Alejandro Pedregosa

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Donde la tierra acabe

Lamento de frontera francesa

El misterio

Canción del amante latino

DONDE LA TIERRA ACABE

Si te dijera que esta habitación
guarda el aroma tibio de tu sueño,
que es de noche en Florencia
y provoca la luz en su artificio
mariposas de cera.
Si te dijera que tienen las calles
el poroso destello de unos pasos
iguales a los tuyos,
y en las puertas hay
corazones pintados y llamadas urgentes
a una revolución.
Si te dijera que el mar, tan lejano,
ha subido a las torres para verte…
Pero nada te digo que no sea
Donde la tierra acabe yo he de amarte y el eco
como un racimo abierto me responde
tierra,
yo,
amarte.

(DEL LIBRO LOS LABIOS CELESTES)

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LAMENTO DE FRONTERA FRANCESA

(ANTONIO MACHADO, 1939)

Del dolor de la historia ya vivida
brotaba un manantial de soledades,
de pájaros cantores
y árboles caídos
por la helada mañana del adiós.

El acuerdo tácito que los labios sellaron
en la trampa mortal de un
hasta siempre,
y el pañuelo que guardaba
un roce de mejilla en primavera.

Así sus pasos
se unieron a esta hilera de hombres mutilados
que insensatos esperan
tras de aquellas montañas
la paz
en la espesura de una sopa,
sin saber que el vencido

a pesar de la vida,
no es otra cosa que un viejo armazón

donde escarba constante la derrota.

 

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EL MISTERIO

 

Puede alguien entender
el oscuro sometimiento que la noche
provoca en los ojos del amante.
Si alguien supiera explicarme con certeza
hacia dónde se dirige
la fuga que emprende la soledad
en dos cuerpos desnudos.
Conoce alguien acaso
cómo se limpia el alquitrán de la memoria
o la acometida frialdad de la luz
en las tardes de septiembre.
Entonces, me alegro,
será mejor que aprendamos a vivir
sin dioses.

(DEL LIBRO POSTALES DE GRISABURGO Y ALREDEDORES)

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CANCIÓN DEL AMANTE LATINO
Puedo sumergirme, dijo el amante,
en las frías estancias del olvido
si eso te hace bien,
o compartir el sino
de las aves
levemente nocturnas
que cargan el verano tras su estela.
Puedo romper las citas, los horarios,
el tiempo todo
si obedezco al rigor de tu llamada.
Y puedo, cómo no,
ser peregrino de tu sombra elástica
por calles y ciudades
hasta que un día llamado porvenir
decidas encontrarme.
Todo esto decía
el amante latino enamorado
y ella, memoria blanca,
lo creía.

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