Serafín y Joaquín
Álvarez Quintero

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POEMAS:

       Autobiografía

       Bendición a Sevilla

       Cómo escribimos una comedia

SAINETES: 

       A qué venía yo

       La zancadilla

       Sangre gorda

Autobiografía

Nacimos entre espigas y olivares.
El uno esperó al otro en la lactancia,
y en el primer pinito de la infancia
ya escribimos comedias y cantares.
Después… libros y novias y billares
—¡memorias que iluminan la distancia!—;
luego… una juventud, cuya fragancia
envenenan agobios y pesares.
Fuimos… cuanto hay que ser: covachuelistas,
estudiantes, “diablillos”, editores,
críticos, “pintamonos”, retratistas…

Y hoy como ayer sencillos escritores
que siguen, a la luz de sus conquistas,
sembrando sueños por que nazcan flores

 

Bendición a Sevilla

Tierra de nuestro amor: ¡Dios te bendiga!
Que en tu glorioso porvenir risueño
nunca te falten ni voz amiga
ni hilos de luz en que tejer un sueño.
Que fecundes tus campos sin fatiga;
que al Arte mires como a esclavo y dueño,
y hagas oro del grano de la espiga,
y hagas un Cristo de Pasión de un leño.
Que tus risas mitiguen tus dolores;
que aun donde no las siembres, nazcan flores:
que halles siempre en tu fe paz y consuelo,
y que en tu noche perfumada y bella,
por mandato de Dios, baje una estrella
y bese a la Giralda y vuelva al cielo

Cómo escribimos una comedia

 Se elige un tema, que brotó en la mente
al soplo de una historia conocida,
como la sangre roja de una herida
o como el agua clara de la fuente.
Se infunde luego, con amor consciente,
en la ficción que habrá de darle vida.
Se hace nacer a gente no nacida,
se estudian sus pasiones y el ambiente.
Y a dialogar sin mañas ni resabios:
a que al choque fecundo de las almas
salgan, hechas palabras, por los labios…
Y a soñar con Ristoris y con Talmas,
y a que digan los simples y los sabios,
y a que sueñen los picos y las palmas.

 

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A QUÉ VENIA YO

La acción, en Andalucía: Sevilla, calle Alminar. Salita fresca y sombría; menaje de buen pasar; hora, la del mediodía. Una puerta para entrar, Ventana con celosía... y pare usted de contar.

(Aparece sola la estancia, y a poco salen Amparito y Doña Lía. La primera, muchacha de dieciséis o diecisiete primaveras -¡todos los años hay jovencitas de esta edad!-, se halla muy acicalada y compuesta: se conoce que espera a alguien; por la ventana, acaso. Doña Lía es una señora frescachona y muy charlatana. Confiesa cuarenta y ocho años; debe, por lo tanto, de tener cincuenta y dos o cincuenta y tres. Hablan las dos con el gracioso acento de la tierra.)

AMPARITO: Pase usté, señora.
DOÑA LÍA: Muchas gracias. ¿De manera que su mamá ha salido?
AMPARITO: No hase ni dos minutos. No sé cómo no se la ha encontrado usté en la casapuerta. Si quiere usté esperarla...
DOÑA LÍA: Si no molesto, aguardaré un ratito.
AMPARITO: Siéntese usté.
DOÑA LÍA: Muchísimas gracias.
AMPARITO: ¿Usté es amiga de mamá?
DOÑA LÍA: No tengo ese gusto; venía a conoserla presisamente. Es desí, venía... ¡Ya verá usté a lo que venía! Claro que a conoserla, pero además venía... ¿Tardará mucho?
AMPARITO: No le puedo desí... Ha ido a la caye de Bailén a toma informes de una criada...
DOÑA LÍA: ¡Ah! el disco diario... ¡Cómo está el servisio! ¡Cómo está el servisio de esta Seviya! ¡Cómo está ese ganao! Hay quien dise que son familia. Y si que son familia, ¡porque dan una de disgustos! El domingo tuve que pone a una en el arroyo, porque, si no, me da un hervó de sangre... Bueno, yo soy muy vehemente, muy nerviosa... ¡Muy nerviosa! El agua de asahá es mi alimento... ¡Soy muy nerviosa! Y aquel demonio era contra mis nervios. ¡Qué fiera! ¡Qué tarasca! Susia, mal hablá, escandalosa... ¡atea!
AMPARITO: ¿Matea?
DOÑA LÍA: Atea, atea... Que no creía en Dios ni a tres tirones... ¡Y lo tenía que desí y que jura a cada triquitraque! Ponía la sopera en la mesa dando un golpetaso, y soltaba, con un bufío: - ¡No hay Dios! - Bueno, Atanasia, es su pensá. -¡No hay Dios! -Como usté quiera. Traía los garbansos, o unas pescadiyas, o el postre, y ¡venga maltrata a los platos!: -¡No hay Dios! Ni Dios ni vajiya, como usté se hará cargo. Mi marido, que es muy creyente, sufría mucho: porque mi marido piensa que si no hubera Dios a él lo echaban de la ofisina... Está colocao en el escritorio de una fábrica de aseitunas, y no es que no trabaje bien, es que... ¿lo adivinas, hija? las operarías, las aseituneras... Pero bueno, tú te dirás: no será esto lo que quiere esta señora habla con mi madre...
AMPARITO: Supongo que no.
DOÑA LÍA: Supongo que no, dise. (Fijándose en un retrato que adorna un mueble.)¿Este es tu padre?
AMPARITO; Si, señora.
DOÑA LÍA; Muy guapo.
AMPARITO: Ahora está ya más viejo.
DOÑA LÍA: ¿A quién se párese este hombre?
AMPARITO: A mi, disen...
DOÑA LÍA: A ti, un poco, pero yo le encuentro otro paresido... ¿a quién, a quién...? Bueno, yo tengo la monomanía de los paresidos. ¡Y sufro mucho! ¡Mucho! ¿A quién se párese tu padre? Es a... a... No. Te advierto que saco las semejanzas más extrañas... A lo mejó tu padre me recuerda a un anunsio, al león de una fuente... El otro día me pasé media hora discurre que discurre, cavila que cavila, hasta que di en que un mochuelo que hay en una tienda de la Campana _un pisapapeles_ es iguá, iguá a un notario vesino mió.
AMPARITO: ¡Ja, ja. ja!...
DOÑA LÍA: Te ríes. Ya te digo: dos gotas. Y me ha ocurrido más. ¡Ahora sí que vas a reírte! Vi un día en un cortijo una codorní en una jaula, y lo de siempre, ¿a quién se párese esta codorní? Y dale, y vuelta, y no me abandonaba la idea, y ya era osesión, y sin cae. Y de pronto...
AMPARITO: ¿A quién se paresía?
DOÑA LÍA; A mí.
AMPARITO: ¿A Usté?
DOÑA LÍA: A mi.
AMPARITO: ¡Ja, ja, ja!...
DOÑA LÍA; ¿No te dije? Yo no sé en lo que consistía... El peinao que yevaba yo, los ojos, que se me habían irritao con e! aire campero; la coló del pico del pájaro... En fin, que me fui a mi casa dando gorpes.
AMPARITO; Como la criada.
DOÑA LÍA: Otra clase de gorpes. ¿De qué hablábamos? Ya me perdí... Este visio que me consume de charla venga o no venga a cuento... Anoche le pregunté a mi médico, don Servando Corrales:_Don Servando: ¿Cómo me encuentra usté la lengua? Y va y me dise: _Un poquito fatigá la encuentro ¿Eh? Tuvo grasia... ¿A qué venia yo?
AMPARITO: A mí no me lo ha dicho usté todavía, señora...
DOÑA LÍA: No, no te lo he dicho... y no te lo he dicho... ¿Por qué no te lo he dicho? ¡Ay, qué cabeza! ¿A qué venía yo?
AMPARITO: A desirme que a su esposo le gustan las aseituneras.
DOÑA LÍA: No me tires de la lengua niña.
AMPARITO: Me párese que no hase falta...
DORA LÍA: ¡Ay, qué ánge tienes...! Tienes muy buen ánge.
AMPARITO: Es favó.
DOÑA LÍA: Pero ¿a quién me recuerda tu padre? ¡Ah! Por el hilo el oviyo; de una cosa en otra... Ya caigo: he venido a vé a tu madre.
AMPARITO: Justo. Eso me dijo cuando entró.
DOÑA LÍA: Ya está, ya está... A ver a tu madre, a ver a tu madre... ¡A ver a tu madre he venido! Qué cabesa la mía... Se sale, se sale. Sierto que la memoria es una facurtá muy rara, muy caprichosa... Yo estoy perdiíta de eya, ¡perdiíta! En cambio mi marido... ¡Un! Mi marido ¡qué memorión! ¡Lo que aprende una vez se le clava en los sesos! Te dise los reyes godos de carreriya, los sabios de Gresia, con qué tierras confina la Patagonia, las maraviyas der mundo... ¡Oh! Un asombro, un asombro...
AMPARITO: No se le orvida más sino que se ha casado, ¿no es así?
DOÑA LÍA: Así es, así es; se le orvida, se le orvida con frecuensia... Pero yo se lo recuerdo a diario... ¡Ay, los hombres! Ya te irás enterando... Son, son... ¡son unos piyastres...! ¡Ea! ya me perdí otra vé... ¿A qué venia yo?
AMPARITO: A pone a su marido como un trapo.
DOÑA LÍA: Y lo merese. Yo no venía a tal cosa, pero ¡ya que sale ta conversasión...! Es un fresco, un fresco. Ve unas fardas, y ya lo tenemos con las pajariyas contentas. ¡Ya, ya te irás enterando!
AMPARITO: ¿Yo?
DOÑA LÍA: TÚ.
AMPARITO: ¿De... de lo pendón que es su marido?
DOÑA LÍA: De lo pendón, y de lo truhán, y de lo hueso...
AMPARITO: Pero ¿a míi, señora...?
DOÑA LÍA: A ti, a ti. A ti te importa, y mucho. No hay por qué sin por qué. Yo creía que er que me había tocao en la rifa era el hombre más enamorao, más chulo, más sinvergüesa y más mujeriego que había nasido en Seviya, en España, en er mundo... ¡y ha nasido otro!
AMPARITO: ¿Si? ¿Cuándo?
DOÑA LÍA: A los nueve meses de casarme yo con su padre.
AMPARITO: ¿Un hijo?
DOÑA LÍA: Un hijo que me va a deja calva, calva como una sandia... ¡Ay, Señó, qué criatura!
(Alguien se ha detenido tras de la celosía. Amparito, que en este momento se halla un tanto confusa por las palabras de su interlocutora, v ante su mirada inquisitorial, se levanta. Polito habla desde la calle.)
POLITO: Sielito.
DOÑA LÍA: ¿Qué?
POLITO: Sielito.
AMPARITO: Es a mi.
DOÑA LÍA: No, no: es a mí.
(Y con ligereza de codorniz precisamente corre a la ventana y entreabre la celosía, dejando al descubierto la figura de un mozalbete.)
POLITO: Sielito.
DOÑA LÍA: ¿Sielito? ¡Mira qué nube de tormenta!
POLITO: ¡Mamá!
AMPARITO: ¡Doña Lía!
DOÑA LÍA: Doña Lía, sí. Doña Lía. La mamá de este cangrejo de río que es tu novio. ¡Y a esto venía yo! ¡A esto venia, a esto venía yo! Ni más ni menos.
(El cangrejo ha desaparecido.)
AMPARITO: Pero usté, usté...
DOÑA LÍA: Yo, yo...
AMPARITO: Usté, señora...
DOÑA LÍA: Yo, yo venía a esto. Doña Rosalía Morales, que no doña Lía, como me pusieran el padre y el hijo, y ya me lo yama el barrio entero. ¡A esto venía yo! A desirle a tu mamaíta que er novio de su niña es el piyo más piyo que come pan y que bebe vino. ¿No está tu madre? Pues se lo planto a la nena, que le interesa más.
AMPARITO: Yo he de desirle a usté...
DOÑA LÍA: Tú te cayas y escuchas. Tu novio es un pingo, ¡un pingo! Le gustan todas. Trae siempre a tres o cuatro al retortero. Que si los ojos de ésta, que si la boca de la de enfrente, que si lo bien que anda su prima, que si la grasia con que se queda quieta la hija del sapatero... Se escribe con una dosena. "Sielitio... Mora de mi harén, chiquiya de mis sueños, sangre, negra, mi alma, mi loca, mi fiera..." ¡Que te cayes, te digo! a ti te dirá lusero y estreya y canela en rama y asúca molía... ¿A que sí? Conosco el repertorio completo. El muy charrán le lee las cartas a su padre, que se tumba de risa... ¿Tú sabes el consejo der pirata der papaíto? Pues le jura que mientras le gusten dies o dose, la cosa marcha bien... Pero que er día que le guste una sola le rompe una pata. Y los dos se miran de reojo. Así aconseja a su nene el tal moralista... Y yo los escucho, y, claro... ¡tengo la versícula biliá picaíta pa croquetas! Y sabedora de quién eres tú, y de lo buena y lo modosita que te ha hecho Dios, y de lo siega que te ha dejao ese trucha, vengo a abrirte los ojos, aunque ya los ¡uses bien abiertos y bien presiosos, pa contarte mi cuento; pa que no yoren las muchas lágrimas que han yorao los míos... Tú no sabes lo que se sufre cuando nuestro hombre no huele ni a lo que huele tu casa y tu cuarto, ni a lo que hueles tú. ¿Qué es inútil amonestarlo? ¿Qué mis palabras se las yeva e! aire? ¿Qué doña Lía está como una cabra? Pues no hay pa qué habla más. A esto vine y me voy con er saco vasío. Ya me dirás tú si te engaño o no, cuando lo cojas abrasando a la cosinera. Porque, ¿yo te he hablao de una criada puerca y legañosa, y que no cree en Dios? ¿Te he hablao, verdá? Bueno, ¡pues también le gusta a tu novio! ¡Y a su padre! ¡Caya!
AMPARITO: Si no hablo, señora.
DOÑA LÍA: ¡Caya! Sí, hija, sí, embarcan de todo. Porque, mira, entra aquí un albañil, y para ti y para tu madre, es un albañil, no es un hombre. ¿Comprendes? Entra el carbonero, y es el carbonero ¡no es un hombre! En mi casa, no: entra la tripicayera de enfrente, ¡es una mujer! ¡Aunque huela a tripas! Entra la trapera ¡es una mujer! ¡Aunque huela a trapos! ¡Embarcan de todo! La última que tuvo mi marido... ¡Caya! Bueno, la última, la última... Mi marido siempre está en las últimas... ¿Qué iba yo a desirte? Ya me perdí... No, ya sé. La última que tuvo ese pingajo de hombre era un coco. Yo no la conosía; y en un repente de selos que me entró... Porque en mi matrimonio se cambian los papeles. Yo soy Ótela y él Desdémono... Desdémono, si... porque un día, cuando esté en la cama durmiendo, le voy a corta la cabesa... Bueno, pues yo, con las intensiones de Caín, me planté en la casa de la ninfa, y en cuantito me encaré con eya, ¡ay! ¡ay!
AMPARITO: ¿Qué, doña Lía?
DOÑA LÍA: Doña Lía, doña Lía... ¡Doña cuerno!
AMPARITO: Usté perdone.
DOÑA LÍA: Me dio como un ataque, una risa nerviosa... ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!...
AMPARITO: ¿De rabia, verdá?
DOÑA LÍA: No; de fea que era ¡Qué cara! ¡Qué horró! ¡Un dibujo moderno! Y ese bandido, por esa mujé me falla a mi.,., a mí, ¡que me párese que todavía, todavía!... ¡Ja, ja, ja, ja, ja!... Otra ves el ataque...
AMPARITO: ¿Quiere usté una tasita de...?
DOÑA LÍA: No, lusero... Lo que quería es desirte lo que ya te he dicho... ¡Ea! Se acabó el royo e la pianola. Dale cuenta a tu mamá de !a visita que ha tenido eya y que has tenido tú. ¡Buenas tardes! A esto venía yo, a esto venía yo, a esto venia yo...
(Y se va de estampía. Amparito, paralizada por la sorpresa, no sabe seguirla. Al cabo dice:)
AMPARITO: Jesús, y qué torbeyino de suegra. (Suspira y reflexiona, y al no hallar unainmediata y satisfactoria solución a los turbadores pensamientos que le ha dejado la aturdidafutura mamá política, exclama:)
                                                     Ha dicho un sélebre autor
                                                     que en cualquier juego de amor,
                                                     ya difisi, ya sensiyo,
                                                     como entre a jugar un piyo...
                                                     ¡el piyo es el ganador!

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LA ZANCADILLA

REPARTO:
Refugio
Antonia
Ildefonso
Juan
 


(Calle solitaria, en Sevilla. Puerta de la casa de Refugio. Junto a ella, arrimada a la pared, una
silla basta. Es una noche clara del mes de julio. Un farol próximo alumbra la escena.)
(Salen por la derecha del actor, Ildefonso y Juan. Son dos mocitos del pueblo, jactancioso y presumido el uno, y modesto y guasón el otro.)
 

ILDEFONSO: ¿Lo estás viendo, tú? Miá la ziya.
JUAN: La siya sí la veo; pero no veo más que la siya.
ILDEFONSO: Hombre... déjate dí... Lo primero que necezita una reina, ez er trono. Con eza ziya en zemejante zitio, quié decirme que zale.
JUAN: Tar vé, tar vé; pero mientras no te diga otra cosa...
ILDEFONSO: También me la dirá. Tiempo ar tiempo.
JUAN: ¡Límpiate!
ILDEFONSO: ¿Va la cena pa tos?
JUAN: Va la sena pa tos.
ILDEFONSO: Pos ya pues dí juntando, porque tú tienes que pagarla.
JUAN: ¡Qué ilusiones te hases! Tú no sabes, con quién te juegas er dinero. Esa niña no sabe desí que sí; no se lo han enseñao.
ILDEFONSO: ¿Va la cena pa tos?
JUAN: Esa niña tiene la cabesa yena e muñecos. Esa niña está esperando un Rey Mago... Esa niña...
ILDEFONSO: ¿Va la cena pa tos?
JUAN: Va.
ILDEFONSO: Pos no hables más y quítate de enmedio, que me paece que zale ahí. De aquí a doz horas estoy yo en er café...
JUAN: ¿Quiés que te mande un carriyo e mano?
ILDEFONSO: ¿Pa qué?
JUAN: Pa que te yeves en é las calabasas.
ILDEFONSO:
(Después de mirar el reloj con mucha sorna). La contestación a las doce y diez.
JUAN: ¡Y que nos vamos a reí poco!
ILDEFONSO: ¡Zí, ar contrario!
JUAN: Hasta luego.
(Vase por la izquierda).
ILDEFONSO: Hasta luego. Esta gente ze ha creío que yo no tengo idea; que me vengo aquí cruzao de brazos... Zeis o ziete noches na más yevo hablando con la mocita y está ya más zuave que razo der güeno. Y por zi ezo fuea poco...
(Se quita con mucha precaución el sombrero y saca una rosa de él). ¡Na! ¡No le traigo na! To er día la he tenío en agua: azín ze ha puesto. No hay otra más pompoza en toa Zeviya. Y luego la malicia pa prezentarla... (Clava la flor en el asiento de la silla) ¿Qué tá?... Como zi hubiea nacío en las neas... (Prestando oído) Me paece que zale la niña. Yo de espardas, zin darle a la coza való... (Se vuelve de espaldas, en efecto, y se pone presuntuosamente a encender un puro. Mientras tanto sale Antonia, abuela de Refugio, muy vieja y muy fea, repara en él y se sienta con mal modo en la silla sin fijarse en la rosa) Ya está ahí, ya está ahí... Ya me ha visto... Ya ha visto la fló... Ya la ha cogío... Ya la güele... Me viá gorvé de pronto con er puro encendió, y le viá paecé un faro. Anda, Irdefonzo. (Da la vuelta y se le corta la respiración al ver a Antonia). ¡Agüela!
ANTONIA: Dios guarde a usté, Irdefonso.
ILDEFONSO: (¿Le paece a usté?... ¡Y están tos los días cayendo rayos en er campo!) ¿Y Refugio?
ANTONIA: Güeña.
ILDEFONSO: ¿Y... zeñó Manué?
ANTONIA: Güeno.
ILDEFONSO: ¿Y... usté, guena?
ANTONIA: Güena.
ILDEFONSO: La noche está, güena.
ANTONIA: Güena.
ILDEFONSO: ¡Güeno, hombre, güeno!...
ANTONIA: ¿Qué lo trae a usté por aquí?
ILDEFONSO: Na; zino que pazaba y dije: zi está Refugio ahí, la zaludaremos.
ANTONIA: Pué que tarde en bajá.
ILDEFONSO: Daré una güerteciya, porque ya que he venío me paece feo no zaludarla...
ANTONIA: Ayá usté.
ILDEFONSO: (¡Demonio e vieja! ¡Me ha espachurrao la roza y to er principio e la converzación!)
(Se aleja lentamente por la derecha canturreando)
ANTONIA:
(Para sí, viéndolo marcharse) Anda ya, esaborío, que te la das de alegre y eres un funerá...
(Sale de la casa Refugio hecha un clavel. Trae otra silla.)
REFUGIO: ¿Corre aquí aire?
ANTONIA: Er que había se lo acaba e yevá Ildefonso con er meneo e los brasos. Miálo como va.
REFUGIO: ¡Ay, Jesús, si no cabe en la caye! ¿Se ha ido pa gorvé?
ANTONIA: No que no. Si tú no le dieras palique...
REFUGIO: ¡Pero si es la única diversión que tengo este verano! ¿No ve usté que no hay sirco?
ANTONIA: Pos mira lo que hases... y no juegues con las cosas der queré, que es jugá con fuego.
REFUGIO: Agüela, por Dios, no le yame usté fuego a ese hombre, que hasta los sigarros se le apagan de soso que es.
ANTONIA: Yo lo que te digo es que muchas veses se empiesa riendo y se acaba yorando.
REFUGIO: Pos miste que estará presioso afligío.
ANTONIA: ¿Y si a quien le toca yorá es a ti?
REFUGIO: Como no me entre un mosquito en un ojo no yoro yo por ese perma. Pierda usté cuidao.
ANTONIA: Güeno, güeno.
REFUGIO: Miste, agüela; es que son tos los hombres a jugá con una, porque una ar prinsipio no mira más que si le petan y no pué carculá las intensiones; y cuando se ofrese por casualidá que un fachendoso de estos yeve un revorcón y se vaya chafao, no va una a desperdisiá la vez... Porque son mu malos: miste lo que le ha pasao a Mariquiya la Pelusa... Y mu traisioneros: miste er chasco de Isabé Molina... Y mu vengativos: miste lo de Asunsión la guapa... Y mu perros; mu perros... ¡Ay, yo les tengo un coraje, agüela..., que si no fuea porque quiero casarme y casarme prontito, tos estaban de más pa mí! Usté no sabe lo que yo gosaría con traé ar retortero a seis o siete...
ANTONIA: ¡Chiquiya!
REFUGIO: Sí, agüela, sí: y toavía he dicho pocos. Pero habían de está siegos, trastornaos, sin ganas e comé, sin ganas e dormí, sin ganas de afeitarse, sin ganas e na... El uno que se pegara un tiro; el otro que se tirara de la Girarda; el otro que se gorviera loco y le diera por escribí mi nombre por las paredes; dos que se rebanaran er pescueso por causa mía; uno que se ahorcara de un árbo... ¡Ay, qué gusto, qué gusto!
ANTONIA:
(Levantándose) ¡Jesús, Jesús, Jesús!
REFUGIO: ¿Adónde va usté?
ANTONIA: A desirle a tu padre que busque un médico enseguía, porque tú no estás güena.
REFUGIO: ¡Ja, ja, ja!
ANTONIA: Ríete, ríete.
REFUGIO: Ayí viene ya don Juan Tenorio.
ANTONIA: Si por eso me quito de aquí... Plántale la boleta, niña: formá te lo aconsejo; que he sabío que se está dando tono a costa tuya, y que toas las noches apuesta una sena a que tú le dises que sí.
REFUGIO: Mejó: así traga luego más guita... y le sargo más cara.
ANTONIA: Espántalo de una vez y no seas tonta.
REFUGIO: Esté usté tranquila, que esta noche yeva su meresío. Calabasas de Rota, que son las que más gusto le dan a la bersa.
ANTONIA: Me alegraré como si me cayera er premio gordo.
(Entra en la casa)
REFUGIO:
(Viendo acercarse a Ildefonso en actitud de pavo real y burlándose de él sin que la pueda oír) Ya está aquí mi hombre... ¡Ole los brasos bien movíos! Paese que está nadando. ¿A que da un resbalón en esa hojita de lechuga? (Sale Ildefonso contoneándose, y apenas sale, se resbala, en efecto. Refugio se tapa la cara con el abanico, riéndose.)
ILDEFONSO: (¡Mardito zea el Ayuntamiento, que no limpia estas cayes!)
REFUGIO: ¿Qué fue?
ILDEFONSO: Una broma, pa que usté ze riyera.
REFUGIO: Muchas grasias. Pos sí que me he reío.
ILDEFONSO: Tenga usté güenas noches, a too esto.
REFUGIO: Guenas noches.
ILDEFONSO: Ya la veo a usté tan zuperió...
REFUGIO: No estoy mala, a Dios grasias. ¿Y usté, cómo está?
ILDEFONSO: Ar prezente, mejó que usté.
REFUGIO: ¿Por qué?
ILDEFONSO: Porque a usté le toca verme a mí, y a mí me toca verla a usté, que ya hay diferiencia.
REFUGIO:
(Fingiendo que la cautiva la galantería). Ay, qué bien está eso... (Se queda mirándolo como encantada)
ILDEFONSO: (Farciná. Y no ze acuerda de que le dije lo mismo la otra noche.)
REFUGIO: ¡Tiene usté unas ocurrensias más bonitas, Irdefonso!...
ILDEFONSO: ¿Le ha gustao a usté eza?
REFUGIO: Mucho... ¿La aprendió usté en viernes, verdá?
ILDEFONSO:
(Desconcertado por el golpe). No... en zábado... ¡Je!
(¡Pos zí que ze acordaba!)
(Silencio. Los dos se miran sonriéndose)
REFUGIO : ¿Va usté a cresé?
ILDEFONSO: Zi a usté le paece que zoy chico...
REFUGIO: ¡Qué disparate! Miste: tanto así de más, ya sobraba; y tanto así de menos, ya no estaba bien. Se ha quedao usté en er tamaño justo.
ILDEFONSO: ¿De veras? ¡Ez usté más gracioza que la má!
REFUGIO: Siéntese usté, si no tiene prisa: aquí a mi lao, que yo no me como a la gente.
ILDEFONSO: ¿No, eh? ¿Qué más quiziea la gente?
REFUGIO: ¡Ay, qué fino está er tiempo!... Vaya, hombre, siéntese usté.
ILDEFONSO:
(Jactancioso) (¡Digo!)
REFUGIO:
(Fijándose en la flor cuando Ildefonso va a sentarse). A vé, espérese usté: ¿qué es esto?
ILDEFONSO: Una roza paece.
REFUGIO: ¿Quién la habrá puesto aquí?
ILDEFONSO: Argún amigo que haiga pazao.
REFUGIO: Tírela usté... ¡Sabe Dios en qué moño se habrá visto!...
ILDEFONSO:
(Obedeciéndola con oculto dolor). (¡Y pa esto la he tenío yo en agua to er día!...)
(Se sienta, se quita el sombrero y se atusa los tufos con intención de que ella le vea una sortija)
REFUGIO: ¡Jesús! ¿Hay relámpagos?
ILDEFONSO: ¿Relámpagos?
REFUGIO: Me ha dao un resplandó así en los ojos...
ILDEFONSO: ¿No zerá er briyante?
(Mostrándoselo candorosamente)
REFUGIO: Pos miste, es verdá: er briyante es; no había yo caío.
ILDEFONSO: Tiene mu güenas luces.
REFUGIO: ¡Pa pareserme a mí relámpagos!
ILDEFONSO: Pero ¿quién ha visto relámpagos con er zó fuera?
REFUGIO: ¿Con er so fuera, si es de noche?
ILDEFONSO: Pos por ezo está fuera.
REFUGIO: Ah, vamos; usté quié desí que está de viaje.
ILDEFONSO: No zea usté burlona. Lo que yo quieo decí es que como usté zale de noche a la puerta e zu caza... por ezo está er zó fuera.
REFUGIO: ¡Ay, vaya un dicho presioso que me ha dicho usté!
(Levantándose) Se lo viá referí a mi agüela.
ILDEFONSO: ¡No ze vaya usté ahora!...
REFUGIO: ¿Usté no quiere? Pos ya no hay más que hablá. (Se sienta)
ILDEFONSO:
(Como antes) (¡Digo!)
(Callan de nuevo)
REFUGIO: Irdefonso...
ILDEFONSO: Me yamo.
REFUGIO: Oiga usté una cosa.
(Con extremada zalamería) Güeno, pero prométame usté no engañarme.
ILDEFONSO: ¿Engañarla yo a usté? ¡Vamos! ¿Qué zucede?
REFUGIO: Anoche... Er caso es que me da cortedá...
ILDEFONSO: Le arvierto a usté que yo tampoco me como a nadie. (¡Ez una tortolita!)
REFUGIO: Pos anoche... ¿Pero de veras no me va usté a engañá?...
ILDEFONSO: ¡Antes me lastimen las botas!
REFUGIO: Pos anoche...
ILDEFONSO: ¿Qué?
REFUGIO: Estaba yo acostá... ¿sabe usté?... y de la parte afuera de mi ventana... oí una guitarra de pronto...
ILDEFONSO: (¡Ejem! ¡ejem!)
REFUGIO: Una guitarra... que sonaba a gloria bendita... Las cosas hay que decirlas como son.
ILDEFONSO: (¡Qué bien ví yo a cená esta noche!)
REFUGIO: Y acompañándose de la guitarra... oí a un mosito que cantaba esta copla:
(Entonándola)
                                                   «No sé como no floresen
                                                   las tejas de tu tejao,
                                                   estando tú ebajo de eyas,
                                                   primaverita de Mayo».

ILDEFONSO: ¿Zí, verdá?
(Tierno) ¡Qué cozitas pazan a ezas horas, mi arma!...
REFUGIO: Güeno, Irdefonso, pos no me engañe usté: ¿era usté, por casualidá, er que cantaba y er que tocaba?
ILDEFONSO: Yo mismito. Y zintiendo no zé un canario y no tené por istrumento un arpa.
REFUGIO: Es que me lo dio er corasón... Y si usté supiera una cosa...
ILDEFONSO: ¿Qué?
REFUGIO: Que estuvo en tanto asi...
ILDEFONSO: ¿Que usté ze azomara?
REFUGIO:
(Dejando la zalamería y turbando con la salida al galán) To lo contrario: que se asomara mi papá a tirarle una bota.
ILDEFONSO: ¡Je!... ¡Ez usté más guazona que la má! ¿No le agrada a zu papá de usté que a usté la ronden?
REFUGIO: Le gusta más que lo dejen dormí.
ILDEFONSO: ¿Y a usté... princeza?
REFUGIO: Yo sargo a mi papá.
ILDEFONSO: ¿Es decí, que no debo gorvé con la guitarra?
REFUGIO:
(Con súbita tristeza). ¡Ay, eso no, Irdefonso!... ¿Pero le va usté a dá ese való a una broma mía? ¿No somos amigos?... Vaya, que ya me pesa habérsela gastao.
ILDEFONSO: Refugio, no lo tome usté azí tampoco... Por lo mismo que zemos amigos, en mí estaba no molestarla a usté.
REFUGIO:
(Suspirando). ¡Ay!...
ILDEFONSO: ¿Qué quié decí eze zuspirito?
REFUGIO: Que usté debía sabé de memoria... que a mí no me molesta nunca.
ILDEFONSO:
(Mirando su reloj) (¡Y no zon más que laz once y cinco!)
REFUGIO:
(Después de desahogar la risa detrás del abanico) ¿Estuvo usté ayé de mañana en la buñolá de la Chiclanera?
ILDEFONSO: (¡Hola! ¡Celitos ya!) Estuve.
REFUGIO:
(Fingiéndose celosa) Espantárame yo.
ILDEFONSO: Me gustan mucho los buñuelos.
REFUGIO: ¡Y quien los hase!
ILDEFONSO: Quien loz hace me tiene zin cuidao.
REFUGIO:
(Con vehemencia y satisfacción) ¿Sí?
ILDEFONSO: Zí, mi arma.
REFUGIO: ¿De verdá?
ILDEFONSO: De verdá.
REFUGIO: Por más que, después de to, ¿a mi qué se me daba?... Claro que, como amiga de usté, me intereso...
ILDEFONSO: Dios ze lo pague...
REFUGIO: Porque la Chiclanera no será, pero a mí me han dicho que anda usté que bebe los vientos por una mujé.
ILDEFONSO: Pos cuando er río zuena...
REFUGIO: ¡Ah!... ¿De manera que no me han engañao?
ILDEFONSO: No zeñora.
REFUGIO: ¿Y... es der barrio este, Irdefonso?
ILDEFONSO: Que ze quema usté.
REFUGIO: No me diga usté quién es, a vé si lo asierto. ¿Es Anita la Rubia?
ILDEFONSO: Frío.
REFUGIO: ¿María Juana, la der Serero?
ILDEFONSO: Frío.
REFUGIO: ¿Mi amiguiya Clotirde?
ILDEFONSO: Ya ze va usté templando.
REFUGIO: ¿Me voy templando ya?
ILDEFONSO: Un poco, un poco...
REFUGIO: ¿Mi primiya Remedios?
ILDEFONSO: ¡Que ze quema usté!
REFUGIO:
(Como emocionada) Oiga usté: ¿vive en esta caye?
ILDEFONSO: ¡Que ze quema usté!
(Enciende una cerilla para el cigarro y se queda con ella en la mano sin tomar lumbre, subyugado enteramente por el interrogatorio de Refugio)
REFUGIO: ¿En esta caye?...
ILDEFONSO: Zí.
REFUGIO: ¿Será quisá... Milagritos la de ahí enfrente?
ILDEFONSO: Cámbieze usté de cera.
REFUGIO: ¿Pero es en esta sera, Ildefonso?
ILDEFONSO: En esta, Refugio.
REFUGIO: ¡Que se quema usté!
ILDEFONSO: (Tirando la cerilla) ¡Que ya me he quemao!
REFUGIO: ¡Ay, pobresito!... ¿Quiere usté que vaya por una telaraña?
ILDEFONSO: Estimando, niña; pero esta quemaura, no vale pa que usté ze mueva. Quemaura la que yevo aquí dentro.
REFUGIO: ¿En dónde?
ILDEFONSO: ¡En medio er corazón!
REFUGIO: ¿Y quién la ha causao?
ILDEFONSO: ¡Usté con ezoz ojos! Basta de dizimulos ya.
REFUGIO: ¿Yo?
ILDEFONSO: Usté, que es más bonita que la má, y más zimpática que la má... y a quien yo quiero más que la má.
REFUGIO: ¡Irdefonso!
ILDEFONSO: Ya lo zabe usté con toas zus letras, zerrana. Ahora déme usté la arzolución..., o er puntiyazo. Lo que usté quiera. En usté está que yo no me cambie por nadie o que me deje cogé de un tranvía.
REFUGIO: Ay, por Dios, Irdefonso, no haga usté eso.
ILDEFONSO: ¿Usté no quiere que lo haga?
REFUGIO: Yo no.
ILDEFONSO:
(Esponjado) ¿Entonces... es que no le paezco a usté ningún zaco e papas?
REFUGIO: No señó; ni muchísimo menos.
ILDEFONSO: ¡Ole!
REFUGIO: Sssss... sssss... no se entusiasme usté tan pronto; pare usté er cohete... que le viá dá a usté unas calabasas... que la má.
ILDEFONSO: ¡Gracioza!
REFUGIO: ¿Grasiosa, eh?
ILDEFONSO: ¡Zi no pué usté dizimulá la alegría que tiene en er cuerpo!
REFUGIO: Ni la pueo disimulá ni quieo disimularla tampoco; que pa disimulo basta con lo pasao.
ILDEFONSO :
(Receloso) ¿Qué?
REFUGIO: Tenía yo muchas ganas de ponerle er pie pa que se cayera de boca, a uno de estos mositos jacarandosos que apuestan en la taberna con los amigos si logran o no logran er cariño de una mujé.
ILDEFONSO:
(Azoradísimo) Pero, oiga usté, Refugio, ¿y quién ha apostao?
REFUGIO: Usté, so malaghe... Y ha debió usté mirá antes de esponé su dinero, que con ese coló de argarroba y ese labio de arriba, que paese un tordo derde abajo, ninguna mujé que se presie lo pué mirá a la cara...
ILDEFONSO: Niña, niña...
REFUGIO: No, si yo no vargo dos cuartos: no es que yo me alabe; pero, hijo mío, ar lao de usté soy una pintura. Además, usté se cree que tiene mucha grasia, y dise usté un chiste y se apagan las luses; usté se la da de que toca, y coge la guitarra y paese que están rayando pan; usté presume de que canta, y se arranca usté y se paran tos los relojes; y sobre to, usté se figura que tiene solimán en los ojos y armiba en la boca y mucha malisia y mucha escuela pa las mujeres, y una niña de nueve años le da a usté quinse güertas. Con que aire, aire, pa que se le pase a usté er sofoco; y si no basta el aire, una sangría. A la taberna o ar café, donde estén los amigos; a pagá la senita apostá; a hablá malamente de las mujeres; a contá cosas que no han pasao pa darse tono... y a comprarse unos lentes pa otra vez, que tiene usté menos vista que un gato viejo.
(Hace ademán de irse).
ILDEFONSO: ¡Pero escuche usté!...
REFUGIO: Ya he escuchao bastante.
ILDEFONSO: Es que no está ni medio bien...
REFUGIO: ¿Er qué?
ILDEFONSO: Tratarlo a uno con tanta finura... pa zortarle después eza rociá...
REFUGIO: Hijo mío, yo estoy por lo moderno. Y ahora, hasta las muelas se sacan sin doló. ¡De verano!
(Éntrase en su casa riéndose).
ILDEFONSO:
(Furioso) ¡Mardita zea la má!... ¡Me cazo con la má!... ¡Y que una arma mía, que después e to ez una lombrí con moño, le haiga hecho este dezaire a Irdefonzo Crezpo! ¡Mardita zea la má!... ¡Me cazo con la má!... ¡Y no es que a mí me importe pagá la cena! ¡Lo malo es que tengo que aguantá las guazas de toz eyos..., y que encima no pueo probá ni una pegcaiya; porque cuando tengo este humó to me hace daño! ¡Mardita zea la má!... ¡Me cazo con la má!... ¡Hay pa pegarle fuego... a la má!... (Vase de estampida maldiciendo de todo lo existente).
(Refugio y Antonia salen de la casa, muertas de risa)
REFUGIO: Místelo, agüela, místelo; miste qué paso yeva.
ANTONIA: Er demonio eres.
REFUGIO: Le digo a usté que se las he dao a mi satisfasión. Esta noche viá dormí mucho mejó que é, que de seguro no pega un ojo.
(Cantando y bailando con alegría)
                                                «Tengo unas calabasas
                                                 puestas al humo;
                                                 ar primero que pase
                                                 se las emplumo».
ANTONIA: ¡Jesús, Jesús, qué loca estás, chiquiya!
REFUGIO: Lo que estoy es deseando que venga otro.
ANTONIA: ¿Pa qué?
REFUGIO: Pa lo mismo, si no es de mi agrado. Goso yo lo que usté no sabe echándoles la sancadiya a los hombres.
(Al público)
                                                  Si le gusto a argún presente,
                                                  que me lo venga a desí,
                                                   que seré mu complasiente.
                                                    Yo no trato malamente
                                                    más que a los tipos así.

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 SANGRE GORDA

(Habitación en casa de Candelita, linda costurera de Arenales del Río (Sevilla). Una puerta a la izquierda y otra a la derecha. Al foro una ventana sin reja que da a un patio lleno de luz. Pocos muebles. Entre ellos una máquina de coser, un costurero y un bastidor para bordar. Candelita, sentada cerca de la ventana, cose y canta a la vez, desasosegada y nerviosa. Ella es una pólvora, como suele decirse, y se halla, además, en un momento crítico de su corazón.)
CANDELITA:
                                                     "Grande pena es la de un siego
                                                      que no ve por donde va,
                                                       pero mayor es la mía,
                                                       que no sé tu voluntá."

¡Por vía der merengue! ¡Ya cosí una manga ar revés! (Suelta la costura y se levanta sofocadísima). Señó, si no es posible; si no tengo la cabesa en la costura. ¡Ay, qué condenasión de hombres!... ¿Dónde he echao mi abanico? ¿Dónde he echao mi abanico? Aquí está. (Se abanica con furia). Como San Lorenso voy yo a morí por ese sangre gorda de Santiago: ¡achicharrá! ¡Jesú, qué sofoco! Soplo y caliento el aire. (Pasea unos momentos rabiosa y como dándose razones a sí misma). Mira, Candelita, vamos a cosé, que te tiene más cuenta. (Vuelve a sentarse a ello).
Digo, a descosé; porque ahora tengo que descosé esta manga. (Lo hace de un tirón). Por poquito la rompo. Y luego, pague usté la tela... ¡Mar fin tengan los hombres!... (Cantando como antes).
                                                      «Grande pena es la de un siego
                                                        que no ve por donde va...»

(Se levanta repentinamente de un salto). ¡Ea, que no coso!, ¡que no coso y que no coso! ¡Si no pueo cosé! ¡Si por las uñas me está saliendo elertrisidá!... ¡Ay!
(Pasea, se sienta, se levanta, se abanica y no está un punto quieta). ¡Ay! Es que se dise muy pronto, señó: dos años. ¡Dos años! Se dise muy pronto: dos años. Ya está: ¡dos años! Enero, er carnavá, la cuaresma, la Semana Santa, la primavera, er verano, los baños en er río, la vendimia y las sambombas de Nochebuena. ¡Dos años! Y empiese usté otra vez con enero y acabe usté con er Niño Dios. ¡Dos años! Se dise muy pronto: ¡dos años! Dos años viniendo a mi casa día por día ese plomo de hombre, gustándole yo —porque sé que le gusto—, gustándome é —porque eso es lo más malo, que ér me gusta— y sin haberme dicho toavía: «Candelita... arrímese usté a mí, que vi a ensendé un sigarro».
¡Ay, qué sangre más gorda le ha dao su Divina Majestá! En to Arenales der Río no se encuentra otro. ¿Qué habré yo hecho, pa que Dios me castigue de esta manera? ¡Yo, que soy una tira de triquitraques, enamorá de un hombre que hasta en apagá un fósforo echa tiempo! ¡Y no hay más que hasé así! (Sopla con vehemencia). Y ya está apagao. Por supuesto, que se acabaron los rodeos. De hoy no pasa que aclaremos la situasión. O me dise sus intensiones, o le digo que me está perjudicando y que no güerva. ¡Que no güerva!... Si ahí está la dificurtá: que yo quiero que güerva... ¡Por vía der merengue!...
(Se sienta otra vez a coser). De tos modos: no lo sufro más. ¡Yo no voy a pasarme la juventú aguantando a ese chinche! De hoy no pasa; no pasa. (Canta de nuevo):
                                                      «Dos vereítas iguales:
                                                      ¡cuár de las dos cogeré!
                                                      si cojo la de mi gusto
                                                       mi perdisión ha de sé».

Ahí viene ya. Ya siento sus andares. Pa echá una pierna le píe permiso a la otra... y no se lo da toas las veses. ¡Jesú!
SANTIAGO: (Dentro). ¿Ze pué pazá?
CANDELITA: Adelante. (Pausa). ¡Adelante! (Nueva pausa. Levantándose y abriendo la puerta de la izquierda). Pero ¿se ha muerto usté?
(Aparece Santiago).
SANTIAGO: Me estaba escondiendo... Güenos días.
Me estaba escondiendo las correíyas de las botas. Como zé que a usté no le gusta que ze me vean...
CANDELITA: ¿Y no ha tenío usté tiempo en toa la mañana pa esconderse las correíyas?
SANTIAGO: Tené tiempo, zí he tenío tiempo; zino que no me he acordao hasta er momento mesmo en que pregunté zi ze podía pazá. ¡Las cozas e la memoria, que vaya usté a entenderla!
CANDELITA: (Reprimiendo la primera fresca del día). Güeno: siéntese usté, si quiere, que estará usté cansao del ejersisio. (Se sienta ella).
(Santiago es un mozo del pueblo, pulido y simpático, pero despacioso de lengua, de movimientos y de ademanes, hasta la desesperación).
SANTIAGO: Ahora me zentaré. Antes vi a dejá er zombrero en otra ziya. (Va a dejarlo, en efecto, y previamente sacude el asiento con el pañuelo).
CANDELITA: No se mancha: no tenga usté cuidao.
SANTIAGO: Es la costumbre der café.
CANDELITA: Ya.
SANTIAGO: ¿Zu papá de usté está güeno?
CANDELITA: Está güeno: grasias.
SANTIAGO: ¿Y zu mamá de usté, está güena?
CANDELITA: (Atajando el padrón). Está güena toa la familia.
SANTIAGO: ¿La hermanita güena también?
CANDELITA: ¿No le digo a usté que toa la familia?
SANTIAGO: ¿Y tito Juan?
CANDELITA: ¡Tito Juan es hermano de mi madre!
SANTIAGO: Pero ¿está güeno?
CANDELITA: ¡Ay!
SANTIAGO: ¿Qué le paza a usté?
CANDELITA: Nada.
SANTIAGO: Vi a zentarme ya. (Acerca una silla a la de Candelita, y le sacude el asiento como a la otra).
CANDELITA: ¡La costumbre der café!
SANTIAGO: Ezo mesmo.
CANDELITA: Si no fuera usté ar café perdería la dichosa costumbre.
SANTIAGO: Poco va a durá. Porque vengo notando hace doz años que er café me ercita.
CANDELITA: ¡Sí! ¡Si lo que le conviene a usté es sarsaparriya, pa refrescá la sangre!
SANTIAGO: ¡Je! Ha tenío usté zalero. ¡Lo que me gusta a mí hablá con usté, Candelita!
CANDELITA: ¿Ah, sí? ¡También lo vengo yo notando hase dos años!
SANTIAGO: ¡Je! Y es curiozo esto. Ar principio nos hacían la tertulia zu papá de usté, zu mamá de usté, zu hermanita de usté, y er tito Juan de usté. Pero primero er papá, que zu carpintería; luego la mamá, que los quejaceres de zu caza; después er tito Juan, que no ze haya a gusto más que jugando ar tute, y por fin la hermanita, que zi laz amigas, que zi qué zé yo qué... Totá: que noz han dejao zolos a usté y a mí.
CANDELITA: Pos tenga usté cuidao no se quee usté solo der to.
SANTIAGO: ¿Es que va usté a zalí quizás?
CANDELITA: ¡Por peteneras!
SANTIAGO: ¡Je! Ziempre de guazita.
CANDELITA: ¡Siempre!
SANTIAGO: Pero, ¿de veras va usté a zalí?
CANDELITA: Sí, señó: a entregá una farda.
SANTIAGO: ¿A qué hora?
CANDELITA: ¿Qué hora es?
SANTIAGO: ¿Hora? Verá usté. Yo arranqué de mi caza a las diez y cuarto. De mi caza ar café, que está ayí a la vera, diez minutos. Totá: las diez y veinticinco. Tomé café con leche... y una copita. Totá: laz once menos cuarto. Fui a la bodega de don Rufino: laz once menos diez. Discutí con é zi ze zurfatan las viñas o zi no ze zurfatan: laz once y cinco...
CANDELITA: (Estallando). Pero, arma mía, ¿no tiene usté reló?
SANTIAGO: Tengo reló; zino que me gusta carculá la hora en el aire.
CANDELITA: ¡Es que mientras usté la carcula suena er de la iglesia!
SANTIAGO: Mejón zi zuena: porque entonces pongo bien er mío.
CANDELITA: ¿Y qué hora tiene usté en er suyo?
SANTIAGO: (Después de sacar el reloj y de aplicárselo al oído). ¿Por la iglezia o por la estación?
CANDELITA: (Levantándose). ¡Por er demonio que se lo yeve a usté! Déme usté er reló. (Se lo quita de la mano, lo mira y se lo devuelve furiosa). ¡Las dose menos cuarto! ¡Ya salimos de dudas! ¡Jesú con el hombre!
SANTIAGO: ¡Qué viva de genio ez usté!
CANDELITA: No, hijo mío, es que no pué aguantarse que yeve usté reló y pierda tanto tiempo carculando las horas.
SANTIAGO: ¿Y a que no zabe usté por qué lo hago? To tiene zu porqué. Por zi argún día ze me orvía er reló. Como me acuesto a oscuras toas las noches, por zi arguna vez ze me orvían los fósforos.
CANDELITA: ¿Y por qué no prueba usté a andá deprisa un día, por si arguna vez se le orvía andá despasio?
SANTIAGO: No ze me orvía, no. Ezo va con mi naturá. Yo zargo a mi padre.
CANDELITA: Ah, ¿de manera que es herensia? ¿No tiene arreglo?
SANTIAGO: Ni farta. Er pobrecito de mi padre me lo decía: «Er que anda apriza ez er que trompieza.
Déjate dí espacito. Espacito; espacito...»
CANDELITA: ¡Pos sí que está usté bien educao! (Se sienta).
SANTIAGO: ¡Que zi lo estoy! Mi padre era un hombre de mucha cencia. No abría la boca zi no era pa zortá una márzima. En fin, nació pobre lo mesmo que el hambre, y me dejó los piaciyos de tierra que tengo... Na más una pena ze yevó al otro mundo.
CANDELITA: ¿Cuá?
SANTIAGO: No habé podío darme una carrera.
CANDELITA: ¡A usté no le da una carrera ni su padre ni toa su casta!
SANTIAGO: ¡Je! En er zentío del estudio, Candelita. Yo empecé a estudiá.
CANDELITA: ¿Pa qué?
SANTIAGO: Pa er telégrafo.
CANDELITA: (Soltando la risa). ¿Pa er telégrafo usté? ¡Ja, ja, ja!
SANTIAGO: Pa er telégrafo; no ze ría usté; pa er telégrafo.
CANDELITA: (Volviendo a levantarse). ¡Vamos, hombre! Hiso usté bien en no seguí. ¡Primero que los partes de usté yegaban toas las cartas! ¡Aunque las yevaran andando!
SANTIAGO: ¡Qué viva de genio ez usté!
CANDELITA: También es herensia.
SANTIAGO: ¿Zí?
CANDELITA: Sí, señó.
(Pausa. Santiago la mira embelesado. Ella, alentando alguna esperanza de que el hombre se anime v rompa de una vez, lo estimula con miraditas zalameras).
SANTIAGO: Ziempre ha de está usté con la riza en los labios.
CANDELITA: Siempre, no.
SANTIAGO: Delante de mí por lo menos.
CANDELITA: Eso es otra cosa. To tiene su porqué, como ha dicho usté antes.
SANTIAGO: ¿Zí?
CANDELITA: Ya se ve que sí... ¡mala persona!
SANTIAGO: ¡Mala perzona dice!... ¡mala perzona!... ¡Je! (Nueva pausa. Candelita lo mira fijamente. Él la mira también, pero sin darse clara cuenta de la intención que ella pone en sus ojos. Al fin exclama): ¡Qué gracia tiene cuando dos ze yevan un rato azi como nozotros, na más e mirándoze, zin decirse na y como zi ze dijeran argo!... Ezo paza mucho.
CANDELITA: (Desesperada). ¡Mucho pasa! ¡Mucho!
SANTIAGO: (Levantándose). ¿Me deja usté que me fume un pitiyo?
CANDELITA: ¡Fúmese usté aunque sea un cohete!
SANTIAGO: Zi le incomoda a usté, no fumo.
CANDELITA: ¿A mí incomodarme? ¡Ya pué usté fumá hasta que se le acabe er resueyo!
SANTIAGO: ¿Pero qué bicho le ha picao a usté de pronto?
CANDELITA: ¡Que no encuentro un oviyo... que estoy buscando hase dos años!
SANTIAGO: ¡Vaya una coza! No es pa zofocarze de eza manera. (Se asoma a la ventana y se distrae en soplar despaciosamente el humo del cigarro). Misté, misté cómo ze va el humito.
CANDELITA: (¡Ay! ¡Yo no puedo más! ¡Yo tiro por la caye de en medio!) (Se sienta).
SANTIAGO: ¿Zale de aquí el zeñó Frasquito, er de la Zambrana?
CANDELITA: De aquí sale.
SANTIAGO: A la cuenta de hablá con zu papá de usté.
CANDELITA: De hablá con mi papá, sí, señó.
SANTIAGO: Zon mu amigos.
CANDELITA: ¡Muy amigos. Y ahora tratan de sé argo más. Como el señó Frasquito tiene un hijo moso...
SANTIAGO: ¡Ah, zí!... Juan María. Mu zimpático.
CANDELITA: ¿Verdá que lo es?
SANTIAGO: Mu zimpático, y mu formalito... y de lo mejón que hay en Arenales.
CANDELITA: ¡Vaya! Me alegro de que piense usté así.
SANTIAGO: ¿Le gusta quizás zu hermanita de usté?
CANDELITA: No, señó. (Se señala ella).
SANTIAGO: ¿Cómo? (Candelita vuelve a señalarse, sonriendo). ¿Qué?
CANDELITA: ¡Que le gusto yo!
SANTIAGO: (Asombrado). ¿Que le gusta usté?
CANDELITA: ¡Sí, hijo mío! ¡Que le gusto yo! ¿No pueo yo gustarle a la gente? ¡Ni que fuera yo er león der correo de Córdoba, que dise mi papá que es lo más feo que ha visto en er mundo!
SANTIAGO: Pero ¿usté ha hablao arguna vez con Juan María?
CANDELITA: ¡Muchas veses! ¿No ve usté que somos vesinos?
SANTIAGO: Guazitas ahora no. Digo que zi ha hablao usté con é de estos particulares.
CANDELITA: ¡Ya lo creo!
SANTIAGO: ¿Cuándo?
CANDELITA: De estos particulares, anoche mismo.
SANTIAGO: ¿Anoche?
CANDELITA: Anoche.
SANTIAGO: ¿A qué hora?
CANDELITA: ¿Hora? Verá usté: (Remedándolo con mala sangre). Yo acabé de comé... serían las ocho. Sí: las ocho eran; recuerdo que dieron las Ánimas. Estuve luego de palique con Mariquita la de aquí ar lao. Totá: las ocho y diez. Después vino er periódico y le leí a mi papá la sesión de susesos. Totá: las ocho y veinte. En seguía entró usté... y charlamos como de costumbre. Totá: las diez y media. Se fue usté...
SANTIAGO: ¿Pero ze guazea usté, Candelita?
CANDELITA: No, señó: ¡echo las cuentas en el aire, por si argún día se me orvía er reló!
SANTIAGO: Es que a mí me corre priza zabé...
CANDELITA: Es usté muy vivo de genio. Espasito, espasito... que er que anda aprisa es er que tropiesa, como le enseñó a usté er talento de su papá. ¡Qué talento de hombre! ¡Oh!
SANTIAGO : Vamos, vamos... Oigame usté en zerio.
CANDELITA: ¿Qué pasa?
SANTIAGO: Paza... paza... Haga usté er favó de zentarze a mi lao.
CANDELITA: ¡Digo! (Lleva una. silla junto a la de Santiago, busca tranquilamente un trapo cualquiera, dando lugar a la extrañeza y a la impaciencia de él, y acaba por sacudir el asiento con sorna).
SANTIAGO: ¿Qué hace usté, niña?
CANDELITA: ¡La costumbre der café! To se pega.
SANTIAGO: ¿No le he dicho a usté que me oiga en zerio?
CANDELITA: Pero, ¿quién se ríe?
SANTIAGO: Usté por dentro, Candelita.
CANDELITA: Ea, pos ya me tiene usté como un juez, por dentro y por fuera.
SANTIAGO: ¿Es verdá ezo de que usté le gusta a Juan María?
CANDELITA: Cruse usté la caye y pregúnteselo usté a é, ya que, por lo visto, es un fenómeno que yo puea gustarle a ese hombre.
SANTIAGO: ¿Y es verdá que Juan María le gusta a usté?
CANDELITA: Sí, señó, que me gusta.
SANTIAGO: ¿Que le gusta a usté?
CANDELITA: ¡Que me gusta, Santiago, que me gusta! ¿Y sabe usté por qué me gusta? ¡Porque tiene sangre en las venas en vez de manteca colorá! ¡Porque si me ve a la puerta e mi casa, se aserca a mí y me dise veintisinco flores en un minuto! (Se levanta para hacer a lo vivo la escena). «¡Grasiosa!, ¡bonita!, ¡carita de sielo!, ¡boquita de mié!, ¡cuerpesito de pluma, que echas a andá y hasta las farolas de la caye se ensienden solas pa alumbrarte!, ¡benditos sean los ojos con que me estás mirando!, ¡y la boca con que te ríes de mí!, ¡y la manita con que me paras pa que no me aserque!, ¡y la camita donde vas a acostarte pa soñá conmigo!..., ¡y bendita seas tú de arriba abajo!» ¡Y esto me lo dise con fuego en los ojos, con caló en las palabras, con cariño pa siempre; como les disen los hombres las cosas a las mujeres que quién pa eyos, no como dise usté si se surfatan o no se surfatan las viñas! ¡Sangre gorda! ¡Ya tiene usté explicao por lo que me gusta ese hombre! (Vuelve a sentarse, pero lejos de él).
SANTIAGO: (Aplanado por la revelación). ¡Güeno está! Me ha dejado usté zin temperatura. ¿Es decí que de ná me ha zervío a mí vení a esta caza desde hace doz años, un día tras de otro, zin fartá ninguno?
CANDELITA: El único que ha ganao ha sío er siyero.
SANTIAGO: Deje usté las guazitas.
CANDELITA: Si es que no entiendo lo que quié usté desirme.
SANTIAGO: (Un poco emocionado). Zeñó, que de ná me ha zervío vení a zu caza tos los días... pa que usté comprenda que la quiero.
CANDELITA: (Fingiendo gran sorpresa, tras un movimiento de alegría). ¿Que usté me quiere a mí?
SANTIAGO: ¡Pero zi estoy viniendo tos los días!
CANDELITA: ¡Hijo de mi arma, también er de las burras de leche viene tos los días a dejá un cuartiyo pa mi madre, y hasta ahora no sé yo lo que le parezco!
SANTIAGO: ¿Va usté a compará una coza con otra?
CANDELITA: Pero, ¿usté me ha dicho arguna vez que le gusto?
SANTIAGO: Yo... yo..., ¡yo estoy viniendo desde hace doz años tos los días!
CANDELITA: ¿Y pensaba usté seguí lo mismo?
SANTIAGO: ¡Claro! Hasta vé...
CANDELITA: ¿Hasta vé qué?
SANTIAGO: Hasta vé... hasta vé...
CANDELITA: ¡Hasta vé si yo le tiraba er costurero a la cabesa! (Se levanta).
SANTIAGO: ¡Ez usté mu viva de genio!
CANDELITA: Muy viva. Y usté no perdía na con cambiá er suyo con un amigo.
SANTIAGO: Yo hago to lo que usté me mande.
CANDELITA: ¿A que no?
SANTIAGO: ¿A que zí?
CANDELITA: (En tono de burla). Pos ahora cuando sarga usté, busca usté a mi papá, se aserca usté a é... y le da usté la enhoragüena.
SANTIAGO: (Con recelo). ¿La enhoragüena? ¿Por qué?
CANDELITA: Porque ha sabío usté... que Juan María... se entiende con mi hermana Dolores.
SANTIAGO: ¿Pero es con Dolores con quien ze entiende Juan María?
CANDELITA: ¡Naturarmente, arma de cántaro!
SANTIAGO: (Loco de contento). ¡Hombre!..., ¡hombre!..., ¡me güerve la temperatura! Y ezo, ¿cuándo ha zío? ¿Cómo ha zío?
CANDELITA: ¿Cómo había de sé? ¡Como son esas cosas! Le gustó er domingo, se lo dijo er lunes, y se quié casá er martes.
SANTIAGO: Mu depriza va ezo..., ¡pero me güerve la temperatura!
CANDELITA: ¿Sí, eh? Pos mucho ojo, y no dé usté lugá a que se le vaya otra vez pa siempre.
SANTIAGO: ¡Yo zeguiré viniendo tos los días!
CANDELITA: (Aterrada). ¿Quéeeee?
SANTIAGO: (Temeroso). ¿Va usté a prohibirme vení?
CANDELITA: Lo que le digo a usté es una cosa: que si he de quererlo, tiene usté que tomá una medisina pa aclararse la sangre. Las mársimas der sabio de su papá se las guarda usté pa un librito. Mañana, a las sinco de la mañana, voy a la ermita de la Luz a resarle a la virgen: es devosión que tengo er día 13; a las siete voy a la Plasa a vé si hay flores; si no las hay ayí, voy ar güerto de Pepa; luego voy ar río, a pasearme por la oriya; después a casa de Manuela Romero, que tiene una chiquiya mala; después a misa a San Fransisco: después aquí a amorsá; me asomaré durante el almuerso a la ventana de la caye Larga, ar barcón que da a la caye Corta y a la asotea por er pretí desde donde se ve la Plasuela; después de armorsá voy a casa de la Garbosa a entregarle una farda, a casa de doña Réditos a entregarle una blusa, y a casa de don Andrés a vé si me paga lo que me debe. Y después a la confitería, y después a comprá unos encajes, y después a recogé unos sapatos nuevos... y después donde se me ocurra. Pos güeno: en tos esos sitios quiero verlo a usté ar yegá y al irme. (Santiago se levanta asombrado). Y si farta usté en uno solo, voy yo a tardá en desirle a usté si lo quiero lo que usté ha tardao en desírmelo a mí. Conque hasta mañana si Dios quiere. (Se va resueltamente hacia la puerta de la derecha).
SANTIAGO: ¡Pero escuche usté, Candelita!...
CANDELITA: Hasta mañana si Dios quiere.
SANTIAGO: ¡Pero comprenda usté que en tres cayes a un tiempo!...
CANDELITA: ¡Así se demuestra er cariño! ¡Hasta mañana si Dios quiere! (Entra decidida por la puerta de la derecha, dejándolo con la palabra en la boca).
SANTIAGO: Hasta mañana zi Dios quiere... Zí; porque de pazao... yo no respondo de está vivo. Conforme der to en que yo tome una medicina pa aclararme la zangre; pero conforme der to también en que eya necezita echarle un poquiyo e jierro a la zuya. ¡Compadre, qué zangre más ligera gasta la niña! En fin, lo prencipá ya lo he lograo. Mi padre me lo dijo ziempre: «En er zurco hay que derramá er grano a poquito a poco...» Hasta mañana zi Dios quiere.
(Se va por la puerta de la izquierda, mirando hacia la otra).
CANDELITA: (Saliendo por donde se fue). ¡Ay! ¡Ha nesesitao banderiyas e fuego... pero ya esto es viví!
(Se a soma a la ventana muy contenta). ¡Hasta mañana, Santiago!
SANTIAGO: (Dentro). ¡Zi Dios quiere, Candelita, zi Dios quiere!
CANDELITA: (Retirándose de la ventana). Sí querrá. ¿Por qué no ha de queré, si los dos queremos?
(Al publico):
                                                             La que quiera como yo,
                                                             sepa que yo le deseo
                                                             un novio de lo mejó:
                                                             torpe o listo, guapo o feo,
                                                              ¡pero sangre gorda no!

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