Amado Nervo

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Si tú me dices ven

Las sirenas

Abanico

Los cinco

Cada rosa gentil ayer nacida

Si Tú me dices: «¡Ven!»

Si Tú me dices: «¡Ven!», lo dejo todo...

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada...

Pero dímelo fuerte, de tal modo

que tu voz, como toque de llamada,

vibre hasta en el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo

y hiera el corazón como una espada.

Si Tú me dices: «¡Ven!», todo lo dejo.

Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular;

mas he de compensarte mi retardo,

difundiéndome, ¡oh, Cristo!, como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar.

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Las sirenas

   En las ondas del verde caimanero,

estriadas de luz en áureas venas,

un grupo bullicioso de sirenas

juega y canta su canto lisonjero.

   Es la luna de nácar un venero,

y al bañar ese nácar las serenas

extensiones del golfo, de iris plenas,

finge hervores de perlas cada estero.

   Dos sirenas del coro se retiran:

se quieren y se atraen; tornan, giran,

se besan en los labios escarlata,

sumérgense abrazadas en las olas,

y resurgen unidas sus dos colas

como una lira trémula de plata.

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Abanico

 

Flamean corruscantes las chaquetillas,

la luz sobre las ropas tiembla y resbala,

y fingen pirotecnias las banderillas

y auroras las bermejas capas de gala.

   El sol arde en los gajos de las sombrillas,

el clarín su alarido de muerte exhala,

y el diestro, ante los charros y las mantillas

a la bestia que muge brinda y regala.

En tanto, una damita, toda nerviosa,

se cubre con las manos la faz hermosa

que enmarcan los caireles de seda y oro,

y entreabre en abanico los leves dedos

para ver tras aquella reja, sin miedos,

cómo brota la noble sangre del toro.
 

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Los cinco

 Este es el dedo chiquito

y bonito: al lado de él

se encuentra el señor de anillos;

luego, el mayor de los tres.

 Este es el que todo prueba,

y sobre todo la miel.

-¿Y éste más gordo del todo?

-Este, el matapulgas, es.

 

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Cada rosa gentil ayer nacida,
cada aurora que apunta entre sonrojos,
dejan mi alma en el éxtasis sumida...
¡Nunca se cansan de mirar mis ojos
el perpetuo milagro de la vida!

Años ha que contemplo las estrellas
en las diáfanas noches españolas
y las encuentro cada vez mas bellas.
Años ha que en el mar, conmigo a solas,
de las olas escucho las querellas,
y aun me pasma el prodigio de las olas!

Cada vez hallo la Naturaleza
más sobrenatural, más pura y santa,
Para mí, en rededor, todo es belleza;
y con la misma plenitud me encanta
la boca de la madre cuando reza
que la boca del niño cuando canta.

Quiero ser inmortal, con sed intensa,
porque es maravilloso el panorama
con que nos brinda la creación inmensa;
porque cada lucero me reclama,
diciéndome, al brillar: «Aquí se piensa,
también aquí se lucha, aquí se ama».

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