Manuel Andújar

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Para la próxima figura de barro

Yacentes

Visita irreprochable

 

Para la próxima figura de barro

        Tuve que frenar bruscamente. Corría, presa ya de la velocidad, ajustado al carril izquierdo, cuando se encendió, con violencia insólita en la mañana, el disco rojo. Como si la hubieran arrojado desde una secreta víscera del espacio, la redonda gota de sangre, sola allí. ¿Sería del mismo color la que circuló por las venas de Alberto Lisano? Ha muerto, todavía vigoroso, relativamente joven. Graciela, al salir, me besó distraída, y fue _paso menudo, de perdiz vieja_ a cerrar la puerta del garaje. Estaban despintadas, la puerta y mi mujer.

         Ha muerto, pues, Alberto Lisano. Inverosímil, un portento. Sin embargo, yo he dormido a mis anchas, desayuné con apetito. Mi «último modelo», de lujo, es el más llamativo entre todos los autos de la fila.

         Queda atrás el Estadio de la Ciudad de los Deportes. En la emisora de turno, los compases que rubrican una marcha militar, «estimulante», según el calificativo de esos niños bárbaros, los gringos. ¡Se atravesó el condenado “pesero” y maniobré, para no chocar, en un palmo de terreno! Casi increíble. Nueva mirada al reloj. Me lo fabricaron especialmente en Suiza. Bailan en la esfera tres  agujas. Apenas las nueve, una de las horas en que la Avenida Insurgentes se congestiona de vehículos, con cargamento de oficinistas tímidos que van al centro a ver si alcanzan a chequear la tarjeta de la esclavitud. Yo no lo hice jamás en México, no me sometí. Preferí la calle y el riesgo. Por algo he triunfado.

         ¡Son tan agresivas hoy las señales del tráfico! ¿O que me lo parecen? Empiezo a detenerme y mi mano apenas oprime el volante. Mi mano, la garra peluda, un signo de la fiera. Se baña la piel blanca con ese coágulo amarillo. oro sucio que zigzaguea.

         Hermosos los árboles de esta acera. De niño _aquellos tiempos bobos_ me gustaba reconocerlos, los bautizaba, uno por uno, en mi barrio. Sin olvidar los apellido De personajes heroicos, de amigos y parientes. Con ventaja de que, al oscurecer, les hablaba y adivinaba que iban a responderme, porque yo me lo inventaba todo ¡Qué memoria la mía! Es miércoles y quincena. Me pasarán a firmar un montón de cheques. No faltará el de abogado sinuoso, el tal Ramírez. Caro me cuesta, pero hábil para el tejemaneje y me arregló, untando las ruedas la demanda en Conciliación y Arbitraje.

         ¡Se cruzó, ruletero, naturalmente! Lo esquivé y adelanté. Hay que demostrarle que una pulga no desafía a  un estupendo caballo de carreras. Cambio de marcha y otro quiebro. No soy el de antes. La guerra y el exilio y la perra lucha para situarse, a empujones, que nadie te ayuda, curten a cualquiera. Tengo mi industria, casa propia, cuenta en dólares, pólizas de seguros. Los que me critican son unos ilusos sin redaños para imponerse, los recuece la envidia. Yo fui, yo representé, yo escribí ... ¡Valientes humos! Siempre con sus historias de grandezas, devorados por la nostalgia de los rincones en que nacieron.

         Se me va el santo al cielo. Por un tris no abollo la salpicadera. El licenciado Ramírez ha intimado conmigo, admite dos «casas chicas». Me estorban los tipejos. ¿Y no está uno en su derecho? Pedían el oro y el moro los angelitos. Aprenderán. El hambre enseña.

         Aunque se alimenten, «nomas», de tantitos fríjoles y tortillas. Este sábado rondarán la pulquería, chasqueando lengua. Se terminó el purgatorio de la cruda, los lunes. Desde el puente _lástima que el Viaducto no me lleve derecho a la fábrica_ el edificio de la esquina de Nuevo León tiene un aspecto de barco para turistas ricos. ¡Qué diferencia con el Sinaia, el armatoste que nos desembarcó en Veracruz! Nos llamaban «refugiados», vociferaba ­en los cafés, los más insignificantes detalles típicos eran  motivo de admiración. Nos taladraba los oídos, todavía, el ulular de las sirenas anunciando los bombardeos.  Me imagino esos departamentos tronchados por una explosión, en llamas la gasolinera de la esquina.

         ¿Por qué me rondan y angustian los recuerdos? En  unos minutos más me aliviarán las preocupaciones del trabajo. El  negocio no lo aparenta, pero vale mucho dinero.

          De continuar la racha favorable, techaré el patio y lo convertiré en taller adicional. Yo, de «patrono»: maldición gitana. En el despacho me asomo a veces al balcón _paisaje de  Nonoalco_, para descansar de la monserga de la nómina, de las ventas, de las relaciones y controles de producción. Millares de piezas de plástico, con «mi» marca  registrada. Son artículos económicos, prácticos, limpios, que me agrada palpar a escondidas. De regreso, en la florería de la Glorieta, le compraré un ramo de veles a Graciela sin pretexto alguno, porque sí. La emocionaré con una sorpresa amable, y se me enroscará cuello. ¡Papacito chulo!

         Los hijos me quieren. ¿Entenderán después, cuando crezcan, al padre? Les proporcionaré las mayores comodidades, estudiarán en los mejores colegios de Estados Unidos o del Canadá. Ganas me dan de sacar las fotos de la cartera y de estacionar en una transversal para recrearme en ellos. Pero sería inútil y ridículo.

         ¿Habrá en mí, muy adentro, una insatisfacción que ni sospechan? Esa voz amarga que en ocasiones, mientras  Graciela alienta a mi lado, en el reino de los blandos sueños, se filtra por los muros y me hostiga con su pregunta  única: ¿has conseguido la felicidad; significa una verdadera paz tu existencia; acaso «eres»? ¿Te acuerdas  de Miguel, el orador de la Juventud, el republicano ingenuo. ¿Tú no recibes cartas de España?

         Nos animaban, entonces, aspiraciones irreales. Me figuraba que contribuía a la redención de la humanidad explotada, que en España se salvaba, también, de la miseria, de la indignidad y del fanatismo, por nuestro esfuerzo, gracias a nuestra dedicación. Ilusión desaforada. Por fortuna, el fantasma comparece de tarde en tarde.

         Será cuestión de pensarlo. Me convienen unas vacaciones a lo marqués. Y necesito recobrar energías. Roma,  Japón o Río de Janeiro, a elegir. Alberto Lísano ha muerto, un «refugiado». Alardeaba de consecuencia, de sus ideas mes. ¿Por qué lo consulté, por qué recurrí a él, precisamente? Cosas del despistado de Navarrete. Le expuse el caso, dispuesto a pagarle, sin regateos, los honorarios que fijase. Yo no le proponía nada inmoral ni extraordinario, simplemente lo común y corriente. Despedir a unos obreros que no rinden, evitar el gasto de la indemnización legal, que inflaban con una serie de peticiones absurdas.

         Lísano lo rechazó secamente. «Él no se prestaba a iniquidades.» Y, al marcharse, escupió la frase que no se me borra: «Y usted ¿es de los nuestros? Para lo que desea sobran granujas».

         Doblo con precaución a la derecha y acerco el auto a la banqueta. Casi escucho el resuello de la gente que aguarda, el taconeo impaciente de las mecanógrafas retrasadas. Las fisonomías forman un conjunto en el que, de primera impresión, nada se distingue. Pero intuyo, de pronto, que en el grupo se encuentra «alguien», el individuo al que no debo mirar y cuyo vaho traspasa el cristal de la portezuela, sutil y amenazador. Resisto en vano. Y las mías tropiezan con unas pupilas quietas y oscuras, pavorosamente adscritas a una experiencia, que yacen en un rostro mestizo, con acusado trazo y tono indígenas. Un rostro que no es el de un hombre, sino el de toda su raza, como una estatua, piedra desenterrada, a la que hubieran disfrazado de overol. ¿Felipe Huerta, uno de los obreros que se me enfrentaron, el jefecillo, callado y terco?

         Aunque simulo leer los apagados rótulos de neón _me coloqué a la izquierda, debía alejarme_, Felipe Huerta continúa en ese lugar dominante, apoyada la espalda, de cargador flaco, en un árbol. ¿Por qué no brillará rápidamente la señal? Goterones de sudor se me despeñan por las cejas.

         Salí, humillado y furioso, del bufete de Lisano en busca de aire y ruido. ¿Podría coincidir con él sin aborrecerme más aún? En cueros, yo, pus y asco, ante ese ceño. Me había juzgado, me había sentenciado. Un sujeto de chamarra intenta sortear los vehículos y me obliga a un giro violento. Los mismos labios, delgados y despreciati­vos, del maldito Lisano.

         Aquel mediodía, sentado en el auto, en una vereda de Chapultepec, invoqué a Dios. Años hacía que no había pronunciado esas cuatro letras, breves, capitales. Y le pedí, con ansia frenética, capaz de sacudir montañas, que lo destruyese, que aventara sus cenizas, que me librase del tormento de saber que vivía y de que sólo por ello me acusaba inexorablemente.

         Lo imploré semanas enteras, dirigiéndome al vacío sin mezclar ya a Dios en aquel afán turbio y avasallador. Era como si el ser, lo que en mí fundió la naturaleza, se hubiese transformado en un puñal que se aprestaba a segar el hilo frágil que sostenía a Lisano sobre el abismo.

         La obsesión crecía y me impulsaba a proyectar contra él, incesantemente, la voluntad cegadora. La pesadilla resurgía en la jornada y se instalaba en mí.

         Al cabo pude eliminar ese anhelo torvo, aplaqué la inquietud, me reintegré a la normalidad.

         Estaba casi curado, pero ayer se me interpuso Navarrete en la Avenida ]uárez. «¿No te enteraste? A una serie de compromisos se agregó lo de Lisano. Atender a la viuda, cuidar de la organización del entierro. Repentinamente le falló el corazón, lo clásico para nosotros en la meseta.»

         Asimilado el primer golpe, repuesto de la sorpresa no le concedí mayor significación. Supuse que se trataba de un simple azar. Sólo en estos instantes comprendo  Ignoraba que mi propósito poseyese el don _y el castigo_ de matar. Facultad doblemente aniquiladora. Dios me llama para quitarme la carga de ese puñal. Yo soy puñal, hoja asesina, fílo feroz, pequeña punta en acecho. Arma que, esgrimida o disparada, sin que nadie lo advierta, paraliza la respiración, forja un misterio.

         Avanzo por el canal del silencio, súbito y enorme. Han desaparecido las señales rojas, amarillas, verdes. Centenares de muñecos me miraban estupefactos. Sí, devolveré el puñal, su peso me hunde. La vía está despejada. Mi pie descansa, con una presión jubilosa, en el acelerador.

  Filtro de ásperas nieblas es el mundo. Danzan en torno partículas de estrellas desahuciadas, átomos de luna. Los rayos del sol taladran mis sienes. A lo largo de estas manos mías el alto de los semáforos resplandece en cuerdas de sangre. Logro elevar los ojos, que se empañan con una parda y densa sombra. Distingo, después, nítidamente, cual relámpago, la estructura del camión.

         En la oscilación de este mareo gigantesco perci­bo que el volante se ha incrustado en mi pecho. Sien­to que me pertenece. Robo, para la eternidad, la pieza principal del auto último modelo. Pero he dejado de ser un puñal. Retorna el vértigo acunador de la atmósfera y de las raíces, el vasto crujir doloroso de los huesos aplastados.

         Un río plomizo, de aguas iracundas, se precipita hacia mí. No puedo escapar. Y lo acepto sumiso. La corriente me arrastrará con ternura salvaje. Mis pupilas serán dóciles oquedades para la próxima figura de barro

 

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Yacentes

        Discutían allí cerca, con visajes y dejos torcidos, mientras yo contemplaba un solo, liviano y desplegado pañuelo color perla, rodeado por todas partes, como una isla esponjosa, de ondulaciones aterciopeladas. A esos elementos y a una empalizada sernicircular, de cañas fielmente rústicas, reducíase el audaz escaparate.

         Miré, sí, mientras los demás pasaron de largo, acompañados por rápidos y asustadizos parpadeos. Temerían que, al detenerse, por aquella luna, ante la retadora ostentación de sobriedad, habrían de sucumbir a un extemporáneo maleficio. ¿Me considerarían ya la víctima, el oscuro insecto que se fija en una luz y perece bajo su magnetismo?

         Únicamente ella y él _la pareja, los polos, las letras enlazadas al minuto precario, sobre un palmo de asfalto_ ignoraron mi presencia e inmovilidad, absurdas, el símbolo mortal del lujoso pañuelo solitario. Percibí la proyección de sus volúmenes, que distendían el vidrio recio, duradero. La tensión que habían establecido, que los ceñía y enfrentaba, me raspó la médula _aspereza de lija, dentera_ y frotó en mí un total escalofrío.

         _ Te dejo, para siempre.

         El silencio del varón fue tan hostil, de tal suerte implacable, que la novia o amante esparció, cual una tufarada de sudor, su estremecimiento patibulario.

         El andar firme, indiferente, se inició hacia lo desconocido, descendió a lejanía. De implacable manera se amortiguaba y extinguió. Yo, aparentemente tranquilo.

         Entonces, sin preámbulos, sobrevino un ruido seco y hueco. La abandonada se desplomó, con perfecta rigidez, casi a mis pies.

         Se armó el corrillo.

          _ Está muerta.

         _Y el tipo, tan fresco, embobado.

         _Igual que un maniquí caído.

         _ Todavía es hermosa.

         _El espantapájaros se hace el «longuis».

         _Hay que llamar a la «autoridá».

         _ Y el tipo sin rechistar.

         _Finge que lo han hipnotizado.

         El pañuelo se irguió de su yacente exhibición, taladró el grueso vidrio y se anudó a mi cuello, cuando me hincaron diez dedos en los brazos.

         _Síguenos. Tendrás que declarar.

         Me tuteaban y perdí la esperanza. Todo era inverosímil y debía adaptarme.

         _Moralmente, soy el asesino.

         Y agregué unas palabras que no entendieron ni quise aclararles.

         _Por prójimo y quieto, me detuve, no intervine, no previne.

         Repetía, cada vez más apesadumbrado, en la cuna de los empujones:

         _Moralmente, soy el asesino.

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 Visita irreprochable

        A despecho del calor, a plomada, indefectible mediado agosto, y a su reverberación, como lento tajo hiriente, y a los escasos márgenes previsibles de sombra y brisa, decidió aceptar todas las consecuencias del importante deceso y vistió traje de un neto color oscuro, seminegro, más cuello y puños almidonados, camisa blanca _de precepto_ y corbata azul casi carbonoso, porque, al fin y al cabo, no era de la familia y sólo una prolongada amistad, derivada del paisanaje y de algunos tratos de fincas, le obligaba a esta manifestación de solemne condolencia.

         Sin embargo, y ni siquiera necesitó contemplarse de refilón, en su escaparate preferido y cómplice, el de la sastrería, compuso el rostro para todo el transcurso de la grave circunstancia, por si alguien relacionado, conocido del difunto, lo atisbaba durante el trayecto. Dejó, sin contrariarlos, aquel su hundimiento de hombros, la propensión a la ligera joroba que le disminuía una ya corta estatura. Contribuiría al efecto, a la impresión mudamente responsoria, el natural tueste enclaustrado de su piel, haber oficiado tantos años en servicio de Notaría. De cierta manera, su asistencia ahora, el sacrificio de su esmerado desplazamiento, ¿no equivalía a trascender, dadivosamente, su función profesional y de ciudadano _o súbdito_ circunspecto?

         Al primer ronquido del motor se persignó con portentosa levedad.

         Apenas reparaba en el desfile de los campos requemados, espectáculo de su ventanilla, por donde también surgían y se rezagaban las airosas manchas de chalets ajardinados y los bloques _un mucho carcelarios_ de algunas urbanizaciones. Comenzaba a dominarle el sopor, un semisueño le abanicaba, y de modo inconsciente intentó que sus cabezadas fueran expresión del cansancio que sólo una moderada más tenaz tribulación concita. Al despertar encendía un cigarrillo y lo fumaba, a lentas inhalaciones, con temblequeo nervioso de los dedos, índices palmarios de su ánimo embargado.

         Entornó los ojos para ignorar o reducir las figuras que le acompañaban «físicamente» y que no le provocasen un sentido de comunidad que en este caso mundano y frívolo sería. Rechazó parejamente imaginar el alivio de una fuente o las burbujas heladas de cualquier refresco, lo que le parecía lesivo para su actitud reverencial. Aunque le persistiera el sabor de arena recalentada en los labios gruesos, colgante el inferior, uno y otro descoloridos.

         Al término del breve viaje, no se apresuró a bajar, cedió el paso, que no iba a dañar su severa compostura. Y descendió el penúltimo. Que ni por una extrema humildad debía llamar la atención.

         Después, mesurado el andar, se dirigió a la parada de taxis, mientras el reloj del Ayuntamiento lanzaba las campanadas de su metálico rigor. (Se esforzó en que no le distrajeran, ni le retuviesen unos segundos, de su duelo formal, los giros de los vencejos y el aletear cantarín de los gorriones.) En tanto se acomodaba, inclinado, en el asiento trasero, consultó el papel con las indicaciones y el plano al reverso, torpe pero explícitamente trazado, y transmitió las necesarias noticias al chófer.

         Un camino pedregoso, ascendente, de empalmadas curvas, en flanqueo de las laderas de la montaña plataformada. Únicamente lo entreveía, como cansinos los párpados, porque captó que el conductor le espiaba, perplejo por su silencio mohíno.

         Lo demás fue relativamente normal (la verja de la espaciosa residencia, abierta de par en par, la profusión de escaleras que ajedrezaban el jardín y reptaban hasta las embocaduras de pisos, entresuelos y estancia; el deudo que someramente le recibió y guió; su descargo de las frases preparadas, ante la viuda, dama sí de conveniente aspecto tenso y goteadas lágrimas; los hijos, ellas y ellos, despechugados, en pantalones vaqueros, capaces rara vez de roncas exclamaciones y suspiros en fuelle; la retirada que le facilitó un pariente, en su auto, al regreso todavía con gesto ensimismado, contristado; igual que un alfilerazo secreto la máscara de la fisonomía del ilustre cliente, modelada en cera ... ).

         Al reincorporarse a su hogar _acechó, hasta comprobar su salida, que la esposa no le molestaría_, se despojó de su entonada indumentaria y procuró recobrar comodidad y soltura. Pretendió sonreír, se creía liberado, pero no lo consiguió. Desde el espejo le miraba, envarado y atónito, quizá algo sardónico, otro hombre, que pugnaba, sin éxito, por conseguir una mueca no funeraria.

         Pensó, deprimido, que cuando le llegara su óbito nadie, lo mismo que él, imbuido de su integral concepto de la suprema ceremonia, le devolvería aquella irreprochable visita de pésame.

 

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