Manuel Chaves Nogales

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El refugio

Los guerreros marroquíes

¡Viva la muerte!

C

omo los chicos corrían más llegaron antes al refugio. Aquello de esconderse de los aviones no pasaba de ser para ellos un juego divertido. El padre y la madre salieron de la casa rezagados, gruñendo, hartos ya de tanto ajetreo. Aquello era insoportable. ¿Cuántas veces al día tenían que abandonar sus quehaceres para ir a meterse en los sótanos del caserón designado como refugio para los vecinos de aquel viejo rincón de Bilbao? La vida se les hacía imposible. Los aviones fascistas bombardeaban la villa de hora en hora y en ocasiones los cuatro toques de sirena que anunciaban el cese del peligro eran seguidos de una nueva señal de alarma, porque otra escuadrilla facciosa venía a relevar a la que en aquellos momentos se alejaba después de derramar su carga mortífera sobre las viviendas hacinadas de los barrios populosos, en cuyas entrañas se apiñaba estremecida una abigarrada muchedumbre que, no obstante las rigurosas órdenes dictadas para que se guardase silencio en los refugios, promovía una algarabía formidable, un espantoso guirigay en el que se destacaban los llantos desgarrados de los niños, las voces broncas de los padres agrupando a su prole y los gritos histéricos de las mujeres, que clamaban a todos los santos de la corte celestial contra aquel castigo que les llovía del cielo.

En el breve intervalo que solía haber entre el toque corto de alarma y los tres largos toques que señalaban la presencia del peligro, los chicos, que conocían ya de sobra el camino del refugio, atravesaban la calle en dos saltos y se metían bulliciosos en el sótano, contentos de encontrarse de nuevo reunidos con los demás chicos de la vecindad en aquel estrecho recinto que tenía para sus imaginaciones infantiles el prestigio de un misterioso subterráneo de algún palacio encantado. La madre, que antes de abandonar su cocina se obstinaba en dejar recogidos sus pucheros y el padre, que iba a esconderse siempre de mala gana y un poco humillado, no llegaban nunca al refugio más que cuando ya la primera explosión sacudía el ámbito de la ciudad e iba retumbando de montaña en montaña con pavoroso estruendo. Por eso, porque las cuatro criaturitas estaban ya dentro del refugio y el padre y la  madre, rezagados, no habían entrado aún, fue por lo que el destino pudo hacer aquella espantosa jugarreta.

Una bomba de ciento cincuenta kilos, lanzada por un avión fascista, fue a caer sobre el tejado del refugio, traspasó como si fuesen de papel los pisos del caserón y explotó sobre las cabezas del medio millar de seres hacinados en los sótanos. Tembló la tierra como si sus entrañas se hubiesen desgarrado; tejas, ventanas y chimeneas fueron escupidas al cielo y, entre aquella masa de humo negro que se estiraba violentamente hacia lo alto en un instante y luego se abullonaba vencida, aparecieron los recios muros heridos de muerte por las anchas grietas que abrió en ellos la explosión de la dinamita. Aquellas grietas se agrandaron en unos segundos y cuando ya por ellas se le veían las tripas al caserón, los altos paredones se inclinaron solemnes y se abatieron con pavoroso estruendo alzando al llegar al suelo una gran nube blanca que lo borró todo. Ya no se vio más.

El padre y la madre que presenciaron, paralizados por el espanto, aquella fantasmagoría apocalíptica fueron cegados por densas oleadas de polvo y humo y cayeron al fin, batidos por la lluvia de tierra, hierros y maderos que el cielo devolvía. Pasó el tiempo. El Junker niquelado brillaba al sol como un juguete, allá a lo lejos, junto a las crestas del Sollube. La gran nube de polvo y humo se elevaba lentamente sobre el barrio viejo de Bilbao y los ojos de los bilbaínos, agrandados por el terror, iban descubriendo la magnitud de la catástrofe. El caserón se había desplomado y no quedaba de él más que un montón ingente de cascote, vigas de hierro retorcidas, maderos astillados y planchas de cemento cuarteadas. Debajo había medio millar de seres humanos: todos los infelices que se habían refugiado en el sótano.

Sacudiéndose la tierra que casi le había sepultado, ciego, medio asfixiado, con la cabeza turbia y el cuerpo magullado por el cascote que le había caído encima, el padre se incorporó penosamente y poco menos que a rastras llegó hasta el montón humeante de ladrillos y bloques de cemento y se puso a gritar llamando desesperadamente a sus hijos. Trepó por aquella montaña informe dando alaridos espantosos. Los últimos paredones se desplomaban en torno suyo. A través de las nubecillas de polvo que cada derrumbamiento levantaba, se le veía saltar de un lado para otro manoteando y llamando a sus hijos con voces patéticamente inarticuladas que ahogaba el sordo rumor del corrimiento de los escombros, que iban poco a poco estabilizándose hasta formar una pirámide abrupta en cuya base se quedaban sepultados aquellos centenares de infelices, que huyendo de los aviones se habían guarecido en los sótanos de la casa derrumbada. Con el rostro cubierto de sangre, las ropas en jirones y las manos destrozadas, aquel hombre enloquecido removía furiosamente los ladrillos y los hierros retorcidos gritando cada vez con voz más ronca y más débil:

—¡José Mari! ¡Chomin! ¡Iñasio! ¡Carmenchu!

Los primeros vecinos que se atrevieron a llegar hasta allí, tuvieron que luchar a brazo partido para sujetar a aquel loco furioso que, con las uñas ensangrentadas forcejeaba desesperadamente para mover los enormes bloques que tapaban lo que fue entrada del refugio.

La noticia de la catástrofe corría por todo Bilbao y centenares de personas acudían a prestar auxilio. Un hormiguero de seres atemorizados comenzó a remover aquella montaña de escombros, pero la confusión y la angustia dificultaban el salvamento. Cada cual removía el montón de cascotes por donde se le antojaba. Hasta que acudieron los bomberos y unas cuadrillas de obreros con herramientas, no se hizo nada eficaz. Siguiendo las indicaciones de los técnicos se comenzó a abrir a golpe de pico un camino hacia el lugar más accesible del sótano.

Pronto se oyeron las voces débiles y lejanas de los que estaban sepultados. El equipo de salvamento trabajó entonces con brío redoblado y al cabo de unos minutos de angustia silenciosa en los que sólo se oían los golpes secos de los picos y los azadones y el jadear fatigoso de los que febrilmente los manejaban, se consiguió apartar los enormes bloques de cemento que habían sepultado en vida a tantos seres infelices.

Por el boquete abierto asomó primero una cabecilla calva, en cuya boca desdentada ponía el terror una mueca espantosa. Apenas lo izaron cogiendo al hombre por debajo de los sobacos, aquella cabeza se tronchó sobre el pecho, roto al fin el resorte de la angustia que la había mantenido erguida. Salieron después por aquel boquete hasta treinta o cuarenta personas; casi todas ellas apenas se veían a salvo se desplomaban inertes. Una mujer llevaba en brazos un niño de dos años con los ojazos azules muy abiertos y los bracitos colgando, al que vanamente intentaba reanimar con sus besos. Se lo quitaron del regazo antes de que se diese cuenta de la inutilidad de sus caricias.

Los que salieron por su pie de aquel agujero no llegaron al medio centenar y, sin embargo, en el refugio debía haber, al ocurrir la explosión, de trescientas a quinientas personas. Los bomberos agrandaron el boquete y se metieron en el sótano, de donde fueron extrayendo a los que allí yacían, unos desmayados, otros heridos, muertos otros. Así y todo no se encontró más de un centenar de personas. La bóveda del sótano se había hundido por el centro y los refugiados habían quedado incomunicados a uno y otro lado.

Pero simultáneamente al salvamento intentado por aquel lugar, los infelices que quedaron sepultados al otro lado del sótano se habían ido abriendo camino con las uñas a través de los escombros y pronto se pusieron en

comunicación con el exterior. Dentro quedaron únicamente los que estaban heridos y aprisionados por el cascote y los que habían muerto en su mayoría asfixiados. Fueron extrayéndose sus cuerpos inertes y colocándoseles en unas parihuelas que eran alineadas a lo largo de una pared frontera. Los vecinos que no habían encontrado aún a sus deudos recorrían horrorizados aquella fila de máscaras espantosas talladas por la muerte en las que buscaban los rasgos de los seres queridos. El padre aquel cuyos cuatro hijos, José Mari, Chomin, Iñasio y Carmenchu, habían entrado en el refugio segundos antes de la explosión, rendido al fin, agotadas sus fuerzas, recorría con la mirada perdida la fila de las víctimas que se extendía a lo largo del muro: tras él, pálida como una muerta y con los ojos secos, iba la madre. Ella fue la que vio primero con sus ojos voraces aquella camilla en la que traían a dos de sus hijuelos: José Mari y Chomin, abrazados para siempre: estaban como cuando se dormían en su cunita: las cabezas juntas, los brazos del mayor, José Mari, cubriendo el cuerpecillo menudo del pequeño Chomin. Los vio un instante y cayó como fulminada por un rayo.

Unos vecinos piadosos se la llevaron de allí. Por eso no vio cómo después sacaban, cogiéndolo a puñados, el cuerpecillo destrozado también de Iñasio. El padre, sí. Lo vio y palpó con sus manos temblorosas aquella cabecita tierna espantosamente machacada. Cuando se lo quitaron de entre las manos se quedó anonadado, insensible. Superada su capacidad de dolor, más allá del horror y del sufrimiento, consideraba con un frío estupor la catástrofe, incapaz ya de sentir más. Había visto los cuerpos destrozados de sus tres hijuelos varones y se maravillaba tanto de haber podido verlo como de poder pensar en ello con aquella calma, aquella serenidad mortal que le invadía. ¿Y su hija? ¿Y su Carmenchu?

Ya nada podía aterrarle. Vagaba al azar sobre las ruinas removiendo con el pie los escombros y a cada instante esperaba encontrar el cuerpo destrozado de su hija entre aquel revoltijo de hierros, maderos y cascote; lo esperaba ya sin horror; aceptando la tremenda posibilidad con una espantosa sangre fría.

Cayó la tarde y, busca que te busca entre el cascote, vino la noche. Los trabajos de salvamento continuaban con agobio. Además de los cincuenta y tantos cadáveres retirados ya de entre los escombros faltaban aún veinte o treinta personas que positivamente habían estado en el refugio al ocurrir el hundimiento y aún no habían sido halladas ni muertas ni vivas. Sus deudos, desesperados, vagaban como él entre las cuadrillas de obreros que seguían trabajando a la luz cruda y espectral de los mecheros de acetileno. Poco a poco fueron marchándose los meros curiosos. Los mismos familiares de los desaparecidos, agotados, desistían de la angustiosa y estéril búsqueda. Es inútil, decían los más sensatos. Quienes estén aún sepultados no pueden seguir viviendo. Seguramente han perecido ya. Mañana al ser de día se encontrarán sus cadáveres.

—Entre esos cadáveres –pensaba el padre aquel– estará el de mi Carmenchu.

Pero se resistía a alejarse del siniestro paraje. Las cuadrillas de obreros seguían trabajando. Se acercó a una de ellas. Los hombres luchaban tenaces por abrirse camino.

—Es inútil –resollaba uno–; necesitaríamos tres días para remover todo esto; los bloques desprendidos son enormes; sería mejor emplear la dinamita.

—¿Y si hay gente con vida aún?

—¡Qué va a haber ya a estas horas!

Uno de los obreros se fijó entonces en el padre aquel que les escuchaba absorto. Se callaron apesadumbrados y redoblaron el esfuerzo. El padre se alejó silencioso con los brazos caídos a lo largo del cuerpo.

Un poco más allá creyó advertir que los que trabajaban habían encontrado algo. Se acercó con una glacial desesperanza cuajada en los ojos. El grupo de trabajadores se apiñaba en torno a un agujero. Dieron voces.

—¿Qué habéis encontrado?

Otra víctima.

—Viva o muerta.

—¡Muerta, hombre, muerta!

El grupo de los que trabajaban para extraer el cadáver no le dejaba acercarse. Oyó una voz que decía:

—¡Es una muchacha! ¡Pobre!

El padre entonces apartó furioso a los que estaban delante de él y se metió en el agujero gritando.

—¡Mi hija! ¡Mi Carmenchu!

Quisieron llevárselo de allí, pero no había fuerzas humanas capaces de arrancarle. Debatiéndose con los que intentaban apartarle se acercó a su hija.

El mechero de acetileno colocado en el fondo de aquel agujero producía un deslumbrante entrecruzamiento de sombras duras y haces de luz blanca y fría. Se tiró de bruces y asomando la cara por el cruce de unos maderos vio al fin el rostro de cera de Carmenchu al que aquella luz daba una lividez espectral. Tenía el cuello doblado en un escorzo difícil y reposaba la cabeza sobre una viga de hierro que había quedado cogida entre dos enormes bloques de cemento. Uno de aquellos bloques pesaba sobre el tierno cuerpecillo.

—¡Carmenchu! ¡Mi Carmenchu! –gritaba el padre como un poseído, intentando vanamente llegar con las manos extendidas hasta aquella cabeza de la que le separaba aún la maraña de hierros y cascote.

—¡Carmenchu!

Entonces, a la luz deslumbradora del acetileno se vio lo inconcebible. ¿Era una alucinación? La niña había abierto los ojos y sus labios se habían movido.

—¡Carmenchu! –rugió el padre.

—¡Está viva! ¡Está viva! –gritaron todos.

Con una fuerza insospechable el hombre aquel apartó los hierros y los maderos que le separaban de su hija, y alargó las manos temblorosas hasta tocar su cabellera rubia. Sintió la niña la caricia y volvió a plegar los labios como si sonriese.

—¡Vive! ¡Vive! –gritaba el padre estremecido de pies a cabeza.

Se puso a quitar con ímpetu los escombros amontonados que tapaban el cuerpo de la niña, de la que sólo se veían la cabeza doblada hacia atrás y un brazo.

El equipo de salvamento agrandó el hoyo aquel en unos segundos y pronto estuvieron rodeando a la muchacha sepultada cinco o seis hombres que afanosamente apartaban el cascote que la cubría. Se vio entonces que el cuerpecito de la inocente estaba aprisionado por un bloque enorme de cemento, que si bien había resbalado sobre la viga de hierro en que la niña apoyaba la cabeza ladeándose, gracias a lo cual no la había aplastado, debía estar gravitando por su parte inferior sobre las piernecitas de le infeliz criatura. El padre intentó inútilmente mover aquella mole.

—¡Papá! –dijo Carmenchu–. ¡Papá, sácame de aquí!

Juntaron todos sus esfuerzos y quisieron levantar el bloque de cemento. Estaba empotrado en otros bloques análogos y apenas consiguieron moverlo. En cambio, la niña abrió los ojos desmesuradamente y luego los cerró haciendo rodar la cabeza sobre la viga en que la apoyaba.  

—¡Cuidado! –gritó uno–. ¡Si movemos el bloque podemos matarla!

—¡Que venga un médico!

—¡Un ingeniero para dirigir la maniobra!

—¡Una grúa!

—¡Más hombres!

—¡Lo que sea!

—¡Salven, salven ustedes a mi hija! –pedía de rodillas el padre.

Vino el jefe de los trabajos de salvamento. Para sacar de allí a la criatura sin hacerle daño había que levantar primero una serie de bloques de cemento y vigas de hierro que se empotraban los unos en los otros. Era, a lo menos, una hora de trabajo. ¡Manos a la obra!

¿Tendría la pobre víctima resistencia para esperar? Mientras se oían las voces de mando de los capataces y el resuello de los obreros que empujaban los bloques acudió el médico, quien después de pulsar aquel brazo inerte se apresuró a ponerle unas inyecciones de aceite alcanforado. La vida se le escapaba.

Reanimada por las inyecciones la niña abría los ojos e intentaba sonreír a su padre que le pasaba las manos destrozadas y temblonas por la frente de cera. Oíase el jadear angustioso de los hombres que removían los bloques. A veces una masa de escombros falta de apoyo rodaba hasta el fondo del agujero levantando una nubecilla de polvo que ponía un halo blanquecino en torno a la llama de la lámpara. El padre cubría la cabeza de la niña con su cuerpo y suspiraba:

—¡Hasta cuándo! ¡Hasta cuándo!

Media hora después, el médico tuvo que poner una nueva inyección a la niña para reanimar su corazón, que poco a poco se debilitaba. El padre junto a ella le murmuraba el oído palabras incoherentes de esperanza y alegría.

—¡Mi Carmenchu! Estate quietecita que dentro de nada ya no sufrirás más. Te vamos a sacar ahora mismo y te curaremos muy bien para que no te duela… Vendrás a casa y podrás jugar y correr y divertirte… Se acabará la guerra… y tendrás un vestido bonito… y no habrá aviones ni bombas… e iremos al bosque y a la playa… y nos reiremos mucho, mucho. ¡Porque ya no habrá guerra!

La niña escuchaba con los ojos cerrados aquella letanía pueril que debía llegar como una brisa hasta el fondo de su alma en lucha por desasirse de aquel cuerpecillo mutilado. Los hombres rudos que forcejeaban incansables para apartar los escombros tenían lágrimas en los ojos.

Cuando al fin consiguieron dejar libre y descarnado el bloque de cemento que aprisionaba a la niña habían pasado dos horas y estaba ya amaneciendo.

Agrupáronse entonces todos ellos y en medio de un silencio imponente se oyó la voz de mando de un capataz, resonó unánime el estertor de aquellos pechos contraídos por el esfuerzo y el bloque fue alzado en vilo. El padre tiró suavemente de la criatura y con ella en brazos, estrechándola contra su pecho, salió de la hoyanca y se sentó en un promontorio de escombros mientras el médico, de rodillas ante él, examinaba las horribles magulladuras que tenía el breve cuerpecillo. La claridad difusa del alba luchaba ya con la masa de luz compacta del mechero de acetileno. El médico suspendió de improviso su exploración de las heridas, pulsó la muñeca de Carmenchu que colgaba inerte y después se irguió sin decir palabra. El padre le miraba fijamente a los ojos sin atreverse a preguntar.

En aquel instante hendieron el silencio del alba las vibraciones alarmantes de las sirenas. Todos alzaron los ojos hacia el cielo lechoso del amanecer. Sobre las crestas del Sollube aparecían otra vez los puntos refulgentes de una escuadrilla de aviones fascistas. Las sirenas marcaron insistentes la señal de peligro y las cuadrillas de trabajadores tuvieron que retirarse a los refugios. En unos segundos quedó desierta aquella vasta extensión de ruinas donde los hombres, como hormiguitas, se afanaban por salvar unas vidas que otros hombres se obstinaban en destruir. Sobre aquella desolación de escombros no quedó más alma viviente que aquel padre sentado en un promontorio de cascote con el cadáver caliente de su hija entre los brazos.

Los aviones de bombardeo alemanes e italianos se abatieron como aves de presa sobre el caserío de la villa dormida. Pronto comenzaron a sentirse las formidables explosiones que desgarraban las entrañas de la población. El eco de las montañas repetía indefinidamente los estampidos: vibraban en el aire los proyectiles lanzados por los cañones antiaéreos, crepitaban las ametralladoras y en medio de aquel estruendo apocalíptico, el padre aquel, con su hija muerta entre los brazos, permanecía absorto, indiferente al espantoso desencadenamiento de todas las potencias de destrucción provocado por aquella monstruosa concepción de la guerra total.

Cuando los aviones de bombardeo hubieron arrojado su carga sobre las vulnerables viviendas urbanas se abatieron a su vez sobre ellas los pequeños aviones de caza que volando a ras de los tejados barrían las calles con el plomo de sus ametralladoras.

Uno de aquellos aviones minúsculos bajó inclinando el ala hacia tierra en un viraje audaz hasta volar a pocos metros de altura sobre la explanada cubierta de escombros. Describió un círculo completo en torno a aquella figura inmóvil del padre infeliz, que ni siquiera alzó la cabeza para mirarlo. Luego, cuando ya se iba, al remontar el vuelo, el avión escupió sobre aquella figura que parecía petrificada la rociada de plomo de su ametralladora.

Las balas fustigaron el aire y la tierra en torno suyo, pero el hombre no se movió. El dolor le había hecho invulnerable e invencible.

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      PAISA, por Dios Grande, no tirar. Yo estar rojo.
      Con los brazos en alto, las manos abiertas, una pierna tinta en sangre y las verdes pupilas dilatadas por el espanto, Mohamed se rendía. Había arrojado el fusil al suelo en señal de sumisión y, colocado delante del peñasco tras el que estuvo defendiéndose, esperaba a que fuesen a capturarle. Los rojos, venteando una añagaza del moro, no se decidían a salir a cuerpo limpio y seguían tiroteandole desde los lugares protegidos en que se habían atrincherado para cercarle. De vez en cuando, el chasquido de una bala arrancaba una lasca al peñasco donde se destacaba la silueta estirada de Mohamed cada vez más maravillado de que después de tanto tirarle no le hubiesen dado todavía.
      _No tirar _gritaba con voz angustiada_. Yo estar rojo; yo estar república.
      Los rojos, desde sus parapetos, seguían tirando al blanco sobre él. Pero no le daban. Mohamed, estupefacto al ver que las balas pasaban junto a su cabeza sin herirle empezó a sentir cierto desprecio por aquellos torpes tiradores. Estaba seguro de que él no hubiese marrado al primer golpe. Y tan desdeñoso concepto formó de ellos que pensó en coger otra vez el fusil y seguir luchando seguro de vencer a tan incapaces guerreros. Uno de ellos pareció decidirse al fin a echar el cuerpo fuera del parapeto.
      _¡Ríndete! _le gritó.
      Los otros tres enemigos que le tenían cercado fueron asomando la gaita cautamente.
      _¡Ríndete! _le repetían.
      Mohamed, que se había rendido hacía mucho tiempo, no se explicaba aquel miedo y aquellas precauciones excesivas de cuatro hombres armados contra uno solo, herido e inerme. Cuando vio en torno suyo a los cuatro milicianos, que todavía no osaban acercársele y consideró la menguada estatura que tenían y las viejas escopetas de que estaban
armados, sintió por ellos un infinito desprecio desde el fondo de su alma de guerrero africano y, olvidándose de su pierna inútil, atravesada ya por un balazo, se resolvió a emprender de nuevo la lucha.
      Los dejó confiarse poco a poco. Escondida entre los pliegues del jaque conservaba su afilada gumía y el fusil, previsoramente cargado, estaba aún en el suelo al alcance de su mano. Acechó el instante preciso, y rápido como una centella, empuñó el cuchillo, lo hundió en el cuerpo del miliciano que tenía más cerca, se agachó para coger el fusil, disparó contra otro y se volvió hacia el tercero que tirando la escopeta daba ya media vuelta y echaba a correr. No tuvo tiempo de disparar. El cuarto miliciano, un cabrero serrano, achaparrado y recio, se tiró sobre él embistiéndole con la cabezota como un jabalí.
      Rodaron por tierra el moro y el cabrero. Estrechamente abrazados se debatían en el suelo. Hubo un instante en el que los dos hombres atenazados mutuamente cruzaron una mirada feroz. La pupila felina del guerrero bereber clavó su saeta verde en el ojo negro, estriado de sangre y de bilis, del castellano. Torció el moro la vista esquivando la monstruosa ferocidad de aquella mirada turbia. El cabrero estiró el cuello corto y ancho, abrió las fauces y hundió los colmillos en la
garganta del moro que torciéndose de dolor logró incorporarse en un esfuerzo desesperado y lanzó violentamente al espacio aquel cuerpo recio que se aferraba a sus carnes con la tenaza de sus mandíbulas anchas de animal de presa. No consintió desasirle hasta que sintió los agudos colmillos resbalando por su carne desgarrada. Requirió de nuevo la gumía, pero antes de que pudiera acercarse otra vez al cabrero, este, voleando el brazo con un peñasco de aristas afiladas
prendido en el puño, le disparó un certero cantazo en la frente que le hizo caer a tierra sin sentido. Con una furia salvaje el cabrero se precipitó sobre él y estuvo machacándole a placer la cabeza.
      Cuando lo dejó por muerto acudió en auxilio de sus camaradas.
      Sólo el que había recibido el golpe de la gumía estaba herido y no de gravedad; la hoja le había resbalado por el hueso de la cadera. El otro miliciano, que no había sido alcanzado por el disparo del moro, y el que echó a correr aterrorizado y volvió luego que pasó el peligro, cargaron con el herido y lo llevaron a una choza de pastor cercana donde le acomodaron en el lomo de una mula para llevado a Monreal a que lo curasen.
      Resultó, contra lo que suponían, que el moro estaba vivo todavía. Debía tener siete vidas. Con una pierna atravesada por un balazo, la cabeza machacada y la piel del cuello desprendida a colgajos, se incorporó poco después y aún trató de huir. No había conseguido ponerse en pie cuando se desplomó de nuevo.
      _¿Lo remato? _preguntó al vedo exánime el miliciano que había huido antes. Y apuntaba a la rapada cabeza del moro con la culata de su escopeta que había empuñado por el cañón.
      _No; déjalo _le respondió el cabrero_; vamos a llevado vivo al pueblo. A ver si nos dan por él algún dinero.
      _Por un lobo muerto daban los alcaldes cinco duros; por un moro vivo deben dar lo menos cincuenta.
      Y con esta agradable perspectiva maniataron al moro y lo pusieron atravesado sobre el lomo de un borriquillo al que arrearon camino de Monreal. Iba el moro atado a la albarda del pollino y de la cabeza colgante se le desprendían unos gruesos goterones de sangre que dejaban marcado el rastro de la caravana por los vericueto de la sierra.
      El pueblo estaba lejos, allá abajo, en una planicie del valle del Tiétar que verdeaba a la sombra de los montes de Gredos, el Almanzor y los Galayos, gigantes centinelas que cerraban el paso al ejército sublevado. Partiendo de Ávila las tropas rebeldes intentaban atravesar los puertos de la sierra para descolgarse sobre el valle que estaba en poder de las fuerzas leales y abrirse así un nuevo camino hacia Madrid. Los milicianos de la República se habían hecho fuertes en las cimas de las montañas; los pueblecitos del valle, situados a treinta o cuarenta kilómetros del frente, confiando en que los rebeldes no podrían forzar los pasos de la sierra, hacían con una relativa seguridad la vida normal de las poblaciones de retaguardia; organizaban hospitales, improvisaban cárceles en las que encerrar a los reaccionarios y creaban milicias en las que enrolaban a todos los hombres útiles que, provistos de viejas escopetas de caza, patrullaban por los campos prestando servicios de vigilancia.
      Una de aquellas patrullas de aldeanos era la que había descubierto al moro Mohamed en uno de los rincones más inextricables de la sierra. La presencia de un moro en aquel paraje era incomprensible. Se creía que las tropas rebeldes estaban aún al otro lado de las montañas y no había noticia de que hubiesen podido forzar los pasos. No sabían los aldeanos que la noche anterior una punta de vanguardia del ejército rebelde formada por moros y legionarios se había infiltrado por uno de los pasos menos accesibles y avanzaba por la retaguardia de los milicianos que defendían las gargantas de la montaña, con el propósito de sorprenderlos atacándolos por la espalda. Separado del núcleo de estas fuerzas, seguramente para dedicarse a merodear por las míseras viviendas serranas, el moro Mohamed se había extraviado y caminando al azar se encontró con la patrulla de milicianos que lo había capturado.
      La entrada del moro y sus aprehensores en Monreal fue un gran espectáculo. Nadie en el pueblo imaginaba que fuese verosímil el hecho de cazar un moro dentro del término municipal y todos los vecinos acudían a ver con sus propios ojos la extraña caza a la que miraban como a una alimaña más rara y difícil aún que la propia cabra hispánica de aquella serranía.
Acudieron los miembros del comité revolucionario local que se llevaron al prisionero para someterlo a un minucioso interrogatorio del que no sacaron en limpio más que aquellas palabras confusas, las únicas que en castellano sabía y que repetía sin cesar.
_No matar. Por Dios Grande, no matar. Moro estar rojo.
En el seno del comité se entabló entonces un largo debate sobre lo que debía hacerse en aquel caso insólito. Los delegados republicanos eran partidarios de que el prisionero fuera conducido hasta
Madrid y entregado al Gobierno; los anarquistas creían que lo lógico era dejarlo en completa libertad, para que se redimiera de su pasada servidumbre y se convirtiese en un libre y digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas estimaban que lo más razonable era curarle primero y luego inscribirle en las milicias y mandarle al campo para que luchase contra los rebeldes, debidamente vigilado, claro es. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos y responsables que se aglomeraban en la plaza, pedía unánimemente que se le entregase al prisionero para darse la satisfacción de matado. Era lo menos que se podía pedir.
      Como no se ponían de acuerdo, pasaba el tiempo y el moro estaba cada vez más alicaído hasta el punto de que amenazaba con morirse frustrando así el interesante debate; se tomó provisionalmente el acuerdo de que el prisionero fuese conducido al hospital de sangre recién instalado en Monreal donde, por lo pronto, le prestarían asistencia facultativa. Y al hospital se lo llevaron. En el trayecto, un miliciano quiso hacer una fotografía del prisionero para mandarla a los periódicos ilustrados. Pusieron al moro junto a una pared para retratado, pero cuando él advirtió la maniobra se abalanzó sobre el fotógrafo como una fiera, no hubo modo de que se dejase retratar; cada vez que el miliciano intentaba enfocado, el moro, creyendo que le iban a fusilar huía con las ansias de la muerte. No había visto
de seguro en su vida una cámara fotográfica.
      Cuando se halló al fin en la mesa de operaciones del hospital se sintió revivir. El médico, los practicantes y las enfermeras, con sus batas blancas le rodeaban solícitos. Durante un par de horas estuvieron haciéndole una cura minuciosísima. Le trataron con gran esmero y delicadeza, pusieron tan humanitario celo en aminorar las intervenciones dolorosas y le vendaron con tanto tacto y suavidad que en la cara contraída de dolor y de pánico del guerrero africano
comenzó a dibujarse una tierna sonrisa de gratitud. Aquellas enfermeras rojas debieron antojársele verdaderas huríes del Paraíso.
      Entre tanto el comité revolucionario había continuado su brillante discusión teórica que terminó tempestuosamente. La voz ronca del pueblo llevada por el cabrero que había capturado al moro, y por otros muchos cabreros, trajinantes y pastores, dominó los discursos de aquellos teorizantes. El moro era del pueblo, porque del pueblo eran los milicianos, que lo habían capturado. Ni se enviaba a Madrid ni se le dejaba en libertad, ni se le hacía miliciano. Había que entregárselo al pueblo para que hiciese con él su soberana voluntad. Y, como los responsables no lo entregaban por
las buenas, los vecinos decidieron apoderarse de él por las malas, y un grupo armado se presentó en el hospital, recogió al prisionero de las manos suaves de las enfermeras, lo sacó a un callejón y lo puso
contra una pared.
      El moro, que se había visto tratado con tanto cariño, no sentía ya ningún recelo y cuando lo colocaron delante de la tapia, sonrió ingenuamente a los milicianos. Debió imaginarse que iban a retratado otra vez.
      No tuvo tiempo de maravillarse cuando vio que los milicianos se echaban los fusiles a la cara. Cayó acribillado, todavía con su estúpida sonrisa en los labios.
      A estas horas el alma en pena del moro Mohamed debe andar vacando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntade: «¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?».
                                                                                        * * *
      Aquella noche los caídes de la mehala aguardaron inútilmente en su tienda el té con yerbabuena que habitualmente les servía Mohamed. Una patrulla anduvo buscándole por el monte infructuosamente.
      De madrugada, cuando ya se perdió toda esperanza de encontrarle, uno de los caídos, echado en un rincón bajo el techo de lona de la tienda, fumaba silencioso su pipa de kiff y con los párpados entornados evocaba entristecido la figura del infortunado Mohamed, el valiente soldado que durante tantos años había sido su leal escudero, su hermano de guerra más que su servidor. Nacidos ambos en el mismo poblado de Ait el Jens del lado de allá de la cordillera del Atlas, donde los bravos guerreros bereberes de ojos azules y piel blanca guerrean desde que nacen hasta que mueren, con los
nómadas del desierto, no se habían separado jamás. Juntos habían luchado desde la adolescencia, primero para tener a raya a los gazis, que formaban los famélicos pobladores del Sahara con el anhelo de invadir las praderas jugosas del Sus y el Nun; luego, acaudillados por el Sultán Azul que los llevó victoriosos hasta Marrakech; más tarde en las caballerescas contiendas que sostenían entre sí las fracciones de la belicosa cabila de Bu Amaran y, finalmente, en la desastrosa campaña contra las columnas francesas que cuatro años antes les habían arrollado hasta más allá de las orillas del Draa, en los confines del Desierto. La llegada de los militares españoles a Ifni les había librado de tener que refugiarse en el Sahara perseguidos por el ejército francés y aquellos indomables guerreros se habían puesto gustosamente al servicio de los militares españoles que les ofrecían, junto con la ilusión de la revancha contra los franceses, los saneados pluses de las tropas coloniales y, sobre todo, el derecho a conservar las armas.
      Cuando los jefes militares del territorio les dijeron que tenían que ir a España a luchar contra los rojos apoyados por Francia y Rusia, aquellos guerreros natos, leales como buenos musulmanes a los pactos de amistad, se prestaron de buen grado a combatir. Les dieron buenas armas alemanas y los embarcaron con rumbo a España, donde las grandes ciudades, con su exhibición de riqueza y, sobre todo, con los tentadores escaparates de sus relojerías y sus sugestivas tiendas de espejos, colmaban las esperanzas de botín que habían concebido. Luego, fieles a la palabra dada y esclavos de la disciplina de la guerra, habían luchado como buenos contra masas enormes de soldados rojos que «no sabían manera» y se hacían matar o huían como conejos. Orgullosos de su brillante papel de conquistadores se dejaban obsequiar por las mujeres y
los hebreos (para ellos, todas aquellas gentes que no guerreaban eran miserables hebreos) que en las ciudades por que atravesaban los aclamaban en los desfiles y les regalaban estampitas y medallas que ellos aceptaban con la soberbia indiferencia de los creyentes de la fe verdadera. Si cualquiera de aquellos amables señores que tanto festejaban a los heroicos guerreros bereberes hubiese podido adivinar el pensamiento profundo y el sentir auténtico de aquellos
impasibles soldados, sus almas de cristianos y civilizados se hubiesen horrorizado.
      Ahora, entristecido por la desaparición de su amado Mohamed, el viejo caíd salió de su tienda de campaña en la que dormían ya los demás oficiales moros y estuvo paseando por el monte a la luz de la luna que se filtraba por las espesas copas de los pinos. El aire delgado de la sierra de Gredos acariciaba la tez curtida del caíd.
      Poco a poco habían ido extinguiéndose los fuegos del vivac. Sólo una lámina de luz rojiza escapada de la tienda de los oficiales europeos quedaba ya en el campamento. El caíd se acercó atraído por aquella luz y por el bullicio que dentro se sentía. Los oficiales festejaban ruidosamente el triunfo de la jornada anterior y brindaban por el éxito de la operación del día siguiente. Sus risas y sus canciones entristecieron aún más al caíd. Largo rato estuvo el guerrero africano considerando aquella jubilosa algarabía y lentamente el curso de sus reflexiones fue suscitando en su dormida conciencia
un fuerte sentimiento de desdén y de odio hacia aquellas gentes que bebían y cantaban celebrando las victorias que con sangre de los moros, sus hermanos, se pagaban, mientras él vagaba por la noche solitario y con la congoja de haber perdido para siempre a su fiel Mohamed, cuya muerte nadie más que él en aquel mundo extraño sentiría.
      Alguien levantó el lienzo que tapaba la entrada de la tienda y salió. El caíd quiso ocultarse pero no tuvo tiempo.
      _¿Qué haces aquí, caíd? _le preguntó cuando le hubo reconocido el oficial que había salido de la tienda.
      _Estaba triste y paseaba _respondió.
      _Entra, bebe con nosotros y te divertirás un poco.
      Le hicieron entrar en la tienda y le ofrecieron vino. No lo quiso tomar.
      _El caíd está triste porque los rojos han cazado esta tarde a uno de sus más bravos mejazníes, al valiente Mohamed _explicó entonces uno de los tenientes.
      El caíd asintió con la cabeza y para disculparse se sonrió con la ceremoniosa sonrisa de los musulmanes.
      _Pues bebe, bebe un poco y te alegrarás _insistieron.
      _¡Dejadle! _gritó un oficial del Tercio que estaba ya concienzudamente borracho_. Los moros son unos idiotas que no saben quitarse las penas bebiendo. Yo conozco a los moros. Al caíd le han matado a uno de sus hombres y no estará contento hasta que logre vengarse. ¿No es eso, caíd? Quieres vengarte, ¿verdad? Espera, espera ... Mañana vengaremos a tu fiel Mohamed. ¿Cuántas orejas de milicianos rojos quieres que corte mañana mi gente en memoria de tu Mohamed? ¿Cuántas? ¿Mil? ¿Diez mil? ¿Quieres que mis hombres te traigan las orejas del mismísimo presidente de la República?
¡No te pongas triste, caíd! ¡Mañana tendrás las orejas de Azaña! ¡Te lo juro! ¡Míralas! ¡Por estas que son cruces! _Y abrazaba tiernamente al caíd y le besaba llenándole de baba la cara grave y noble.
                                                                                                         
* * *
      Cuando los habitantes de los pueblecitos del valle se dieron cuenta de que las vanguardias de moros y regulares habían atravesado por sorpresa las gargantas de la montaña y se descolgaban por la ladera, era ya inútil toda resistencia. No había en el valle más fuerza que las de las milicias locales, ni más armas que las que tenían los campesinos. La noticia de que los moros yel Tercio bajaban del monte asolando el país y fusilando a cuantos hombres encontraban, congregó en las plazas de los pueblos aterrorizados a los millares de campesinos que estaban dispuestos a vender caras sus vidas.
      _¡Armas! ¡Armas! _gritaban desesperados.
      Era inútil. No las había. Las masas de campesinos armados con palos, hondas, hoces y viejas escopetas, estaban dispuestas a luchar sin embargo. Acudió a última hora una columna de milicianos enviados por el Gobierno de Madrid y a ella se incorporaron los mozos más corajudos de los pueblos del valle.
      _¡Camarada comandante, déjenos ir con la tropa! _pedían al jefe de la expedición.
      _¡Pero si no tengo fusiles! ¡Si no puedo daros ni uno! ¿Con qué vais a luchar? _replicaba desolado el comandante.
      _No importa; iremos detrás de los milicianos y cuando caiga alguno cogeremos su fusil y seguiremos luchando.
      Así se organizó la columna que había de contener el avance por el valle de los moros y el Tercio. Detrás de cada hombre con fusil iba otro con los puños crispados que esperaba a que el fusilero cayese para apoderarse del arma y seguir disparando. Pocas veces la voluntad de un pueblo se ha mostrado con tan desesperado heroísmo.
      Arrastrados por un odio feroz a los invasores, aquellos campesinos de las entrañas de Castilla, aquellos pastores y aquellos braceros de la sierra de Gredos iban a oponer sus pechos como barrera al avance de las tropas coloniales.
      La heroica resistencia se quebró al primer choque. Con el corazón no basta. Faltaban armas y disciplina. Los campesinos fueron derrotados y su desesperada resistencia no sirvió más que para irritar a los militares que dieron rienda suelta a sus hombres y los dejaron desparramarse por el valle sembrando la muerte y la desolación.
Los grupos de campesinos armados huyeron a la montaña adonde los persiguieron sañudamente las patrullas de moros y legionarios que les infligieron un castigo implacable. Los prisioneros fueron fusilados en racimos. Hasta bien entrada la noche estuvieron sonando en los pinares próximos a Monreal las descargas de la fusilería.
Los jefes y oficiales de la columna victoriosa fueron concentrándose
en la plaza mayor del pueblo. El último en llegar fue el viejo caíd. Venía al frente de una tropilla de soldados moros que traían los ojos brillantes, las fauces abiertas y la espalda abrumada bajo los pesados fardos que delataban la rapiña. Alguno de ellos llevaba los brazos cubiertos hasta el codo de relojes de pulsera, la prenda que más excitaba la codicia de aquellos bárbaros y pueriles guerreros.
Cuando el caíd se acercó al grupo de oficiales y se cuadró ante ellos llevando la mano derecha al filo del fez, vio que se le adelantaba con los brazos abiertos el oficial del Tercio que la noche anterior le había ofrecido vengar la muerte de Mohamed. Palmoteándole jovialmente en la espalda le dijo el oficial:
_Bravo caíd, tú y tus hombres os habéis portado valientemente. No creas que yo y los míos nos hemos olvidado de lo que prometí anoche. Las orejas del presidente de la República no las tenemos todavía, pero ahí tienes un buen anticipo.
      Y llamó a su asistente, tomó de manos de este un abultado zurróny lo tiró a los pies del caíd.
      _Toma _le dijo_; creo que está bien vengada la muerte de tu mejazni. Ahí tienes cincuenta orejas de marxistas.
Por la boca del zurrón entreabierto salían en efecto unas piltrafas sanguinolentas.
                                                                                                      
* * *
      En tres días impusieron los militares el orden y la paz en todo el valle del Tiétar. Nada más sencillo. Los campesinos supervivientes volvieron dócilmente a sus labores. Ya no hubo más huelgas ni disputas por los jornales; se volvió a trabajar de sol a sol como era tradicional en el campo y los puños cerrados de antes se convirtieron en brazos extendidos y manos abiertas. La Guardia Civil volvió a ser dueña y señora de los campos y los falangistas organizaron meticulosamente la vida de lo s pueblos. Las mismas cárceles habilitadas por los rojos para encerrar a los reaccionarios fueron utilizadas por los fascistas como prisión para los rojos.
      Las tropas abandonaron pronto la comarca. El caíd y sus hombres fueron trasladados al frente de Madrid, donde, siempre en vanguardia, volvieron a luchar con aquel heroico tesón y aquella sufrida resistencia para las penalidades de la campaña que eran la más firme esperanza de triunfo con que contaba el ejército rebelde. Íntimamente, los guerreros africanos se sentían orgullosos de ser ellos el más firme sostén de la rebeldía. Su vanidad estaba colmada. España, aquel pueblo blando, de «hebreos que no sabían luchan, se replegaba ante los envites de los moros forrucos. Una voz ancestral, un anhelo de revancha insatisfecho durante muchas generaciones, florecía de nuevo y, empujados por aquellas remotas ambiciones de la raza, los guerreros árabes y bereberes se tiraban a pecho descubierto contra las trincheras de los rojos y perecían dichosos. Por el solo hecho de tener a los alcances de sus fusiles a los europeos, a los infieles, a los dominadores del Islam, valía la pena arriesgar la vida. Y un buen precio para ella era el orgullo de vedas correr aterrorizados.
      El caíd y sus hombres llegaron casi sin lucha hasta la Casa de Campo y desde allí se les lanzó al asalto por sorpresa de la Ciudad Universitaria. Desde las colinas en que se atrincheraron se divisaba el panorama de Madrid a una clara luz velazqueña. Aquella masa compacta de enormes edificaciones que se extendía hasta el infinito maravillaba a los marroquíes. Madrid se ofrecía a sus ojos absortos como una ciudad fantástica de Las mil y una noches. Cuando al
anochecer veían brillar los millones de lucecitas de la urbe y pensaban que todo aquello, aquel mundo de riquezas fabulosas, aquella inmensidad de tesoros, estaban a merced de ellos, de su valor, del coraje y la acometividad de cada uno, un orgullo satánico hinchaba los pechos de los bravos guerreros del Rif de Yebala y del Atlas, que hasta aquel instante venturoso habían luchado y se habían hecho matar simplemente por la conquista de un mísero aduar, por un
prado en el que pudiesen pastar sus rebaños o por el tenue hilillo de agua de un oasis del Sahara. La plena conciencia del propio valer, la convicción de que eran ellos, los moros, los míseros cabileños, los sistemáticamente humillados y vencidos por los cañones y los fusiles europeos, quienes en aquel instante decidirían la suerte de aquella ciudad de ensueño, brindada a su furia vengadora, redoblaban su coraje y acometividad.
      El primer día de asalto a Madrid los moros se lanzaron con un ímpetu avasallador. Desplegados en guerrilla, con el cuerpo echado hacia adelante y ululando ferozmente, avanzaban paso a paso pateando el barro bajo un diluvio de metralla. Segados por el fuego de los rojos tuvieron que retroceder por dos veces y otras tantas volvieron al asalto con redoblada ferocidad. A la tercera intentona llegaron hasta las primeras trincheras de los milicianos republicanos y allí,
por primera vez, se encontraron cuerpo a cuerpo los bárbaros guerreros africanos y los duros luchadores del proletariado de la gran ciudad europea y civilizada. Aquel día aprendieron los moros que no todos los españoles eran «miserables hebreos» y que en aquella España que desde su altiva superioridad guerrera desdeñaban, había una entraña dura y un ímpetu vital que no cedían al viento asolador del desierto.
      Durante el asalto a la trinchera el viejo caíd descubrió a un miliciano rojo que, agazapado detrás de unos sacos terreros, junto a un boquete abierto en el parapeto por la explosión de un obús, aguantaba a pie firme la llegada de los soldados marroquíes que pretendían invadir la trinchera por aquel agujero y, volteando como uno maza la culata de su fusil, los iba abatiendo con una furia terrible. Era un hombre recio, con traje azul de mecánico, arremangados los brazos
musculosos de forjador y un júbilo salvaje en la cara radiante. Cada vez que machacaba el cráneo de un enemigo con uno de aquellos certeros golpes, cuya matemática precisión delataba al buen operario, al trabajador concienzudo y seguro, saltaba de contento y se jaleaba a sí mismo con su pintoresco verbo de ciudadano de arrabal.
      _¡Olé los tíos! _se gritaba_. ¡Otro moreno para el arrastre! ¡Venid acá, guapos, que os vaya dar para el pelo! ¿Queréis cobrar? ¡Olé mi menda golosa!
      El astuto caíd se abrió camino a tiro limpio y hurtándose a las balas de los rojos llegó, por detrás, hasta donde estaba aquel terrible enemigo; puso en ristre el fusil con la bayoneta calada y tomando impulso se lanzó tras él en el preciso instante en que, una vez más, el miliciano alzaba la masa de su fusil para descargada sobre una nueva víctima. Ni el miliciano ni el caíd marraron el golpe. Otro soldado marroquí cayó en el fondo de la trinchera con la cabeza machacada, pero casi simultáneamente se abatió sobre él violentamente el cuerpo recio del miliciano rojo con la espalda traspasada
por la bayoneta del caíd. Al caer en el foso la cabeza del miliciano fue a dar en el pecho de su última víctima que aún alentaba. Intentó incorporarse con las ansias de la muerte pero le faltaron las fuerzas y cayó de bruces. Su cara se aplastó sobre el rostro ensangrentado del moro. Su mirada turbia recorrió de cerca la faz espantable del marroquí moribundo y aún tuvo alma bastante para balbucear:
      _¡Qué feo eres, chato!
      Procuró reclinar la cabeza sobre la mejilla del moro y se resignó a morir musitando fraternalmente:
      _¡Ya nos han dao, chato! ¡Mala suerte, tú!
      Sobre sus cuerpos inertes pasaban los moros por aquel boquete que el caíd mantuvo abierto. Pronto la trinchera estuvo limpia de milicianos. Los rojos se batían en retirada y los bravos guerreros africanos lograban una nueva victoria.
Pero la firme resistencia de los milicianos no se había quebrado más que en aquel punto donde los moros llevaron el peso del ataque. El resto de la línea republicana se mantuvo firme y los asaltos sucesivos que intentaron la legión, los requetés y los falangistas se estrellaron impotentes ante la resistencia desesperada de los defensores de Madrid.
      El avance de los marroquíes, no secundado por las restantes fuerzas rebeldes, formó en la línea del frente una bolsa que corría el peligro de ser estrangulada. El mando faccioso, seguro del tesón de sus soldados africanos, no creyó necesario rectificar el frente después de la operación y el caíd y sus hombres quedaron aquella noche en las trincheras
que acababan de tomar a los rojos en las que procuraron fortificarse.
      Durante toda la noche los estuvieron hostilizando por los flancos. Al amanecer, las baterías gubernamentales comenzaron a dejar caer abuses sobre la posición y desde los flancos los morteros vomitaron su metralla sobre los marroquíes hora tras hora.
      Pegados a la tierra aguantaron los moros aquel diluvio de fuego. Intentaron hacer un avance y fueron diezmados. Nadie acudía en auxilio de aquel puñado de valientes y el caíd tuvo que resignarse a dar la orden de retirada.
      Pero ya era tarde. Las líneas rojas de los flancos se habían alargado cerrando la bolsa que formaba la posición y cogiendo entre dos fuegos a los marroquíes. La operación fue tan rápida y perfecta que los moros al intentar la huida tropezaron con las bocas de los fusiles republicanos y no tuvieron acción más que para levantar los brazos y rendirse. El grupo, formado ya escasamente por unos treinta o cuarenta hombres, se arremolinó en torno al caíd mientras los rojos seguían haciendo fuego a mansalva sobre ellos. Abatidos por el plomo de los milicianos atrincherados caían unos tras otros los guerreros africanos. El viejo caíd, sorprendido y desconcertado por el pánico insuperable de sus hombres que se dejaban matar como corderos, intentó, inútilmente, hacerlos reaccionar echándose hacia adelante. Le dejaron sólo en medio de una lluvia de balas que por verdadero prodigio no le tocaban. Allí hubieran perecido todos si una voz potente
que salió del lado de allá de la trinchera no hubiese gritado:
      _¡Alto el fuego!
      Sólo se oía ya algún que otro disparo suelto cuando saltó de la trinchera un miliciano rojo con un fusil ametrallador en ristre y encarándose con el caíd le conminó:
      _¡Ríndete o te mato!
      El caíd, dócil y resignado ante la fatalidad, alzó los brazos y se dejó empujar con el cañón del arma hasta el fondo de la trinchera donde se precipitaron sobre él los milicianos.
      Tras él fueron apresados los marroquíes supervivientes. Empujados a culatazos los llevaron por las trincheras. Perdida súbitamente la moral, aquellos feroces guerreros miraban humildemente a los milicianos demandándoles piedad con la misma mirada triste y humillada de las fieras que se sienten cogidas en el cepo.
      Uno de los moros quiso conjurar el culatazo con que le amenazaba al pasar un miliciano y no encontró mejor arbitrio que el de levantar el puño cerrado y ponerse a gritar con su lengua torpe:
      _¡Vivan los rojos!
      _¡Moros estar rojos! ¡Moros estar rojos! _gritaron todos creyendo ingenuamente que con este sencillo ardid conseguirían salvar sus vidas. A los milicianos les divertía, efectivamente, ver a los cabileños levantando el puño, y les hacía gracia oírles dando unos destemplados y entusiásticos vítores a la República.
      Un miliciano de gesto duro y pelo entrecano se acercó al viejo caíd que permanecía impasible y le preguntó:
      _¿Tú no estar rojo también?
      El caíd posó en él sus ojos claros y contestó con voz firme:
      _No. Yo estar moro.
      _¡A matarle! ¡A matarle! _gritaron furiosos los milicianos. Uno de ellos apretó el cañón de su fusil contra el pecho del caíd. El veterano que le había interrogado desvió el arma.
      _¿Por qué vais a matade? ¿Porque es un hombre honrado?
      _¡Le mato porque me da la gana! _replicó furioso el miliciano_. Y te mato a ti también si te pones por medio.
      El veterano sacó el cuchillo y se puso en guardia. Intervinieron los demás camaradas y los apaciguaron. A duras penas sacaron con vida de las primeras líneas al caíd y a sus hombres. Fueron llevados al puesto de mando del sector donde los interrogaron someramente.
      Se dispuso que los condujesen a Madrid en una camioneta.
      Entre los milicianos designados para custodiados se hallaba el veterano que había defendido al caíd. Era un hombre de unos cincuenta años, alto, enjuto y grave: la barba crecida y cenicienta y la tez curtida de estar en las trincheras habían borrado su aspecto habitual de ciudadano y le daban un raro parecido físico con el caíd.
      Sentados el uno aliado del otro en la batea del camión que les conducía a Madrid hubiérase dicho que eran dos hermanos de raza.
      Cuando entraron por las calles de la capital, los moros, maravillados, se incorporaron para presenciar el espectáculo de la gran ciudad. El caíd que había soñado con hacer una entrada triunfal al frente de su hueste, no quiso volver la cabeza. Aprovechó un instante en que sus hombres no le miraban para coger una de las manos del miliciano llevársela a los labios, besarla y decirle:
      _Moro estar agradecido.
      El miliciano, confuso, huía la mirada del moro.
      _¡Te matarán, moro, te matarán! ¡No te hagas ilusiones!
      Y para no dejarle lugar a dudas hacía ademán de cortar señalando a su garganta. El caíd, sereno, respondía:
      _No importa. Moro estar agradecido a ti.
      La camioneta cargada de prisioneros había llegado al centro de
      Madrid. Eran las cinco de la tarde y a aquella hora las calles céntricas estaban rebosantes de una muchedumbre animada y bulliciosa.
      Los moros, puestos de pie en la batea de la camioneta, eran un espectáculo inusitado y pronto corrieron tras ellos chicos y grandes.
      En un cruce de la Gran Vía se detuvo la camioneta y pronto la rodearon millares de transeúntes ávidos de ver de cerca y de tocar a los prisioneros.
      Alguien debió creer que aquella exhibición de los moros apresados debía ser eficaz para levantar el ánimo y la moral combativa del pueblo, porque a partir de entonces la camioneta cargada con las dos docenas de cabileños supervivientes anduvo de calle en calle durante toda la tarde parándose en todas las esquinas y rodeada siempre de una masa enorme de madrileños, que se regocijaban al ver a los moros haciendo incansables el saludo anrifascista.
      _Como esos _decía jactancioso un madrileño castizo_ hemos cogido más de diez mil.
      _Es que se han sublevado, ¿sabe usted?, han degollado a Franco y se han pasado a nuestras filas _replicaba otro al que esta versión le parecía más verosímil que la de la captura de los diez mil marroquíes.
      _¡No, si los moros son muy bolcheviques! ¿Verdad, Mustafá? _preguntaba un tercero encarándose amistosamente con uno de los aturdidos prisioneros.
      Los moros, como si quisieran corroborar esta ingenua presunción se desgañitaban dando vivas a la República. Alguna vieja gruñona o algún miliciano mal encarado decían al pasar:
      _Lo que hay que hacer con todos esos tíos asesinos es fusilarlos por la espalda.
      Siempre había quien replicaba:
      _A los que hay que fusilar es a quienes los han traído, a los fascistas, cien veces más criminales que ellos.
      Porque, en realidad, la exhibición de los moros prisioneros no provocaba en la masa del pueblo una gran irritación contra ellos. El buen pueblo de Madrid consideraba a los moros _que hubieran podido entrar a sangre y fuego por sus calles y plazas_ como a instrumentos inconscientes del mal que hacían. Desde su altiva superioridad de ciudadanos
conscientes los madrileños los miraban con más lástima que rencor, como a seres inferiores, pobres bestias azuzadas. Y al verlos prisioneros levantando grotescamente el puño les daban cacahuetes como hacían con las alimañas enjauladas en la Casa de Fieras del Retiro.
      La gran masa popular, que no sabe hacer la guerra ni conoce sus exigencias, se mostraba indulgente con los moros y les hubiese perdonado la vida. Pero la guerra tiene sus terribles leyes y quienes en nombre del pueblo la hacían, decretaron implacables la muerte de los moros prisioneros. Cuando al caer la noche la multitud fue dispersándose y las calles de Madrid quedaron desiertas, la camioneta cargada con los prisioneros buscó un paraje solitario de las afueras de Madrid. Había terminado la exhibición y llegaba la hora de deshacerse de aquella carga inútil de humanidad.
      El viejo caíd, que había permanecido acurrucado en la camioneta al lado del veterano rojo que los custodiaba, volvió a cogerle la mano y le preguntó:
      _¿Matar moros ahora?
      El miliciano asintió gravemente.
      _¡Alá es grande! _fue la única respuesta del caíd.
      Después de una pausa el miliciano agregó:
      _Yo quisiera que tú vivieses. Eres todo un hombre. Pero no puedo hacer nada por ti.
      _Yo sabe; yo sabe _decía el caíd oprimiendo suavemente con su mano larga y huesuda la del miliciano_. Moro sabe que tú estar amigo aunque mates. Moro también mataría. Estar cosa de guerra y de hombres. ¡Alá es grande!
                                                                                                           
 * * *
      Los pusieron en fila contra una tapia y los segaron con las ráfagas   de plomo de una ametralladora.
 

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      UN capitán y dos tenientes iban y venían con ruido de sables y espuelas por los desiertos andenes de la estación. Al fondo, un pelotón de soldados apoyados en los fusiles. En la oficina de telégrafo el tictac sincopado del Morse bajo la coacción del comandante.
      Afuera, en el cuenco negro de la noche, unas sombras que cruzaban las vías sigilosamente y se juntaban en la penumbra para preguntarse: ¿Qué pasa?
      A la entrada de la estación, un sargento con varios soldados cortaba el paso a los viajeros que llegaban dispuestos a tomar el tren para Madrid y los obligaba a regresar a sus casas diciéndoles:
      _El tráfico está interrumpido.
      _¿Por qué? _inquirían.
      _Orden superior _era su única respuesta.
      Llegó un viajero importante que no se resignó con tan poco y logró hablar con el jefe de la fuerza.
      _¿Qué sucede, mi comandante? _le preguntó.
      _Que en Asturias los mineros han proclamado el comunismo libertario y el ejército, por orden del Gobierno, se ha incautado de las comunicaciones ferroviarias para hacer abortar el movimiento. Los revolucionarios pretenden extender su acción destructora a toda España y se teme que llegue hasta Valladolid un tren de dinarniteros.
      El viajero aquel era un hombre de orden y se volvió a su casa felicitándose de la diligencia del Gobierno y del celo del ejército.
      Entró un tren en agujas, por fin. Pero no venía cargado de dinamiteros sino de pacíficos y asustados viajeros. Un grupo de oficiales se acercó a la locomotora y se encaró con el maquinista.
      _¡Saluda como es debido! _le dijeron.
      El maquinista, sorprendido, miró al grupo de militares, echó una ojeada al andén desierto, vislumbró el pelotón de soldados y sin una vacilación alzó el puño tiznado y gritó:
      _¡Viva el Frente Popular!
      Un balazo en el pecho le hizo rodar desde la plataforma de la máquina al andén. Allí quedó boca abajo con la mejilla pegada al suelo. Un hilillo de sangre le corría por la comisura de los labios. Le echaron por encima una arpillera.
      Los militares dieron órdenes para que fuesen tomadas las portezuelas de los vagones y a los viajeros se les hizo descender, se les alineó en el andén con los brazos en alto y luego se les internó en la ciudad. La estación volvió a quedar desierta, el comandante yendo ansiosamente al telégrafo, el capitán y los tenientes yendo y viniendo silenciosos y altivos por los andenes, los soldados bostezando sobre los fusiles.
      Afuera, crecían rápidamente a favor de la oscuridad los grupos de obreros ferroviarios. En una casetilla de entrevías un aparato de radio gritaba:
      _¡A las armas, ciudadanos! ¡A las armas! ¡El ejército se ha sublevado contra el poder legítimo de la República!
      Cada vez eran más nutridos los grupos de obreros que acudían a conocer las noticias que transmitían por radio desde Madrid el Gobierno y los leaders del Frente Popular. Cuando los centinelas apostados en las vías denunciaron aquellas sospechosas concentraciones, los oficiales pusieron en movimiento a la tropa y la hicieron avanzar en dirección a los talleres y depósitos de material donde se iban juntando los obreros. Al divisar el primer grupo ordenó el capitán sin una vacilación:
      _¡Fuego!
      Había comenzado la guerra civil.
                                                                                                                     * * *
      En el hotel había tres muchachas, Rosario, Carmen y Adela, que desde el amanecer hasta que anochecía andaban trajinando por las alcobas, la cocina, el jardín y el corral. Ellas tres y un mozo con aire rudo de pastor que se embutía en un smoking grotesco para servir la mesa eran toda la servidumbre de aquel hotelito aislado en el corazón de la sierra donde veraneaban ocho o diez familias de la clase media acomodada de Madrid y de las provincias limítrofes de Castilla la Vieja.
      Las tres muchachas y el mozo eran «rojos», es decir, estaban sindicados, pertenecían a la Casa del Pueblo de Miradores y tenían su carné de socialistas. Esto hubiera sido intolerable a los ojos de aquella clientela reaccionaria de esposas de comandantes, abogadillos de grandes propietarios, pequeños rentistas y burócratas, si ellos no se lo hubieran hecho perdonar a fuerza de esmerarse en el servicio. La misma señora de Tirón, prestigioso abogado de Valladolid y significado hombre de derechas lo reconocía:
      _En ningún otro hotel de la sierra el servicio es tan bueno y tan barato.
      Por esto, y porque las tres muchachas no llegaban al extremo de negarse a ir a misa de vez en cuando, se toleraba semejante atrevimiento a unos domésticos.
      Aquella noche de un domingo de julio, Pascual, el mozo, llegó a servir la mesa un poco más tarde que de costumbre y anduvo más sofocado que nunca dentro de su smoking estrecho. Venía de la Casa del Pueblo donde había pasado la tarde y alertó a las muchachas:
      _No acostaros. Esta noche habrá acontecimientos.
      La cena fue agitada. La radio transmitía vagas referencias de una sublevación del Ejército de África y apremiantes llamadas de los partidos políticos y los sindicatos a sus afiliados. Los huéspedes del hotel soliviantados por las noticias de la rebelión militar celebraban jubilosos lo que iba a ocurrir en España.
      _¡Ya era hora de meter en cintura a esta canalla roja! _decía triunfante la señora de Tirón, mirando de reojo al mozo de comedor como si aquel rudo doméstico afiliado a un sindicato fuese la imagen viva de la anarquía.
      El señor Tirón, entusiasta filofascista, comprometido con los elementos de extrema derecha de Valladolid, quiso marcharse aquella misma noche pero no encontró chauffeur que lo llevase y tuvo que demorar la partida hasta el amanecer del día siguiente. Se acostó inquieto. España lo necesitaba. Se quedó dormido pensando en el porvenir glorioso que para la patria y para él se abría en aquellos instantes merced al ademán gallardo de los militares.
      Mientras él y los demás huéspedes del hotel dormían, soñando un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza, el criado Pascual y las tres muchachas, Rosario, Carmen y Adela, salieron sigilosos y se encaminaron a la Casa del Pueblo de Miradores, donde se habían concentrado los hombres  de izquierda del pueblo. Ya de madrugada llegó en automóvil un directivo socialista que recorría los pueblecitos serranos con instrucciones
concretas. El cabo comandante del puesto de la Guardia Civil consultó por teléfono a Madrid y recibió la orden terminante de continuar a disposición de las autoridades locales, republicanas y socialistas. No pudo impedir que antes de que amaneciese el pueblo se hubiese armado con cuantas armas encontró.
      A las siete de la mañana el criado Pascual con una vieja escopeta y un brazal rojo estaba mano a mano con otro camarada vigilando la carretera a la entrada del jardín del hotelito. Cuando el señor Tirón quiso salir se encontró con que se atravesaba en su camino la escopeta de Pascual y este muy ufano le decía con gran énfasis:
      _¡Atrás ciudadano! No se puede salir.
      _¿Quién eres tú para detenerme? ¿Quién ha dado esa orden? _rugió.
      _¡El Comité! Atrás, he dicho.
      Tirón hizo un gesto de desdén e intentó avanzar. El camarada que acompañaba a Pascual se echó la escopeta a la cara.
      _¿Le tiro? _preguntó fríamente.
      _No; espera _respondió Pascual.
      Ciego de ira y de miedo Tirón volvió la espalda precipitadamente y se metió de nuevo en el hotel mordiéndose los puños de rabia.
      Aquellos bárbaros eran capaces de matarlo.
      Esta escena produjo un gran revuelo entre los huéspedes del hotel. Reunidos en el comedor armaron una gran algarabía de protestas, amenazas, chillidos histéricos de las señoras y llantinas infantiles. Intentaron telefonear pidiendo auxilio, pero la comunicación estaba interrumpida. Quisieron salir y no los dejaron. Cuando se convencieron de que estaban «a merced de la canalla», como ellos decían, fueron resignándose y aplacándose. El tiempo pasaba y las noticias
que llegaban por radio les aconsejaban prudencia. En Madrid el Cuartel de la Montaña había sido asaltado por el pueblo, que fusiló inmediatamente a los oficiales rebeldes. A media tarde la convicción de la derrota por una parte y el hambre que sentían por otra, les hicieron deponer su hostilidad. Había que transigir. Las tres muchachas del hotel, Rosario, Carmen y Adela, que habían estado toda la mañana en el pueblo, aparecieron al fin. Venían jubilosas, con las mejillas encendidas, los ojos brillantes, unos pañuelos de seda roja al cuello y unas insignias socialistas en el pecho; la más joven, Adela, se había encasquetado el gorrillo de cuartel de un Guardia Civil.
      Entraron en el comedor levantando el puño y gritando:
      _¡Salud, camaradas!
      Esto las hacía felices. Los huéspedes las rodearon pidiéndoles ansiosamente noticias. El pueblo triunfaba. Después de vencer a los rebeldes en Madrid los obreros que se habían provisto de armas en los cuarteles asaltados salían en camiones para apoderarse de Getafe, Cuatro Vientos, Alcalá y Guadalajara. Aquella misma noche llegaría a la sierra una columna que iba de paso para Ávila, donde se habían hecho fuertes los rebeldes.
      Las señoras quedaron abatidas por estas noticias. Desfallecían de hambre; además, Rosario, Carmen y Adela, triunfantes, se brindaron a darles de comer. Pero ellas, las señoras, tenían que ayudar, ¿eh? La revolución social triunfaba y todos tenían el deber de trabajar. ¿Conformes?
      Pusieron a la esposa del comandante a pelar patatas, la señora de Tirón ayudó a encender la lumbre y el propio señor Tirón, bromeando condescendiente, estuvo poniendo la mesa bajo la dirección de Adelita que se reía de su torpeza muy divertida al ver tan amable y dócil a un señor de tantas campanillas.
      Después de la cena, ya de noche, volvieron el pesimismo y la indignación. Las tres muchachas se marcharon otra vez a la Casa del Pueblo y los huéspedes, furiosos y humillados, estuvieron discurriendo la manera de verse libres de aquella tiranía. El señor Tirón tenía un plan. Si conseguía salir del hotel tal vez pudiera ponerse en contacto con elementos derechistas de Miradores y de los pueblos próximos que, según sus noticias, estaban preparados a todo evento y habrían conseguido seguramente establecer contacto con los rebeldes. Se aventuró a salir por la puerta del corral burlando la
vigilancia de los milicianos.
      Entretanto llegaron a Miradores los primeros camiones con obreros, guardias de asalto, guardias civiles y miliciano s que venían de Madrid después de haber derrotado a los rebeldes, iban hacia Ávila. Cantando «La Internacional» a coro y levantando el puño con frenético entusiasmo arrastraban tras ellos a los mozos de los pueblos por donde pasaban. Los guardias de asalto, abrazados a los obreros y, sobre todo, los viejos guardias civiles con la guerrera por primera vez desabrochada y el tricornio nunca hasta entonces ladeado, provocaban un júbilo indescriptible en las masas populares. Ya
de madrugada salieron los camiones por la carretera de Ávila. Iban unos veinte o treinta y en ellos se amontonaban soldados, guardias, obreros, estudiantes, campesinos e incluso algunas muchachas de los arrabales madrileños. En Miradores se unió a la expedición un camión más con quince o veinte mozos del pueblo y entre ellos Pascual con las tres muchachas del hotel, Rosario, Carmen y Adela, que se lanzaron alegremente a la aventura.
      El pueblo quedó al parecer desierto. El vecindario se encerró atemorizado en sus casas. Durante toda la noche, sin embargo, unas sombras estuvieron yendo y viniendo sigilosamente por los alrededores.
      En los hoteles de los veraneantes acomodados y en las fincas de los ricos del pueblo algo se tramaba.
      Pasó en silencio toda la madrugada. A media mañana empezó a oírse distante el zumbido de la artillería. La batalla entre los milicianos que vinieron de Madrid y las tropas rebeldes que avanzaban desde Ávila debía haberse entablado en la carretera misma a quince o veinte kilómetros de Miradores.
      Primero llegó un auto ligero que siguió en dirección a Madrid a toda marcha. A la salida de Miradores le hicieron una descarga cerrada unos invisibles agresores. Luego vino un camión con heridos.
      Cuando estaban descargándolo en la plaza del pueblo fue también tiroteado.
      Al atardecer empezaron a recibirse noticias concretas de la batalla. Los militares rebeldes sólidamente atrincherados en formidables posiciones estratégicas de la sierra, desde hacía largo tiempo estudiadas y preparadas, habían ametrallado a placer a los bisoños combatientes del pueblo, que avanzaron insensatamente por el centro de la carretera amontonados en las bateas de los camiones. Les habían hecho una carnicería espantosa. Los rojos después de unas horas de resistencia desesperada tuvieron que batirse en retirada. Pero cuando regresaban derrotados a Miradores unos facciosos apostados en las casas del pueblo les hicieron un fuego mortífero.
      Hubo un momento angustioso. Los camiones que volvían del frente abarrotados de muertos y heridos se amontonaban en la plaza donde eran acribillados por los fascistas del pueblo y de los contornos que se habían parapetado en las ventanas y los tejados de las casas próximas. Suponiendo que el ejército vencedor vendría pisando los talones a los vencidos aprovechaban el desconcierto de la derrota para aniquilarlos a mansalva. Los que volvían de la batalla ilesos se
dispersaban abandonando en los camiones a los muertos y heridos.
      Rosario, Carmen y Adela que venían indemnes, pero con el terror pintado en los ojos estuvieron bregando desesperadamente bajo el fuego de los facciosos emboscadas para arrastrar el cuerpo inerte de Pascual herido de un balazo en el pecho. Cruzaron la zona batida sin abandonar a su infortunado camarada y sosteniéndolo entre las tres lo llevaron hasta el hotel. Cuando llegó estaba muerto.
      El tiroteo seguía en las calles del pueblo y en todo el contorno. A favor de la confusión y la oscuridad se presentaron a prima noche en la puerta del hotel unos automóviles con los faros apagados en los que huyeron camino de Ávila los huéspedes más decididos, la señora de Tirón entre ellos. Los otros se quedaron esperando la llegada de las tropas que consideraban inminente. Rosario, Carmen y Adela, horrorizadas, velaban el cadáver del mozo que habían depositado en
el suelo de la cocina. Los huéspedes, molestos por la presencia en el hotel de aquel muerto rojo, amenazaban a las muchachas para que se lo llevaran de allí antes de que llegasen las tropas.
      _¡Tenéis que llevaros eso de aquí! ¡Pues no faltaba más! Vendrán los militares y creerán que este hotel ha sido un nido de marxistas. ¡Echadlo a la carretera! _decían irritados.
      Pero los militares no llegaron. Después de derrotar a los republicanos se quedaron sólidamente instalados en sus posiciones estratégicas de la montaña. En cambio, dos horas más tarde llegó de Madrid otra columna de milicianos del pueblo. Los primeros camiones fueron recibidos a tiros por los fascistas emboscadas, pero la avalancha de combatientes republicanos era tal que pronto estuvo cercado el pueblo por muchos centenares de hombres armados. Madrid se despoblaba para ir a la sierra a defender la República. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, armados con los fusiles que
cogieron en los cuarteles llegaban constantemente en docenas y docenas de camiones. La presión formidable de esta gran masa humana hizo saltar de sus parapetos y escondites a los facciosos. Fueron perseguidos como alimañas y muertos allí donde se les cogía.
      El cura del pueblo estuvo hasta el último momento haciendo fuego con su carabina desde una tronera del campanario. Cuando, ya de día, los milicianos consiguieron subir a la torre se apoderaron de él, le voltearon y le lanzaron al espacio. Su sotana negra revoloteó un instante en el cielo blanquecino del amanecer como un pajarraco disparatado.
      El señor Tirón, que estuvo primero organizando la agresión junto con los caciques de los contornos y que luego tomó parte activa en la lucha haciendo fuego con un rifle sobre los camiones que llegaban cargados de milicianos, al ver perdida la partida intentó huir por la carretera de Ávila. Le cortaron el paso las patrullas rojas y tuvo que refugiarse en las calles del pueblo, pero temiendo que de un instante a otro le descubriesen y le matasen como iban haciendo los milicianos con cuantos fascistas fugitivos encontraban, se encaminó al hotel en el que entró sigilosamente por la puerta del corral que daba a la cocina. Al ver allí a Rosario, Carmen y Adela se dirigió a ellas con ademán suplicante:
      _¡Por lo que más quieran en el mundo, no me delaten!
      Ellas le miraron con odio.
      _¡No me delaten! ¡Me asesinarían! ¡Digan ustedes que no he salido del hotel en toda la noche! ¡Díganlo! ¡Por sus madres! _y les cogía las manos y quería besárselas enloquecido de pánico.
       Rosario le apartó violentamente y señalándole con ojos de loca el cadáver de Pascual tendido en el suelo le dijo:
      _¡Mira!
      Tirón vio la silueta rígida del mozo y dobló la cabeza sobre el pecho convencido de que desde aquel instante estaba irremisiblemente perdido.
      Rosario abrió la puerta con un ademán resuelto.
      _¿Adónde vas? _gritó Tirón, angustiado.
      _¡A denunciarte! ¡A hacerte pagar tus crímenes! ¡Asesino!
      Corrió desalentada hacia la oficina del comité. Al cruzar una de las callejuelas del pueblo que daban al campo oyó un grito espantado y casi simultáneamente una descarga cerrada. Se detuvo aturdida y vio cómo delante de su misma tapia por la que ella iba a pasar alzaba los brazos súbitamente un hombrecillo que acto seguido se desplomaba atravesado por los balazos de un pelotón de milicianos que estaban apostados en la esquina.
      _¡Uno menos! ¡Vamos por otro! _gritaban jubilosos los ejecutores.
      Rosario, espantada, los vio marchar y se quedó inmóvil al pie del cadáver. Le miró. Era un hombre pequeño y delgado, vestido con un traje negro decente. ¿Qué tenía en la mano crispada? ¿Un papel? Se acercó más y lo vio. Al hombrecillo aquellas balas le habían alcanzado cuando echaba la última mirada a un retratito descolorido que debió sacar de su cartera en el que se veían dos niños vestidos de blanco. Rosario cerró los ojos y tuvo que apoyarse en la tapia para
no caer.
      Cuando, pasado el tiempo, hizo un esfuerzo desesperado y consiguió arrancarse de aquel lugar volvió con pasos lentos y vacilantes al hotel. Entró en la cocina. Tirón seguía anonadado mirando estúpidamente el cadáver de Pascual. Rosario cruzó ante Tirón sin mirarle siquiera, se acercó al muerto, se agachó y estuvo registrándole en los bolsillos. Luego se incorporó y dirigiéndose a Tirón le alargó una carterilla de piel mugrienta.
      _Tome esto. Es el carné socialista de Pascual. Póngase una blusa de obrero para que no le conozcan y huya si no quiere que le maten.
Tirón con los ojos brillantes tomó ansiosamente el carné y quiso besar las manos que se le tendían. Rosario le rechazó.

      _¡Váyase! ¡Váyase!
      Y se echó a llorar como una chiquilla.
                                                                                                     
 * * *
      Gran desfile fascista en la Plaza Mayor de Valladolid. Media mañana, sol y repique de campanas. Bajo los portales, una muchedumbre silenciosa encuadrada por milicianos fascistas. En las primeras filas niñas que agitan banderitas con los colores de la monarquía y señoras entusiastas con velo o mantilla que periódicamente se exaltan y vitorean con voces delgadas y quebradizas a los salvadores de España. Detrás, mucha gente borrosa y entre la gente unos hombres que aprietan los puños crispados contra el forro de sus bolsillos.
      En el cuadrilátero despejado de la vieja plaza castellana comienza la gran parada. Desfilan primero los pedritos» y luego los flechas»,  niños uniformados a la manera de Roma y de Berlín que juegan a ser soldados. Las fanfarrias hacen sonar el «Giouinezza», y el «Horsts Wessel». Estallan los vivas a España y al Ejército Nacional. Vienen luego las centurias de la Falange Española cuidadosamente uniformadas y divididas en escuadras que evolucionan con matemática
precisión a la voz de mando de viejos sargentos del ejército. Desde una tribuna que ha sido erigida en el centro de la plaza un grupo de militares contempla con desdeñosa benevolencia la pintoresca bizarría de los jóvenes falangistas, pobres diablos civiles que en el fondo de sus covachuelas, detrás de sus mostradores o en la penumbra de sus almacenes habían soñado con ser militares y se hacen al fin la ilusión de serlo.
      Unos toques de corneta, la muchedumbre queda inmóvil y silenciosa, presentan armas las escuadras fascistas y el general, uno de los beneméritos salvadores de España avanza hasta el centro de la plaza rodeado de sus ayudantes y de los jefes de Falange. Un speaker anuncia por el micrófono instalado en la tribuna que, contra lo que se deseaba, el general no hablará porque está ronco. Se va a rendir homenaje a la memoria de los héroes nacionales asesinados por los
bandidos rojos. Tiene la palabra el excelentísimo señor don Cayetano Tirón.
      Erguido, bombeado el torso, las insignias de la Falange bordadas en el pecho, la pistola en el cinto, el señor Tirón evoca con arrebatadora elocuencia una de las más gloriosas hazañas del fascismo vallisoletano. La muerte heroica del jefe territorial de la Falange, vilmente asesinado por las hordas marxistas en el pueblecito de Sambrian.
                                                                                                         * * *
      Esta mujer, que a esta misma hora y bajo esta misma luz clara de la media mañana de agosto en Castilla, se halla inmóvil e insensible a cuanto le rodea a la puerta de una casa en la calle desierta de Sambrian sabe también la historia de aquel terrible episodio que con vibrantes y encendidas palabras está narrando en la plaza de Valladolid el excelentísimo señor don Cayetano Tirón, jefe provincial de Falange Española. Esta mujer que se ha quedado sola en esta casa,  sola en esta calle y en este pueblo lo cuenta con más sencillas palabras, pero con no menor patetismo.
      _Dijeron _habla la mujer_ que había revolución en Valladolid, que los señores habían quitado la República para volver a ser amos de lo suyo y que los hijos de los señores venían por los pueblos matando a los pobres. Los hombres de Sambrian decidieron que no los dejarían entrar, que si los ricos hacían una revolución, los pobres harían la suya, que más somos los pobres que los ricos y que a las malas podríamos con ellos. Algunos vecinos no se atrevían. Más valía estarse quedos. A todos no nos van a matar, pensaban. Pero los mozos del sindicato dijeron que sí, que nos matarían a todos y
aunque, la verdad, nadie lo creía, se resolvió el pueblo a cerrarles las puertas y a campar por su respeto. Al principio todo fue bien. Echamos al cura y al cabo de la Guardia Civil. Los tres o cuatro ricos que había en Sambrian se fueron ellos solos y los del sindicato se pusieron a mangonear por aquello de que siempre ha de haber alguien que mande. No hubo ninguna muerte, eso sí, pero los del sindicato entraron en las casas de los ricos, se apoderaron de los bienes que habían dejado y los repartieron entre los pobres. Estaba mal hecho, señor, y muchos infelices ni siquiera se atrevían a tomar lo que les daban. Pero a los pocos días, como temíamos, volvieron al fin los hijos de los señores, los señoritos. Venían en tres o cuatro automóviles y traían fusiles y pistolas. Para asustar al pueblo entraron disparándoles sin ton ni son, a diestro y siniestro. Venían por la tremenda y por la tremenda los recibieron los mozos del pueblo.  Apostados en una esquina los aguardaron con las escopetas echadas a la cara y cuando los tuvieron a tiro los achicharraron. Así cayó ese jefe de ellos cuya vida tan cara hemos pagado. Venían matando, señor, ¿cómo querían ser recibidos?
      »Los demás huyeron; alguno iba malherido. Los mozos del sindicato se quedaron muy ufanos, pero ya recelábamos que aquella muerte habíamos de pagarla, aunque nunca creímos que nos la cobrarían tan cara. Ocho o diez días después nos dijeron que venían tropas de Valladolid. ¡Qué tropas, señor, qué tropas! No son peores los chacales. Al principio se les hizo resistencia. ¡Nunca la intentáramos! Las máquinas que traían vomitaban fuego y plomo sobre el pueblo. Los hombres caían segados como mieses. No pudieron resistir y se fueron al campo para seguir luchando. Los que quedamos
en el pueblo pusimos banderas blancas y nos encerramos en nuestras casas a esperar que llegasen las tropas. ¡Ojalá hubiésemos luchado hasta el último aliento de nuestras vidas! Aquellas tropas de moros y renegados fueron casa por casa rompiendo las puertas a culatazos y matando delante de sus mujeres y sus hijos a cuantos hombres encontraron, jóvenes y viejos, amigos y enemigos, buenos y malos, rebeldes y sumisos. No quedó uno solo. En Sambrian no quedó un solo hombre con vida. Tras los moros y los legionarios venían los hijos de los señoritos y como ya no había hombres que matar
mataron mujeres. Aquellos no eran seres humanos, eran fieras. Lo que han visto mis ojos ni se había visto antes ni se verá jamás. Aquella misma noche entre el ruido siniestro de las descargas y los gritos ahogados de los que sucumbían, las pobres mujeres de Sambrian tomaron a sus hijos de la mano, estrecharon contra sus pechos a los más pequeñuelos y huyeron al monte aterrorizadas. Los centinelas tiraban al bulto contra aquellas sombras fugitivas. Alguna de ellas cayó atravesada por un balazo y hasta que fue de día estuvo a su lado una criatura que lloraba a la noche inmensa sin atreverse a soltar la mano crispada que poco a poco se le iba quedando fría entre los deditos tiernos.
      »Huyeron todos, viejos, niños y mujeres. A los que no huyeron los mataron. No quedó alma viviente en el pueblo. Sólo yo. Desde aquella noche horrible no hay en Sambrian más ser vivo que yo. Mataron a mi hombre delante de mis ojos, huyeron mis hijos. ¿Para qué huir? Esperé a que me matasen también. No sé por qué no lo hicieron.
      »A partir de entonces soy el único ser humano que habita este pueblo. Alguna vez, durante la noche, ha venido escondiéndose tal o cual madre o esposa fugitiva anhelando saber la suerte de los suyos. Cuando recorren estas calles y estas casas vacías y en silencio, cuando comprueban espantadas que no queda alma viviente, huyen otra vez aterradas. Sólo yo estoy aquí para llorar y rezar por todos.
                                                                                                  
 * * *
      Una clamorosa ovación subrayó las últimas palabras del excelentísimo señor don Cayetano Tirón, encargado de rendir homenaje a la memoria del jefe territorial de la Falange Española vilmente asesinado en Sambrian y de cantar la gloriosa acción del Ejército Nacional que liberó al fin al país de la tiranía de los bandidos rojos. Aplausos, felicitaciones, saludos, taconazos, vítores, música de charangas y brillante desfile. Los falangistas recorrían después las calles de Valladolid formando grupos que se enardecían repitiendo triunfalmente su grito de guerra:
      _¡Viva la muerte!
      _¡Viva la muerte!
      La gente circulaba pacíficamente por calles y plazas. Los cafés y las cervecerías estaban repletos. En el salón de una de ellas donde tenía su tertulia la plana mayor del fascismo, iban reuniéndose los jefes de la Falange una vez terminada la patriótica ceremonia.  Allí llegó Tirón triunfante después de pronunciar su elocuente discurso.
      _¡Así se habla! _le dijo Paco Citroen, un señorito madrileño achulapado y gracioso, típico espécimen de la casta que se vanagloriaba de haberse batido como un jabato en la sierra durante los primeros días de la rebelión y que de eso vivía.
      Era Paco Citroen un curioso producto de Celtiberia, que cifraba todo su orgullo en ser más cerril e incomprensivo de lo que en realidad era. Su gran devoción era el casticismo. Estaba con los fascistas porque eran unos tíos castizos y su grito de guerra era: «¡Los extranjeros son muy brutos! ¡Viva España!». Un curioso complejo de inferioridad nacional le hacía reaccionar salvajemente contra todo lo que no fuese típicamente español con una delirante xenofobia que le
llevaba cuando estaba un poco borracho a dar gritos incongruentes de: «¡Viva el cocido y muera el Foreign Office!», «¡muera la gimnasia sueca y vivan los toros!», «¡abajo los cuartos de baño y las piscinas!», ¡viva el olor a sobaco!», «¡me gustan gordas y abajo el masaje!»,
      _Este Paco Citroen es un bárbaro. ¡Pero muy buen patriota!_comentaban oyéndole unos intelectuales escapados de Madrid, profesores y periodistas que se habían puesto al servicio del fascismo y se reunían tímidamente junto a los jefes de la Falange.
      Otro de los personajes de la tertulia era un jefe de centuria, antiguo camarero de café apodado el Cabezota muy popular en Valladolid por sus viejas luchas contra los sindicatos, quien comentando con aire socarrón el discurso de la plaza decía:
      _Lo de Sambrian fue tal y como usted, señor Tirón, lo ha contado. Yo estuve allá. Y si no fue así, tendrá que venir algún vecino del pueblo a rectificamos. Pero esté usted tranquilo, señor Tirón. Para eso nos tomamos nosotros el trabajo de que no quedase ni uno solo que pudiese contarlo.
      Tirón, que sabía a qué atenerse respecto de la verdad histórica y la verdad verdadera, sofisticaba:
      _El hecho en sí, poco o nada importa. A la Historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener y esa no se la dan nunca los mismos protagonistas sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretado.
      _Es decir: ¿qué me va usted a contar a mí, que estuve allí, lo que pasó en Sanbrian? _saltó Paco Citroen.
      _Y tú, Paco, reconocerás, que aquello fue tal y como yo lo cuento y no como tú, aturdida mente, hubieras creído. Tú estuviste allí pero para enterarte de lo que pasó te faltaba perspectiva histórica.
      Paco iba a decir una grosería. Pero se calló.
                                                                                                          
* * *
      Aquella misma tarde llegaban a Valladolid los restos de una bandera del Tercio que llevaba ya varias semanas luchando en los alrededores de Madrid y venía relevada a descansar y a cubrir bajas. Los legionarios hicieron su entrada en la capital castellana con uno de sus bizarros e impresionantes desfiles. Atravesaron las calles marcando el paso con mucho braceo y pidiendo palmas como los toreros al hacer el paseíllo. Traían los cuellos desabrochados y los brazos remangados. Sobre la camisa llevaban algunos con mucha ostentación los grandes escapularios que con la inscripción de «¡Detente!» les habían regalado las damas piadosas de Castilla. Uno de ellos, más espectacular aún, llevaba la camisa desgarrada y sobre la piel desnuda del pecho se había pegado el milagroso «¡Derente!». La gente pacífica y cobarde de la ciudad veía pasar con embeleso a los famosos guerreros de la Legión, cuya legendaria ferocidad provocaba una extraña sensación de miedo y seguridad. Para acentuar esta impresión terrorífica los legionarios, entre otras pueriles demostraciones, habían sustituido el asta de su bandera por una hecha con tibias de seres humanos engarzadas y aquel airón macabro escalofriaba a los tenderos, los oficinistas, las muchachitas y los niños.
      Estos, sobre todo, seguían con los ojos muy abiertos al imponente abanderado de la Legión con el anhelo de que los dejase ver de cerca y tocar aquellos huesos humanos que debían suscitar en sus imaginaciones infantiles quién sabe qué lucubraciones.
      Terminado el desfile, los legionarios se repartieron por las calles, los cafés y las tabernas de la vieja ciudad castellana por la que iban difundiendo vanidosamente sus hazañas. Un grupo de oficiales de la legión fraternizaba con los jefes fascistas en la tertulia de la cervecería. Los recién llegados relataban los últimos triunfos del Ejército Nacional. En la sierra se habían hecho considerables progresos. El día anterior los legionarios habían entrado por fin a la bayoneta en
uno de los pueblecitos serranos que más encarnizada resistencia había ofrecido: Miradores.
      Tirón, cuando oyó este nombre, Miradores, bajó la cabeza y sintió un súbito malestar. Su tez amarillenta de hepático se oscureció y un mal sabor angustioso le subió a la boca pastosa. El oficial que relataba los pormenores de la operación aludía constantemente a personas y lugares que Tirón, en silencio y con los ojos cerrados, veía alzarse ante él con patética corporeidad. Mientras el oficial hablaba con su verbo expedito de militar, Tirón, sobrecogido, esperaba oír de un momento a otro algo que temía no le fuese posible soportar. Tres nombres martilleaban su conciencia. Tres figuras de mujer se alzaban acusadoras ante él. El oficial seguía entre burlas y horrores su relato. La toma de Miradores había sido uno de los episodios más duros y accidentados de la campaña. Los casos aislados de heroísmo y desesperación por parte de los defensores del pueblo brotaban uno tras otro de los labios del oficial. Pero no surgieron aquellos tres nombres, aquellas tres figuras de mujer que a él le atormentaban.
      No se atrevió a preguntar. Prefirió la incertidumbre a la enojosa certeza. Su fondo nietzscheano de fascista le decía que la duda es una buena almohada. Supo que los vecinos rebeldes de Miradores que no habían perecido en la batalla habían sido capturados, conducidos a Valladolid y encarcelados. Probablemente se les fusilaría aquella misma madrugada.
      Salió ya tarde de la cervecería sin haberse atrevido a preguntar por aquellas tres muchachas que lo salvaron y que probablemente habían pagado con sus vidas el triunfo de la causa que él defendía. ¿Habrían escapado a tiempo? ¡Bah! Su conciencia se aquietaba pensando que aun en el peor supuesto no había estado en su mano impedir que pereciesen. ¿Ysi estuviesen entre los prisioneros que habían sido conducidos a Valladolid? La idea era demasiado desagradable. Intentó desecharla. Se encaminó a su casa dispuesto heroicamente a no salir de dudas.Pero en el umbral mismo cayó en la tentación de dar un sensual reposo a su conciencia y volviendo sobre sus pasos se encaminó a la prisión central donde se reunía el cónclave de falangistas que a aquellas horas debían estar decidiendo la suerte de los prisioneros.
      _¡Buena redada la del Tercio en Miradores! _le dijeron apenas entró_. Esta madrugada caen once de esos bandidos rojos que durante dos meses nos han tenido en jaque a las puertas del pueblo.
      _¿Tenéis ahí la lista? _preguntó con afectada displicencia.
      Le alargaron un papel. Apenas clavó en él los ojos leyó los tres nombres temidos: Rosario, Carmen y Adela.  Permaneció exteriormente impasible como si repasara por mera curiosidad unos nombres que nada le decían. Sintió que pasaba el tiempo, gota a gota, que dentro de sí mismo algo se rebelaba y pugnaba por salir, que sus insensibles compañeros seguían entre tanto charlando y fumando indiferentes y que él angustiosamente sacudido por aquella repulsión interior permanecía estúpidamente inmóvil con aquel papel que ya nada podía decide ante los ojos. Creyó que al fin iba a reaccionar enérgicamente y sintió que un movimiento generoso que arrancaba del fondo de su ser estaba a punto de irrumpir triunfalmente en aquel ambiente horrendo. Pero era poco hombre para tan gran empeño. La voz se le quebró en la garganta, se le heló la sangre en las venas y aquel ímpetu vital naciente quedó pronto aniquilado.
       En vez de lanzarse bravamente a la lucha para arrancar de la muerte a aquellas tres mujeres a las que debía su propia vida se limitó a preguntar con tímido acento:
      _¿Y estas tres mujeres?
      _Las peores. Con cien vidas no pagaban _le contestaron.
      _No será tanto ... _aventuró.
      _¿Cómo? Han hecho horrores. Asesinaban por su mano a los prisioneros y sacaban los ojos a los hijos de las personas de orden.
      Se sublevó a pesar suyo.
      _¡Eso no es verdad! A mí me consta ...
      Uno de los jefes que estaban allí le miró con dureza y acercándole su cara lívida, cuidadosamente rasurada, le interrumpió:
      _A usted no le consta nada. ¿Se ha olvidado de que es jefe de la Falange Española? Esas mujeres han cometido crímenes horrendos que van a pagar con sus vidas. Así lo ha decretado la superioridad. ¿Tiene usted algo que añadir?
      Tirón se cuadró militarmente.
      _Nada. Estoy a las órdenes de vuecencia.
      _Puede usted retirarse.
      Salió hecho un guiñapo. En las calles, solitarias y oscuras, no había ya un alma. Al pasar junto a una taberna oyó el estrépito de unos legionarios borrachos. Ya cerca de su casa se cruzó con una patrulla de falangistas que iban cantando su himno de guerra.
      _¡Viva la muerte! _ gritaban.
      Aquel grito absurdo rodaba pavorosamente por las calles desiertas de la muerta ciudad castellana.
      Entró en su casa dando diente con diente y se encerró en su alcoba. Cuando se desnudaba, al quitarse el correaje, sacó la pistola de su funda, estuvo un momento considerándola y se apoyó el cañón en la sien. Cerró los ojos. Contó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Luego abrió los ojos y se sonrió a sí mismo. ¡Qué gran farsante era!
      Guardó la pistola en la mesilla de noche y se echó a dormir. Se durmió instantáneamente con un sueño pesado y hondo. Dormía como un bendito. Pasó el tiempo. De súbito despertó despavorido. Daba vueltas por la cama como una alimaña presa en un cepo. Se despabiló y encendió la luz.
      _¡Bah! _pensó_. Bromas pesadas del subconsciente. Voy a necesitar bromuro.
      Cerró los ojos y como la voluntad obra prodigios volvió a quedarse profundamente dormido. Pero apenas el resorte de la voluntad se relajaba con el sueño, volvía a sacudirle aquel prurito angustioso.
      Se levantó al fin desesperado y maquinalmente se puso a vestirse. Cuando se hubo vestido abrió la puerta sigilosamente y salió como un autómata. Se encaminó sin vacilar hacia la cárcel. Al llegar frente a la puerta se quedó perplejo. ¿A qué había ido allí? Dio la vuelta alrededor del edificio pegándose a los paredones siniestros y se encontró otra vez en el mismo sitio. ¿Qué hora sería? En aquel momento llegaban a la puerta de la cárcel unos camiones de los que
descendieron diez o doce falangistas. Se quedó anonadado. Todo había terminado ya.
      Los falangistas le reconocieron y le preguntaron extrañados qué hacía allí. Dio una disculpa cualquiera. No tuvo que preguntar nada. Uno de los falangistas se puso a contarle las ejecuciones. Aquella noche la cosa había sido dura. Entre
los sentenciados había tenido tres muchachas, tres milicianas rojas.
      _No es lo mismo fusilar mujeres que hombres, jefe _decía cabeceando un falangista.
      _¡Bandidos rojos, todos, hombres y mujeres! Hay que acabar con ellos _gruñó otro.
      _¿Qué tal han muerto? _preguntó con voz quebrada. Lo que su conciencia cobarde pordioseaba hipócritamente era la tranquilidad de que al menos las víctimas no habían sufrido mucho.
      _¡Pse! _le contestaron_. No debían tener ninguna gana de morir. Eran jóvenes y guapas ... Una de ellas, la más jovencilla ...
      _¿Adela?
      _Adela creo que se llamaba. ¿Las conocía usted, jefe?
      _Sí.
      _Pues esa Adela aunque era muy poquita cosa iba muy firme. Hasta se sonreía. Luego se nos derrumbó y hubo que llevarla junto a la pared a puñados. A lo último todavía tuvo fuerza para levantarnos el puño. No le dimos tiempo a gritar.
      _Otra fue como una cordera.
     _A mí la que más me ha impresionado fue la más mujer, una morena fuerte y guapa ...
      _Rosario.
      _Sí, Rosario. No protestó, no chilló, no hubo que sostenerla ni levantó el puño, pero ¡cómo lloraba! Y el falangista obsesionado
repetía:
      _¡Cómo lloraba! Lloraba como una chiquilla

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