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Salvador Bermúdez de Castro

Flores de un día

Tempestad

La fragata

El árabe

Flores de un día
¡C
alla por Dios!; del cántico el sonido
tristes recuerdos en mi mente evoca;
cada palabra de tu hermosa boca
hiere, cual flecha, mi doliente oído.
En lo pasado el corazón perdido,
dulce ilusión, al evocarte invoca:
proyectos vanos de mi audacia loca,
dulces sueños de amor, ¿dónde habéis ido?
Yo no lo sé, pero cansancio inerte
vuestros odiosos gozos me dejaron,
y ora la ansiada paz busco en la muerte:
Las penas en mi pecho se ensañaron,
y a las angustias de mi horrible suerte
los dioses que adoré me abandonaron.

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Tempestad
Por entre escollos, en mi intento ciego,
mi frágil nave en soledad perdida,
por los desiertos mares de la vida,
buscando un mundo, cual Colón, navego.
Mas no entre llanto sonará mi ruego,
aunque las sirtes del abismo mida,
aunque los aires lóbregos divida
con roja luz relámpago de fuego.
¡Ah! ¿Qué me importa en la común corriente
ir de otro mundo a la remota arena,
si alzo a las nubes mi tranquila frente?
Brille de orgullo mi bandera llena,
y entre las olas por el roto puente,
y cruja el viento en la quebrada entena.

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La fragata

¡Adiós! ¡adiós! al rayo de la aurora,

ligera la fragata,

libre del ancla que la oprime ahora,

va a hender las ondas de zafiro y plata.

Del viento al soplo, sobre el mar reclina

su negra proa el leño,

como el corcel indómito se inclina

bajo la mano del soberbio dueño.

Al arrullo del aura se estremece

sobre el mástil la lona,

que ya entre negras sombras desparece,

ya con blancos reflejos se corona.

Los pliegues de la flámula importuna

que el céfiro desata,

a los rayos se extienden de la luna,

como una sierpe de luciente plata.

Mil antorchas brillantes como el día,

la popa coronando,

van una luz fantástica y sombría

por las vecinas ondas derramando.

Y va a partir... la postrimera hora,

dulce placer la llene,

aunque mañana horrible, asoladora

sobre la nave la borrasca truene.

Al son del arpa que el placer despierta,

y en plácida bonanza,

pasar se ven, girando en la cubierta,

rápidas sombras en alegre danza.

Cada ola leve que, en las peñas rota,

sobre la playa expira,

en su espuma blanquísima una nota

de la flotante música suspira.

Tiñe el alba los célicos altares

con túnica de llama;

¡ya viene el sol!... del seno de los mares

brota su luz y el universo inflama.

Calla entonces del arpa melodiosa

la música suave,

que al astro rey con salva estrepitosa

saludan los costados de la nave.

Mas ¿qué otro son de bárbara armonía

con ímpetu revienta?

calle el cañón sus cánticos al día,

que también lo saluda la tormenta.

Que ella también inquieta lo esperaba

para empezar su vuelo:

que ella también con cólera miraba

puras las ondas y sereno el cielo.

Pronto murió la brisa y su armonía

bajo sus pies airados:

poco sirve la luz del nuevo día,

que ella trajo en sus alas los nublados.

Esa fragata tan soberbia antes,

el áncora ya rota,

a merced de los vientos inconstantes

sobre las olas irritadas flota.

No hay salvación: que la corriente lleva

la nave desarmada,

hacia la negra peña que se eleva

de huracanes y espuma rodeada.

Y agolpados a bordo se veían

pálidos mil semblantes,

contemplando las olas que subían

sobre la nave náufraga tronantes.

Venciendo al trueno, un grito sobrehumano

doliente se dilata:

calle la tempestad.... que el Oceano

cubrió ya con sus olas la fragata.

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El árabe

¡Qué gallarda levanta su follaje

la palma solitaria de Elb-keddí,

cuando penetra el sol por su ramaje,

lanzando a plomo su calor allí!

El firmamento en púrpura se inflama

con los rayos que arrastra el huracán,

y está ardiendo la arena, cual la llama

que se eleva del cráter de un volcán.

En alas del Simún veloz se arroja

torbellino de arena abrasador:

y refleja al través, flotante y roja,

la luz del sol su ardiente resplandor.

Entre arena que baña resonando

de alguna antigua Esfinge el roto pie,

el árabe corcel va galopando:

El Cairo al lejos relumbrar se ve.

Sigue así, fiero alazano,

alza la frente serena,

que ya el desierto de arena

se ostenta en su majestad.

Ya estamos solos: tu brío

sacuda el plácido sueño:

respira, como tu dueño,

el aura de libertad.

El palacio entre sus muros

no me ofrece independencia:

¿Qué me hiciera su opulencia,

cuando vivo libre aquí?

¿Quién por el mar no dejara

la fuente mísera y fría,

o el rosal de Alejandría.

por la palma del Zaeddí.

El murmullo entre las flores

no escucho aquí de la brisa,

ni la plácida sonrisa

de pacífico raudal:

pero corre ronco el viento,

sin parar su vuelo un monte:

pero miro un horizonte

de topacio y de coral.

El sol detiene su giro

por contemplarme: navego

por un piélago de fuego,

sobre mi hermoso alazán:

él no borra en su carrera

la huella de paso humano,

que yo reino soberano,

donde reina el huracán.

Dios a los hijos de Europa

dio ciudades y jardines,

y entre danzas y festines,

los hizo esclavos allí.

«¡Trabaja!», dijo al cristiano:

pero al árabe indolente,

«Sé tú libre, independiente:

el desierto es para ti».

Cuando la luz de la aurora

el horizonte ilumina,

tercio mi fiel carabina

sobre mi ardiente corcel.

Y a la sombra de una Esfinge,

de las tumbas de los reyes,

doy soberano mis leyes

al creyente y al infiel.

¡Espacio sin fin, inmenso!

¡Mi primera, dulce cuna!

Bello si el sol, si la luna

refleja su luz en ti.

¿Qué me importa, entre jardines,

un sueño de vida incierto?

quiero habitar el desierto:

quiero morir do nací:

Donde el pecho de una hermosa,

al nazareno arrancado,

palpita tierno a mi lado,

sin terror y sin desdén.

Y de mil bellas esclavas

los halagos y caricias,

van a colmar de delicias

la soledad de mi harén.

Sobre el camello indolente

cargado de plata y oro,

se acerca doblado el moro

de codicia y de calor.

Entre mantas y cojines

muellemente recostado,

el nazareno espantado

siente venir su señor.

La cristiana de ojos negros,

cual la palma deliciosa,

la georgiana pura, hermosa,

del profeta bella Hurí,

para mí todo: las perlas,

el sándalo, diales, velos:

Alá me grita en los cielos,

todo, todo es para ti.

Y en un cielo de nácar el sol brilla:

a plomo lanza su radiante luz:

corre el infiel, sobre la blanda silla,

medio envuelto en su cándido burnúz.

Y soltando las riendas relumbrantes,

y apretando en su mano el yathagan,

corre el infiel, que pronto los turbantes

de su tribu a lo lejos brillarán.

De ambición y de amor su mente llena,

del botín y las hijas de Ismael,

corre el infiel, envuelto entre la arena

que levanta el galope del corcel.

 

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