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En el
templo; a la espalda de los adoradores
Es la ansiedad
cornisa
dispensada de aristas por racimos de duda.
Peldaño de humo antiguo
desde donde
se ven los frascos de la sangre, óleo
y agua, niveles. La mañana
recompondrá el lugar, copas de bronce
en las que cabe el río, el mes sin nombre,
la luz azul, terrible, mansa.
Adormecientes hilos de
sombra llegan desde
la retina de los usurpadores.
Difícil, tras el trato con la bicorne máscara,
fe en las semillas voladoras: ("Íbamos,
ay, a limpiar de hollín las nubes").
Orden
de la serenidad con la que admiran
los ángulos del coro de resistir _unidos
por la línea de fuga a la policromía,
atrapados, orantes y adorados_,
de resistir el ritmo que los oros imponen
en su degradación aquí definitiva. |