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Felipe Benítez Reyes

El actor

El soneto nocturno

Jazz band

La maja y el viejo

La flecha del tiempo

El sabor

 

El actor

Los focos han dañado mi vista y mi memoria.
Yo era Hamlet, don Juan o un noble caballero
del siglo diecisiete, sensual y aventurero.
Me halagaba el aplauso, despojo de la gloria.
Las fotos en la prensa, los cocktails... Era hermoso
vivir, y era tan fácil. Por dentro, el decorado
se iba ya derrumbando. (El arte lo he pagado
más caro que la vida.) Fui rico y licencioso.
Tuve lo que los hombres aprecian: tuve amores,
viajé por el mundo, tuve esa cosa vil:
la fama. Y al final no sé quién soy. Adiós,
el telón va a caer por vez última. Las flores
que espero son amargas. ¿Quedará algo de mí?
En los palcos del mundo mi nombre fue el de un dios.
 

 

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El soneto nocturno
La luna era ese párpado cerrado
que flotaba en el circo de la nada
y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.

 

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Jazz band
el sonido delgado
como el iris
del lanzador de cuchillos de aquel circo barroco
que recorría mi niñez
de condición quimérica
el alfiler con óxido del saxo
tenor
hundido como un talismán de olvido y de infortunio
en el sexo civilizado
de la mulata melancólica
que aún sueña con los ojos de los búhos
qué es esto? Me dirá Y usted
qué hace con un tigre de charol
entre sus manos
en este siglo en que Rilke y los jazmines
son cadáveres finos?
El tacón de una golfa
se está hundiendo en la nieve
y el marqués fusilado
huye en una berlina

Maten ya de una vez a Louis Armstrong
con una escala mixolidia
afilada como un puñal
como un puñal
Maten ya POR FAVOR al negro emocionado.
(De  Vidas improbables)

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La maja y el viejo

                                                                                    Para un cuadro de Agustín Úbeda

                                                                                                               
Greciano el caballero, de luto, y una dama.
Él la mira pecando. Por un juego de espejos,
hay más damas _él piensa_ que en la cama
desnudas se deleitan en tirarle los tejos.
Delante del camastro de colchas historiadas
el hidalgo mirón cata y mide muriente
la traza a la manola, su bella contendiente
de rostro paliducho y esferas sonrosadas.
El pubis de abanico rizado en miniatura
le tiene embelesado. (Ella mira hacia el techo,
temiendo que esta cita retrase la del cura.)
Y al fin el caballero, su honor en descalabro,
de ardores imposibles se desploma en el lecho.
La maja da un suspiro y apaga el candelabro

 (De Escaparate de venenos)

 

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La flecha del tiempo

Nunca seríamos
como esos adultos —nos juramos—
que miraban ansiosos, turbiamente,
a través del cristal de las cafeterías
—como en cierto poema de Rimbaud—
la entrada de los jóvenes altivos
en la cueva dorada de la noche.
Y sin embargo
ahora estamos aquí, sin entender gran cosa,
ante un vaso de hielo y de ansiedad,
arañando con fiebre y con rencor
en el cristal del tiempo un espejismo.

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   El sabor

    En la bulliciosa ciudad de Istahad había una vez un joven talabartero, de nombre Asrum, que, nada más dar término a sus faenas, cerraba su taller y se iba por las huertas anochecidas a robar fruta, pues era mucha la afición que a su dulzor le había cogido y era mucho el dinero que esa afición le costaría si no le diese satisfacción mediante el hurto.
       Le gustaban a Asrum los dátiles, sí, y los célebres nísperos de las tierras de Játuba, y los carnales damascos; cualquier fruta le gustaba en realidad, pero de todas ellas sentía predilección por los frutos morados de la higuera breval, y a cestas los robaba él cuando era temporada.
       Un día de tantos, aunque especialmente caluroso, se hallaba Asrum sentado a la puerta de su taller, repujando pellejos, cuando oyó casualmente una conversación entre dos vecinos: «Escucha lo que voy a decirte, Karim AlHahchah: si los higos de las mujeres tuviesen el mismo sabor que los higos que dan las higueras de Egipto, ellas serían felices por comidas y nosotros dichosos por glotones. Ten en cuenta, además, que si el higo de las mortales tuviese sabor a higo verdadero, más nos valdría prevenirnos de imaginar siquiera qué sabor habrían de tener los higos de las huríes que nos esperan impacientes en el Paraíso», y ambos vecinos rompieron a reír.
       Tras oír este descabellado parlamento, Asrum dejó la gubia en su regazo y se puso a meditar: «Creo que en esa obscenidad que acabo de oír se esconde la llave de mi buenaventura: sólo lograré ser feliz si encuentro a una mujer cuyo sexo tenga sabor a higo de higuera breval, pues ése es el sabor que más me gusta».

        Y no es que Asrum tuviera la razón extraviada, según pudiera desprenderse de esta insensata conclusión, sino que de repente se había acordado de la enseñanza que le ofreció una vez un mago hambriento y errante, natural de Catay, a cambio de una torta de avena: «El sabor de tu vida dependerá del sabor de la fruta que comas. Si comes frutas ácidas, ácida será tu vida. Si dulces, dulces serán tus días sobre la Tierra. Si insípidas, serán insípidas tus horas. Todo depende de la fruta que elijas morder en la vida. Y, por raro que parezca, se puede elegir en muchos casos». En su día, Asrum, como es natural, atribuyó este consejo a la afición legendaria de los de Catay a la alegoría y a la parábola, pues de suyo son las gentes de allí muy aficionadas a componer guirnaldas de lotos y de alas de mariposa con el más inconsútil de los pensamientos, pero de pronto, al recordarlo, se le reveló aquel consejo con la contundencia de un dogma: «El sabor. Todo depende del sabor», se dijo Asrum, «y a mí me gusta, más que cualquier otra, la fruta que da la higuera breval, de modo que si quiero ser feliz, debo encontrar a una mujer que me respete y que tenga sabor a breva, y espero que Alá no me confunda en esa búsqueda, sino que, por el contrario, me ilumine en ella, pues ha de resultarme sin duda fatigosa», pensó Asrum, meditabundo, y prosiguió: «He oído a los hombres contar muchas cosas sobre los cuerpos de las mujeres, pero jamás he oído a nadie decir que alguna de ellas tuviera en la parte más secreta de sí el sabor de la breva. La textura sí, pero no el sabor».

   Con Alá a favor o en contra, el caso fue que tanto se enredó Asrum en estas cavilaciones, y a lo largo de tanto tiempo, que llegó el día en que decidió cerrar su negocio, dispuesto a comenzar de inmediato su búsqueda por el mundo de una mujer cuyo sexo tuviese el sabor del fruto que da la higuera breval, pues daba él por hecho que ninguna de las
toscas mujeres de Istahad podría ofrecérselo, de modo que cogió sus ahorros exiguos y a correr mundo se fue, con el solo equipaje de su ilusión y con el solo mapa del azar, que es siempre incierto.
       Por muchas ciudades y países vagó Asrum en busca de la mujer de la fruta ingastable, pues más jugosa y fresca sería esa fruta cuanto más se comiera de ella, según pronosticaba.
       Era apuesto Asrum, y siempre tuvo un trato amable con todos, por ser él de muy limpio corazón. Sólo sus manos, manchadas por las tinturas que se aplican al cordobán, evitaban pensar de él que fuese el hijo de un alfaquí o el heredero de una gran tienda de alfombras. Errabundo, en fin, anduvo Asrum, y sus paisanos se preguntaban al pasar frente a su taller cerrado: «¿Qué habrá sido de Asrum?».
       En sus idas y venidas por el mundo, que fueron sinuosas, conoció Asrum a muchas mujeres, algunas de ellas muy bellas, y casi todas le gustaron, y a varias de ellas llegó a amar, pues resultaron tener espíritus serenos y benévolos, pero ninguna le dispensó el sabor de la breva, y él mantenía la superstición de que su felicidad se cifraba en el hecho de encontrar a una mujer que pudiera regalarle cada noche el placer de devorar una fruta carnal y caldosa, pues había ascendido a rango de precepto, según ha quedado ya dicho, la enseñanza del mago de Catay: la ventura de la vida de un hombre depende de un sabor, y él pretendía llevar una vida venturosa, y necesitaba, por tanto, lamer en lo dulce. Hubo en las aventuras de Asrum mujeres que tenían un sabor a cola de sirena, las que lo tenían a leche de cabra o a almizcle. En Kandahar durmió con una bailarina a la que un amante despreciado le había cortado la lengua, y resultó tener ella un sabor excelente: el del fruto aún verde de la planta a la que llaman ambrosía, amargo y delicado, pero no era esa la fruta que él buscaba. Durmió otra noche en Nicosia, allá en Chipre, junto a una adolescente oscura de piel y de espíritu, de pechos muy pequeños pero ya caídos, y en ella halló el sabor del dátil maduro, que era sabor muy del gusto de Asrum, pero tampoco era ese el sabor de mujer que él buscaba.
       Como es de suponer, Asrum, a pesar de llevar en el corazón el peso alado de su quimera, que es un peso que hace etéreos a los hombres, necesitaba alimentarse, de modo que por las noches se adentraba en los huertos y robaba fruta, no siempre con bien: más de una vez lo apalearon, más de una vez lo apedrearon y en muchas ocasiones tuvo que huir del modo en que sólo saben huir los que ven a un demonio de mirada tricolor.
       En una de esas huidas, cayó Asrum en una zanja y se rompió un brazo. El brazo roto de Asrum no le ayudaba en sus tareas galantes, pues suelen preferir las mujeres hermosas a los hombres enteros; aun así, antes de curarse la fractura, conoció a una tejedora que tenía el sabor del limón caliente, a una esclava que no tenía sabor alguno y a una
niña que atesoraba el sabor confuso de un mar.
       Estos reveses enturbiaban las meditaciones de Asrum: «Seré siempre un desdichado. Nunca encontraré a la mujer de la que depende mi felicidad. Nunca encontraré ese sabor en mujer alguna, y moriré insatisfecho y solitario». Pero cada nuevo amanecer le reservaba un chispazo de optimismo: «Hoy es un día hermoso. El cielo está limpio. El aire es un oro en polvo que flota. Buen presagio. Hoy puede ser el día deseado en que encuentre a la mujer que busco». Y así, entre ilusiones renovadas diariamente, iba probando Asrum los sabores íntimos de las muchachas, viudas y rameras que hallaba a su paso, pero ninguna proporcionaba deleite suficiente a su paladar, que sólo para el sabor de la breva parecía tener papilas, pues todos los restantes despreciaba.
       «Ay de mí», se lamentaba Asrum, «que tan desdichado soy: mi felicidad se cifra en un imposible», pues tanto manjar decepcionante había probado ya, que daba por iluso el propósito de hallar el sabor de la breva en mujer alguna de Oriente o de Occidente.
     Cuando se le agotaron sus ahorros, Asrum se convirtió en mendigo, al poco se transformó en un bebedor y más tarde descendió a la categoría de charlatán brumoso de taberna.
       «Ayuden a este desdichado que se ve así por haber alimentado el sueño que le inspiraron duendes fantasiosos. Una moneda para este hombre que morirá sin haber sido feliz», imploraba Asrum en el bullebulle de los zocos, sentado en el suelo con la mano extendida y los ojos clavados en la gente.
       En su nueva condición de mendigo, recorrió Asrum muchas ciudades, y en todas ellas encontró poca caridad y amantes muy amargas, hasta que, tumbo tras tumbo, acabó en tierras de Macedonia, donde hizo amistad con otro menesteroso llamado Kabdul, que aseguraba ser el hijo descarriado de un califa.
       «Según me han dicho, el rey necesita a varios ayudas para sus palafreneros porque piensa emprender un largo viaje», le informó un día Kabdul a su amigo Asrum. «Yo soy muy viejo para eso, pero tú servirías. Estás muy delgado, pero eres joven. Aún puedes conocer países nuevos, mujeres hermosas y comer casi lo mismo que el rey y que sus capitanes sanguinarios. Puedo hablar con el herrador de las caballerizas reales, que me debe algunos favores, y pedirle que te recomiende al palafrenero mayor como ayudante, pues bien podrías reparar tú los atalajes de las bestias.» Y Asrum, el de la suerte sombría, harto como se hallaba de mendigar, le rogó a su amigo Kabdul que hablase con aquel herrador. Y así lo hizo Kabdul. Y fue eficaz.
       El primer día en que Asrum entró en el palacio del rey le sorprendió la mucha gente que allí trajinaba: enlutadas sirvientas diligentes, domadores de potros, ancianas que limpiaban metales en un patio (y en las grandes bandejas de azófar el sol encontraba un espejo más cegador que el sol mismo), carpinteros, herreros, herboristas... El interior del palacio le pareció a Asrum una ciudad dichosa, y él se sintió de repente acogido en ese reino ordenado y laborioso, a pesar de sus harapos.
       «Lo primero será buscarte ropa nueva», le dijo a Asrum el herrador amigo de su amigo Kabdul. Y, al poco, ya estaba dignificado Asrum por vestimentas toscas, pero limpias y decentes. «Pasado mañana saldrá la expedición real», le informó el herrador. «Y ¿adonde vamos a encaminarnos?», le preguntó Asrum, pero el herrador se encogió de hombros, dándole así a entender que poco suelen saber los herradores de los propósitos de su rey.
       La segunda noche que pasó en palacio, Asrum probó el sabor de Marién, la hija pequeña y tullida de pies de un carpintero, y le gustó mucho su sabor, pues se trataba de uno desconocido para él, que tantos sabores conservaba ya en su memoria, y ni siquiera sabía con qué relacionarlo, de tan raro como era aquel sabor, y tenía además Marién un sexo que se abría con la lentitud dolorosa de una gruta carnal inexplorada, y gemía como las gacelas cuando se lastiman, y su saliva era un aceite de romero, y sus ojos transmitían el terror de la inocencia profanada. Pero tampoco tenía ella el sabor preciso, de modo que Asrum la dejó atrás sin melancolía y se fue a recorrer mundo junto al anciano rey de Macedonia.
       Resultó ser aquel rey aficionado a la astrología, y las noches enteras las pasaba observando los acontecimientos celestes a través de un tubo de azófar hechizado. «Este rey nuestro ha perdido la razón», murmuraban los del séquito.  «Con un rey loco no ganaremos ninguna guerra, porque las guerras se ganan con la locura, de acuerdo, pero no
con ese tipo de extraña locura que algún demonio le ha infundido a nuestro rey», conspiraban los capitanes de la guardia.
       Tras un largo marchar por los desiertos, tras mucho recorrer los áridos campos del trigo granado o las fértiles tierras de frutales (en las que Asrum comió frutas jamás vistas por la gente de Istahad), tras cruzar viñedos que, con sus marañas de brazos, herían las manos de las cabalgaduras y las piernas de los palafreneros; tras mucho y mucho vagar por tierras que aún no tenían ni siquiera nombre, la tropa errante del rey macedonio comprobó que a poca distancia de ella avanzaba la tropa desordenada y polvorienta de otro rey.
       «Creo que es el rey de Armenia», pronosticó el monarca macedonio. «¿Le atacamos, majestad?», preguntaron los capitanes, pues era antigua la enemistad existente entre ambos pueblos. Pero el rey dijo que esperaría a que amaneciera para tomar una decisión.
        Los soldados se pasaron la noche en vela. «Lo mejor sería atacar ahora. El cuarto menguante siempre ha sido un augurio favorable para los guerreros macedonios y una señal adversa para los armenios», conjeturaba uno. «Este rey nuestro va a llevarnos a la muerte, porque un rey con la razón extraviada sólo puede traernos destrucción», se
lamentaba otro.
       Nada más amanecer, el rey macedonio designó una embajada y, al frente de ella, puso rumbo al campamento del monarca enemigo. Los de Macedonia fueron recibidos con recelo, pero, tras cruzar los dos reyes unas palabras, entraron ambos en una tienda y allí se pasaron muchas horas, para inquietud de sus súbditos, que no atinaban a comprender el
motivo de aquel largo departir entre monarcas enfrentados. De anochecida, el macedonio salió de la tienda del armenio y regresó a su campamento.
       «¿Atacamos ya?», le preguntaron sus oficiales, y el rey se limitó a negar con la cabeza. «Mañana seguiremos camino juntos. Los armenios y nosotros», y los guerreros macedonios se frotaban el pelo, se indignaban o se echaban a reír amargamente: «Nuestro rey se ha vuelto loco. Los armenios nos matarán cuando estemos dormidos», murmuraban.
       Al día siguiente, en efecto, ambos séquitos tomaron un idéntico rumbo, aunque marchaban distanciados: en cabeza los macedonios y en retaguardia los armenios. Y así avanzaron durante tres días y tres noches, en una insomne cabalgata dividida en dos.
       En la mañana del cuarto día, vieron aparecer tras una loma una caravana de camellos enjaezados al modo berberisco. Sobre los camellos había cofres y hombres negros. En una carreta, un grupo de mujeres alegraba el viaje con música de tambores y chirimías.
       El rey de los macedonios picó espuelas y, al trote, se llegó hasta el rey de los armenios: «Es el reyezuelo de Agabar», le dijo. «Sí, ese que bebe vino, fuma cáñamo y anda siempre con mujeres. ¿Le atacamos?»
       Pero el rey de los macedonios, hombre siempre prudente, sugirió a su igual que antes deberían ir ambos en embajada ante el de Agabar, por si acaso de ese modo resultaba innecesario el derramamiento de sangre.
       Así que hasta donde estaba el reyezuelo de Agabar se llegaron los monarcas recién aliados.
       Esta vez fue también larga la entrevista, pues los tres se pasaron hablando muchas horas de asuntos que nadie más acertaba a imaginar. Entretanto, los macedonios y los armenios se mezclaron con los del séquito procedente de Agabar, y bailaron con las mujeres, que tenían sobacos rollizos y voces estruendosas pero mágicas, y bebieron con ellas, y largas cachimbas humeantes les proporcionaron a todos espejismos.
       Asrum, en el cénit confuso de aquella celebración inesperada, probó el sabor de una muchacha negra. Y aquello fue muy de su gusto, porque tenía la textura de la fresa muy pasada: un áspero tejido desgarrado, ácido y viscoso, que en la boca dejaba un acre almíbar: la mezcla de un licor con un veneno. Pero no era aquel, como es lógico, el sabor que Asrum buscaba.
       «Mañana partiremos los tres séquitos juntos», anunció el rey de Macedonia a sus hombres beodos. Y, a la mañana siguiente, eran ya en efecto tres las comitivas, separadas entre sí por unos doscientos metros de tierra y suspicacia, pues existían rencores abstractos entre ellas y no resultaba prudente su mixtura.

          Mucho anduvieron durante meses, sin aparente rumbo, los tres monarcas y sus casi quinientos hombres, que cada vez iban siendo menos: desertaban algunos, otros enfermaban y fingían otros enfermar. Fueron muchos los que se desesperaron a causa de aquel viaje que parecía no tener meta, de manera que, cuando llegaron a su destino enigmático, que más adelante conoceremos, el total de hombres que acompañaban a los reyes era sólo de catorce. Entre ellos se contaba Asrum, el más fatalista de los peregrinos.
       Noche tras noche, los tres reyes se dedicaban a observar el cielo.
       «Son alquimistas», decía alguno. «Son unos brujos que nos conducen a la región de los demonios», decía otro.
       Los cada vez más escasos hombres fieles a los monarcas, mientras sus señores miraban los cielos estrellados, se dedicaban a buscar mujeres complacientes y muchachos frágiles por las ciudades y aldeas cercanas. Asrum probó en esos días dos sabores nuevos: el de la hiel y el de la medusa.
       «¿Qué te ocurre, Asrum? ¿No se ha portado bien contigo tu ramera?», le preguntaban cuando lo veían volver meditabundo de sus placeres decepcionantes.
       Al cabo de dos años, las tres menguadas comitivas, formadas por un trío de reyes y por catorce hombres, aunque en todo momento separadas durante su marcha, llegaron a una fortaleza. «Pasad, amigos. Mi casa es vuestra casa», les dijo el hospitalario rey que allí vivía y que desde allí gobernaba su porción del mundo. «Tengo un enemigo dentro
mi reino. Acaba de nacer pero, según la profecía, ya estoy en peligro de muerte», confesó a sus invitados aquel rey linfático y cojo que jamás parecía dejar de sudar, como si llevase dentro de sí el sol ardiente de los desiertos.
       En aquella fortaleza no había mujer alguna dispuesta a dejarse galantear por unos extranjeros sucios y soeces que, además, transparentaban en sus ojos la demencia propia de quienes han mirado durante demasiado tiempo un horizonte infinito, de modo que Asrum se atormentó durante los días que pasó en aquella fortaleza con la superstición de que alguna de aquellas muchachas perfumadas, inalcanzables y altivas, a las que él veía a veces vagar veladas por los
corredores, podía ser la poseedora del sabor buscado, y su desesperación entonces tocaba fondo: «Seguro que el sabor que yo busco sólo lo podría encontrar aquí, en la refulgente fortaleza de este rey temeroso. Pero yo no soy más que un ayudante de palafrenero, pobre y harapiento, que arrastra sus pies llagados por el mundo sin conocer siquiera el destino que tienen sus pasos», se quejaba para sí Asrum, que algunas noches creyó oír el eco de la risa lujuriosa del reyezuelo disipado de Agabar, al que tan larga peregrinación no parecía alterarle aquellos instintos que le daban celebridad.
       En una madrugada calurosa, los tres reyes despertaron a sus súbditos, que dormían ya en un granero, y les ordenaron que ensillasen de inmediato las cabalgaduras, hecho lo cual todos salieron de la fortaleza en silencio sigiloso, al modo de quien se aleja de un cadáver. Los reyes señalaban continuamente el cielo, y murmuraban entre sí. Los hombres que marchaban junto a ellos, según ha quedado ya dicho, eran catorce.
       «Allí. Es allí», gritó una noche uno de los reyes, y los otros dos gritaron lo mismo, señalando el punto de la lejanía en que se hallaba una choza con la armazón vencida.
       «Y ¿para esto hemos hecho un viaje tan fatigoso? ¿Para llegar a una choza derruida después de haber dejado atrás los más ricos palacios?», se preguntaba Asrum, a quien el alma se le enturbiaba en ocasiones con el lodo de la desdicha, pues era grande la suma de sus contrariedades.
       Llegados a la choza, los tres monarcas errantes entraron en ella, y allí se pusieron a hablar de indicios astrales con un hombre y una mujer que acababan de tener un hijo varón. El hombre hacía gala de mal carácter y la mujer parecía estar asustada. «Hemos venido de muy lejos. Hemos seguido la estrella anunciadora», les decían los reyes, reverenciosos y serviles, pero ellos los miraban con desconfianza, intimidados por sus vestidos insólitos y por sus turbantes polvorientos, que en tiempos estuvieron recamados con pedrería.
       «Pedidnos cuanto queráis. Somos servidores de este hijo vuestro», y la mujer se atrevió a decirles entonces que cualquier obsequio les vendría bien, al ser ellos fugitivos. Poca cosa llevaban ya encima aquellos reyes, pues casi todo lo habían vendido o canjeado durante el largo viaje, pero lograron reunir entre los tres una barra de incienso, unas
lágrimas de mirra y un anillo de oro.
       El niño, envuelto en telas rígidas, lloraba sin cesar, y lloraban a su par los tres monarcas, y ni ellos mismos sabían a qué sentimiento atribuir el motivo de ese llanto.
       La mujer, huidiza y recelosa, se probaba entretanto el anillo de oro, y su marido pugnaba por quitárselo.
       «Estos reyes han enloquecido. Deberíamos matarlos y huir. Han abandonado sus reinos para venir a una choza en ruinas», instigaba Asrum, pero al instante se arrepentía de sus dicterios, pues, por el mucho trato, les había cogido ley a sus majestades.
       Mientras los reyes rendían adoración a aquel recién nacido, Asrum se dedicó a pasear a la luz de la luna, que erraba llena. Las sombras de los árboles le parecían siluetas de espectros dolientes, y aquella visión ensombrecía aún más sus meditaciones: «Nunca podré ser feliz, porque mi sueño no tiene cumplimiento posible. Con más de setenta mujeres he yacido y en ninguna de ellas he logrado hallar el sabor que busco, y mi felicidad depende de encontrar a la mujer que tenga un sabor que no existe en mujer alguna, y nunca seré por tanto feliz», según enmarañaba Asrum sus emociones, que eran muchas y amargas.
       «Me sentaré a mirar las estrellas», se dijo Asrum, porque la afición astronómica de los reyes se le había contagiado tras tanto tiempo de compartido peregrinaje. Se sentó, pues, con la espalda apoyada en el tronco de un olivo, y se dedicó a mirar el agitado firmamento, con su miríada de mundos giratorios, mientras su mano escarbaba
distraídamente la tierra.
       Cuando el duermevela, con sus dedos de hipnotizador, le iba cerrando ya los ojos, pues era grande su fatiga de errabundo, oyó Asrum un crujido de ramas a su espalda y se sobresaltó, pues padeció al pronto la aprensión de que se trataba de alguna alimaña nocturna propia de aquellas regiones, por ser cualquier extranjero medroso con respecto a
este particular.
       «Chiiist», oyó, y pensó en una serpiente. «¿Eres extranjero?», oyó entonces Asrum, y esa voz humana le alteró más que lo que le hubiese alterado la presencia de serpiente alguna. Vio entonces avanzar hacia él un bulto salido de unas retamas. «Me llamo Chidra, ¿y tú?»
       Chidra era una muchacha muy delgada, pero se le adivinaban tras su rígido blusón pechos muy grandes, bendito sea cien veces Alá.
       «¿Cuál es la estrella que más te gusta?», le preguntó Chidra a Asrum, y Asrum le dijo que, por supuesto, aquella estrella grande que brillaba sobre la choza en ruinas.
       «Llevamos varios años persiguiendo esa estrella. A veces pienso que me pertenece.» Fue entonces Chidra la que habló:

          «¿Esa estrella? Yo sabía que iba a ocurrir algo, pero no podía sospechar que iba a tratarse nada menos que de una estrella». Y, al ver el rostro extrañado de Asrum, Chidra prosiguió:

       «Habían ocurrido cosas. Fueron nueve meses muy extraños. Casi no pasaba un día sin que ocurriese algo que no tuviese un leve matiz de prodigio: sombras luminosas, voces sin cuerpo... Ese niño no es de este mundo, y tuvo que tocarme a mí traerlo al mundo». Asrum le preguntó:

       «¿Ese niño al que adoran los reyes es hijo tuyo, Chidra?», y Chidra asintió.

        «El mismo día en que nació ese niño, hace apenas un mes, murió su padre. Al día siguiente, me lo arrebataron los seguidores de un profeta y se lo entregaron a esos dos viejos, pues si ya te he dicho que nada de cuanto ocurrió durante la gestación de ese hijo mío fue corriente, debo decirte ahora que lo que ocurrió luego lo fue menos aún... Además, ¿cómo van a tener descendencia esos dos, si son ya viejos y casi no pueden sostener a mi hijo en brazos, que hasta a veces temo que se les caiga y lo maten? Por eso los persigo: para velar por mi hijo arrebatado. Por eso me ves así,
convertida en nómada, ya que fugitivos son los ladrones de mi hijo.»
        Y así pasaron un rato, hablando de sus vidas, hasta que los hechizos del plenilunio les llevaron a besarse, y las manos de Asrum tocaron los muslos cálidos de Chidra, y Chidra acarició el pecho de Asrum, y Asrum oprimió los pechos grandes de Chidra y los amasó con premura de alfarero, y lamió los pies pequeños de Chidra, heridos del caminar, y Chidra lamió la oreja de Asrum, y, tras eso, Asrum besó el pubis de Chidra, envidia de las sedas, y de allí bajó a probar el sabor de Chidra, seguro de una nueva decepción.
       Cuando más abajo estaba, levantó Asrum de repente la cabeza:
        «¡Chidra, tú tienes el sabor!». Y Chidra puso expresión interrogante, y Asrum le contó entonces la historia de su ilusión. «¿Te vendrás conmigo?», le preguntó Asrum, y Chidra lloró por su hijo, pero al cabo le prometió que sí.
       Los reyes adoraron al hijo de Chidra durante casi dos días, al cabo de los cuales partieron nuevamente, camino esta vez de sus propias huellas. Asrum había pedido permiso a su rey para llevar consigo a Chidra y el rey le había contestado con un encogimiento de hombros, pues parecía tener en los ojos el aire ausente de los trastornados.
       «Vayamos ahora cada cual a nuestro reino y propaguemos entre nuestros súbditos la buena nueva», dijeron los monarcas con voces proféticas y ahuecadas, y emprendieron la marcha.
       Pero cualquier camino de retorno es siempre incierto.
       Durante años, los tres reyes y sus pocos hombres leales siguieron vagando por tierras hoscas.
      Cuando el rey de los armenios llegó a sus dominios, supo por boca de un labrador que un nuevo rey ocupaba el trono, porque el pueblo no podía vivir huérfano de mando y había decidido confiar su destino a un amante de las potestades, pues se le hizo muy larga la ausencia del rey trotamundos.
       El reyezuelo de Agabar murió de fiebres.
       Llegó el momento en que el séquito de los errantes estaba formado por el rey de los macedonios, por el destronado monarca de Armenia, por una cantante de la comitiva del rey difunto de Agabar, por dos macedonios que se repartían las melancolías carnales de la cantante que ya no cantaba, por Asrum y por Chidra.
        Ninguno de ellos sospechaba siquiera adonde se dirigían ni adonde podrían dirigirse, pues creían haber recorrido ya las siete partidas del mundo, pero no por ello dejaban de reemprender con cada amanecida su inconcreta expedición.
       La cantante desertó en la ciudad de Ahseia, célebre por su volcán violento y por sus tabernas disipadas. El rey de los macedonios murió encima de su caballo y, cuando el animal percibió que su jinete era un fantasma, se encabritó y arrojó el cadáver al suelo.
       Uno de los macedonios fue mordido por una serpiente de anteojos y el otro se ahorcó en una aldea cercana al mar.
Asrum se convirtió en palafrenero del rey de los armenios, en tiempos enemigo de su señor.
       El monarca superviviente no hablaba ya nunca, y se limitaba a mirar con fijeza el horizonte, fuese ese horizonte cual fuese, como si en vez de un rey destronado por el olvido de su pueblo fuese un emperador victorioso.
      Asrum cazaba pequeños animales y Chidra los braseaba, y servían al rey los restos y las vísceras.
      Casi todas las noches, Chidra le proponía a Asrum que abandonasen al viejo y demente rey y que iniciaran ellos dos una vida nueva en alguna de esas ciudades en que, según las leyendas que les oían a gentes de aquí y de allá, corría el dinero incluso por las manos de los leprosos y de los fakires. Pero Asrum le decía: «El rey que confió en mí está ya muerto, y por esa razón no puedo abandonar a éste que fue aliado suyo en este loco peregrinaje sin final. Mi deber es servirlo en tanto viva», y con resignación suspiraba Chidra, y Asrum entonces le probaba el sabor, que cada noche le parecía de almíbares más intenso, aunque iba el tiempo madurándolo ya con angosturas, y Chidra gemía, y su largo gemido resonaba como un himno por la extensión de los prados y desiertos en que hubiesen acampado, y Asrum sabía que no era él más que un mendigo que acompañaba a ninguna parte a un monarca igualmente mendigo, pero se sabía asimismo feliz, pues había encontrado en una mujer el sabor dulce, y su vida era dulce, y lo sería por siempre, y Chidra gemía cada noche como la niña que pisa una culebra mientras se baña desnuda en el río, mientras a pocos metros de ellos el rey de los armenios miraba fijamente las estrellas.
                                                                                         
(Rota, junio de 1999)

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