Luis Martín de la Plaza

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SONETO I

SONETO VIII

SONETO XXX

SONETO LXII

SONETO I

Cuando a su dulce olvido me convida

la noche, y en sus faldas me adormece,

entre el sueño la imagen me aparece

de aquella que fue sueño en esta vida.

 Yo, sin temor que su desdén lo impida,

los brazos tiendo al bien que se me ofrece,

mas ella (sombra al fin) se desvanece

y abrazo el aire donde está escondida.

Así burlado, digo: “¡Ah, falso engaño

 de aquella ingrata que mi mal procura,

tente, aguarda, lisonja del tormento!”

Mas ella, en tanto, por la noche obscura

huye; corro tras ella. ¡Oh caso extraño,

que pretendo alcanzar, que sigo al viento!

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 SONETO VIII

Amor es mar sin puerto.

En rota nave, sin timón ni entena,

el ancho golfo del Amor navego,

en cuyo mar las ondas son de fuego

y en pechos se quebrantan, no en arena.

 Aquí lloro amarrado a la cadena

de un pensamiento, para el bien tan ciego

que pretende hallar algún sosiego

donde “¡fuego!”, dan voces, “¡fuego!” suena.

Y en medio el mar, de mi derrota incierto,

 tiendo los ojos de llorar cansados

y muy lejos el puerto se me ofrece;

y apenas, con placer, saludo el puerto

cuando grande tormenta de cuidados

atrás me vuelve y él se desparece.

 

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SONETO XXX.

Reina de esotras flores, fresca rosa,

primero honor de abril y de este prado,

así te previlegie el cierzo helado

y respete la escarcha rigurosa,

 y así goces (que es más) de la hermosa

palma de mi señora, y su adorado

cabello adornes, y el color rosado

de ver su rostro aumentes vergonzosa,

que me guardes las lágrimas que vierto

 en tu pintado seno, y, si te toca

en sus labios aquella a quien adoro,

en tus hojas mi bien irá encubierto,

porque, si llegan a su dulce boca,

dulces serán las lágrimas que lloro.

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SONETO LXII.

Ariadna

La vela de traición y viento llena,

con la vista cansada y el deseo

sigue Arïadna, del traidor Teseo,

dende la playa que a su llanto suena.

 Sus hebras de oro, de piedad ajena,

injuria, y deja en su dorado empleo

al aire rico, y al azul Nereo

con perlas que llorando da al arena.

“Vuelve, ingrato _le dice_, y al engaño

 con que el honor me quitas no le aumentes

la soledad de estos peñascos fríos.

Mas, ¡triste yo!, que esfuerzo el propio daño,

pues que te dan con que de mí te ausentes

el viento en popa los suspiros míos”.

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