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Ana Istarú

Todo el deseo tanto...

Anuciación

Si del sexo te acuerdas...

Ábrete sexo...

Ahora que el amor...

Testimonio

En tu boca de greda

Los olores no matan las pasiones, las inflaman


Todo el deseo tanto
los aceites del templo entre mi cuerpo
mojado por tu cuerpo tanto
deseo arrodillada el olor
de tu sexo como un licor espeso
tanto
el cárdeno sudor de las especies
bañándome la lengua
la cueva de tu boca y sus dragones
sexo sexo sexo atada como ofrenda
en las aspas de tus equis
como diosa domeñada como fiera
como flor que se desploma
loca de amor enferma
del mal de tu belleza
tanto deseo
tanto
todo el amor

ya ves

la más pequeña de las niñas
no podrá recordar
un solo beso

 

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Anunciación

¿Y este baño de nieve?
¿Y este aserrín de almendra en los pezones?
Y en mis regiones lunares,
¿por qué esta Pócima lenta de tu boca
volcada como aceite,
saliva somnolienta?
¿Cuáles palabras, cuáles,
me has puesto sobre el sexo?
Navegan hacia un cielo
mis dos muslos sonámbulos,
y en tan tierno declive
un ramillete helado de fresquísimos berros
deslizas del tobillo hacia mi gozne.
¿Y este aroma viril, sus estrellas saladas?
¿Cuáles palabras, cuáles,
escozor de jengibre
de tu barba crecida, entre mi sexo?
¿Cuántos besos has puesto
sobre esta ventanita?
Adiós. No escribes más
con tus húmedos dedos.
¿Qué cosa has dicho? Un algo,
un ya no supe cuál de anunciación.
Te has puesto la bufanda. ¿De dónde viaja a ti
toda la luz?

Adiós dardo bellísimo del sol.
Te yergues todavía. Te estás por ir.
Devuelves hacia el lecho
esa boca sanguínea
y alcanzas con el borde de tu lengua
las cimas de mis senos,
sus morenos torreones de azúcar diminutos.
Abro los ojos. ¿Dónde
miro pasar volando
un abrigo raído?
¿Por qué, como la nieve, en el tejado?
Un dios se mueve en mí.
Adiós, arcángel.
(De Verbo madre, 1995)

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Si del sexo te acuerdas,
fiebre de abejas
traigo, el perfil de la pera
entre las piernas.
Bermejas alegrías,
mansedumbre
donde colmar tanto fervor
en ristre.
Un nido,

una copa de vino
culminando mis muslos
para calmar tu ayuno,
país de regocijo.
Para el niño
creciente
y decreciente
que tus ingles corona
de azafrán y otros humores perfectos
henchido
mi dulzor de vagina
amainará en tu cuerpo.
Si del sexo te acuerdas
que ondea bajo mi manto
de vello y azabache,
he destruido el lamento
final de los obispos,
a puñados olvido
viejas recomendaciones,
los afectos pasados,
séquitos de dolores,
soy la tierra
y el rayo para tu sexo erguido.
Los edictos, correas rugosas,
desgarrantes
han perdido el camino.

La dicha del pistilo
me reservo.
Soy el cauce, la huella.
Si del sexo te acuerdas,
rayo y abejas. Vino.

 

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Ábrete sexo
como una flor que accede,
descorre las aldabas de tu ermita,
deja escapar
al nadador transido,
desiste, no retengas
sus frágiles cabriolas,
ábrete con arrojo,
como un balcón que emerge
y ostenta sobre el aire sus geranios.
Desenfunda,
oh poza de penumbra, tu misterio.
No detengas su viaje al navegante.
No importa que su adiós
te hiera como cierzo,
como rayo de hielo que en la pelvis
aloja sus astillas.
Ábrete sexo,
hazte cascada,
olvida tu tristeza.
Deja partir al niño
que vive en tu entresueño.
Abre gallardamente
tus cálidas compuertas
a este copo de mieles,
a este animal que tiembla
como un jirón de viento,
a este fruto rugoso
que va a hundirse en la luz con arrebato,
a buscar como un ciervo con los ojos cerrados
los pezones del aire, los dos senos del día.

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Ahora que el amor
es una extraña costumbre,
extinta especie
de la que hablan
documentos antiguos,
y se censura el oficio desusado
de la entrega ;
ahora que el vientre
olvidó engendrar hijos,
y el tobillo su gracia
y el pezón su promesa feliz
de miel y esencia;
ahora que la carne se anuda
y se desnuda,
anda y revoltea
sobre la carne buena
sin dejar perfumes, semilla,
batallas victoriosas,
y recogiendo en cambio
redondas cosechas;
ahora que es vedada la ternura,
modalidad perdida de las abuelas,
que extravío la caricia
su avena generosa;
ahora que la piel
de las paredes se palpan
varón y mujer,
sin alcanzar el mirto,
la brasa estremecida,
ardo sencillamente,
encinta y embriagada.
Rescato la palabra primera
del útero,
y clásica y extravagante
emprendo la tarea
de despojarme.

Y amo.

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Testimonio
Yo,
la que yació
sobre su lomo arqueada en buena lid,
la que bebió entre ahogos
los cálices del semen, pues visto está,
yo soy las fauces de la luz;
la que tornó en sarmiento y crecimiento constante
ese licor profano venido de varón;
la que forjó en umbrosos yacimientos carnales
un cordero de sueño, un pájaro aturdido,
un extracto del ángel donde brillan mis genes;
la que ha mirado
abrirse en abanico su entrepierna,
la que arrancándose del vientre rayos,
peleando con el león de su dolor, girando
como un viaje de centauros por su cuerpo,
he dado a luz;
yo,
quiero testificar:
estoy aquí frente a este ser que tiembla,
el que emana una esencia de gardenias calientes.

Beso sus pies calizos. Reverencio
el desgarrón del oro en su pañal.
En su saliva toco la leche del vacío,
lo que mueve a mis pechos a abrir sus surtidores.
Estoy bajo el embate de la dicha,
doblada por el talle.
Soy otro ser que tiembla, transparente.
Yo,
la del pelambre de loba,
la del anca cobriza y garra restallante,
soy su rehén.
Nadie pretenda quebrantar mi cautiverio.

 

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En tu boca de greda

Tu boca es esa poza donde el ángel
hunde sus dedos dulces.
Criatura que regentas
el trance de mis brazos,
yo te miro y el corazón se torna
dos cántaros lunares,
dos pastizales líquidos
de algodón deslumbrante.
Amor,
entre tu boca de blandura de greda
van nevando mis pechos
como un paraje helado.
(De Verbo madre, 1995)

 

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LOS OLORES NO MATAN, LAS PASIONES INFLAMAN

Mi cuerpo es imperfecto. El mío y el del resto de las mujeres. Por alguna distraída razón fuimos remitidas con desafortunados defectos de fábrica: pechos inadecuados, o muy grandes o muy pequeños, poco elevados, estrábicos, bizcos, deprimidos. Falta cadera, sobra cadera, cintura difusa, nalgas deficitarias. Para colmo de desdichas, me entero por una publicidad de que ese vilipendiado trozo de nuestra anatomía oculto bajo el triángulo inferior del bikini, puede –contrario a lo que se podría conjeturar– “matar pasiones”.

Eso reza el anuncio en escandalosas letras mayúsculas. Se infiere que por culpa de su olor, sus fluidos. Su “suciedad”. Se me propone sentirme “limpia, fresca y protegida” gracias al empleo de protectores diarios.

¿Que a quién protegen? Leo: “Tu ropa interior”. Me siento un poco amoscada. Creo valer un poco más que mi calzón, pero, en fin.

Todo esto viene a cuento porque, independientemente de que a alguien le complazca usar todos los días las delgadas lengüetas de algodón (está en su legitimísimo derecho), y de que las toallas sanitarias constituyan uno de los más agradables aportes de la industria moderna al bienestar femenino, encuentro consternante que una vez más se desprestigie en público y a página completa nuestro sexo. Vagina. Releo la palabra –la innombrable– en los célebres Monólogos de Eve Ensler . Que al respecto apuntan en boca de uno de sus personajes: “Mi vagina no necesita ser ‘limpiada’. Huele bien así.” … “Eso es lo que están haciendo –tratando de limpiarla, de hacerla oler a aerosol para el baño o a jardín. Todos esos aerosoles –floral, frutal, lluvioso. No quiero que mi sexo huela a lluvia. Completamente lavado, como si uno lavara el pescado así que lo cocinó. Lo que quiero es que me sepa a pescado. Para eso lo pedí.”

La fobia cultural a los olores corporales quizás se deba a que estos nos recuerdan que no somos más que mamíferos altaneros. Erguidos en dos patas, pero animales.

Yo no me quejo. Ser animal es agradable. Lo prefiero a ser una magnolia o un pedazo de cuarzo. Los olores están íntimamente relacionados con las emociones, la memoria y la conducta sexual. No matan pasiones, las inflaman... Bien lo sabe quien ha hecho el amor resfriado: es tan triste como tomar café sin poder olerlo.

Las flores son sexos, alguna vez lo dije; así consta en los tratados de botánica. Y los sexos son flores cuyo aroma hemos negado, pero que con buena voluntad y para solaz de alma y de cuerpo, podemos aprender a recordar.

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