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| El
actor El soneto nocturno La maja y el viejo La flecha del tiempo
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El soneto nocturno
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Jazz band |
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Para un cuadro de Agustín Úbeda
(De Escaparate de venenos)
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Nunca seríamos |
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Y no es que Asrum tuviera la razón extraviada, según pudiera desprenderse de esta insensata conclusión, sino que de repente se había acordado de la enseñanza que le ofreció una vez un mago hambriento y errante, natural de Catay, a cambio de una torta de avena: «El sabor de tu vida dependerá del sabor de la fruta que comas. Si comes frutas ácidas, ácida será tu vida. Si dulces, dulces serán tus días sobre la Tierra. Si insípidas, serán insípidas tus horas. Todo depende de la fruta que elijas morder en la vida. Y, por raro que parezca, se puede elegir en muchos casos». En su día, Asrum, como es natural, atribuyó este consejo a la afición legendaria de los de Catay a la alegoría y a la parábola, pues de suyo son las gentes de allí muy aficionadas a componer guirnaldas de lotos y de alas de mariposa con el más inconsútil de los pensamientos, pero de pronto, al recordarlo, se le reveló aquel consejo con la contundencia de un dogma: «El sabor. Todo depende del sabor», se dijo Asrum, «y a mí me gusta, más que cualquier otra, la fruta que da la higuera breval, de modo que si quiero ser feliz, debo encontrar a una mujer que me respete y que tenga sabor a breva, y espero que Alá no me confunda en esa búsqueda, sino que, por el contrario, me ilumine en ella, pues ha de resultarme sin duda fatigosa», pensó Asrum, meditabundo, y prosiguió: «He oído a los hombres contar muchas cosas sobre los cuerpos de las mujeres, pero jamás he oído a nadie decir que alguna de ellas tuviera en la parte más secreta de sí el sabor de la breva. La textura sí, pero no el sabor». |
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Con Alá a favor o en contra, el caso fue
que tanto se enredó Asrum en estas cavilaciones, y a lo largo de
tanto tiempo, que llegó el día en que decidió cerrar su negocio,
dispuesto a comenzar de inmediato su búsqueda por el mundo de
una mujer cuyo sexo tuviese el sabor del fruto que da la higuera
breval, pues daba él por hecho que ninguna de las toscas mujeres de Istahad podría ofrecérselo, de modo que cogió sus ahorros exiguos y a correr mundo se fue, con el solo equipaje de su ilusión y con el solo mapa del azar, que es siempre incierto. Por muchas ciudades y países vagó Asrum en busca de la mujer de la fruta ingastable, pues más jugosa y fresca sería esa fruta cuanto más se comiera de ella, según pronosticaba. Era apuesto Asrum, y siempre tuvo un trato
amable con todos, por ser él de muy limpio corazón. Sólo sus
manos, manchadas por las tinturas que se aplican al cordobán,
evitaban pensar de él que fuese el hijo de un alfaquí o el
heredero de una gran tienda de alfombras. Errabundo, en fin,
anduvo Asrum, y sus paisanos se preguntaban al pasar frente a su
taller cerrado: «¿Qué habrá sido de Asrum?». En sus idas y venidas por el mundo, que fueron sinuosas, conoció Asrum a muchas mujeres, algunas de ellas muy bellas, y casi todas le gustaron, y a varias de ellas llegó a amar, pues resultaron tener espíritus serenos y benévolos, pero ninguna le dispensó el sabor de la breva, y él mantenía la superstición de que su felicidad se cifraba en el hecho de encontrar a una mujer que pudiera regalarle cada noche el placer de devorar una fruta carnal y caldosa, pues había ascendido a rango de precepto, según ha quedado ya dicho, la enseñanza del mago de Catay: la ventura de la vida de un hombre depende de un sabor, y él pretendía llevar una vida venturosa, y necesitaba, por tanto, lamer en lo dulce. Hubo en las aventuras de Asrum mujeres que tenían un sabor a cola de sirena, las que lo tenían a leche de cabra o a almizcle. En Kandahar durmió con una bailarina a la que un amante despreciado le había cortado la lengua, y resultó tener ella un sabor excelente: el del fruto aún verde de la planta a la que llaman ambrosía, amargo y delicado, pero no era esa la fruta que él buscaba. Durmió otra noche en Nicosia, allá en Chipre, junto a una adolescente oscura de piel y de espíritu, de pechos muy pequeños pero ya caídos, y en ella halló el sabor del dátil maduro, que era sabor muy del gusto de Asrum, pero tampoco era ese el sabor de mujer que él buscaba. Como es de suponer, Asrum, a pesar de llevar en el corazón el peso alado de su quimera, que es un peso que hace etéreos a los hombres, necesitaba alimentarse, de modo que por las noches se adentraba en los huertos y robaba fruta, no siempre con bien: más de una vez lo apalearon, más de una vez lo apedrearon y en muchas ocasiones tuvo que huir del modo en que sólo saben huir los que ven a un demonio de mirada tricolor. En una de esas huidas, cayó Asrum en una zanja y se rompió un brazo. El brazo roto de Asrum no le ayudaba en sus tareas galantes, pues suelen preferir las mujeres hermosas a los hombres enteros; aun así, antes de curarse la fractura, conoció a una tejedora que tenía el sabor del limón caliente, a una esclava que no tenía sabor alguno y a una niña que atesoraba el sabor confuso de un mar. Estos reveses enturbiaban las meditaciones de Asrum: «Seré siempre un desdichado. Nunca encontraré a la mujer de la que depende mi felicidad. Nunca encontraré ese sabor en mujer alguna, y moriré insatisfecho y solitario». Pero cada nuevo amanecer le reservaba un chispazo de optimismo: «Hoy es un día hermoso. El cielo está limpio. El aire es un oro en polvo que flota. Buen presagio. Hoy puede ser el día deseado en que encuentre a la mujer que busco». Y así, entre ilusiones renovadas diariamente, iba probando Asrum los sabores íntimos de las muchachas, viudas y rameras que hallaba a su paso, pero ninguna proporcionaba deleite suficiente a su paladar, que sólo para el sabor de la breva parecía tener papilas, pues todos los restantes despreciaba. «Ay de mí», se lamentaba Asrum, «que tan desdichado soy: mi felicidad se cifra en un imposible», pues tanto manjar decepcionante había probado ya, que daba por iluso el propósito de hallar el sabor de la breva en mujer alguna de Oriente o de Occidente. |
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Cuando se le agotaron sus ahorros, Asrum se
convirtió en mendigo, al poco se transformó en un bebedor y más
tarde descendió a la categoría de charlatán brumoso de taberna. «Ayuden a este desdichado que se ve así por haber alimentado el sueño que le inspiraron duendes fantasiosos. Una moneda para este hombre que morirá sin haber sido feliz», imploraba Asrum en el bullebulle de los zocos, sentado en el suelo con la mano extendida y los ojos clavados en la gente. En su nueva condición de mendigo, recorrió Asrum muchas ciudades, y en todas ellas encontró poca caridad y amantes muy amargas, hasta que, tumbo tras tumbo, acabó en tierras de Macedonia, donde hizo amistad con otro menesteroso llamado Kabdul, que aseguraba ser el hijo descarriado de un califa. «Según me han dicho, el rey necesita a varios ayudas para sus palafreneros porque piensa emprender un largo viaje», le informó un día Kabdul a su amigo Asrum. «Yo soy muy viejo para eso, pero tú servirías. Estás muy delgado, pero eres joven. Aún puedes conocer países nuevos, mujeres hermosas y comer casi lo mismo que el rey y que sus capitanes sanguinarios. Puedo hablar con el herrador de las caballerizas reales, que me debe algunos favores, y pedirle que te recomiende al palafrenero mayor como ayudante, pues bien podrías reparar tú los atalajes de las bestias.» Y Asrum, el de la suerte sombría, harto como se hallaba de mendigar, le rogó a su amigo Kabdul que hablase con aquel herrador. Y así lo hizo Kabdul. Y fue eficaz. El primer día en que Asrum entró en el palacio del rey le sorprendió la mucha gente que allí trajinaba: enlutadas sirvientas diligentes, domadores de potros, ancianas que limpiaban metales en un patio (y en las grandes bandejas de azófar el sol encontraba un espejo más cegador que el sol mismo), carpinteros, herreros, herboristas... El interior del palacio le pareció a Asrum una ciudad dichosa, y él se sintió de repente acogido en ese reino ordenado y laborioso, a pesar de sus harapos. «Lo primero será buscarte ropa nueva», le dijo a Asrum el herrador amigo de su amigo Kabdul. Y, al poco, ya estaba dignificado Asrum por vestimentas toscas, pero limpias y decentes. «Pasado mañana saldrá la expedición real», le informó el herrador. «Y ¿adonde vamos a encaminarnos?», le preguntó Asrum, pero el herrador se encogió de hombros, dándole así a entender que poco suelen saber los herradores de los propósitos de su rey. La segunda noche que pasó en palacio, Asrum
probó el sabor de Marién, la hija pequeña y tullida de pies de
un carpintero, y le gustó mucho su sabor, pues se trataba de uno
desconocido para él, que tantos sabores conservaba ya en su
memoria, y ni siquiera sabía con qué relacionarlo, de tan raro
como era aquel sabor, y tenía además Marién un sexo que se abría
con la lentitud dolorosa de una gruta carnal inexplorada, y
gemía como las gacelas cuando se lastiman, y su saliva era un
aceite de romero, y sus ojos transmitían el terror de la
inocencia profanada. Pero tampoco tenía ella el sabor preciso,
de modo que Asrum la dejó atrás sin melancolía y se fue a
recorrer mundo junto al anciano rey de Macedonia.Resultó ser aquel rey aficionado a la astrología, y las noches enteras las pasaba observando los acontecimientos celestes a través de un tubo de azófar hechizado. «Este rey nuestro ha perdido la razón», murmuraban los del séquito. «Con un rey loco no ganaremos ninguna guerra, porque las guerras se ganan con la locura, de acuerdo, pero no con ese tipo de extraña locura que algún demonio le ha infundido a nuestro rey», conspiraban los capitanes de la guardia. Tras un largo marchar por los desiertos, tras mucho recorrer los áridos campos del trigo granado o las fértiles tierras de frutales (en las que Asrum comió frutas jamás vistas por la gente de Istahad), tras cruzar viñedos que, con sus marañas de brazos, herían las manos de las cabalgaduras y las piernas de los palafreneros; tras mucho y mucho vagar por tierras que aún no tenían ni siquiera nombre, la tropa errante del rey macedonio comprobó que a poca distancia de ella avanzaba la tropa desordenada y polvorienta de otro rey. «Creo que es el rey de Armenia», pronosticó el monarca macedonio. «¿Le atacamos, majestad?», preguntaron los capitanes, pues era antigua la enemistad existente entre ambos pueblos. Pero el rey dijo que esperaría a que amaneciera para tomar una decisión. Los soldados se pasaron la noche en vela. «Lo mejor sería atacar ahora. El cuarto menguante siempre ha sido un augurio favorable para los guerreros macedonios y una señal adversa para los armenios», conjeturaba uno. «Este rey nuestro va a llevarnos a la muerte, porque un rey con la razón extraviada sólo puede traernos destrucción», se lamentaba otro. Nada más amanecer, el rey macedonio designó una embajada y, al frente de ella, puso rumbo al campamento del monarca enemigo. Los de Macedonia fueron recibidos con recelo, pero, tras cruzar los dos reyes unas palabras, entraron ambos en una tienda y allí se pasaron muchas horas, para inquietud de sus súbditos, que no atinaban a comprender el motivo de aquel largo departir entre monarcas enfrentados. De anochecida, el macedonio salió de la tienda del armenio y regresó a su campamento. «¿Atacamos ya?», le preguntaron sus oficiales, y el rey se limitó a negar con la cabeza. «Mañana seguiremos camino juntos. Los armenios y nosotros», y los guerreros macedonios se frotaban el pelo, se indignaban o se echaban a reír amargamente: «Nuestro rey se ha vuelto loco. Los armenios nos matarán cuando estemos dormidos», murmuraban. Al día siguiente, en efecto, ambos séquitos tomaron un idéntico rumbo, aunque marchaban distanciados: en cabeza los macedonios y en retaguardia los armenios. Y así avanzaron durante tres días y tres noches, en una insomne cabalgata dividida en dos. En la mañana del cuarto día, vieron aparecer tras una loma una caravana de camellos enjaezados al modo berberisco. Sobre los camellos había cofres y hombres negros. En una carreta, un grupo de mujeres alegraba el viaje con música de tambores y chirimías. El rey de los macedonios picó espuelas y, al trote, se llegó hasta el rey de los armenios: «Es el reyezuelo de Agabar», le dijo. «Sí, ese que bebe vino, fuma cáñamo y anda siempre con mujeres. ¿Le atacamos?» Pero el rey de los macedonios, hombre siempre prudente, sugirió a su igual que antes deberían ir ambos en embajada ante el de Agabar, por si acaso de ese modo resultaba innecesario el derramamiento de sangre. Así que hasta donde estaba el reyezuelo de Agabar se llegaron los monarcas recién aliados. Esta vez fue también larga la entrevista, pues los tres se pasaron hablando muchas horas de asuntos que nadie más acertaba a imaginar. Entretanto, los macedonios y los armenios se mezclaron con los del séquito procedente de Agabar, y bailaron con las mujeres, que tenían sobacos rollizos y voces estruendosas pero mágicas, y bebieron con ellas, y largas cachimbas humeantes les proporcionaron a todos espejismos. Asrum, en el cénit confuso de aquella celebración inesperada, probó el sabor de una muchacha negra. Y aquello fue muy de su gusto, porque tenía la textura de la fresa muy pasada: un áspero tejido desgarrado, ácido y viscoso, que en la boca dejaba un acre almíbar: la mezcla de un licor con un veneno. Pero no era aquel, como es lógico, el sabor que Asrum buscaba. «Mañana partiremos los tres séquitos juntos», anunció el rey de Macedonia a sus hombres beodos. Y, a la mañana siguiente, eran ya en efecto tres las comitivas, separadas entre sí por unos doscientos metros de tierra y suspicacia, pues existían rencores abstractos entre ellas y no resultaba prudente su mixtura. |
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Mucho anduvieron durante meses, sin
aparente rumbo, los tres monarcas y sus casi quinientos hombres,
que cada vez iban siendo menos: desertaban algunos, otros
enfermaban y fingían otros enfermar. Fueron muchos los que se
desesperaron a causa de aquel viaje que parecía no tener meta,
de manera que, cuando llegaron a su destino enigmático, que más
adelante conoceremos, el total de hombres que acompañaban a los
reyes era sólo de catorce. Entre ellos se contaba Asrum, el más
fatalista de los peregrinos. «¿Esa estrella? Yo sabía que iba a ocurrir algo, pero no podía sospechar que iba a tratarse nada menos que de una estrella». Y, al ver el rostro extrañado de Asrum, Chidra prosiguió: «Habían ocurrido cosas. Fueron nueve meses muy extraños. Casi no pasaba un día sin que ocurriese algo que no tuviese un leve matiz de prodigio: sombras luminosas, voces sin cuerpo... Ese niño no es de este mundo, y tuvo que tocarme a mí traerlo al mundo». Asrum le preguntó: «¿Ese niño al que adoran los reyes es hijo tuyo, Chidra?», y Chidra asintió.
«El mismo día en que nació ese niño, hace apenas un mes, murió
su padre. Al día siguiente, me lo arrebataron los seguidores de
un profeta y se lo entregaron a esos dos viejos, pues si ya te
he dicho que nada de cuanto ocurrió durante la gestación de ese
hijo mío fue corriente, debo decirte ahora que lo que ocurrió
luego lo fue menos aún... Además, ¿cómo van a tener descendencia
esos dos, si son ya viejos y casi no pueden sostener a mi hijo
en brazos, que hasta a veces temo que se les caiga y lo maten?
Por eso los persigo: para velar por mi hijo arrebatado. Por eso
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