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Benjamín Jarnés

Una papeleta

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Una papeleta

"Pero Guillén de Sevilla, nacido en Segovia ... " No. Pero Guillén de Segovia, nacido en Sevilla, en 1413 ... " El mismo tomo de Patología entre ella y yo. El mismo perfume de acacia volando sobre el pupitre. Pero hoy está el libro cerrado. No estudia, escribe. Debe ser una de amor porque su ímpetu cambia de ritmo cada minuto. Se precipita, se detiene, galopa, se quiebra súbitamente. Una carta de amor que ya lleva consumidos siete pliegos. Uno lo rompió en la primera palabra. Es difícil escoger entre querido, estimado, apreciable, adorado...Por fin, habrá elegido el nombre enjuto, sin almíbar. Otro pliego lo rompió al terminar la primera línea, dos en la mitad de la segunda carilla, el quinto al terminar la tercera, el sexto después de firmar. Es muy mplicado hallar la fórmula exacta de despedida. Escogerr entre mimosa, adusta, cómica, enérgica, dulce...Un enfado de amantes agota la provisión más abundante de papel timbrado, casi tanto como una reconciliación. Mientras no se logra la fórmula de transacción, es preciso ir ensayando matices, bajar, subir la temperatura, graduar bien la escala de epítetos, de promesas, de sombras, de luz. La pasión lo mixtifica todo. Es dócil, acre, lenta, dulce... Lo difícil es hallar la exacta fórmula,

fijar el punto de fusión de cada elemento, el coeficiente de ductilidad, de conductibilidad. Acaso Juno conoce, por el texto, todos los fenómenos externos del amor, pero aún le quedan por explorar el mundo freudiano, el mundo platónico, el trasmundo...

    Al séptimo pliego escribe ya serenamente. El pulso lleva un compás juicioso, bien medido. De pronto se detiene y mira al techo. Debe abrirse arriba algún tratado de dialéctica del amor, aunque yo sólo veo la claraboya. Titubea. Por fin le hablará del clima, de las últimas borrascas, de menudas enfermedades. Podrá describirlas minuciosamente, síntoma a síntoma, fase a fase, no como los ingenuos poetas que nunca localizan el foco morboso, limitándose al vago ademán de llevarse las manos al pecho. Ella conoce exactamente la topografía interior de sus entrañas, la función más oculta de cada músculo en el arte del amor. Ella sabe dónde nacen las lágrimas, cómo se produce la risa. Conoce las fuentes del llanto y de la carcajada. Puede señalar la fibra, la meninge, la válvula, la ruedecilla del aparato que le duele. Ahora me está mirando, y quizá realiza en mi cara una experiencia. Puedo servirle de muestrario. Distinguirá en él el zigomático mayor del zigomático menor, el esternocleidohioideo del esternocleidomastoideo.

     "Tradujo en verso los Salmos penitenciales". Hombre poco afortunado ... ,,

    Y si se trata de Patología sexual, ella utilizará siempre la frase más limpia de tropos. Ella desdeñará esos turbios circunloquios que se aprenden en la impura ciencia de los místicos. Su casuística está limpia de impudor. Y será delicioso gozar de una amante así, que nos diga taxativamente:

   _Siento un comienzo de artritis en el tendón del popliteo.                       

   Juno mira ahora mis ojos cansados. Sólo verá en ellos, a través de mis lentes, un caso trivial de presbicia, perfectamente clasificable por los grados de relajamiento de algún músculo. Unos pobres ojos de 3,50 dioptrías, sin otra valoración que esta tan insignificante de las cifras de mi fatiga. O podrá fijar con gran exactitud las relaciones entre el corazón y el sexo. Lo sencillo de la función cardíaca: filtrar la sangre, reexpedirla bien expurgada de materias de contrabando, realizar, en suma, las funciones de un buen jefe de negociado de transportes. Y lo complicado de la acción del sexo, que se entromete en los más menudos episodios vitales. Lo turbio de sus confines ... Ahora debe pensar en algo que no se atreve a escribir. Se la ve ruborizarse. Rubor: cierta enfermedad de la piel, mal definida por la Patología. Acaso necesita un suplemento psiquiátrico, y ella tal vez no llegó a esa asignatura. Interrumpe la carta, suspende su gran obra de la tarde y se entrega a livianas operaciones de entreacto. Mira su relojito de pulsera. La correílla de cuero le parte en dos el tallo rosa de la mano, flor destrenzada, de dedos finos, redondos, que ahora construyen una suave pantalla para los ojos. Dedos ágiles, translúcidos mameles de una ventanita en ojiva. A través de ellos ha visto que la miro. Se acomoda el dije de cadena de oro que lleva colgada al cuello. Se alza un poco la seda que resbala por un hombro ...

      "Hombre poco afortunado. Fue protegido por Don Álvaro de Luna, que murió en el cadalso ... "

      Otra vez se le desnuda el hombro. Ahora es el izquierdo. Hay cierto pugilato entre los dos. Deleita ver centímetros más de piel tersa, redonda. Deleita seguir esas curvas que nacen en el lóbulo de la oreja, pasan por el cuello y los hombros y se pierden en el seno y los brazos. No puedo seguir las del seno, y me contento con perseguir las de los brazos. Se reparten al fin los cinco dedos que ahora me filtran la luz azul de sus  ojos. Sigo el contorno de cada dedo. Cada uno goza de su gracioso dibujo, de su distinta personalidad. Cinco hermanos, pero ningún gemelo. El índice se yergue, envanecido, apuntando a la frente: es el dedo de la exactitud. El del corazón, el dedo sentimental, larguirucho, encogido, sin garbo alguno, divaga como un romántico en perpetua indecisión. El anular mantiene ahora el peso del arco de la ceja, muy atento a su modesta función de soporte: es el mozo de cuerda de la mano, donde se cuelgan todas las baratijas. El meñique, siempre infantil, se empina por alcanzar la ceja para ayudar a su hermano mayor, es el niño inútil que quiere disculpar su ociosidad. Y el pulgar, dedo romo, dedo impar, a quien una mala distribución ha mutilado sus falanges, dedo ausente cuando no se trata de funciones de artesano, que refunfuña si la mano se entrega a subrayar gestos faciales ... Al fin el meñique encuentra su tarea. Tropieza con un cómplice, un caracolillo rubio que peregrina por la frente de Juno. Es el más revoltoso, y los dos se lanzan a un juego frenético que alborota al resto de los caracolillos rubios. Todos se convierten en anzuelos de mi atención. Anillos donde enganchar mis deseos, viborillas que me chupan el tiempo. Musgo donde se enreda el sol. Doselillo barroco del pensamiento.  

 

      "Fue protegido por Don Álvaro de Luna, que murió en el cadalso. Fue tesorero del arzobispo Carrillo, gran alquimista ... "

     Quedó desnuda la clavícula y el arranque del brazo, un brazo tan suave, de quien ella conoce todas las venas, todas las articulaciones, todos los músculos; de quien yo sólo conozco ese poco de epidermis que me hace olvidar el complicado amasijo de madejas coloradas que recubre. El estudiante vecino olvida también su papeleta y comienza a seguir con atención las pequeñas maniobras de Juno. Son ya dos frentes que cubrir. Juno ... ¿Por qué la llamo Juno? Es que se me reveló con un gesto de soberbia, y para todos los vicios hay una diosa tutelar, como hay para todas las virtudes una santa. Ahora vuelve desdeñosa, arrogante, la cabeza para mirar a cualquier parte. De su oreja, invisible entre los rizos oxigenados, cuelga una bolita de plata. Levanta el brazo para sujetarse no sé qué en el pelo. No sé el fin, pero sigo toda la ruta. El brazo diseña un ritmo y una línea inútiles. Se ve que se ha movido por el placer de crear un movimiento. Al otro lado hay un viejo sacerdote, sorprendido al verse objeto de las miradas inesperadas de Juno. Juno vuelve a la normalidad. Abre su tomo de Patología y se sumerge en el estudio, despreciando todas las miradas. Al inclinar la cabeza, me escamotea su boca, su fina barbilla, sus ojos. Apenas veo el escorzo de su nariz enfilada hacia el volumen. Sólo veo unos tenues hilos de pestañas, y el relieve piramidal que me esconde el rojo resorte de los besos. Su boca es menuda, como para estilizarlos. Allí se harán pequeñitos, lindas, eléctricas oes grana, guiñas de púrpura entre dos manzanas. Estudia unos minutos y vuelve a erguir la cabeza. Habrá aprendido a conocer la palidez de una arteria o la aridez de una glándula. O estará aprendiendo cómo los músculos obreros trabajan afanosamente para hacer más expresivo el rostro. O cómo la calculadora maquinita del corazón remesa a las puntas de los dedos su porción exacta de sangre. Maquinita registradora que distribuye juiciosamente sus reservas de combustible, burlándose del cerebro, niño loco, aturdido derrochador de su hacienda, paz de cambiar ciegamente sus monedas de oro por a trivial y manoseada pieza de cobre, si en ella hay grabado un busto de mujer.

        Juno se mueve lentamente, por miedo a descomponer líneas reposadas de sus hombros y de sus brazos, el sereno perfil de su cuello desnudo, un poco largo, que hace pensar en una voluptuosa argolla de manos apasionadas. Se adivina que estudia cada gesto y luego realiza según un módulo de sabia coquetería. Acaso petrifica algunos ademanes, por fijarlos plásticamente en

mi retina, con excesiva fruición. Pierden vitalidad por seguir clásicas pautas. La gubia interna se fatiga, se detiene en un punto frío. Es muy difícil ensayar una actitud serena, cuando aún no se es estatua.

     "Escribió la Silva copiosisima de consonantes para alivio de trovadores, una suerte de diccionario de la rima ... "

     De nuevo comienza a escribir. Cuando la tinta le salpica los dedos, los restaña con un pedacito de papel secante. Esta carta es muy breve. Ya se escucha el ruidillo ondulante de la rúbrica. Debe tener tres enlaces, tres signos de infinito, sujetos por una prieta lazada. Sigue escribiendo. Deben ser las señas. O una postdata. Se detiene, y, al fin, escribe una sola palabra. Debe ser "adiós" o "vale". Después mira en torno, para ir renovando perfiles. Cualquier pequeño suceso le sirve de coyuntura. Un mozo trae un gran paquete de Gacetas. Un camarero pasa con una bandeja. Un bibliotecario repasa su abanico de papeletas de petición. Juno vuelve la cabeza para mirar a todos los recién llegados. Un joven le sorprende la mirada, y ambos se saludan con una sonrisa. Conozco a ese joven, y ahora mismo iría a preguntarle por su amiga, pero temo delatarme tan pronto. El Ateneo se llena de pequeñas anécdotas que va creando la mirada de Juno. Cada una está al fin de una mirada. Ese joven que pretende horadar con la nariz el tomo de Enciclopedia que estaba consultando, quedó dormido al mirarlo Juno. El ratoncillo que pasea por la claraboya del techo, salió de su escondite al alzar Juno los ojos. La mosca prendida en esa telaraña colgada bajo un estante, fue empujada a su suplicio por los ojos de Juno. Yo no sabía que en una biblioteca de Ateneo provinciano pudiesen acaecer tantos sucesos. Las pupilas azules van subrayando, incesantemente, pequeños orbes nuevos con sus catástrofes, sus dichas, sus bellezas, sus ruindades.

     Ahora los ojos de Juno me acaban de invitar a un concierto, al concierto de las plumas arando el papel, alegres gañanes de la cuartilla. Después veo al viejo de la lupa que recorre trabajosamente la línea, palabra a palabra, como esos trenes mixtos que se detienen media hora en cada estación. Debía limitarse a contemplar viñetas. A nuestro lado, un joven se prende en el cerebro mariposas filosóficas. Entra la anciana revolucionaria que tiene nombre de flor. Pide, risueña, un libro y se sienta a gozar de panoramas futuristas llenos de opulentas palabras con mayúscula: Amor, Piedad, Libertad ... Un periodista redacta una ampliación de suceso. Llegan nuevos jóvenes a suscribir nuevos pedidos de libros, citas efímeras a la antigüedad, a la ciencia, al arte de hoy. El reloj sigue marcando a un mismo tiempo todas las horas. Para el viejo que lee revistas, el tiempo retrocede de mes en mes. Para el reportero a quien aguarda la linotipia, el día avanza de edición en edición. Para el erudito retrocede de siglo en siglo. Para la anciana feminista, avanza de Internacional en Internacional. Para el estudiante, de curso en curso. Para mí transcurre de mirada en mirada de Juno. Para Juno se detiene, se posa unos instantes en cada gesto ...

      " ... de diccionario de la rima. En el Cancionero general figura una traducción de los siete salmos ... "

     Lo imprevisto. Juno se levanta para marchar. ¿Por qué creí estúpidamente que Juno iba a quedarse allí, ante el pupitre? Se envuelve en un abrigo blanco. Se sumerge en la onda de un forro azul, como en un acuario. Rechazo todas las metáforas de nereidas y serpientes _su traje es negro, tornasolado_, y sólo atiendo a ver un trozo inédito de espalda desnuda. Juno sale de la biblioteca, dejándose olvidado a este remolino de pequeños sucesos que lentamente se van borrando de los pupitres, de los estantes, del techo. Minutos después sólo queda ante mí una cuartilla emborronada donde en vano quiero reproducir el bello gesto inútil creado por el desdén de Juno.

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LA SOGA

El gran rectángulo blanco es un símbolo: el del alma impoluta de la señorita Capuleto.

Surge ondulante, felina, serpiente que incita a la aventura, una soga de esparto. Se devana en los pies de un lecho virginal, repta por un pavimento ajedrezado, salta por un balcón, se hunde en el espacio.

Una pared de inmueble burgués. Baja la soga, rozando tres macetas de geranios, un botijo _está aquí indicada la hora y la estación: una noche de verano_, una jaula, con su canario dormido, un tiesto de albahaca, una cajita de cartón, donde ha de cantar el grillo ... Y la acera.

La soga recorre una honesta trayectoria, un muestrario de vidas castas a punto de profanar. La soga no se detiene en apeaderos románticos. Ni siquiera en una palma, sujeta con cintas azules a un barrote de baln. (¿Vive aquí una virgen? No; el canónigo Lorenzo.)

De pronto, asoman unas manos temblorosas, que se apoderan nerviosamente de la soga. Unas muñecas endebles, una americana gris, un hongo, un cuello de pajarita, un bigotito Charlot: Romeo.

EL OJO

Pierde su ondulación la soga. Queda tensa; de viajero, se convierte en camino, un áspero camino vertical, la patética ruta de los escalas.

Romeo se sujeta fuertemente a la soga. Rueda el hongo. El muro comienza a descender. Bajo la palma del canónigo, un anuncio _«Pedro Capuleto. Pompas Fúnebres»_ que da color «local» al escenario, la albahaca, los geranios... El muro tiene un feliz aspecto de viejo teñido. Se detiene en el balcón del tercer piso, donde aguarda la señorita Capuleto, que prepara un maletín y suspira.

Baja de nuevo el muro. Se desliza suavemente, a tiempo de abrirse en él un ojo semivelado por el párpado de un visillo. Un ojo enorme, punzante, que, lleno de celo por el honor del inmueble, vigila.

Se miran el ojo y la soga. La tentación y el juez. Torvo, hostil, el ojo. Voluptuosa, provocativa, la soga.

EL ESCALO

Romeo contempla el angosto camino que le separa de la amada, y sus manos, frenéticas, se agarran al camino. El esparto es hirsuto, hirviente. Romeo no conoce la técnica de los escalatorres. Vacila... Pero clava sus ojos en la altura, y, con brío, prosigue su dolorosa ascensión. Llega al entresuelo. Los pies, mal enlazados con la soga, buscan peldaños invisibles, echan a rodar un botijo, aplastan una mata de claveles, destruyen la poesía del muro, se hunden en una olla, hacen añicos la jaula ... Jadea, no puede más; sus pies arañan, inútilmente, el muro. Ama, pero no sabe reptar. Sus manos están destrozadas, y apenas ha llegado al segundo piso. Por último, previo un ademán de trágico desaliento, se deja caer, vencido.

LA TRAGEDIA

Primero, asoman unos primorosos zapatitos de charol; después, unos finísimos tobillos; se ensanchan los tobillos, se hinchan voluptuosamente, se reducen de línea; pasan por el duro trance, por el huesudo escollo de las rodillas; vuelven a henchirse, ahora con suavidad... Todo enfundado en seda clara.

Las piernas llegan a un punto máximo de fotogénica sugerencia. Un poco de muselina, una fresca, una redonda grupa virginal... El esparto lucha con la seda. El cilicio, con la tierna piel. Brota una gota de sangre. El esparto, no cede; las piernas, tampoco. Siguen bajando ... (Dura, espinosa, es la senda del pecado. Esta sentencia _afortunadamente_ no la recoge la pantalla).                       .

Pero el ojo se ensancha. Ha seguido el perfil de las piernas fugitivas. Algo terrible acontece al llegar al entresuelo: unas manos peludas, unos brazos fornidos, se adelantan, se apoderan del delicioso volumen aventurero. El canónigo, paternal, impetuoso, encierra en el piso a la señorita Capuleto. Forcejeos, gritos, tumulto de sillas atropelladas. El canónigo es inflexible. El balcón se cierra de golpe, y la soga continúa pendulando, irónica, sarcástica.

Romeo contempla, abrumado, el contrarrapto. Patéticos gestos. Una moto. Frenética huida. Desfile _el obligado desfile cinemático_ de calles, de jardines, de parejas de bueyes, de viñedos, de colinas, de puentes colgantes, de arroyos de ovejas, de pastores ... El paisaje se ha vuelto loco. La moto se está quieta en el aire.

LA CONTRICIÓN

Desmayada en un sofá yace la señorita Capuleto. La protege la mirada bondadosa de Pío X. El canónigo desembaraza el pecho de la encantadora fugitiva, le aplica a la nariz un pomo de vinagre, la somete a un delicado zarandeo ... Entra, colérico, el padre. Entra, desolada, la madre. Entran cinco hermanos en diversas actitudes. Y una doncella, el portero, ocho vecinos ... Todos semidesnudos, azorados, estúpidos. El canónigo Lorenzo explica la película _que vuelve a reproducirse, para que la contemplen los vecinos_. Entra un policía, dos guardias. El canónigo la explica de nuevo. De pronto, la señorita Capuleto se incorpora, lanza un grito desgarrador y se arroja de bruces a los pies de su madre.

Gran escena del perdón. Los asistentes lloran. La fugitiva es alzada del duro pavimento. La abraza el padre, la abraza la madre, la abrazan sus cinco hermanos, el canónigo... Se adelanta a abrazarla el portero, los vecinos, pero un gesto severo del padre interrumpe el desfile. El resto de los concurrentes pasa, estrechando la mano de la joven.

EL GRILLO

De pronto, algo terrible. Dentro de su cajita de cartón, llena de agujeros, canta el grillo a la alborada. La señorita Capuleto, al oír lo, se yergue, corre, frenética, al balcón y se lanza al espacio.

Cae en brazos de un guardia civil, que la conduce a la comisaría, con el hongo olvidado de Romeo.

Pulsa aquí para leer las escenas del balcón de Romeo y Julieta de Shakespeare

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