Juan Ramón Jiménez

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Adolescencia

El poema

El amor, ¿a qué huele?...

Sueño

Retorno fugaz

El viaje definitivo

Cuando huía...

Tu sexo negro, suave...

Después de la locura...

¿Te acuerdas?...

 

Como joya de carne...

Dejame; ya no quiero...

En la ardentía del placer me has desnudado todo

Partida: pureza de mar

Juegos del anochecer

La miga

La Púa

El canario vuela

Textos sobre Madrid

Teoría poética.

AVISO: SE MANTIENE EN TODOS LOS TEXTOS LA ORTOGRAFÍA DEL POETA

Adolescencia

En el balcón, un instante

nos quedamos los dos solos.

Desde la dulce mañana

de aquel día, éramos novios.

_El paisaje soñoliento

dormía sus vagos tonos,

bajo el cielo gris y rosa

del crepúsculo de otoño_.

Le dije que iba a besarla;

bajó, serena, los ojos

y me ofreció sus mejillas,

como quien pierde un tesoro.

Caían las hojas muertas,

en el jardín silencioso,

y en el aire erraba aún

un perfume de heliotropos.

No se atrevía a mirarme;

le dije que éramos novios,

...y las lágrimas rodaron

de sus ojos melancólicos.

                                                (Primeras Poesías) (1898-1902)

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EL POEMA

¡No le toques ya más,

que así es la rosa! (Piedra y Cielo, 1917)

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El amor, ¿a qué huele? Parece, cuando se ama,
que el mundo entero tiene rumor de primavera.

Las hojas secas tornan y las ramas con nieve,
y él sigue ardiente y joven, oliendo a la rosa eterna.
Por todas partes abre guirnaldas invisibles,
todos sus fondos son líricos -risa o pena-,
la mujer a su beso cobra un sentido mágico
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...
Vienen al alma música de ideales conciertos,
palabras de una brisa liviana entre arboledas;
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto
dejan como un romántico frescor de madreselvas

 

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Sueño

                           Te bañabas, como la luna llena,

en la secreta soledad umbría.

Abrí los mirtos. Toda la alegría

de tu escondite se tornó en mi pena.

Dejando absorta la laguna y plena

de llanto, huiste avergonzada y fría;

y la noche al cruzar tú parecía

que se trocaba toda en azucena.  

El blanco imán de tu carnal diamante

la noche entera me llevó tras ti,

y fuiste de oro, de carmín, de rosa...

Al alba, el mar se puso por delante,

y cual la primavera huir te vi

desde la playa muda y dolorosa.

(Sonetos Espirituales, 1914)

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RETORNO FUGAZ

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

¡Oh corazón falaz, mente indecisa!

¿Era como el pasaje de la brisa?

¿Cómo la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan ligera

cual estival vilano...¡Sí! Imprecisa

como sonrisa que se pierde en risa...

¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada

primavera de junio, brisa pura!...

¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocose en nada

_¡memoria, ciega abeja de amargura!-,

¡no sé como eras, yo que sé que fuiste!

(Sonetos Espirituales, 1914)

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EL VIAJE DEFINITIVO

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando.

Y se quedará mi huerto con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y lejos del bullicio distinto, sordo, raro

del domingo cerrado,

del coche de las cinco, de las siestas del baño,

en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu de hoy errará, nostáljico...

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido...

Y se quedarán los pájaros cantando.

(Canción , 1936)

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CUANDO huía, en un vuelo de tocas trastornadas,
de la impetuosa voluntad de mi deseo,
se refugiaba en un rincón, como una gata…
pero sus uñas eran más dulces que mis besos…
Se le venía el velo hasta los ojos mágicos;
surgían leves rizos del cortado cabello,
rizos que descubrían un jardín imprevisto,
¡aquellos rizos de oro en los ojos inmensos!
Y en la proximidad ardiente del placer de su carne

me incendiaba el olor de todos sus secretos,
aquel olor más fuerte para mí…y para ella…
¡que el olor de los lirios y el olor del incienso.

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Tu sexo negro, suave como un plumón de pájaro,
entre las sedas blancas, amarillas y malvas
era como un faro de sombra para mis ojos
en un revuelto mar de tibias olas pálidas.

Un aroma sutil como de islas exóticas
en la tibieza suave de tus muslos flotaba.
¡Naufragué locamente, sin orden ni sentido
en del ambiente de tus faldas perfumadas!

Con que tristeza, luego, como en un alba débil
de suaves nubes blancas, amarillas y malvas,
vi apagarse la luz de sombra de la noche
desde el hastío indolente de la playa…

 

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FRANCISCO DE TERRAZAS      QUEVEDO      NGORA     

  RAFAEL ALBERTI    MIGUEL HERNÁNDEZ    TOMÁS SEGOVIA

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Después de la locura sin nombre del instante

en que la besé toda en un delirio ciego,

como un trofeo triste, saqué sobre mis labios

un cabello de oro de su vientre de fuego.

Roja como su sangre, ella tendió su mano

y lo quitó enfada con sus suaves dedos;

la rosa de su mano me acarició la barba

y yo le puse los ornatos de mis besos.

Luego, ¡cuánto reproche falso! Una negativa

rotunda, terminante, dura como de hierro,

que se deshizo en un instante, como espuma,

al roce de una flor ardiente de deseo.

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                                      (Jeanne)

¿Te acuerdas? Fue en el cuarto de los niños. La tarde
de estío alzaba, limpia, por entre la arboleda
suavemente mecida, últimas glorias puras,
tristes en el cristal de la ventana abierta.
El maniquí de mimbre y las telas cortadas,
eran los confidentes de mil cosas secretas,
una majia ideal de deshojadas rosas
que el amor renovaba con audacia perversa...
¡Oh, qué encanto de ojos, de besos, de rubores;
qué desarreglo rápido, qué confianza ciega,
mientras, en la suave soledad, desde el suelo,
miraban, asustadas, nuestro amor las muñecas!

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Como joya de carne como rosa de vida,

 desnuda te sentabas encima de mis piernas;

 eras como una rosa abierta en un ciprés,

 como una mariposa en una calavera”.

Dios creaba de nuevo el paraíso,

si tu risa de oro y plata bordaba mi tristeza,

yo venía del mundo de los muertos, tan sólo

por tenerte en mis manos temblorosas y ciegas

Después la brisa, que eras tú, se fue cantando…

se apagó el sol; ya nunca volvió el alba a la tierra…

Y en la sombra constante, te perseguí, llorando

como un niño, de cima en cima, en las estrellas…

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¡Dejadme; ya no quiero más que pensar en ella,

que la tarde me mate con su melancolía!

Soñar…pensar…hasta que el cuerpo no se oiga,

hasta que el alma esté muerta en sí misma.

Pensar para llegar a no pensar en nada

o que ella viniera de pronto…sólo un día…

que se muriera luego, pero que me guardara

en el alma la luz de su dulce sonrisa.

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En la ardentía del placer me has desnudado
todo: tus senos tibios, dulces como la muerte,
tus brazos imprevistos con sus hierbas de luto,
la misteriosa pesadilla de tu vientre…
El placer ha sentido todo, bajo sus manos,
bajo sus labios, bajo sus fantasías, entre
la locura sin nombre de todos los ardores
un fuego de colores en un fuego de fiebres.
Luego, un pudor que torna de tu inocencia antigua
te hace, si te sonrío, rojecer levemente
y te arreglas tus faldas y te guardas tus pechos
confusa, con un aire dulce y adolescente.

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Partida: Pureza del mar

Hasta esta puras noches tuyas, mar,  no tuvo
el alma mía, sola más que nunca,
aquel afán, un día, presentido,
del partir sin razón.
           
  Esta portada
de camino que enciende en ti la luna
con toda la belleza de sus siglos
de castidad, blancura, paz y gracia,
la contajia del ansia de su ausente
movimiento.
            
Hervidero
de almas de azucenas, que una música
celeste fuera haciendo de cristales líquidos,
en varas de hialinas cimas de olas,
con un fiel correspondencia de colores
a un aromar agudo de delicias
que extasiaran la vida hasta la muerte.
¡
Maja, deleite, más, entre la sombra
donde arden los brillantes ojos sostenidos
que la visión de aquel cantado amor,
leve, sencillo y verdadero,
que no creímos conseguir; tan cierto
que parecía el sueño más distante!
Sí, sí, así era, así empezaba
aquello, de este modo lo veía
mi corazón de niño, cuando, abiertos
como rosas, mis ojos
se alzaban, negros, desde aquellas torres
cándidas, por el iris, de mi sueño,
a la alta claridad de un paraíso.
Así era aquel pétalo de cielo,
en el que el alma se encontraba,
igual que en otra ella, única y libre.
Esto era, esto es, de aquí se iba,
por lisas galerías de infalibles
arquitecturas de agua, tierra, fuego y aire,
como esta noche eterna, no sé adónde,
a la segura luz de unas estrellas;
así empezaba aquel comienzo sin fin,
gana matinal de mi alma
de salir, por su puerta, hacia su ijnoto centro…
¡Oh blancura primera, sólo y siempre
primera!
¡Marmórea realidad de la inconsciente
lumbre blanca!
¡Locura de blancura irrepetible!
…¡Blancura de esta noche, mar, de luna!

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Juegos del anochecer

   Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

   Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:

   -Mi pare tié un reló e plata.

   -Y er mío, un cabayo.

   -Y er mío, una ejcopeta.

   Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria. . .

   El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy laaa viudiiitaa

del Condeee de Oréé...

   ... ¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

   -Vamos, Platero. . .

La miga

  Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera -el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento-; más que el médico y el cura de Palos, Platero.

  Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡eres tan grandote y tan poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar,di, el Credo?

   No. Doña Domitila _de hábito de Padre Jesús de Nazareno, morado todo con el cordón amarillo,  igual que Reyes,  el besuguero_ te tendría a lo mejor dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos,  o te daría con su larga caña seca en las manos,  o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover. ..

   No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.7

 

La Púa

   Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo...

   _Pero, hombre, ¿qué te pasa?

   Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

   Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalito de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

   Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, el detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda...

El canario vuela

  Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que se lo comieran los gatos.

   Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los rosales, jugando con una mariposa.

  A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba. De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.

   ¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave. . .

PLATERO Y YO

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TEXTOS SOBRE MADRID

LA PUERTA DE ALCALÁ

   

 

Allá, en lo alto de la calle de Alcalá, en un fondo vago de anochecer de oriente, en que la luna que se anunció tras ella mezcla su oro con las últimas rosas del día, que muere tras la Puerta del Sol, la puerta magna se ve aún, bella y sola, vagamente gris con la fronda del Retiro, oscura, encima…

         _Mis sueños han tenido cien veces esta vista prodigiosa, y la arboleda de detrás, en las metamorfosis del sueño, era ya pinar de Moguer, palmeras de Sevilla, castaños de Burdeos…, de Filadelfia, pero la puerta era siempre la misma, única y perfecta…

LOS UNIVERSALES

         Aquí, bajo esta palma dorada del Retiro, cuyas estranjeras hojas dulces acaricia la luz, el alma del agua está temblando. Junto a este olmo forastero que gotea al sol del agua del surtidor plateado, veo pasar esta tarde, en largas hileras, las sombras de los universales españoles, tristes y pensativos.

         Son todos los que no se contentaron con el solar y la raza, los que no creían que fuera lo varonil el jesto brusco español y el denuesto colorado, los execrados por hablar con voz de todas partes, los ridiculizados por sentir las cosas que en España se siguen considerando como cosas de mujeres o de poetas…clásicos: la flor, el pájaro, el niño, la mujer delgada, en entretiempo, lo delicado en suma.

         Pasan, pasan bastantes y qué poco oídos. Son como el pájaro alto en el cielo abierto sobre el hueco cerrado, cobre el asno trabado, sobre el caimo con fin: Son los verdaderos españoles amigos de la vida, del hombre, de la eternidad.

Nunca he visto tristeza más hermosa que la del Retiro aquella tarde.

Entre el ramaje claro, de un verde casi amarillento, los pinos negros se veían aunque no se mirasen, y producían impresión, no de cosas, sino de sombras que fuesen llegando. He oído llorar a un árbol; en el tronco tenía voz fiera, y en las ramas alta voz de niño. También oí cantar al aire en la hojarasca.

UN BANCO DEL RETIRO

 

 

Este banco viejo llovido y soleado es de todos, pero cada uno lo coje de manera distinta.

         Esa muchacha llega a él sofocada y corriendo y se sienta en el respaldo. El señor contoneado y despótico se sienta en medio y mira de mal humor al sol que está en un estremo. Esa señora no se sienta porque tiene arena. Esa muchacha se sienta en la mitad y deja la otra a su ensueño. Ese viejecito tímido se sienta en una esquinita y aun así pidiendo permiso al resto.

         A cada uno le da lo que pide este banco justo del jardín.

LA CIBELES DE NOCHE

         Blanca con la luz de la calle de Alcalá en los ojos ciegos, se destaca sobre el terciopelo morado del cielo del anochecer. Los leones acaban de salir del agua, mojados, fríos, verdes. Los arbolitos de los surtidores la aíslan en un frondoso jardín musical de plata, gracia y oro, que corta la esencia de las acacias ya en flor.

NEPTUNO

Rosa la musculosa desnudez de piedra gris. Medicis de piedra camina a ras de adoquines, lento, como una tortuga, sin poder subir la cuesta de la Carrera. Los caballos se echan a tierra. Y él, con un jesto denodado, sigue imperando.

El sol le pone la sombra movible del chorro de agua sobre el corazón y parece que se le anima el pecho. Neptuno vive, en su desnudez, una vida más fuerte que la de los huéspedes del Palace.

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TEORÍA POÉTICA

RIMAS

                  Mi libro Rimas lo traje yo, casi todo, de Burdeos.  En el Sanatorio escribí poco más. Me lo copiaron J.P. y E.R. Yo entonces no correjía nada. Todo se imprimió tal como fue escrito de primera intención.

         Rimas fue un libro de descenso. El afán de ser natural y sencillo, como yo lo entendía entonces, después del “modernismo” de Nínfeas. Hay evidentes recuerdos de Bécquer, de Rosalía de Castro y de José J.  Herrero, traductor de Kalidasa y de Heine, y un afán de encontrar el romance y el endecasílabo españoles, que habían de ser siempre la base de toda mi métrica y de mi prosa.

      La melancolía de aquellos días, en que la muerte de mi padre me había sacado bruscamente del mundo de ensueño en el que siempre había vivido, la separación brusca de lo mío y mi falta de voluntad de acomodación a lo nuevo, influyó también, sin duda, en el retorno a la sencillez. Yo necesitaba dejar correr mi pena, fácil y largamente, sin más belleza que la del hilo del llanto interior iluminado por el espíritu de poniente.

         Rompí mucho de Nínfeas, que no se acomodaba a mi visión de entonces _ese vicio lo he tenido siempre_ y que luego reconstruí, en parte, de memoria y lo incorporé a Rimas, cuyo primer título fue Paisajes del corazón.

ARIAS TRISTES

         Durante varios meses no pude acostumbrarme a la aridez  circundante, empapado como venía de Francia de verdor, humedad, dulzura, sensualidad. Mi sensibilidad de entonces no cojía aquello, barojiano, unamunesco.

         Vino la primavera _¿en 1902?_ y todo empezó a variar. El sol y la luna ya llegaban a mí a través de otras cosas más gratas. Mi reconciliación con Madrid empezó por las noches. Bajando al jardín o atisbando por las ventanas _al sur y al mediodía y al poniente del salón de mi cuarto, de algunos cuartos deshabitados, de las escaleras_, empezaron a brotar mis “Nocturnos” en el romance exclusivo que había aparecido en mí en Burdeos, una mañana de mayo:

El alegre mes de mayo

ha nacido esta mañana;

por los valles florecientes,

¡qué hermosa habrá sido el alba!

 

El cielo manda un rayo

de su sol a mi ventana,

y el dulce rayo de sol

quiere secarme las lágrimas.

 

Mes de mayo, ¿por qué llegas

a acariciar a mi alma;

si sabes que para siempre

lleva dentro la nevada.

                  Versos que en el verano adquirieron su plenitud. Luego, las “Arias otoñales” y los “Recuerdos sentimentales” vinieron con la reconciliación traída por la primavera.

EL GUSTO DE LA POESÍA

           Música, belleza consciente.

         Me dicen estos y aquellos, movidas sombras de otros yoes en mí mismo:

         _¿A qué ese afán, esa insistencia, ese dinámico éstasis en tu obra? Desde los 40 años (tienes ya 43 y pico en este 1925) la vida jira deprisa por su órbita y, en su jiro vertiginoso, el maravilloso prisma coje, aquí y allá, inesperadamente, en alguna faceta, la luz negra de la anchurosa nada. El verdor, la desnudez, el agua inconciente, te esperan, no una hora, todo el día, toda la noche; y de ellos es de donde debieras ir cayendo, blandamente, como por una suave ladera, al pozo oscuro de lo feo definitivo.

         Todo ese papel, tan hermosamente escrito, impreso, se ha de manchar, borrar, deshacer, ir en el viento. ¿Qué te importa estar en la frente de los otros, el pecho de la otras, otras y otros que harán de ti, sin ti, lo que quieran?  ¡Valiente billetito falso ese de la gloria! No te importe más que el platillo invisible de la balanza en cuyo platillo evidente hayas cojido la vida total, sea el platillo de la vida inmarcesible.

         Les respondo, me respondo, con la deliciosa canción del persa Abú Said :

“_Le pregunté a mi amada:

¿Para qué te embelleces tanto?

_Para gustarme a mí misma _me contestó_.

Porque hay instantes en que soy,

a la vez, el espejo, la mirada y la belleza;

instantes en que me siento,

a la vez, el amor, el amante y la  amada".

 

 

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Y ESA ES

        

Cosas que no tenían importancia cuando las hicimos en los días corrientes, vuelven a nosotros en los días aciagos con una belleza arrobadora y limpia.

         Aquel jugar a la pelota con aquel elástico y bellos perro blanco, rosa y negro en la fachada fresca de la casa, aquella tarde de primavera; aquel sacar la punta a aquella olorosa, jugosa vara de fresno, en aquel descanso sofocado, junto a aquel dulce río; aquel subir a la azotea aquella noche con la inédita recién llegada a ver el mar; aquel sonreír a aquel pájaro que cantaba viéndonos desde su verde rama.

         Y esa es la poesía, más que el suceso extraordinario, hundido, olvidado por su peso en el aguaje de los días, sepultado en la playa ignota bajo arena y alga, como un taco inútil de naufragio.   

 

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