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Habíamos llegado al Estrecho de Magallanes y el Orcana se acunaba, lento, en las aguas pacíficas, a la sombra majestuosa de los Andes. Maravilla del mundo es aquel paisaje soberbio, suma de bellezas; y absortos se abrían nuestros ojos sobre la cordillera gigante y el mar quieto. Con pañuelo de nieve en las cimas y follaje verde en las faldas, los Handes, misteriosos, enormes, nos apresaban tendiendo en torno del barco su cadena de anillos monstruosos. Se espejaba en las aguas un bello cielo tranquilo, que ponía en nuestros horizontes una nota azul, luminosa y amable. Así, abismados en la fascinadora hondura del Estrecho, habíamos navegado todo un hermoso día decembrino, cuando, ya atardecido, anclamos en una ensenada cristalina, casi tocando la montaña colosal. La complacencia del capitán, adornado de esa cortesanía británica, toda corrección, nos permitió desembarcar a unos cuantos capríchosos, que pisamos con emoción aquel pedazo virgen de tierra patagona, de la mal llevamos a bordo raras piedras, gráciles flores y peludas arañas de color de rosa, inofensivas y mansas. ¡Inolvidable velada aquella en que la noche cayó augusta y solemne sobre nuestro barco en reposo, al abrigo de la costa andina! Amaneciendo apenas, un fuerte coro de extrañas voces subió al buque desde el mar, y vimos, con sorpresa, cómo iban rodeándonos unas piraguas esbeltas tripuladas por indios fueguinos; habitantes de aquellos contornos, que algo pedían, sin duda, en su lengua dura y desconocida. Por la borda se les hizo un don voluminoso, despojos de las cocinas, probablemente, que ellos recibieron con efusivas aclamaciones. Eran hombres fuertes y tostados, hombres recios, no gigantes, según la leyenda dice. Se alejaron, mecidos en sus livianas embarcaciones. Se alejaron y tomaron tierra, ¡la tierra del tuego, brava y misteriosa! A media marcha, previsores contra los peligros de una varadura, nos pusimos a navegar con el alba, deslizándonos por las angosturas del Estrecho, con habilidad de peritos, fácil y blandamente, como un viaje de ensueño; sorteando islas, tocando arrecifes, y siempre custodiados de cerca por la denticulada cordillera andina. Ibamos a buscar el Pacífico, para el cual, en un día glorioso para España, había encontrado Magallanes aquella ruta escabrosa y admirable. *** Yo tenía a bordo una protegida: una linda moza montañesa, que me estaba recomendada desde Santander, y que en estado de próxima maternidad, iba a Chile a reunirse con su esposo, residente en Concepción. Todos los días visitaba yo a Luisa en su departamento de tercera, y la obsequiaba muchas veces con helados y golosinas que no llegaban más que de contrabando hasta aquellos pasajeros pobres. Era mi paisanita una tímida y graciosa muchacha, de belleza apacible, un poco triste. Una de esas mujeres melancólicas que a menudo suspiran y a menudo miran al a cielo. Todo su tipo era montañés, y aun era más montañesa aquella suave languidez de su persona. Solíamos hablar largos ratos, apoyadas en la borda, mirando la estela hirviente y espumosa de nuestro barco, o el horizonte lueñe, donde el mar y el cielo nos ofrecían la impresión de un casto beso infinito. Hablábamos de nuestro país lejano y hermoso, Luisa era inteligente y discreta, un poco ilustrada y de amable trato. Me contó su historia; una historia breve y tranquila, alterada únicamente por las aventuras de la emigración. Era hija de labradores acomodados, y se había casado muy joven con su único novio, un artista humilde, tan buen mozo como trabajador, que, seducido por halagadoras promesas de bienestar y porvenir, había emigrado unos meses antes, y entonces la llamaba a su lado en la certeza de una vida fácil para esperar juntos al hijo que iba a llegar. Acaso todas las inspiraciones del amor no hubieran decidídaa Luisa a emprender, sola y delicada, aquel viaje penoso. Pero la casualidad había favorecido oportunamente los planes del esposo, deparando a la joven una compañera de expedición, en su misma vecindad. Era una mujer que iba a reunirse con sus hijos, residentes también en la República de Chile. Este azar decidió la suerte de Luisa, que salió de casa de sus padres confiada a los cuidados de Nela, experta y hábil viajera, mañosa y enérgica, que había mirado por la joven con desvelo cariñoso durante toda la travesía. Duro había sido el viaje; diciembre iba muy crecido y habíamos encontrado airados los mares y desencadenados los vientos a nuestro paso. La pobre Luisa había sufrido mucho, por más que Nela de cerca y yo un poco más de lejos le habíamos tendido nuestra mano con vivo interés. Sólo las aguas mansas del Estrecho habían tenido la virtud de calmar sus padecimientos y permitirle un descanso reparador. Le había yo cobrado gran afecto y el lazo de jluestro paisanaje se había estrechado en el mar, mediante nuestra juventud y mi compasión. ***
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Era la segunda tarde de nuestra blanda navegación por las aguas serenas que los a Andes limitan, y una vez más crucé el puente medianero entre ambas cámaras para visitar a Luisa en su departamento. La hallé sobre cubierta, mirando con fascinación la aparición milagrosa de unas islas diminutas, sobre las cuales. la fatalidad o el capricho habían sembrado una profusión de cruces, que eran, o parecían ser, protectoras de otras tantas sepulturas.
Una fuerte
sugestión nos poseyó con emoción temerosa delante de aquel
original cementerio,
que en forma de archipiélago se nos aparecía, surgiendo del
lago con fantástico sigilo, como la evocación de una trgedia
en que la piedad y el dolor hubieran Y una curiosidad intensa abría nuestros ojos encima de aquel vergel de cruces erguidas sobre el césped de mágico verdor y raras flores silvestres, cuya variedad hermosa hacía pensar en un cultivo sobrenatural de encantamiento. Todas las miradas de los pasajeros eran una interrogación ardiente hacia aquel misterio prodigioso, que, incitante y trágico, se deslizaba casi al alcance de nuestra mano. Muchas cruces tenían inscripciones, monogramas o leyendas en diferentes idiomas y trazados con distintos colores. Otras abrían sus brazos piadosos sobre rústico barandaje tendido en forma de lecho. En una leímos Carmen; en otra, María; dos bellos nombres de españolas. Cuando la visión sugestionante se iba alejando y quise comentarla, encontré a Luisa trémula, con el dulce rostro demudado, y en los ojos la expresión de un espanto loco. No supe qué decirle, porque su emoción extremada me dejó confusa. Traté de distraerla sin poder conseguirlo. y ya el plantel de cruces se esfumaba en pálida lejanía, cuando aún Luisa temblaba con un fatídico terror ... Aquella noche salimos al mar Pacífico. Pero no es pacífico este mar de tan grato nombre, en aquellas corrientes donde sus aguas luchan con las aguas del Atlántico. Allí es bravo, es terrible este mar de cándido nombre, y allí nos combatió en una ruda borrasca, marco siniestro de un drama que en estas páginas rememoro ... En plena tempestad, aquella noche Luisa dió a luz, prematuramente, un hermoso niño. El anuncio de este acontecimiento inesperado llegó hasta mí trabajosamente, entre los horrores de la tormenta y seguido de una dolorosa noticia. Había nacido el niño, pero la madre estaba amenazada de muerte. Todo había sido rápido y funesto en el alumbramiento de la pobre muchacha, y un mal síntoma, alarmante en su estado, hacía temer por su vida. De temeridad grave reputaban una excursión por el barco a tales horas y con aquel tiempo. Me aseguraron que Luisa estaba asistida con todo el esmero posible, y yo sabía que bajo el pabellón inglés de nuestro barco tenía la caridad una lozana floración. Pero estuve ansiosa. La compasión me tenía embargada y la impaciencia me desveló, absorta en amargas reflexiones. Al amnecer amainó un poco el temporal y pude a duras penas, llegar hasta el humilde camarote de mi infeliz paisanita. Mirándola con dolido interés, vi que se moria la pobre. También Nela lo estaba viendo y sus ojos hablaron con los míos un mudo lenguaje compungido. A la triste agonizante le llameó en la mirada una fugaz alegría cuando yo me acerqué a acariciarla. Con gesto henchido de dolorosa expresión me señaló su niño, un suave mantoncito de carne tibia, que a los pies del camastro dormía en plácido sosiego. Yo me incliné a rnírarle toda turbada, y ella me dijo con fatiga: _Ha nacido en la Nochebuena; que se llame Jesús; que le cuiden, por Dios, hasta que le recoja su padre, ¡ya ve usted que yo me muero! La quise consolar, pero advertí que ella notaba en mi confusión la confirmación de sus temores. Hizo un esfuerzo y me tomó las manos; lentamente, con palabra premiosa, me dijo que desde la víspera tenía un presentimiento funesto encima de su corazón, y que sentía a la muerte que la apresaba y la vencía de momento en momento. Su voz, opaca y anhelosa, habló de resignación, y musitó unas dulces frases conformes con la partida suprema; pero el dolor tembló en aquel acento sumiso. cuando me habló del esposo y del niño con encarecida súplica; y el espanto poseyó todo aquel espíritu martirizado cuandogne dijo: _¡Me tirarán al mar! . Nela me contó entonces que toda la noche había estado nuestra enferma con aquella aterradora pesadilla. Morir no era tanto para ella como saber que su cuerpo se iba a hundir en las olas de aquel mar furioso, mar extraño a su patria, mar inclemente que zarandeaba los barcos y los escupía y los tragaba. Luisa había soñado, en el delirio de aquella noche dramática, que el seno bravío de aquel mar estaba poblado de monstruos y de cadáveres; y que las rocas que de él surgían eran por eso un plantío de cruces misteriosas; y exaltada, anhelante, cruzaba sus manos descoloridas en súplica doliente: _¡Que no me tiren al mar!. .. Corrían mis lágrimas desbordadas de la angustia de mi corazón, y trataba, torpemente, de calmar aquella inquietud tremenda, cuando la puerta del camarote dio paso a un padre de la Compañía de Jesús, que viajaba con nosotros desde las costas españolas. El padre Díaz había velado parte de la noche al lado de la enferma, y la magia de esa piedad insinuante que los jesuitas poseen era, desde hacía algunas horas, como bálsamo de consuelo para la triste Luisa. . Se acercó, bondadoso, al lecho, y Nela se replegó conmigo hacia la puerta. Coloquiábamos atristadas, haciendo un lastimoso recuento de las escenas penosas que habían de sucederse a la desaparición de nuestra protegida. ¿Qué diríamos al marido que en la costa cercana la estaba esperando? ¿Qué a los viejos padres montañeses, que aguardaban sus noticias como sol de primavera para el frío de sus años? Meditábamos, desgarrando en nuestro corazón una intensa añoranza de la dulce patria perdida. Estábamos asidas al barandaje del pasillo, y nos inclinábamos la una hacia la otra en cada violento cabeceo del buque. Dentro del camarote la voz serena y conqueridora del padre Díaz se elevaba, como un himno triunfante, sobre el vocerío trágico del mar y del viento. Luisa lloraba deshaciendo su terror en una crisis de esperanza, y el niño dormía siempre, con una inefable expresión de paz en su carita roja . *** |
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Dura fue la cadena de aquellas horas. La tempestad, que de madrugada se había amansado un poco, volvió a enfurecerse al mediodía, y un turbio cielo, un siniestro fulgor de relámpagos alumbraron la estancia minúscula en que el padre Díaz alzó, sobre la frente de Luisa, la hostia divina y la bendición piadosa. Generosamente se nos dieron toda clase de facilidades para asistir a la enferma. Nuestro sacerdote católico tuvo libertad absoluta para la administración de nuestros Sacramentos, y el respeto, la condolencia y la simpatía nos acompañó, rendidamente, en torno al lecho de la desventurada compatriota. . Al crecer la tarde, cayó la enferma en desvarío medroso. Imaginaba que a cada balanceo del buque se iba a caer en las aguas tormentosas. Despavorida se agarraba a cuanto alcanzaban sus manos trémulas, y su voz quejosa, ya truncada por la agonía, dejaba notas temblequeantes como lágrimas en el estruendo rudo del temporal. La visión de las olas abiertas para tragarla era su obsesión terrible. Inventando un consuelo para su espanto, colocamos su colchón en el suelo, y como no fuese fácil sostenerse en pie con las recias sacudidas de la marejada, alrededor suyo nos sentamos en la tarima oscilante, a esperar la muerte, que no podía tardar, según pronóstico del médico que de rato en rato visitaba a la paciente. Alta ya la noche, se acentuó la tragedia a nuestros ojos atónitos. En el barco, mecido con furor por las olas, crujían mástiles, vergas, cabos y garruchas con un lamentable rumor de exterminio. El mar asaltaba la cubierta con torrentes de rabiosas espumas, y la nave se dormía en las aguas, casi vencida por la tormenta. . En uno de aquellos bruscos acunamíentos, la cabeza de Luisa rodó inerte en la almohada, y el niño se despertó llorando: tenía hambre, ¡hambre de los senos de su madre muerta!... * * * Nos faltaban tres días para llegar a Talcahuano, primer puerto de la costa chilena donde debíamos hacer escala, y no era posible conservar hasta entonces el cadáver de Luisa. Harto lo comprendimos los que nos interesábamos por cumplir su anheloso ruego. Pero la memoria de aquel ardiente afán nos inspiró a los españoles que viajábamos en el Orcana. el deseo de que Luisa tuviera un modesto ataúd donde esconder por algún tiempo su cuerpo hermoso a las caricias de aquellos embravecidos mares. El «entierro» de nuestra amiga, fue a la siguiente noche de aquella en que expiró. La mar gruesa y el oleaje altivo seguían combatiendo al buque, pero la tormenta había cesado, y el padre Díaz nos dijo después que la noche estaba clara y el cielo lucía estrellas en el temido momento de sepultar a Luisa entre las ondas del Pacífico. El drama humilde, desgarrante y cruel, desarroIlado en negras horas desde el breve camarote de tercera hasta la borda del buque, había ensombrecido nuestro viaje. La vista del mar, que se nos ofreció encalmado apenas doblamos la altura del Cabo Pilar, nos causaba ahora una sensación de profunda tristeza. A menudo las ondulaciones graciosas de las aguas nos parecía que iban a dar paso a un flotante ataúd. La voz de las olas nos fingía en la noche quejas y suspiros, súplicas apremiantes y estremecedoras. Pálido el cielo y gris el mar, no reía en torno nuestro ni un rayo de sol alegre, ni una placentera nota azul. La lejanía majestuosa de nuestro horizonte se había roto con franjas de costa roja y árida. Era la volcánica tierra de Chile que salía a recibirnos. Nadie, frente a esta costa ceñuda y monótona, arísca como un páramo, puede presentir que en el corazón de este país hay un divino valle de Aconcagua, orgullo de América. El buque navegaba costanero en perfecta tranquilidad, aproximándose a su primera escala chilena, pero en la calma incolora de nuestra navegación parecía flotar una nube de tragedia, y la estela que íbamos dejando en las aguas turbias del Pacífico no tenía rumores ni rizos: era una cinta lisa y muda que hacía suspirar con desaliento.
*** Nela habia recogido en su regazo carítativo al nene de Luisa, que se aferraba a tomando todo cuanto con prudencia y esmero llegaba a su bequíta ansiosa. El chiquitín había despertado a bordo el más vivo interés. Todas las mujeres gustábamos de acaricíarle y mecerle; todos los españoles habíamos tenido para él atenciones y simpatías. Se acercaba el amargo momento de ponerle en los brazos de su padre. Ya Talcahuano estaba a la vista y habíamos convenido en que el padre Díaz daría al esposo de Luisa la noticia fatal. En un lánguido atardecer arribamos al puertecillo chileno, distante de Concepción dos horas de ferrocarril. Cuando las lanchas que esperaban nuestra llegada atracaron a los costados del buque, fuimos a despedimos del pobre niño montañés nacido en la llanura del Pacífico.
Apoyado en la borda, el
padre Díaz esperaba, turbado su corazón piadoso por lo
aciago del instante.
Nuestra ansiedad se hubo colmado cuando, subiendo en dos saltos la escala que daba ascenso al buque, un joven se precipitó en la cubierta, buscando afanoso con radiante mirada. Asustada y compasiva le acogió Nela. _¡Salvador! _ exclamó. Y volviéndose a nosotros dijo, angustiosa: _Este es ... El padre Díaz, exacto como la fatalidad, se adelantó hacia él para truncar en flor su impaciente alegría con el más fiero desengaño. La mirada del mozo se había tornado inquieta, y ya se preparaba a interrogar a su paisana. Acaso el nombre amado de su mujer retozaba ya en sus labios con una pregunta, cuando el jesuíta le abordó resueltamente. Se descubrió el mozo con respeto, y a las primeras frases que escuchó, una sorpresa inquietante se pintó, intensa, en su cara expresiva. Salvador era un mocetón arrogante, de amable presencia y semblante abierto. Apenas el padre Díaz le habló, afable, algunas palabras, volvió la cabeza a todas partes, como inquiriendo y adivinando; y su sorpresa se trocó en honda ansiedad. Le puso el jesuita una mano en el hombro, con cariño, y le llevó con suavidad hacia la borda, alejándole un poco del grupo de pasajeros que comentariaban la escena entre curiosos y condolidos. No se alzaba sobre los rumores del barco la voz acaríciadora del padre. Hablaba bajo; primero lentamente, como con dificultad; después, contestando con resolución a las ardientes preguntas del mozo; luego, con ademán vivo, tomando entre sus manos las del desconocido joven, y por último, sirviéndole de sostén con sus brazos amparadores... Todas las alteraciones del dolor pusieron sus trazos desgarrantes en la franca físonomía de aquel hombre. Y cuando hubo tragado toda la amargura de la noticia funesta, cesó de escudriñar el buque con los asombrados ojos; paseó una mirada atónita por la superficie del mar, y una sensación de espanto sacudió su cuerpo vigoroso. Por algunos momentos, Salvador, apoyado en los brazos del jesuita, no se sabe si lloraba o se desvanecía. A una seña expresiva del padre, Nela se acercó sollozante con el niño abrazado, y el padre murmuró al oído del atribulado mozo: Aquí tienes un don del cielo; Luisa te envía tu hijo. Vivamente, Salvador levantó la cabeza abatida y tendió los brazos para recibir el precioso legado de su mujer. Gimiente sobre los besos apasionados que daba a su hijo, parecía recoger en su corazón las palabras del padre Díaz, blando rumor querelloso de las postreras palabras la esposa. Como si hubiera echado raíces sobre la cubierta del buque, allí estaba el mozo pálido y transido, inerte en su desventura. Fue preciso sacudirle con otro latigazo emocionante para que se moviera. Nela le alargó un paquete. _Toma _ le dijo; _ prenda suya te entrego, que en manda para ti me la fió... Y los dedos convulsos de Salvador, al herir el papel del envoltorio, dejaron descubiertos los rubios cabellos de la muerta. Un rugido de dolor salió del ancho pecho del montañés, que, ciñendo a su cuerpo con un brazo el niño y el paquete, se descubrió balbuciendo algunas frases rudas de gratitud, en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el ademán desconsolado de la despedida. Y rápido, ciego, corrió a la escala y ganó el bote que poco antes le condujera a bordo, cargado de esperanzas. Le vimos alejarse, hundido en la liviana embarcación como en un abismo de pesares. Iba besando frenético las trenzas doradas de Luisa y la roja carita de su hijo, que, en la paz de su inconsciencia, sonreía, gracioso. (Tomado del nº 41 de la revista Lecturas de 1924) PULSA AQUÍ PARA LEER TEXTOS DE VIAJES Y COSTUMBRES |
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