obligatorias. Mientras yo los leía él se sentó tranquilamente en un sillón. Me miraba con rostro atento, pero sin insistencia molesta. No le interesaba la prisa, no me acuciaba con gestos ni gruñidos para que terminara pronto. Tampoco reclamó la conferencia con París para ganar tiempo durante la lectura. Como si tuviera interés en que la hiciera con la atención debida a un trabajo literario, esperaba con paciencia y daba mayor gravedad a mi deber mecánico de buscar tan sólo si había alguna peligrosa distracción informativa. Pero no la había. Era un hombre consciente y redactaba unas crónicas en un bello francés, comentando el día de la ciudad, dando noticias de lo ocurrido, pero sin olvidar el detalle humano. No empezaba su escrito a la moda americana, con lo más rudo, como los demás corresponsales, destacando los muertos, la sangre, las explosiones. En un día de Madrid había pasado una tragedia, ya habitual, más tremenda aún por eso mismo. Monsieur Lanoy lo sabía así y lo señalaba. Iba narrando, no sorprendiendo. No tuve nada que tachar allí.

     Sellé los papeles, le di su copia, pedí la conferencia y le escuché leerla con su dulce pronunciación. Saludaba al principio y se despedía al terminar. Por el otro lado del hilo le preguntaban por la salud: "Qa va, ga va", respondía, y terminaba: "A demain". Hasta el día siguiente a aquella misma hora no le volvía a ver.

     Poco a poco fuimos entablando algunas conversaciones. Pensé que aquel hombre se había visto obligado a dejar la paleta por un oficio distinto, como todo el mundo en tiempo de emergencia. Pero no era así. Nunca fue pintor, y le hizo gracia cuando le dije que yo le había tenido por tal. Llevaba en Madrid todo lo que va de siglo, y siempre sirviendo a su viejo diario francés. El sueldo era poco, pero lo completaba ayudando a traducir en la Embajada o prestando pequeños servicios a las misiones extraordinarias que a veces llegaban a Madrid. Se había casado con una española, aunque el hijo fue registrado como francés, y se hallaba en aquellos momentos haciendo su servicio militar en Francia.

     —Es curioso —me decía—, yo vine tan sólo por dos años y me quedé aquí.

     —Pero ¿no ha vuelto a Francia?

     —Sólo tres o cuatro veces.

     Le había conquistado Madrid. Claro que otro Madrid que el nuestro. Era aquel donde su barba no resultaba extraña, ni su sombrero y su placidez. Mucha gente de su misma generación se había cambiado hasta el rostro. Cuánto escritor de principio de siglo, que había taconeado por la Puerta del Sol con zapatos agudos, descubriendo los bigotes sobre el embozo de la capa, iba ahora totalmente afeitado y con rostro de banquero. El no, guardaba su línea consigo mismo, como burgués francés atento a la tradición. Si era un islote ahora, ni él mismo se daba cuenta de ello. No tenía yo por qué hacérselo sospechar. Me acostumbré a su charla. A pesar de los años transcurridos y de estar casado con española, hablaba mal el castellano y prefería hacerlo en francés. A mí me agradaba su manera académica de usar el idioma. Empleaba esas formas tan precisas que en lengua tan trabajada suenan como un lugar común. Pero aún siendo fórmulas, tenían el indudable sentido de conquista que tienen las fórmulas de cortesía, por ejemplo.

     Así me fui enterando de algunos rasgos de su vida. Lo más curioso era el motivo de su residencia en Madrid. Le conquistó el vino de una taberna.

    Era una de las tabernas de la parte alta de la calle de Alcalá. Aunque las casas son relativamente modernas, las tabernas guardan los cánones del mostrador de robusta madera trabajada y la cubierta de zinc, con dos largas pozas, de escasos centímetros de profundidad, por donde circula el agua corriente en que se lavan los vasos. En las paredes hay azulejos hasta más de la mitad de la altura, y por encima una cornisa de madera. El plano de los edificios modernos obliga a que el salón no sea muy grande, pero en las demás habitaciones se van colocando las mesas y puede uno disfrutar de intimidad personal.

     Monsieur Lanoy halló bueno el vino de la Mancha y, además, no puso reparos a la cocina española, llegando a disfrutar con las judías con chorizo y los callos a la madrileña. Fueron tiempos en que estaba joven, decía, y como todo el mundo lo trataba bien, se sintió conquistado poco a poco por el ambiente, que llenaba sus necesidades de cordialidad y activaba su espíritu de observación.

     Pronto se hizo un método de vida. Trabajaba en las mañanas, tenía una tertulia de café a primera hora de la tarde. Se retiraba a las cinco para escribir sus crónicas y llevarlas a Teléfonos y transmitirlas. A la salida de esta tarea era cuando se quedaba un buen rato contemplando aquella boca de la Puerta del Sol, "pensando cosas", según decía, Después se iba a la taberna, donde le conocían ya los demás clientes, albañiles, empleados, carniceros, cesantes, todos aquellos que tenían aquel lugar como punto de reunión. El vino era barato y bastante bueno, y Monsieur Lanoy podía contemplar desde la mesa del fondo todo el movimiento gritador y gesticulante de los clientes. Se mecían sus ojos en el vaho del tabaco, ayudados por las libaciones obligatorias, porque siempre era necesario consumir por cortesía de las rondas que a uno le ofrecen, como, por su parte, hay que cumplir el requisito siempre que sea necesario.

Después comía allí mismo. Ya se iba vaciando el local y quedaban tan sólo "los fijos", los abonados a la cocina de la tabernera. Esos eran los íntimos, y conversaban sobre la actualidad o mantenían silencios de gentes que ya se conocen demasiado tiempo. Monsieur Lanoy llevaba cortésmente la charla, elogiaba los platos y su lengua torpe producía una mezcla de risa y simpatía.

     Hasta que llegó el día en que "el francés" se casó con la hija del tabernero. La había conocido sirviéndole a la mesa. Era la más curiosa por sus expresiones, la más compasiva por sus torpezas en el castellano, la más atraída por el tono poético que adquieren las palabras corrientes cuando las emplea un extranjero. Le miró primero con simpatía y curiosidad. Las sonrisas de aliento y comprensión pronto se transformaron en los ojos azules de Monsieur Lanoy en detalles de ternura. Después se hicieron novios y llegó un día la sorpresa para las amistades: la hija de don Antonio “El Grillo” anunciaba que “el francés” era su novio y que deseaba hablarle para resolver las cosas que corresponden.

     Dudó el padre. No sabían ni él ni su mujer resolver si aquélla era una boda en la que su hija salía ganando o perdiendo. Monsieur Lanoy era un hombre de bien, por el que todo el barrio, o al menos todos los clientes de la taberna, hubieran sacado la cara en cualquier momento. En este sentido era una buena boda; tanto su hija como ellos mismos adquirirían mayor importancia. Pero no había que olvidar que era un extranjero, que el mejor día tendría que volver a su país y allí se perdía todo, porque era hija única la que tenían, y siempre pensaron que el negocio lo podría seguir ella con el infaltable yerno. Y ¿cómo iba a quedarse de tabernero en la calle de Alcalá aquel periodista francés tan plácido y con cara de estampita? Era como para pensarlo. No había que decidirse en seguida. Había que decirle las cosas claras.

     Cuando habló con ellos Monsieur Lanoy, no pudieron contestar una palabra ni poner una objeción. Comenzó sorprendiéndoles por lo peinado, cepillado y limpio que llegaba. Después entregó cortésmente un ramo de flores a la señora Eugenia y con educados términos trató de presentar su petición al padre. La señora Eugenia se enterneció tan de repente que comenzó a llorar en silencio, queriendo disimularse tras la espalda del pretendiente. El señor Antonio creyó que si toleraba el discurso tendría que contestar con otro y se vería en mal papel. Por ello cortó rápidamente la escena diciendo:

     —Sí. Ya lo sabemos. Pues bien, si usted quiere a la chica y la chica le quiere a usted, no tenemos más que decir.

     Monsieur Lanoy se levantó a estrechar la mano del padre, e iba decidido a besar las mejillas de la madre, cuando al verla llorando se cortó y comenzó a balbucear disculpas:

     —Por lo que veo, la señora no quiere; en fin, tal vez crea que es pronto; quizá no me conoce lo bastante. Y se fue retirando sin que las cosas quedaran claras del todo. Tuvo que decirle por la noche su novia que todo aquello no significaba ninguna oposición, sino, por el contrario, que estaba contenta y muy emocionada por la atención del ramo de flores.

     La boda fue en la Bombilla, con mucho rumbo y derroche de comida, bebida y organillo. Le parecía a él disfrutar de uno de los cuadros más deliciosos de cuantos no trae la vida. Muchos clientes del señor Antonio habían traído a sus mujeres y a sus niñas casaderas. Todos le felicitaban, bebían a su salud y hasta brindaban por Francia. En su grupo se cantó la Marsellesa, casi sin palabras, mosconeando la música.

     Bajo la verde sombra de los árboles, ante las mesas de madera con los manteles ya manchados, cuando algunas personas charlan en grupos y otras bailan en la explanada o se levantan para hacerlo, al son del carillonesco organillo de Madrid,. Monsieur Lanoy contemplaba a su mujer y dejaba ir la vista sobre los grupos, parejas, rincones y detalles. Se sentía dentro de alguna tela impresionista francesa, no tanto por el estilo de la pintura como por la orientación de su retina hacia la poesía de los detalles de la vida de los hombres, tal y como son.

     Su mujer no comprendía el largo ensimismamiento. Se acercaba a él y lo miraba. Él la estrechaba entonces y le decía amorosas expresiones en francés, incapaz de conocer las palabras equivalentes en castellano. La mecían así extraños ecos, deliciosas oleadas de un mundo que se anunciaba lleno de felicidad.

     Los padres decidieron que había llegado la hora de que se fueran.

     —¡Eh! ¡Vosotros! No os pensaréis estar aquí toda la tarde.

     La hija se levantó en seguida. Observó que el cochero de alquiler que su padre había contratado vino a darle un recado y que eso motivó la observación paterna. Sin duda estaba tomado por horas y ya se iba a vencer el plazo. Monsieur Lanoy se levantó con lentitud y torpeza. Algunos se rieron tomándolo a exceso de bebida. Aunque hubiera tal vez algo de esto, en realidad lo que le costaba mayor esfuerzo era  romper un momento que no se va a volver a repetir.

     Fueron a un hotel de la Puerta del Sol. Vieron desde el balcón caer la tarde, oyendo las resonancias de los vehículos y las voces de la gente. La mujer se apoyaba sobre su hombro. Estaba hermosa con el peinado alto y una blusa de seda que mostraba el empuje de su levantado seno. Había gracia en la cintura estrecha y en las caderas de su elegante falda "de señora". Cuando la miraba, ella se retiraba un poco para dejarse ver mejor. Tenía una luz profunda su mirada, como si toda la ceremonia de la boda se hubiera hecho para que ella realmente se sintiese capaz de estar junto a él sin apocarse.

     Empezaban a correr por las fachadas los luminosos de bombillas que suben y bajan. Ella se apretó junto a él y le dijo:

     —¡Qué bonito es Madrid! ¿Verdad?

     Y él contestó:

     —Para mí desde hoy es el paraíso.

* * *

     Vino después lo normal: buscar casa, instalarse. Y al poco tiempo la guerra del 14, lo movilización, el retorno de la hija al hogar paterno y la desesperación durante varios años. El tabernero transformó su tienda en una oficina de propaganda francesa; tenía todos los folletos sobre las atrocidades de los boches y recortaba cromos favorables a los aliados para colocarlos en la pared. Perdió algunas amistades y consolidó otras. Cuando algún pasante penetraba allí y se le ocurría opinar a favor de los alemanes, le tomaba del brazo y lo echaba.

     —Usted no sabe lo que dice. Yo sí lo sé, yo sé lo que hacen esos bestias —y se ponía vanidoso—, tengo un hijo peleando en Francia.

     A lo lejos había condensado el parentesco dándole consanguinidad. Era el momento preciso. En la alcoba tenían la foto de él, en uniforme, con el casco en la cabeza y aureolado por la barba. Como en cualquier otro traje, su rostro marcaba igual placidez y sosiego, igual lejanía y ternura.

     No le ocurrió nada. Terminó la guerra y regresó sin apenas cosas que contar. Los compañeros de la taberna habían envejecido y no se daban por satisfechos cuando Monsieur Lanoy les defraudaba con su falta de aventuras heroicas. Fue oficinista en un Estado Mayor y ascendía de importancia mientras iba alejándose del frente. Sus historias de los obuses que caían en París y el temor al Gran Berta no servían más que para una charla.

     De nuevo el hogar, otro, en un último piso del barrio de Salamanca, no lejos de la Embajada, donde había conseguido un empleo temporal. Su oficina, su paseo , su crónica para el diario, su contemplación de la gente al salir de Teléfonos, su comida en la taberna y el regreso a casa, con la mujer que ayudaba todavía a los padres hasta que llegó el hijo. Entonces se retiró a vivir sólo para el marido y el recién nacido.

     Después, años y más años, esos años subrepticios que se van echando encima de la gente sin ser vistos, dejando muchas cosas quietas para que uno no se dé cuenta del movimiento de la vida. La cuna del niño fue un juguete de dorados que se hizo viejo y hubo que llevar al desván. El chico fue creciendo con educación francesa en el Instituto Francés y castiza en las calles, donde jugaba con los demás muchachos.

     —Ya ve, ahora está en Francia haciendo el servicio militar. Espero que termine antes de que haya otra guerra, y si es así, no lo dejaré ir a pelear —me decía algunas tardes, cuando por el hilo le habían dado noticias del muchacho, casi siempre un simple saludo o palabra de afectó. Regresaba entonces de la cabina del teléfono con deseo de conversar y el rostro algo encendido de alegría. Se sentaba en silencio y al verlo allí me hacía el ocupado, para que comenzase la conversación.

     —¡Ah! Veo que fuma usted siempre la pipa —empezaba a decir. Después hilvanaba ya su conversación sobre el hijo o los recuerdos de Madrid. Le interrogaban entonces pidiéndole algunos detalles de su vida. El hombre se consideraba satisfecho con ello y seguía su charla de manera cuidadosa, con algunos silencios prolongados, en los que se retorcía un mechón de la barba, y sus ojos sonreían sobre algo que no deseaba aclarar.

     Pude saber que la taberna ya estaba en otras manos, porque los suegros vivían retirados en el campo. La hija estaba con ellos para evitarse las molestias de la vida en el Madrid de guerra. Vivía él entonces en la trastienda de otra taberna, en la calle de Gravina, de un compadre del suegro.

     Un día contó patéticamente en su crónica los efectos de un bombardeo, la destrucción de un hogar reventado por una bomba y el montón de los restos en el fondo del cráter. Tenía aquella narración una íntima corriente de vida que la distanciaba de cuantos papeles similares suyos había leído desde que comencé aquel trabajo. Monsieur Lanoy me miraba leer y se sobaba la barba. Por un detalle, la cuna dorada caída desde el desván y dominando entre los despojos, me di cuenta de que estaba tratando de algo personal y que había herido profundamente su alma. Levanté la vista para devolverle el papel censurado. Le dije:

     —¿Su casa?

     —Ya no me queda nada más —me contestó indirectamente. Leyó su crónica tratando de conservar entereza, pero era irremediable que se viera obligado a aclarar la garganta con bastante frecuencia. Aquel día no se quedó a conversar conmigo después de la comunicación telefónica.

     Cuando me sorprendía comiendo el rancho de alubias o lentejas que me servía de cena se disculpaba de llegar en ese momento y de ningún modo conseguía que me diera su crónica para censurarla.   Esperaba a que yo terminase mi comida y me insistía en que me hiciera cuenta de que no había llegado aún. Miraba mi plato y ya tenía el hilo para sus evocaciones.

     —Encoré des lentilles! —comenzaba. Y después se dirigía por sus recuerdos de París, tratando de completarlos con los míos. Era una lista de restaurantes, de menús, de platos exquisitos. En su tiempo había restaurantes de un franco. Después de la guerra del 14 todo estaba muy caro. Los restaurantes de precio fijo de menos de diez francos eran " infectos". Pero lo mejor era tal o cual plato —y aquí la descripción— de un determinado y escogido restaurante. Al llegar aquí se interrumpía, miraba mi plato y se lamentaba.

     —¡Yo hablo de estas cosas y usted con sus lentejas!

     En otras ocasiones el viaje era por las tabernas de Madrid, también de un Madrid que había que llamar de anteguerra. Estábamos en una guerra en que todo iba desapareciendo y enterrándose para siempre. Muchas cosas no volverán —conveníamos— porque no podrán siquiera hacerlo. Monsieur Lanoy no sólo había sido fiel a la taberna del suegro, sino que se conocía todas las demás. Y después, su mujer. Su mujer guisaba maravillosamente los platos castizos y también los franceses. — Un día terminará todo esto y usted vendrá a comer con nosotros. Ya verá. Entonces "estará vuelto" mi hijo, que le gustará a usted.

     Sí. No dejaría de ir. No sólo a su casa, sino a recorrer toda la diversidad de tabernas madrileñas: manchegas, asturianas, asturianas, gallegas..., todo el mapa de España sostenido por familias que daban de comer y vendían vino. Tan sólo había un reparo en la mente de Monsieur Lanoy, los "colmaos" andaluces. Pero me agradaba saber que en esto coincidíamos igualmente.

     —Allí se hace "la" literatura —decía con desprecio.

     Me sentía inclinado a seguirle aprendiendo a recoger sus experiencias. No me importaba pensar que mi rostro enrojeciera y mi abundante nariz se convirtiese en una cordillera rubicunda. Aquel hombre poseía secretos de raíz humana que en días de lucha e intolerancia, de callejera muerte imprevisible, contribuían a crear zonas de sosiego.

     Después de estas charlas se despedía y se iba con paso lento por la ciudad sin luces. Al poco rato comenzaba la baraúnda de los corresponsales de agencia, de los enviados especiales, de los dinámicos yanquis disputadores de los segundos y las expresiones fulminantes.

* * *

    La guerra terminó mal para nosotros. Perdí mi patria, mi ciudad, un trozo imponderable de la vida, y muchas fibras de las más sensibles se duelen aún de sus amputaciones. He comenzado a drogarme de recuerdos y esperanzas. Por eso evoco hoy la figura de Monsieur Lanoy, grabada para siempre en la zona luminosa de mis mejores días.

PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS AMBIENTADOS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

IR AL ÍNDICE

El muerto

     Aquella oficina reunía a varios personajes curiosos. Posiblemente esto ocurre en todas las oficinas e, incluso, en todas las agrupaciones de personas. Así es que vamos a admitir que no existen personajes curiosos en especial, porque todos los humanos lo son. Es claro que de este modo rechazamos la idea de la vulgaridad de los oficinistas, víctimas hasta ahora de todos los enconos. La palabra "burocrático" ha pasado a primer rango entre los calificativos despectivos, superando incluso a la tan corrosiva de "intelectual".

     Pero como no puedo hablar de todos los oficinistas del mundo, debo limitarme a los que componían aquella oficina, y repetir que estaba formada por varios personajes curiosos, cuyas vidas y aventuras iban transparentándose en alusiones, charlas y bromas, excitando mi joven imaginación. Ya habían trazado ellos su personal surco en el camino de la existencia humana y, sin proponérmelo, me sentía inclinado a meditar sobre si las peripecias de su vivir tenían un carácter fatal y obligatorio o me estaba permitido esperar distanciarme de todos ellos tejiendo mi propio hilo azaroso.

     No se trata ahora de saber a qué conclusiones llegaba entonces; posiblemente las ignore yo mismo. Me ocurría sentirme unas veces lleno de temor, como si presintiera que iba a ser empujado por rígidos vientos inevitables. Otras, veíame asentado sobre roca firme, presenciando el paso de una corriente de la que me había salvado por el solo hecho de tener una personalidad distinta y pertenecer a otra generación.

     Ese segundo estado de ánimo me proporcionaba mayor capacidad para interesarme por sus vidas, cuajadas ya fatalmente, y de cuyas consecuencias no podían redimirse. Algunos caminaban ya sus últimos pasos, y, en un caso de éstos, habían sido acelerados por el torrente de un éxito superior a sus fuerzas, abrumadas ya por las condiciones de la espera.

     Así le ocurría a un hombre joven aún, de aspecto cadavérico, escasa conversación y mirar perdido. A sus espaldas le llamaban "el muerto", y sólo se presentaba en la oficina dos o tres días cada mes. Era uno de los beneficiados por la tolerancia de los jefes para con los enfermos incurables, a quienes se permitía prolongar sus derechos reglamentarios a las pensiones de jubilación —y en la mayor parte de los casos, para sus viudas— por medio de una asistencia "simbólica" durante algunas fechas cada mes, como si comenzaran así un nuevo permiso de enfermo.

     Llegaba en un automóvil anticuado, de esos que mantienen caprichosamente acicalados algunas familias aristocráticas que consideran sus líneas pretéritas y sus antiguos motores como símbolo de distinción. Le acompañaba una mujer elegante, en el esplendor de su treintena, que lo conducía del brazo hasta el ascensor y esperaba después en el coche el momento de regresar a buscarlo.

     Su presencia en la oficina producía una atmósfera difícil. Estaba allí, ante su mesa vacía de papeles, mirando sin ver y preguntando la hora insistentemente, Cuando llegaba el jefe superior, le remitía la hoja de asistencia para que firmase la salida. Entonces subía la mujer y, apoyándose en ella, marchaba pasillo adelante hasta el ascensor y el auto. El chófer esperaba cortésmente, con la portezuela abierta y la gorra en la mano. Partía después el vehículo, acompañado por el grave sonido de su dorada bocina y perseguido por la nubecilla azul del escape. Duraba largo rato la opresión que producía su visita.

Para desvanecerla se cuidaban sus compañeros de servirse de él como primer tema sarcástico. No comprendían que un hombre que había logrado hacer fortuna se molestase de este modo para conservar los derechos a la pensión para su viuda. A ella la llamaban claramente "la viuda", y sobre esta mujer resbalaban mucho más aceradas las opiniones y mucho más mordaces los adjetivos. Gracias a estos comentarios, orientándolos con algunas preguntas, pude ir conociendo la historia de aquel hombre y su riqueza.

     Hacía bastantes años, cuando comenzó a hablarse de la construcción del Metropolitano, estaba él recién casado y tenía algún dinero que le dejó su padre, de unas tierrecillas que poseyera en Colmenar. El otro hermano, que conservaba las costumbres campesinas, empleó su parte de la herencia en comprar una carnicería de barrio, y hacia alarde de despreciar a los que se sentían “demasiado señoritos para trabajar en un oficio”, compadeciéndoles porque preferían vivir como pobres diablos toda la vida “antes que hacerse ricos en el comercio”.

     También la esposa del oficinista participaba de esta opinión. Le instaba a poner una pequeña tienda en la que trabajaran los dos.

     —Así no nos separaríamos en todo el día —justificaba, felinamente.

     Era ella descendiente de pequeños comerciantes. Sus padres tuvieron una tienda de marcos y molduras. Pero ella no quería algo así, sino más elegante: una platería, por ejemplo.

     —Para eso hay que entender —replicaba él.

     —Todo se aprende; lo que te ocurre es que no te atreves a arriesgarte.

     El hombre se resentía por tanta acusación de apocamiento. Le acompañaba esta fama desde la niñez, y las burlas de su hermano siempre tuvieron el propósito de interpretar su tendencia a lo sencillo y ordenado como una prueba de cobardía.

     Pero cuando uno instala su propio hogar, pretende huir de aquello que ha roído la personalidad infantil y adolescente, y si dentro de la casa se insinúa el fantasma del pasado, entra el terror a una vida irremediablemente amargada. Llegó a presentir, pues, que su futuro sería el del marido silencioso; primero ante las ideas y, después ante los reproches de la mujer: aguijón continuo que sabe hundirse en nuestras secretas heridas.

     Pero un buen día se presentó lleno de entusiasmo. Explicó a su mujer que muy pronto serían más ricos que los demás parientes. Aprovechó la circunstancia para subrayar que a él nunca le asustaron los negocios, pero que siempre esperaba uno que mereciera la pena, "pues lo mismo da ser un empleado mísero que un comerciante mísero". Calculó que estas palabras elevarían de inmediato el concepto que de él tenía su mujer. Mientras él imaginaba esto, ella trataba de figurarse cuál sería la causa que le producía aquella excitación. Creyéndola mejor dispuesta, empezó a explicarle su plan:

      —El Metropolitano es un hecho. Se tardará dos o tres años, o poco más. Lo construirán unos concesionarios u otros, pero no tiene más remedio que hacerse, porque la ciudad ha crecido en todos sus barrios y los transportes urbanos son ya instituciones.

     Encontró bueno el comienzo, digno de un hombre que examina profundamente los problemas. Su mujer le escuchaba aburrida, actitud que él interpretó como admiración algo desorientada. Entonces desdobló el plano de la ciudad y le explicó:

     —El cocherón no tendrán más remedio que ponerlo aquí.

     Señaló en el mapa con igual decisión que el Hacedor cuando indicó a las aguas y a las tierras sus estrictos límites. Ahora no se equivocaba sobre el gesto de su mujer, que no disimuló su asombro.   Continuó:

      —He visto los terrenos. Valen treinta mil. Quien los tenga podrá venderlos en medio millón a la Compañía del Metropolitano. En dos o tres años; en cinco a lo sumo. ¿Te das cuenta?

      Ella sintió desvanecerse las ilusiones apenas dibujadas en su imaginación.

     —No lo tomes a mal, pero ¿de dónde vamos a sacar tanto dinero?

     Esperaba la pregunta y tenía preparada una respuesta efectista:

     —Deja ese problema de mi cuenta... Comprendo tus dudas, pero lo único que te pido es tu aprobación. Si entiendes realmente mi plan y no te parece mal, serás una ayuda positiva. Necesito  tu conformidad. Con ella seguiré adelante hasta donde haga falta. Sin ella no daré un solo paso.

     Esperaba producir un movimiento inmediato de agradecida ternura. Mas la mujer escuchó aquellas palabras teatrales con un gesto orientado hacia otro lugar de la casa, como si escuchara un ruido extraño u olfateara los primeros vahos de un guiso que empieza a achicharrarse.

     Sintió él subirle una irritación interna que desbordaba el almacén de las palabras duras. Entonces ella abrió los labios para decir con indiferencia:

     —Sí. Creo en el negocio, pero ¿dónde está el dinero?

     —Luego, ¿crees?, ¡qué suerte!

     Se agarró a aquella aceptación mínima como si fuera un apoyo definitivo y meditado. Explicó que, creyendo ella, todo iba a arreglarse fácilmente. Se proponía convocar una reunión de familia y concentrar todas las posibilidades económicas de los parientes. Así lo hizo pocos días después, y cuando les hubo explicado el asunto insistió:

     —Es necesaria la cautela, mucha cautela. Si se entera alguien de esto, puede robarnos el negocio realizándolo antes que nosotros. Es preciso que lo hagamos entre la familia; de los amigos no cabe fiarse en cuestiones de dinero. Es indispensable la rapidez, pues los buenos negocios son para los que no se duermen.

     Su mujer comprendió entonces que su marido se había transformado realmente. No sólo se expresó con claridad, sino con energía, como si dentro de él hubiera dormitado hasta ese momento otro ser lleno de audacia y seguridad. Incluso el hermano, que al principio quería tomarle el pelo con burlitas sobre "su visión de los negocios", se sintió también atraído por la atmósfera general, escuchó los argumentos, los aprobó por último y fue el primero en suscribirse. Aquélla fue una jornada dorada en la vida de familia. Veían todos llegar la fortuna a la puerta en poco tiempo más. Traspasaron al negocio aquel los sueños que antes animaba la lotería. Y en este caso no había que contar con la infidelidad de la suerte, que se escabullía en todos los sorteos.

     Aprobada la iniciativa y reunido el dinero, sentíase refulgente. No sólo tomó un aire intrépido en sus actividades; también sus gestos se hicieron más seguros y su salud más firme. Circulaba la sangre por su organismo como impulsada por una fuerza poderosa que encendía su mirar y daba tensa armonía a sus rasgos. Su mujer se sintió atraída vorazmente. Lo admiraba sin ocultarlo, y también lo hallaba guapo; era el hombre ideal, por quien vale la pena hacer cualquier cosa. Especialmente el amor, con un apetito insaciable, para someterse al peso de sus energías, participar de ellas, tratando de fundirse con él y quedar absolutamente dominada.

     Aquellas horas de sus vidas fueron las más completas y felices que cabe hallar en la vida humana. Ambicionaba ella tenerlo siempre a su lado y maduraba un plan que le propuso cierto día, tras una noche abundante en efusiones.

     El sueño entrecortado no les había dado suficiente reposo, y a la hora de levantarse para ir a la oficina, bostezaba él, indeciso, sentado al borde de la cama y debatiéndose con la pereza. Ella, arropada en el lecho, sacó un brazo y apoyó la mano en el muslo de él. Al sentirlo estremecerse, le dijo con la dulzura de la tentación:

     —¿Por qué vas? ¿Por qué no dejas la oficina? Ya pronto tendremos dinero. Mientras tanto podríamos vivir con cualquier cosa. Mira, he pensado...

     Interrumpió él, saltando como un resorte:

     —No. La oficina no. No hay que jugar con los empleos. Es lo único seguro.

     Y comenzó a vestirse con apresuramiento, temeroso de escuchar las ideas de su mujer. No insistió ésta, paralizada por la brusca interrupción del marido. Le oyó cerrar la puerta del departamento y bajar la escalera. Cuando se perdieron sus pasos se adormeció nuevamente, pero en una línea vertical marcada en el entrecejo estaba inscrita la perturbadora frase: "es lo único seguro". Cierto: él veía con temor el futuro, aunque no lo había confesado a nadie.

     Estaba en desarrollo un conflicto entre diversas Empresas que pretendían construir y explotar el ferrocarril subterráneo. La que obtuvo la primera concesión fue despojada arbitrariamente y recurrió a los tribunales. Temía él que puestas las cosas en este plan se arrastrarían eternamente por las salas de justicia, como ocurre con los pleitos en que se juegan millones y se ventilan intereses poderosos. Lo peor era que su hermano también estaba enterado del asunto y sin tardanza se presentó alarmado.

     —¿Cuánto tardará ahora en resolverse? ¿No has visto que los periódicos dicen que no se necesita el Metropolitano? ¿Estás seguro de que se hará?

     Contestó reafirmando su optimismo y justificándolo. Pero el otro insistía:

     —Creo que en cuanto suban algo los terrenos convendrá venderlos sin esperar más, ¿no te parece?

    Así se anunció una nueva actitud que enfrentaba a los dos hermanos. Las cosas se aceleraron con el ardor de la fiebre por los marcos alemanes. Todos deseaban que les devolviera el dinero para hacerse millonarios sin más tardanza, propietarios de casas en Berlín, de tiendas, negocios, minas, ferrocarriles..., ¡quién sabe! Todo en Alemania estaba regalado, y los alemanes eran gentes serias y trabajadoras que saldrían pronto de su crisis, retornando las cosas a recuperar su valor. Quien las poseyera entonces, estaba asegurado para toda la vida.

     El hermano contaba multitud de ejemplos de personas que se convirtieron en millonarios de la noche a la mañana. Era una "fiebre del oro", aunque el oro no aparecía por parte alguna y sí unos papeles de artística tipografía en letras góticas muy historiadas, en los que las cifras tenían una estimulante procesión de de ceros.

     No pudo evitar una reunión en la que cada miembro de la familia reclamó su dinero. Se negó a vender los terrenos, a pesar de todas las insistencias. Ni cuando su propia esposa se lo pidió, sumada a la ola de entusiasmo colectivo por los marcos y demostrando así haber perdido aquella fe en él que había pretendido le era indispensable. Su hermano le llevó a una polémica directa:

     —¿Se construiría el Metropolitano en seguida? ¿Era un negocio positivo el de los marcos? ¿Podría uno multiplicar su dinero en varios meses y después volver a comprar los terrenos, como una inversión, sin temor a esperar el tiempo necesario?

     Admitió en sus respuestas los puntos de vista del hermano, pero se negó a dar un solo paso para vender los terrenos, ni siquiera como una operación temporal. Clavándole miradas como arpones, le preguntaron todos:

     —Pero ¿por qué?

     Y él, como un niño, respondió:

     —Porque no, no y ¡no!

     El hermano enrojeció y levantándose del asiento le gritó en la cara:

     —¡Estafador!

     El acusado, pálido, se fue hacia él. Entre los demás se formaron dos grupos que sujetaron a los hermanos. La madre clamaba a Dios pidiéndole perdón y culpando de todo al pecador afán de poseer riquezas..., aunque también había abogado por los marcos alemanes. Por fin el atacado se hizo oír.

     —¿Queréis vuestro dinero? Pues lo tendréis, hasta el último céntimo. Cada cual con lo suyo. Vosotros, vuestro dinero; yo, mis terrenos, y "que cada palo aguante su vela".

     Su decisión, aunque expuesta con firmeza, le costó un desgarrador esfuerzo íntimo. Estaba decidido a mantenerla y empezó a maquinar posibles soluciones. Ya en casa, su mujer insistía una y otra vez:

     —¿De dónde vas a sacar el dinero?

     Hubiera preferido que se quedara con el resto de la familia. Así habría tenido horas de descanso. Esa era la penitencia de los negocios familiares: no hay rato alguno de sosiego. Mientras él cavilaba en los medios para devolver la parte de los demás —que le amenazaron a los pocos días con los tribunales—, a cualquier hora ella le preguntaba:

     —¿Por qué te empeñas?

     O le anunciaba:

     —Si crees que voy a aguantar tus manías, andas mal de la cabeza. Por mí, haz lo que quieras, pero que no me falte tu sueldo todos los meses, ¿entiendes?

     Se defendía ocultándose tras un sueño simulado.

     —No te faltará, no te faltará; déjame dormir.

     Suspiraba ella, resoplando con desprecio, y se daba una vuelta en la cama, murmurando frases relativas a "para lo que él servía" y “para lo que no servía ya”.

     Todas estas ponzoñas comenzaron a angustiarle la respiración. Sentía un dolor en el diafragma, como si el vientre quisiera producir por sí solo las palpitaciones compañeras del llanto. Después de esto el dolor fue fijándose en el estómago; un dolor caprichoso y sentimental, como si fuera su reserva de orgullo y de hombría. Bastaba que le plantearan cualquier problema relacionado con el pleito familiar, para que se le formase una bola de fuego en la cintura, que le obligaba a doblar el cuerpo. Empezó a cuidarse de los alimentos y apresuró así la delgadez.

     Los días que no había experimentado dolor alguno pasaron a ser los únicos memorables. Se acostaba feliz y medroso al tiempo. Pretendía tener sueño y lo deseaba ardientemente. Si la mujer tardaba en dormirse, él permanecía desvelado temiendo reproches, insistencias, preguntas. Cuando así ocurría, el dolor llegaba triunfal, con todos sus ácidos encendidos, retorciéndolo, desanimándolo hasta la desesperación.

     Ella notaba sus temblores y por un momento se callaba. Después quería envolverlo en su cariñosa protección, prepararle algo, traerle leche o té con aguardiente. Como él solía apretar las mandíbulas y mantenerse así cuando arreciaban los dolores, no contestaba, y sus pensamientos se amontonaban en el pecho, dominando toda su capacidad e impidiendo la respiración. Si les hubiera dado suelta, habría dicho cosas incomprensibles, insultantes, enloquecidas. Después no le hubiera quedado otro recurso que el suicidio. En cierta ocasión ella le dijo:

     —Ser obstinado no es prueba de inteligencia.

     Por lo terminante de la frase comprendió que su hermano estaba dirigiendo la ofensiva conyugal. Apresuró sus planes y comenzó la rueda de los préstamos a la aventura. Pidió anticipos del sueldo, pese a las amenazas femeninas. Empeñó cuanto tenía algún valor pignorable. Firmó compromisos al veinte por ciento de interés. Consiguió ayudas modestas de algunos amigos que no podían negarse. Poco después llegaba su victoria.

     Comenzaron las obras del Metropolitano y le solicitaron sus terrenos, pues era la única zona libre en medio de una parte edificada. Los vendió en la suma que se había propuesto y durante unos días su color se volvió sonrosado, aunque su corazón le atenazaba con palpitaciones que impedíanle andar, hasta que se sosegaba.

     Al mismo tiempo obtuvo un desquite: el negocio de los marcos resultó una colosal estafa y la familia perdió el dinero que le habían exigido. Ante sus triunfos nadie quiso reconocer sus méritos; comenzaron a acusarle de haber querido alejarles de la combinación para quedarse él solo pues “¿cómo no iba a saber él que lo de los marcos era una engañifa?"

     —Se quería quedar solo para no tener que repartir con nadie.

     Solo. Así estaba él en su habitación del sanatorio, exangüe después de la primera operación del estómago, en la que le extirparon la víscera, asegurándole que volvía a formarse poco a poco. Lo visitaba únicamente su mujer, pero no se contenía de hablarle de las murmuraciones. El planeaba mientras tanto lo que debería hacer con el dinero.

     Al salir compró un edificio de renta y volvió a la oficina. Había arrendado un auto de los que se alquilan para fiestas, aunque todos sus compañeros creían que era propio y que lo compró para darse importancia. Contra su mutismo lanzaban bromas y ataques a la tacañería de los ricos. Ya que él lo era ahora, ¿para qué iba a trabajar en el puesto que podría obtener otro más necesitado?

     Pero él no pensaba renunciar. Se mantenía tenazmente, conservando su fe de oficinista en que lo único seguro es un empleo. Sólo en las oficinas no penetra ese viento peligroso que corre por las calles y hace y deshace fortunas. El empleado va subiendo año tras año, a compás de unos aumentos de sueldo que apenas mejoran los detalles de la vida casera. Al paso del tiempo se puede comprar un reloj de pared o un juego de tazas para té, que apenas va a usarse, pero que luce bonito encima del aparador.

     Quería recuperar la salud, frecuentaba médicos, seguía planes. Se sometió a una nueva operación y en ella entregó la vida.

     Aunque todos los compañeros comentaron la noticia lamentándola y elogiando al difunto, cuya inteligencia y tenacidad fueron admitidas por primera vez públicamente, me pareció advertir un ambiente impreciso de alegría y victoria.

IR AL ÍNDICE

Gentes al margen

    Le conocí como muchos otros también le conocieron. No es difícil conocer a un sastre, especialmente cuando se lo recomiendan a uno.

    —Fue el mejor sastre de Viena; corta y prueba magistralmente, y no entrega una prenda que no esté perfecta.

    Era un hombre a la mitad de la vida, sencillo, respetuoso. De encarnadura rosada, tenía el cabello rubio pero escaso. Me tomó las medidas con minuciosidad, me hizo dos o tres pruebas, pero el traje no estaba, ni mucho menos, para ser firmado por el mejor sastre de ninguna parte. Cuando comenté el resultado me dijeron:

    —Sí. Ahora parece que ya no se toma tanto interés por el trabajo. Yo también lo voy a dejar.

    Vivía en una calle de mucho movimiento, en el arranque de uno de los barrios populares. No era sitio para estabilizarse allí, sino para comenzar. En esa calle habían empezado a poner el pie en la escalera de la fortuna muchos de los grandes comerciantes de ahora. Los emigrados europeos entraron allí sin reparos; instalaban sus tiendas con mayor lujo que el que él conocía por aquella parte y las anunciaban como si fueran establecimientos de la calle mejor. No es que quisieran transformar el distrito: les interesaba aumentar las ventas, capitalizar el establecimiento y después venderlo a otro que tuviera que comenzar entonces. El primero se trasladaría al centro, ya con un negocio de jerarquía y estabilidad.

    Por los pisos de las casas se fueron repartiendo peleteros, sastres, confeccionadores de ropa interior. Las puertas ostentaban cartelitos de cartón con letras pintadas con desconocida soltura: “Kitty, Modas”, “Artículos de Fantasía, Kohn Ltda”. “Kornblum y Cía., Confecciones”...

    En la casa en que vivía aquel sastre no se había verificado aún la invasión comercial. Sin duda los vecinos de aquélla vivían a gusto desde mucho tiempo antes y no quedaban departamentos vacíos. Se notaban, por el contrario el abandono y descuido de los edificios habitados hace tiempo y cuyos alquileres van quedando por bajo de lo normal. Ya el propietario no tiene interés por reparar la escalera y algunos escalones crujen o vacilan. Las paredes no disimulan sus grietas y la pintura ha tomado un amarillo escandaloso. Los vecinos corresponden no preocupándose por la hora en que se deben retirar los cubos de la basura vacíos y siempre hay un olor agrio y repugnante metido por los rincones.

    El departamento del sastre no se diferenciaba exteriormente de ningún otro. La misma puerta despintada pero sólida de otro tiempo, cuando se construía con seriedad. La madera salía bajo los rasponazos de la pintura y se velan dos o tres parches en bruto, sin pintar, en los lugares en que los sucesivos vecinos habían colocado las cerraduras que les dieron confianza. Ahora también había una cerradura moderna, brillante, y la chapa herrumbrosa de la que fue puesta por el dueño y que ya nadie utilizaba.

    No interesa describir el interior. Todo el mundo sabe lo que es el probador de un sastre, con sus espejos y sus cuadros en la pared en los que se ven las modas de “Hiver” y “Eté”, que parecen siempre iguales, aunque la fecha de cada año haga pensar si se tratará de una superchería, pues no se sabe de dónde llegan estas hojas a cada sastre del mundo, en el momento preciso, y menos en tiempos de guerra. En una de las salitas estaban su mesa de cortar y el estante de las telas. En la sala inmediata, de mayor superficie, trabajaban las oficialas escuchando una radio áspera a la que ensordecía a veces una máquina de coser.

    El sastre que fuera el mejor de Viena no parecía sentirse a disgusto con tan pobre instalación.   Como punto de partida para la conquista del primer puesto en la nueva ciudad, no era ni mejor ni peor que la que sirvió para igual menester a tantos otros. Pero lo grave residía en que sin salir de allí ya había comenzado a decirse que no trabajaba tan bien, que se descuidaba en los detalles. Su reputación se iba destruyendo a destiempo, mucho antes de haber logrado dar un segundo paso.

Su amigo Kurt luchaba contra aquella tendencia al abandono.

    —No debes dejarte caer de esa manera. ¿De qué sirve que digamos que eres el mejor sastre de Viena?

    —Lo fui, pero ¿qué importa ya a nadie?

    —Sí que importa. Aquí te es más fácil ganarte la vida. Pero tú pierdes todos los clientes buenos que te traemos y hasta vas a perder los encargos de los amigos. Vamos, ¿por qué eres así?

    —No sé, no sé. Ahora no me importa nada.

    Después le proponía salir algún domingo a pasear, pero casi nunca aceptaba.

    —Tengo que hacer cosas aquí. Hay que entregar con urgencia unos arreglos.

    —Pero ¿ también haces arreglos?

    —Sí. Lo que sea. Con tal de sostener el taller y sacar para vivir tengo bastante. Soy sastre, ¿no? Pues vivo como sastre, como se puede vivir en este país.

    Kurt se iba molesto y entristecido. Aquello de conservar su misma profesión parecía ser el único orgullo de su amigo. Se lo echaba en cara porque él, médico y político, vivía vendiendo cajas registradoras. Como médico le era imposible ejercer: no tenían validez sus títulos. Atendía a veces, más con consejos que diagnósticos, a algunos amigos, pero lo principal en su vida fueron las investigaciones, y no tenía medios de continuar las comenzadas en Europa, ni le daban trabajo en los laboratorios del nuevo país. Como político, ¿qué hacer con una emigración dispersa, agitada por corrientes de egoísmo; con los restos de un naufragio que se disputan el terreno firme a que han sido arrojados?

    En cierta ocasión se discutía delante de él sobre la decadencia de Europa y el porvenir de América. Quien hablaba de esto era un emigrado muy astuto que a poco tiempo de llegar realizó muy buenos negocios, y por su influencia en los bancos conseguía que todo el mundo le diera la razón cuando opinaba. Kurt quiso contradecir.

    —No exageremos. Europa saldrá mejor de esta guerra. Liquidado el fascismo, hay que esperar una nueva clase de democracia, de tipo progresivo, basada en la clase trabajadora. Aquí no hay madurez, no puede haberla aún. El hombre de Europa tiene mayor densidad, por los cuatro costados, y no sólo una fachada más o menos parecida. De allí vienen las corrientes que impulsan el espíritu, y será así por mucho tiempo.

    El negociante afortunado protestó:

    —Pues si es así, ¿por qué no se va usted allí a defender sus ideas?

    Alguien se le acercó al oído para decirle un recado en voz baja, Cómo respondiendo a esta observación agregó:

    —Sí. Ya sé. Campo de concentración, pero por judío, no por político.

    —Es lamentable que plantee usted así las cosas. Somos dos emigrados y ambos de la misma raza.

    —Pero yo no me he metido nunca en política, y por eso no me veo hoy obligado a tener que vender máquinas registradoras. Estaban ustedes muy embobados, pretendiendo luchar cuando ya no se podía. Otros vimos a tiempo las cosas y ahora estamos en mejores condiciones para hacer frente a la vida. ¿Me lo va usted a afear? Allá usted y su confianza en resurrecciones futuras; a mí me basta con saber desenvolverme en el presente.

    Le dieron la razón. Era un pensamiento justo. Aunque está claro que también hay que ser comprensivo con soñadores como Kurt, dignos de toda estima. No hay que ser duros con ellos, sino dejarles ganarse la vida y ayudarles como se pueda. En el caso de Kurt, ¿qué comerciante emigrado se había negado a comprarle la registradora?

    Era cierto que Kurt había sido prisionero de un campo de concentración. Además, fue golpeado, torturado. Tenía rotos los huesos de la nariz, lo que daba a su rostro aspecto de pertenecer a un viejo boxeador. Le faltaban costillas y tuvieron que amputarle un riñón. Durante algunos meses lo consideraron un héroe. Todo el mundo conoció su firmeza ante sus verdugos. Intervinieron organismos internacionales a su favor. Consiguió pasar a Austria, donde la gente se desvivió por atenderle. Después empezaron a alejarse de él. Iba siendo peligroso distinguirse por un afecto excesivo a los perseguidos de Hitler. Bien está ayudarles, pero no conviene que a uno lo confundan, porque el día de mañana, ¿quién se pondrá a nuestro lado si nos pasa algo?

    Sus heridas eran demasiado provocativas Se sabía quién era y lo sabían también los enemigos. Así iba quedándose solo cuando conoció a Kramp, el sastre.

    Un buen día los nazis austriacos comenzaron a atacar a los judíos por el método alemán. En la tienda dé Kramp, sin cuidarse de que era uno de los mejores establecimientos, embadurnaron los cristales con la palabra “Judío”. Kramp habla sido uno de los oficiales del ejército austriaco durante la primera guerra mundial, y se distinguió en los frentes, por lo que le otorgaron varias condecoraciones. En respuesta al ataque de los nazis se le ocurrió colocar todas sus medallas sobre un terciopelo y exhibirlas en la vitrina, sin borrar la palabra judío. Kurt pasó aquel día, cuando la gente se agolpaba en el escaparate, y entró a felicitar al sastre. Estaba allí cuando llegaron unos policías de la ciudad a rogarle que borrara el letrero de “Judío” y a asegurarle de parte del burgomaestre que se tomarían medidas para que no volvieran a ocurrir tales cosas. El sastre contestó:

    —Yo no tengo que borrar un letrero que no he puesto. Hagan que lo borren los mismos nazis.

    Los guardias se miraron sin comprender lo que debían hacer en este caso y optaron por retirarse. Al fin, unos empleados municipales limpiaron la fachada. Pero todo lo ocurrido pasó a ser objeto de comentarios.

    La prensa de Izquierda elogió a Kramp. La de derecha tomó el asunto como una digna respuesta de un excombatiente a quien habían vejado los nazis, sin duda por desconocer este dato. Confiaban en que en lo sucesivo tuvieran en cuenta la calidad de cada persona.

    Pero su gesto patriótico tuvo como consecuencia un lento retiro de algunos clientes. Como los que se alejaron de la amistad de Kurt, también éstos pensaban que “no había que distinguirse” colocándose al lado de una persona tan “significada”.

    Desde entonces eran amigos. La experiencia del alemán perseguido sirvió para que tomaran convenientes precauciones, y a tiempo, para evitarse caer en las violencias hitlerianas de la anexión. Pasaron algunos meses en Praga, en Budapest, en Roma. Al fin consiguieron embarcar para América.

El sastre se estableció y Kurt le buscaba clientes. No fue nada difícil al comienzo. Precisamente muchos de los emigrados de sus mismos países recordaban de repente que habían sido conocidos, antes, es claro, de que se les olvidase en los días de peligro. Con el propósito de borrar cualquier antigua mala impresión se ponían a disposición de ellos, y para el mismo Kurt buscaron el empleo de agente de registradoras.

* * *

     Yo tenía relaciones comerciales con Kurt, y siempre le preguntaba por el sastre. No conseguía explicarse la despreocupación a que se había abandonado. Un día me sorprendió diciéndome:

    —Se ha casado nuestro amigo.

    —Pero ¿era soltero?

    —No. Viudo.

    Contó que para él había sido también una sorpresa. Se lo dijo Kramp después de haberlo hecho. Cuando le preguntó que por qué había tenido en secreto sus relaciones, le explicó que no quería que nadie interviniera. Después le presentó a su mujer. Era una muchacha de poco más de veinte años, empleada de su taller. El sastre había pasado ya los cincuenta. Se explicó la diferencia de edad diciendo:

    —Ya sabes que aquí dicen que “a buey viejo, pasto tierno”.

    —No me gusta nada esa frase —le contestó su amigo.

    Después le dijo que no le preocupaba nada de lo que dijeran los demás, que lo que precisaba era tan sólo afecto, y que aquella chica se lo tenía.

    —No es culta, tampoco elegante, pero me tiene cariño y no necesito otra cosa. Es triste sentirse solo y en tierra extraña. No me he podido resignar más tiempo.

    Le invitaron a comer. La muchacha servía la mesa con más aire de criada que de dueña de casa. Se mantenía en un terreno de timidez desagradable. Kurt empezó a pensar que estaba perdiendo un amigo.

    Con la boda no mejoró tampoco. Seguía trabajando mal, descuidadamente. Cuando le hacían alguna observación o le recordaban su antigua fama, replicaba:

    —Eso era allí. Aquí, ¿qué más da? Por otra parte, si quieres que las cosas salgan bien, tienes que estar revisando todos los detalles, y las obreras se enfadan. Quiero vivir tranquilo.

    —Pero así no vas a salir nunca de este barrio.

    —¿Qué más da?

    Era un caso perdido. Muchos de los que habían emigrado al mismo tiempo, supieron crearse nuevas fortunas. Los había con automóvil y hasta con casa propia. Los que fueran industriales solían prosperar más rápidamente. Algunos tenían empresas que ya figuraban como importantes en la producción del nuevo país. Como aquellos fabricantes de artículos de bakelita que hasta habían construido una gran fábrica y no daban abasto para atender pedidos.

    Es claro que también había quienes no conseguían otra cosa que arrastrar una penosa vida. Kurt, en sus paseos de vendedor ambulante, conocía a muchos. Dos doctores polacos, hermanos, tenían un cafetín. Ya no pensaban en otra cosa que en los precios de los artículos y en la competencia de los más próximos. Se repartieron los turnos y uno iba por la mañana y el otro en las tardes. En el tiempo libre dormían o iban al cine. Huían de lo qué les recordase la vieja profesión. Sus miradas estaban perdidas, defendiéndose de nuevas impresiones que les alteraran los recuerdos íntimos. Era un jardín cerrado, aquella su vida anterior, un mundo terminado por completo, protegido del exterior por gruesas barreras transparentes. Lo acariciaban a solas, huyendo el uno del otro, como si fuera una de esas bolas de cristal que tienen extraños paisajes por dentro. No cabía ni una palabra, ni una respiración nueva en el mundo antiguo. La vida de ahora no importaba, fuese como fuere; lo importante era aquella cámara cerrada que pesaba en el espíritu, llenaba la soledad de melancolía, destruía la voluntad, pero tenía el encanto de verse ya completa, como quienes pudieran ver su vida desde la otra orilla del tiempo. Quizás Kramp era de éstos. Para él sería más dificultoso arrinconar el recuerdo hasta el fondo necesario para la contemplación. Seguía siendo sastre y siempre le recordaban que había sido el mejor de Viena. Por allí se le desangraba el espíritu, y la gente se creía con derecho a pasar hasta la zona de la vida perdida. A veces pensaba Kurt que sería conveniente que cambiara de actividad, que partiera la vida en dos pedazos, en esa amputación que se ve obligado a admitir el desterrado. Pero hay algunos para quienes esta doble vida no consigue otra cosa sino la tortura de verse acompañado por su propio cadáver.

    Otros vivían con poca fortuna, con mucho esfuerzo, pero no parecían más alegres. El ingeniero Rosenfeld, por ejemplo. Puso un tallercito de reparaciones y le fue mal. Terminó por dedicarse a todos los trabajos posibles. Hacía parches en cacerolas, arreglaba depósitos de agua, artefactos eléctricos. Cualquier cosa que llegase al taller. Hacía llaves de puerta, lo llamaban cuando se averiaba alguna instalación de luz. Su taller ya no era el local limpio, con las herramientas ordenadas. Estaba sucio, desarreglado, con montones de trastos que se habían ido acumulando allí. Compraba en los sitios en que se venden las cosas ya más que usadas, destruidas, todo aquello que podía tener una pieza útil. Se servía de ella y dejaba el resto en cualquier rincón. El mismo iba siempre abandonado, lleno de manchas. A última hora del día era difícil que no estuviera casi borracho. Pero podía vérsele siempre en su local trabajando en el último encargo. Tenía el taller en uno de los barrios más pobres. Se dejó crecer el pelo, que, le formó una melena gris por debajo de la calva. Se cubría ésta con un gorrito de cuero. Llevaba los bigotes largos, sucios de la tagarnina que mantenía constantemente en a boca. Y por detrás de los lentes le asomaban unos ojos alegres y juguetones. Cuando Kurt llegaba por allí, le gastaba algunas bromas.

    —¿Qué? ¿Cómo va la vida?

    —Como siempre, ¿y usted?

    —Yo muy bien verá —entonces llamaba al aprendiz—: ¡Chico!

    —Diga, patrón —contestaba el muchacho.

    —Nada, ya te diré más tarde. —Y se dirigía a Kurt—: ¿Ve? Soy un patrón. Y usted gastando botas para los demás. Se había construido un altillo en el mismo taller, donde tenía el jergón para dormir y un infiernillo de petróleo. Sobre la cama había siempre un par de libros que tomaba de una biblioteca circulante de idioma alemán.

    —Trabajo, como, leo. No me puedo quejar. Tengo que decir que vivo: Laboro, ergo sum.

    Kurt no se atrevía a insinuarle siquiera que mejorara de vida y que dejase de consumir litros de mala cerveza todas las tardes. Si Rosenfeld sentía la punzada del fracaso de su vida, había hallado medio de acorazarse contra ello y no se le agrietaba el humor. A veces pensaba Kurt que aquellos montones de trastos inútiles, oxidados, que lo rodeaban, eran los parapetos contra cualquier intento de resucitar un rostro limpio y noble y unas tareas de audacia industrial.

    Pero, ¿cómo extrañarse? Un Premio Nobel había muerto en la miseria.

    Después de estas visitas casi comprendía a Kramp. Hay quienes tienden a estabilizarse por abajo, llegando al nivel de lo indispensable. En su país lucharían por mantener el puesto alcanzado, por mejorarlo. Pero, partidos de su tierra, desprendidos del cuadro que forman la posición y los afectos, golpeados todos muy de cerca, algunos como Rosenfeld en todo el resto de la familia, exterminada en cámaras de gases, huidos a países remotos como animales perseguidos por una incansable jauría, ¿qué es lo que valía la pena? ¿Levantar sobre las arenas del destierro una apariencia de edificio que cualquier nueva ventolera había de arrasar? ¿Tropezar con palabras de queja, con el espinudo “nos quieren venir a enseñar” de aquellos de quienes se pretende que hagan un buen trabajo? El mismo, Kurt, había dejado de leer la prensa; ¡cuánta incomprensión de Europa!, ¡qué petulancia! Realmente el medio favorecía el hundimiento, y no era él quien podía ponerse de ejemplo de lo contrario.

    Se recordaba del Parlamento alemán, de la lucha contra la creciente oposición nazi, de las sólidas reuniones obreras. Hubo un tiempo en que Berlín tenía distritos en los que se respiraba anticipadamente lo que podía ser una Alemania avanzada, añadiendo calidad a la calidad, rodeado de espíritus cuya disciplinada inteligencia comenzaba a producir frutos maduros. ¡Aquella prensa popular! ¡Aquel, florecimiento editorial! Aquellos espectáculos que arrebataban la admiración de Europa! No. No se podía hacer ningún balance. La siega de vidas había sido implacable y cruel. Los desterrados padecían justamente de esa amputación. Porque las generaciones con todo, y cuando se aplasta una parte, el resto no puede vivir sino mutilado. ¿Cómo animar a Kramp? ¿Cómo evitar su decaimiento? El mismo, Kurt, bajo su viejo abrigo, visitando posibles clientes, animando una vez y otra al que puede ser comprador, ¿qué era, sino el desperdicio de un naufragio, flotando porque no le tocó hundirse?

Pero no se dejaba decaer. Confiaba en volver a su país cuando terminara la guerra. Sería mucho más doloroso que cualquier experiencia pasada hasta entonces. Entre ruinas de ciudades y residuos de vidas, ¿dónde hallar las personas que componen nuestro medio respirable? No importaba del todo, definitivamente. El regreso al país justificaba muchas cosas, cualquier esfuerzo que pudiera hacerse tenía sentido. Por eso habla que mantenerse entero, y tanto eran de lamentar los que se habían desentendido ya, por sus nuevas empresas, de la idea del retorno, como los que iban acomodándose al fracaso.

* * *

    A Kurt le impresionaba el desgaste de las emigraciones políticas. Algunas veces hablábamos del tema.

    —Poca gente se da cuenta de que una emigración política es una reserva con la que cuenta su propio país. La vida que se recibe a cambio de haber salido libre, en parte, de la persecución, no es un regalo del que puede disponerse con se le antoje a uno.

    —También a mí me preocupa esto —le decía. No me agradaban en general muchas de las cosas que iba viendo a lo largo de los años, y lo peor era que aún no podía llegar a una conclusión clara.

Pero Kurt habla tenido más tiempo para la observación, era mayor y tenía su educación alemana, que le llevaba a adentrarse en las cosas y buscar los orígenes. Según él, en toda la historia de las emigraciones políticas se ha visto que llega la hora en que deben retornar a la patria y que, al producirse este hecho, los pueblos que han sufrido bajo signo contrario se echan en brazos de aquellos que han podido sacar el fruto de las experiencias. Esto es lo que se olvida, la mayoría de la gente se ha convertido en “pobre gente”, y de los grandes problemas que motivaron el hecho histórico de una emigración se pasa a los pequeños problemas personales. A veces empleaba palabras alemanas para mejor expresarse: “Historische Notwendigkeit” y “Kleinig iceiten”, traduciendo después.

    —Lo peor es que por encima de la voluntad humana están los problemas de la historia en un momento determinado. Los pueblos sometidos a una norma esclavizadora, que siempre es mayor a medida que avanza el progreso de la humanidad, confían en que aquellas partículas valiosas que consiguieron salvarse aprovechen su tiempo no sólo en el bien temporal (“das Unmittelbare”) del momento, esto es, ayudando a mantener la oposición dinamitando desde afuera la muralla, sino en el bien general (“die Zukunft”) del devenir del país. El que la máquina tenga que arrancar después desde el punto de catástrofe a que conducen las dictaduras o pueda marchar desde el grado de avance conseguido antes del golpe reaccionario depende en gran manera de que la emigración política regrese con mayor capacidad y experiencia que la que tuvo antes de su derrota.

    —Esa es una triste afirmación —replicaba yo—, el que las emigraciones políticas son hijas de derrota, de ahí que se descompongan fácilmente.

    —Sí, es cierto, es cierto, pero eso significa no haber visto sino una cara del problema. No está la cuestión en si se es o no derrotado, sino en saber si se está o no desorganizado. Si un ejército pierde una batalla y no lo desorganiza el enemigo, tiene muchas posibilidades de conseguir mejor fortuna en un nuevo empeño. En nuestro caso no se ha fijado usted bien en mi argumento total. La emigración política, en lo que significa, tiene siempre un momento de victoria. El problema está en si seremos capaces o no de conducir esa victoria.

    —Difícil es mantenerse años y años con esa perspectiva. Hay veces en que parece próxima y otras en que se aleja como definitivamente.

    —No, mi amigo, lo que ocurre es que operan sobre nosotros, a ciencia y paciencia nuestra, todas las armas enemigas, su propaganda basada en la estabilidad permanente de su hegemonía, la actividad internacional de sus elementos de apoyo, los falsos emigrados políticos, o sea, los que no entienden su deber, y el medio hostil en que nos movemos.

    Me aclaraba que el medio hostil no se refería exclusivamente a los judíos y el antisemitismo creciente. Para él la cuestión estaba en distinguir lo que se llama desgaste de una emigración y considerarlo otro aspecto político más. Lo explicaba así:

    —El hombre que vino a enriquecerse, o el que se enriquece como consecuencia de sus nuevas actividades, entra en la clase poseedora del nuevo país. Contra ellos no hay nunca nada, ni preocupaciones policíacas ni molestias de ningún orden. Pero el que es tenaz sabe distinguir sobre si la sombra de las sospechas, conoce que el terreno que pisa está cercado, que pueden acusarlo de “agitador”, “conspirador” o cualquier otra cosa semejante a instancias de la Embajada de su país secuestrado. A ésta no le importan los demás, los “desgastados”, para decirlo con una palabra no exacta. Es a los que permanecen fieles a quienes va acosando uno a uno, con la complicidad del país de asilo, porque, en definitiva, de una forma u otra, en todo el mundo existe la lucha de clases, como nosotros, socialistas, no debíamos olvidar tan fácilmente.

    Le gustaba hablar sobre esto a solas, como rebuscando en su interior aquellas zonas estables que pudieran mantener el equilibrio de su actitud. Yo lo veía poniendo cuidadosamente una tras otra las piezas de su mecánica íntima y hasta me parecía que las limpiaba con esmero y les sacaba un brillo que permitiera comprender que nada había de herrumbroso en sus resortes esenciales. Cuando llegaba a plantear el tema de la lucha de clases, por ejemplo, se me antojaba que lo hacía con cierta timidez, como si alguien fuera a replicarle: “Esa pieza está ya anticuada”. Y para oponerse a tal suposición, daba unas cuantas vueltas sobre el tema, aplicándolo con justeza a casos precisos. Sí, era cierto, la batalla no concluía nunca, era un error entenderlo de otro modo. Se modificaba su intensidad, el tipo de frente, las armas empleadas, pero quienes seguían fieles a las ideas por las que lucharon tenían que seguirse debatiendo en todo momento. Había bajas, desde las ocurridas en el real terreno sensible de la pérdida de la vida, hasta las más frecuentes, ocasionadas por las deserciones.

    A veces le preguntaba:

    —Y ustedes ¿hacen algo?

    —Nada. Alguna pequeña reunión, algún acuerdo sentimental. Quizá es que estamos muy lejos de Europa, pero lo cierto es que somos gentes al margen.

* * *

    Kramp sería otro hombre al margen. Pero Kurt no se proponía rescatarlo para ninguna actividad. Tenía hacia él una simpatía humana y un deseo de evitar su decadencia. Esta se acentuaba poco a poco. Estaba ante su vida con la misma actitud que el vicioso incurable: ya no le importaba hundirse más y más, encontraba en ello su justificación. El esfuerzo para rehabilitarse tenla que ser inmenso, y estaba tan alejada la posibilidad de una vida como la que seguía en otras épocas, como la que, sin planearla tal vez, habla ido desarrollando, que no podía considerar posible ni siquiera la esperanza de una imitación. Allá, en la distancia que todo lo embellece, estaban su tierra, su infancia y juventud, sus ternuras y amores, sus costumbres, el colorido de aquellos rincones que nos son gratos, todo lo que compone el sólido archivo sentimental de un hombre desarraigado después de la mitad de la vida. Pero nada de ello podía volver a ser, y prefería que se fuera destruyendo en sí mismo, arrastrarlo consigo a la ruina.

    Un día Kurt le llevó una noticia, sin ningún propósito previo, escapándosele ingenuamente.

    —¿A que no sabes quién está aquí? Lina. La he visto hoy.

    —Bien, ¿y a mí qué me importa?

    Hasta en el trato iba perdiendo amabilidad. Comprendió Kurt que había errado al darle la noticia y no añadió nuevos detalles. Lina había sido el mayor amor de Kramp. Si hubiera llegado en otro tiempo, antes de la boda del sastre, tal vez le hubiera podido servir de apoyo.

    Fue el mismo Kramp quien le contó la historia, una vez que coincidieron con ella en el vestíbulo de un teatro de Viena. La había amado, pero ella no lo supo hasta que estuvo casada con otro. Tuvo un día la audacia de decírselo y a ella no le pareció mal. Por el contrario, frecuentemente trataba de entrevistarse con él con cualquier pretexto, pero el sastre se mantuvo siempre en la mayor corrección. Empleaba un matiz de ternura que sin duda completaba la vanidad femenina y la ausencia de delicadezas de una vida conyugal. Era bonita al principio; después fue bella; más tarde, cuando ya Kurt la conoció, hermosa, A éste le pareció la imagen de una mujer caprichosa y llena de vanidades. Gustaba de vestir bien, pero siempre con algún detalle de exageración. O en las telas, los adornos, los sombreros o las joyas. Muchas veces había pensado en la vida de esta mujer en un régimen hostil, ¿podría mantener su ostentación? También sobre ella caía el estigma de la raza, ¿cómo soportaría todas las leyes de exclusión de los lugares donde le gustaba brillar?

    Y un buen día la encontró en la calle. Ella no le reconoció. Estaba más gruesa, con todas sus líneas dilatadas blandamente por las grasas. Pero no iba mal vestida y llevaba una buena suma de dinero en brillantes colocados en los dedos. El rostro, siempre muy cuidado, se parecía al de antes, pero como si fuera una acuarela con demasiada agua. Se mezclaban tonos y colores, eran manchas de carne y pintura y ningún trazo definido. Vivía aún el brillo burlesco de su mirada. No. No lo habría pasado mal. Seguramente había realizado muchas audacias o muchas vilezas. Tendría tal vez un archivo de escenas que podría contentar a un novelista exigente. Y, al fin, aquí, en el mismo punto del mundo en que residía Kurt, sin saber que su adorador naufragaba a pocos pasos de ella. ¿Le quedarían fuerzas para contribuir a evitarlo? ¿Desearía él que las empleara? Después de la tosca respuesta de Kramp, Kurt dejó de plantearse el problema.

    Pero lo que no pudo evitar es que el sastre quedara desazonado. Solía salir poco a la calle, pero casi dejó de hacerlo. Temía hallar a Lina, se la imaginaba tan en desgracia como él y hasta las paredes de los edificios se le hacían hostiles, como fondo donde pudieran aparecer casualmente él y ella, otra vez juntos. ¿Por qué tenía que venir hasta allí mismo uno de los recuerdos más completos, más conservados en su antiguo rincón, estabilizados como una obra de arte? Esperaba que se hubiera equivocado su amigo, que tal vez fuera un piadoso intento de hacerlo reaccionar. Su joven esposa se dio cuenta de que algo le agitaba el interior y trató de convertirse en más amable: más dócil y servicial. Nunca se había propuesto preguntarle cosas personales; se consideraba muy por bajo de él para pretender conocer su vida. Pero creía tener el derecho de ser cariñosa o el deber de rodearle de los cuidados sutiles que hay que tener con los enfermos. El comenzó a exasperarse, se desentendía de ella, rechazaba sus caricias. La mujer se inhibió y comenzó a pasar las tardes de los días de fiesta metida en el taller, trabajando sola, hasta que el mismo Kramp se encontró culpable de crueldad. Decidió que convenía que fuese ella a pasar unos días con su familia y tuvo que convencerla para que aceptara hacerlo.

    —Me da miedo dejarlo solo —dijo en la casa de sus padres, hablando de esto.

    — ¿Por qué? No es ningún niño —le contestaron.

    Él se pasaba la tarde echado en la cama oyendo la radio. Eran esos programas estúpidos de los domingos, con fútbol, tangos y, cuando mejor, una ópera entera. Pero lo que le importaba era un ruido compañero, para desentenderse de él y divagar mejor. A pesar de esto se daba cuenta del silencio de la casa, del vacío, de la calle. También los ratones se daban cuenta de ello y comenzaban una temprana actividad. En la casa sonaban repentinos crujidos de maderas, el paso de presencias extrañas. Pero sacaba de aquellas zonas de soledad un mejor espíritu, un mayor equilibrio y, si se puede decir, una sonrosada aurora de alegría. Al verse tan perdido y solo, se recuperaba en el ser que había sido antes de su llegada. Bien, había caído allí, como pudo haber caído en otra parte. Pero estaba “recién caído”, sin saber de nadie, sin conocer el país, sin referencia alguna sobre lo que le reservaría la nueva vida. Y por ello, estaba aún vestido de la antigua, de la anterior. Si se levantara, si abriese la puerta y saliese a las calles desconocidas, si llegase con una pequeña maleta a una agencia de viajes y tomara un pasaje para otro lugar, volvería a encontrar el hombre anterior, se fundiría con él, rellenando la pasada silueta de la otra vida con la masa deforme y vencida de la actual. Había una esperanza que comenzaría a cumplirse por el solo impulso de abandonar la postura, salir de la pieza, de la casa, de la calle, de la ciudad. ¿A dónde irla? Detrás de un sitio que ya no existe en el mundo; pero mientras se moviera había una razón para estar en pie.

    Los domingos no se abren las agencias de viaje y los lunes recomenzaba la tarea que amarra. El error había sido detenerse; el error había sido detenerse...

    Un día llegó a levantarse del lecho. Se arregló con cuidado. Echó dinero al bolsillo y salió a la calle. Estaba dispuesto a muchas cosas, hasta a no volver a la casa. Se iría a un hotel en la noche, porque una cama de hotel le enseña a uno a disfrutar de un viaje. Tal vez de ese modo podría escapar. Lejos de todos los conocidos nuevos y los torturadores antiguos, como Kurt, con su fidelidad odiosa. Por países donde nadie supiera de él y él no conociera a ningún humano. Así estaría más cerca de lo que ya se ha perdido.

    Por calles vacías pasaban gentes perezosas. Los autobuses aprovechaban el menor tránsito para aumentar velocidad peligrosamente. El sol también tenía pereza, se entretenía morosamente en los cables eléctricos y los tranvías gotosos. Llegó al centro de la ciudad, aburrido del tono desvaído de cuanto encontraba. Era blando todo, no podría producirse la chispa que requiere dos cuerpos duros. De un café con salón en los altos salían dos parejas de jóvenes riendo. En seguida advirtió que eran pobres endomingados, con trajes baratos y cuerpos poco limpios dentro de su presentación lo más señoritil posible. Venían de bailar, aún se oía la orquesta, tal vez iban a un cine, jugando a tomar la vida en broma, con frases que deseaban producir efecto.

    Cansado, entró a tomar té en una pastelería nueva, instalada con lujo de colores y detalles de cobre brillante. Habla un salón en el sótano, cuya existencia indicaba una atroz palabra híbrida, “Luncheonette”, acompañada de una flecha. Allí se reunían bastantes mesas con mantelitos azules, ocupadas por mujeres charlatanas y caballeros domesticados. Quedaba una mesa vacía en un rincón, cerca del final de la escalera, apta para tomar algo, pagar y huir, como era su propósito.

    Y allí vio a Lina.

    Sí. Era ella, acompañada por dos mujeres de casi la misma edad, pero peor vestidas y conservadas. Estaba fea, muy gorda, presumida, pintada. Le brillaban las joyas de las manos y del cuello. Mostraba sobre su cuerpo más dinero que el que valía todo el negocio del sastre. Comenzó a calcular: seguramente llevaba más dinero encima que el que valía incluso aquel negocio de pastelería. Y ¿por qué? ¿Por sola ostentación o porque había conservado su fortuna y se sentía feliz de proclamarlo? Vestía con buenas telas, mucho mejor que sus acompañantes, a quienes estaba sin duda deslumbrando. Todas tenían narices inmensas, casi varoniles. Ella tal vez era la más fina. Y hablaba, hablaba y gesticulaba. Reía ella con ostentación, y las otras, sumisas y halagadoras.

    La camarera les sirvió té con pastas, pasteles, mermeladas y un trozo de tarta hundido en un monte de crema. Ya había pasado del terror a engordar a la glotonería sin freno. Lina miraba con arrogancia a la camarera, que trataba de hallar espacio en la mesa para todo aquel pedido. Cuando se retiró comenzaron a mordisquear los dulces sin dejar la charla. Kramp se iba llenando de asco unas veces, de odio otras. No le habían visto y no era fácil que lo reconocieran. No estaba en la línea de la mirada de Lina y las otras no sabían quién era él. De pronto Lina tomó un poco de crema en el tenedor y lo llevó a la boca. Inmediatamente llamó a la camarera. Se daba cuenta de que protestaba sobre la calidad, con insolencia. La camarera explicaba algo. Ella alejaba el plato con asco. Las otras tomaban también su porción de crema y la derretían en la lengua para paladearla, con gesto repugnante de golosas. Se veía que les gustaba, pero que no se atrevían a contradecir a Lina, que tal vez las había invitado. Cuando la camarera retiró los platos devueltos, no pudieron por menos de mirar con pena aquel deleite que se alejaba delante de sus ojos.

    Kramp pagó su té y salió a la calle. No sabía en qué momento se quebró algo dentro de él, ni tampoco qué resorte era. Pero fue paso a paso camino de su casa, sin proponerse nada, envuelto en ruidos que no pretendía entender.

    La casa estaba oscura y olía a paño nuevo. Los ratones trabajaban en el entretecho. La cama era alta, con barrotes de metal. Con el cordón de la bata hizo un nudo corredizo. Amarró el resto a la cabecera de la cama, se tumbó y se ahorcó lanzando el cuerpo fuera del lecho. Los pies llegaron temprano y casi pretendieron incorporarlo, pero un extremo de voluntad le impidió este auxilio y el peso del cuerpo hizo el resto.

    La prensa se sirvió de la diferencia de edad con su mujer para inventar una historia escabrosa de engaño matrimonial.

    Kurt me aseguró que esperaba aquella tragedia. Y yo no pude por menos de pensar que aquél era un final previsible en un hombre al margen.

 

PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS RELACIONADOS CON EL EXILIO

 

IR AL ÍNDICE

 

IR AL ÍNDICE GENERAL