Jesús Ferrero

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La calle de las luces fuminantes

Los jardines rojos

1. La calle de las luces fulminantes

Hay conciencias que sólo hablan por la noche,

que sólo por la noche se abren

al ser del otro

como flores devoradoras de insectos.

¿Mi memoria sólo se abre por la noche?

Cinco noches fueron

en el Wilmersdorf hotel, cinco

noches en la calle de las Luces Fulminantes

donde me vi enfrentado

a las primeras visiones de este libro.

Llegué a Berlín guiado por la estrella Polar,

en trenes que hacían recorridos mínimos

y que parecían alejarme cada vez más de mi destino

como en la fábula de Aquiles y la tortuga.

El hotel estaba lleno de almas perdidas

que apenas hablaban y que gemían al alba

como si cantasen agónicas

canciones chinas.

Dos mujeres regentaban el establecimiento,

hermanas en la tribulación

y hermanas también de sangre.

Tenían más de cincuenta años

pero parecían

alegres chicas de San Diego

con sus minifaldas y sus pantalones ajustados.

A mí me daban miedo y a la vez me provocaban

una gran fascinación:

semejaban dos almas fieramente aferradas

a una imagen de sí mismas

que quizá se perdía

al fondo

de su noche

personal.

Pero en su transparencia

de actrices empeñadas

en darle un poco de luz al teatro de la cotidianidad

te obligaban a ver de otra manera el día

y guardaban

en sus miradas cautivas y de una prudencia exquisita

la dulzura de Alemania antes de las dos guerras.

¿Fueron ellas

las que con sus brebajes provocaron

aquella sucesión de mundos transparentes

y abismales que tenían

más consistencia que los sueños?

¿Mi cabeza era sólo el cuenco

de su sabbat alucinante?

Ah, qué noches más pavorosas

y más radiantes

y más felices

aquellas de Berlín.

Noches que parecían

espejos de fuego rojo y de fuego negro,

noches en un bosque

de rostros que desvelaban

honduras de pesadilla.

Volvieron a mí recuerdos

inmensamente muertos,

sueños que se habían extinguido

como aerolitos pulverizados

en el mar de cenizas que separa

una galaxia

de otra

y una neurona

de otra neurona,

y volvieron a mí las voces

más oscuras del pasado.

Mi ventana daba a la calle;

bajo los espesos árboles

circulaban los transeúntes.

El sol de oro viejo parecía

un regalo tardío, pronto llegarían los fríos

vientos de la estepa

y el otoño dejaría de ser benigno.

El aire

tenía la fragancia

de la hierba mojada

y por encima

de mi cabeza tiritaban

como ínfimas y lejanísimas conciencias

miríadas

y miríadas

de estrellas.

De pronto empezó a llover

y vi

la luna roja tras la lluvia.

La vi

en una calle de Berlín este

en la que había estado cuando corrían

los días del telón de acero:

ráfagas

de ámbar

velaban apenas la luna,

velaban apenas las caras

que me quemaban los ojos y el pensamiento.

Un año después,

hallándome a la sombra del monte Abantos

volvió a mí el recuerdo de las noches de Berlín

y otros muchos recuerdos,

y otros muchos sueños que me parecían ajenos

y que a la vez surgían de mi más

ardiente intimidad.

Estaba a punto de empezar la primavera

y el viento aullaba entre los pinos atormentados

que crecían al borde de las barrancas.

Bajo el influjo

de esos aires estremecidos

empezaron a aparecer ante mis ojos

las ciudades rojas,

los pabellones rojos donde el agua bebe

ideogramas rojos,

los bosques rojos, las praderas rojas

y los mares rojos.

Fueron diecinueve visiones que me dejaron

en otro universo,

fueron diecinueve golpes

en el gong de bronce de la memoria

de todo lo que he sido

y de lo que nunca he sido ni seré.

¿Me estaban mostrando esos sueños

el camino

del desvelamiento?

Pero ¿de qué

desvelamiento?

¿Hay algún misterio que no quepa

en una molécula

de hidrógeno?

La noche es un espejo sin fondo

en el que caben todos los incendios.

 

 

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2. Los jardines rojos

A veces tengo sueños

de una transparencia diamantina.

Veo islas llenas de cipreses

en un mar que ni es

el del origen

ni es el del fin del tiempo.

Y en esas islas veo un sol lleno de sed:

es la hora de los jardines rojos.

Las islas se convierten en vergeles cárdenos

flotando en un mar más rojo que el atardecer.

Prefiero no saber

qué sentido tienen

esos jardines en mi mente,

esos jardines de fiebre y silencio

y brisas muy leves

y templetes blancos

y cipreses rojos.

Tengo la impresión de que están deshabitados,

de que nadie

ha mancillado todavía los jardines del poniente

que persisten al fondo de mi mente.

No parecen ubicarse en el lugar de la muerte

y por eso sé

que ni siquiera el sueño eterno

me permitirá llegar alguna vez a ellos.

(Las noche rojas)

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