Eduardo Apodaca

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Este, que oculto llevo en la materia...

Amor

Refracta como hielo

El barco

La calle y la noche

1967

 

Este,  que oculto llevo en la materia
el dolor es éste el verdadero;
que fuerte yergue a veces su cabeza,
e inunda de rugido amedrentado
la soledad del mar. O muere y vive,
empero, sin llegar a la conciencia,
urdiendo en el silencio sus más tristes
derrotas; cuando ya en aquella espera
a cegarme me atrevo en rascacielos
de inteligencia, como un cielo oscuro
más que el otro reflejo del asfalto.
Dolor; tanto ya me hundes en las sombras,
que el caminar de los deformes sueños
amenaza llevarme para siempre.

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Amor

Tuyo es, rebosante
imagen del poema,
un volar de la mirada
que aprendiste entre los pájaros.
Yo, que era amigo
de ellos todos,
te sigo y te espío.
No podría soportar
que los pájaros me olviden.

 

 

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Refracta como hielo

Es ciega y es hiriente en el reflejo
el agua de los charcos. En el frío
azulino la media luna pesa
como la historia, y choca contra el agua.
La arboleda se alarga, y son sus hojas
microscópica, infinitamente raídas
por invisibles huéspedes que avivan
el deseo en los ojos.
También mi corazón,
ciego y sin historia, resbala en el fango
con oro, anocheciendo.

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El barco
Viene el barco, yo no sé si
vino otras veces o ha venido siempre,
por el aire está cruzando la ventana, se
detiene en el comedor.
Como un barco de papel hecho mayor.
Y por eso ya nadie desembarca. ¿O hay alguien
bailando en un escenario, cómplice
y prisionero en la madera
de los nudos de los árboles,
y no puede arribar al mundo? Sin querer
abandonado. Qué grande es la realidad.
No quepo en ella. Y todas las tardes el cielo va teniendo
un azul más tenue. Mundo, no quiero abandonarte;
por eso los atardeceres me gradúan, tentáculos
negros como el útero o la ambigüedad
de la noche.
Te contemplo
en un camino hacia ti, único paisaje; y sin mí ser tú.
Pero tú eres más grande que el cambio de tus leyes.
Toco la realidad. Y sus átomos,
dispersados, queman.
No hay sueño. Y no me puedo morir.

 

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La calle y la noche
 
La calle permanece
a la vez que se siente ir
y en el quiero aire
confluyendo están mundos
que vive el pensamiento sin pensarlos.
 
Están solos también
los miradores
ante el pasar de las calles
en ellos se redobla en opaca
la transparencia de la soledad
y se ve el otro lado del silencio
ambos se aman una luz
transformada y fija dejan
queriendo retenerse
 
Pulsando solo y contenido
el silencio se abisma
calle abajo, dentro
de las almas muertas o de aquellas
dormidas del lado de los muertos
 
Aquí son, en la calle
que de nuevo recibe
la mirada
 
         Eternidad
que aguarda la eternidad
 
Pesado como tierra el techo
el parabrisas dispuesto
y detenido, los coches
fueran habitados de búhos invisibles
 
La mirada va sola
parece que el silencio
dilatado de amor
hubiera invadido la distancia
Un gato con la noche cruza
se detiene, y las vibrisas
tiemblan de ser entre las rutas
en la desposesión del círculo
del tiempo solo
 
se va por otra calle
 
lonjas camarotes tejados
las rutas cotidianas
marcadas de misterio
como en la lengua yacen
las palabras y buscan
el alma del poeta
 
Y de pronto un río
de olvidado sueño
 
las estrellas vistas
entre las nubes viajeras
 
otras rutas que sabe
iguales el amor
 
Correspondencia del vacío
 
La música se interna
y no está en ninguna parte

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1967
 
Aquella habitación (grande, con decorado
viejo en la que de noche oía los rumores
del incipiente ruido de una ilusión moderna
y un silencio en el cuerpo, lleno como el principio
de la juventud)
 
                      tiene para mí el atractivo
de pensarla dejando en la penumbra,
para siempre, un mundo antiguo y familiar.
 
Esperando que el sueño me tomara, una noche
observé entre otras cosas un cuadro iluminado
por la luz mortecina venida de la calle.
Las escena presentada la recuerdo encendida
con luz del sol.
 
                     En ella dos jóvenes se ven:
reposando cada uno a un lado de un espacio
dorado y silencioso, en el que parecía
desplazarse un aura hacia un centro imperceptible.
 
En tanto que en la calle una azul sensación,
previa a la madrugada, envolvía con emoción el mundo;
aparecía por primera, única vez
con sus mejores galas la hermosa poesía,
 
atuendo modernista; hecho para durar,
por el progreso de un instante vano,
una vida entera, crisol de un milagro que dejaba
 
del brillo de la escena del cuadro
tan sólo el resplandor, antes que se nublara
 
y desde un sol superior
descendiera sobre el cuadro el amor.


 

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