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Elena Garro

La culpa es de los Tlaxcaltecas

Un hogar sólido

LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS

N

acha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra de sangre.
      — ¡Señora!… —suspiró Nacha.
      La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiese visto nunca.
      — Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.
      — Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
      — ¿Por muerta?
      Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha se puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.
      — ¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
      Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.
      Afuera la noche desdibujaba las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.
      — ¿No estás de acuerdo, Nacha?
      — Sí, señora…
      — Y soy como ellos, traidora…  — dijo Laura con melancolía.
      La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.
      — ¿ Y tú, Nachita, eres traidora?
      La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad de traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
      Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.
      — Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.
      Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.
      — ¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los camiones vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el Lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones, convertidas con piedras irrevocables, como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
      Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió, convencida.
      — Así eran, señora Laurita.
      — Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.
      — La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.
      Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.
      “— ¿Qué te haces? — me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.
      “— ¿Y los otros? — le pregunté.
      “— Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la verguenza de mi traición.
      “— Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…
      “— Ya lo sé— me contestó y agachó la cabeza. “Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía verguenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.
      “Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.
      “— Hace ya tiempo que no me pega el sol —. Bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.
      “—¿Y mi casa? — le pregunté.
      “— Vamos a verla—  me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.
       “— Ya no camino — le dije.
       “— Ya llegamos — me contestó —. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos me arrancó mi vestido blanco.
       “— Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas — me dijo quedito.
       Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre. y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.
      “— Sienpre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho — me dijo—. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
      “ — Somos tú y yo — me dijo sin levantar la vista —. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.
      “— Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo…por eso te andaba buscando. — Se me había olvidado, Nacha. que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor. .. soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
      “— Éste es el final del hombre — dije.
      “— Así es — contestó con su voz arriba de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me llevaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.
      “— A la noche vuelvo, espérame… — suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
      “— Nos falta poco para ser uno — agregó con su misma cortesía.
      Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
      “— ¿Qué pasa? ¿Estás herida? — me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra se había metido en mis cabellos. Desde el otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos,
      “—!Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme.
      “Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú ¿Te acuerdas?
      Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:
      —¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?
      La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!” La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del Presidente López Mateos.
      — Ya sabes lo que ese nombre no se le cae de la boca — había comentado Josefina, desdeñosamente.
      En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor Presidente y de sus visitas oficiales.
      — ¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esta noche! — comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita.
      La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.
      — Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”
      — Tienes un marido turbio y confuso — me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando un café se levantó a poner un twist.
      — Para que se animen — nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.
      Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran el cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.
      —¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! — dijo Nacha con disgusto.
      Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
      — Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme? ” Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.
      Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina por su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo. “¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeran nuestros gritos por algo sería!” Pero, qué esperanzas. Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.
      — Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!
      —No oímos nada… — dijo el señor asombrado.
      —¡Es él…! —gritó la tonta de la señora.
       — ¿Quién es él…? — preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.
       La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:
      — El indio… el indio que nos siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…
      Así supo Josefina lo del indio y se lo contó a Nachita.
      —¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor. Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.
      — Está herido… — dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.
      — Era un indio, señor — dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.
      Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.
      — ¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?
      La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y oyó Josefina.
      — Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota — dijo Laura con desdén.
      — Muy cierto — afirmó Nachita.
      Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el poso negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café caliente.
      — Bébase su café, señora — dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.
      — Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca se enoja con la mujer.
      Nacha sabía que era cierto lo que ahora decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!” ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.
      La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.
      — Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.
      La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.
      — Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo tenía ganas de llorar? En ese momento me acordé cuando un hombre y una mujer se aman y no tiene hijos y están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primer marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde, cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al café de Tacuba!” Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.
      Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en ese momento en la cocina.
      — ¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! — le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweter blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.
      — En el café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero. “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”, mi primo y yo comíamos cocos desde chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y no habitaré la alcoba más preciosa de su pecho.” Así me decía mientras comí la cocada.
     — ¿Qué horas son? — le pregunté al camarero.
       — Las doce, señorita.
       “A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el periférico, puede esperar todavía un rato.” Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un poco brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.
       —¿Qué haces? — me preguntó con su voz profunda.
      — Te estaba esperando.
      Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
       — No tenías miedo de estar aquí solita?
      —Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.
       — No mires — me dijo.
      Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.
      — ¡Sácame de aquí! — le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
      — Éste es el final del hombre — le dije con los ojos bajo su mano.
      — ¡No lo veas!
      Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.
      — Duerme conmigo… — me dijo en voz muy baja.
      — ¿Me viste anoche? — le pegunté.
      — Te vi…
      Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos se levantó y agarró su escudo.
      Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.
      “Señorita ¿se siente mal?
      Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.
      — ¡Insolente! ¡Déjame tranquila!
      Tomé un taxi que me trajo a la casa por el periférico y llegué..
      Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.
      — ¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!
      Laura se le quedó mirando asombrada, muda.
     —  ¿Dónde anduvo, señora?
      — Fui al café de Tacuba.
      — Pero eso fue hace dos días.
      Josefina traía “Últimas Noticias”. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que le siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los Estados Unidos de Michoacán y Guanajuato.”
      La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada.” Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.
      — ¡Laura! — gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.
      — ¡Alma de mi alma! — sollozó el señor.
      La señora Laurita pereció enternecida unos segundos.
      — ¡Señor! — gritó Josefina —. El vestido de la señora está bien chamuscado.
      Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
      — Es verdad…también las suelas de sus zapatos están ardidas. — Mi amor, ¿qué pasó? ¿dónde estuviste?
      — En el café de Tacuba — contestó la señora muy tranquila.
      La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.
      — Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?
      — Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico.
      Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.
      —¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?…¿Por qué traes el vestido quemado?
      — ¿Quemado? Si él lo apagó… — dejó escapar la señora Laura.
      — ¿Él…¿el indio asqueroso? — Pablo la volvió a zarandear con ira.
      — Me lo encontré a la salida del café de Tacuba… — sollozó la señora muerta de miedo.
      — ¡Nunca pensé que fueras tan baja! — dijo el señor y la aventó sobre la cama.
       — Dinos quién es — preguntó la suegra suavizando la voz. — ¿Verdad, Nachita que no podía decirles que era mi marido? — preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.
      Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama había opinado:
      — ¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!
      Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?
      — Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana — anunció al llevar la bandeja con el desayuno.
      El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.
      — ¡Pobrecito!…¡pobrecito!… — dijo entre sollozos.
      Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.
      — Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
      — Sí, señora… — Y Nachita, nerviosa escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara acongojada de su madre.
      — Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.
La señora Margarita había dejado caer el tenedor.
      — ¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!
      No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlan — agregó el señor Pablo con aire sombrío.
      Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laura se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.
      Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
      — ¡Se escapó la loca! — gritó con voz estentórea al entrar a la casa. — Fíjate Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió en el automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr el sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.
      — ¿Qué te haces? — me dijo.
      Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.
      — Te estaba esperando — contesté.
      — Ya va a llegar el último día…
      Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de verguenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome.
      — Vamos a la salida de Tacuba…Hay muchas traiciones… — gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas desplazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.
      — Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.
      Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.
       — Son las criaturas… — me dijo.
      — Éste es el final del hombre — repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.
      Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.
      — Traidora te conocí y así te quise.
      — Naciste sin suerte — le dije. Me abracé a él —. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.
       — El tiempo se está acabando… — suspiró mi marido.
      Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.
       Falta poco para que nos fuéramos juntos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó las ramas y me hizo una cuevita.
       — Aquí me esperas.
      Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a la gente que huía, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a cortar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se acababa el tiempo. Si mi primo no volvía ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe de haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los periféricos eran los canales infestados de cadáveres… Por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.”
      Nachita se acomodó en los brazos sobre la falda lila.
      — El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación — explicó Nachita satisfecha.
      Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.
      — La que está arriba es la señora Margarita — agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.
      Laura se abrazó las rodillas y miró los cristales de la ventana a las rosas borrada por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
      Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.
      — ¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! — dijo con la voz llena de sal.
      Laura se quedó escuchando unos instantes.
      — Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde — dijo.
      — Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino — comentó Nacha con miedo.
      — Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? — preguntó Laura molesta.
      Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.
      — Son más canijos que los tlaxcaltecas — le dijo en voz muy baja. Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro poquito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.
      — ¡Señora!… ¡Ya llegó por usted… — le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.
      Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en un siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con ojos viejísimos, para ver si estaba todo en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.
      — Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor — dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.
      — Ya no me hallo en la casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le confió a Josefina. — Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.

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UN HOGAR SÓLIDO

PERSONAJES

DON CLEMENTE (60 AÑOS)

DOÑA GERTRUDIS (40 AÑOS)

MAMÁ JESUSITA (80 AÑOS)

CATITA (5 AÑOS)

VICENTE MEJÍA (23 AÑOS)

MUNI (28 AÑOS)

EVA, EXTRANJERA (20 AÑOS)

LIDIA (32 AÑOS)

 

(Interior de un cuarto pequeño, con los muros y el techo de piedra. No hay ventanas ni puertas. A la izquierda, empotradas en el muro y también de piedra, unas literas. En una de ellas. Mamá Jesusita, en camisón de encajes y cofia de dormir de encajes. La escena muy oscura.)

 

Voz de Doña Gertrudis. —¡Clemente, Clemente! ¡Oigo pasos!

Voz de Clemente. —¡Tú siempre estás oyendo pasos! ¿Por qué serán tan impacientes las mujeres? Siempre anticipándose a lo que va a suceder, vaticinando calamidades.

Voz de Doña Gertrudis. —Pues los oigo.

Voz de Clemente. —No, mujer, siempre te equivocas; te dejas llevar por tu nostalgia de catástrofes...

Voz de Doña Gertrudis. —Es cierto... pero esta vez no me equivoco.

Voz de Catalina. —¡Son muchos pies, Gertrudis! (Sale Catita, vestida con un traje blanco de los usados hacia 1865, botitas negras y un collar de corales al cuello. Lleva el pelo atado en la nuca con un lazo rojo.) ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Tralala! ¡Tralala! (Catita da saltos y bate las palmas.)

Doña Gertrudis (apareciendo con un traje rosa de 1930). —Los niños no se equivocan. ¿Verdad, tía Catalina, que alguien viene?

Catalina. —¡Sí, yo lo sé! Lo supe desde la primera vez que vinieron. ¡Tenía tanto miedo aquí, solita!

Clemente (aparece en traje negro y puños blancos). —Creo que tienen razón. ¡Gertrudis! ¡Gertrudis! ¡Ayúdame a buscar mis metacarpios! Siempre los pierdo y sin ellos no puedo dar la mano.

Vicente Mejía (apareciendo en traje de oficial juarista). —Usted leyó mucho, Don Clemente; de ahí le viene el mal hábito de olvidar las cosas. ¡Míreme a mí, completito en mi uniforme, siempre listo para cualquier advenimiento!

Mamá Jesusita (enderezándose en su litera y enseñando la cabeza cubierta con la cofia de encajes). —¡Catita tiene razón! Los pasos vienen hacia acá (se coloca una mano detrás de una oreja, en actitud de escuchar), se han detenido los primeros... a no ser que a los Ramírez les haya sucedido una desgracia... esta vecindad ya nos ha hecho llevar muchos chascos.

Catalina (saliendo). —¡Tú, duérmete, Jesusita! A ti no te gusta sino dormir:

 

Dormir, dormir,

que cantan los gallos

de San Agustín.

¿Ya está el pan?

 Jesusita. —¿Y qué quieres que haga? Si me dejaron en camisón...

Clemente. —No se queje. Doña Jesús. Pensamos que por respeto...

Mamá Jesusita. —¡Por respeto! ¿Y por respeto una tal falta de respeto?

Gertrudis. —Si hubiera estado yo, mamá... pero qué querías que hicieran las niñas y Clemente. (Arriba se oyen muchos pasos. Se detienen. Vuelve el ruido de pasos.)

Mamá Jesusita. —¡Catita! Ven acá y púleme la frente; quiero que brille como la estrella polar. Dichoso el tiempo en que yo corría por la casa como una centella, barriendo, sacudiendo el polvo que caía sobre el piano en engañosos torrentes de oro, para luego cuando ya cada cosa relucía como un cometa, romper el hielo de mis cubetas dejadas al sereno, y bañarme con el agua cuajada de estrellas de invierno. ¿Te acuerdas, Gertrudis? Eso era vivir; rodeada de mis niños tiesos y limpios tomo pizarrines.

Gertrudis. —Sí, mamá. Y me acuerdo también de tu corchito quemado para hacerte ojeras; y de los limones que cernías para que la sangre se te hiciera agua: y de aquellas noches en que te ibas con papá al Teatro de los Héroes. ¡Qué bonita te veías con tu abanico y las dormilonas en las orejas!

Jesusita. —¡Ya ves, hija, la vida es un soplo! Cada vez que llegaba al palco...

Clemente (interrumpiendo). —¡Por piedad, ahora no encuentro mi  fémur!

Jesusita. —¡Qué falta de consideración! ¡Interrumpir a una señora! (Catita mientras tanto ha estado ayudando a  Jesusita a arreglarse la cofia.)

Vicente. —Yo vi a Catita jugar con él a la trompeta.

Gertrudis. —Tía Catalina, ¿dónde olvidó usted el fémur de Clemente?

Catalina. — ¡Jesusita! ¡Jesusita! ¡Me quieren quitar mi corneta!

Mamá Jesusita. —¡Gertrudis, deja en paz a esta niña! Y en cuanto a ti, te diré:

no es tan malo que mi niña enfermara,

como la maña que le quedara...

Gertrudis. —Pero mamá, no seas injusta, ¡es el fémur de Clemente!

Catalina. —¡Fea, mala! ¡Te pego! ¡No es su fémur, es mi cornetita de azúcar!

Clemente (a Gertrudis). —¿No se la habrá comido? Tu tía es insoportable.

Gertrudis. No lo sé, Clemente. A mí me perdió mi clavícula rota. Le gustaban mucho los caminitos de cal dejados por la cicatriz. ¡Y era mi hueso favorito! Me recordaba las tapias de mi casa llenas de heliotropos ¿Ve conté que me caí, verdad? La víspera habíamos ido al circo. Todo Chihuahua estaba en las gradas para ver a Ricardo Bell; de pronto, salió una equilibrista, que parecía una mariposa y a la que no he olvidado nunca...

(Arriba se oye un golpe y Gertrudis se interrumpe.)

Gertrudis (continuando). —...por la mañana me fui a las bardas, a bailar sobre un pie, pues toda la noche había soñado que era ella... (Arriba se oye un golpe muy fuerte).

Gertrudis. —...Claro, no sabía que tenía huesos. Una, de niña, no sabe nada. Como me lo rompí, digo siempre que fue el primer huesito que tuve. ¡Se lleva uno cada sorpresa! (Los golpes se suceden con más rapidez.)

Vicente (atusándose el bigote). —No cabe duda. Alguien llega, tenemos huéspedes. (Canta):

Cuando en tinieblas

ríe la luna

y en la laguna

canta el alción...

Mamá Jesusita. —¡Cállate, Vicente! No es hora de cantar. ¡Mira estos inoportunos! En mis tiempos la gente se anunciaba antes de caerle a uno de visita. Había más respeto. ¡A ver ahora a quién nos traen, a cualquier extraño de esos que se casaron con las niñas! ¡Abate Dios a los humildes!, como decía el pobre de Ramón, a quien Dios tenga en su santa gloria...

Vicente. —¡Tú no cambiaste para bien, Jesusita! A todo le pones pero. Antes tan risueña que eras, lo único que te gustaba era bailar polcas (Tararea "Jesusita en Chihuahua" y hace unos pasos.) ¿Te acuerdas cómo bailamos en aquel Carnaval? (Sigue bailando.) Tu traje rosa giraba, giraba, y tu cuello estaba muy cerca de mi boca...

Jesusita. —¡Por Dios, primo Vicente! No me recuerdes esas tonterías.

Vicente (riéndose). —¿Qué dirá ahora Ramón? Él tan celoso y tú y yo aquí juntos, mientras él se pudre solo, allá en el Panteón de Dolores.

Gertrudis. —¡Tío Vicente! Cállese, va a provocar un disgusto.

Clemente (alarmado). —Ya le expliqué, Doña Jesús, que en ese momento no tuvimos dinero para trasportarlo.

Jesusita. —Y las niñas, ¿qué esperan para traerlo? No me dé explicaciones, a usted siempre le faltó delicadeza. (Se oye un golpe más fuerte.)

Catalina. —¡Vi luz! (Entra un rayo de luz.) ¡Vi un sable! ¡Otra vez San Miguel que viene a visitarnos! ¡Miren su lanza!

Vicente. —¿Estamos completos? Pues ahora, ¡orden y nos amanecemos!

Clemente. —Faltan Muni y mi cuñada.

Mamá Jesusita. —Ustedes, los extranjeros, siempre apartándose.

Gertrudis. — ¡Muni! ¡Muni! Alguien viene; a lo mejor es una de tus primas. ¿No te da gusto, hijo? Podrás jugar y reírte con ellas otra vez. A ver si se te quita esa tristeza.

(Aparece Eva, extranjera, rubia, alta, triste, muy joven, en traje de viaje de 1920.)

Eva. —Muni estaba por ahí hace un momento. ¡Muni, hijito! ¿Oyes ese golpe? Así golpea el mar contra las rocas de mi casa... ninguno de ustedes la conoció... estaba sobre una roca, alta como una ola. Batida por los vientos que nos arrullaban en la noche. Remolinos de sal cubrían sus vidrios de estrellas marinas. La cal de la cocina se doraba con las manos solares de mi padre... Por las noches, las criaturas del viento, del agua, del fuego, de la sal, entraban por la chimenea, se acurrucaban en las llamas, cantaban en la gota de los lavaderos... ¡Tin, tan! ¡Tin, tin, tin, tin, tan!... Y el yodo se esparcía por la casa como el sueño... La cola de un delfín resplandeciente nos anunciaba el día. ¡Así! ¡Con esta luz de escamas y corales! (Eva, al decir la última frase, levanta el brazo y señala el raudal de luz que entra en la cripta. Arriba separan la primera losa. El cuarto se inunda de sol. Los trajes lujosos están polvorientos y los rostros pálidos. La niña Catalina salta de gusto.)

Catalina. —¡Mira, Jesusita! ¡Viene alguien! ¿Quién lo trae, Jesusita: Doña Difteria o San Miguel?

Mamá Jesusita. —¡Espera, niña, vamos a ver!

Catalina. —A mí me trajo Doña Difteria. ¿Te acuerdas de ella? Tenía los dedos de algodón y no me dejaba respirar. ¿A ti te dio miedo, Jesusita?

Mamá Jesusita. —Sí, hermanita. Me acuerdo que te llevaron y el patio de la casa quedó sembrado de pétalos morados. Mamá lloró mucho y nosotros las niñas también.

Catalina. —¡Tontita! ¿Qué no sabías que ibas a venir a jugar aquí conmigo? Ese día San Miguel se sentó junto a mí y con su lanza de fuego lo escribió en el cielo de mi casa. Yo no sabía leer... y lo leí. ¿Y era bonita la escuela de las señoritas Simson?

Mamá Jesusita. —Muy bonita, Catita. Mi mamá nos mandó con lazos negros... y tú ya no pudiste ir.

Catalina. —¿Y aprendiste el silabario? Para eso me iba a mandar mi mamá. Y como es...

Muni (entra en pijama, con el rostro azul y el pelo rubio). —¿Quién será? (Arriba, por el trozo de bóveda abierto al cielo, se ven los pies de una mujer suspendidos en un círculo de luz.)

Gertrudis. —¡Clemente, Clemente, son los pies de Lidia! ¡Qué gusto, hijita, qué gusto que hayas muerto tan pronto! (Todos callan. Empieza el descenso de Lidia, suspendida con cuerdas. Viene tiesa, con un traje blanco, los brazos cruzados al pecho, los dedos en cruz, la cabeza inclinada y los ojos cernidos.)

Catalina. —¿Quién es Lidia?

Muni. —¿Lidia? Es la hija de tío Clemente y de tía Gertrudis, Catita. (Acaricia a la niña.)

Mamá Jesusita. —¡Éramos pocos y parió la abuela! Ya tenemos aquí a toda la serie de los nietos. ¡Cuánto mocoso! ¿Pues qué, el horno crematorio no es más moderno? A mí cuando menos me parece más higiénico.

Catalina. —¿Verdad, Jesusita, que Lidia es de mentiritas?

Mamá Jesusita. —¡Fuera bueno, mi niña! ¡Aquí hay lugar para todo el mundo, menos para el pobre de Ramón!

Eva. —¡Cómo creció! Cuando me vine era tan chiquita como Muni (Lidia queda de pie, en medio de todos, que la miran. Luego abre los ojos.)

Lidia. —¡Papá! (Lo abraza.) ¡Mamá! ¡Muni! (Los abraza.)

Gertrudis. —Te veo muy bien, hija.

Lidia. —¿Y la abuela?

Clemente. —No puede levantarse. ¿Te acuerdas que cometimos el error de enterrarla en camisón?

Mamá Jesusita. —Sí, Lilí, aquí me tienes acostada per sécula seculorum.

Gertrudis. —Cosas de mi mamá, ya sabes, Lilí, lo compuesta que fue siempre...

Mamá Jesusita. —Lo peor será, hijita, presentarse así ante Dios Nuestro Señor. ¿No te parece una infamia? ¿Cómo no se te ocurrió traerme un vestido? Aquel gris, con las vueltas de brocado y el ramito de violetas en el cuello. ¿Te acuerdas de él? Me lo ponía para ir a las visitas de cumplido...  pero de los viejos nadie se acuerda...

Catalina. —Cuando San Miguel nos visita, ella se esconde.

Lidia. —¿Y tú quién eres, preciosa?

Catalina. —¡Catita!

Lidia. —¡Ah!, ¡claro! Si la teníamos sobre el piano. Ahora está en casa de Evita. ¡Qué tristeza cuando la veíamos, tan melancólica, pintada en su traje blanco! Se me había olvidado que estaba aquí.

Vicente. —¿Y no te da gusto conocerme a mí, sobrina?

Lidia. —¡Tío Vicente! También a ti te teníamos en la sala, con tu uniforme, y en una cajita de terciopelo rojo, tu medalla.

Eva. —¿Y de tu tía Eva, no te acuerdas?

Lidia. —¡Tía Eva! Sí, te recuerdo apenas, con tu pelo rubio tendido al sol... y recuerdo tu sombrilla morada y tu rostro desvanecido debajo de sus luces, como el de una hermosa ahogada... y tu sillón vacío meciéndose al compás de tu canto, después que ya te habías ido. (Del círculo de luz brota una voz. Un discurso.)

Voz del discurso. —La generosa tierra de nuestro México abre sus brazos para darte amoroso cobijo. Virtuosa dama, madre ejemplarísima, esposa modelo, dejas un hueco irreparable...

Mamá Jesusita. —¿Quién te habla con tanta confianza?

Lidia. —Es Don Gregorio de la Huerta y Ramírez Puente, presidente de la Asociación de Ciegos.

Vicente. —¡Qué locura! ¿Y qué hacen tantos ciegos juntos?

Mamá Jesusita. —Pero ¿por qué te tutea?

Gertrudis. —Es la moda, mamá, hablarle de tú a los muertos.

Voz del discurso. —Pérdida crudelísima, cuya ausencia lamentaremos más tristemente con el paso del tiempo, nos privas de tu avasalladora simpatía y dejas también a un hogar cristiano y sólido en la orfandad más atroz. Tiemblen los hogares ante la inexorable Parca...

Clemente. —¡Válgame Dios! ¿Pero todavía anda por allá ese botarate?

Mamá Jesusita. —¡Lo que no sirve, abunda!

Lidia. —Sí. Y ahora es el Presidente de la Banca, de los Caballeros de Colón, de la Bandera y del Día de la Madre...

Voz del discurso. —Sólo la fe inquebrantable, la resignación cristiana y la piedad...

Catalina. —Siempre dice lo mismo don Hilario.

Mamá Jesusita. —No es don Hilario, Catita. Don Hilario hace la friolera de sesenta y siete años que murió...

Catalina (sin oírla). —Cuando a mí me trajeron, decía: "¡Voló un angelito!" Y no era cierto. Yo estaba aquí abajo, solita, muy asustada. ¿Verdad, Vicente, verdad que yo no digo mentiras?

Vicente. —¡Dímelo a mí! Figúrense, yo llego aquí, todavía atarantado por los fogonazos, con mis heridas abiertas y... ¿qué veo? A Catita llorando: ¡quiero ver a mi mamá, quiero ver a mi mamá! ¡Qué guerra me dio esta niña! Con decirles que echaba de menos a los franceses...

Voz del discurso. —¡Requiescat in pace! (Empiezan a poner las losas. La escena se oscurece paulatinamente.)

Catalina. —Estuvimos mucho tiempo solitos ¿verdad, Vicente? No sabíamos qué pasaba, por qué nadie vino nunca más.

Jesusita. —Ya te he dicho, Catita, nos fuimos a México. Luego vino la Revolución...

Catalina. —Hasta que un día llegó Eva. Tú dijiste, Vicente, que era extranjera porque no la conocíamos.

Vicente. —La situación era un poco tirante y Eva no nos decía ni una palabra.

Eva. —También yo estaba cohibida... y además pensaba en Muni... y en mi casa... aquí estaba todo tan callado. (Silencio. Ponen la última losa.)

Lidia. —¿Y ahora, qué hacemos?

Clemente. —Esperar.

Lidia. —¿Esperar todavía?

Gertrudis. —Sí, hija, ya irás viendo.

Eva. —Verás todo lo que quieras ver, menos tu casa con su mesa de pino blanco y en las ventanas las olas y las velas de los barcos...

Muni. —¿No estás contenta, Lilí?

Lidia. —Sí, Muni, sobre todo de verte a ti. Cuando te vi tirado aquella noche en el patio de la Comisaría con aquel olor a orines que venía de las losas rotas, y tú durmiendo en la camilla, entre los pies de los gendarmes, con tu pijama arrugado y tu cara azul, me pregunté: ¿por qué?, ¿por qué?

Catalina. —También yo, Lilí. Tampoco yo había visto a un muerto azul. Jesusita, me contó después que el cianuro tiene muchos pinceles y sólo un tubo de color: el azul.

Mamá Jesusita. —¡Ya no molesten a este muchacho! El azul le va muy bien a los rubios.

Muni. —¿Por qué, prima Lilí? ¿No has visto a los perros callejeros caminar y caminar banquetas, buscando huesos en las carnicerías, llenas de moscas, y al carnicero, con los dedos remojados en sangre a fuerza de destazar? Pues yo ya no quería caminar banquetas atroces buscando entre la sangre un hueso. Ni ver las esquinas, apoyo de borrachos, meadero de perros. Yo quería una ciudad alegre, llena de soles y de lunas. Una ciudad sólida, como la casa que tuvimos de niño: con un sol en cada puerta, una luna para cada ventana y estrellas errantes en los cuartos. ¿Te acuerdas de ella, Lilí? Tenía un laberinto de risas. Su cocina era cruce de caminos; su jardín, cauce de todos los ríos; y ella toda, el nacimiento de los pueblos...

Lidia. —¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo... Y ya sabes, me llevaron a una casa extraña y en ella no hallé sino relojes y unos ojos sin párpados, que miraron durante años. Yo pulía los pisos, para no ver los miles de palabras muertas que las criadas barrían por las mañanas. Lustraban los espejos, para ahuyentar nuestras miradas hostiles. Esperaba que una mañana surgiera de su azogue la imagen amorosa. Abría libros, para abrir avenidas en aquel infierno circular. Bordaba servilletas, con iniciales enlazadas, para hallar el hilo mágico, irrompible, que hace de dos nombres uno...

Muni. —Lo sé, Lilí.

Lidia. —Pero todo fue inútil. Los ojos furiosos no dejaron de mirarme nunca. Si pudiera encontrar la araña que vivió en mi casa —me decía a mí misma— con su hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados a estos ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Cada balcón sería una patria diferente; sus muebles florecerían; de sus copas brotarían surtidores; de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño; de las manos de mis niños, castillos, banderas, y batallas... pero no encontré el hilo, Muni...

Muni. —Me lo dijiste en la Comisaría. En ese patio ajeno, lejos para siempre del otro patio en cuyo cielo un campanario nos contaba las horas que nos iban quedando para el juego.

Lidia. —Sí, Muni. Y en ti guardé el último día que fuimos niños. Después sólo quedó una Lidia sentada de cara a la pared, esperando...

Muni. —Tampoco yo pude crecer, vivir en las esquinas. Yo quería mi casa...

Eva. —También yo, Muni, hijo mío, quería un hogar sólido. Tanto que el mar lo golpeara todas las noches ¡bum!, ¡bum!, y él se riera con la risa de mi padre, llena de peces y de redes.

Clemente. —¿Lilí, no estás contenta? Hallarás el hilo y hallarás la araña. Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra.

Muni. —Sí, Lilí, todavía no lo sabes, pero de pronto no necesitas casa, ni necesitas río. No nadaremos en el Mezcala: seremos el Mezcala.

Gertrudis. —A veces, tendrás mucho frío; y serás la nieve cayendo en una ciudad desconocida, sobre tejados grises y gorros rojos.

Catalina. —A mí lo que más me gusta es ser bombón en la boca de una niña, o cardillo, ¡para hacer llorar a los que leen cerca de una ventana!

Muni. —No te aflijas cuando tus ojos empiecen a desaparecer, porque entonces serás todos los ojos de los perros mirando pies absurdos.

Mamá Jesusita. —Ay, ojalá, y nunca te toque ser ojos ciegos de pez ciego en lo más profundo de los mares. No sabes la impresión terrible que tuve: era como ver y no ver.

Catalina (riéndose y palmoteando). —¡También te asustaste mucho cuando eras el gusano que te entraba y salía por la boca!

Vicente. —Pues para mí lo peor ha sido ser el puñal del asesino.

Mamá Jesusita. —Ahora volverán las tuzas. No grites cuando tú misma corras por tu cara.

Clemente. —No le cuenten eso, la van a asustar. Da miedo aprender a ser todas las cosas.

Gertrudis. —Sobre todo que en el mundo apenas si aprende uno a ser hombre.

Lidia. — ¿Y podré ser un pino con un nido de arañas y construir un hogar sólido?

Clemente. —Claro. Y serás el pino y la escalera y el fuego.

Lidia. —¿Y luego?

Mamá Jesusita. —Luego Dios nos llamará a su seno.

Clemente. —Después de haber aprendido a ser todas las cosas, aparecerá la lanza de San Miguel, centro del Universo. Y a su luz surgirán las huestes divinas de los ángeles y entraremos en el orden celestial.

Muni. —¡Yo quiero ser el pliegue de la túnica de un ángel!

Mamá Jesusita. —Tu color irá muy bien, dará hermosos reflejos. ¿Y yo qué haré, enfundada en este camisón?

Catalina. —¡Yo quiero ser el dedo índice de Dios Padre!

Todos a coro. —¡Niña!

Eva. —¡Y yo una ola salpicada de sal, convertida en nube!

Lidia. —¡Y yo los dedos costureros de la Virgen, bordando... bordando...!

Gertrudis. —Y yo la música del arpa de Santa Cecilia.

Vicente. —Y yo el furor de la espada de San Gabriel.

Clemente. —Y yo una partícula de la piedra de San Pedro.

Catalina. —¡Y yo la ventana que mire al mundo!

Mamá Jesusita. —Ya no habrá mundo, Catita, porque todo eso lo seremos después del Juicio Final.

Catalina (llora). —¿Ya no habrá mundo? ¿Y cuándo lo voy a ver? Yo no vi nada. Ni siquiera aprendí el silabario. Yo quiero que haya mundo.

Vicente. —¡Velo ahora, Catita! (A lo lejos se oye una trompeta.)

Mamá Jesusita. —¡Jesús, Virgen Purísima! ¡La trompeta del Juicio Final! ¡Y yo en camisón! Perdóname, Dios mío, esta impudicia...

Lidia. —No, abuelita. Es el toque de queda. Hay un cuartel junto al panteón.

Mamá Jesusita. —¡Ah! Sí, ya me lo habían dicho; y siempre se me olvida. ¿A quién se le ocurre poner un cuartel tan cerca de nosotros? ¡Qué gobierno! ¡Se presta a tantas confusiones!

Vicente. —¡El toque de queda! Me voy. Soy el viento. El viento que abre todas las puertas que no abrí, que sube en remolino las escaleras que nunca subí, que corre por las calles nuevas para mi uniforme de oficial y levanta las faldas de las hermosas desconocidas... ¡Ah, frescura! (Desaparece.)

Mamá  Jesusita. —¡Pícaro!

Clemente. —¡Ah, la lluvia sobre el agua! (Desaparece.)

Gertrudis. —¡Leño en llamas! (Desaparece.)

Muni. —¿Oyen? Aúlla un perro. ¡Ah, melancolía! (Desaparece.)

Catalina. —¡La mesa donde comen nueve niños! ¡Soy el juego! (Desaparece.)

Jesusita. —¡El cogollito fresco de una lechuga! (Desaparece.)

Eva. —¡Centella que se hunde en el mar negro! (Desaparece.)

Lidia. —¡Un hogar sólido! ¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba! (Desaparece.)

 

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