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Un hombre había salido del Metro, precipitadamente, y estuvo mirando a uno y otro lado. La plaza —densa de gente y de gritos — palpitaba en una atmósfera de calor y de primavera. Miró el hombre temeroso, anhelante. No pasaba nada, sin embargo. Eran las cuatro de la tarde. Quizá todo parecía como en un trance definitivo o mila groso; pero siempre eran así los barrios bajos, todos los días. Las mujeres vendían pan y tabaco y agua y pipas de girasol. La gente se movía de un lado a otro. El hombre llegó a la puerta de un cine, y entró. Iban delante dos niñas. La mayor, como de diez años, llevaba en la mano un paquete con unos bocadillos y una bote lla de agua. El hombre se fijó en ellas. Cruzó entre la in diferencia de la gente, y fue a sentarse al lado de las chiquillas. En el cine había un olor agrio a sudor. El hombre lo recordó de siempre. Lo había sentido aun cuando el cine estaba medio vacío, como condenado y sujeto el olor a las paredes y a las butacas solitarias. Había una luz amarilla y cargada de polvo. — ¿ Cuándo empieza? —En seguida, señor —dijo la chica mayor. Escupió la chica las cáscaras de las pipas de girasol y se limpió los dedos en la falda. Se había vuelto para mirar a su hermana, que estaba levantando los asientos de madera de las butacas próximas. —Estate quieta. Va a empezar la película —dijo. El hombre se estiró en la butaca hasta ocultarse con el respaldo. Pensó: «Debían apagar ya la luz.» Se volvió para mirar a las niñas, que ya estaban sentadas juntas y se habían puesto a desenvolver los bocadillos.
Las niñas comían deprisa. Le
daban grandes boca dos al pan, sin apartar la mirada de la sábana
del cine. El hombre estuvo esperando, aunque de forma distinta, recurriendo a su voluntad para no mirar al pasillo cada vez que cruzaba alguien. Sentía miedo. Caían las pisadas en el suelo, pero el hombre no quería volverse para mirar. En aquel momento escuchó los sonidos del timbre que señalaban el comienzo de la proyección. Tres sonidos iguales. Entonces, se sintió más tranquilo. De nuevo miró a las chiquillas, que seguían comiendo en la semioscuridad. Brillaba la luz en sus caras pequeñas y esperanzadas, llenas de interés. «Comen algo de eso que fríen en las chicharronerías.» Notó hambre. Se dio cuenta de que tenía hambre y sed. Se le llenó el olfato de aquel olor a desperdicios de carne de cordero frita. Después, se arrancó los zapatos de los pies y permaneció un rato con los ojos cerrados. Escuchó la risa de las dos chiquillas. Abrió los ojos. (Un hombre —el torso grande de un hombre con las manos atadas— tenía una mosca parada en la nariz.) Se rió también, contagiado por la alegría. Retuvo una son risa, pero luego se olvidó de ella. Estaba preocupado, sin conseguir arrancarse aquel temor, aquella angustia, deseando que pasara el tiempo hasta la noche. —¿Me dais un poco de agua? La niña le alargó la botella sin apartar los ojos de la pantalla. Y el hombre se puso a beber profundamente, procurando olvidar por qué estaba allí. Había pasado tiempo. Fue entonces cuando se en cendió la luz, una luz que le cegaba, como lanzándole de nuevo, de repente, a un desorbitado mundo. Casi estaba el hombre esperándolo. Apenas se sobresalió. Seguía medio dormido. Buscó los zapatos con los pies y se los puso precipitadamente. Se ató los cordones, a tientas, mientras volvía la cabeza, y vio a varios hombres que daban vueltas, observando a la gente del cine. Pensó: «Son ellos.» Lo sabía, pero sintió como una bola dura en el estómago: el miedo. Se estiró en la butaca cuanto pudo, ocultando su rostro a la luz. Sintió el miedo, subiéndole desde el vientre hasta la respiración, y quedándose allí sin salir, ni poder deshacerse en gritos. No sabía cómo oponerle nada positivo. Estaba recostado en la butaca, junto a las niñas. Y no quería asomarse para mirar atrás. Había silencio. Las niñas sonreían, de pie, vueltas. Le pareció que la risa de las chiquillas era algo muy sencillo, olvidado con una especie de ternura en otro lejano tiempo. Sólo cruzaban los pasos de los policías. La gente debía de haberse dado cuenta, porque había mucho silencio. Las niñas seguían de pie y tenían las caras vueltas, mirando al pasillo. En la puerta había una pareja de guardias con fusiles. Algunos chiquillos se pusieron a protestar golpeando el suelo con los pies; pero se callaron en cuanto vieron a los guardias. El hombre intentó tranquilizarse. Tocó —tamborileando, sólo un segundo con los dedos — el asiento de delante. Sus pensamientos no tenían fuerza, apenas existían. Acaso únicamente fueran esa obsesión de huir. Toda su vida era el deseo de huir y llegar a la plaza o a las calles llenas de gente. Alzó la cabeza. Vio a los policías que se detenían y luego seguían, fila a fila, mirando uno a uno a los hombres sentados. Iba delante un policía gordo, alto, con camisa blanca y corbata negra. El hombre volvióse, nuevamente, a las chiquillas. Estaba temblando. Sentía aumentarle su molestia del estómago y del vientre. Casi se avergonzó de esto. Cruzó la vista con la mayor de las niñas. Ella le devolvió una mirada de complicidad o de interés. Estuvo sujetando la mirada de aquel hombre que le había pedido agua. — ¿Qué quieren los guardias? —preguntó la más pequeña de las niñas. —No sé —dijo la otra—. Buscan a alguien —añadió en voz baja. El hombre, otra vez, miró a los policías. Se encontró con su propia mano buscando la culata fría de la pistola. Notó el frío del metal de la pistola. Estuvo, así, dudando. Siguió con la mano oculta debajo de la chaqueta. —Buscan a alguien —repetía en voz baja la niña. El hombre vio los ojos brillantes de la chica. Notó que algunas personas se habían puesto de pie, en las filas de delante. Arrastraban los pies, para salir. El policía que tenía la corbata negra había llegado, corriendo por el pasillo, hasta colocarse en la primera fila de butacas. — ¡Quédense cada uno en su sitio! El hombre sintió que toda la luz y las figuras lejanas de la gente vibraban bajo aquellos gritos. Se enderezó, sentado en la butaca, con la mano debajo del brazo, sujetando la culata de la pistola entre la punta de los dedos. No se atrevía a empuñarla. Estiró los pies y por un momento pensó qué otra cosa podía hacer o decir para salvar la vida. Y, luego, se olvidó de su pensamiento. Se encontró solo, terriblemente, en un tiempo parado, vacío, lleno nada más de angustia, de terrible angustia. Había silencio. Algún chiquillo pequeño había empezado a llorar. Se oía el llanto del niño en el silencio de la sala. También los pasos de los guardias, de prisa, arriba y abajo. Los policías iban más despacio y sus pisadas eran más suaves. Uno de ellos —aquel alto y grueso— fue hasta la pantalla; permaneció allí un instante, mientras alumbraba un cigarro, y comienzó a mirar a las filas de delante. En seguida tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó, como si estuviera nervioso, o se hubiere dado cuenta de que no se podía fumar en la sala porque estaba prohibido. El hombre ya no le miró. Estaba pendiente de la propia tensión de sus músculos, de su temblor, de su cerebro quieto. Seguía con la mano escondida empuñando ya la pistola, casi sin darse cuenta. El policía se había detenido frente a un muchacho bajo y sin afeitar, que estaba unas filas más adelante. «Levántate», dijo el policía. Y el muchacho se había levantado y había continuado un momento en pie. Pero el policía seguía de nuevo buscando, sin hacer caso. Había aprovechado el hombre aquel momento de indecisión del policía para revolver en todo su pensamiento, para buscar alguna tranquilidad o el vigor necesario para saltar sobre el otro. Se volvió un momento y se tropezó con la mirada de la niña. Aguantó un segundo la mirada de la chiquilla. Estaba temblando. Puso sus manos gruesas sobre los dedos de ella. — ¿ Está usted enfermo? —No —dijo el hombre. Intentaba sonreír. Casi instintivamente había soltado la pistola, sin llegar a sacarla de la funda. Abandonó el hombre la mirada y la mano de la niña. Se volvió. Alzó la cabeza para mirar al policía, que se acercaba. Ya le vio allí, erguido, de espaldas a toda aquella gente. Fue en ese momento cuando el hombre recuperó la calma. Dijo en voz baja: —No, pequeña, no estoy enfermo. Se puso en pie. Los dos —el policía y el hombre— estuvieron mirándose, aguantándose las miradas. El policía dio un paso adelante, con la lengua torcida dentro de la boca. —Ven —dijo. El hombre sonrió. Salió, rozando al pasar los vestidos y las rodillas de las niñas. Se volvió, para mirarlas, según llegaba al pasillo del cine. El policía y los guardias iban detrás del hombre, pegados a él. Las niñas estuvieron, todavía, mirándoles hasta que se fueron todos. Al llegar a la puerta, el hombre se vol vió de nuevo, sin dejar de andar. Luego, se apagó la luz. Se agitaba en la pantalla un pequeño mundo de alegrías. La chiquilla pequeña se puso a reír. |
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Estar aún vivo con el ansia del átomo primero la floración primera las montañas floridas la venenosa flor del hombre mientras el sol pone oro los pájaros más altos. Gracias por el verde humedal antiguo y el rojo otoño que aguardan la música del viento como un eco de las trompas de otra guerra. Gracias por el camino interminable sin final el camino sin horizonte el tiempo.
El alférez de Complemento Manuel Gómez Artigas hacía sólo cinco días que había ocupado su destino en el Regimiento de Artillería de Costa de Gran Canaria. Era muy aficionado a la lectura de los cuentos de Anton Chéjov, y cuando desembarcó en Las Palmas quiso imaginar que su llegada a una provincia tan alejada de la Península tenía algún parecido con la aventura de un militar o funcionario zarista en la Rusia del siglo XIX. Sin embargo la situación no podían ser más distinta. Aunque habían pasado quince años desde que Franco ganara la Guerra Civil y nueve años desde que terminase la guerra en Europa, aún quedaban en España decenas de miles de presos y la dictadura podía durar todavía mucho tiempo. Manuel Gómez Artigas había concluido su carrera en la Facultad de Ciencias Exactas, y llegó a Las Palmas con el único objeto de cumplir sus obligaciones militares. Después de los cursos de cadete tenía que realizar seis meses de prácticas como oficial. Fue la fecha de su incorporación al regimiento, la que hizo que tuviera que desfilar el día de la Fiesta Nacional. Era una calle paralela al mar, donde casi no había gente que mirara el desfile. Nada más tres viejos y dos niños descalzos.
Con el sable desnudo al hombro iba delante de las
sudorosas tropas. Sólo se notaba que era un día de gala en los
guantes El alférez Manuel Gómez Artigas desfilaba un poco separado de la tropa, soldados y cabos aún más jóvenes que él, y como él huérfanos de proezas. Pensó que desde luego no corrían tiempos para el heroísmo. Aunque sólo llevaba cinco días en el cuartel recordó, entre los que desfilaban, algunas caras que había visto antes, junto a la muralla, aquel largo muro que separaba el territorio civil del militar. Había un campo negro donde crecían tuneras silvestres de fruto rojizo incomestible, y secretas cuevas en las que vivían muchachas prostitutas descalzas, algunas con hijos pequeños. Los soldados se acercaban con un trozo de pan o con un plato de rancho frío y reseco, y empujaban a las mujeres al interior de las cuevas. Nadie hablaba de aquello. Parecía existir un pacto para que nadie dijera nada. Cuando al mediodía en el cuartel terminaban las horas de instrucción, llegaba un autobús grande pintado con colores verdes y terrosos. El chofer se apeaba e iba gritando «la guagua militar» «la guagua militar». Se montaban todos los jefes y oficiales, y el autobús se iba. Sólo quedaba en el cuartel y en las baterías de costa con los cañones enfilando al mar, el personal de guardia. En cinco cinco días que llevaba en el regimiento ningún oficial, ni sargento habían pronunciado una palabra sobre las cuevas volcánicas, ni sobre las muchachas. Tampoco él iba a decir nada. Su propio padre que era un importante funcionario de Hacienda le había aconsejado que no se significara. Le había contado que en su juventud fue una persona de orden y que por eso había superado las depuraciones políticas de la posguerra. Cuando terminó el desfile y rompieron filas, estaba ya muy bajo el sol. Eran más de las siete y aún hacía calor, aunque no demasiado, en aquel clima que era siempre igual, sin variación. Resonaba el océano, y le parecía que la marea estaba muy alta. Gómez Artigas se marchó caminando hacia la terraza del Hotel Parque, donde había quedado citado con el alférez catalán y un grupo de chicas canarias. Llegó cuando ya estaban todos sentados alrededor de una mesa llena de vasos y botellas. Contó cuatro chicas. Aún vestidos de uniforme, con los botones dorados y los cordones de seda de cadete, y calzaban las botas altas brillantes siempre, porque la tierra volcánica negra apenas producía polvo. Baltá le hizo una seña de saludo, alzando la mano. Y él besó superficialmente, apenas rozándola con los labios, a Clara Rosa. Era a la que más conocía. Se acomodó en una butaca a su lado. Más bien fue la chica la que le hizo sitio. La conocía sólo de hacía dos días: la tarde de anteayer en la misma terraza del Hotel Parque. Pero parecía más tiempo. Se sintió en un aparte, con la chica, separados de todo lo que les rodeaba. Tenía Clara Rosa unos ojos negros muy extraños. Al alférez le gustó —otra vez— suponer que habían de ser los ojos de las mujeres de las regiones del Cáucaso. Le dio gusto imaginarse de nuevo un viajero por esas regiones en un cuento que podía haber escrito Anton Chéjov. Aunque aquel símil fuera cada vez más irreal. La chica y él se miraban fijamente en aquel ahogado espacio de la terraza, exactamente allí. Pero quería verla como en un hueco de otro mundo, un mundo quizás posible. Se miraron un largo rato. Y, luego, con la estilográfica se puso a escribir en una servilleta de papel unos versos, o un pensamiento que le bailaba en lo hondo de la cabeza: «Detrás del viento se van buscándote, como mi mirada, los pájaros más altos». Ello lo leyó, a la vez que él escribía. Lejos, se oyó la sirena de despedida de un barco en el puerto. —Es un barco australiano —voceó Baltá, desde el otro extremo de la mesa. El alférez Manuel Gómez Artigas siguió mirando a la chica de la región del Cáucaso. Mientras, la sirena yo vía a alzar su despedida, casi interminable. —Dan ganas de irse... Al otro lado de la Tierra —susurró. —Sí —dijo la chica. |
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El caballo herido y jadeante había llegado buscando un espacio verde imposible. El hombre oyó los pasos y vio la silueta borrosa del caballo.
Hacía días que arrojara las
armas, dejándolas caer una a una por el suelo. No sabía a qué sitio
dirigirse en aquel cruce de calzadas medio cubiertas por la arena,
en un territorio desierto y sin árboles. Le dolía la pierna
izquierda, hinchada, con coágulos negros de sangre. Y le latían las
sienes. Quizás, lejos, donde temblaba estremecido el aire,
estuvieran las inmensas llanuras verdes por las que vagaban las
almas nobles de los hombres. Se sentía perdido. Pensó en el caballo,
que resoplaba un trecho más allá. Le dio más pena aún saber que era
un caballo enemigo. Parecía que el sol estaba tan alto esa tarde,
que no fuera a oscurecer nunca en la vida. Oyó los resoplidos del
caballo, y vio que se acostaba junto a una pequeña roca blanca que
emergía de la arena. El animal sabría, aunque fuese entre sueños, si
empezaban cerca los extensos prados. O a lo mejor serían pueblos
verdaderos llenos de mujeres, de niños y ganados. Recordaba los
enormes poblados con las mujeres saltando las hogueras, los tapiales
frescos con las fuentes, y el portal de la casa de su madre en la
última ciudad en la que él había sido niño. Tenía tanto calor y sentía tanta fatiga, que anduvo a gatas, hasta meter la cabeza debajo del cuerpo grande del caballo. Estaba allí, pegado al sudor frío, escuchando los latidos del corazón del animal. Podía ser que el caballo sintiera la gloria de las tierras verdes y de los arroyos rumorosos, sin arneses, ni dueño. Pero para el hombre eran campos que daban miedo, porque no surgían como los oasis y las llanuras de la Tierra, donde había pueblos y torres. El hombre cerraba los ojos en la frescura del sudor del caballo, y temía ver las sombras de los muer tos. Si aguardaba un poco, desfilaban por dentro de sus ojos rostros de hombres y mujeres desconocidos. Como había en las ciudades. Caras de gente viva que pasaba de largo en una existencia casi interminable. Así quería esperar, mientras resollara el caballo. Sólo sentía cierta dificultad en el pecho, un pequeño ahogo. Rozaba con la yema de los dedos el cuerpo del animal. Sabía que el latido del corazón del caballo era como el latir de todo lo que existía, del entero Mundo. Así pasó un largo tiempo. Y seguramente también el animal sentía su mano suave, y la unánime vida. Ambos en aquella tregua. Los ojos cerrados en la penumbra, mientras el hombre seguía viendo pasar las caras. A veces, caras de niños que huían hasta deshacerse en otros rostros. Y de nuevo la calma, el frescor de la marcha de gente como él, seres humanos que seguramente iban buscando otros territorios con bosques y con ríos, o con ansiosos mares. Tenía que hacer larga aquella espera junto al cuerpo del caballo, en el hueco en sombra del desierto. Luego, vendría una oscuridad brillante, un estallido de lumbre y deseo. El caballo y el hombre en el espacio infinito donde estuvieron siempre. |
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A Mercedes Alonso Merino El hombre de los grandes ojos azules tendría poco más de cincuenta años. Se había sentado en uno de los últimos escalones de la calle en cuesta que descendía hacia la Avenida. Tenía unas manos blancas y delicadas que asomaban por las mangas del raido chaquetón. Puso un plato de metal en el suelo, cuando oyó los pasos en la escalera. Realmente se dio cuenta entonces de que el anciano que bajaba apoyándose en el pasamanos de hierro estaba mirándole. Quizás llevaba un buen rato fijándose en él. Iba vestido con elegancia, con un abrigo de lana, un pañuelo de seda anudado al cuello y un sombrero muy nuevo de color negro. —Señor, es sólo para comer algo —susurró. El anciano notó que el hombre de los ojos azules tenía un leve acento extranjero, casi imperceptible. No era desde luego joven, uno de esos muchachos que llegaban a la aventura desde sus destruidos países. El hombre de los grandes ojos azules podía haber sido algo en alguna parte, a lo mejor un profesor o un juez, y probablemente tendría esposa e hijos y amigos, sabía Dios dónde.
—Es solamente para comer
algo —repitió Mirando al anciano, todavía ágil, pero más de veinte años mayor que él, se daba cuenta de que la vida le había tratado bien, que le había situado en un mundo confor table y quizás feliz. Mientras el anciano se buscaba unas monedas en el bolsillo del abrigo, bajaba los ojos. No se atrevía a mirarle. Por la lentitud de movimientos de las manos, calculaba que tenía que ser de mayor edad de la que representaba a primera vista. Le oía jadear. Aunque fuera muy viejo seguramente también era rico, y aunque viviera solo, probablemente tendría al menos una sirvienta y quizás un gato que le harían compañía. —Gracias, señor. Al fin, después de tanto esperar sólo le había dado un puñado de monedas. Miró el platillo metálico. Ningún billete. Ni siquiera uno pequeño de cinco euros. El anciano seguía imaginando que debieron de ser irreparables los fracasos que llevaron a la mendicidad al hombre de los ojos azules. No solamente fracasos económicos o políticos sino algún drama personal, íntimo. A lo mejor alguna vez tuvo una hermosa mujer que había muerto o le había abandonado y unos hijos que ahora se desentendían de él o que también habían desa parecido. Sentía mucho no haber cruzado algunas palabras con aquel hombre. Se culpaba de su propia timidez o de su indiferencia. Se daba cuenta el anciano de que en el fondo de la soledad existía un gran parecido entre el mendigo y él. Mientras caminaba despacio por la acera de la Avenida, mirando la riada de automóviles y autobuses que corrían por la calzada no podía quitarse de la cabeza la necesidad que sentía de encontrar de nuevo a aquel extranjero. Le entregaría por lo menos un billete de diez euros, y quizás se atreviera a preguntarle algo más de su vida. Como le daba reparo retroceder sobre sus propios pasos, se adentró por una de las bocas de calle y trató de regresar a la acera de la Avenida, y de llegar a la escalinata, en dirección opuesta. A lo mejor el hombre de los ojos azules y él se sinceraban entonces de alguna forma. Caminaba lo más de prisa que podía. En la Avenida se agrupaba la gente ante los escaparates iluminados de las tiendas de ropa elegante y las joyerías. Todavía no iba a oscurecer, pero todas las luces estaban encendidas, luces amarillas, blancas o azules. Parpadeaban o producían destellos como de bengalas antiguas, en una verbena de un remoto verano imposible de recordar. Poco más allá, había una mujer joven des mayada en el suelo. Llegó en ese momento una ambulancia. Y también aparecieron varios guardias. —Sigan sin detenerse, por favor. —Seguramente se trate de un coma etílico... Vamos, de una borrachera —dijo alguien. El anciano avanzaba abriéndose paso entre el gentío. Se oían sirenas de la policía, o de los bomberos, o de una nueva ambulancia. Ya cerca de las escalinatas —por las que había bajado la primera vez— la acera estaba medio vacía. Vio a dos hombres que conversaban a la puerta de una farmacia. Estaban comentando que habían atracado a mano armada, una de las joyerías importantes de la Avenida. Decían que un tipo solitario se había llevado un puñado de joyas. Miró el anciano hacia la escalinata. No estaba allí el mendigo de los grandes ojos azules. Giró la vista buscándole inútilmente por todos los alrededores. Notaba una gran frustración. Y se de tuvo un rato jadeante. No sabía cómo podría encontrarle. Ni en qué albergue o esquina se hallaría ahora. Permaneció allí unos minutos esperándole, por si acaso regresaba. Se le nublaba un poco la vista, y descansó apoyado en la fachada de un edificio. Luego, estuvo imaginando que, a lo mejor, el mendigo había sido el atracador. Se había llevado un montón de joyas. Seguramente en alguna parte del mundo tenía una mujer o un compañero con quien disfrutar y compartir la ganancia. Y le daba alegría pensarlo. Lo que no lograba era escapar de aquel mareo, borrar de sus ojos la niebla que le impedía seguir caminando. Estaba seguro de que lo que no quería era desmayarse, caer al suelo. Desde luego no quería morir. Tampoco quería riquezas ni poder. Pensó que en lo que verdaderamente se parecía al mendigo de los ojos azules era en aquella mirada brillante que representaba un ansia inmensa de estar vivo. Miraba el anciano la Avenida, la gente y los edificios, que existían tras la niebla. Y notaba que sólo era sagrada aquella certidumbre del mundo. PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS PROTAGONIZADOS POR VAGABUNDOS O MENDIGOS Y AQUÍ PARA LEER UNA CRÍTICA SOBRE UNA NOVELA DE ANTONIO FERRES |