Beatriz Villacañas

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Ámame con Caribes y panteras...

Íntimo lobo

Desde tu cuerpo

Sobre ruedas

 

Ámame con Caribes y panteras
Ámame con Caribes y panteras,
deja que Eros cumpla su destino,
ponle caña de azúcar al camino,
dale cuerpo al futuro que tú esperas.
La noche nos dará sus lunas fieras,
el abrazo tendrá sabor marino,
y la canela excitará el felino
que ronronea bajo las palmeras.
Inúndame de tropical ternura,
acércame tu aliento, tan caliente
que puede hacer arder la tierra entera.
Démosle rienda suelta a la bravura,
superemos la gloria del torrente
y que el gozo nos lleve donde quiera.
 

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Íntimo lobo
El amor es un golpe,
seco, callado, intenso.
Nos deshace en partículas
a segundo por beso.
El amor es urgente,
habita en el deseo,
es un niño que canta,
es un peligro tierno.
El amor es impacto
de A.D.N., travieso,
dispuesto a fecundar
los siglos venideros.
Amor a quemarropa,
voraz y violento,
atraviesa la idea.
Todo él hecho cuerpo.
Habita en la palabra
y vive en el silencio.
Canta y calla el amor,
música y esqueleto.
El amor no descansa,
depredador maltrecho,
corazón todo bosque:
es el lobo del cuento.

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Desde tu cuerpo
Porque en tu cuerpo cabe
toda la desmesura del amor
se me aparece
un paisaje lunar
en plena tierra.
He extendido mi cama
debajo de la noche
para dormir contigo
y escribir
en tu abrazo
el poema más libre de palabras.
Un milenio no es nada,
que amor es macrocosmos
reflejado
en la casta impudicia de tu camisa blanca.
Ese big-bang del verso
que estalla en universo
es nuestra creación
de cada día,
de cada instante cósmico
del tacto.
El cuerpo
es el camino redondo
al infinito.
Que el tiempo se detenga
en nuestra biografía.
 

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Sobre ruedas
En la llanura estéril
que hay entre la dicha y la tristeza
busco el escalofrío
de ver nacer a un héroe en mi carne
respirando
doscientos kilómetros por hora.
En el limbo del deseo adormecido
donde reina
el sentido común de la otra gente
yo y mi Yamaha,
que arde entre mis muslos,
encendemos el aire
y colocamos ruedas en el tiempo.
En las fachadas negras
donde la lluvia pierde su inocencia
y chorrea envilecida hacia el asfalto,
escribo soliloquios brevísimos de letras:
desentierro mi voz.
En el sosiego de alquitrán de cualquier carretera,
camino, para tantos, de ida y vuelta,
me dejo seducir por el infierno,
por el deseo perverso
de saber hasta dónde
puede arrastrar el corazón al cuerpo.

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