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Alejo Carpentier

Semejante a la noche

Viaje a la semilla

Las tardes del malecón

Semejante a la noche

I

     El mar  empezaba a  verdecer entre  los promontorios todavía  en sombras,  cuando la  caracola del  vigía  anunció las  cincuenta naves negras que nos enviaba  el Rey Agamemnón. Al oír la señal, los que esperaban  desde hacía tantos días sobre las  boñigas de las eras,  empezaron a bajar  el trigo  hacia la playa donde  ya preparábamos  los  rodillos  que   servirían  para  subir   las embarcaciones hasta  las murallas  de la  fortaleza. Cuando  las quillas tocaron la arena, hubo  algunas riñas con los timoneles, pues tanto  se había dicho  a los  micenianos que carecíamos  de toda inteligencia  para las  faenas marítimas,  que trataron  de alejarnos con  sus pértigas. Además,  la playa se había  llenado de  niños que  se  metían  entre las  piernas de  los  soldados, entorpecían  las maniobras,  y  se trepaban  a las  bordas  para robar nueces  de bajo los  banquillos de  los remeros. Las  olas claras del alba se rompían  entre gritos, insultos y agarradas a puñetazos,  sin  que   los  notables  pudieran  pronunciar   sus palabras de bienvenida,  en medio de la barahúnda. Como  yo había esperado algo  más solemne,  más festivo,  de nuestro  encuentro con los que  venían a buscarnos para la guerra, me  retiré, algo decepcionado, hacia  la higuera en  cuya rama gruesa gustaba  de montarme,  apretando  un  poco las  rodillas  sobre  la  madera, porque tenía un no sé qué de flancos de mujer.
A medida  que las  naves eran sacadas  del agua,  al pie de  las montañas que  ya veían el  sol, se iba  atenuando en mí la  mala impresión primera,  debida sin duda  al desvelo  de la noche  de espera, y  también al haber  bebido demasiado, el día  anterior, con  los jóvenes  de  tierras adentro,  recién llegados  a  esta costa, que  habrían de  embarcar con  nosotros, un poco  después del próximo  amanecer. Al  observar las  filas de cargadores  de jarras, de odres  negros, de cestas, que ya se movían  hacia las naves, crecía en  mí, con un calor de orgullo, la  conciencia de la  superioridad   del  guerrero.     Aquel  aceite,  aquel   vino resinado, aquel trigo sobre todo,  con el cual se cocerían, bajo ceniza, las galletas de las  noches en que dormiríamos al amparo de  las  proas  mojadas,  en  el  misterio  de  alguna  ensenada desconocida, camino de  la Magna Cita de Naves,  aquellos granos que habían  sido echados  con ayuda  de mi  pala, eran  cargados ahora  para mí,  sin que  yo  tuviese que  fatigar estos  largos músculos que tengo, estos brazos  hechos al manejo de la pica de fresno, en  tareas buenas para  los que  sólo sabían de oler  la tierra; hombres,  porque la miraban  por sobre  el sudor de  sus bestias,  aunque  vivieran  encorvados encima  de  ella,  en  el hábito de deshierbar y arrancar  y rascar, como los que sobre la tierra  pacían. Ellos  nunca pasarían  bajo  aquellas nubes  que siempre ensombrecían,  en esta hora,  los verdes de las  lejanas islas de  donde traían el silfión  de acre perfume. Ellos  nunca conocerían  la ciudad  de  anchas calles  de los  troyanos,  que ahora íbamos a cercar, atacar  y asolar. Durante días y días nos habían  hablado,  los  mensajeros del  Rey  de  Micenas,  de  la insolencia  de Príamo,  de la  miseria que  amenazaba a  nuestro pueblo por  la arrogancia de  sus súbditos,  que hacían mofa  de nuestras viriles  costumbres; trémulos  de ira,  supimos de  los retos lanzados por  los de Ilios a nosotros, acaienos  de largas cabelleras,  cuya valentía  no  es  igualada por  la  de  pueblo alguno. Y  fueron clamores de  furia, puños alzados,  juramentos hechos con las palmas en  alto, escudos arrojados a las paredes, cuando  supimos del  rapto de  Elena  de Esparta.  A gritos  nos contaban los emisarios de su  maravillosa belleza, de su porte y de  su adorable  andar,  detallando  las crueldades  a  que  era sometida   en  su   abyecto  cautiverio,   mientras  los   odres derramaban el  vino en los  cascos. Aquella misma tarde,  cuando la indignación bullía  en el pueblo, se nos anunció  el despacho de las  cincuenta naves. El  fuego se  encendió entonces en  las fundiciones de  los bronceros, mientras  las viejas traían  leña del monte. Y  ahora, transcurridos los días, yo  contemplaba las embarcaciones alineadas  a mis pies,  con sus quillas  potentes, sus  mástiles al  descanso entre  las bordas  como la  virilidad entre los muslos  del varón, y me  sentía un poco dueño  de esas maderas que un portentoso ensamblaje,  cuyas artes ignoraban los de  acá, transformaba  en  corceles  de corrientes,  capaces  de llevarnos a  donde desplegábase en  acta de grandezas el  máximo acontecimiento de todos los tiempos.  Y me tocaría a mí, hijo de talabartero, nieto de un castrador  de toros, la suerte de ir al lugar en que  nacían las gestas cuyo relumbre nos  alcanzaba por los  relatos de  los  marinos;  me tocaría  a  mí, la  honra  de contemplar  las murallas  de  Troya,  de obedecer  a  los  jefes insignes, y de dar  mi ímpetu y mi fuerza a la obra  del rescate de Elena  de Esparta  _másculo empeño,  suprema victoria de  una guerra  que  nos  daría,  por   siempre,  prosperidad,  dicha  y orgullo. Aspiré hondamente la brisa  que bajaba por la ladera de los  olivares,  y   pensé  que  sería  hermosos  morir   en  tan justiciera lucha,  por la causa  misma de  la Razón. La idea  de ser  traspasado  por  una lanza  enemiga  me  hizo  pensar,  sin embargo, en el dolor  de mi madre, y en el dolor, más  hondo tal vez,  de quien  tuviera  que  recibir la  noticia con  los  ojos secos_ por  ser el  jefe de  la casa.  Bajé lentamente hacia  el pueblo,  siguiendo  la  senda de  los  pastores.  Tres  cabritos retozaban  en  el   olor  del  tomillo.  En  la   playa,  seguía embarcándose el trigo.

                                                                  II

    Con bordoneos de  vihuela y repiques de  tejoletas, festejábase, en todas  partes, la próxima partida  de las naves. Los  marinos de  La  Gallarda  andaban ya  en zarambeques  de negras  horras, alternando el  baile con coplas  de sobado,  como aquella de  la Moza del Retoño, en que  las manos tentaban el objeto de la rima dejado en puntos por las  voces. Seguía el trasiego del vino, el aceite y el  trigo, con ayuda de los criados indios  del Veedor, impacientes  por regresar  a  sus  lejanas tierras.  Camino  del puerto, el  que iba a ser  nuestro capellán arreaba dos  bestias que cargaban  con los fuelles  y flautas  de un órgano de  palo. Cuando  me  tropezaba  con gente  de  la  armada,  eran  abrazos ruidosos, de muchos aspavientos, con  risas y alardes para sacar las  mujeres a  sus ventanas.  Éramos como  hombres de  distinta raza, forjados  para culminar empresas  que nunca conocerían  el panadero ni  el cardador de  ovejas, y  tampoco el mercader  que andaba pregonando  camisas de  Holanda, ornadas  de caireles  de monjas, en  patios de comadres.  En medio  de la plaza, con  los cobres  al sol,  los  seis trompetas  del Adelantado  se  habían concertado  en folías,  en tanto  que  los atambores  borgoñones atronaban  los parches,  y bramaba,  como  queriendo morder,  un sacabuche con fauces de tarasca.
    Mi padre estaba,  en su tienda oliente a pellejos  y cordobanes, hincando la  lezna en  un ación  con el  desgano de quien  tiene puesta  la mente  en espera.  Al verme,  me tomó  en brazos  con serena  tristeza,  recordando  tal vez  la  horrible  muerte  de Cristobalillo, compañero de mis travesuras  juveniles, que había sido traspasado  por las flechas  de los  indios de la Boca  del Drago. Pero él sabia que  era locura de todos, en aquellos días, embarcar  para las  Indias,  aunque  ya dijeran  muchos  hombres cuerdos  que  aquello  era engaño  común  de  muchos  y  remedio particular de pocos.  Algo alabó de los bienes de  la artesanía, del  honor _tan  honor   como  el  que  se  logra   en  riesgosas empresas_ de  llevar el  estandarte  de  los talabarteros  en  la procesión del Corpus;  ponderó la olla segura, el  arca repleta, la  vejez apacible.  Pero,  habiendo advertido  tal vez  que  la fiesta  crecía en  la  ciudad  y que  mi  ánimo no  estaba  para cuerdas  razones, me  llevó  suavemente hacia  la puerta  de  la habitación de mi  madre. Aquél era el  momento que más temía,  y tuve que  contener mis lágrimas  ante el  llanto de la que  sólo habíamos  advertido de  mi  partida cuando  todos me  sabían  ya asentado en los  libros de la Casa de la  Contratación. Agradecí las promesas hechas  a la Virgen de los Mareantes por  mi pronto regreso, prometiendo  cuanto quiso que  prometiera, en cuanto  a no  tener  comercio  deshonesto  con  las  mujeres  de  aquellas tierras, que  el Diablo tenía  en desnudez mentidamente  edénica para mayor confusión  y extravío de cristianos  incautos, cuando no maleados  por la  vista de  tanta carne  al desgaire.  Luego, sabiendo que era  inútil rogar a quien  sueña ya con lo  que hay detrás de  los horizontes,  mi madre  empezó a preguntarme,  con voz dolorida, por la seguridad  de las naves y la pericia de los pilotos.  Yo exageré  la solidez  y marinería  de  La Gallarda, afirmando que su  práctico era veterano de Indias,  compañero de Nuño García. Y,  para distraerla de sus  dudas, le hablé de  los portentos de aquel  mundo nuevo, donde la Uña de la  Gran Bestia y la Piedra Bezar curaban  todos los males, y existía, en tierra de Omeguas, una ciudad toda  hecha de oro, que un buen caminador tardaba  una   noche  y  dos  días   en  atravesar,  a  la   que llegaríamos,  sin  duda,  a  menos  de  que  halláramos  nuestra fortuna en  comarcas aún ignoradas,  cunas de ricos pueblos  por sojuzgar.  Moviendo  suavemente   la  cabeza,  mi  madre   habló entonces  de las  mentiras  y  jactancias de  los  indianos,  de amazonas y antropófagos, de las  tormentas de las Bermudas, y de las  lanzas  enherboladas  que  dejaban   como  estatua  al  que hincaban. Viendo  que a  discursos de  buen augurio ella  oponía verdades  de  mala   sombra,  le  hablé  de   altos  propósitos, haciéndole   ver  la   miseria  de   tantos  pobres   idólatras, desconocedores del  signo de  la cruz.  Eran millones de  almas, las que ganaríamos  a nuestra santa religión, cumpliendo  con el mandato de  Cristo a los Apóstoles.  Éramos soldados de Dios,  a la vez que soldados del  Rey, y por aquellos indios bautizados y encomendados,  librados  de  sus  bárbaras   supersticiones  por nuestra  obra,  conocería  nuestra  nación   el  premio  de  una grandeza inquebrantable,  que nos  daría felicidad, riquezas,  y poderío sobre  todos los reinos de  la Europa. Aplacada por  mis palabras, mi madre  me colgó un escapulario del cuello y  me dio varios ungüentos contra  las mordeduras de alimañas  ponzoñosas, haciéndome  prometer,  además,  que  siempre  me  pondría,  para dormir, unos escarpines  de lana que ella misma  hubiera tejido. Y como  entonces repicaron las  campanas de  la catedral, fue  a buscar  el   chal  bordado  que   sólo  usaba  en  las   grandes oportunidades. Camino del  templo, observé que a pesar  de todo, mis padres estaban  como acrecidos de orgullo por tener  un hijo alistado en la armada del  Adelantado. Saludaban mucho y con más demostraciones  que de  costumbre.  Y es  que siempre  es  grato tener un  mozo de  pelo en pecho,  que sale  a combatir por  una causa grande  y justa.  Miré hacia  el puerto.  El trigo  seguía entrando en las naves.

III


    Yo  la  llamaba  mi  prometida aunque  nadie  supiera  aún  de nuestros amores. Cuando vi a  su padre cerca de las naves, pensé que estaría  sola, y seguí  aquel muelle  triste, batido por  el viento,  salpicado  de  agua  verde,  abarandado  de  cadenas  y argollas verdecidas  por el  salitre, que  conducía a la  última casa de ventanas verdes, siempre  cerradas. Apenas hice sonar la aldaba vestida de  verdín, se abrió la puerta y, con  una ráfaga de viento que  traía garúa de olas,  entré en la estancia  donde ya ardían  las lámparas, a  causa de  la bruma. Mi prometida  se sentó  a mi  lado, en  un hondo  butacón de  brocado antiguo,  y recostó la  cabeza sobre  mi hombro  con tan resignada  tristeza que no  me atreví  a interrogar  sus ojos  que yo amaba,  porque siempre   parecían   contemplar  cosas   invisibles   con   aire asombrado.  Ahora, los  extraños objetos  que  llenaban la  sala cobraban un significado  nuevo para mí. Algo parecía  ligarme al astrolabio, la brújula y la  Rosa de los Vientos; algo, también, al  pez-sierra que  colgaba de  las  vigas del  techo,  y a  las cartas de Mercator  y Ortellius que se abrían a los lados  de la chimenea, revueltos  con mapas  celestiales habitados por  Osas, Canes y  Sagitarios. La  voz de  mi prometida  se alzó sobre  el silbido del  viento que  se colaba  por debajo  de las  puertas, preguntando por el  estado de los preparativos. Aliviado  por la posibilidad de hablar de algo  ajeno a nosotros mismos, le conté de los  sulpicianos y  recoletos que  embarcarían con  nosotros, alabando  la  piedad  de  los  gentileshombres  y  cultivadores escogidos  por quien  hubiera  tomado  posesión de  las  tierras lejanas en nombre  del Rey de Francia. Le dije cuanto  sabía del gigantesco río  Colbert, todo orlado  de árboles centenarios  de los  que  colgaban  como musgos  plateados,  cuyas  aguas  rojas corrían  majestuosamente  bajo   un  cielo  blanco  de  garzas. Llevábamos  víveres  para  seis  meses.  El  trigo  llenaba  los sollados de  La Bella  y La  Amable. Íbamos  a cumplir una  gran tarea civilizadora en aquellos inmensos  territorios selváticos, que se  extendían desde el  ardiente Golfo  de México hasta  las regiones de Chicagúa, enseñando nuevas  artes a las naciones que en ellos residían.  Cuando yo creía a mi prometida más  atenta a lo  que le  narraba, la  vi  erguirse ante  mí con  sorprendente energía, afirmando  que nada  glorioso había  en la empresa  que estaba haciendo  repicar, desde el  alba, todas las campanas  de la  ciudad. La  noche  anterior,  con los  ojos ardidos  por  el llanto, había  querido saber  algo de  ese mundo  de allende  el mar, hacia  el cual marcharía yo  ahora, y, tomando los  ensayos de Montaigne, en  el capítulo que trata de los  carruajes, había leído cuanto a  América se refería. Así se había enterado  de la perfidia  de  los españoles,  de  cómo,  con el  caballo  y  las lombardas,  se  habían  hecho pasar  por  dioses.  Encendida  de virginal indignación,  mi prometida  me señalaba  el párrafo  en que el bordelés  escéptico afirmaba que "nos habíamos  valido de la ignorancia  e inexperiencia de  los indios, para atraerlos  a la  traición,  lujuria,   avaricia  y  crueldades,  propias   de nuestras costumbres". Cegada  por tan pérfida lectura,  la joven que piadosamente lucía una cruz  de oro en el escote, aprobaba a quien impíamente  afirmara que los  salvajes del Nuevo Mundo  no tenían por qué trocar su  religión por la nuestra, puesto que se habían servido  muy útilmente de  la suya durante largo  tiempo.
     Yo comprendía  que, en  esos errores,  no debía  ver más que  el despecho  de  la  doncella  enamorada,  dotada  de  muy  ciertos encantos, ante  el hombre que  le impone  una larga espera,  sin otro motivo  que la azarosa  pretensión de hacer rápida  fortuna en  una  empresa  muy pregonada.  Pero,  aun  comprendiendo  esa verdad,  me sentía  profundamente  herido  por el  desdén  a  mi valentía, la falta  de consideración por una aventura  que daría relumbre a mi  apellido, lográndose, tal vez, que la  noticia de alguna  hazaña  mía,  la  pacificación  de  alguna  comarca,  me valiera  algún título  otorgado  por  el Rey  aunque  para  ello hubieran de  perecer, por mi mano,  algunos indios más o  menos.
    Nada grande se hacía sin  lucha, y en cuanto a nuestra santa fe, la letra con  sangre entraba. Pero ahora  eran celos los que  se traslucían en el  feo cuadro que ella  me trazaba de la  isla de Santo Domingo,  en la que haríamos  escala, y que mi  prometida, con expresiones adorablemente impropias, calificaba  de "paraíso de mujeres  malditas". Era evidente que,  a pesar de su  pureza, sabía de qué clase eran  las mujeres que solían embarcar para el Cabo  Francés, en  muelle  cercano, bajo  la vigilancia  de  los corchetes,  entre  risotadas  y  palabrotas  de  los  marineros; alguien _una criada tal vez_ podía haberle  dicho que la salud del hombre no  se aviene con  ciertas abstinencias y vislumbraba,  en un  misterioso   mundo  de   desnudeces  edénicas,  de   calores enervantes,   peligros    mayores   que   los   ofrecidos    por inundaciones, tormentas,  y mordeduras de  los dragones de  agua que pululan en  los ríos de América.  Al fin empecé a  irritarme ante  una terca  discusión  que venía  a sustituirse,  en  tales momentos,  a  la  tierna despedida  que  yo  hubiera  apetecido. Comencé a  renegar de  la pusilanimidad  de las  mujeres, de  su incapacidad  de  heroísmo,  de  sus   filosofías  de  pañales  y costureros, cuando  sonaron fuertes  aldabonazos, anunciando  el intempestivo regreso  del padre. Salté  por una ventana  trasera sin que nadie, en el  mercado, se percatara de mi escapada, pues los transeúntes, los  pescaderos, los borrachos _ya numerosos  en esta hora de la tarde_  se habían aglomerado en torno a una mesa sobre la que  a gritos hablaba alguien  que en el instante  tomé por un pregonero del Elixir  de Orvieto, pero que resultó ser un ermitaño que  clamaba por la  liberación de los Santos  Lugares. Me  encogí de  hombros y  seguí  mi camino.  Tiempo atrás  había estado a  punto de alistarme en  la cruzada predicada por  Fulco de Neuilly. En  buena hora una fiebre maligna _curada,  gracias a Dios y  a los  ungüentos de  mi santa  madre_ me  tuvo en  cama, tiritando,  el  día   de  la  partida: aquella   empresa  había terminado,  como todos  saben, en  guerra  de cristianos  contra cristianos.  Las  cruzadas estaban  desacreditadas.  Además,  yo tenía otras cosas en qué pensar.
    El  viento se  había  aplacado.  Todavía enojado  por  la  tonta disputa con mi  prometida, me fui hacia el puerto, para  ver los navíos. Estaban todos arrimados a  los muelles, lado a lado, con las escotillas abiertas, recibiendo millares  de sacos de harina de trigo entre sus bordas  pintadas de arlequín. Los regimientos de infantería subían  lentamente por las pasarelas, en  medio de los   gritos  de   los   estibadores,   los  silbatos   de   los contramaestres, las señales  que rasgaban la bruma,  promoviendo rotaciones de grúas. Sobre las  cubiertas se amontonaban trastos informes, mecánicas    amenazadoras,   envueltas   en    telas impermeables. Un  ala de  aluminio giraba  lentamente, a  veces, por encima de  una borda, antes de hundirse en la  obscuridad de un sollado. Los caballos de  los generales, colgados de cinchas, viajaban por  sobre los techos  de los almacenes, como  corceles wagnerianos. Yo  contemplaba los  últimos preparativos desde  lo alto  de una  pasarela de  hierro,  cuando, de  pronto, tuve  la angustiosa sensación de  que faltaban pocas horas _apenas  trece_ para que  yo también  tuviese que  acercarme a aquellos  buques, cargando con mis armas. Entonces  pensé en la mujer; en los días de abstinencia  que me esperaban;  en la  tristeza de morir  sin haber dado  mi placer,  una vez  más, al  calor de otro  cuerpo. Impaciente  por llegar,  enojado aún  por no  haber recibido  un beso, siquiera,  de mi  prometida, me  encaminé a grandes  pasos hacia el hotel de las  bailarinas. Christopher, muy borracho, se había encerrado ya con la  suya. Mi amiga se me abrazó, riendo y llorando, afirmando  que estaba orgullosa  de mí, que lucía  más guapo  con  el  uniforme,  y   que  una  cartomántica  le  había asegurado que  nada me ocurriría  en el Gran Desembarco.  Varias veces me  llamó héroe, como si  tuviese una conciencia del  duro contraste que este halago establecía  con las frases injustas de mi prometida. Salí a l
a  azotea. Las luces se encendían ya en la ciudad, precisando en  puntos luminosos la gigantesca  geometría de  los  edificios.  Abajo,  en   las  calles,  era  un  confuso hormigueo de cabezas y sombreros.
    No era posible,  desde este alto piso, distinguir a  las mujeres de los hombres en la  neblina del atardecer. Y era, sin embargo, por la permanencia de ese  pulular de seres desconocidos, que me encaminaría hacia las naves, poco  después del alba. Yo surcaría el Océano  tempestuoso de  estos meses,  arribaría a una  orilla lejana bajo  el acero y el  fuego, para defender los  Principios de  los de  mi  raza.  Por última  vez,  una espada  había  sido arrojada sobre  los mapas de  Occidente. Pero ahora  acabaríamos para  siempre  con  la nueva  Orden  Teutónica,  y  entraríamos, victoriosos, en el  tan esperado futuro del  hombre reconciliado con el  hombre. Mi  amiga puso  una mano  trémula en mi  cabeza, adivinando, tal vez,  la magnanimidad de mi  pensamiento. Estaba desnuda   bajo  los   vuelos   de  su   peinador   entreabierto.

IV

    Cuando regresé a  mi casa, con los  pasos inseguros de quien  ha pretendido burlar  con el vino  la  fatiga  del cuerpo ahíto  de holgarse sobre otro  cuerpo, faltaban pocas horas para  el alba. Tenía hambre y  sueño, y estaba desasosegado, al  propio tiempo, por las  angustias de la  partida próxima.  Dispuse mis armas  y correajes sobre  un escabel  y me  dejé caer  en el lecho.  Noté entonces, con  sobresalto, que alguien  estaba acostado bajo  la gruesa manta de  lana, y ya iba a echar mano al  cuchillo cuando me vi preso  entre brazos encendidos de fiebre, que  buscaban mi cuello   como  brazos   de  náufrago,   mientras  unas   piernas indeciblemente suaves  se trepaban a  las mías. Mudo de  asombro quedé al ver que  la que de tal manera se había deslizado  en el lecho  era  mi  prometida.  Entre  sollozos  me  contó  su  fuga nocturna, la carrera  temerosa de ladridos, el paso  furtivo por la  huerta  de  mi padre,  hasta  alcanzar  la  ventana,  y  las impaciencias y  los miedos  de la  espera. Después  de la  tonta disputa  de   la  tarde,  había   pensado  en  los  peligros   y sufrimientos  que me  aguardaban,  sintiendo esa  impotencia  de enderezar el  destino azaroso  del guerrero  que se traduce,  en tantas  mujeres,  por la  entrega  de  sí mismas,  como  si  ese sacrificio de  la virginidad, tan  guardada y custodiada, en  el momento mismo de la partida,  sin esperanzas de placer, dando el desgarre propio  para el  goce ajeno,  tuviese un  propiciatorio poder de ablación  ritual. El contacto de un cuerpo  puro, jamás palpado por manos  de amante, tiene un frescor único  y peculiar dentro  de  sus  crispaciones,  una   torpeza  que  sin  embargo acierta,  un candor  que  intuye,  se amolda  y  encuentra,  por obscuro  mandato,   las   actitudes   que   más   estrechamente machihembran los miembros.  Bajo el abrazo de mi  prometida, cuyo tímido  vellón parecía  endurecerse  sobre  uno de  mis  muslos, crecía mi  enojo por haber extenuado  mi carne en trabazones  de harto tiempo conocidas,  con la absurda pretensión de  hallar la quietud de  días futuros en los  excesos presentes. Y ahora  que se me ofrecía el más  codiciable consentimiento, me hallaba casi insensible bajo  el cuerpo estremecido  que se impacientaba.  No diré que mi  juventud no fuera capaz de enardecerse una  vez más aquella  noche, ante  la incitación  de  tan deleitosa  novedad. Pero la idea de  que era una virgen la que así se  me entregaba, y que la  carne intacta y cerrada exigiría un lento  y sostenido empeño por mi parte, se  me impuso con el temor al acto fallido. Eché  a mi  prometida a  un  lado, besándola  dulcemente en  los hombros, y empecé  a hablarle, con sinceridad en falsete,  de lo inhábil que  sería malograr júbilos  nupciales en la premura  de una  partida; de  su  vergüenza  al resultar  empreñada;  de  la tristeza de los  niños que crecen sin un padre que les  enseñe a sacar la  miel verde de  los troncos  huecos, y a buscar  pulpos debajo de las  piedras. Ella me escuchaba, con sus  grandes ojos claros encendidos en  la noche, y yo advertía que,  irritada por un despecho sacado  de los trasmundos del  instinto, despreciaba al varón que,  en semejante oportunidad, invocara la razón  y la cordura,  en  vez  de  roturarla,  y  dejarla  sobre  el  lecho, sangrante como un  trofeo de caza, de pechos mordidos,  sucia de zumos;  pero  hecha  mujer  en  la  derrota.  En  aquel  momento bramaron las  reses que iban  a ser  sacrificadas en la playa  y sonaron  las caracolas  de  los  vigías. Mi  prometida,  con  el desprecio  pintado en  el rostro,  se  levantó bruscamente,  sin dejarse tocar,  ocultando ahora,  menos con  gesto de pudor  que con  ademán de  quien recupera  algo  que estuviera  a punto  de malbaratar,  lo que  de súbito  estaba  encendiendo mi  codicia. Antes de  que pudiera alcanzarla,  saltó por  la ventana. La  vi alejarse a  todo correr  por entre  los olivos,  y comprendí  en aquel instante que  más fácil me sería entrar sin un  rasguño en la  ciudad  de  Troya,  que  recuperar  a  la  Persona  perdida.
    Cuando  bajé hacia  las  naves,  acompañado de  mis  padres,  mi orgullo de  guerrero había sido desplazado  en mi ánimo por  una intolerable  sensación   de  hastío,   de  vacío  interior,   de descontento  de  mí  mismo.  Y  cuando  los  timoneles  hubieron alejado las  naves de la  playa con  sus fuertes pértigas, y  se enderezaron los  mástiles entre las  filas de remeros, supe  que habían terminado las  horas de alardes, de excesos,  de regalos, que  preceden las  partidas  de  soldados hacia  los  campos  de batalla. Había pasado  el tiempo de las guirnaldas,  las coronas de laurel, el  vino en cada casa,  la envidia de los  canijos, y el favor de  las mujeres. Ahora, serían las dianas, el  lodo, el pan llovido,  la arrogancia  de los  jefes, la sangre  derramada por  error, la  gangrena  que  huele a  almíbares  infectos.  No estaba tan seguro ya de  que mi valor acrecería la grandeza y la dicha de  los acaienos  de largas  cabelleras. Un soldado  viejo que  iba a  la guerra  por  oficio, sin  más  entusiasmo que  el trasquilador  de ovejas  que  camina  hacia el  establo,  andaba contando ya, a  quien quisiera escucharlo, que Elena  de Esparta vivía muy  gustosa en Troya,  y que  cuando se refocilaba en  el lecho de Paris sus estertores  de gozo encendían las mejillas de las vírgenes que  moraban en el palacio de Príamo. Se  decía que toda la  historia del doloroso  cautiverio de  la hija de  Leda, ofendida y  humillada por los  troyanos, era mera propaganda  de guerra, alentada por Agamemnón, con  el asentimiento de Menelao.
    En  realidad, detrás  de  la  empresa que  se escudaba  con  tan elevados  propósitos,   había  muchos   negocios  que  en   nada beneficiarían  a  los  combatientes de  poco  más  o  menos.  Se trataba  sobre todo  _afirmaba el  viejo  soldado_ de vender  más alfarería,  más telas,  más  vasos con  escenas de  carreras  de carros, y de abrirse nuevos  caminos hacia las gentes asiáticas, amantes de  trueques, acabándose de  una vez con la  competencia troyana.  La nave,  demasiado cargada  de harina  y de  hombres, bogaba despacio. Contemplé largamente las  casas de mi pueblo, a las que el  sol daba de frente. Tenía ganas de llorar.  Me quité el casco y  oculté mis ojos tras  de las crines enhiestas  de la cimera  que  tanto   trabajo  me  hubiera  costado   redondear _a semejanza de las  cimeras magníficas de quienes  podían encargar sus equipos  de guerra a  los artesanos  de gran estilo, y  que, por cierto, viajaban  en la nave más  velera y de mayor  eslora.

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Viaje a la semilla

I

    _¿Qué quieres, viejo?...
    Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían _despojados de su secreto_ cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.
    Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
    Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II

    Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
    Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.
    En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
    El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

III

    Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.
    Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
    Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.

IV

    Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
    Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!" No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
    Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.

V

    Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas _relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de las rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.

VI

    Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
    Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.
    Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta travesera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastonadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.
La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
    Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corsé que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca _así fuera de movida una guaracha_ sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

VII

    Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
    Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. "León", "Avestruz", Ballena", "Jaguar", leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, "Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon", "Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
    Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
    Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.

VIII

    Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
    Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.
    _¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
    Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.
    Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario _como Don Abundio_ por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones _órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.

IX

    Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda _cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.
    Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los "No, padre", se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
    El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.

X

    Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
    Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.
    En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el "Urí, urí, urá", con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.

XI

    Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.
    Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
    Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de "bárbaro", Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía "urí, urá", sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
    _¡Guau, guau! _dijo.
    Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.

XII

    Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.
    Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.
    Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas.
    Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

XIII

    Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.

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LAS TARDES DEL MALECÓN

A través de un calado jirón de nube, rosa

por el último rayo de sol agonizante,

luce Venus su fuego de pulido brillante

y la luna su aspecto de palidez medrosa.

El crepúsculo acaba. La tarde silenciosa,

avanza lentamente, y el manto acariciante

de sus velos, extiende sobre el rizo constante

de la sondas, que mueren la orilla rocosa.

Ha expirado la rubia luminaria del día

y, mientras que descansa el Morro su grandeza

sobre la dura margen de la costa bravía,

simulando la sombra de un gigante tendido,

la noche, calurosa, descansa su pereza

 

sobre la superficie del mar adormecido.

 

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