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EL LOBITO DE SIERRA MORENA _Hola, compadre Cordero, ¿cómo se encuentra? Veo que su vellón está tan huequecito , que no se puede dudar de la limpieza de su madre. ¡ Y qué bien limpio que le manda al campo! _¡Ay, compadre Lobol, no lo crea usted; acabo de quedarme en el mundo desamparado. Mi madre, Vicenta, murió de una pulmonía, y mi padre, Perico, de un gran flato. _ No puedo creerte; vas todo de traje blanco, ensortijado, recién peinado, acabado de lavar. No hay dos en la pradera que más destaquen, y he decidido comerte.
_Bueno, compadre Lobo; yo no quisiera molestarle
en sus gustos; pero ya le he dicho que soy huérfano. De la madre
Vicenta heredé este campo, y de mi padre Perico, aquella encina,
que si el año que viene no hay sequía, podrá alimentar lo menos
a seis cerdos.
_Pues tienes razón, Corderillo: lo menos seis cerdos o cerdas con sus crías. ¡Qué sabrosos estarán para hincarles el diente! _Y que usted lo diga, señor Lobo. Pero lo primero que he de hacer, según la justicia de herencia pide, es medir el terreno para que me den lo justo en el arriendo. Ayúdeme usted en este trance. _Yo te ayudo; pero no vayas despacio, que se va acercando la hora de la siesta y has de hacer el testamento dejándome el terreno. _Todo se andará. Arrímese a aquella encina de mi herencia y aguarde a que yo llegue a aquel altillo para ojear el terreno de un golpe. El Lobo se apoyó contra el tronco, muy complaciente. Veía ya las cerdas con sus crías, las bellotas cayendo sobre sus lomos lucidos ... la sombra fresca y sola ... En este momento, en su ensueño, el Cordero se le vino encima a todo correr desde la cuesta y machacó al Lobo contra el tronco. Le rompió siete costillas y le hizo huir, sin saber adónde, muy quebrantado del disgusto, dispuesto a no creer más en palabras de corderos. Y siguió andando, andando sin camino y sin vereda, a través del campo. Pasando montañas de una zancada y sorbiendo los ríos de un golpe, llegó a poner las patas en un prado donde pastaba una yegua. Era limpia de color, toda blanca _Hola, comadre Yegua, ¿qué anda haciendo usted aquí; margarita como, trébol desprecio? _Como siempre, compadre Lobo; haciendo tiempo para volver a mi casa, que mi marido extiende los manteles, limpia los vasos al sacarlos de la alacena, dobla las servilletas y acerca las sillas. _¡Qué cosas cuenta tan graciosas! ¡Ay, ay, que no puedo reírme! Siete costillas llevo rotas por una apuesta con un cordero. Él se mató y yo me quebré. _¿Y qué apostaron? _Pues ahí es nada: a ver quién tiraba una encina a cabezazos. _ ¿Y la piel del cordero? _No quieren pieles de cordero en la feria, sino de yegua. Prepárate, que me voy a comer tu potro, que debe saber a mieles. _¡Ay, no! Cómame a mí también y ferie mi pellejo como mejor le convenga, antes de separarme. Pero espere un momento. Aquí, en la pata izquierda, tengo una espina enconada, que me clavé en unas zarzamoras. Mire que puede ahogarse con ella, compadre, y más no andando ya bien de las costillas. Agáchese un poquitín y mírelo con sus propios ojos, o saque las gafas si se cansó ya de la vista. _Buenos están mis ojos para ver espinas de zarza, y sanos para descubrir una aguja en un pajar. Alza un poco la pata. En aquel momento la Yegua levantó los cascos y de una coz enorme lo envió con sus costillas rotas a dar en un arroyo lleno de piedras. Allí estaba una cabra bebiendo. _ ¿De dónde llega usted tan sin aviso, compadre Lobo? _Calle usted, comadre Cabra, que me empeñé en aprender a volar. Me compré unas alas que me até al rabo, me subí al monte más alto de la tierra, me tiré, y aquí estoy, después de haber visto los siete reinos, dando en el arroyo más lleno de piedras que hay en el mundo. Por poco me tiene usted que cantar una canción con acompañamiento de esquilas, como hacen los corderos y las cabras cuando huyen del lobo. Prepárese, que tengo un hambre horrible y me la voy a comer. _¡Ay!, mire, Lobito hermoso: yo soy una pobre cabra, que nunca voló más que de peña en peña, buscando ramajos para comer. Nunca mordí a ningún animal, y si balo y toco la esquila es para avisar que se aparten para no hacerles daño con mis cuernos. Yo le aseguro que nada de provecho sacará de mis pelos, que llevan pegado todo el polvo de los caminos y que se hace barro en cuanto caen dos gotas de lluvia. El barro es muy indigesto para los lobos. _Tengo hambre, y te voy a comer, aunque termine luego con los purgantes del boticario. _ Aguarda entonces; voy a comerme unas truchas para saberte más sabrosa. _¿Truchas has dicho, comadre Cabra? _Sí, truchas de las grandes, que bajan por este río. Van adormiladas por la corriente de tanta carne como llevan en el lomo. Son más de doscientas las que he visto desde esta mañana.¿No pescó nunca con cesto? _¿Yo? Nunca. Es la primera vez que me hablan de pescar truchas con cesto. _Pues va a probarlo en seguida, si se deja guiar por mí. _Mira que tengo hambre y me rechinan los dientes de pensado. _No sea tan precipitado, que la pesca fue siempre engaño para los bobos. _¿Qué dices? _Nada; que a carros las estoy viendo venir, y me regocijo de pensar lo sabrosa que estaré después de comerlas. Perejil y jinojo tiene en el campo; acederas hay en la fuente para comer luego una ensalada; olivas, en el monte, que den el aceite, y la sal ya le diré dónde habrá de encontrada antes de que me coma la voz. _Tú ya sabes, Cabrita, que te estaré muy agradecido, tanto como un lobo puede estarlo cuando tiene hambre con lo que se la quita. _Pues agárrame aquella cesta. Métase en el río sin miedo. Así. Tráigala más cerca. Bueno, bueno. Ahora alárgame el rabo, que voy a hacerle un nudo bien fuerte con la soga que cuelga de los mimbres. No se apure, compadre: en el nudo está el secreto de pescar buenas truchas. Así. Nade siempre, nade, que las estoy viendo llegar grandes como gallinas. ¿Qué digo? Más bien parece una torada de lo repletas y juntas que bajan. El Lobo nada veía. La Cabra iba llenando de cantos la cesta. _¡Ay, que ya se llena el río hasta los bordes! ¡Truchas, truchas del color de los membrillos! ¡Baila, baila, Lobo, lirón, bellaco, espantaniños! Mira cómo se llena tu cesta. Para que tengas también sal para aderezarme, baja las uñas y araña el cauce. _¡Ay, Cabrita! Ayúdame a salir, que no te comeré. Juro no comer nunca ya más que avellanas toda la vida. La cesta se iba hundiendo, arrastrada por las piedras que la Cabrita iba tirando, y el Lobo gritaba ya medio ahogado: _ Esto me pasa a mí por medidor de tierras, por sacador de espinas y pescador de sierra. * * * Y aquí termina la historia del lobito de Sierra Morena. |