Rafael Cansinos Assens

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El viaducto, ávido y quieto

La tarde

EL VIADUCTO ÁVIDO y QUIETO

 

Suspendido y vibrante

lanzado en un gran vuelo, el Viaducto,

que quiere coger dos ciudades

desdeñoso de los grandes ríos,

         puente sobre los aires,

       estremecido como un cuerpo

que se lanza en escorzo,

atónito, incitado por la grande glorieta,

ávido de coger las luces

              que irradian por allá,

el Viaducto, trémulo,

soñador de sueños que andan,

     es la gran hamaca

para los hombres osados,

resueltos e indecisos,

por la misma vehemencia

de su gran ambición: de los hombres audaces

que en su rostro reflejan

como en una ventana

de cristales desnudos,

la rosa de la vida, las mil luces

de arriba y de abajo;

las mujeres que pasan,

lejanas, todo eso,

el porvenir maravilloso inabarcable

que por igual incita

a vivir y a morir en un pródigo salto ...

 

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LA TARDE

 

El sol, al alejarse, lanzó un cohete-señal

que ha prendido en los techos de las casas ...

 Mil heliógrafos lo recogen

y multiplican sus llamas.

La escuadra está ardiendo en el puerto.

¡Alarma!

En la ciudad, todos los coches

 son los del servicio de incendios.

La gente se apiña asustada.

Todas las colinas están llenas de estrellas curiosas.

¡Anuncios luminosos!

En las cúpulas de los templos han estallado granadas.

¡Pirotecnia peligrosa!

¡Todas las casas a la vez empiezan a arder por las ventanas!

 

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